Cifras dinámicas

Por: Alberto Aranguibel B.

Una lección que sin lugar a dudas nos deja el coronavirus es la importancia de los números en la vida del ser humano. Chávez, que hablaba siempre de la forma en que Dios obraba a través de las matemáticas, insistía en el uso de esa poderosa herramienta del conocimiento humano para encontrar respuestas y soluciones precisas a los problemas.

Hoy una de las actividades más comunes en todo el planeta es la verificación cotidiana que hacen los organismos multilaterales, los gobiernos y la gente en general, de las cifras de mortalidad que ha ido causando la pandemia en el mundo.

Eso es así, porque el problema más grande que enfrentamos es que el virus es dinámico. Así como dinámicas son sus consecuencias.

La naturaleza cambiante de los números nos permite ver su carácter determinante no solo en el ámbito de la ciencia o de la economía, sino también en la política. Países que ayer se alineaban incondicionalmente al imperio norteamericano, por efecto del coronavirus hoy abrazan a naciones solidarias que antes consideraban enemigas.

La democracia se basa en números. De ahí la importancia del voto como instrumento esencial para la cuantificación de la voluntad popular. Una voluntad que debe ser revisada periódicamente mediante el acto electoral en virtud del carácter cambiante de la opinión pública.

Por eso en uno de los momentos más críticos de la vida democrática venezolana, el presidente Nicolás Maduro convocó al poder constituyente; había un gobierno legítimo surgido del voto, pero la derecha sostenía que el pueblo ya no pensaba lo mismo. La elección fue la manera de corroborar irrefutablemente la verdad que ya se sabía.

Esa derecha, reacia como ha sido siempre a escuchar la voluntad popular, insiste ahora en el supuesto respaldo que sesenta países le dieron hace más de un año a un ficticio presidente autoproclamado. Pero ¿sigue existiendo ese mismo respaldo?

En aquel momento el mundo, que no conoce ni tiene por qué conocer la verdadera realidad política y social de nuestro pueblo, no sabía ni lo mentiroso ni lo tracalero que era el impostor. Ni tenía idea de su capacidad para robarse el dinero de los venezolanos en la forma en que lo hace. Mucho menos conocía sus estrechas relaciones con el criminal mundo de los Rastrojos.

Hoy, esa insoslayable verdad de la farsa que es ese impresentable ser hasta para sus propios seguidores y para la mayoría de los opinadores que hasta ayer lo exaltaban como un excepcional estadista, no descansan insultándolo y reclamándole su bochornosa ineptitud y su fracaso como líder. ¿No es lógico que suceda lo mismo con aquellos países que, más allá de las presiones del imperio, hayan respaldado ese disparatado proyecto de buena fe y creyendo en verdad en ideas democráticas?

¡Hasta cuándo la farsa de los sesenta países!

 

@SoyAranguibel

Negociantes del dolor

Por: Alberto Aranguibel B.

 No se conoció nunca en la historia un sector político que promoviera el estallido social de su propio país, para salir luego a recorrer el mundo buscando ejércitos que lo invadieran e intentar después de eso colocarse en el poder prescindiendo de cualquier tipo de procedimiento constitucional o electoral que justificase o soportase tal aberración.

Los guerreros de los que habló la historia, cuando salían de su suelo lo hacían para apertrecharse o para reorganizar sus fuerzas y ser luego ellos mismos quienes invadían su territorio, precisamente para librarlos del yugo de imperios extranjeros que hubiesen osado atravesar sus fronteras para expoliar y someter a sus pueblos.

En tales procesos, la penuria fue el signo común que demostraba la necesidad de librar las batallas que libraban esos luchadores en función de sus pueblos. La escases de recursos, la precariedad y la total inexistencia de confort, fueron siempre la constante en todas las historias de vida de quienes entregaban todo por su patria.

Pero, la oposición venezolana, farsante como es, habla de una fantasiosa e inexistente “invasión de cubanos” en Venezuela, para justificar el derroche de dineros que en nombre de su hipotética lucha de liberación lleva a cabo con recursos robados a la nación de la manera más obscena y descarada, cada vez en mayor cuantía e impudicia, con los cuales recorre el mundo en las más lujosas primeras clases de las líneas aéreas más costosas, y alojándose en los más deslumbrantes hoteles cinco estrellas de América y de Europa.

En su mundana itinerancia por palacios y mansiones de mandatarios y multimillonarios del planeta, no pierden nunca la oportunidad de procurar acciones de potencias extranjeras contra nuestro pueblo, al que castigan pasándole la factura del sufrimiento que generan esas ilegales sanciones que ellos promueven en el exterior, para continuar sacándole el más jugoso provecho al odio que diseminan por el mundo contra el chavismo.

Castigan a ese pueblo por no haber votado nunca por la oposición en procesos electorales en los que el chavismo ha contado siempre con un respaldo indiscutible y mayoritario.

Jamás un sector político fue tan inmoral como la oposición venezolana, que llega al extremo de asesinar gente viva en la calle, sabotear servicios públicos y acabar con la economía del país, tan solo para hacerse de ese grosero, insustancial y frívolo estilo de vida.

@SoyAranguibel

Cerquitismo

Por: Alberto Aranguibel B.

Si algo caracteriza el comportamiento de la oposición venezolana en todo lo que va de revolución bolivariana, es que jamás ha estado determinado por una doctrina ideológica o por un dogma de naturaleza institucional, sino por una sensación de proximidad. Creer a cada rato de manera ilusoria que están ya a punto de alcanzar el poder ha sido su karma recurrente.

Sus emociones no están referidas al logro excepcional de una dirigencia luminosa en la conformación de las ideas de bienestar y progreso que dicen profesar sus militantes. Surgen más bien de la ansiedad que les provoca sentirse cada cierto tiempo (cinco años en promedio) cerca de un triunfo que nunca alcanzan limpia y correctamente, porque en vez de ejercer la política de acuerdo a la norma universal del trabajo de masas y de la elección secreta y directa, siempre escogen el camino de las argucias cazabobos, al mejor estilo de Súmate, o de las acciones de ingenua inspiración guerrillera, como las guarimbas.

En todo eso, los medios de comunicación han jugado un papel decisorio porque son los que le imprimen un carácter épico a esos atajos de desesperación, convirtiéndolos en fórmulas gloriosas de dimensiones casi míticas, como aquello de tocarle el violín a un contingente de la Guardia Nacional en medio de una autopista sin gente, en pueril demostración del supuesto “derecho político” a hacerse del poder sin importar los votos de los millones de electores que apoyen al presidente constitucionalmente electo.

En su eterno ir y venir de frustración perpetua, la oposición siente que está cerca de ese triunfo cuando cualquier evento dispara la sensación de haberse producido el final de una película que no termina nunca, como por ejemplo la “toma” de una base militar que solo existe para las cámaras de televisión porque en realidad los “tomistas” están del lado de afuera del establecimiento. Una vez que esa noticia se convierte en cosa pasada, la oposición se resigna y vuelve a la calma.

Lo que ha sucedido con Guaidó es exactamente eso; un raro fenómeno que surge del disparatado invento de la autojuramentación (a ver qué pasaba) que una vez más ilusionó a la militancia opositora con que estaban cerquita del triunfo.

Quienes aún lo siguen después de su bochornosa actuación como presidente imaginario, lo hacen no porque lo consideren un gran líder sino porque, como siempre, creen estar cerquita de aquello que en verdad nunca tuvieron ni siquiera medianamente próximo.

 

@SoyAranguibel

El fracaso como triunfo

Por: Alberto Aranguibel B.

No deja de ser desconcertante en el mundo de la política, que un personaje pusilánime como Juan Guaidó, salido de la nada y sin el más mínimo temple o robustez intelectual para asumir con fuerza propia el inmenso compromiso del liderazgo que exige la compleja coyuntura por la que atraviesa el país, se mantenga tan firme en la idea de que, tal como él lo percibe, a medida que pasan los días, las semanas y los meses, estaría cada vez más a punto de hacerse de la primera magistratura nacional.

Nadie habituado al fragor de la batalla cotidiana entre la política y los medios de comunicación entiende ese nivel de rebuscada serenidad que transmite en sus comparecencias ante las cámaras el ahora “diputado rastrojo” (antiguamente “el autoproclamado”) después de tantos traspiés y tantas chapuzas como las que él ha acumulado en tan corto lapso.

Existiendo, como seguramente existen en su equipo de asesores, los infaltables “expertos en imagen” que dictaminan a diestra y siniestra la conveniencia de insólitos perfiles más de corte mercadotécnico que de tipo político para el pueril aspirante a presidente, debe haber alguno que haya logrado posicionar como lema de su campaña el viejo apotegma de Wilde: “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti”.

El origen de tal insensatez está sin lugar a dudas relacionado con su proverbial propuesta de la destrucción del país a través del estallido social y el derrumbamiento de la economía y en definitiva de las estructuras del Estado como requisito indispensable para hacer realidad su proyecto de alcanzar el poder a como dé lugar por encima de los procedimientos democráticos a través de los cuales les ha sido imposible conseguir el respaldo popular.

Sustentado en el odio antes que en el desarrollo de formulación ideológica o política alguna, el proyecto de la oposición asume como su triunfo el padecimiento y la ruina del país y de los venezolanos. Ese ha sido su credo.

De ahí que no puede ser sino a partir de esa absurda lógica del “logro inverso”, como se explica que los descalabros de Guaidó sean siempre, tanto para él mismo como para sus seguidores, señales de una hipotética proximidad con el ansiado triunfo.

Desde su muy ingenua óptica, las derrotas son presagios de gloria.

@SoyAranguibel

Guerras delivery

Por: Alberto Aranguibel B.

El antichavismo es un raro grupo heterogéneo en el que cada uno piensa que es un ser especial, único e irrepetible, pero que en realidad coincide en muchos más aspectos de lo que ellos mismos piensan. El más relevante de esos aspectos es, quizás, el de la vocación consumista.

El opositor común no piensa en política (ni mucho menos en ideologías o activismo partidista) sino en dinero. Todo lo que tiene que ver con su vida lo cuantifica en plata. En dólares, específicamente. Por eso necesita salir de la Revolución Bolivariana; porque entiende que el socialismo es la negación del capital y asume que el capitalismo es el paraíso del dinero.

Ese afán de comprar solo lo que les provoque es lo que los lleva a desechar de la noche a la mañana a los mismos líderes que días antes adoraba, y que por alguna razón no lograron satisfacer su sed de fortuna en el lapso que su expectativa les dictaba. Para es ellos es como si el liderazgo fuese algo que se adquiere en un centro comercial y que puede devolverse cuando el cliente así lo desee si no se está conforme con el producto.

De ahí su descabellada y terca resolución de invocar una invasión armada que lleve a cabo el trabajo que su liderazgo no ha sido capaz de hacer. Les importa un comino la soberanía o la independencia, porque están seguros de que con eso no van a obtener las fabulosas mansiones ni los yates o aviones que de manera tan ilusoria les ofrece el capitalismo.

Lo que no se entiende es cómo creen que van a salir airosos en una invasión como la que piden, si el promedio de los opositores no sabe ni subir cerros, ni cargar una lata de agua, o pasar tres días durmiendo en el monte. Mucho menos disparar ni siquiera una escopeta de balines o detonar debidamente un paquete mediano de fuegos artificiales.

A la hora de una invasión, todos los que están dentro del país invadido son objetivos de guerra. Pero los opositores se imaginan en una suerte de absurda “isla de la fantasía”, donde el horror les pasará por un lado, asustándolos pero sin hacerles daño, simplemente porque ellos se consideran “los buenos de la película”.

Jamás han estado ni cerca de una auténtica confrontación armada. Y cuando así ha sido (por ejemplo, cuando les dicen que en tal o cual sitio están atracando mucho) corren despavoridos como alma que lleva el diablo.

Sus andanzas más usuales (en las raras ocasiones en que no están en Miami o en Madrid), suelen ser el Centro Comercial San Ignacio, la ensenada “los juanes” en el archipiélago Morrocoy, o alguno que otro restaurante de lujo de la urbanización Las Mercedes, de la que muchos de ellos se consideran dueños. En ninguno de esos lugares, prevalece ni siquiera el más mínimo sentido de “organización social” de su gente para enfrentar ningún tipo de acción conjunta o de combate, como sí lo tiene con perfecta claridad el pueblo chavista desde hace casi un cuarto de siglo. Lo cual permite saber con mucha precisión quiénes serían los primeros en ser dados de baja por la acción devastadora de cualquier ejército invasor.

Pero ellos no lo ven así. Acostumbrados a que todo lo compran, creen que las guerras son como las entregas a domicilio; que las ordenas y llegan a ti sin percances porque, si no, pues simplemente las devuelves y te regresan tu dinero.

@SoyAranguibel