Finol: Examen histórico a la xenofobia en Perú

Por: Yldefonso Finol

Perú: palabra que en el idioma añún nuku del pueblo ancestral del lago Maracaibo (Tinaja del Sol), significa el punto cardinal “Sur”.

I

No es un mero resentimiento hacia quienes hoy van a sus países a buscar empleos, portando bajo el brazo un currículum académico superior. No es sólo un poco de envidia hacia quienes iban hace poco con tarjetas de crédito cargadas de dólares y eran recibidos con alfombra roja y sonrisas de comerciante. Ni siquiera es la rabia por algún suceso violento protagonizado por un migrante. Es xenofobia masivamente inducida por una campaña sistemática de linchamiento a la venezolanidad.

Adelanto mi conclusión: detrás de las expresiones de odio irracional contra Venezuela que se han producido recientemente en países vecinos, está la arcaica campaña oligárquica contra El Libertador Simón Bolívar, inoculada en los sectores más atrasados de esas sociedades, que tiene por objeto, crear las condiciones psicológicas para una agresión militar que extermine a gran parte de nuestra población y desmiembre el territorio nacional, con una estrategia similar a la aplicada en la Guerra de los Balcanes. O, algo aún peor, un híbrido entre el descuartizamiento de Yugoslavia y el genocidio en Ruanda.

II

La oligarquía que se apoderó del poder en Perú cuando Bolívar tuvo que venir a Bogotá y Caracas a tratar de frenar el mal gobierno y los divisionismos desatados por Páez y Santander; así impuso en aquél país hermano un régimen explotador con ínfulas expansionistas.

Los mismos incapaces de independizar definitivamente a Perú del yugo español, se creyeron ahora con la supremacía militar para agredir a Guayaquil y la recién creada República de Bolivia; todo ello bien azuzado y coordinado por los Estados Unidos a través de su aparato conspirativo que en Lima lideraba el terrible antibolivariano Willian Tudor.

Las calumnias vertidas contra Bolívar vinieron de la animadversión de un puñado de traidores, corruptos y cobardes:

José de la Riva Agüero, calumniador escondido en el anonimato, que habiendo traicionado a su propio país, se dedicó al ruin oficio del chisme. Ya en 1828 el Maestro Simón Rodríguez se encargó de desbaratar las ofensas falsarias de este fracasado.

–  El Marqués de Torre Tagle, ladrón de erarios públicos como Santander, quien se pasó al bando realista degradándose moral y políticamente; lo confesó en textos develados: “he resuelto en mi corazón ser tan español como D. Fernando”…“de la unión sincera y franca de peruanos y españoles todo bien debe esperarse; de Bolívar, la desolación y la muerte”). De este se copiaron tipos como Herbert Morote, Bryce Echenique y Mario Vargas Llosa, siempre plagiando ideas a otros.

Luna Pizarro. Sacerdote católico metido en la política, aplicó sus dos vocaciones a la intriga contra Bolívar. Se puso a la orden del embajador gringo Tudor, para engatusar al general La Mar, con lisonjas estúpidas, para que atacara territorio ecuatoriano que en ese momento integraba la Colombia bolivariana..

–  José de la Mar. General manejado como marioneta por el cura Luna Pizarro y el agente gringo Tudor, se creyó con la capacidad de enfrentar las huestes bolivarianas, cuando éstas se hallaban lejos atendiendo otros asuntos. Pero, se le presentó El Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, y lo despachó en un santiamén en la Batalla de Tarqui.

Riva Aguero y Torre Tagle, que fueron enemigos entre sí, más Luna Pizarro y La Mar, formaron un cuarteto de brolleros contra Bolívar. Todos tuvieron en común, ser unos traidores a la causa patriótica, y opresores del pueblo humilde del Perú.

Esa oligarquía exquisita de modos y descarada de ambiciones, engendró los mitos que siguieron rumiando sus seguidores y descendientes para regar el odio antibolivariano como política de Estado y subcultura de inspiración neocolonial. Dichos mitos alienantes son:

Que Bolívar se erigió en Dictador, cuando fue el congreso de ese país quien le entregó esa condición por la terrible ingobernabilidad que reinaba y la incapacidad de las fuerzas peruanas de expulsar al ejército realista, entre otras razones por las traiciones de Riva Agüero y Torre Tagle.

–  Que Bolívar despilfarró recursos en sus tareas diplomáticas, cuando la verdad es que El Libertador, con su Ejército, con dineros de la Colombia original, con su peculio personal incluso –y superando la obstrucción burocrática de Santander, que consideraba al Perú “cosa ajena”-, financió el arribo de una tropa de seis mil efectivos que fueron los héroes de Junín y Ayacucho que fundaron al Perú independiente. Adicionalmente, el millón de pesos que el Congreso peruano le otorgó, Bolívar no lo aceptó y se lo dejó a ese país, utilizando apenas menos de cien mil de esos pesos en apoyar un proyecto educativo y otros invertidos en los movimientos diplomáticos preparativos del Congreso Anfictiónico de Panamá.

–  Que Bolívar se quería coronar rey, canallada tan falsa como estúpida, mil veces negada por los hechos históricos y por las muchas aclaraciones que El Libertador se vio obligado a exponer, ante impertinentes sugerencias que proliferaron la conseja.

–  Que Bolívar le quitó el territorio de la actual Bolivia al Perú. Falso de toda falsedad. Esa nunca fue idea original del Libertador. Fueron patriotas del Alto Perú (hoy Bolivia), cansados de depender ambivalentemente de los virreinatos de La Plata y Perú, quienes lo propusieron. Querían independizarse del reino de España y de sus gobiernos subsidiarios en Suramérica: los virreinatos. De manera que el surgimiento de la República de Bolivia, y el de todas las demás, no emanan de disposiciones obsoletas del derecho monárquico, como esa división político-territorial invocada por la oligarquía expansionista de Lima, no; todos los nuevos Estados soberanos, son producto de la revolución republicana que puso fin al dominio colonial sobre nuestros territorios indoamericanos. Es un absurdo inaceptable, que se pretenda desempolvar supuestos “derechos coloniales”, para saciar apetencias terrófagas de rentistas parasitarios.

III

Cuando Bolívar utilizó frases fuertes referidas a la sumisión del Perú al dominio español, no estaba para nada equivocado; pero esa caracterización correcta en términos histórico-políticos, no aludía al sentimiento patriótico del pueblo peruano, sino, a la genuflexión de su oligarquía, hecho totalmente probado en las actitudes de personajes como Riva Agüero, Torre Tagle, Luna Pizarro y La Mar.

Sincerando la historia con los inobjetables hechos consumados, podemos afirmar categóricamente, que lo que detestaban los aristócratas peruanos del Libertador, eran sus ideas revolucionarias, plasmadas en actos de gobierno que nadie podrá borrar: propugnar la igualdad establecida y practicada, otorgando la propiedad de la tierra a los pueblos originarios, pidiendo poner fin a la esclavitud, introduciendo el derecho a la educación para niños y niñas sin distingos de piel y de clase, democratizando la actividad económica, imponiendo el salario y el contrato legal para el trabajo indígena, creando condiciones para terminar con la servidumbre, castigando severamente la corrupción, protegiendo las especies animales sobreexplotadas y ordenando reforestar los bosques destruidos por el afán de lucro minero y ganadero. Eso odiaron en Bolívar los gringos y sus cipayos.

Estas verdades las sabe el Departamento de Estado yanqui. Por algo las cartas de Bolívar, Urdaneta y Sucre, celosamente custodiadas por el General Lara, robadas por insubordinados que reportaban al espía William Tudor, por medio de Santander y Luna Pizarro, fueron a parar al archivo del Gobierno de Estados Unidos.

IV

Perú, como Colombia y Venezuela, tras la muerte de Bolívar, cayeron en manos de sus detractores, aquellos que sólo veían en la Guerra de Independencia, la ocasión de ascender a posiciones privilegiadas de poder. Acusar a Bolívar –como lo hacen a diario una jauría de plumíferos tarifados- de los males estructurales que se impusieron en nuestras naciones, no sólo es injusto, sino que es una mentira del tamaño de las miserias humanas que subyacen en tal engendro.

En el Perú –especialmente- el odio contra Bolívar se cultivó en forma tenaz y permanente. Los mismos voceros de este complejo de inferioridad no superado, fanáticos del poder colonial que renuncian a su nacionalidad para ser acogidos como cortesanos aunque sea en el papel de bufones, son quienes han vociferado la retahíla de viles enredos sobre El Libertador.

Estos figurones, mismos que reniegan de su condición mestiza y que practican el racismo contra sus pueblos originarios, son autores intelectuales de la xenofobia deleznable que se está ejecutando en estos momentos contra mujeres venezolanas y hombres venezolanos en Perú. Las autoridades al frente de este crimen horrendo de lesa humanidad, utilizan la fuerza pública como aparato de tortura y tratos degradantes. Han llegado al extremo de grabar mensajes utilizando niños como pregoneros del más grotesco discurso xenófobo.

Estamos, sin duda, ante una patología social con profundas raíces en la historia, que un laboratorio criminal ha desatado como peste, para ir creando las condiciones del genocidio moral (¿y físico?) del gentilicio venezolano. El imperialismo gringo y la cábala sionista lo controlan. El “Cartel de Lima”, lo simboliza.

Para terminar –por ahora- dejo en el aire una pregunta: ¿la gente decente del Perú, las reservas humanistas del pueblo de Gustavo Gutiérrez, el Perú sensible de Chabuca Granda y César Vallejo, permitirá que se continúe cometiendo este fratricidio impunemente?

Estando en Cuzco el 27 de junio de 1825, Bolívar escribió al poeta guayaquileño José Joaquín Olmedo: “los monumentos de piedra, las vías grandes y rectas, las costumbres inocentes y la tradición genuina, nos hacen testigos de una creación social de que no tenemos ni idea, ni modelo, ni copia. El Perú es original en los fastos de los hombres”.

Un espíritu similar encontramos un siglo después en el revolucionario peruano José Carlos Mariátegui: “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una generación nueva”.

Generación que esperamos renazca en el país que Bolívar y su Ejército Libertador, arrancaron de las garras de los verdugos destructores del País de los Incas.

yldefonso-FINOL  Yldefonso Finol

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El hombre sin pasado

– Publicado en el Correo del Orinoco el martes 14 de abril de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Si los Estados Unidos tuviese un presidente que valorara la historia, el mundo sería completamente diferente. Porque si algo le ha resultado desastroso a todos los imperios ha sido dejarse llevar por la jactancia y la prepotencia con la que Obama conduce al imperio bajo su mando hacia el cadalso, tal como solo la historia puede demostrarlo.

En su maravillosa película sobre la sensibilidad humana, El Hombre Sin Pasado (2002), el finés Aki Kaurismäki, denuncia la indiferencia de la sociedad capitalista hacia los desposeídos, a quienes el sistema neoliberal desprecia y excluye de manera casi doctrinaria, usando como eje de la trama a un personaje sin nombre que, producto de la violencia que el afán de riqueza fácil que el capitalismo genera, es víctima de una golpiza que le ocasiona la pérdida de la memoria. Tal circunstancia lo lleva a deambular hasta encontrar el abrigo de una comunidad de indigentes que de manera desinteresada le ayudan a soportar la terrible carga de su infortunio para descubrir, cuando por fin se recupera de su padecimiento, que la autenticidad del afecto y la solidaridad de esa gente humilde es infinitamente más valiosa que todo lo que conoció en su confortable vida pasada.

Sin memoria, como lo plantea Kaurismäki, no hay ninguna posibilidad de ser incorporado a la sociedad, porque la consecuencia directa de la desmemoria es la carencia de identidad y sin identidad no existe forma de acceder a servicio alguno o de ser tomado en cuenta por organismo o empresa de ninguna naturaleza, como un banco, por ejemplo, en donde el personaje de la película es detenido durante un robo del cual no participa pero del que es sospechoso precisamente por no poseer identificación.

Con un presidente que respetara el papel de la historia en el desarrollo de la humanidad, Estados Unidos no se vería hoy atrapado en el callejón sin salida en el que Barack Obama ha metido a esa nación por culpa de su torpe concepción de las relaciones con el continente suramericano y caribeño, y por supuesto, no se habría visto en la necesidad de promulgar una arbitraria e inconducente orden ejecutiva contra un país soberano, ni mucho menos quedar en ridículo ante el mundo con el disparatado argumento de la protección contra la amenaza que ese país representaría para la mayor potencia militar, económica y científica del mundo, como se lo enrostró clara y contundente la presidente de Argentina en la VII Cumbre de las Américas.

Se habría percatado de la inconveniencia de hablar en un escenario tan exigente como ese acerca de la libertad de expresión y los derechos de libertad de prensa, cuando su país tiene ilegalmente sometido a la más brutal persecución hasta en lo más apartado del planeta a periodistas como Edward Snowden y Julian Assange, a quienes el imperio tiene amenazados de llevar a la silla eléctrica por el único pecado de intentar dar a conocer al mundo información sobre las prácticas injerencistas de los Estados Unidos en el mundo. Ello sin hablar de las decenas de programas de opinión, portales web y medios impresos o radioeléctricos que son cerrados bajo el imperio de la Ley Patriota vigente en Norteamérica, o las cientos de personas que a diario son detenidas sin mediación de juicio alguno en ese país por colocar en sus computadoras caseras o redes sociales expresiones (o incluso palabras apenas) que los espías de los servicios de seguridad detectan en uno de los procesos de violación masiva de las comunicaciones personales que jamás haya conocido la humanidad, ni siquiera en tiempos de guerra.

Quizás no morirían tantos negros como mueren a diario en los Estados Unidos a manos de policías racistas que, como la más insolente burla a la dignidad humana, son dejados en libertad por jurados de raza blanca, ni habría tanta gente pobre sufriendo el rigor del hambre y la exclusión en ese país, porque probablemente la cordura y no la arrogancia prevalecería en el ánimo de su presidente y tal vez, en vez de tanto dinero gastado en armamento para destruir naciones en nombre de una libertad que nunca alcanzan, sumidos como viven en las penurias que las guerras de “liberación” generan, abriría espacios de participación para esos olvidados de siempre y buscaría acabar con la inmoralidad de una cultura que considera un triunfo que sólo el uno por ciento de su población sea dueño de más de 59 por ciento de la riqueza nacional y que condena a decenas de niños menores de 14 años, casi siempre negros, a penas de muerte o cadenas perpetuas por delitos de los cuales el responsable fundamental es el propio sistema capitalista.

Ni mucho menos acusaría insultante a los mandatarios de las naciones que luchan por la superación de la desigualdad social, precisamente porque conocen la historia de horror que ha representado para los pueblos latinoamericanos la expoliación y el saqueo de que han sido víctimas por más de dos siglos producto de las ansias de dominación planetaria de un imperio cruel y desalmado, que pretende no darse por enterado de sus atropellos pero no para evadir su responsabilidad ante los mismos, sino para reimpulsar su perversa maquinaria de explotación indiscriminada de nuestros recursos y para el secuestro una vez más de nuestras posibilidades de redención y de justicia. No cometería, por ejemplo, la desquiciada imprudencia de asomar en esa importante reunión de mandatarios de países soberanos e independientes, la infeliz idea según la cual el gobierno de los Estados Unidos, abrogándose facultades que no tiene y que violan inequívocamente el derecho internacional, estaría “revisando las fuentes energéticas de los países de Centro América y del Caribe para sustituir las existentes (¿Petrocaribe?) por otras más eficientes”. ¿Por qué no lo hizo cuando esos países estaban sumidos en la más ruinosa miseria, como estuvieron desde nuestros orígenes como repúblicas, hasta que la visión solidaria y profundamente humanista del Comandante Chávez ideó y puso en marcha un plan de cooperación que promoviera su desarrollo basado no en las posibilidades de rentabilidad económica sino en la justicia social como lo es Petrocaribe? ¿Por qué es después de medio siglo cuando vienen a aceptar la naturaleza injusta, ilegítima y criminal de su agresión contra Cuba? Probablemente por el desprecio a la historia del cual se jacta el hombre sin pasado que hoy manda en la Casa Blanca.

Si fuera estudioso de la historia, como dice ser Obama, tendría el mínimo de decencia de pedir perdón a nuestros pueblos por el inmenso sufrimiento que causaron las dictaduras asesinas que el imperio impuso durante décadas en nuestros países. Buscaría alguna forma de resarcir las muertes, las pérdidas de tiempo y recursos con los que se hubiera podido construir el bienestar por el que tanto han clamado esos pueblos. Quizás así, con un gesto decencia y de humildad como el que jamás tuvo en mente el arrogante Obama (quien no solo se dedicó a masticar chicle durante la exposición del presidente Raúl Castro, sino que abandonó de manera cobarde la sala de reuniones mientras hablaba el presidente Maduro), se habría explicado, que no justificado en modo alguno, la razón de la desigualdad entre la obscena riqueza de los Estados Unidos y las pobreza de las naciones suramericanas y se habrían abierto puertas verdaderamente auspiciosas para el replanteamiento de las relaciones entre las naciones del continente, a partir del respeto mutuo a la soberanía y a la libre autodeterminación de las naciones.

Pero no. En los Estados Unidos no hay hoy un presidente que considere a la historia una herramienta valiosa sobre la cual cimentar la construcción del mejor porvenir para la región suramericana. Ni hay razones para suponer que lo habrá en el futuro cercano. El enemigo más peligroso para ese futuro promisorio es y seguirá siendo el carácter ahistórico de una nación imperialista que se considera con el derecho divino a sojuzgar y someter a nuestros pueblos a sus arbitrarios y desalmados designios tan solo por su salvaje propósito de acumulación de riqueza. El mismo presidente lo ha sostenido categórico en las dos únicas cumbres a las que asistirá en su condición de mandatario de esa nación. No quiere saber de la historia, pero tampoco hizo nada por el futuro durante todo su mandato.

No lo hizo porque como renegado (el House Negro del que hablaba Malcom-X) prefiere disfrutar el presente de opulencia como el hombre más poderoso del planeta donde lo colocó el destino, antes que andar rememorando su origen de afrodescendiente marginal y macilento, como se lo recordó Castro en Panamá.

Exactamente al revés del planteamiento de Kaurismäki, en su prodigiosa película.

unhombresinpasado

Un hombre sin pasado (2002)

@SoyAranguibel

Cambiar el modelo, esa necia cantaleta opositora

– Publicado en Correo del Orinoco el 13 de octubre de 2014 –
Casa de los Mendoza– Casa de los Mendoza, Veroes a Jesuitas, Caracas. Foto: Alberto Aranguibel B. –

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde los orígenes mismos de la república, una vez culminado el periodo independentista, los sectores oligárquicos venezolanos han pretendido de manera recurrente el control del poder político, causando la mayoría de las guerras intestinas en nuestro país y generándole a nuestra nación la infinita pérdida de recursos y oportunidades de desarrollo que le han ocasionado.

La eterna pugnacidad por el poder que nos llevó a guerras consuetudinarias de uno u otro signo durante más de un siglo, no estuvo determinada exclusivamente por razones de tipo político o rastreras ambiciones personalistas de caudillos delirantes, como se nos hizo ver a través del tiempo, sino que esas razones estuvieron siempre influenciadas por los intereses de los poderosos sectores económicos que fueron moldeando mediante su decisiva intervención en las propuestas y políticas económicas aplicadas por los distintos gobiernos que se sucedieron en nuestra historia desde el primer mandato de José Antonio Páez en 1830.

Por lo general, todas esas guerras, revoluciones y contra revoluciones, que costaron millones de vidas y oportunidades de bienestar a los venezolanos por más de un siglo, se debieron no al fracaso de los modelos políticos de diverso signo que las sempiternas luchas fueron dejando a su paso, sino al fracaso de la concepción del desarrollo que se asumía que en cada oportunidad desde ese obtuso sector oligarca que manejó el poder tras bastidores. El ideal estrictamente capitalista que orientó en todo momento ese empeño, no fue jamás la solución sino el agravante de las profundas carencias y desigualdades que el país aspiró siempre a superar.

La instauración de la libre competencia y el derecho de propiedad privada fue determinante como norma para intentar promover el desarrollo nacional desde el primer gobierno de Páez, a partir del impulso que los sectores pudientes de la naciente república le daban a una muy primitiva pero muy clara concepción liberal de la economía, gracias a la afinidad de intereses de clase que ese sector fue encontrando progresivamente en el caudillo, acostumbrado ya para aquel entonces a las ideas de libre mercado que desde el siglo IXX se esparcían por el mundo y que venían llegado a suelo americano por diversas vías mucho antes de la revolución independentista. Tomás Lander fue uno de sus precursores en el país. El diccionario de Historia de Venezuela, de la Fundación Polar, lo registra así: “Poco a poco se ubican en una línea común, cuya fortaleza reside en la confianza depositada en un programa de transformación nacional. El programa consiste en la liquidación de la sociedad tradicional mediante un cambio del papel del Estado, que en adelante deberá ocuparse de la libre competencia de los propietarios, suceso inédito en la historia venezolana (…) Según las nuevas reglas, la prosperidad pública depende de las condiciones materiales que pueda proveer la autoridad con el objeto de hacer expedito el juego de los patrimonios particulares.” Era ese el espíritu de la “Ley de Libertad de Contratos” que expedía el Congreso en abril de 1834. (1)

Es por eso que la oligarquía asumió y asume a Páez como el auténtico creador de la República, tal como lo afirma el ex-candidato presidencial de COPEI, Oswaldo Alvarez Paz, quien afirma categóricamente: “No podemos permitir que la República de Venezuela como la fundó José Antonio Páez, como se mantuvo en medio de muchas circunstancias en el siglo XIX, en el siglo XX y en parte del XXI, se destruya para darle paso a un Estado socialista…”. Lo que expresa en sí mismo el repudio a Bolívar como Padre de la Patria y el reconocimiento al “Centauro” como legítimo instaurador del modelo neoliberal por el cual hoy aboga la derecha venezolana. (2)

El desprecio al Padre de la Patria es toda una cultura enraizada en el alma de la godarria venezolana, precisamente por los grandes valores de justicia e igualdad social por los que Bolívar luchó en completa contraposición a los obscenos intereses de la clase oligarca. Ello explica la urgencia con la que esa misma oligarquía desalojó del salón Ayacucho del palacio de Miraflores en abril del 2002, durante el golpe de estado contra el Comandante Chávez, el cuadro de El Libertador para depositarlo en un oscuro baño a la hora de la auto juramentación de Carmona. Otro ejemplo de esta chocante discriminación puede apreciarse claramente en la Casa de los Mendoza en el centro de Caracas, verdadero templo de la cultura goda en el país fundado por el viejo Lorenzo Mendoza Quintero (abuelo del dueño del más importante emporio industrial privado en Venezuela), en la cual no es el cuadro del Padre de la Patria el que preside la imponente sala sino el de José Antonio Páez, a quien ubican de manera prominente en todo lo alto de la pared principal, mientras que el Libertador es colocado, un poco como por cortesía, en una condición completamente disminuida en el lado opuesto. (ver foto)

La tragedia de nuestro país, al decir del escritor y filósofo Carlos Rangel, fue que mientras otras naciones latinoamericanas, como México, Perú, Chile y otras, se dedicaban a construir sociedades avanzadas, en Venezuela no salíamos nunca de sempiternas luchas por el poder. Luchas en las que el interés y la miopía política de los grandes hacendados que presionaron siempre al sector militar y político en la búsqueda de imponer un inviable modelo de libertades plenas en el plano económico, fue gestando la condición de pobreza crónica que desde siempre ha castigado a nuestro pueblo, permitiendo a la vez que se institucionalizara el creciente ritmo de atraso que el país acumuló en todos los ámbitos con el tiempo.

Eso que hoy se conoce popularmente como “paquetazo” (término que resume la naturaleza ineficaz e inhumana de fórmulas economicistas que desconocen o subestiman la realidad social, política y estructural del país en función del libre mercado) ha estado presente en la vida económica venezolana en todos los gobiernos que intentaron superar, uno tras otro, las asfixiantes limitaciones que desde siempre tuvo el Estado para asumir por sí mismo los compromisos financieros de los planes y proyectos de desarrollo. Antes que construir esa sólida capacidad de autogestión que demandaba la nación, para los gobiernos que se sucedían en revueltas tras revueltas ceder a las propuestas de la oligarquía siempre apareció como el camino más simple y a la mano, sobre todo a lo largo del periodo no petrolero de nuestra economía.

Las máscaras usadas por ese sector pudiente de la economía para cambiarle el rostro a los distintos proyectos por ellos impulsados para ocultar la verdadera intención depredadora que cada uno de ellos comprendía, han sido muchas a lo largo de la historia, desde el “liberalismo económico” del siglo IXX, la “economía democrática” o el “desarrollismo” del siglo XX, etc., hasta el “capitalismo popular” de María Corina o el “progresismo” del siglo XXI que presenta ahora Capriles.

Todos, sin excepción, han sido siempre reformulaciones de un mismo plan, de una misma idea, de una misma filosofía, que persigue ser percibida en cada caso como opción de futuro, carente de pasado, pero en la cual están implícitas las verdaderas causas del hambre y la miseria que agobia a nuestro pueblo.

Es por ello que la difícil realidad que enfrenta hoy Venezuela, la crisis en el abastecimiento y la cultura del bachaqueo y el alza indetenible de precios, que derivan directamente de la lógica especuladora del capitalismo, antes que económica en modo alguno, es fundamentalmente ideológica.

Es la lógica de un modelo capitalista que lleva a la gente pobre a creer, por ejemplo, que vendiendo el apartamento que con tanto esfuerzo le ha entregado en forma gratuita la revolución bolivariana o incorporándose como mula a la red de contrabando interno o externo a cambio de un insignificante monto de dinero que cada día va a valer menos en la medida en que esa absurda modalidad capitalista siga avanzando, está logrando acabar de alguna manera con la pobreza que solo el socialismo puede ayudarle a superar de manera efectiva y perdurable.

El “vivir bien”, el “vivir viviendo”, como dijo el Comandante Eterno, no es en modo alguno “la buena vida” que ofrece el modelo capitalista, en la cual lo único que se logra inevitablemente es “vivir muriendo”. “El socialismo es lo nuevo”, decía, y la historia así lo confirma.

 Fuentes:

(1) Conservadurismo – Diccionario de Historia de Venezuela – Fundación Polar – ISBN 980-6397-37-1 – 1997

(2) http://youtu.be/iz92CAX5GR4?list=UUAnBVrWZ7MQj7i_nhoNf-qg

@SoyAranguibel

José Javier León: “Adios, Giordani”

«Un sistema concebido en principio para remediar las necesidades de la humanidad ha sido desplazado, sin cambiar de nombre, por otro dirigido fundamentalmente a garantizar los beneficios de las grandes empresas»
Eduardo Álvarez Puga, Abajo la democracia, Ediciones B. Barcelona, España, 2006, p. 349

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Por: José Javier León

Marx se afanó en demostrar que la tal economía burguesa no era sino economicismo verdaderamente anti-económico es decir, antisocial, pero la raza de los economistas logró imponer que la economía era una cosa y la política otra, y que ambas no se podían mezclar so pena de incurrir en desastres… económicos. Si el desastre es social, vale, no importa.

Para colmo, una tradición economicista típicamente althusseriana [1] sacó de circulación el capítulo XXIV de El Capital dedicado a develar el origen anti-económico del capital, por considerarlo incluso un error, un absceso en el cristalizado sistema filosófico marxista para horror del propio Marx.

Creció pues como un hongo la economía burguesa que existe y se cultiva sólo para ocultar la verdad, lo que verdaderamente ocurre, en especial el absurdo de seguir llamando economía a las que no son sino operaciones de guerra encubierta o desembozada para imponer el grosero e injustificable dominio de unos pocos sobre la gran mayoría. Porque no hay manera racional o simplemente humana, de justificar la explotación, la miseria, el hambre, si no «legitimando» la ideológica supremacía de unos pocos sobre la inmensa mayoría. Con otras palabras: no hay manera racional y humana de justificar el racismo. Pero eso es, precisamente, lo que hace la economía burguesa y la política que la secunda. Encubren, decía, las diversas formas de guerra, de violencia, de expropiación, de enajenación, que sientan las bases para que una minoría poderosa –sólo porque puede matar impunemente- se imponga sobre una mayoría explotada que, sólo unida, puede evitar que la maten.

Dicho esto, no entiendo cómo es que hoy, a la luz (más bien a la oscuridad) de lo que sucede en el mundo pueda haber personas que crean que hablan de economía sin considerar por ejemplo, que el poder del dólar proviene de la diseminación de más de mil bases militares en el globo; tanto así que hoy, ciertos análisis previenen sobre la posibilidad de un ataque nuclear a Rusia por parte de EEUU para tratar de salvar el valor de su moneda. ¿Cómo hablar de economía cuando se invade un país para robar sus reservas en oro y todo su petróleo, o cuando se siembra en los países células terroristas (mercenarios) que hagan inviable el Estado y así queden sus riquezas a merced de otros mercenarios vale decir las trasnacionales? ¿Cómo seguir hablando de economía cuando un país como EEUU tiene una deuda impagable mayor que la de todos los países juntos sólo que en una moneda que cuenta con el puro respaldo de una máquina Xerox?

Esto y miles de ejemplos más que sería fatigoso e innecesario recordar vuelven absurdo hablar de economía, claro está desde la perspectiva del capitalismo que no es, como muchos suponen, en especial los dichos economistas, un régimen económico. «La economía –muy al contrario- es la actividad que tiene como función, en una sociedad particular o en el universo- asegurar al conjunto de los seres humanos, las bases materiales de su vida física y cultural» (Houtart, 2001, p. 123)[2]. ¿Hay algo más lejos que el capitalismo de esa definición?

No sería necesario decir más si no estuviera tan metida en la cabeza la idea de que el capitalismo es un sistema económico y la democracia representativa, su expresión política. En Venezuela hemos avanzado en la demolición de esas nociones pero casos como el reciente de Giordani y conversaciones sostenidas en diversos escenarios me confirman que todavía falta un mundo por hacer. La verdad, creo, ahí está buena parte del meollo.

Hay gente que cree que la macroeconomía existe, pese a Libia, pese a Siria, pese a Irak, pese a la balcanización, pese a Vietnam, pese a la chorrera de golpes de Estado en América Latina… y un largo y extenuante etcétera. Pese a las sanciones, bloqueos, pese a las dictaduras –con saldo de represión, desahucios y suicidios- que impone el FMI.

¿Falta más? Sí. Porque dicho esto, de inmediato se cree que la economía es una cosa y la política otra. Y no le bastó a Giordani vivir y escuchar como privilegiadamente le tocó a Chávez ¡qué desperdicio!, para salir del ministerio dando un sonoro portazo pataleando como un niño al que le han quitado el juguete. ¡Qué sinvergüenza! Para dárselo por cierto, a Ricardo Menéndez, quien junto a Chávez se desgañitó para que comprendiéramos en el 2007 durante la campaña por la Reforma, que perdimos por un pelo… la Nueva Geometría del Poder…[3]

Pero bueno, el punto es que con todo y tener al lado a Chávez el ministro del sombrerito para ir a pescar no entendió que el Arañero desbarató la supuesta macroeconomía imponiendo por encima de las relaciones económicas la política. A punta de palabra y relaciones, torció los planes del neoliberalismo. Desbancó a la clase «política» que iba a heredar la venta de PDVSA, negocio para el que fueron adoctrinados nuestros Chicagos Boys tropicales; rescató del foso a la OPEP, descarriló el tren del ALCA, sembró el mundo con la idea que hoy se hace realidad del poder multicéntrico y pluripolar [4], levantó, dignificó y descubrió el rostro de los pueblos del Sur, impulsó cambios electorales radicales, y, todo eso, haciendo un uso magistral de la palabra, es decir, de la política.

Con recetas macroeconómicas son imposibles el ALBA y PETROCARIBE, la Misión Milagro o Barrio Adentro. Con las recetas de los economistas es imposible entregar millones de libros escolares y computadoras. No hay recetas macroeconómicas que sostengan MERCAL. Y sin embargo, el pobre macroeconomista Giordani, veía seguro con asombro que hasta los índices macroeconómicos, con los que se mide en todo el mundo la desigualdad y la explotación, mejoraban en Venezuela, pero al revés… en beneficio de los pobres, aumentaba la igualdad y se reducía la explotación.

Por supuesto, al aumentar la igualdad se acrecen el racismo y el fascismo. Y al reducirse la explotación, aumenta la inflación (vía especulación: la forma que ha encontrado el odio de clase de los comerciantes –desclasados- para atacar al pueblo consumidor). Todo ello, en el marco de la guerra encubierta (o desembozada) de la clase «política» que debió heredar el poder y que por culpa ‘e Chávez se quedó con las ganas… y la arrechera.

Esa clase por supuesto no venía sola, se hacía acompañar de una caterva de «profesionales» formados para vivir parasitariamente de la renta petrolera en sus claustros universitarios, mientras las migajas de la mesa de las trasnacionales caían en los bolsillos de la oligarquía… Las llamadas tradicionales o autónomas están pues llenas de economistas, politólogos, juristas, historiadores, sociólogos, administradores, encargados de sostener las ficciones del capital como si en verdad se tratara de economía, política, derecho, historia, sociología, administración… [5] A esa raza de intelectuales pertenecen muchos que por estos días hablan mucho… y cuyos frutos están apareciendo sobre todo desde que a Maduro –por una causa sobrevenida- le tocó el turno al bate.

Yo soy del parecer de que con Maduro la revolución se ha radicalizado y por eso, las contradicciones son cada vez mayores.

No está de más recordar que sin la crisis del capitalismo mundial no se explica la situación en Venezuela, es decir, sin Ucrania, Siria, Irán o Irak, no se entiende el ataque global contra Venezuela y su revolución. El capitalismo – es decir, la minoría o el 1% que controla las trasnacionales- necesita seguir acumulando –en dólares- y no encuentra cómo… He ahí la raíz de su desespero.

Estoy convencido de que la oligarquía y la burguesía parásita no cejarán en su intento de apoderarse anti-económicamente de la renta petrolera (para entregarla claro está a sus «amigos del exterior»), y para eso harán lo que sea, incluida –por qué no- la destrucción de la infraestructura económica del país, aunque raquítica, incipiente e inmadura, e históricamente dependiente del Estado. El punto central es la conquista del petróleo. Lo demás importa un rábano.

Ese análisis político debería dejar sin piso cualquier análisis macro-económico. No entender eso, o pretender soslayarlo, es por decir lo menos, sospechoso.

¿Cómo evitar que los EEUU creen un Estado fallido y logren disponer de zonas protegidas por mercenarios exactamente donde se encuentren las reservas petroleras –entre otros recursos- los cuales tienen harto rato localizados? ¿Acaso no sabían lo que se encontraba en la Faja, que ellos llamaron Bituminosa para que no quisiéramos defender porque para qué dar la vida por barro más barato que carbón?) A las zonas controladas por ejércitos invasores, las acompañarán islas de confort («zonas verdes») las llaman, donde la clase «acomodada» seguirá viviendo en una burbuja a-política, consumiendo las noticias del mundo y los productos de la Polar y la Procter & Gamble más Zara y Bershka y sus colección de Otoño e Invierno. ¿Y los pobres, esa escoria (Burelli, dixit), esas ratas?, ¡qué se jodan!

La respuesta, queridos economistas, no es macroeconómica: es política. La forma de evitar ese escenario es impidiendo a toda costa la guerra civil, a la que nos han querido llevar desde hace ya catorce. La guerra civil supone –obvio- enfrentar a venezolanos contra venezolanos y para eso han sembrado de odio la psique colectiva. Han diseminado el racismo, la discriminación, la xenofobia. Las cotas de ese veneno no han desbordado la capacidad de amor y solidaridad del pueblo venezolano, de las cuales estamos dando muestras desde diciembre de 2002, desde el Paro empresarial y el Sabotaje Petrolero.

Ese mismo clima lo han intentado construir de manera masiva y brutal con las santamarías arriba (repitiendo con evidente sorna y satisfacción: «No hay»), con especulación, contrabando, acaparamiento. Quieren que nos desesperemos y creamos que por la vía de la violencia se pueden solucionar los «problemas». El pueblo sin embargo, no cayó en la espiral de la violencia generada por los ricos. El pueblo, sabio, aguantó la andanada. Los crímenes aislados los siguen juntando y los magnifican. Bandas de sicarios siembran el terror y desaparecen. Repito, harán lo que sea para arrastrarnos a escenarios de violencia descontrolada.

Decían que Chávez nos contenía. Ahora sin Chávez, ¿quién nos contiene? La conciencia, la paciencia pero sobre todo, la confianza en el gobierno. Los despechados como Giordani, demasiado viejos para que los manden (sin humildad y sin sabiduría… ¿vieron que las canas no significan nada?), deciden retirarse no sin antes contribuir a la campaña generalizada de descrédito contra el gobierno, exactamente como un niño malcriado. ¡Da pena ajena!

Nos contienen las ganas de paz y de seguir construyendo la Patria con trabajo y amor. Además, constatamos en la cotidianidad no sólo las dificultades -¡cómo ocultarlas-, sino lo que millones hacen-hacemos para preservar, fortalecer y acrecentar el Legado de Chávez. Entendemos que ahí, a ras de calle, los derechos fundamentales están siendo garantizados, que hay –lo más importante- voluntad política para garantizarlos, y que sólo un gobierno popular –es decir, nuestro- puede garantizarlos, que hay un despliegue nacional de voluntades hechas salud, comida, educación, vivienda, organización… Todo ciertamente, soportado en una renta petrolera distribuida con criterios ahora sí económicos, es decir, políticos, y no macro-económicos, capitalistas. A la inversión social y al Gobierno de Calle, el macroeconomista Giordani –desde su olímpica oficina- la llama dispendio, improvisación, caos, desastre. Al poder popular, vacío de poder.

Al presidente Maduro le ha tocado ser pragmático y ha ejercido el gobierno sometido a fuertes presiones, externas e internas. No ha sido fácil, ya nos lo advirtió Chávez aquel 8D-2012. Pero cuando leo «testimonios» como el de Giordani con el que el iluso pretendía pasar a la historia, me convenzo más de que la revolución cuando avanza muele y atrás va dejando el bagazo.

No pasarás a la historia Giordani por lo que hiciste en el gobierno bolivariano. Muy al contrario, por lo que hiciste justo al salir, al tirar la puerta y modular a tu modo la frase «Maduro no es Chávez» por la que se han ido conociendo progresivamente los salta-talanquera, y por darle pábulo al clima mediático de la oposición para intentar hacernos daño, pasarás al olvido. Te convertirás en polvo cósmico, sentencia que Chávez prodigó para todo aquel que quebrado y de forma egoísta pretende salvar su pellejo dándole la espalda al pueblo; sales pues, despedido por la fuerza centrífuga que imprime la revolución a los cuerpos sociales.

Chávez vivirá por siempre Giordani, y para tu reconcomio, Nicolás [νικη (niké) = victoria y λαος (laos) = pueblo, la Victoria del Pueblo] Maduro seguirá arrollando tus derruidos paradigmas macroeconómicos dignos de la chivera neoliberal.

Con tu pedigrí revolucionario, que sacaste a orear in extremis, coge tus bártulos y adiós.

[1] Les recomiendo leer «Althusser en su encrucijada» de Oscar del Barco. Lo pueden hacer desde http://148.206.53.230/revistasuam/dialectica/include/getdoc.php?id=41&article=46&mode=pdf

[2] François Houtart, La tiranía del mercado y sus alternativas, Editorial Popular, Madrid, 2001

[3] Sólo para recordar: http://www.tsj.gov.ve/informacion/notasdeprensa/notasdeprensa.asp?codigo=5388

[4] http://blog.chavez.org.ve/temas/noticias/impulso-un-mundo-multicentrico-pluripolar-es-cuarto-gran-objetivo-historico/

[5] Dice del Barco: «Las prácticas están encerradas, presas, en aparatos determinados (económicos, políticos, ideológicos, teóricos) que aseguran la reproducción de las instancias determinadas. La destrucción de tales aparatos y la liberación de las prácticas es algo que la burguesía no puede tolerar porque implica su desaparición como clase.» Ob. Cit., p. 11

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¿Es humor la política o es política el humor?


Publicado en la revista “Así somos” #14 / Agosto – Septiembre de 2012


Precisamente de la calle, de las formas más simples y llanas del habla común es de donde ha surgido siempre esa expresión franca, abierta y desenfadada, de la personalidad caribe que nos caracteriza de manera raigal a lo largo del tiempo y que en la formalidad semántica se conoce como “sentido del humor” (casi en el extremo de lo estrictamente biológico), convertido en auténtico rasgo cultural que se recicla y regenera de manera persistente en el tiempo a medida que avanza la sociedad, como parte de un inescrutable engranaje de fenotipos, giros lingüísticos, mitos y leyendas urbanas y del campo, la literatura, la tradición oral y las expresiones artísticas, entre otros, que terminan a la larga por conformar nuestra raza fiestera por antonomasia. Habría que preguntarse, por ejemplo,  ¿qué sería de la cultura nacional si no existiese Joselo?

¡Bochinche, bochinche, bochinche!

De allí, también de la calle, es de donde surge el arte de la política, definida en términos platónicos como la expresión del “ser gregario”. El Estado burgués, en convivencia con las más acartonadas academias, ha pretendido revestir con el rígido manto de la solemnidad y el protocolo los eventos y pasajes de nuestro devenir histórico para separar a la sociedad de las instancias del poder político.

Un recurso, quizás, de esa decadente institucionalidad que procuró desde siempre su perdurabilidad cultivando más el temor a la autoridad que el bien entendido respeto al poder establecido. Cada vez que se ha roto esa solemnidad y se ha despojado de protocolo a la política, el resultado ha sido invariablemente la evolución del pueblo. Prueba irrefutable de ello es sin lugar a dudas la serie de eventos que marcaron el 19 de abril de 1810, los inicios de la patria. Con una lectura ampliada de aquellos sucesos resultará perfectamente comprensible que el gobierno de un poder imperial, como lo era el de España para entonces, fuera derrocado por la simple ocurrencia de un monje benedictino de hacer mofas a espalda de la autoridad suprema para que la gente gritara “¡No!” a su dilemática consulta en el primer balcón del pueblo que recuerde la historia.

Con toda seguridad de ahí deriva de manera directa el tan irrespetuoso y chocante hábito de dibujarle cachos con las manos por detrás de la cabeza a los pendejos de la fiesta en el momento de la foto en grupo.

La historia registra que, enfrentado a la tragedia del proyecto libertario apenas en su más temprano inicio (tragedia que consistió nada más y nada menos que en su detención y destierro hacia España), Miranda no recurrió a las expresiones castellanas de uso correcto que pudieran explicar cabalmente su objeción a la forma desatinada como se resolvían los asuntos de la patria que nacía, tales como: “irresponsabilidad”, “improvisación”, “inconveniencia”, “imprudencia”, “error”, “torpeza” o “barbaridad”, sino que, más bien, apeló sin titubeos de ningún tipo a un contundente y gráfico “¡Bochinche, bochinche, bochinche!”, que con toda seguridad estaba referido más al carácter jodedor de la gente en aquella incipiente sociedad que al carácter estrictamente organizacional del asunto. Así, precisamente (“¡Buenas noches cuerda ‘e jodedores!”), es como se presenta hoy ante el público el famoso Conde del Guácharo.

La naturaleza humorística de la política

No habría espacio en esta breve reflexión para comentar la infinita lista de situaciones en las cuales a lo largo de la historia se constató siempre la naturaleza humorística de la política en el país, ya fuese en forma intencional o no, porque esto es una revista y no una enciclopedia. Sin embargo, hay que ocupar, obligatoriamente, unas líneas en algunos casos particulares de esa constante relación indisoluble entre el humor y la política a lo largo de nuestra historia, para demostrar cómo, en efecto, debemos hablar de una relación en la cual ni los actores o su circunstancia, ni el discurso o su ideología, ni la ocasión o el escenario, han permitido establecer jamás una clara y definida diferencia entre lo uno o lo otro. Ni tampoco todo lo contrario, por supuesto.

No hablaremos pues en estas líneas de las magníficas generaciones de cultores del más refinado e inteligente buen humor criollo que fueron apareciendo siempre en el país con las distintas circunstancias políticas sucedidas a través del tiempo (guerra federal, revolución restauradora, dictadura gomecista, lopecismo, etc.) porque toda síntesis al respecto sería, si no un irrespeto, por lo menos un mateo. Y además, porque seguramente ya hay gente seria escribiendo con verdadera propiedad sobre todas ellas en esta misma edición.

Uno de los casos que debemos mencionar aquí, sin lugar a dudas, es el de la repentina demencia del doctor Diógenes Escalante, candidato del medinismo a la presidencia de la República en 1945, quien apenas a meses antes de las elecciones en las que era considerado como el vencedor indiscutible, se le presentó al doctor Ramón J. Velásquez (entonces secretario de la Presidencia) nada más y nada menos que encorbatado pero sin ninguna otra prenda de vestir, listo para trasladarse a Miraflores, en semejante facha, para asistir a una reunión de trabajo con el Presidente.

Definitivamente tiene que haber sido muy incómodo para el ciudadano común de aquella Venezuela conservadora que todavía éramos, enfrentarse al compromiso de tratar de comentar en serio un asunto tan escandaloso como ese en medio de cualquier reunión, incluidos los velorios. El humor tiene que haber sido la fórmula de salvación ante tan difícil coyuntura.

Otro, el del incruento atentado en Los Próceres contra Rómulo Betancourt, el 24 de junio de 1960. No por el drama que tanto para él y su familia, como para la familia del coronel Armas Pérez, jefe de la Casa Militar fallecido en el intento de magnicidio, significó ese episodio, sino por la vuelta que le dio el pueblo cuando el presidente aparecía al día siguiente frente a las cámaras para decir que estaba vivo pero con las manos, heridas por las llamas, completamente vendadas. La ironía afloró de inmediato en la mente de los venezolanos porque semanas antes del suceso Betancourt, estentóreo y apocalíptico como era, habría pronunciado la lapidaria frase: “¡Que se me quemen las manos si he tocado alguna vez el dinero del erario nacional!”. Desde aquel preciso instante, y hasta el día de hoy, no se ha sabido de nadie que haya logrado la fórmula de referirse al asunto sin soltar una estruendosa carcajada.

Y, finalmente, uno que Walter Martínez describiría tajante como “un acontecimiento en pleno desarrollo”, como lo es el del maniático empeño de la oposición venezolana en lo que va del siglo XXI, de escoger como candidatos a la presidencia de la República a frustrados cómicos de lastimosidad que les van apareciendo por el camino (y jamás de la lucha social o política de ningún tipo) y que usurpan con maestría prodigiosa el rol de pensadores políticos de derecha a partir de una inusual e inexplicable destreza natural para la imbecilidad y la torpeza que tan perfectamente le agradan a la pequeña, mediana y alta burguesía criolla.

¿Por qué ese empeño de endiosar la estupidez y la ignorancia alcanza niveles de tan frenética pasión entre el majunchismo nacional? Es algo que está por verse. Lamentablemente la ciencia todavía no llega a dominios tan hondos ni tan exactos de exploración de la corteza cerebral de los primates domésticos.

Manuel Rosales, expresión viva de esa manía escuálida del culto al disparate, logró como nadie superar lo insuperable de Enrique Mendoza (primo hermano ¡casualmente! de Capriles Radonski, de María Corina Machado y Leopoldo López), en cuanto a su fenomenal capacidad para el dislate y el desacierto con frases como: “Margarita es una isla rodeada de agua”, “El 12 de abril yo firmé fue una lista de invitados”, “Ni con el barbudo ni con el imperialista (…) haremos negocios con todo el mundo (…) pero ni un barril (de petróleo) más a Cuba”, “Nosotros repartiremos la propiedad privada”, “Si a mí me matan y me muero, responsabilizo a este gobierno”, “Nosotros vamos a mejorar la inseguridad”, “Yo no me voy a dejar seducir por cantos de ballena”, “No hay que pedirle peras al horno”, solo por nombrar algunas.

El pueblo y la política

En cada uno de esos casos, como en todos a lo largo de la historia, el ingenio y la picardía del venezolano, sin ser jamás reconocidos por esas élites políticas chapuceras como actores fundamentales que eran (y que son hoy más que nunca en el pasado), fueron determinantes en el curso de los hechos. Los protagonistas de la infinidad de bochornos que marcaron nuestro devenir fueron los políticos. El pueblo, con su proverbial sentido del buen humor, lo que hizo fue reírse de la irresponsable actuación de cada uno de ellos y generar a partir de ahí la larga serie de maravillosas obras del humor criollo que hoy constituyen sin duda uno de los más valiosos activos culturales de la nación.

Aquella élite política que debió haber sido la institución sobre la cual se asentara la democracia ejemplar con la que supuestamente construiríamos la patria, además de entreguista, negligente, tránsfuga y corrupta, fue en esencia solo una ensarta de trapisondas, entuertos y disparates, entre lo trágico y lo cómico, que se nos vendía como seria y respetable pero que en verdad no era sino tarambana y desordenada. Un antiguo dicho popular, escatológico si se quiere pero perfectamente bien logrado, lo define de manera por demás gráfica y profundamente reveladora, y resume a la vez el espíritu de fondo de este planteamiento: “Cara seria; culo rochelero”.

¿Habría habido forma de responder con rectitud o solemnidad alguna al flamante “¡Tú a mí no me jodes!” de aquel patético expresidente del hábito etílico? Difícilmente. De haberla habido, el pueblo, en su inmensa sabiduría, la habría encontrado hace tiempo. Fue el pueblo, y será cada vez más el pueblo en la medida en que se consolide el proceso liberador que comprende la revolución bolivariana, el que demostró siempre que el humor era la única forma honesta de ejercer la política, sin celadas, dobleces o ambages acomodaticios, en un país cuyos políticos no se cansaban nunca de hacer el ridículo y provocar risa entre la gente con sus torpezas, sus perversiones y sus desatinos, trastocándose así la naturaleza de las cosas para terminar convirtiendo la política en humor y asumiendo el humor el rol de orientador del rumbo correcto de la patria que le correspondía a la política.

Hoy sus generaciones de relevo, como una terrible exclamación de desespero ante el drama que sus predecesores les construyeron como patético legado de ineptitud, solo aciertan a medio balbucear entre panas un doloroso “¡Me iría demasiado!”. Mientras, aquel pueblo, entonces oprimido y sin esperanzas, se levanta hoy alegre y vital, con una clara noción de la patria y de su lealtad hacia el líder de la revolución bolivariana.

Por eso el llamado de Chávez al Conde del Guácharo debió entenderse en su oportunidad no como una genial e irreverente ocurrencia del comandante en medio de una improvisada transmisión en vivo, sino como una expresión de su agudeza y sentido del tino político que le ha caracterizado siempre, como rasgo de su indiscutible capacidad de comunicación con el pueblo.

Ciertamente resulta lamentable que se haya perdido la ocasión de competir de nuevo contra el Conde. Con esa tan sacra seriedad con la que Capriles lleva adelante su campaña ni se entretiene ni se logran votos en este país. El viejo dicho popular así lo establece. Mucho menos ahora, que es sobrino octavo del Padre de la Patria… ¡Na’ guará!