Comunicación para la guerra

Por: Alberto Aranguibel B.

Parte fundamental de las responsabilidades de gobierno en periodos de convulsión, de confrontación, o de guerra, es la del redimensionamiento de las formas comunicacionales con la población, porque en tales circunstancias ese valioso instrumento de contacto con la opinión pública tiene que dejar de ser un canal de información para convertirse en una herramienta indispensable para la estabilidad del país.

El tratamiento puramente noticioso de las circunstancias en las que se desenvuelven los acontecimientos que forman parte de una guerra, a la larga no conduce sino a generar el hastío que generan las noticias pasadas (conocidas en el argot periodístico como “fiambres”). En poco tiempo, la gente comienza a expresar inconformidad con la reiteración del señalamiento al contrario, y finalmente rechazo a todo lo que en ese sentido se le diga.

Por esa razón, a medida que se prolonga la confrontación, la noticia deja de ser útil y termina tornándose en valiosa para el enemigo.

Una comunicación para la guerra es la que trasciende el aspecto noticioso, declarativo, de boletines de prensa o de publicidad oficial, para asumirse en una poderosa máquina generadora de compromiso en defensa de la Patria, a partir de un proceso de formación constante del individuo que le ayude con verdaderos elementos de raciocinio a superar las aprensiones y descontentos.

Es necesario que las dificultades económicas y las recurrentes fallas en los servicios públicos dejen de ser presentadas por uno que otro ministro como agresiones o sabotajes aislados (que cansan y obstinan a la gente) y se les busque una manera de explicarlos desde la condición de país atacado, ya no de manera puntual en cada caso, sino desde una instancia del Estado abocada específicamente al seguimiento y evaluación permanente del conflicto en curso.

Si la comunicación no se entiende como arma de guerra que debe exponer con perfecta claridad y precisión la verdadera penetración y alcance del enemigo, así como la naturaleza particular de sus planes desestabilizadores en una dimensión más allá de lo noticioso, entonces la batalla la ganará siempre el que logre posicionar la idea de que las fallas o carencias en los servicios son solo culpa de unos cuantos burócratas ineficientes y corruptos.

@SoyAranguibel

Hablando Constituyente del 01 de noviembre de 2018.

Programa Hablando Constituyente, del 01 de noviembre de 2018 por TVes, moderado por Roberto Messuti, con la participación de Carlos Sierra y Alberto Aranguibel.

 

@SoyAranguibel

Retrato de una asquerosa guerra contra el pueblo

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando el periodismo se presta dócil y entusiasta a la rastrera tarea de hacerle el favor a la oligarquía, construyéndole a diario una narrativa que oculte o que justifique su desprecio hacia los pobres y enaltezca sin miramientos la depravación explotadora de los ricos, se incurre sin lugar a dudas en la peor de las ignominias.

Que las guerras sirvan para vender más periódicos y alcanzar mayores niveles de audiencia en la radio y la televisión a partir de la exaltación morbosa de la sangre y de la muerte, es ya de por sí repugnante. Sin embargo, es mentira que esa vocación necrofílica sea la causa de la vulgarización en el ejercicio del periodismo bajo la concepción capitalista que hoy prevalece en las grandes corporaciones mediáticas del mundo.

La verdad es que el contenido mediático, cargado de perversiones que alientan esa lascivia por la crueldad, es lo que conduce a las sociedades a su enajenación progresiva, en la medida en que, por vía del hábito a la exposición cotidiana de lo más perverso del ser humano, convierte toda depravación en cultura.

El afán por la visibilización de la penuria como expresión de la realidad, no es de ninguna manera la fórmula imprescindible para la superación de las calamidades del mundo, como lo ha argumentado desde siempre la gran prensa para aparentar una falsa vocación de contraloría social y de servicio público que jamás ha tenido en la práctica.

El medio se sirve de la calamidad para aumentar sus utilidades a costa del sufrimiento ajeno, y punto.

De ahí que las guerras que se libran hoy en el mundo están determinadas siempre por el mismo factor mediático que las origina y las promueve, a partir de esa particular capacidad para la distorsión y la manipulación de la realidad que ya ha pasado a ser parte consustancial a la vida moderna de las sociedades en todo el planeta, sin distingo alguno de su orientación ideológica o modelo político.

Mediante el secuestro de derechos que le corresponden a la sociedad antes que a las empresas, el medio de comunicación ha violentado desde siempre la posibilidad del ser humano para acceder a la verdad, no solo de su entorno sino del universo mismo. Verdad que le es falseada de acuerdo al poder y a los intereses particulares de los dueños de esos medios que paulatinamente han ido erigiéndose en pontífices inobjetables y eximios tanto del bien como del mal.

Un ejemplo de esta saña morbosa por obtener réditos con el sufrimiento ajeno, sin importar en lo más mínimo la ética que debiera regir el ejercicio del periodismo, es sin lugar a dudas la publicación que recientemente encontramos en la página editorial del ultraderechista diario argentino La Nación, en la que el periódico hace gala de una proverbial capacidad para el retorcimiento de los hechos y el montaje infame de matrices de opinión que atenten a como dé lugar contra la dignidad de un pueblo ,en este caso el venezolano, y en particular de un niño al que con un arbitrario e infundado comentario, urdido por la mente calenturienta de la redactora de turno, se ultraja y se humilla sin conmiseración alguna.

Barbería Migrante

La foto, como la mayoría de las fotos, no necesita explicación. Se trata de un niño que mira a cámara con la curiosidad común en todos los niños del mundo cuando ven a alguien frente a ellos, justo en el momento de ser afeitado por una persona que al parecer integra un equipo de ayuda internacional en algún campamento desconocido (porque no se identifica en la foto) pero que pareciera francés por los colores azul, blanco y rojo, así como las letras que apenas medio se leen, en las capas de los barberos.

No se percibe en la imagen sufrimiento alguno, que no sea el que tenían en mente quienes han querido convertir el fracaso de la oposición venezolana en un show contrarrevolucionario de alcance internacional con el tema de la migración que han protagonizado venezolanos víctimas de las mismas campañas de desinformación y de terror orquestadas a través de los medios por esa misma derecha, y que en virtud del engaño han terminado retornando al país con el mismo desespero con el que se fueron huyendo hacia el exterior hace apenas unos meses.

Bien pudiera ser un “falso positivo”, porque ni los migrantes venezolanos están siendo recibidos en Bogotá por ningún cuerpo de ayuda humanitaria, como explica la nota, ni los que están en Cúcuta son atendidos por ninguna misión francesa. Mas bien pareciera tratarse de algún niño árabe en el norte del Africa, como los hay hoy por decenas de miles en la condición de refugiados.

Pero Diana Fernández Irusta, la periodista de marras, le acomoda un texto de pretendida factura poética (como para ocultar la carga virulenta y ponzoñosa que el comentario lleva como objetivo político soterrado) haciendo alarde de una empalagosa jerga sensiblera que apesta por lo rebuscado y decadente.

Para hacer aparecer al niño como una víctima más de la supuesta “dictadura” que estaría asolando a Venezuela, lo retrata como “Puro ojos, pura belleza”, pero inmediatamente lo conecta con el canallesco discurso de la manipulación que ha preparado, en un punto y seguido que desliza un “Todo interrogantes”, sacado del más nauseabundo baúl de la cursilería.

A modo de “respuesta”, infiere el resto de la escena fotográfica con el veneno que le da a su trabajo el fulgor de la infamia que sus jefes le exigen: “La peluquería, intuimos, tiene algo de improvisada. “Brigada social”, llama el epígrafe de las foto a quienes -ay esos barbijos, esos guantes de plástico- emprende la tarea de rasurar estas cabezas. Cabezas de inmigrantes. El niño es venezolano, está en Bogotá, a metros de la estación de micros. Ignoramos con cuántos integrantes de su familia habrá viajado, durante cuánto tiempo, a través de qué dificultades. Solo tenemos su mirada; descomunal de enorme, abismal en la inquietud, la pregunta, el desconcierto. El niño mira al fotógrafo con algo aún más lacerante que el miedo. Sus labios callan, pero sus ojos dicen que ya no hay casa, ni juegos, ni escuela, ni rumor de dibujos animados por la tarde, con los cuadernos listos para hacer la tarea. No hay nada, salvo este saberse repentinamente sobrante. Objeto incómodo, sujeto de asepsia.

La pestilente nota no alcanza a dar una explicación ni siquiera medianamente cercana a la realidad del fenómeno de la migración venezolana, creado por la derecha latinoamericana a través de los medios de comunicación y su gran poder de influencia sobre la sociedad. Pero sirve para alimentar el ego de la flabistana, quien con toda seguridad así se siente emparentada con la rutilante Angelina Jolie en eso de “velar por los niños que huyen de la barbarie socialista”, razón por la cual no tendrá jamás obligación alguna de escribir ni una línea sobre los verdaderos desplazados latinoamericanos que desde hace décadas abandonan por millones sus países regidos por gobiernos neoliberales que hambrean y pueblan de miseria al continente.

¿Qué es eso de “la mirada descomunal de enorme”? ¿Qué es lo “más lacerante que el miedo” con el que el niño mira al fotógrafo? Nada. Todo en la redacción de los periodistas del neoliberalismo es fatuo, inconsistente y sin esencia.

Su propósito no es desarrollar idea alguna, sino causar dolor, generar odio, hacer sufrir a sus lectores con la rabia que ella cultiva con su verbo repugnante, cargado de falsedades, mentiras y de infamias contra un pueblo que a ella en verdad le sabe al mismo estiércol que sus manos destilan sobre el teclado de la computadora que le presta La Nación.

No son periodistas quienes como ella trafican irresponsablemente con la verdad para imponer la falsedad del mundo capitalista, sino mercenarios de una guerra emprendida por el odioso poder del dinero contra una nación que ha decidido ser libre e independiente, y que no se someterá jamás a los designios ni de las grandes corporaciones norteamericanas, ni de los grandes medios de comunicación que se han confabulado con el imperio para intentar asaltar a nuestro pueblo para robarnos no solo nuestras riquezas y nuestro bienestar sino nuestra esperanza y nuestro futuro.

@SoyAranguibel

Aranguibel: Lo incorrecto es la cultura de la rapiña

En conversación con el periodista Boris Castellano en el programa 360 que transmite Venezolana de Televisión, el comunicador y constituyente Alberto Aranguibel sostiene que “una cultura de la rapiña, donde la gente prefiere acusar al gobierno antes que al especulador, es lo incorrecto en una sociedad que persigue alcanzar el bienestar de su pueblo”.

¿Por qué luchan los escuálidos?

Por: Alberto Aranguibel B.

En la llamada sociedad de consumo el individuo es habituado por la cultura burguesa y el ilusionismo mediático a proyectarse de manera ascendente de modo que su aspiración de un estilo de vida ampuloso no se sacie nunca. De tal insatisfacción depende la sobrevivencia misma del capitalismo en la medida en que la riqueza se concentra cada vez más en menos manos y el sistema se ve en la obligación de inducir a esos sectores específicos en particular a una mayor demanda de productos y servicios.

Por eso los más propensos a considerarse por encima de los demás son siempre los integrantes de esa clase que la mercadotecnia define como de alto poder adquisitivo. Por lo general, los pobres no padecen la irracional alienación al modelo consumista habituados como han estado desde siempre a enfrentar la realidad sin apego a fabulaciones pueriles que los muevan a determinar su vida basados en aspiraciones insensatas o desproporcionadas. El pobre aspira a una vida digna para su familia. El consumista aspira a lujos y posesiones que los conduzcan a otros lujos y posesiones cada vez más estrafalarios, a través de los cuales poder asegurar y perpetuar la constante de su ilusoria ascendencia social.

La Venezuela de hoy, sumida como ha estado desde hace un siglo en la vil cultura del rentismo petrolero que proveyó de confort y riquezas a esa clase social de alto poder adquisitivo, no escapa a la bochornosa realidad del consumismo enajenante (que nada aporta al desarrollo del país, pero que sí afecta definitivamente el desempeño provechoso de la sociedad en su conjunto) fundamentalmente por su naturaleza “cuasi ideológica”, en la que se refugia hoy la inmensa mayoría de la oposición venezolana de a pie.

Una ideología despolitizada que se fundamenta en el principio capitalista del individualismo y que se expresa en el desprecio a todo lo ajeno al interés propio de cada quien, en cuya matriz conviven de manera simultánea el amor a las ideas más nobles y enaltecedoras (generalmente de inspiración religiosa) y la repulsa a toda expresión o acto de solidaridad humana.

Desde esa perspectiva, la razón de ser del individuo es la búsqueda incesante del mayor confort (no del bienestar, porque en su gran mayoría de ese ya disfrutan los de la clase de alto poder adquisitivo) en el que radica la verdadera posibilidad del placer al que aspiran, evitando en todo momento todo aquel racionalismo que atente contra la premisa fundamental del consumismo que es la lealtad a lo efímero.

En el consumismo no puede haber lealtad sino al consumismo. En él, las marcas y los productos están sujetos a la lógica de la moda. Un fenómeno ideado por el capitalismo para venderle varias veces al mismo comprador productos similares pero desechables según lo dicten a los parámetros establecidos por la gran industria para distintas épocas, en las que se mercadean siempre nuevos productos iguales a los ya existentes, pero con alguna mínima modificación que justifique el costo del innecesario canje.

Formados bajo esa lógica del desapego, y sin el más mínimo rubor, los escuálidos cambian de líder político como cambian de marca de zapatos según la pauta consumista establecida para cada temporada. La pasión que le profesan a cada uno de ellos a medida que los van alternando (desechando), no responde a identificación con ideas o principios doctrinarios de ningún tipo sino al mismo fanatismo que inspiran los artículos de moda. Las ideas que defiendan un día y las que defiendan otro pueden ser perfectamente contradictorias entre sí, como les sucede a los escuálidos las más de las veces, porque lo importante no es jamás el contenido doctrinario de sus planteamientos, sino el poder escenográfico de las mismas. La pose supuestamente política del escuálido promedio no es sino un recurso histriónico para justificar toda acción que conduzca a la toma del poder, pero solo para usarlo como plataforma de acceso a esa idílica felicidad que les describe Hollywood.

De ahí que Miraflores no sea para ellos el asiento del gobierno, ni mucho menos, sino el portal que, una vez abierto, permitirá la entrada del imperio norteamericano para hacerse del control del país, y con ello establecer de la manera más expedita el puente hacia la 5ta avenida de Nueva York y sus fascinantes vitrinas de fastuosas marcas, sus grandes y lujosos restaurantes, y, por supuesto, hacia Broadway y su encantadora vida nocturna de teatros y cabarets con coloridos vodeviles en el más perfecto idioma inglés.

Para ellos, la Patria es una entelequia que pasó de moda con la caída de la 1ra República, a partir de la cual lo que hubo en nuestro suelo fue una especie de turbamulta de caudillos y cimarrones envalentonados que alborotaron desde siempre la tranquilidad de la nación, que, bajo su óptica, jamás debió haber cometido la torpeza de la insubordinación a los designios de la corona española.

Por eso no encuentran incongruencia alguna entre el intento de incendiar el país oponiéndose a la promulgación de una Constitución que, años después, usan para intentar incendiar de nuevo el país, pero esta vez para defenderla.

Como tampoco ven contradicción entre el hecho de quemar gente viva para pedir elecciones y tratar de hacer lo mismo meses después para impedir el acto electoral por el que clamaron asesinando gente.

Para esa histriónica que le sirve de insumo a la mediática contrarrevolucionaria, las razones no tienen la menor relevancia porque a la larga esas razones terminarán indefectiblemente conduciendo a la constatación de que la lucha de los escuálidos es completamente insustancial y sin contenido. Que es llevada a cabo por el mero antojo de querer ser ellos quienes mandan (y no los “pata en el suelo”), es decir; para que el supremacismo de clase sea una realidad que se corresponda con las leyes del universo, tal como se conciben en el capitalismo, y no con el “desastroso comunismo” que habría instaurado Chávez en Venezuela.

De ahí que para los escuálidos no sea ninguna insensatez la desquiciada loquetera de acusar ahora de “chavistas enchufados” a los migrantes que cuando salieron del país los bautizaron ellos mismos como “la fuga del talento” que huía del régimen. Y mucho menos la aberrante desfachatez de exigirle al presidente de la República, que ellos llaman “dictador”, un avión para regresar de gratis y cuanto antes a la “dictadura” de la que dicen estar huyendo, justamente en medio de la brutal guerra que la derecha libra contra el gobierno bolivariano por la crisis humanitaria que supuestamente hay en esa emigración, pero que ninguno de los países que la denuncia acepta atender humanitariamente.

Tales dislates son el resultado de una lucha que no tiene fundamentos sino antojos. Como los que trasluce el tono sempiternamente colérico de la mantuana desaforada que la derecha tiene como inexorable candidata nada más y nada menos que a la presidencia de la República, en cuyo verbo destila incontenible la rabieta de no tener cuando quiere lo que a ella se le da su relamida gana.

Para el mundo es un evento insólito que en la tierra que contiene la mayor riqueza fósil del planeta, exista hoy una sociedad donde los pobres respaldan al gobierno y los ricos viven de protesta en protesta.

Pero más descabellado aún, es que quienes protestan son los mismos que siempre tienen el más fácil acceso al bienestar que ese gobierno al que se oponen le provee con el mayor esfuerzo a la población. Por eso sacan sin pudor alguno su Carnet de la Patria después de asquearse del mismo hasta la saciedad. Reciben sin rechistar sus cajas Clap. Recorren el país con sus fastuosos carros Orinoco. Y disfrutan relajados sus cargos de alta nómina en los organismos del Estado.

Viven en una sola quejadera por todo. Para ellos en Venezuela todo es nefasto y deleznable. Principalmente las dificultades que nos hacen padecer los irresponsables líderes opositores con sus súplicas al mundo por cercos económicos cada vez más criminales e inhumanos, pero que ellos sostienen que son culpa del gobierno.

Y al final, por absurdo que parezca, el verdadero desastre que es el capitalismo (que se viene abajo por sí solo, como sucede en Argentina; sin que nadie lo perturbe, sin bloqueos económicos, sin sabotajes a su economía, sin contrabando de alimentos o de billetes, sin sanciones arbitrarias e ilegales, sin violencia terrorista de por medio, y contando con el más irrestricto apoyo del Fondo Monetario Internacional y de la más poderosa potencia de la tierra) es atribuido por esos insensatos al chavismo.

Sin son la nada, como proverbialmente dijera el Comandante Eterno, su lucha es por nada.

@SoyAranguibel   

Comunicación: la guerra que no debe dejarse de lado en función de lo económico

Por: Alberto Aranguibel B.

A partir de 1999 se inicia en Venezuela uno de los procesos políticos más importantes de toda su historia como República. El triunfo del comandante Hugo Chávez en las elecciones presidenciales apenas unos meses antes, fue solo el preámbulo para una nueva etapa política signada por el impulso de una concepción del Estado diametralmente opuesta a lo que el país conoció hasta entonces desde las esferas del poder, y que Chávez fundamentaba en una idea de justicia e igualdad social que los venezolanos anhelaron desde siempre sin alcanzar nunca el logro de aquella victoria definitiva a la que aspiraban.

Lo que hizo la derecha, tanto nacional como internacional, desde el momento mismo de aquel triunfo inicial de Chávez hasta el último día de su vida, fue llevar a cabo exactamente la misma lucha ancestral por la que se ha enfrentado desde sus orígenes la sociedad; la lucha de los ricos contra la igualdad social que encarna la avanzada Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, que Chávez impulsó, primero para lograrla y que luego defendió para impedir que esa derecha, que tanto intentó destruirla, la secuestrara y la desfigurara.

No fueron nunca diferencias de parecer en cuanto a medidas económicas o políticas sociales de ningún tipo, ni desacuerdos sobre el mal o buen funcionamiento de la economía o los servicios públicos, lo que determinó la animadversión de los capitalistas contra el presidente Chávez sino un irracional temor de clase a la posibilidad de la emancipación del pueblo, ya no solo en el sentido material de la redención sino en la perspectiva política más peligrosa para las clases burguesas, como lo es la del establecimiento perdurable de la igualdad y la justicia social mediante una carta magna votada democráticamente.

Para los capitalistas el problema a enfrentar no era un gobierno de signo contrario electo por el pueblo, porque de ese podría salirse eventualmente mediante un nuevo proceso electoral que revirtiera la correlación de fuerzas. El problema era el carácter supra constitucional de una sociedad que reconociera al lumpen proletario, y cuyas decisiones tendrían siempre el valor de Ley suprema con vigencia plena e imperecedera a través de una Constitución popular.

La realidad actual venezolana está determinada fundamentalmente por el elevado valor que le otorgan los venezolanos a su Constitución, como herramienta de aseguramiento de la inclusión social. De ahí el carácter violento al que ha apelado en todo momento la oposición para intentar exterminar el proceso revolucionario. La imposibilidad de desmontar por la vía legal esas conquistas populares alcanzadas con la Constitución del ’99 (dado que los derechos no tienen carácter regresivo), obliga a la derecha a posicionar como “dictadura” al gobierno revolucionario, en la suposición de que ello les permitiría, en un eventual asalto suyo al poder, derogar sin problemas el estamento jurídico vigente y lograr, por vía de facto, la reinstauración del viejo modelo neoliberal sin correr el riesgo que le representaría enfrentarse a una consulta electoral democrática.

El error más grave de la derecha (tanto nacional como internacional) fue intentar sustituir esa realidad histórica de la inmensa movilización popular en favor de su revolución, al inexistente escenario de una supuesta rebelión nacional contra un “dictador desquiciado y solitario”, cuando en verdad de lo que se ha tratado siempre es de la lucha de millones de venezolanas y venezolanos contra los deseos de rapiña de una élite que se escuda en una decena de exiguos partidos políticos, más cuantiosos en la cantidad de siglas de sus nombres que en la cantidad de gente que los respalda.

Nicolás Maduro así lo ha entendido, y de ahí la razón del por qué da el paso crucial de entregarle el poder al pueblo, para que sea éste quien asuma la responsabilidad de definir en los términos claros e inequívocos de los que solo es capaz el pueblo, quién tiene o no el derecho a decidir y a usufructuar el bienestar que pueda derivar de ese valioso recurso nacional que es petróleo.

La confrontación no es, pues, ni ha sido nunca, entre los venezolanos y su presidente, como ha querido posicionarlo la derecha en el mundo, sino que se trata de la lucha de un pueblo que construye y defiende su Revolución contra una famélica oligarquía, obtusa y retardataria, que se niega a aceptar ser desplazada definitivamente del control de nuestras riquezas. El objetivo de esa derecha es el de sacar al pueblo de la ecuación política intentando convencerlo de que es un simple espectador de la realidad, como lo fue en el pasado. Por eso su discurso es esencialmente “antimadurista”.

Y de ahí la importancia de considerar prioritario el tema comunicacional, que en la revolución es eternamente relegado a las acciones secundarias (detrás de las proselitistas o estrictamente políticas o, en el mejor de los casos, reducido exclusivamente al espacio de los medios noticiosos o de opinión) para que empiece definitivamente a ser tratado como factor determinante de todos y cada uno de los procesos involucrados en la transformación social que se propone la revolución.

En esos términos lo propuso el Comandante Chávez en lo que con toda seguridad (aún sin ser la idea más elaborada en ese momento) era la materia más relevante considerada por él en el “golpe de timón”, pero que para muchos no pasó de ser la reflexión accesoria de aquella importante disertación ideológica del líder supremo. Mientras la mayoría refirió el mítico tema del golpe de timón a las tareas pendientes en el plano de la reforma del Estado, Chávez estaba enfocado en la urgencia de la formación del individuo para hacer comprensible la necesidad de internalizar en el alma del pueblo el compromiso revolucionario y que el proceso no se quedara en la simple satisfacción del logro materialista del proyecto. Él sabía que la vieja cultura adeca del clientelismo y la lógica capitalista del consumismo voraz que hacía estragos entre los venezolanos, eran enemigas de primer orden en la batalla, porque de ellas brotaban los vicios y distorsiones éticas que ponían en riesgo la sustentabilidad y perdurabilidad de la revolución.

Se trata de los pasos que hemos venido dando, por eso hablamos del tránsito, transición, etapa. Nada de esto existía en Venezuela y nada de esto existiría en Venezuela si se impusiera el capitalismo, que nos convertiría de nuevo en la colonia que éramos. Por eso la revolución política es previa a la económica. Siempre tiene que ser así: primero revolución política, liberación política y luego viene la revolución económica. Hay que mantener la liberación política, y de allí la batalla política que es permanente; la batalla cultural, la batalla social […] Por eso el socialismo en el siglo XXI que aquí resurgió como de entre los muertos es algo novedoso; tiene que ser verdaderamente nuevo. Y una de las cosas esencialmente nuevas en nuestro modelo es su carácter democrático, una nueva hegemonía democrática, y eso nos obliga a nosotros no a imponer, sino a convencer, y de allí lo que estábamos hablando, el tema mediático, el tema comunicacional, el tema de los argumentos, el tema de que estas cosas sean, lo que estamos presentando hoy, por ejemplo, que lo perciba el país todo; cómo lograrlo, cómo hacerlo. El cambio cultural. Todo esto tiene que ir impactando en ese nivel cultural que es vital para el proceso revolucionario, para la construcción de la democracia socialista del siglo XXI en Venezuela.” (Golpe de timón – octubre de 2012)

En esos términos de profundización efectiva del carácter participativo y protagónico del pueblo en que lo ha colocado hoy el Presidente Maduro, siguiendo la más pura lógica del pensamiento chavista, debe colocarse entonces la acción política del proceso en esta etapa tan decisiva para el proyecto revolucionario.

Si algo ha quedado claro luego de cinco años y medio de violencia política, distorsiones económicas, institucionalización de la ineficiencia en el Estado, y resquebrajamiento moral de buena parte de la población venezolana, es cuánta razón tenía el Comandante en su alerta sobre el peligro de la influencia perniciosa del medio de comunicación sobre nuestra sociedad.

Como lo ha demostrado con perfecta claridad la profesora Pascualina Curcio, el origen de los males que padece hoy la economía nacional es eminentemente político. De ahí que lo mediático haya sido en todo momento el factor determinador por excelencia.

En ningún momento debemos dejarlo de lado.

@SoyAranguibel

Aranguibel: La agresión de EEUU contra Venezuela es una agresión contra el mundo

Cuando la mentira desborda las fronteras

Por: Alberto Aranguibel B.

“Escoge la versión que te parezca más creíble y quédate con ella, pues en esto tienes razón; el mundo es un infierno”
Rashomon

Un tuit difundido esta semana por el Alcalde de Recoleta, Chile, alertaba sobre la incongruencia más recurrente por estos días en las redes sociales, referida a la doble moral de aquellos que atacan día y noche a Venezuela por una supuesta crisis humanitaria que causaría la Revolución Bolivariana en el país, mientras se hacen los desentendidos con las atrocidades de las que sí son víctimas en verdad millares de latinoamericanos en Colombia, México, Honduras, y en otras partes del mundo, como Yemén o Siria, donde las fuerzas del ejército norteamericano actúan sin piedad alguna contra los pueblos.

“México: 130 políticos asesinados, entre ellos 40 candidatos, y se roban 10 mil boletas electorales. 90 muertos por día y más de 70 periodistas muertos en un año, pero la Unión Europea sanciona a Venezuela…” dice el texto del alcalde.

Casi todos los comentarios que le hacen a ese tuit son para acusarlo de miserable, de ignorante, de vendido. De comunista, pues, que con ese planteamiento estaría avalando una dictadura cruel y despiadada. Asombra que todos, sin excepción alguna, justifican la masacre contra el pueblo mexicano porque, según ellos, no es llevada a cabo por una dictadura sino por una democracia resplandeciente.

Todos han sido víctimas del fingimiento con el que la oposición se ha presentado ante el mundo a través de un medio de comunicación al servicio del imperio norteamericano que hace cada vez más dinero con sus titulares contra Venezuela. Es gente obnubilada que no quiere creer en ninguna verdad que no sea la que le dicen los titulares de esos medios, sin necesidad de exigir nunca pruebas que demuestren los infundios contra una nación que solo ha exportado desde siempre solidaridad y cooperación hacia esos pueblos hermanos de donde son oriundos la mayoría de esos tuiteros.

El fingimiento es quizás el recurso más utilizado por la oposición venezolana para tratar de imponer en el mundo la falsa verdad de su discurso contrarrevolucionario. La supuesta opresión del gobierno contra el pueblo, de la cual ha hablado a lo largo de todo el proceso revolucionario, no ha existido jamás sino en sus envenenados cerebros, llenos de odio contra todo lo que tenga que ver con Chávez, por lo cual han tenido que apelar casi siempre a técnicas de maquillaje para aparentar ese sufrimiento que le venden al mundo a través de titulares escandalosos que la gran prensa nacional e internacional pone a su orden para favorecer la instalación de la mentira como verdad.

Los actores de ese montaje no forman parte del pueblo que dicen defender. Ese pueblo ha dicho persistentemente a lo largo de casi un cuarto de siglo que está comprometido con el proyecto de justicia y de igualdad social que comprende el socialismo chavista que la revolución ha puesto en marcha en el país, y por eso se le deja de lado en esa farsa que pretende construir la realidad del país desde los estudios de televisión y las pasarelas de la moda.

Sus actores son siempre hermosos fenotipos de la clase oligarca que pretende el derrocamiento de esa revolución. Artistas famosos del espectáculo, del mundo del disco y de la industria cinematográfica, a quienes, a falta de gráficas reales que prueben sus infundios, se les pone un cartelito de S.O.S. sobre el pecho, o se les maquilla como víctimas de la opresión embadurnándolos en hollín y betún perfumados.

Antiguas reinas de belleza son incluidas en la nómina del “talento” contratado por los laboratorios asignados a esa tarea de fabricación de la realidad virtual con la que tiene que presentarse la derecha ante el mundo. Pero su condición de clase les juega siempre la mala pasada de negarse a desprenderse de la corona a la hora de la sesión fotográfica y, así como les sucede a los adonis que contratan como modelos para esas campañas, les resulta imposible ocultar su desprecio al verdadero pueblo, al que jamás contratarán para ninguna de esas sesiones, porque para ellos el pobre solo debe servir como sujeto discursivo; jamás como auténtico componente de su clase social.

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Con técnicas de maquillaje utilizadas por el ejército israelí en el fingimiento de las supuestas agresiones con las que justifican sus atrocidades contra el pueblo palestino, la derecha venezolana ha intentado recrear ese horrible sufrimiento de ficción con el que nutren la guerra mediática contra el pueblo venezolano, desconociendo la verdadera realidad de apremio que padece hoy la población como consecuencia del ataque despiadado por parte de esos mismos sectores del gran capital que han desatado su furia contra el pueblo a través de una inflación inducida que hace estragos en las posibilidades de alimentación y que pone en riesgo hasta la vida misma de la gente en el país.

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Desconocer esa cruda realidad por la que atraviesa el pueblo para intentar sacar provecho político mediante campañas que solo persiguen posicionar como dictadura al gobierno revolucionario, es una deformación que atenta contra las posibilidades de superación de la crisis y fomentan su prolongación en el tiempo, toda vez que con ese ocultamiento sistemático de la verdad se distrae inevitablemente la atención sobre los problemas, haciendo que el mundo se mueva en la dirección equivocada en cuanto al apoyo que debemos esperar de la comunidad internacional.

Cuando el mundo evalúa la situación venezolana lo hace desde la distancia y la desinformación, y eso, como es lógico, es perfectamente comprensible. El expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, así lo afirmaba recientemente en una declaración a la prensa: “Sobre Venezuela hay un prejuicio. La mayoría de la gente que opina sobre Venezuela desde Europa lo hace sin conocer la realidad ni saber lo que aquí ocurre. Hay un prejuicio instalado.”, dijo.

Lo deleznable es que esa desinformación sea el producto de una campaña de desvirtuación sistemática orquestada por sectores interesados en mantener a nuestra población en la zozobra del hambre y la miseria para alcanzar así el logro político que no han podido encontrar en las formas democráticas de lucha, simplemente por carecer de un liderazgo confiable y creíble, y porque su discurso no tiene resonancia alguna entre el pueblo.

Pero esa mentira instalada contra Venezuela tiene un efecto devastador mucho más allá de nuestras fronteras. Su daño pernicioso no se circunscribe a un ámbito territorial específico, porque la mentira no tiene fronteras. Si la realidad de un país es falseada, como se empecina en hacerlo la derecha contra Venezuela, aplicando técnicas avanzadas de guerra sicológica que llevan al ser humano a desconocer la verdad como fenómeno que expresa la constatabilidad de los acontecimientos, entonces la realidad de otros países es, por contraste, automáticamente violentada.

De manera instintiva, la gente que es víctima de esas campañas de desinformación será incapaz de apreciar las auténticas atrocidades cuando las tenga frente a sus ojos, pendiente como estará de aquellas que la prensa le ha señalado como verdaderas.

Países que son víctimas hoy de la más brutal agresión por parte del mismo imperio que ataca al pueblo venezolano con la intención de derrocar al gobierno legítimo del presidente Nicolás Maduro, no perciben la penuria y el sufrimiento inocultable de su propio pueblo porque la mediática de la derecha internacional les ha inoculado en lo más profundo de su siquis social que el país donde suceden esas atrocidades es Venezuela y ningún otro.

Son cada vez más los pueblos que padecen en este momento agresiones brutales como no se veían en el mundo contemporáneo más allá de las fronteras del Medio Oriente, donde los Estados Unidos arremete desde hace décadas con la misma furia invasora e interventora con la que lo hace hoy contra la soberanía y los derechos humanos. En ninguno de esos casos la reacción ha sido la aceptación de la clara evidencia que deja constancia de la culpabilidad del imperio en esos padecimientos con el solo hecho de su presencia en todas y cada una de las crisis de desestabilización, represión y sicariato paramilitarista que inundan la región.

No hay capacidad de reacción en esos pueblos en el sentido correcto, porque la interferencia de las grandes corporaciones de la comunicación, controladas por los mismos actores hegemónicos que generan esos sufrimientos, actúan para distraer la atención de la gente y ocultarle así su propia tragedia.

Solo que, en su caso, ellos podrán contar siempre con la solidaridad y el apoyo de la Revolución Bolivariana.

@SoyAranguibel

¿Por qué hay gente que no cree en la perversidad del imperio?

Por: Alberto Aranguibel B.
(ilustración: Pandorco)

Un reciente estudio llevado a cabo por la empresa Hinterlaces, revela el significativo incremento en la cantidad de venezolanas y venezolanos que descartan la hipótesis de la guerra económica como causante de la crisis inflacionaria por la cual atraviesa el país. La investigación, que arroja que tres de cada cuatro venezolanos no cree hoy en la guerra económica, es de inmediato manipulada por el portal ultra derechista Noticiero Digital para acuñar que el gobierno ha fracasado en su comunicación con el pueblo: “Cuatro años después de una campaña diaria en los medios oficialistas para responsabilizar a la guerra económica de la crisis del país; después de innumerables declaraciones de altos voceros, incluyendo el presidente Nicolás Maduro; después de todo eso, solamente uno de cada cuatro venezolanos cree en la guerra económica como la principal causa de la crisis que vivimos.”

El brutal asedio económico del que ha sido víctima la economía nacional producto de la incesante campaña de un liderazgo opositor vendepatria y entreguista, que la gente ha visto con sus propios ojos cómo azuza a los factores más ultra reaccionarios del mundo para asfixiar las posibilidades de intercambio comercial de Venezuela, era hasta hace pocos días algo perfectamente claro e innegable para la inmensa mayoría del pueblo.

El arrasador triunfo de la propuesta revolucionaria en todos los procesos electorales convocados en menos de un año, da fe de la claridad con la que el pueblo entendió que el culpable de los padecimientos por los que atravesaba, no era otro que ese liderazgo de la derecha, que ha contado en todo momento con el respaldo del imperio norteamericano.

Pero, de la noche a la mañana, los titulares de la prensa cambiaron de protagonista de la noticia diaria referida a Venezuela, desplazando de sus primeras planas los temas que recurrentemente utiliza en contra de la revolución, para colocar en su lugar la hipótesis de la culpabilidad del gobierno en el incremento de los precios. Y con ello, se modificó la percepción de la realidad en buena parte de la población.

Desde el inicio mismo del mandato del presidente Nicolás Maduro, la prensa ha puesto y quitado de las primeras planas los temas por los cuales, según ella, debe preocuparse la población venezolana, más por un asunto de conveniencia para la guerra desatada abiertamente por la derecha contra la Revolución Bolivariana que por razones de veracidad noticiosa referidas al auténtico interés de la opinión pública.

Hoy la acusación contra el gobierno frente al tema de los precios es ubicada en posición predominante porque la lascivia amarillista de esa prensa mercenaria ha visto en el llamado que ha formulado el Jefe del Estado a la militancia revolucionaria para llevar a cabo un franco proceso de autocrítica que incluya la revisión y rectificación de las políticas públicas, una oportunidad excepcional para obtener un provecho político por mampuesto.

La manipulación permanente de los medios de comunicación para fabricar las matrices que le interesan a la derecha en su lucha contrarrevolucionaria, es un asunto de particular relevancia en la batalla que debe librar hoy el liderazgo revolucionario como parte del proceso de revisión al cual ha convocado el Presidente. En virtud de ello ese proceso debe ser asumido como un examen no solo de los aspectos políticos o de gestión gubernamental, sino muy fundamentalmente de lo que tiene que ver con el tema comunicacional, porque de la manipulación de la que es víctima el pueblo surgen casi siempre los demás problemas.

¿Está la población venezolana suficientemente preparada para comprender a cabalidad los fenómenos involucrados en la guerra, que van mucho más allá de lo económico y que tienen en el componente mediático un factor más que determinante?

Si, luego del intenso trabajo de consolidación política cumplido en esta fase tan crucial del proceso, dejásemos ahora en manos del medio de comunicación el esfuerzo de formación ideológica que evidentemente está haciendo falta, estaríamos cometiendo, ahí sí, el peor de los crímenes contra las venezolanas y los venezolanos.

Como contraofensiva a ese ataque que persigue descolocar a la militancia revolucionaria a través del poder de los medios de comunicación, hace falta, ahora más que nunca, discutir con las comunidades la doctrina hegemónica del imperio en toda su extensión.

Hay que debatir en asambleas populares todo cuanto ha hecho la oposición venezolana en el mundo para aislar la economía del país, y la manera en que esa acción apátrida atenta directamente contra la vida de las venezolanas y los venezolanos.

Dar a conocer, así mismo, el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, (PNAC, por sus siglas en inglés), que describe perfectamente el propósito de dominación imperialista de los EEUU para el siglo XXI, al frente del cual se encuentra la crema y nata de la clase política norteamericana del último cuarto de siglo, incluyendo a George Bush, George W. Bush, Bill Clinton, Barack Obama, y todos sus exministros del Departamento de Estado y de Guerra, y explicarle al país en detalle la forma en que cada uno de ellos actuó o sentó las bases de la guerra actual contra Venezuela.

Revisar y difundir detenidamente (no nada más con la metodología del informe periodístico o de campaña informativa, sino con el trabajo intensivo de formación y debate político con el pueblo) el documento “Golpe Final”, elaborado por el Comando Sur, en el que se explica con claridad el plan de desestabilización económica, social y política, que lleva a cabo ese brazo armado del imperio contra nuestro país.

Y, no menos importante, discutir con el pueblo la contundente revelación de la doctrina de la caotización inducida, de la cual somos víctimas, recogida en el libro The craft of intelligence (1963) donde el infame fundador de la CIA, Allen Dulles, pormenoriza su idea de lo que debiera hacer EEUU contra Rusia, y que hoy se aplica a cabalidad contra Venezuela.

Allen Dulles, quien se convirtiera en 1953 en el primer director civil de la CIA, fue el creador del modelo de derrocamiento de gobiernos no afectos a los EUU mediante operaciones secretas de espionaje y promoción de ingobernabilidad en esas naciones. Miembro de la llamada Operación 40,que reunía a finales de los 50’s lo más granado del anticomunismo norteamericano en el poder, logró recibir el más amplio respaldo que ningún funcionario del imperio haya recibido jamás de su gobierno para la desestabilización de países progresistas en el mundo. Con tal propósito Dulles emprendió la Operación MK Ultra, que incluía el desarrollo de sistemas de control mental de la sociedad dirigidos por Sidney Gottlieb. Promotor de las alianzas de la inteligencia gringa con la mafia y el anticastrismo, recae sobre él la responsabilidad en el derribamiento de Mohammed Mossadeg, en Irán (1953); de Jacobo Arbenz, en Guatemala (1954); y la Invasión de Bahía de Cochinos, en Cuba (1961).

En ese debate necesario se deben examinar ideas esenciales de ese libro de Dulles, como las siguientes:

“Sembrando el caos en la Unión Soviética, sustituiremos sus valores, sin que sea percibido, por otros falsos, y les obligaremos a creer en ellos. Encontraremos a nuestros aliados y correligionarios en la propia Rusia. Episodio tras episodio se va a representar por sus proporciones una grandiosa tragedia, la de la muerte del más irreductible pueblo de la tierra, la tragedia de la definitiva e irreversible extinción de su autoconciencia. De la literatura y el arte, por ejemplo, haremos desaparecer su carga social. Deshabituaremos a los artistas, les quitaremos las ganas de dedicarse al arte, a la investigación de los procesos que se desarrollan en el interior de la sociedad.

Literatura, cine, teatro, deberán reflejar y enaltecer los más bajos sentimientos humanos. Apoyaremos y encumbraremos por todos los medios a los denominados artistas, que comenzarán a sembrar e inculcar en la conciencia humana, el sadismo, la traición. En una palabra; cualquier tipo de inmoralidad.

En la dirección del Estado crearemos el caos y la confusión. De una manera imperceptible, pero activa y constante, propiciaremos el despotismo de los funcionarios, el soborno, la corrupción, la falta de principios. La honradez y la honestidad serán ridiculizadas, innecesarias y convertidas en un vestigio del pasado.

El descaro la insolencia, el engaño y la mentira, el alcoholismo, la drogadicción, el miedo irracional entre semejantes, la traición, el nacionalismo, la enemistad entre los pueblos y ante todo el odio al mismo pueblo ruso; todo esto es lo que vamos a cultivar hábilmente hasta que reviente como el capullo de una flor”.

Que no sea por culpa de una triste e injustificable omisión revolucionaria en la urgente tarea del reforzamiento de la conciencia popular, que el pueblo no sepa reconocer con precisión a su verdadero enemigo en esta hora tan crucial para la Patria.

 

@SoyAranguibel

Genealogía de un perfecto y sanguinario genocida

Por: Alberto Aranguibel B.

El 1 de marzo de 2008, el mundo entero era sorprendido con la cínica declaración de uno de los más altos funcionarios del gobierno colombiano para aquel momento, que en medio de risotadas muy nerviosas pero claramente complacido y lleno de alborozo, celebraba la muerte de una veintena de personas que habrían sido asesinadas por el infernal efecto de las bombas que él mismo, en su condición de Ministro de Defensa, había ordenado que se lanzaran para acabar con la vida del comandante Raúl Reyes y de todos sus acompañantes, trasgrediendo flagrantemente los límites fronterizos con el vecino país, Ecuador, donde se encontraba el campamento sobre el cual se produjo el brutal exterminio.

La “Operación Fenix”, como se denominó el ilegal asalto (que contó con la decisiva participación del ejército norteamericano, como quedó luego claramente establecido), formaba parte de la sanguinaria política de Seguridad Democrática implementada por el entonces presidente Álvaro Uribe, que llenó de sangre el territorio colombiano durante casi una década de exterminios extrajudiciales que acabaron con la vida de decenas de miles de seres humanos que iban a parar con sus huesos en fosas comunes de las que muchas veces jamás se conocería su existencia, pero que han terminado apareciendo a la luz pública como una especie de huella providencial que denuncia a cielo abierto la inmoralidad de un régimen siniestro que se jactó como ningún otro gobierno criminal en la historia de su capacidad de asesinar masivamente a su propio pueblo, como quedaba en evidencia aquel primero de marzo.

Juan Manuel Santos, como se llamaba aquel sombrío ministro de defensa, repugnaba con aquella grotesca declaración porque el carácter festivo que su actitud reflejaba al momento de ofrecer una información tan delicada a la opinión pública no solo no se correspondía con el tono oficial que estaba obligado a preservar, sino que dejaba al descubierto una obscena lascivia por la muerte que jamás podría ser tolerada por ningún ser humano.

Colombia, un país donde la cultura del exterminio humano prolifera casi como una forma de vida en ese submundo de criminalidad que se asocia a su condición como el más grande productor de drogas ilícitas del mundo, es un territorio más que propicio para el fomento de todo tipo de delitos, como el sicariato, el lavado de dinero, la prostitución y el contrabando.

De ahí que su clase política, cooptada por la retardataria oligarquía colombiana como un instrumento al servicio exclusivo del control y el sometimiento de la sociedad, responda tan perfectamente al formato de la delincuencia común y entienda de manera casi religiosa el exterminio de seres humanos como un simple medio para el cabal desempeño de la función pública.

Pero Juan Manuel Santos ha excedido con creces todo parámetro de sadismo y refinamiento en su complacencia con el sufrimiento ajeno, llevando a niveles de verdadera tragedia el dolor del pueblo colombiano, al que somete sin la más mínima compasión a la penuria del hambre y la pobreza en proporciones de holocausto como no sucede en ningún otro país suramericano.

Las cifras de desnutrición infantil en Colombia han llegado durante el gobierno de Santos a niveles alarmantes para organismos internacionales como la FAO, que dan cuenta del retroceso progresivo en materia alimentaria que padece el vecino país desde hace más de tres décadas, lo que explica sin duda alguna que ese país haya producido a lo largo de todo ese periodo la segunda población de desplazados en el mundo, después de Siria (que está en guerra) de acuerdo a las cifras oficiales de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en sus últimos reportes.

Heredada de su condición de virreinato, improvisado por el imperio español en suelo suramericano en la búsqueda de institucionalizar su dominio sobre el nuevo mundo pero sin gozar de un verdadero soporte cultural, social y político que lo sustentara, la estúpida idea de la supremacía de clase sigue atormentando hoy a esa oligarquía de la que surgen los políticos colombianos, cuyo único propósito es perpetuarse en el poder a costa de lo que sea. En especial a costa de la vida de los pobres a los que se considera con derecho a humillar, atropellar y hasta asesinar sin miramiento alguno si del aseguramiento de ese poder se trata.

Las ancestrales diferencias políticas entre las clases dominantes tradicionales de Venezuela y Colombia estuvieron determinadas desde siempre por ese carácter supremacista que embriagó a la oligarquía colombiana y al que la clase oligarca venezolana no pudo sobreponerse nunca. Por eso, cuando la oligarquía fue desplazada del poder en Venezuela, el odio de clase bogotano contra nuestro país empezó a ser todavía más visceral y acérrimo, y el desprecio de su dirigencia política contra nuestro pueblo se desborda entonces a niveles aún más impensables.

De ahí que la atrocidad de atacar a nuestro pueblo manipulando políticamente los alimentos y las medicinas que Juan Manuel Santos les roba a los venezolanos a través de la protección que su gobierno le brinda al contrabando de extracción y al ataque a nuestro signo monetario mediante una criminal resolución que favorece el saqueo a nuestro sistema económico, no sea sino una expresión más de la típica actuación criminal de un presidente oligarca contra la vida humana, que en Colombia no solo goza de perfecta impunidad sino que además es aplaudida y celebrada, como aplauden y celebran en ese país las genocidas prácticas de asesinatos en masa que llevó a cabo Álvaro Uribe durante todo su mandato, y que hoy ejecuta sistemáticamente Juan Manuel Santos sin ningún rubor.

El artero golpe asestado por Santos al pueblo venezolano en diciembre de 2017 al retener sin justificación legal alguna los perniles que los venezolanos más humildes esperaban con ansias para celebrar su cena de año nuevo, fue un claro anuncio de todo lo que estaba dispuesto a hacer el miserable presidente de los colombianos con el fin de satisfacer su sed de odio contra nuestro país.

En la misma forma ilegal, y sin el menor fundamento o explicación convincente para ello, el mismo Santos en persona ordenó semanas después de aquel inhumano atropello a los venezolanos, la retención de un importante lote de medicinas que el gobierno del presidente Nicolás Maduro había adquirido al laboratorio La Santé, del importante grupo empresarial colombiano Carval, con lo cual solo se agudizaba intencionalmente la difícil situación de desabastecimiento de medicinas que por acción del criminal cerco económico desatado por el imperio norteamericano contra nuestro país ha estado padeciendo el pueblo venezolano.

Esta semana, a tres días apenas del histórico proceso electoral que tuvo lugar este domingo en Venezuela, el desalmado Juan Manuel Santos, en un vulgar acto de simple agresión política, secuestra un gigantesco cargamento de comida destinada por el gobierno revolucionario a solventar las necesidades alimenticias de las venezolanas y los venezolanos, poniendo así en riesgo la salud de miles de mujeres, ancianos y niños, que se benefician del programa de Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap) puesto en marcha por Nicolás Maduro para contrarrestar los devastadores efectos de esa inmoral guerra.

Santos se regocija reteniendo esos alimentos porque, como genocida contumaz que es en lo más profundo de su putrefacta alma de oligarca criminal, representan exactamente lo opuesto a lo que él personalmente concibe como lo único a lo que debe tener derecho el pobre, que es a la pobreza.

El Clap, que no es ninguna dádiva populista como lo quiere hacer ver esa derecha retardataria de la que forma parte Santos, es un poderoso mecanismo de redención social, a través del cual el pueblo se organiza y lucha para combatir la especulación y la usura que criminales como el presidente de Colombia encarnan, asegurando nuevas y más expeditas formas de distribución y de acceso a los productos de primera necesidad, pero construyendo a la vez un poderoso modelo sociocultural basado en la idea de la justicia y la igualdad como único parámetro de referencia y de orientación.

Mientras en Colombia exista como clase política la escoria humana que funestos personajes como Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos encarnan, jamás podrá existir una iniciativa tan venturosa como el Clap, porque ello equivaldría a la extinción del carácter genocida que tanto placer les proporciona a esos miserables.

PHOTO-2018-05-19-13-17-43.JPG (Foto: Hilda Rivero / Clap La Trinidad)

@SoyAranguibel

Aranguibel: “No nos quieren regresar a la Guerra Fría, sino al Siglo XVI”

Caracas, 09 de mayo de 2018 .- “Mucha gente dice que en la tensión política que vive el mundo los acontecimientos pudieran estar llevándonos a una nueva Guerra Fría, cuando en realidad pareciera que la intención de algunas potencias es llevarnos al siglo XVI, cuando lo que se imponía era la fuerza de los imperios”, sostiene Alberto Aranguibel en entrevista con la periodista Tatiana Pérez, en Telesur.

Vea aquí la entrevista:

Condiciones electorales

Por: Alberto Aranguibel B.

“¡He aquí el Código que debíamos consultar, y no el de Washington!”
Bolívar / Discurso de Angostura

En la controversial entrevista que le hiciera Lisa Howard a Fidel Castro en febrero de 1964, en La Habana, el líder de la Revolución Cubana sorprende al mundo con una actitud reflexiva y mesurada que difiere enormemente de la imagen salvaje que los medios habían creado de él desde antes de su llegada al poder en 1959, y que se había acentuado durante la llamada “crisis de los misiles”, en la que Cuba y los EEUU estuvieron a punto de protagonizar lo que muchos pronosticaban como el inicio de la tercera guerra mundial.

Ahí la ex actriz norteamericana interpela a Fidel con la insistente pregunta de “si estaría dispuesto a introducir cambios en la Revolución para reinstaurar la democracia en la isla”. Fidel, con su proverbial afabilidad y en un inglés precario que usaba más por cortesía con la periodista que por ninguna otra razón, le responde que “las naciones tienen distintas condiciones, y las diferentes condiciones suponen distintas vías hacia el progreso […] Lo que creo sinceramente es que el mejor principio, un principio internacional, es que la paz mundial estará garantizada cuando nadie trate de introducir una política en otra nación […]  Ustedes tienen una manera de pensar, nosotros tenemos otra. Ustedes tienen una idea de la democracia, nosotros tenemos la nuestra. Podría hablarle del desempleo en los EEUU, del racismo, de los negros de los estados del sur. No se le puede hablar de democracia a mucha gente en los EEUU. Para ellos la democracia es una formalidad. Ustedes tienen solo dos partidos, controlados ambos por la oligarquía, y a eso le llaman democracia. En la antigua Atenas hablaban de democracia y había miles de esclavos. Estados Unidos tiene muchos intereses en el mundo. En América Latina y en el resto del mundo sus compañías hacen trabajar muy duro a millones que carecen de derechos, no tienen nivel de vida, educación, asistencia médica. No es fácil, pero un día ustedes entenderán nuestra idea de la democracia.”

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Cuando la periodista insiste en tratar de arrinconar al líder cubano con el argumento de la supuesta aspiración de los contrarrevolucionarios a que la Revolución retomara los principios de una “revolución democrática”, Fidel es tajante: “Cuando ellos dicen “revolución democrática” quieren decir “revolución capitalista”, “revolución de libre empresa”, influencia en Cuba de los monopolios. Piensan en sus intereses de clase, no en los obreros, en los campesinos, en los negros, en los estudiantes, en los intelectuales. Piensan en su interés material. Es a eso a lo que llaman democracia. Batista decía que él era democrático. Todos los ricos, los latifundistas, hablaban de democracia. Pero, Lincoln dijo que la democracia es el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. La Revolución Cubana es el gobierno que toma el poder con el pueblo para tomar medidas para el pueblo. Todas las medidas que tomamos son para el pueblo; un millón de cubanos no sabía leer ni escribir, ahora saben. Todo el mundo en Cuba tiene la educación garantizada. Todo el mundo tiene empleo asegurado. Falta mucho por hacer, pero en cinco años hemos hecho mucho y el pueblo lo siente.

La reflexión de Fidel en aquel momento ayuda a comprender lo que sucede hoy en los escenarios políticos que el neoliberalismo ha tomado por asalto para desatar su guerra de descalificaciones e infamias contra el Gobierno revolucionario de Venezuela, al que acusa de estar promoviendo una “elección antidemocrática” con su llamado al pueblo a votar el próximo 20 de mayo para elegir presidente de la República, aduciendo que no existen condiciones para tal elección.

Para el neoliberalismo, “democrática” será la elección que tendrá lugar en México este mismo año, así como lo será la inminente elección a llevarse a cabo en Colombia. Pero no la venezolana.

No tiene la menor relevancia para la derecha internacional que solamente en lo que va de año en México hayan sido asesinados más de 57 alcaldes, y que la desaparición y el exterminio de estudiantes y de periodistas sea ya una forma normal de vida en esa nación sin que el Gobierno de ultraderecha se pronuncie siquiera al respecto.

No significa nada, ni tiene ninguna importancia, que en Colombia hayan sido asesinados más de ciento cincuenta líderes campesinos y luchadores sociales en los últimos seis meses apenas, sin contar la dolorosa tragedia que representa la más alta cifra de desplazados en el continente y la segunda en el mundo, producto del hambre y la miseria tan espantosa que padece el pueblo de esa hermana república.

Como tampoco le preocupa en lo más mínimo que en Brasil el voto de cincuenta millones de brasileños sea desconocido en una conspiración leguleya que saca del poder a la presidenta electa democráticamente, y que el líder con mayor respaldo popular en la historia de la nación sea encarcelado sin pruebas solo para impedir su triunfo electoral.

Es “democrática” la elección de segundo grado en Estados Unidos, donde el voto del pueblo es desconocido para favorecer con la presidencia a quien obtiene el arbitrario y sesgado voto de los delegados del partido, así haya alcanzado millones de votos menos que su contrincante.

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Las condiciones que exige hoy la derecha nacional e internacional para aceptar la elección presidencial venezolana, son, como decía Fidel en 1964, aquellas donde el neoliberalismo considere que sus privilegios de clase están completamente asegurados.

Algo así como que ningún líder de la Revolución Bolivariana, empezando por el presidente de la república, pueda ser candidato. Para esa derecha reaccionaria esa sería la condición perfecta.

Que la elección se realice con el método de las primarias de la oposición, en las que no existen ni registro electoral, ni auditorías, ni cuadernos electorales, ni mecanismos para evitar el voto múltiple por parte de un mismo elector, y donde la totalización la hacen a su antojo los militantes de los partidos de la oposición con sus celulares. De no ser así, el método de las elecciones colombianas, en las que las papeletas se van fotocopiando a conveniencia de los activistas políticos de la mesa electoral, sería mucho mejor.

Que el elector haga saber a los jefes de la oposición en la mesa electoral por quién pretende votar, a fin de anularlo en caso de ser por algún chavista, para garantizar que la revolución no haga “fraude” sacando más votos que la oposición. La oposición ha establecido que el chavismo no existe, sino que es una “turbamulta de marginales resentidos que son obligados a votar”.

Que solo aquellos candidatos que sean reconocidos por el Departamento de Estado norteamericano y por el Secretario General de la OEA como los legítimos representantes del pueblo, sean quienes tengan derecho a optar por el cargo de presidente. A tal efecto, deberá suspenderse la observación y acompañamiento electoral de cualquier otro organismo internacional, empezando por instituciones como el Centro Carter, por ejemplo.

Más allá de la caricatura (nada distante, en verdad, de la lógica opositora), lo cierto es que la oposición no puede explicar cuáles son sus “objeciones” al avanzado sistema electoral venezolano, simplemente porque su concepto de la democracia es incompatible con la aspiración de los pueblos a conquistar su bienestar y su independencia.

Una derecha alienada y sumisa a los intereses del imperio norteamericano, no podrá congeniar jamás con los principios de una verdadera democracia, porque la noción que tienen del poder los imperios no tiene nada que ver con derecho humano alguno.

Su reclamo por “condiciones electorales justas” no es, pues, sino una farsa más, en la que la oposición asume la defensa de quienes solo persiguen saquear nuestra economía, nuestros recursos, nuestras posibilidades, y exterminar nuestra independencia.

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La condición a la que se compromete hoy el presidente obrero Nicolás Maduro, en la más estricta lógica del comandante Hugo Chávez, es la de asegurar que haya elecciones universales, directas y secretas, para que el pueblo pueda expresarse libre y democráticamente, y que no sean ni la violencia ni las agresiones externas las que determinen el rumbo de la Patria.

La condición de resguardar el derecho de las venezolanas y los venezolanos a ejercer el voto sin coacción ni amenazas de ningún tipo, sino más bien contando siempre con el apoyo pleno del Estado para que cada jornada electoral transcurra en paz y con el mayor grado de civismo.

La de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las Leyes en la defensa y preservación del modelo participativo y protagónico conquistado por el pueblo venezolano gracias al talante profundamente humanista de la Revolución Bolivariana.

Esas son las condiciones electorales del pueblo.

@SoyAranguibel

Muertes lejanas

Por: Alberto Aranguibel B.

La distancia es uno de los factores determinantes en el proceso de la comunicación de masas. Si el hecho noticioso está cerca del receptor de la noticia, entonces las posibilidades de verificación que éste podrá tener de tal acontecimiento son mucho mayores. Con lo cual, es posible afirmar que, a menor separación entre la realidad y el individuo, menor será el poder del medio de comunicación. Y viceversa.

La proximidad con el hecho que los medios comunican al mundo le permite al individuo común cotejar en forma directa las hipótesis sobre lo ocurrido; sus causas probables, su dimensión verdadera, sus protagonistas, sus consecuencias, restándole así a los medios la facultad de dictaminar a su libre albedrío (y de acuerdo a sus particulares intereses) sobre lo que en verdad sucedió.

En medio de la cruenta guerra que libra el pueblo sirio contra el terrorismo que promueve el imperio norteamericano en aquella región a miles de kilómetros de occidente, aparece un contingente de soldados británicos apoyando a las fuerzas insurrectas sin que exista ninguna autorización de las Naciones Unidas para tal intervención armada en la zona de conflicto. Pero de este lado del mundo esa flagrante violación del derecho internacional no pareciera preocuparle a nadie. Está muy lejos para importarle a alguien. Los medios de comunicación han convertido el hecho en banal e intrascendente.

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En Palestina, un batallón del ejército israelí dispara a mansalva contra un grupo de indefensos palestinos y asesina impunemente a una gran cantidad de ellos. Pero la noticia, procesada bajo los códigos pro-imperialistas de la mediática occidental que colocan a Israel no como el brutal y sanguinario Estado agresor que es, sino como “parte del conflicto”, no conmueve al resto de la humanidad. Se trata solo de una noticia más sobre un lejano acontecimiento.

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En Venezuela vimos muy de cerca a los verdaderos asesinos de venezolanos que eran quemados vivos por el solo hecho de parecer chavistas. No pudo el poder de los medios engañarnos, porque teníamos la realidad frente a nuestros ojos.

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Por eso el discurso opositor encuentra apoyo en el exterior y no en su propio país; porque a mayor distancia es más fácil para los medios de comunicación de la derecha convertir la mentira opositora en verdad.

@SoyAranguibel

Desigualdad: ese bien inestimable del capitalismo

Por: Alberto Aranguibel B.

En una de las escenas de mayor tensión en la legendaria película de Hollywood “La invasión de los ladrones de cuerpo” (Invasion of the body snatchers, 1956), los maléficos emisarios de los alienígenas (los comunistas) que quieren acabar con el mundo erradicando el amor del cerebro humano, conminan al doctor Miles Bennell para que acceda a dormir por unas cuantas horas, que es lo único que necesitan los extraterrestres para adueñarse del cuerpo de la gente.

“No te hará ningún daño -le dicen- Antes o después tendrás que dormir. Te equivocas al oponerte, pero a la largan nos estarás agradecido.”

En la película, dirigida por el renombrado anticomunista Don Siegel, el buen doctor Bennell hace esfuerzos sobrehumanos por proteger a su amada Becky de la perversa influencia de los invasores, asegurándoles que el horrible mundo que proponen, donde todos son iguales, será arrasado por el apego de los seres humanos al amor.

“Hace apenas un mes la situación en Santa Mira (el pueblo donde transcurre la historia) era difícil. Pero llegó la solución; sembraremos una semilla en cada ser humano, que sustituirá cada célula de su cuerpo sin dolor alguno. Durante el sueño esas semillas absorberán los recuerdos, los sentimientos, las emociones, y al despertar habremos nacido en un mundo de paz”, le explican al doctor los alienígenas.

“¿Un mundo en el que todos son iguales?… ¡Qué mundo!… Los demás seres humanos os destruirán”, les refuta el galeno.

El discurso de ese grotesco panfleto anticomunista (considerada por los norteamericanos como una de las cien mejores películas de la historia), refleja sin el más mínimo titubeo o rebuscamiento el carácter profundamente reaccionario de la cultura supremacista que el norteamericano cultiva como filosofía en su sociedad. La trama de cientos de miles de filmes cinematográficos y contenidos televisivos difundidos al mundo entero por los Estados Unidos, parten del mismo principio clasista en todos los elementos que construyen su narrativa.

Filmada en pleno apogeo de la Guerra Fría, cuando ya el cine había desarrollado a plenitud las tecnologías del color en la cinematografía, “La Invasión de los ladrones de cuerpos” es sin embargo producida en blanco y negro, para que la sensación de desolación y de angustia que experimentaban los personajes del film fuese padecida en toda su intensidad por el espectador, habituado como está al imperceptible código de condicionamiento que inocula el cine norteamericano desde hace décadas, según el cual los colores brillantes, vivos, deslumbrantes, que conocemos en la naturaleza, solo existen en los Estados Unidos. Si la película transcurre en cualquier otra parte del mundo (en especial tras la llamada “cortina de hierro”, o de lo que ella fue) los colores serán siempre mustios, opacos, y los ambientes lúgubres, destartalados y hasta tenebrosos.

Para Hollywood la imagen del mundo no puede ser igual a la de los Estados Unidos.

La igualdad es un concepto completamente inadmisible en el capitalismo, porque en el ámbito de una doctrina que se fundamenta en la apropiación del trabajo del prójimo, su sola mención conlleva a una insalvable contradicción.

Simón Bolívar fue repudiado por las clases más poderosas de su tiempo no solamente por su sed de independencia y su profunda vocación antiimperialista, sino por su empeño en establecer en el entonces llamado “nuevo mundo” una sociedad donde reinaran la justicia y la igualdad entre sus ciudadanos.

Los problemas más severos del Libertador comenzaron en realidad cuando ya el imperio español (el más grande imperio de su tiempo), comenzaba a declinar en el horizonte americano, y las oligarquías del continente empezaron a ver la oportunidad de hacerse del poder para desplazar del mismo al más terco promotor de la igualdad que ha habido en la historia suramericana.

La doctrina de Bolívar expresada en Decretos como el de Cundinamarca en 1820, en el que se restituían las tierras a sus propietarios legítimos cualquiera fuesen los títulos que alegasen los tenedores de esas tierras; el de diciembre de 1825, en Bolivia, o el de Quito, de julio del mismo año, en el que se declaran extinguidos los títulos y la autoridad de los caciques para dar paso a las formas de gobierno del nuevo Estado bajo el precepto de “que la Constitución de la República no conoce desigualdad entre los ciudadanos”, expresaba la naturaleza profundamente humanista del proyecto libertario que desde hace dos siglos se emprendió en Venezuela.

A lo largo de toda su actuación política, Bolívar dejaba perfectamente claro ante el mundo que las ideas gatopardianas que los oligarcas le atribuían, según las cuales la lucha independentista solo debería servir al rastrero propósito de desplazar del poder al reino español para colocar en el mismo no al pueblo sino al mantuanaje criollo, pero siempre bajo el mismo esquema esclavista y clasista con el que se fundó la colonia, no tenían cabida alguna en la concepción del Padre de la Patria.

Esas ideas de igualdad social desataron desde un primer momento de nuestra historia como repúblicas la furia de una oligarquía retardataria y pendenciera, obcecada con la idea del poder como un botín de guerra, que entiende las inmensas fortunas bajo su control como el arma que definirá siempre la contienda entre los ricos y los pobres.

Es lo que lleva hoy a esos sectores dominantes del gran capital a despreciar con la más virulenta saña al humilde que comulga con las ideas de inclusión e igualdad que propone el socialismo bolivariano impulsado por el comandante Hugo Chávez en el país y continuado hoy por el presidente obrero Nicolás Maduro Moros.

Cuando se examina la catadura moral de cada uno de los líderes de la derecha reaccionaria que hoy se confabulan nacional e internacionalmente contra el legítimo derecho a la autodeterminación de nuestro pueblo, los mismos que promueven para Venezuela el modelo de “democracia” que pretende imponer los Estados Unidos en el mundo a punta de bombas, destrucción, muerte, y cercos económicos, se encuentra sin la menor dificultad el mismo perfil sociológico del energúmeno que repudia la contundencia e irrefutabilidad de las cifras históricas de reducción de la desigualdad social que enrostra hoy Venezuela como uno de los mayores logros de la Revolución Bolivariana en lo que va de siglo XXI, tal como lo expuso el VicePresidente Ejecutivo de la república, Tareck El Aisami, en la rendición de Memoria y Cuenta del Ejecutivo Nacional esta misma semana ante la Asamblea Nacional Constituyente (ANC).

Por esa reducción de la desigualdad se persigue desde el más sanguinario e inmisericorde imperio de todos los tiempos a Venezuela y se pretende acabar con su modelo inclusivo de participación y protagonismo a través de la más criminal y miserable guerra económica jamás desatada contra un pueblo.

Por esa reducción de la desigualdad, labrada con la sangre y el sudor de ese gallardo pueblo que fue capaz de liberar todo un continente padeciendo las mayores penurias y sufrimientos sin pedir nada a cambio, es que la derecha no podrá retornar nunca más al poder en Venezuela.

Es exactamente lo que nos dice con el trueno chavista de su voz la vicepresidente del área política de la Revolución y Presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), Delsy Rodríguez Gómez, cuando proclama que “más nunca entregaremos el poder a un representante de la derecha”.

Entregaremos, por los siglos de los siglos, a una venezolana o a un venezolano que crea a cabalidad en la igualdad y en la justicia.

Es decir; entregaremos siempre a un chavista.

 

@SoyAranguibel