La muerte, ese bien fundamental del capitalismo

– Publicado en el Correo el Orinoco el lunes 18 de abril de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“Existe tal diferencia entre los Reyes Españoles y los Reyes Americanos, en su suerte, que no admite comparación: los primeros son tratados con dignidad, concervados, y al fin recobran su libertad y trono, mientras que los ultimos sufren tormentos inauditos y los vilipendios más vergonzosos”.

Simón Bolívar / Carta de Jamaica

Entre los hechos más deplorables y patéticos de aquel nefasto abril de 2002 en Venezuela, quizás uno de los más desapercibidos por la mayoría de los venezolanos fue el llamado de un periodista a través de las cámaras de Venevisión para que la gente denunciara el paradero de los chavistas y los pusiera a la orden de los esbirros del gobierno de facto presidido por Pedro Carmona Estanga.

Quienes presenciaban estupefactos por las pantallas de televisión la forma impúdica en que los actores del golpe relataban en extenso y sin el menor pudor los detalles de la conjura contra el gobierno legítimo del comandante Hugo Chávez, probablemente no repararon en la significación de ese llamado a perseguir chavistas, sin lugar a dudas el acto más oprobioso de todos cuantos se escenificaron en medio de la jauría sedienta de sangre en que se convirtió el antichavismo durante aquella horrible jornada de 48 horas que sumieron al país en la más bochornosa página de nuestra historia contemporánea.

Para la cultura de la derecha, el triunfo sobre el contendor ideológico no se plantea como el logro de una fuerza mayoritaria que le permita sostenerse en el poder con base en el juego de la confrontación democrática entre factores políticos dispuestos a acatar el dictamen popular en las elecciones libres que tanto pregona el capitalismo como la esencia del modelo ideal de sociedad.

Hasta tanto no se produzca el exterminio de la ideología que adversa y no se verifique incluso la muerte física del liderazgo contrario, la derecha considera inconclusa su labor en la sociedad. La retaliación política desde la óptica de los sectores hegemónicos tradicionalmente dominantes es la conducta correcta, para lo cual la forma candorosa en que un reportero bonachón al servicio del poder económico la haga parecer es perfecta.

La persecución, captura y muerte sumaria de los enemigos políticos no son sino crímenes de guerra, contemplados como tales en los tratados internacionales que rigen la materia. Pero a la burguesía jamás le ha importado en lo más mínimo lo que diga el derecho internacional al respecto. La tradición del exterminio se ha impuesto siempre sobre la razón jurídica.

Desde tiempos inmemoriales, la abominación del exterminio está asociada a la necesidad de vejación y humillación del contrario frente a las masas para inhibir en ellas su talante insurgente contra el poder establecido.

El antiquísimo método de la crucifixión, por ejemplo, importado desde la antigua Persia por Alejandro Magno, quien crucificó a 2000 sobrevivientes del asedio de Tiro, Fenicia, fue usado durante siglos por los romanos, quienes lo elevaron a su máxima expresión en el camino entre Capua y Roma, donde clavaron en cruces a más de 6.000 esclavos liderados por Espartaco. Su propósito era más el infundir temor entre la gente mediante la humillación de sus profetas o líderes naturales que una forma de escarmiento para el crucificado.

Por eso la crucifixión (vigente todavía hoy en algunas naciones del medio oriente), comprende el despojo de las vestimentas del sentenciado y el adosamiento de carteles de burla sobre su humanidad o sobre su cruz, tal como ordenó el imperio romano que se hiciera contra Cristo en lo alto del Gólgota. Una saña solo comparable a la de Aquiles contra los troyanos cuando arrastraba inmisericorde el cadáver de Héctor frente a las murallas para aleccionar a su pueblo.

Esa barbarie, llegada a suelo suramericano con la colonia, fue crudamente descrita por Bartolomé de las Casas en su “Brevísima relación de la destruyción de las indias”. Ahí se lee: “Entraban en los pueblos, ni dejaban niños y viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas”.

El Libertador Simón Bolívar, que fue acusado de tirano por sus adversarios por la promulgación del decreto de Guerra a Muerte, responde a tales acusaciones refiriéndose a ese aspecto brutal del imperio español que obligó a tal medida.

“Hombres y mujeres, ancianos y niños –dice- desorejados, desollados vivos, y luego arrojados a lagos venenosos, o asesinados por medios dolorosos y lentos. La naturaleza atacada en su inocente origen, y el feto aún no nacido, destruido en el vientre de las madres a bayonetazos o golpes […] En San Juan de los Morros, pueblo sencillo y agricultor, habían ofrecido espectáculos igualmente agradables a los españoles el bárbaro Antoñanzas y el sanguinario Boves. Aún se ven en aquellos campos infelices los cadáveres suspensos en los árboles. El genio del crimen parece tener allí su imperio de muerte, y nadie puede acercarse a él, sin sentir los furores de una implacable venganza” (Carta al Gobernador y Capitán Gral. de la isla de Curazao, 2 de octubre de 1813).

De manera recurrente, el asesinato de los líderes populares y de sus seguidores fue el recurso al que invariablemente apelaron los sectores dominantes para tratar de imponer el perverso modelo capitalista, tal como lo hicieron en el mundo entero a lo largo de la historia. Los grandes líderes de la burguesía jamás fueron objeto del escarnio y la vejación a la que fueron sometidos los liderazgos populares a quienes se les catalogó siempre de dictadores, tiranos y genocidas, para inducir el odio de sus pueblos hacia ellos y justificar así su linchamiento físico y alentar las afrentas contra su memoria para borrar su ejemplo de la faz de la tierra.

La democracia burguesa no permite el linchamiento de un jerarca al servicio del gran capital y de los intereses de los sectores que desde siempre han ejercido la dominación en el mundo.

Por eso fueron ajusticiados sumariamente Eliécer Gaitán, Ernesto Ché Guevara, Salvador Allende, Joao Gulart, Luis Carlos Galán, Donaldo Colosio, Maurice Bishop, Monseñor Romero, Jaime Roldós, Omar Torrijos y Carlos Pizarro, entre tantos otros latinoamericanos, a los que sin lugar a dudas hay que añadir al comandante Chávez a quien el fascismo venezolano ha amenazado de profanarle y destruirle su tumba, tal como han hecho ya hace algunos meses con la tumba de Alí Primera y esta semana con el mausoleo donde reposan los restos de la madre del primer vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela, Diosdado Cabello.

De los tres presidentes que promovieron la eliminación del Alca en Latinoamérica (Chávez, Kirchner y Lula Da Silva), dos fallecieron en extrañas circunstancias y el tercero fue víctima de un cáncer detectado a tiempo. Hoy, la presidenta de Brasil, Dilma Rouseff, los presidentes Evo Morales, Rafael Correa y Nicolás Maduro, son amenazados con ser pasados a tribunales internacionales apenas concluyan sus mandatos respectivos, y la expresidenta Argentina, Cristina Fernández, es acosada para ser llevada a prisión por sus enemigos.

Ese lenguaje del odio y del exterminio del adversario político es el lenguaje repulsivo de Barack Obama, el presidente de los EEUU que más ha insistido en la división del planeta entre los amigos y los enemigos de la libertad y la democracia según el particular interés del poder económico norteamericano y la necesidad hegemónica del capitalismo.

Es el veneno inoculado al pueblo venezolano a través ya no solo de infamantes campañas mediáticas contra el gobierno legítimo del presidente Maduro, sino de todo el contenido de la televisión, el cine, la radio y la prensa difundida a través del medio impreso y de las redes sociales, cargado de mensajes en los que velada o expresamente se invita al ajusticiamiento de la dirigencia revolucionaria en el hipotético y negado caso de que la derecha alcance el poder en el país.

Para eso prepara la derecha venezolana a la población con el verbo destempladamente amenazante de la cúpula opositora contra el liderazgo chavista. Verbo que conduce a acciones terroristas como “la salida”, las guarimbas, las degollinas con guayas en los postes, los asesinatos con descuartizamiento, los linchamientos de supuestos malandros en la vía pública, así como en el tono acusador plasmado en su inmoral ley de amnistía.

El fascismo está hoy en curso en Venezuela. El capitalismo lo necesita.

@SoyAranguibel

 

Los invasores… aquí y ahora

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 09 de noviembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La tétrica mirada de Daniel Romero leyendo el Decreto de Carmona, sorprendentemente exacta a la del aspecto toxicómano del dirigente opositor común, remitía desde un primer momento a aquella vieja y muy desafortunada serie de televisión norteamericana de mediados de los años sesentas, Los Invasores, con la cual el imperio le ofrecía al mundo una variante lastimosa y muy precaria de su guerra mediática contra el comunismo.

En la serie, el arquitecto David Vincent (Roy Thinnes), debía convencer al mundo de la presencia de seres extraterrestres que venían a la tierra con el plan de acabar con la especie humana, pero la incredulidad de la gente hacía que su alerta jamás fuera atendido porque, mediante no se supo nunca cuál raro sortilegio, los extraños visitantes habían logrado convertirse en copias idénticas de los humanos. La única forma que tenía el arquitecto para demostrar la verdad del amenazante horror, era un desperfecto anatómico de los alienígenas, consistente en la imposibilidad de doblar el dedo meñique. Solo con verles el dedo engatillado, Vincent sabía que eran ellos.

La pregunta ha estado siempre en el ambiente ¿Por qué es tan frecuente en el liderazgo opositor la misma escalofriante mirada de reptil extraterrestre?

Igual que en la ciencia ficción, los integrantes de la banda de golpistas que subieron al escenario aquel día escuchaban inmutables las defenestraciones burocráticas que el orador iba leyendo con pausas calculadas como para capitalizar su efecto en una audiencia enardecida a la que cada uno de los truhanes examinaba con los mismos ojos escrutadores de Romero frente al micrófono. A ninguno de ellos se le escapó un gesto que no fuera de nerviosismo, que, como es de esperarse en cualquier audacia que incluya desplazar a un gobierno del poder, es quizás el más incontrolable de los reflejos condicionados del cuerpo. Romero mismo dio fe de ello apenas unas cuantas horas después de su efímera alocución, en los sótanos de ese mismo palacio, donde le tocó hacerse en los pantalones precisamente por su incapacidad para el control de su cobarde sistema intestinal.

Probablemente sin imaginar que el primer y único Decreto firmado por Carmona en su breve paso por el gobierno contemplaba la reinstauración en el sistema bancario de la modalidad financiera del cobro de intereses sobre intereses (mejor conocida como “Créditos Mexicanos” o indexados), la burguesía que ovacionaba la destitución de funcionarios que enumeraba Romero, estaba convencida de que el paso que se estaba dando en ese aquelarre de ultraderecha, era el salto al progreso y al bienestar que la revolución supuestamente les había robado.

Esa anacrónica burguesía, delirante y necia, es la misma que hoy abriga la pueril esperanza de que un hipotético triunfo de la derecha en las elecciones parlamentarias del próximo seis de diciembre, representará una vez más para ellos alcanzar el nivel de privilegios con los que sueñan, pero que nunca han perdido porque en verdad jamás los han tenido. Al menos como auténtica clase oligarca.

La burguesía venezolana, habiéndose chuleado durante décadas la renta petrolera venezolana a través de políticas proteccionistas dispendiosas y despilfarradoras instauradas en la cuarta república, es una burguesía ramplona, inepta y chapucera, integrada por lo general por desclasados oriundos casi siempre de caseríos recónditos del país y jamás de nobleza o entidad de ninguna alcurnia, como ellos se pretenden, erigidos en oligarcas a punta de un impúdico parasitismo, cínico y vergonzoso, del que ahora se dicen orgullosos en las cuñas de imagen de sus emporios empresariales, y del cual han sacado las inmensas fortunas con las que se jactan de incluirse en las listas de los multimillonarios connotados del mundo. Es decir, lo único que tienen es dinero.

Esos irresponsables se consideran a sí mismos superiores porque no tienen que hacer cola para comprar ni la harina de maíz, ni la mantequilla, ni el papel tualé que ellos esconden en su audaz y demencial juego de “la democracia solo para el mejor postor”, precisamente porque con el dinero que dicen no tener (y por el cual ansían derrocar el gobierno legítimamente electo) compran por tres reales y medio el trabajo de los humildes para que quienes hagan las colas sean ellos, los desposeídos y no los ricos. Una auténtica guerra solo mata pobres, tal como la han concebido, pero que los pone en evidencia como lo que en verdad son; una élite miserable y asquerosamente codiciosa que asalta hasta el modesto bienestar del pueblo, al que le roba las posibilidades que la revolución bolivariana hoy en día les brinda a los más necesitados, como los vehículos Cherys, los productos del programa Mi Casa Bien Equipada, los teléfonos de fabricación nacional, computadoras, etc., todos en manos de contrarrevolucionarios inmorales que han hecho prevalecer la fuerza del dinero sobre la idea de justicia e igualdad que Chávez propuso con la creación de esos programas.

En su delirio, esa élite putrefacta no desea una elección parlamentaria el seis de diciembre, ni más nunca si por ellos fuera, sino una concreción infalible e irreversible de aquel evento fabuloso con el cual fue tan feliz como nunca antes en su vida, en el que se enumeraban en la chirriante enunciación de Romero los cargos que el dictador en ese momento estaba destituyendo.

“Se suspenden de sus cargos a los diputados principales y suplentes a la Asamblea Nacional… Se destituyen de sus cargos al presidente y demás magistrados del Tribunal Supremo de Justicia… así como al Fiscal general de la República… al Contralor General de la República… al Defensor del Pueblo… y a los miembros del Consejo Nacional Electoral…”, decía Romero, y la burguesía hacía retumbar frenética el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, convencida de que con la simple destitución de funcionarios se resolvían ya de por sí todos sus problemas.

Para ellos el carmonazo no fue un error sino una frustración. Un trabajo incompleto que lo que había era que hacerlo bien, sin reveses, sin pueblo en la calle ni retornos chavistas indeseables.

Exactamente como lo plantean hoy.

Con su campaña del fraude preestablecido, esa burguesía se prepara para asaltar el poder no con base en los resultados electorales (porque cualquiera que sean estos su pretensión de embestida contra Miraflores será igual), sino porque, producto de esa misma campaña de terror desatada por sus propios medios, está hoy convencida de que el pueblo ya no cree en las evidencias que el mundo entero conoce cada vez más en cuanto a que su enemigo histórico, único y verdadero, es el capitalismo. Que, según ellos, al pueblo no le interesaría ningún proceso de transformación social que tienda a su propia redención y que lo rescate y lo proteja de la perversión neoliberal que la derecha pretende reinstaurar en el país. Que esa gente humilde que hoy sobrevive gracias a una idea de inclusión social de la cual jamás ni siquiera escuchó hablar hasta que Hugo Chávez se la puso al alcance de sus manos a través de las más de 39 Misiones y Grandes Misiones que hoy en día impiden que la gente pobre retorne como en el pasado a los botaderos de basura a buscar su alimento como cada día lo hacen más en el mundo capitalista, podría terminar votando por esa derecha que tanta hambre y miseria le dejó a los venezolanos.

Para ello, su maquinaria corporativa ha sido activada de nuevo para ejercer el panfleterismo político. Tal como lo vienen haciendo impúdicamente los partidos de la oposición desde hace algún tiempo (en particular Capriles Radonski con su risible oferta de continuación de las misiones sociales), ahora, según sus cuñas publicitarias, la Polar es la empresa que más ha ayudado al pueblo desde siempre. Digitel, por su parte, se lanza a la calle con un programa con el que copia exactamente la misión Mi Casa Bien Equipada. Así, empresa tras empresa, todo el estamento privado de la economía que ha cerrado filas los dos últimos años contra lo que ellos han denominado peyorativamente “el modelo”, ahora centran su atención y su accionar en el pueblo, mediante formulaciones engañosas de corte fingidamente socialistas.

Todo cuanto hace la derecha corrobora que en Venezuela hoy en día es más probable obtener votos desde la sólida propuesta revolucionaria construida por Chávez que desde la fatuidad del discurso neoliberal que ningún líder asume con dignidad en la oposición. Les resulta mejor tratar de invadir, como auténticos alienígenas de la política, el terreno del chavismo antes que dejar ver su verdadero rostro de perversa y decrépita burguesía parasitaria.

 

@SoyAranguibel