La nueva vieja política

Por: Alberto Aranguibel B.

Los dirigentes de la oposición que en algún momento han sido exaltados por sus propios militantes a la condición de líderes supremos de la contrarrevolución, han sido (todos sin excepción) execrados por esa misma militancia y reducidos al más desolador ostracismo con la misma vehemencia con la que antes los erigieron, bajo un argumento que necesita ser estudiado con detenimiento.

Desde aquel inefable frijolito que enfrentaron al Comandante Chávez al inicio mismo de la efervescencia revolucionaria, la intención fue siempre la de oponerles a los líderes de la revolución, primero a Chávez y hoy a Maduro, figuras de comprobada trayectoria pública pero que a la vez encarnaran una nueva forma de hacer política.

Así fueron sembrando en cada oportunidad las mismas esperanzas en todos y cada uno de los que fueron desfilando por ese pedestal del antibolivarianismo al que fueron encumbrados y luego defenestrados.

Los fueron defenestrando uno a uno porque se percataron, como quien descubre el agua tibia, que solo representaban los postulados de una vetusta forma de concebir el país y la política, por lo cual no ofrecían posibilidad alguna de triunfo frente al chavismo.

Teniendo, como los tienen, líderes valiosos, muchos de ellos formados en las mejores universidades del mundo, con amplia experiencia en la lucha política partidista, parlamentaria y de calle, escogen finalmente a Juan Guaidó precisamente porque según ellos es todo lo contrario. Es lo nuevo, lo puro.

¿Pero, qué es lo nuevo que propone Guaidó para los que no terminan de salir de él y todavía le rinden pleitesías y le cantan alabanzas?

Hasta ahora lo que ha hecho es engañar cínicamente a sus propios seguidores ofreciéndoles a diario villas y castillas sin cumplir jamás lo que promete. Robar de manera descarada activos del Estado para ponerlos supuestamente al servicio del pueblo, pero el pueblo sigue padeciendo el bloqueo que él mismo ha promovido. No llevar a cabo ninguna obra de tan siquiera mediana envergadura que responda a las demandas de salud, alimentación, vivienda, servicios públicos eficientes, educación, trabajo.

Ha tenido el poder y los recursos que ninguno de sus predecesores tuvo y ha sido el que menos ha cumplido. Al igual que todos esos irresponsables que fueron echados al olvido por sus propios seguidores, vive muerto de la risa porque también en eso de ser irresponsable es superior a los demás.

Nada es más parecido a la vieja política.

@SoyAranguibel

¿Qué quieren cambiar?

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando Venezuela alcanzó por fin innegables condiciones de bonanza económica y bienestar social como nunca antes en su historia; cuando había de todo en los anaqueles y se compraba sin preocupación alguna por el precio de los productos; cuando se podía comer a diario en los mejores restaurantes y viajar por el mundo no solo una ni dos sino hasta tres veces al año; cuando había medicinas y posibilidades de ingresar a tratarse cualquier padecimiento en las mejores clínicas privadas del país, es decir; cuando gobernaba Chávez, la oposición quería cambiar de gobierno.

Aún en esas condiciones excepcionales que llegó a tener la economía venezolana, la oposición mantuvo siempre el discurso del insoportable Apocalipsis que ella decía estar padeciendo porque existía un control cambiario que consideraba dictatorial y restrictivo.

Porque en el país en el que se estaban construyendo más centros comerciales que en ningún otro no había, según ella, reglas claras que garantizaran la inversión privada, por lo cual el gran capital se veía forzado a fugarse hacia el exterior (cuando en realidad esa fuga de capitales se había estado produciendo ininterrumpidamente desde el inicio mismo de la industria petrolera nacional, solo que en silencio y sin aspavientos).

La oposición desestabilizó, generó violencia, saboteó la gestión pública, llamó a paro nacional de actividades y perpetró un golpe de Estado. Todo lo que pudo hacer para impedir y frustrar ese incipiente bienestar lo hizo.

Ahora, cuando no existen ni control cambiario ni regulaciones de precios o impedimento legal alguno para la inversión privada nacional, la oposición no encuentra otra manera de actuar que no sea la de sumarse al bloqueo económico impuesto por EEUU y apoyar con la solidaridad más obscena e incondicional la elevación desmedida de precios en todos los productos, lo que ha generado el más desastroso ciclo de distorsiones que jamás haya experimentado nuestra economía, solo para retomar a través de sus consabidas salidas inconstitucionales y violentas su desgastado discurso del “cambio necesario”.

¿Hacía cuál modelo económico pretende cambiar si no le han servido nunca ni el controlado ni el sin controles, que son hasta ahora los únicos modelos conocidos?

@SoyAranguibel

El “batigobierno”

Por: Alberto Aranguibel B.

Como todo héroe de ficción que se precie de tal, Guaidó es una figura de doble personalidad que opera bajo el principio de preservar escrupulosamente una identidad pública para unos fines y una secreta para otros.

En el mismo momento en que dice que no hablará jamás con Diosdado Cabello, su otro yo llega camuflajeado con capucha y zapatos de patente a la reunión con el líder chavista. Cuando jura que él personalmente meterá una ayuda humanitaria por la frontera, su otro yo se distancia de eso diciendo que hay que investigar a los responsables de esa operación por corruptos. En el mismo instante en que aparece en vivo diciendo que tomó La Carlota, su otro yo aparece, también en vivo, en la Plaza Altamira ofreciendo una nueva fecha para marchar contra el gobierno. Un Guaidó dice que no irá a dialogar a Oslo y el otro anuncia que ya su gente está en Oslo.

Ese don del perfecto desdoblamiento es el que convence a la gente de que ambos individuos no son la misma persona. Que son seres distintos. Por eso nunca nadie creyó que Clark Kent era Supermán, ni Diego de la Vega el Zorro. Demasiado diferentes para ser iguales.

Exactamente lo mismo que le pasa a Guaidó con sus seguidores.

Sin excepción, todos los comentaristas y analistas políticos de la oposición descargan contra él en sus entrevistas, programas de opinión y cuentas de redes sociales la más virulenta andanada de cuestionamientos, improperios y descalificativos. Pero todos, absolutamente todos, lo apoyan a pie juntillas como si se tratara en realidad de dos personas distintas que no tuvieran nada que ver una con la otra.

Todos declaran públicamente su desacuerdo con él y su séquito de arribistas y asaltantes. La mayoría hasta se burla ahora de la autojuramentación que en algún momento le celebraron. Pero todos lo aplauden, lo tratan de “señor Presidente” y lo animan a seguir adelante.

La indignación con uno, se convierte en fresca brisa de aliento cuando aparece el otro.

Ha terminado siendo todo un vulgar héroe de comiquitas; que recibe de la gente aclamaciones y vítores cuando se disfraza con su corbatica de autojuramentado, y reproches y burlas cuando cambia de personalidad y se convierte de nuevo en el pusilánime que todos conocen.

Muchos de ellos no lo ven ya gobernando en Miraflores, sino en la Baticueva.

@SoyAranguibel

La inexplicable pasión opositora por la irresponsabilidad

Por: Alberto Aranguibel B.

Si para algo sirve el destartalamiento del plan Guaidó montado por la derecha nacional e internacional bajo la directriz del gobierno norteamericano, es para demostrar, una vez más, que la tragedia de la oposición venezolana no está determinada de ninguna manera por el chavismo sino por sus propias carencias.

El desastre de ineptitud, inconsistencias, engaños y corrupción, de la que hace alarde hoy la cúpula dirigencial de ese sector de la vida política nacional, es infinitamente superior y mucho más bochornoso de todo cuanto pudiera haberse imaginado alguien jamás, incluso en las propias filas del antichavismo.

Los reveses y fracasos reiterados y recurrentes en la actuación opositora desde el primer momento de la alianza contrarrevolucionaria, por allá por el año 2000, han sido siempre en uno u otro sentido el resultado de errores cometidos por sus líderes, cuya persistencia en el desatino a la hora de tomar decisiones y emprender estrategias de cualquier naturaleza terminó decantándose indefectiblemente en la vía antidemocrática y violenta como única opción, para culpar luego de cada fracaso al chavismo.

La victimización forzada ha sido el recurso invariable en ese evasor comportamiento que busca culpabilizar siempre de sus propias deficiencias al otro, en la búsqueda de posicionar en la opinión pública fórmulas de lucha absolutamente contrarias al deseo mayoritario del país, que aspira a una vida democrática sin sobresaltos ni violencia.

En el obsesivo afán por hacerse del poder a como dé lugar, la aspiración del triunfo por el triunfo en sí mismo, que no mide trasgresiones ni sus consecuencias, lleva a la oposición  a perder toda conexión con los propios parámetros por los que dice regirse, llegando al extremo de celebrar impúdicamente todo hecho que atente contra esa paz que ansía la población, incluida la propia militancia opositora, sólo porque de esa forma se alimenta la ingobernabilidad y la desestabilización que desde ese sector se persigue como vía para alcanzar el poder.

A falta de un soporte ideológico consistente que le imprima sentido y direccionalidad a su lucha más allá de la inmoral sed de satisfacción personalista de sus dirigentes, la oposición cambia de discurso y hasta de objetivos políticos como una veleta, sin sentir ni el más mínimo bochorno por ello, como si lo único que garantizara (y justificara) el triunfo al que aspira fuese el deseo y no la forma de hacer las cosas o las razones que lo motiven.

Muestra de esa persistencia en el error y a la vez en la inconsistencia ideológica, es la insensata propuesta a la que arriba hoy con la supuesta fórmula de salvación nacional que ahora esgrime, después de fracasar en todas y cada una de las acciones emprendidas por quien hace apenas cinco meses presentaba como el luminoso redentor que jamás habría dirigido los propósitos triunfales del antichavismo en casi un cuarto de siglo, el inefable Juan Guaidó, que tantas esperanzas sembró en las filas opositoras y que hoy es más despreciado (y en mucho menor tiempo) que cada uno de los que le precedieron en ese dudoso honor de ser el Mesías de un sector tan depauperado como la oposición.

En consecuencia, y seguramente como una dolorosa expresión más de su impotencia, la oposición le explica hoy al mundo que los problemas nacionales se deben ya no a una profunda crisis económica, y ni siquiera al socialismo o a la invasión cubana que ellos de manera obtusa siguen vociferando que existe en el país, sino que se deben a la falta de una insurrección militar.

Que las fallas en sus intentos por asaltar el poder, en lo que no importa para nada la decisión soberana del pueblo, se deben a que los militares no se han rebelado contra el Estado de derecho ni han quebrantado su juramento de lealtad a la Patria. Que los irresponsables son, pues, los militares que obedecen la Constitución y las Leyes.

Pero se supone, en principio, que el interés supremo de los demócratas es todo lo contrario a la fórmula de facto que comprende la vía armada. Más aún cuando dicha acción armada no se presenta con la sola intención de control y desmovilización de los aparatos de seguridad del Estado (como en principio es el objetivo táctico de toda asonada militar), sino que se propone de entrada y en la forma más abierta y descarada el asesinato en masa de los integrantes del gobierno y de sus seguidores.

No es de ninguna manera civilizado pretender gloria alguna en el exterminio físico de todo aquel sector que se adverse en el terreno político, y mucho menos de una organización de naturaleza profundamente popular como la es definitivamente el chavismo. Pero es todavía menos glorioso si quien promueve tal barbaridad lo hace en nombre de la democracia.

Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, lo tuvieron perfectamente claro a la hora de concebir aquel malhadado pacto de Punto Fijo, en el cual acordaban, entre otras cosas, el secuestro político del país para poner la economía nacional al servicio de las corporaciones norteamericanas a la vez de asegurar la continuidad del bipartidismo adecocopeyano en el poder para impedir la reversión de esa ominosa entrega al imperio.

En tal sentido el pacto establecía, palabras más palabras menos, que “La intervención de la Fuerza contra las autoridades surgidas de las votaciones es delito contra la Patria. Todas las organizaciones políticas están obligadas a actuar en defensa de las autoridades constitucionales en caso de intentarse o producirse un golpe de Estado, aun cuando durante el transcurso de los cinco años (que duraba entonces el periodo constitucional de gobierno) las circunstancias de la autonomía que se reservan dichas organizaciones hayan podido colocar a cualquiera de ellas en la oposición legal y democrática al Gobierno. Se declara el cumplimiento de un deber patriótico la resistencia permanente contra cualquier situación de fuerza que pudiese surgir de un hecho subversivo y su colaboración con ella también como delito de lesa patria.

Aún cuando dicho pacto no fue nunca propiamente escrito en tinta sobre papel (como lo ha querido presentar interesadamente la oposición en versiones apócrifas que ha sido adaptadas en la actualidad a los particulareres intereses del antichavismo) ni mucho menos notariado o registrado por instancia alguna, los conceptos centrales del acuerdo (verbal, según la relación que hiciera en alguna oportunidad el Dr. Ramón J. Velázquez como testigo excepcional que fue de aquel acontecimiento) sí puede decirse que expresaban las nociones y principios de aquellos jerarcas de la política nacional, porque su actuación pública (tan particular como arrogante en la mayoría de los casos) así lo corroboró a través del tiempo.

Tal concepción derivaba de una inequívoca noción de la política que, aún siendo contraria al interés de las grandes mayorías del pueblo hambriento y emprobrecido por la inmensa exclusión y la desigualdad social que el modelo puntofijista instauraba, era conciente del ineludible compromiso con la democracia representativa que tenía que defender ante el mundo, así fuese solamente de palabra, para sostenerse en el gobierno. Jamás hubiese nadie entendido (ni mucho menos aceptado) a una élite política que se pretendiera legítima si su discurso se hubiese fundamentado en la fuerza de las armas como sostén de la democracia que pregonaba, a pesar de la inocultable e inmisericorde masacre que significó a la larga el exterminio sistemático llevado a cabo durante la vigencia de dicho pacto contra todo vestigio de disidencia política.

El país supo en todo momento a qué atenerse con ellos, y de ahí que el riesgo de la evaluación popular de la que fueran objeto, tanto por sus convicciones como por su comportamiento, lo asumieron siempre con la mayor arrogancia e intolerancia, pero principalmente con un innegable sentido de seriedad, responsabilidad y consecuente compromiso con sus ideas.

La gran diferencia entre aquel denso liderazgo político y el lamentable estamento de mediocridad e ineptitud que hoy presenta la oposición como tal, es la carencia de esa solidez ideológica y de principios consistentes que es tan indispensable en el ámbito de la política, sea cual sea su orientación.

A esa seriedad, y a ese inquebrantable sentido de la responsabilidad con su propia ideología, es a lo que se refirió siempre el comandante Chávez cuando clamó por una “oposición con moto propia”.

Como la clama hoy el presidente Nicolás Maduro.

Y como claman el país y el mundo entero.

@SoyAranguibel

Gobierno opositor

Por: Alberto Aranguibel B.

Nada es más previsible que la oposición venezolana. Su persistencia en exactamente la misma conducta, sin detenerse nunca a corregir desviaciones ni desatinos, es definitivamente proverbial. Con ella no hay ninguna dificultad para imaginarla en el gobierno.

Para empezar, en un gobierno opositor se acabarían las angustias y los gastos en campañas electorales y procesos eleccionarios porque más nunca habría elecciones. Los aspirantes a cargos de gobierno surgirían de las autoproclamaciones callejeras, y de entre todos el que logre el mayor apoyo de los EEUU se adjudicaría el poder sin mediar en ello complicadas y costosas elecciones.

La traumática experiencia de procesos electorales (manuales o automatizados) en los que la opinión de la gente que según los escuálidos no sabe de política (es decir; los pobres) es aceptada como válida, no podría repetirse más. Mucho menos habiendo alcanzado el país un modelo de escogencia de los mandatarios tan avanzado que más de cincuenta países del mundo lo aplauden y lo respaldan.

El gobierno se haría en la misma forma unitaria en que se lleva a cabo el debate y la elaboración de las propuestas opositoras en la actualidad; cada quien dice lo que le viene en gana a su buen saber y entender y lo impone a gritos ya sea desde su escritorio en su casa de Valle Arriba, su apartamento de Santa Fe aquí en Caracas, o desde los soleados campos del parque temático de su agrado allá en el estado de la Florida, simplemente usando para ello su cuenta de Twitter o de Whatsap. Nada es más avanzado ni más democrático.

Dado que en la oposición nadie se considera borrego ni se siente en la obligación de obedecer a nadie, los periodos presidenciales durarían lo mismo que tarde en caer en desgracia el mandatario de turno, tal como inevitablemente caen siempre todos sus líderes. De ahí que cada gobierno dure a lo sumo unos cuatro o cinco meses en promedio. Con lo cual la intensa rotación de aspirantes al poder convertiría la democracia venezolana en “participativa y multitudinaria”. Gracias a Dios la oposición está acostumbrada ya a esa dinámica de la perpetua lucha interna por el poder, lo que le augura un panorama muy promisorio.

Los programas sociales continuarían. Pero con otros nombres y con una nueva y más eficiente forma de gestión; los Clap, los bonos, los carros y las viviendas, les serían entregados a la gente decente (jamás a los colectivos) y luego ellos verían a quién darle lo que sobre. Si es que sobra.

Habría que robarle a los chavistas la consigna “¡Así, así, así es que se gobierna!“, pero desinfectándola antes con una buena edulcoración neoliberal (algo así como: “So, so, so that’s how it is governed”) para que quepa muy bien en boca de las doñitas de El Cafetal.

Claro, como los chavistas serían exterminados previamente a plomo limpio por las fuerzas de liberación, no habría problema alguno.

@SoyAranguibel

Semántica de un informe en apariencia ingenuo

Por: Alberto Aranguibel B.

El revuelo generado este viernes por las palabras de la Alta Comisionada de la ONU para los derechos humanos, Michel Bachelet, tanto en las filas opositoras como entre el chavismo, da cuenta de una realidad política que cada día está más sujeta a la lógica mediática que a la racionalidad propiamente dicha.

El Consejo de Derechos Humanos de la ONU no tiene entre sus atribuciones la de calificar o certificar la legitimidad de los gobiernos, sino la de verificar el cumplimiento de la normativa internacional en materia de derechos humanos. Por lo cual las declaraciones de la alta funcionaria al culminar su visita de tres días al país, no debían esperarse en modo alguno como un dictamen a favor o en contra de los intereses políticos ni del gobierno ni de la oposición.

En razón de la naturaleza eminentemente principista en que se concibe esa instancia multilateral, son los Estados quienes serán siempre objeto de todo aquel intercambio que se proponga dicho organismo en cada país, porque son ellos quienes expresan de manera formal y constitucional la legítima representatividad de sus pueblos y la soberanía de los mismos, y es a ellos a quienes se deben dirigir sus recomendaciones o eventuales observaciones en cuanto a la preservación efectiva de los derechos humanos.

El carácter punitivo con el que se le ha querido presentar en los últimos tiempos, tiene su origen en el interés del imperio norteamericano en usar esa instancia como un instrumento coercitivo más, al servicio de su pretendida dominación planetaria, tal como sucede, por ejemplo, con la Organización de Estados Americanos y otras instituciones multilaterales.

Pero su trabajo no es destituir ni ratificar gobiernos. Ni a sus integrantes o a sus aspirantes. Por eso la agenda que tuvo la expresidenta Bachelet en Venezuela se centró en reuniones de consulta con los representantes calificados de los distintos organismos y poderes del Estado, incluida la Asamblea Nacional que aún en desacato funciona en el país con la más entera libertad, así como algunos voceros de la denominada sociedad civil que en conjunto constituyen la estructura y la base social del Estado, a los cuales ella quiso acercarse en función del levantamiento de información que se propuso.

Se trataba de una visita de carácter institucional trabajada desde hace meses de manera conjunta con el gobierno bolivariano, que a tal efecto le extendió en 2018 una cordial invitación. Aquellos que esperaban de esa visita un punto de quiebre definitivo de la oposición o del gobierno, estaban, pues, completamente desubicados.

Sin embargo, es necesario revisar algunas expresiones vertidas por la alta comisionada en esta oportunidad.

Los informes que emanen de la instancia multilateral que ella representa, deben ser redactados con el mayor escrúpulo, porque, en principio, su deber es no excederse del carácter neutral al que está obligada por mandato de la carta fundacional de la Organización de Naciones Unidas, a la cual está adscrita la oficina que ella dirige, cuyo texto consagra el respeto de ese ente a la libre determinación de los pueblos como principio fundamental e inalienable de las naciones.

Y luego, porque con el uso ambiguo o incorrecto de los términos que se utilicen en una declaración oficial suya, además de comprometer la idoneidad de su cometido, puede dar lugar a confusiones o inexactitudes innecesarias e inconvenientes a los propios intereses de preservación de esos derechos humanos que le corresponde vigilar como alta comisionada.

No se trata nada más de asegurar esa imparcialidad con la sola preservación de la pulcritud que tiene que mantener en la enumeración o descripción de los hechos a los que se refiera un informe determinado. Hay otros aspectos que tienen que ser tomados en cuenta a la hora de su elaboración que, aún cuando su finalidad no sea la de fungir como sentencia condenatoria de ningún tipo, tendrá siempre un impacto importante para la convivencia, la paz y la gobernabilidad de una nación.

El orden y la sindéresis de las ideas juegan un papel que pudiera eventualmente llegar a ser todavía más decisivo en la labor que se propone. De ahí la importancia del dialogo por el que apuesta la mayoría de las venezolanas, los venezolanos, y el mundo entero, en la búsqueda de la paz y el bienestar de Venezuela.

La señora Bachelet reconoce en sus palabras los esfuerzos del gobierno venezolano en materia de derechos humanos, pero deja colar subrepticiamente en su discurso una serie de ideas implícitas (aquellas que no expresa sino que se infieren) que desdicen definitivamente de la objetividad que debe preservar. Y que, en el supuesto de no tratarse de un error en el manejo de la semántica diplomática, dejaría ver entonces una intencionalidad de no aparecer de buenas a primeras contraviniendo la matriz instalada por la mediática pro derechista internacional contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro.

Es difícil entender como ingenuidad de parte de la Alta Comisionada la forma en que deja deslizar en sus palabras que la crisis económica tendría un origen interno (lo que sugeriría un error en las políticas del gobierno), cuando aplica tan cuidadosamente el término “preexistente” al hacer referencia a la gravedad de las sanciones unilaterales impuestas por los Estados Unidos contra nuestro país (“Me preocupa que las sanciones impuestas este año (en realidad desde el 2015 al menos, acoto yo) por estados Unidos sobre las exportacdiones de petróleo y el comercio de oro están excerbando y agravando la preexistente crisis económica”). Las sanciones, lo sabemos todas y todos los venezolanos, son solo la fase más reciente de un plan de guerra económica desatada por el imperio norteamericano contra nuestro país desde hace más de una década, acentuada progresivamente desde la partida física de nuestro comandante eterno Hugo Chávez Frías hasta el día de hoy, y agudizándose particularmente con la activación en EEUU del portal Dólar Today desde aquel entonces, destinado a atacar nuestra moneda y a quebrar con ello la economía venezolana.

Al afirmar tajantemente, por ejemplo, que “fue profundamente doloroso escuchar el anhelo de las víctimas y sus familliares por obtener justicia ante las graves (?) violaciones de derechos humanos”, adjetivando juiciosamente pero sin precisar quiénes son esos violadores de derechos humanos en medio de esta compleja coyuntura, da por sobreentendido que ese violador es el gobierno cuando en realidad es todo lo contrario. Más aún cuando esa torcida idea se refuerza con una invocación tan meticulosamente colocada como “Espero sinceramente que nuestrta evaluación, nuestra cooperación y nuestra asistencia ayude a reforzar la prevención de la tortura (?) y el acceso a la justicia (?) en Venezuela.” O con la larga lista de relatos de víctimas de violencia por razones políticas que enumera, en la que hace apenas una tímida sugerencia del atroz asesinato de Orlando Figuera, quemado vivo en el festín fascista de la oposición en la plaza Altamira, pero que la Alta Comisionada anota someramente sin mencionar tampoco quiénes fueron los autores de tan horrendo crimen.

Sí, es defintivamente un gran logro para todas y todos los venezolanos que tan digna representante de las Naciones Unidas haya accedido a venir a nuestro país. En primer lugar porque de esa forma podrán constatar irrefutablemente tanto ella como el mundo entero la falsedad de la grotesca especie inventada por la derecha en cuanto a la existencia de una dictadura en Venezuela. En segundo término, porque su sola presencia (y más allá de ella, la de la delegación que ha anunciado que permanecerá en el país durante algunos meses) constituye un insoslayable muro de contención a las pretensiones golpistas de la oposición y a la amenaza de invasión del imperio norteamericano.

Pero no es nada provechoso para el esfuerzo de conciliación y superación de la crisis que se propone, forzar la realidad con el uso de esa forma tan diplomática de distribución “equitativa” de las responsabilidades entre los actores políticos por igual, como si en eso consistiera el logro de la justicia y la paz definitiva a la que se aspira.

No es justo ni auspicioso que su misión se inicie haciendo afirmaciones y sugerencias ambiguas que solo contribuyen a las distorsiones que han propiciado tanto dolor y padecimiento al pueblo venezolano, y por cuya justicia clama y espera ese pueblo con paciencia y lealtad inquebrantable a su revolución y a su presidente constitucional Nicolás Maduro Moros.

@SoyAranguibel

 

 

 

 

 

 

Cabeza opositora

Por: Alberto Aranguibel B.

Quizás el rasgo más repugnante de la arrogancia no sea la estupidez, sino la sordera. Porque la estupidez es manejable, pudiendo llegar a ser simpática y hasta candorosa. Pero la sordera, aquella que no es producto de ningún impedimento físico sino de la soberbia, es odiosa y puede terminar siendo incluso catastrófica.

El arrogante, intolerante como es, no necesita escuchar a nadie para arribar a conclusiones de ninguna especie. Su mayor placer es irradiar con cada gesto la luminosidad y el brillo intelectual que le permitan aparentar sabiduría y suficiencia en el control de los asuntos más diversos del conocimiento y del mundo.

No le gusta aprender en cabeza ajena, como reza el dicho popular, porque le extasía el logro del descubrimiento propio cuando de una mente superior como la suya se trata. Si el que llega a una conclusión certera (cualquiera que ella sea) es alguien socialmente insignificante, entonces quiere decir que la idea era insulsa y menospreciable. No era una idea importante.

Por eso es usual ver en los escenarios en los que proliferan la arrogancia y la petulancia como rasgos definitorios de la personalidad (por lo general en las clases nuevas ricas de la sociedad, que en México se conocen como “igualados”) el fenómeno de la celebración del descubrimiento del agua tibia.

Exclamaciones como: “¡Increíble!”, “¡Fabuloso!”, “¡Sorprendente!”, son las más usadas en esos escenarios para referirse a cosas que de repente son “descubiertas” por los arrogantes, aún cuando las mismas ya sean harto conocidas por el común de la gente. Todas esas fueron las exclamaciones de Colón al llegar a un mundo que desde hacía milenios nuestros pobladores originarios conocían, pero que sorprendía a los conquistadores como si fuera nuevo. Por eso a los europeos no les importó nunca llamarse “viejo mundo”… el “nuevo” lo habían descubierto ellos.

Así es la cabeza opositora. No les gusta escuchar a nadie cuando se les advierte hasta la saciedad que quienes se autoerigen en sus líderes son siempre unos estafadores, mercachifles de la política sin ningún interés por el país sino por ellos mismos.

Los desechan  con el mayor desprecio y los convierten en detritus de la historia, como ya han convertido a Guaidó (y como convirtieron a todos los que a él le precedieron), solamente cuando “descubren” por ellos mismos que todo cuanto se les decía acerca de su ineptitud y de su incompetencia para gobernar era cierto.

Solo que, por arrogantes, jamás aceptan que ya bastante se les había dicho.

@SoyAranguibel