Cuarentena cerebral

Por: Alberto Aranguibel B.

Mi abuela, que era una dama adusta y calculadora, era una perfecta maniática (en el buen sentido del término) con eso de encontrarle utilidad a las cosas, asignándoles las más de las veces funciones insólitas a los artefactos que, por lo general, no tenían nada que ver con aquellas para las cuales fueron concebidos.

Si en alguna de nuestras caminatas para llevarme a la escuela se encontraba, por ejemplo, una pieza que bien pudiera haber sido por igual restos de una vieja máquina de coser como de un carburador de motocicleta, mi abuela me apuraba “Anda, hijo, agarra eso ahí que de seguro sirve para aguantar la puerta del patio”.

Sin embargo, su peor manía no era inventarles un uso, sino el empeño en encontrar para qué servían originalmente las piezas que aparecían de repente en cualquier parte; debajo de alguna mesa o en algún rincón de la casa, y de las cuales solía ser difícil precisar a qué equipo o aparato pertenecían. Su vida se iba en tratar de encontrarles el lugar que les correspondía. Lo que casi siempre terminaba en frustración y, como consecuencia de ello, las gavetas de mi casa terminaban llenas de cachivaches sin utilidad ni sentido alguno.

“Esta piecita tiene que ser de algo, porque, si no, no la habrían inventado.” decía.

Y eso es exactamente lo que le pasa a la oposición con Juan Guaidó. Un martirio perpetuo tratando de encontrar para qué sirve en verdad su presidente ficticio, sin lograr arribar jamás a un escenario de certidumbre que les permita superar la frustración de la eterna derrota frente al chavismo.

Desde aquellas mentiras iniciales del asalto al poder que les prometió hace más de un año (incluido el cuento de que no había hablado con Diosdado), pasando por las incontables evidencias de corrupción en las que cada día aparece más involucrado, la alianza con el paramilitarismo, la gran estafa en las que terminaron sus llamados a marchas finales, sus fallidos anuncios de ingreso de ayuda humanitaria y de invasión norteamericana, los opositores han sufrido la decepción más recurrente y dolorosa que liderazgo alguno le haya causado jamás a su propia militancia.

A ese rosario de fracasos se les suma ahora la amarga contingencia del coronavirus. Ingenuos, como son, les sorprende que los organismos del Estado y la población en general sigan las instrucciones del presidente Nicolás Maduro, y ninguna del inefable Guaidó.

Justo ahora, cuando creían que por fin iban a ver la verdadera garra de su líder como estadista, descubren alarmados (como si fuera la primera vez que el farsante los estafa) que para esto, tan importante y tan trascendental para el país, tampoco sirvió para nada.

Se parece a los corotos de mi abuela.

 

@SoyAranguibel