Semblanza de una clase dominante que no domina

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 03 de agosto de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

En medio de la crisis que genera la guerra económica que el capitalismo ha desatado contra el país, se abre una línea de debate referida a la naturaleza clasista y no solo al aspecto estrictamente ideológico del mismo, que plantea el asunto del estatus y la categoría social como problema en el cual hay mucho por enfrentar.

Opuesta como es la burguesía criolla a todo lo que tenga que ver con chavismo, su demanda no es de ninguna manera el logro de la justicia social, sino alcanzar la calidad de vida de los ricos y famosos a la que se creen destinados por las leyes Divinas más que por ningún planteamiento ideológico.

Desde esos sectores se ha planteado cada vez con mayor intensidad la necesidad del “cambio de modelo”, asumiendo en una síntesis escueta de la división de clases que la burguesía criolla que ellos representan forma parte de una clase burguesa universal con la cual se identifican casi genéticamente.

Es común entre los opositores, verlos ondear con pasión épica la bandera norteamericana, cacerolear frenéticos a través del “quema cocos” de un ostentoso Audi, o agitar por las redes sociales contra el gobierno desde un burbujeante jacuzzi en Key Biscayne o en Las Vegas, lo que en sí mismo revela la la arrogancia que les es tan propia. Pero, sin lugar a dudas, es en la idea de creerse perteneciente a la misma clase dominante que controla las fuerzas productivas y el sistema económico mundial donde se expresa con toda crudeza la mayor ingenuidad del militante común de la oposición y en general de la llamada clase burguesa del país.

En el video que difunden esta semana convocando a una suerte de “marcha del encierro golpista”, una mujer de inequívoco talante constituyentista arenga en medio de un atosigante malabarismo del articulado constitucional con el persistente llamado a “…restituir la norma…” y “…regresar Venezuela a su estado original”, dando a entender que la reinstauración del neoliberalismo en el país es un simple asunto de enchinchorramiento y pantuflas, y que el chavismo es solo una verraquera de plebeyos erróneamente insubordinados pero corregible.

Intentar imponerle al resto de la sociedad la hipótesis de la crisis que un sector minoritario de la sociedad percibe, con base en sus aspiraciones y su particular noción de la realidad según la cual la crisis del Estado es la falta de libertad para la reinstauración de un modelo de dependencia económica que postergue hasta lo infinito el fomento y la creación de un verdadero parque industrial propio, así como de condiciones favorables para el estímulo del agro y de la actividad productiva nacional asociada a nuestros inmensos recursos, como ese mismo sector postergó en el pasado, es ya una pretensión descabellada. Sobre todo cuando acusa de totalitario al modelo de democracia participativa y protagónica que pretende erradicar.

Pero intentar hacerlo desde la posición de dominio que no se posee es todavía más insensato. Amén de petulante y ridículo.

La clase dominante en Venezuela no domina el espacio que le corresponde como sector hegemónico nacional desde mucho antes que la confrontación política la colocara como oposición al avanzado modelo de inclusión y de igualdad social que introdujo el Comandante Chávez en el país con su propuesta de socialismo bolivariano. Su condición ha sido desde hace más de un siglo la de sector subsidiario de las grandes élites hegemónicas internacionales, obligado por su relación de subordinación a los grandes capitales corporativos transnacionales a propiciar las condiciones de la dependencia científica y tecnológica que tanto ha pesado en el atraso en la producción nacional. Excepciones como la Polar, quizás, cuya dimensión corporativa ha estado determinada precisamente por su orientación al mercado de productos que responden a nuestras propias costumbres y cultura de consumo, confirman esta regla no escrita de la sumisión de la clase dominante nacional al sector dominante internacional.

Ya en 1973, en el segundo seminario internacional realizado por la Universidad Autónoma de México sobre las clases sociales en Latinoamérica, Edelberto Torres Rivas exponía con brillantez la idea de las burguesías latinoamericanas sin nación. “El proceso de cambio que ha transcurrido en América Latina en las últimas décadas –decía- puede ser considerado globalmente como un mecanismo de modernización capitalista, de predominio definitivo de las relaciones capitalistas de producción y distribución en el seno de la formación económico-social. Se trata, sin ninguna duda, del desarrollo de las fuerzas productivas a un nivel de mayor significación, pero en la medida en que el avance de las mismas no corresponde a factores endógenos sino al traslado de formas productivas y de organización social desde los centros del capitalismo hegemónico, el cambio social en esta parte de la periferia del sistema es desigual, polarizador y excluyente, así como crecientemente limitativo del ejercicio autónomo de la soberanía en el ámbito internacional.”

Hace casi medio siglo, el pensamiento latinoamericano arribaba a conclusiones que ponían al descubierto la fragilidad de las economías emergentes de nuestros países, no solo por su condición neoliberal sino por la atrofia del sector que dentro de ese mismo ámbito estaba llamado a impulsar el desarrollo y el crecimiento económico de cada país. El factor determinante de esa atrofia no era otro que el eje medular mismo del modelo; el capital extranjero, que en la lógica del neoliberalismo proviene no del intercambio comercial entre naciones sino de las inversiones expansionistas de las grandes corporaciones trasnacionales.

Al respecto Torres afirmaba: “Habría que examinar en cada caso nacional la significación que tiene la irrupción del capital extranjero no solo en el polo más dinámico de la economía, en los llamados “sectores de vanguardia”, sino en todos los poros de la vida económica. En general ello acarrea el debilitamiento de la burguesía nativa como clase nacional, ya sea porque se asocie con los intereses foráneos o porque simplemente les ceda, con o sin pelea, el terreno para su radicación interna.”

En esa apreciación, Torres define la “crisis política” en América Latina”, como los desajustes que acompañan históricamente las modificaciones de la estructura del poder político de la sociedad; por una parte, la alternación de las relaciones políticas de dominación por el debilitamiento de las bases tradicionales del poder económico y por la aparición compleja de nuevas y más dinámicas instancias productivas. Y por la otra, un cambio en la naturaleza del conflicto cuando se presentan nuevos actores históricos del cambio.

En la lógica gramsciana citada tantas veces por el comandante Chávez para hablar de la transición de la cual somos objeto, Torres concluía: “Cuando decimos que la crisis se define como el conjunto de fenómenos superestructurales (político-ideológicos) que acompañas a los cambios en las formas de relación política entre las clases, como consecuencia del desarrollo contradictorio, desigual y dependiente de las fuerzas productivas, no pueden dejarse de lado las condicionantes de origen externo que se hacen presentes a tal punto que el imperialismo se convierte en un elemento que acelera el juego de contradicciones internas, retando en unos casos y apresurando en otros la solución revolucionaria.”

Como en la Venezuela de hoy, ya entonces se alertaba sobre una grave contradicción de los sectores supuestamente dominantes de nuestras naciones; que quienes afirmaban su predominio político eran justamente las fracciones burguesas más entregadas al capital extranjero. La solución que encontraron para solventar tal deficiencia esos sectores, incapaces como fueron siempre para generar desarrollo económico para sus propias economías, fue apelar a Fuerzas Armadas dispuestas a defender los intereses del capital privado, en particular los del imperio que orientaba su adiestramiento como fuerza contrarevolucionaria. Para la burguesía, el papel de la fuerza armada debe ser el de garante del equilibrio necesario para impedir el debilitamiento excesivo del sector dominante nacional frente al fortalecimiento del internacional. De ahí los ataques cada vez más venenosos de la oligarquía apátrida contra la FANB, inquebrantablemente anti imperialista y chavista como lo es hoy nuestra fuerza armada.

Son ya incontables en lo que va de gobierno del presidente Nicolás Maduro los llamados de la oposición venezolana a paralizar el país mediante paros, trancas, cornetazos y tuitazos de todo tipo, sin que ninguno de ellos haya sido atendido por la población. Las elecciones, como las encuestas, las movilizaciones y el clamor popular por el legado del Comandante Eterno, son constancia de esa inmensa verdad que solo la derecha se niega a reconocer; que en Venezuela la burguesía hace mucho dejó de ser el sector dominante.

@SoyAranguibel

¿Brutalidad, racismo o hegemonía?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 04 de mayo de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“Somos antiimperialistas, como es la mayoría del pueblo norteamericano que está en contra de las guerras” Nicolás Maduro

Samantha Power, la flamante embajadora de los Estados Unidos ante la ONU, estalló esta semana iracunda en medio de una reunión informal de la organización pidiendo a gritos la intervención de los servicios de seguridad para desalojar de la sala a su homólogo de Corea del Norte, el embajador Ri Song-shol, quien llamaba la atención del organismo sobre los crecientes actos de brutalidad policial contra la población afrodescendiente en ese país, así como por las torturas practicadas por la CIA que han sido denunciadas en los últimos meses. Gritando desde su asiento que “esas declaraciones los desacreditan totalmente” la representante del imperio logró que al diplomático asiático se le cortara el sonido desde la cabina de audio y que de inmediato se le sacara de la sala en compañía de su delegación, en uno de los actos de soberbia más indignantes y bochornosos que se recuerden en ese foro de las naciones.

Pero la reacción de la embajadora no es nada casual. Como tampoco lo son los actos de barbarie policial que se han venido incrementando en los Estados Unidos desde hace algún tiempo sin que la sociedad norteamericana (salvo las protestas protagonizadas por la población afroamericana en algunas ciudades de ese país) reaccione en la búsqueda de soluciones efectivas a un fenómeno tan potencialmente explosivo como pocos pueden darse en el mundo civilizado de hoy.

La señora Power simplemente ha dejado ver el rostro más grotesco de una cultura que ha hecho estragos a las sociedades a través de la historia; la cultura de la dominación coercitiva.

Gramsci distinguía los modos de dominación separándolos en coercitivos y hegemónicos. Según él, el hegemónico basa su control en el poder ideológico, cultural (la religión, la educación y el poder de los medios de comunicación), y el coercitivo en el control directo que ejerce el poder político y en última instancia la violencia física.

En la práctica, el poder hegemónico ha estado siempre orientado al ocultamiento del poder coercitivo con el cual las clases dominantes ejercen su control. La televisión y la prensa, así como la religión y el sistema educativo burgués, tienen como propósito fundamental convencer permanentemente a la sociedad de que el peligro que la asecha y que amenaza su supervivencia como tal, es siempre todo aquello que atente contra las formas establecidas de dominación y no la dominación en si misma. Es decir; la estructura del Estado burgués y las formas de desempeño del capitalismo.

En virtud de ello, el poder hegemónico tiene la obligación de ocultar la violencia cuando ésta surge de los sectores dominantes contra los sectores oprimidos, y de magnificarla cuando ella es producto de hambre, la miseria y la exclusión que el sistema capitalista burgués genera.

Por eso según los medios de comunicación privados, y de acuerdo a las declaraciones del estamento político del imperio en ambos casos, la violencia en las calles de los Estados Unidos que resultan de protestas de la sociedad civil reclamando sus derechos, siendo exactamente iguales en su expresión incendiaria y atentatorias contra la vida y el orden público, son completamente distintas a las que se escenifican en las calles de Venezuela.

Mientras en los Estados Unidos el pueblo se rebela contra la brutalidad policial hacia la gente pobre, en Venezuela sectores minoritarios de la población buscan quebrantar la paz por su arbitrario deseo de colocar en la presidencia a uno de los suyos. La diferencia para el imperio es que las de allá son protagonizadas por criminales y las de acá por héroes de la sociedad civil. Algo que está más en correspondencia con la lógica de la dominación que de la discriminación. Si los de allá son negros descendientes de esclavos y los de acá blancos y de nobles apellidos, entonces la diferenciación es más que sencilla. Pero mucho más desde el enfoque clasista que desde la óptica estrictamente racista.

Desde el punto de vista científico, el racismo no tiene asidero alguno. Infinidad de investigaciones y debates al respecto han logrado establecer que biológicamente no hay ningún atributo o condición particular que haga superior a una raza sobre otra. La teoría social tampoco ha logrado apoyar ni ideológica, ni política, ni filosóficamente, al racismo como corriente de pensamiento. Un aspecto nebuloso del Marxismo, referido a la supuesta defensa por parte tanto de Marx como de Engels de la teoría de la supremacía de la raza blanca, en particular lo escrito en el Anti-Dühring generalmente extraído del contexto de la realidad histórica como de la realidad política sobre la cual se asentaban tales apreciaciones, es utilizado sistemáticamente por la derecha proimperialista para tratar de desdibujar la doctrina marxista y para ocultar a la vez el carácter discriminatorio e inhumano del modelo capitalista.

De ahí que toda forma de racismo o de segregación social sea simplemente una fachada más, construida por los sectores dominantes para ocultar la división de clases que para la hegemonía resulta tan indispensable. Por eso en Estados Unidos, el país más racista del mundo hoy en día, un negro puede llegar a ser millonario o incluso hasta presidente de los Estados Unidos.

La idea contemporánea del racismo como doctrina es promovida fundamentalmente por la obsesión supremacista de los imperios europeos que inundaron al continente africano con sus experimentaciones antropológicas que procuraban la legitimación de modelos raciales que ayudaran a sostener y hacer perdurar el modelo colonial que la modernidad comenzaba a desplazar con la naciente nueva concepción de los imperios capitalistas. Por eso la antropología misma es hoy objeto de cuestionamiento como herramienta cuyo propósito para muchos no es la investigación del género humano, como en principio se presenta, sino la utilización de los pobres como seres inferiores dignos de estudio, lo que a la larga tiende cada vez más a reafirmar la superioridad de la clase dominante sobre los dominados pero no desde un punto de vista racial sino clasista. En Suráfrica el apartheid pudo existir solo hasta que los imperios de la era colonial pudieron sostenerse y la idea de la supremacía étnica de los blancos se reveló como un gran mito.

En Estados Unidos, las balas que asesinan a los afroamericanos no lo hacen porque son negros sino porque son los sectores dominados. La policía simplemente está ejerciendo el rol del instrumento coercitivo del Estado burgués para perpetuar la dominación de la hegemonía sobre los desposeídos, que en esa nación son fundamentalmente la mayoría porque fueron la población importada por el esclavismo para construir el imperio que sus fundadores soñaron. La esclavitud, como el apartheid, fue siempre posible no por ser los negros minorías o por la sumisión o debilidad de la raza africana en modo alguno, sino porque las minorías blancas, los hegemones, poseían los medios de coerción, las armas, de las que nunca dispusieron los oprimidos, es decir; los pobres. Hoy sucede exactamente lo mismo.

Pero la rebelión está ahí. El detonante es la muerte de seres humanos cuyo verdadero y doloroso pecado no es ser negros sino ser pobres. El presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, se lo advirtió claramente a Obama y al mundo entero en su discurso en la VII Cumbre de las Américas en Panamá, cuando le dijo: “La juventud de Estados Unidos quiere cambiar Estados Unidos, estoy seguro de eso. Si no el presidente Obama no hubiera sido presidente. Usted presidente Obama es presidente porque hay un sentimiento profundo de cambio y los Estados Unidos quiere dejar de ser imperio; hay dos Estados Unidos, el de Washington, el imperial, el de los lobbies y el Estados Unidos profundo que quiere paz, desarrollo y quiere que lo veamos y quiere que nos veamos como hermanos de ojos a ojos y le cantemos juntos y que andemos juntos la historia.”

Pero Obama, así como Samantha Power y todo su equipo de gobierno, son solo portavoces de una concepción hegemónica que no acepta la igualdad y la justicia social porque eso significaría para ellos subvertir el orden natural del universo. Un universo cruel en el que los niños ricos que ordenan asesinar a inocentes sin razón deben ser considerados héroes y los negros del barrio que luchan por su vida vulgares criminales.

@SoyAranguibel

La dominación como cultura

– Publicado en el Correo del Orinoco el 02 de marzo de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“La desigualdad no sólo es resultado de la distribución dispareja de los medios de producción, sino también es producto de una construcción política y cultural cotidiana, mediante la cual las diferencias se transforman en jerarquías y en acceso asimétrico a todo tipo de recursos” L.Raygadas

Entre 1817 y 1828, mientras la gran mayoría de los pueblos latinoamericanos luchaban por su independencia, en México avanzaba uno de los despojos más descomunales jamás visto en la historia del continente americano. Con la excusa de una necesidad de naturaleza humanitaria, el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica le pedía a la por aquel entonces naciente república federal mexicana un permiso de usufructo provisional de tierras para unas 300 familias anglosajonas, para lo cual solicitaba unas 30.000 hectáreas de territorio en lo que hoy se conoce como el Estado de Texas.

El desconocimiento que esas familias proclamaron posteriormente contra la legítima autoridad del gobierno mexicano, fue el origen de un asalto continuado que a lo largo de más de tres décadas le arrebató a ese país no solo el estado de Texas, sino Alta California y Nuevo México, que comprenden los actuales estados de Nuevo México, Arizona, Colorado, Nevada y California, alcanzando un total de más de 32 millones de kilómetros cuadrados de territorio.

Para poblar aquellos vastos espacios robados a los mexicanos, Estados Unidos inventó en primer lugar la fiebre del oro (el llamado Gold Rush) que movilizó a mediados del siglo XIX a cientos de miles de pobladores de la incipiente nación imperialista a desplazarse hasta aquellos remotos e inhóspitos parajes. Una segunda gran oleada de norteamericanos llegó hasta aquel lejano oeste casi un siglo después con el advenimiento del cine.

Contrario a lo que suele creerse, el cine no se desarrolla en Hollywood porque los terrenos para instalar los gigantescos estudios que se requerían fuesen más baratos, o porque las condiciones climatológicas les resultaran más favorables que en ciudades del este, sino porque los realizadores le huían al gran perseguidor de innovaciones que fue Tomas Alva Edison, quien ya se había hecho famoso no por su capacidad inventiva como ha querido presentarlo siempre la academia norteamericana, sino por su proverbial afán por apropiarse de los grandes inventos que entonces proliferaban en todas partes del mundo, a partir del registro de patentes en el que el falso inventor era todo un potentado. Edison, que había logrado plagiar el invento de George Eastman del arrastre mecánico de celuloide mediante el uso de película perforada, había registrado la patente del cinematógrafo en Nueva York, lo cual limitaba en esa parte del país la posibilidad de realización de filmes tanto de alto como de bajo costo para realizadores independientes e incluso para los nacientes estudios cinematográficos.

Tal circunstancia resultaba propicia para poblar cada vez más densamente un territorio que habiendo sido usurpado ilegítimamente de la forma brutal en que se hizo, ha sido siempre susceptible de restitución a sus propietarios originales en virtud de la precariedad del soporte legal sobre el cual se asienta tan infame despojo. Hasta hoy, lo que aduce los Estados Unidos como razón para el robo a México de más de la mitad de su territorio es una transacción por 15 millones de dólares efectuada en 1848, con los cuales se habría pagado lo que hasta el día de hoy presenta como una “cesión” mercantil de tierras.

Desde la concepción imperialista de los sectores hegemónicos norteamericanos, la ocupación de territorios no ha sido jamás determinada por necesidad alguna que no fuera la de la dominación por la dominación en sí misma, y no por la falta de espacios para el desarrollo de asentamientos poblacionales, de extensiones cultivables o para la instauración de complejos fabriles, como lo demuestra el hecho de contar hoy esa nación con una de las más grandes proporciones de tierras vírgenes, deshabitadas o sin explotación productiva alguna.

Ese gran despojo, llevado a cabo bajo la ley de las armas y del sometimiento económico con las cuales se ha impuesto su dominación a través del tiempo, constituye hoy más de un tercio del territorio estadounidense, sobre el cual se ha desarrollado una sociedad fundada en la filosofía de la supremacía, que lleva al norteamericano común a creer que la única nación civilizada del planeta es Estados Unidos y que el resto del mundo es incultura y barbarie.

De ahí que esa misma industria asentada sobre tierra ancestralmente azteca presente siempre en su producción cinematográfica a México como el estercolero del mundo, a donde van a parar los peores y más despreciables criminales cuando buscan evadir la justicia. A lo largo de todo el contenido mediático hollywoodense, los asesinos, asaltantes de bancos, violadores y prófugos de toda ralea, tienen en México una suerte de templo de la impunidad donde las peores bandas delincuenciales hacen vida libremente en un inconcebible reino de placer y concupiscencia que la arbitrariedad cultural norteamericana ha creado en su discurso imperialista como referencia iconográfica de la perversión.

Un fenómeno clásico de discriminación cultural (asociada a la concepción eurocentrista que prevaleció durante buena parte del siglo XIX y casi todo el siglo XX sobre la definición de cultura como el activo intelectual exclusivo de las élites hegemónicas que eran las llamadas a impulsar la civilización y el progreso frente a los sectores “incultos”, los desposeídos, que desde la óptica burguesa no aportaban nada a la sociedad) a partir del cual Gramsci establecía que la dominación por parte de los sectores dominantes no se ejercía mediante la fuerza de las armas solamente, sino fundamentalmente a través de la sumisión cultural.

Por eso un sujeto como el magnate Donald Trump, dueño entre otras muchas grandes posesiones inmobiliarias y empresariales del más importante certamen de belleza en el mundo como lo es el Miss Universo, es decir, de la comercialización universal del cuerpo de la mujer, revienta de ira cuando un destacado director de cine mexicano sobrepasa con su extraordinario talento a los más grandes de la industria norteamericana del celuloide llevándose no una, ni dos, ni tres, sino cuatro estatuillas del Oscar en la edición 2015 del premio.

Para el imperialismo, la cultura (como cualquier otro producto) debe expandirse en una sola dirección; del imperio hacia el mundo. Jamás a la inversa. Por eso para la élite cultural dominante es perfectamente correcto que los realizadores y actores norteamericanos arrasen con los premios de los festivales cinematográficos del mundo entero. Pero que un extranjero sea premiado en Norteamérica es una intolerable insolencia.

La abominable reacción del excéntrico millonario que acusa hoy a México de estar estafando a los Estados Unidos resulta en principio incongruente con la complacencia que demostró todos estos años con los mexicanos, en particular con la señorita Ximena Navarrete, Miss México y Miss Universo 2010, con quien se regodeó en ágapes infinitos con ocasión de aquel certamen y durante los meses y años subsiguientes. Es evidente que desde su particular óptica el poder de la belleza mexicana no compromete la pretendida supremacía gringa en lo cultural.

ximena-trumpDonald Trump y Ximena Navarrete (Miss México 2010)

Pero cuando se analiza su insólita verraquera desde el punto de vista de la doctrina social y política, se comprende que el acaudalado magnate no responde a una apreciación o circunstancia personal en modo alguno sino a un código cultural de profunda y repugnante raigambre imperialista, exactamente en la misma lógica del presidente Obama cuando afirma jactancioso ante el mundo que “A veces tenemos que torcerle un poco el brazo a ciertos países que no quieren hacer lo que les pedimos.

El debate sobre el derecho a la pluralidad cultural ha estado siempre presente en la sociedad moderna sobre todo a partir de la insurgencia de las grandes corrientes revolucionarias que desde finales del siglo XVIII han promovido la inclusión y la igualdad social de los pueblos. Solo que hoy, en medio de la vorágine desatada por las más siniestras fuerzas hegemónicas del mundo actual, hay voces que a veces sobresalen con mayor crudeza de entre la pestilencia común de la voracidad imperialista. La de Donald Trump es solo una de ellas.

@SoyAranguibel

El inmenso reto de liberar la libertad

Por: Alberto Aranguibel B.

El 30 de octubre de 1938, con un inesperado acontecimiento comunicacional que aterraría hasta el paroxismo a los norteamericanos, se trastocaba sin que nadie lo percibiera así el concepto de democracia que hasta entonces conocía la humanidad.

A partir de la transmisión en vivo de una adaptación para radio de la novela de H.G. Welles, La Guerra de los Mundos, en la que el joven director y actor cinematográfico Orson Welles narraba desde los estudios de la Columbia Broadcasting System en Nueva York la llegada de los marcianos a la tierra, los norteamericanos ponían en evidencia con su histeria colectiva el inmenso poder de los medios de comunicación ya no solo para entretener o vender productos, como eran vistos hasta entonces por las grandes corporaciones norteamericanas, sino para modificar la realidad a su antojo y ponerla al servicio de los intereses de los poderosos sectores capitalistas en su afán de dominación imperial del planeta.

La manipulación de la realidad con propósitos propagandísticos ha existido desde tiempos inmemoriales. Solamente en la Biblia, uno de los más elaborados y extensos compendios de fantasías y anécdotas delirantes que jamás haya conocido la humanidad, se reúne en un mismo texto la fábula del hombre que caminó sobre las aguas y que multiplicó el pan y los peces con tan solo un gesto; el profeta que abrió el mar en dos mitades sin mayores perturbaciones; el mítico levantamiento de los muertos apenas con una palabra; la conversión del agua en vino en un santiamén; la elevación del hombre a los cielos con retorno intacto al tercer día; y así hasta lo inaudito, con el solo propósito de perpetuar comunicacionalmente el poder de una institución sin cuya “divina palabra” la propuesta y el martirio de Cristo no habría pasado jamás de interesante y, cuando mucho, doloroso evento histórico.

La perpetuación de esa virtualidad del universo, ya fuese en forma de creencias religiosas, de leyendas, o de simple literatura de ficción, inculcada desde el poder por las élites dominantes a través del tiempo, tiene su asiento en la regla de oro de la inteligentzia burguesa en cuanto al conocimiento humano se refiere. La doctrina será siempre la de estudiar solo lo académicamente conocido. El modelo aceptado. La creación será siempre sospechosa de subversiva. Por eso la gran mayoría de los pensadores de la historia, los grandes inventores e innovadores de las más diversas corrientes científicas y filosóficas, fueron por lo general aquellos cuyas prodigiosas mentes se desarrollaban a partir de la intuición y de la capacidad analítica propia y no de la educación académica formal. Los que rompían siempre con los dogmas preestablecidos desde las élites burguesas y le daban cauce a su ímpetu creador.

Contra esa tendencia natural del ser humano a evolucionar el conocimiento fue que la oligarquía se vio obligada a imponer a sangre y fuego su visión del hombre y su sociedad, usando las más de las veces los propios códigos de la sabiduría popular como arma contra su enemigo más temible, la capacidad de discernimiento propio de los pueblos, pero en la forma dispersa y descoordinada en que lo hizo hasta la llegada de los medios radioeléctricos de comunicación de masas, el cine, la radio, la televisión, la computación y la internet, que, a diferencia de la prensa escrita, en un primer momento se consideraron simples objetos de divertimento, pero que a la larga devinieron en soporte fundamental del modelo neoliberal capitalista.

El prodigioso fenómeno que revelaba Welles con el pánico que causaba su estremecedora narración aquella noche de Hallowen del año 1938, era el de poder lograr por un mismo medio y de manera simultánea alcanzar a millones de personas con el contenido alienante que hasta aquel entonces las grandes corporaciones se veían en la necesidad de promover de manera segmentada a través de distintas formas de difusión. Y lo que probablemente era lo más importante, por un mismo precio y con un mensaje impactante con mucho más poder de convencimiento que el de un simple spot publicitario.

De ahí en adelante la manipulación dejó de ser exclusivamente la inclusión o no de hechos noticiosos de acuerdo al interés editorial de las grandes corporaciones mediáticas, o la redacción o cobertura sesgada de sus noticias. El amarillismo que tantos beneficios le trajo hasta entonces al establecimiento de la cultura imperialista en los Estados Unidos y en su esfera de influencia, ya no era indispensable como herramienta única de propaganda, porque la dramatización de la realidad virtual que debía imponer la hegemonía oligarca ya era perfectamente posible a través del medio radioeléctrico. Mientras los movimientos de izquierda se dividían y se atomizaban a lo largo y ancho del planeta, la fuerza de la derecha se organizaba y se concentraba en el secuestro y control del más poderoso instrumento jamás concebido desde la invención del fuego. Pocos fueron los grandes revolucionarios de la historia que acertaron en la visualización de este fenómeno. Bolívar, Lenin y el Che Guevara, fueron algunos de ellos. Chávez, sin lugar a dudas, el más grande comunicador de todos los tiempos.

El Comandante comprendió como nadie en la historia la importancia de concentrar el esfuerzo de la construcción del modelo socialista y de la unidad revolucionaria del pueblo en la comunicación, privilegiada en importancia por encima de cualquier otro instrumento, en virtud precisamente del inmenso poder de la derecha en el control de ese medio que puede elevar al ser humano hacia su redención espiritual definitiva, como él lo sostuvo desde siempre, o hundirlo en la oscuridad de la ignorancia, como lo procura el modelo neoliberal burgués.

Hoy, cuando asistimos a la arbitraria realidad que nos venden las grandes corporaciones mediáticas del mundo capitalista, en la cual se esconden los crímenes de lesa humanidad que se cometen en nombre de la libertad y se sataniza brutalmente a todo aquel que denuncie el atropello que eso representa, o se coloca a más de tres continentes en contra de una nación como la nuestra, donde el gobierno procura contener a estudiantes que asesinan a guardias nacionales, mientras se oculta que en otra nación hermana la guardia nacional sí asesina, incinera y entierra estudiantes y a cientos de ciudadanos que va apareciendo día tras día en fosas interminables sin que ninguno de los que claman al cielo en infinitas campañas de SOS contra Venezuela se expresen en modo alguno por el horror de muerte que sí padece México, entonces entendemos que el reto más urgente de una revolución como la bolivariana es recomponer el sentido de la democracia como activo de la sociedad y retomar el carácter antropológico de la libertad que nos fue robada por unos cuantos magnates que en mala hora pensaron que al comprar un medio de comunicación estaban también adquiriendo la propiedad sobre el derecho de la humanidad a la verdad y a la autodeterminación de los pueblos.

Las naciones del mundo no pueden, ni deben, renunciar jamás a su derecho a una cultura, a una idiosincrasia, a valores y creencias religiosas o políticas propias, ni mucho menos a su independencia política y económica, en aras de una libertad que no es sino la imposición de un modelo cultural exógeno que legitima la injusticia, la explotación y la destrucción sistemática de la soberanía de los pueblos.

Pretender, como pretende hoy los Estados Unidos, que la sociedad asuma que libertad es la irrestricta posibilidad de penetración de la televisión norteamericana hasta el último rincón del planeta, así como de internet y de las redes sociales, con todo su contenido manipulador, distorsionador, alienante y contra revolucionario, así como con el poder de control de la información y de la privacidad que su Departamento de Estado ejerce a través de la red, cada día más que demostrado, es una aberración que atenta incluso contra la razón de ser misma de la humanidad. Más aun si tal libertad está fundada bajo los principios de la dominación hegemónica de la burguesía y los abyectos valores del capitalismo.

Nos corresponde ahora liberar la libertad.

@SoyAranguibel

– Publicado en el Correo el Orinoco el 03 de noviembre de 2014 –

Cuéntame una de banqueros…

Denme el control de la moneda de una nación, y no me importa quien haga sus leyes“.
Meyer Amschel Rotschild
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“…Iniciaba así su andadura el capitalismo financiero, que no representa sino un eslabón superior, un salto cualitativo respecto del capitalismo meramente mercantil, y cuyas funestas consecuencias habrían de hacerse bien patentes con el transcurso del tiempo. Dado que en el marco implantado por el capitalismo financiero queda eliminada toda noción de corporeidad, el acto económico se convierte en algo de naturaleza puramente abstracta, posibilitándose con ello el lucro a costa del trabajo de terceros y, lo que es peor, el dominio absoluto de toda la realidad económica, política y social. Añádase a esto el hecho de que el sistema monetario está desde hace tiempo en manos de las grandes entidades financieras, lo que les confiere a éstas la potestad  no ya de traficar con el dinero ajeno, sino incluso de crearlo de la nada, consolidando de esta forma su dominio a partir de una entelequia irreal. Una circunstancia que Frederick Soddy, … calificaría certeramente con estas palabras: “el rasgo más siniestro y antisocial del dinero escriptural es que no tiene existencia real”…” (Martín Lozano: “El nuevo orden mundial”.Edit. Alba Longa. –  Valladolid. –  1996).

En 1694 se crea el Banco de Inglaterra, el primer Banco Central de propiedad privada del mundo moderno de un país poderoso, y tenía el privilegio de emitir “papeles” con valor oficial. Y este dinero, cuyo único respaldo eran los títulos de deuda del rey, el Banco los prestaba, no sólo a la Corona, sino también a particulares.

Fue el modelo de otros bancos centrales, incluso de la Reserva Federal de EE UU, que comenzó sus operaciones en noviembre de 1914. Recibió mandato legal para poseer el mayor poder de cualquier institución del país, el poder de crear y controlar su suministro de dinero, con las consecuencias derivadas de ello: el control de la economía y la sociedad, por el Poder Financiero.

Entre las hazañas de la Reserva Federal está la crisis de Wall Street de 1929 -mediante la creación de ciclos de  inflación/deflación, que provocó una enorme transferencia de riquezas del sector productivo a manos de los banqueros.

El poder de los banqueros se había desarrollado tanto que ya en 1931, el Papa Pío XI lo llamó “Imperialismo Internacional del Dinero“. El instrumento de dominación utilizado y que el Papa señala es el “crédito”, ya que los banqueros: “…dueños absolutos del dinero, gobiernan el crédito y lo distribuyen a su gusto; diríase que administran la sangre de la cual vive toda la economía, y que de tal modo tienen en su mano, por decirlo así, el alma de la vida económica, que nadie podría respirar contra su voluntad”. (Pío XI; Encíclica Quadragésimo Anno).

Y Carroll Quigley, intelectual del “establishment”, en “Tragedia y Esperanza“, considerado por muchos como la Biblia de la globalización reconoce:

“…El Poder del capitalismo financiero tiene un objetivo trascendental, nada menos que crear un sistema de control financiero mundial en manos privadas capaz de dominar el sistema político de cada país y la economía del mundo como un todo. Este sistema ha estado controlado de un modo feudal por los Bancos Centrales del mundo actuando concertadamente y por acuerdos secretos, a los que se llegan en reuniones privadas y conferencias. Cada Banco Central buscó dominar a su Gobierno mediante la habilidad para controlar los préstamos al Tesoro del Estado, para manipular el mercado de cambios, en la determinación del nivel de la actividad económica del país y en influir sobre los políticos colaboracionistas mediante recompensas posteriores en el mundo de los negocios”.  (Quigley, Carroll; “Tragedy and Hope”; Ed. The Macmillan Company; New York; 1966)

Desde la creación del Banco de Inglaterra a la actual “globalización”, la formula Rotschild se va aplicando cada vez con mayor eficacia.