El fracaso como triunfo

Por: Alberto Aranguibel B.

No deja de ser desconcertante en el mundo de la política, que un personaje pusilánime como Juan Guaidó, salido de la nada y sin el más mínimo temple o robustez intelectual para asumir con fuerza propia el inmenso compromiso del liderazgo que exige la compleja coyuntura por la que atraviesa el país, se mantenga tan firme en la idea de que, tal como él lo percibe, a medida que pasan los días, las semanas y los meses, estaría cada vez más a punto de hacerse de la primera magistratura nacional.

Nadie habituado al fragor de la batalla cotidiana entre la política y los medios de comunicación entiende ese nivel de rebuscada serenidad que transmite en sus comparecencias ante las cámaras el ahora “diputado rastrojo” (antiguamente “el autoproclamado”) después de tantos traspiés y tantas chapuzas como las que él ha acumulado en tan corto lapso.

Existiendo, como seguramente existen en su equipo de asesores, los infaltables “expertos en imagen” que dictaminan a diestra y siniestra la conveniencia de insólitos perfiles más de corte mercadotécnico que de tipo político para el pueril aspirante a presidente, debe haber alguno que haya logrado posicionar como lema de su campaña el viejo apotegma de Wilde: “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti”.

El origen de tal insensatez está sin lugar a dudas relacionado con su proverbial propuesta de la destrucción del país a través del estallido social y el derrumbamiento de la economía y en definitiva de las estructuras del Estado como requisito indispensable para hacer realidad su proyecto de alcanzar el poder a como dé lugar por encima de los procedimientos democráticos a través de los cuales les ha sido imposible conseguir el respaldo popular.

Sustentado en el odio antes que en el desarrollo de formulación ideológica o política alguna, el proyecto de la oposición asume como su triunfo el padecimiento y la ruina del país y de los venezolanos. Ese ha sido su credo.

De ahí que no puede ser sino a partir de esa absurda lógica del “logro inverso”, como se explica que los descalabros de Guaidó sean siempre, tanto para él mismo como para sus seguidores, señales de una hipotética proximidad con el ansiado triunfo.

Desde su muy ingenua óptica, las derrotas son presagios de gloria.

@SoyAranguibel

Guerras delivery

Por: Alberto Aranguibel B.

El antichavismo es un raro grupo heterogéneo en el que cada uno piensa que es un ser especial, único e irrepetible, pero que en realidad coincide en muchos más aspectos de lo que ellos mismos piensan. El más relevante de esos aspectos es, quizás, el de la vocación consumista.

El opositor común no piensa en política (ni mucho menos en ideologías o activismo partidista) sino en dinero. Todo lo que tiene que ver con su vida lo cuantifica en plata. En dólares, específicamente. Por eso necesita salir de la Revolución Bolivariana; porque entiende que el socialismo es la negación del capital y asume que el capitalismo es el paraíso del dinero.

Ese afán de comprar solo lo que les provoque es lo que los lleva a desechar de la noche a la mañana a los mismos líderes que días antes adoraba, y que por alguna razón no lograron satisfacer su sed de fortuna en el lapso que su expectativa les dictaba. Para es ellos es como si el liderazgo fuese algo que se adquiere en un centro comercial y que puede devolverse cuando el cliente así lo desee si no se está conforme con el producto.

De ahí su descabellada y terca resolución de invocar una invasión armada que lleve a cabo el trabajo que su liderazgo no ha sido capaz de hacer. Les importa un comino la soberanía o la independencia, porque están seguros de que con eso no van a obtener las fabulosas mansiones ni los yates o aviones que de manera tan ilusoria les ofrece el capitalismo.

Lo que no se entiende es cómo creen que van a salir airosos en una invasión como la que piden, si el promedio de los opositores no sabe ni subir cerros, ni cargar una lata de agua, o pasar tres días durmiendo en el monte. Mucho menos disparar ni siquiera una escopeta de balines o detonar debidamente un paquete mediano de fuegos artificiales.

A la hora de una invasión, todos los que están dentro del país invadido son objetivos de guerra. Pero los opositores se imaginan en una suerte de absurda “isla de la fantasía”, donde el horror les pasará por un lado, asustándolos pero sin hacerles daño, simplemente porque ellos se consideran “los buenos de la película”.

Jamás han estado ni cerca de una auténtica confrontación armada. Y cuando así ha sido (por ejemplo, cuando les dicen que en tal o cual sitio están atracando mucho) corren despavoridos como alma que lleva el diablo.

Sus andanzas más usuales (en las raras ocasiones en que no están en Miami o en Madrid), suelen ser el Centro Comercial San Ignacio, la ensenada “los juanes” en el archipiélago Morrocoy, o alguno que otro restaurante de lujo de la urbanización Las Mercedes, de la que muchos de ellos se consideran dueños. En ninguno de esos lugares, prevalece ni siquiera el más mínimo sentido de “organización social” de su gente para enfrentar ningún tipo de acción conjunta o de combate, como sí lo tiene con perfecta claridad el pueblo chavista desde hace casi un cuarto de siglo. Lo cual permite saber con mucha precisión quiénes serían los primeros en ser dados de baja por la acción devastadora de cualquier ejército invasor.

Pero ellos no lo ven así. Acostumbrados a que todo lo compran, creen que las guerras son como las entregas a domicilio; que las ordenas y llegan a ti sin percances porque, si no, pues simplemente las devuelves y te regresan tu dinero.

@SoyAranguibel