70 años de una gran mentira

– Publicado en Últimas Noticias el 09 de mayo de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Hollywood, la más poderosa máquina de propaganda concebida por el ser humano en toda su historia, ha producido miles de películas en los últimos setenta años en cuya trama se le ofrece al espectador una muy estudiada versión del triunfo de la segunda guerra mundial en la cual los Estados Unidos resulta vencedor de aquella gran conflagración.

Producciones, como “La vida es Bella”, “El día más largo”, “Rescatando al soldado Ryan”, “Patton”, o hasta el mismísimo “Capitán América” en todas sus versiones, han hecho alarde de manipulación de la historia a través del tiempo colocando siempre como la imagen del triunfo (y con ello como el fin de la guerra) la entrada del ejército norteamericano en las ciudades liberadas bajo una gran ovación de la gente.

De ahí que resulte lógico que una reciente investigación llevada a cabo en Europa, haya arrojado que la mayoría de los jóvenes del viejo continente, en correspondencia con ese discurso cinematográfico, aseguren que quien acabó con el poderío nazi fue el ejército norteamericano.

Por eso la importancia de los eventos de conmemoración del septuagésimo aniversario de la Victoria Patriótica que se llevan a cabo hoy en Rusia, a los cuales asiste el primer mandatario venezolano Nicolás Maduro. Rescatar la verdad histórica es un compromiso impostergable para los revolucionarios de este tiempo, no solo por la justicia que se hace con los más de veinte millones de soviéticos que dejaron su vida en aquella contienda para salvar a la humanidad, sino porque es una obligación dejar al descubierto que es bajo esa misma manipulación mediática con la que ha engañado desde siempre para tratar de robarse un triunfo que no le corresponde ni le correspondió jamás, que el imperio norteamericano pretende imponer hoy su perverso modelo de democracia tutelada.

Si algo debe ser importante para los pueblos que luchan por su verdadera independencia, no solo en Latinoamérica sino en el mundo entero, es la conquista de esa poderosa herramienta del conocimiento que son los medios de comunicación para ponerlos al servicio de la verdad, la justicia y la igualdad social.

Un buen paso es el que da Rusia en la reivindicación de su extraordinaria victoria sobre el fascismo. Algo que nuestros pueblos todavía tienen pendiente. Por eso está allá nuestro presidente obrero.

@SoyAranguibel

Por un puñado de dólares

– Publicado en el Correo del Orinoco el 26 de enero de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La influencia del medio de comunicación capitalista y su contenido profundamente enajenante no puede ser desconectada en modo alguno de la crisis que padece hoy la sociedad venezolana, que no solo atraviesa por una difícil coyuntura inducida por la especulación y el sabotaje económicos sino por una perturbación emocional masiva sin precedentes en nuestro país.

Quienes han desatado la guerra económica que ha colocado a nuestro pueblo en la humillante condición que significa verse forzado a hacer cola por comida en la desesperada creencia de que todo se acabará mañana, saben perfectamente que su activo fundamental en su propósito desestabilizador es el poder alienante de los medios de comunicación. La falta de discurso y de liderazgo político en ese sector hace que el mensaje del medio de comunicación adquiera una relevancia determinante en su lucha por reinstaurar el modelo neoliberal en el país.

¿Por qué arrecia hoy con tanta fuerza esta guerra mediática contra el proyecto de justicia e igualdad social que comprende la revolución bolivariana?

Porque el Comandante Chávez y su excepcional capacidad comunicacional no es ya, según ellos, el eje sobre el cual gravita el juego político venezolano. Para la derecha, la desaparición física del líder de la revolución es principalmente la oportunidad de retomar y relanzar el poder comunicacional que vio disminuido sustancialmente desde el arribo a la escena política del comandante aquel mediodía del 4 de febrero de 1992, cuando con apenas un mensaje de 169 palabras el entonces teniente coronel hizo tambalear las férreas estructuras del poder establecido y partir en dos la historia política contemporánea en nuestro país, demostrando que el enemigo de esos sectores oligarcas que detentaron desde siempre el poder iba a ser de ahí en adelante la capacidad comunicacional del líder que con aquella histórica insurrección estaba naciendo. Sabían, por supuesto, que no se trataba de un militar o de un político más, sino de un gran comunicador con inusual capacidad para la movilización de las masas.

El comandante Chávez, valoró desde siempre ese inmenso poder del medio de comunicación. Por eso le temían. Pero a diferencia de la lectura convencional que del mismo se hace desde la derecha, su comprensión fue la de quien concibe el mensaje como el instrumento de poder mediático y no el medio en sí mismo (como de manera tan perfectamente conveniente a la lógica de la dominación hegemónica burguesa propusiera en 1967 el comunicólogo canadiense Marshall McLuhan, cuya sentencia “El medio es el mensaje”, que hasta en las esferas del pensamiento progresista llegó a considerarse en algún momento como una propuesta esencialmente revolucionaria, no tenía ningún otro propósito que el de la legitimación de la dominación planetaria de las grandes corporaciones capitalistas que han impuesto al mundo su particular visión del universo a través del medio radioeléctrico). Sin lugar a dudas en ello radicó siempre la fortaleza política de quien supo conectarse directamente con el pueblo como nunca antes pudo lograrlo político alguno en la historia. Con su filosofía de la inclusión social como centro de su propuesta política, Chávez demostró que el mensaje era el pueblo y no el medio. Una sustantiva diferencia conceptual ideológica con lo que encarnó siempre el modelo neoliberal que precedió al proyecto bolivariano. De ahí que los viejos “paquetazos” económicos son desde entonces solo un mal recuerdo de ese oprobioso pasado de exclusión social y una añoranza perpetua de esa derecha terca y tozuda que insiste, a costa de su propio exterminio, en reinstaurar en el país un modelo universalmente fracasado como el neoliberal.

La fábula del bienestar económico que generaría ese modelo neoliberal en una economía emergente como la venezolana, es derribada de plano por la incontestable inviabilidad del mismo en las economías avanzadas de los países altamente desarrollados, que cada día se ven más urgidos de la aplicación de recetas del FMI y del Banco Mundial para medio sufragar el inmenso costo de la acumulación de riqueza en pocas manos y de soportar el hambre y la miseria que a su paso dejan las políticas de exclusión social por las cuales se rigen.

En ello, el poder comunicacional para ocultarle al pueblo esa patética realidad de la filosofía capitalista de la explotación del hombre por el hombre, encantarle con la ficción del lujo y del confort como aspectos indispensables para la vida, y venderle la farsa de las inagotables oportunidades para el progreso del pueblo bajo los principios de la burguesía, es determinante. Hacerle pensar al pobre con la mentalidad del rico es el objetivo fundamental del medio de comunicación hoy en día en la sociedad de consumo. Sin esa cultura del desclasamiento que impacta a la sociedad cada vez con mayor intensidad y saña, los sectores hegemónicos perderían su poder de dominación sobre las masas, alienadas y sometidas como todavía están por los antivalores del consumismo. Tanto así que es perfectamente posible afirmar que de no existir hoy los medios de comunicación (cuyos intereses y principios, como es obvio, son diametralmente opuestos a los del pueblo) hace mucho rato habría dejado de existir el capitalismo, al menos en la forma culturalmente invasiva y enajenante en que hoy lo conocemos.

Hacerle creer al pobre que en la operación de compra y venta especulativa de artículos y alimentos de primera necesidad existe una oportunidad expedita para alcanzar la prosperidad, aún a sabiendas de que con su actuación generará un gigantesco malestar social y una profunda distorsión económica que pondrá en riesgo al único proyecto factible de redención popular que conocerá el pueblo en toda su vida, es uno de los más grandes crímenes que un sector puede cometer contra una sociedad y contra una nación. El otro, es secuestrar esos alimentos y esos artículos de primera necesidad para desatar una inusual y delirante sobredemanda que dispare los precios del mercado para promover con ello el estallido social al que insensatamente aspira para saciar su sed de riqueza. Más aún cuando se constate que ni ese pobre saldrá de la miseria mediante esa absurda operación, ni ese sector capitalista que lo engaña desde el medio de comunicación y que lo hace padecer con el acaparamiento y con la usura obtendrá tampoco beneficio alguno cuando la crisis económica creada por su actuación criminal e irresponsable surta sus efectos devastadores para el país en su conjunto.

En la razón perversa del contenido mediático la propuesta de Hollywood para inculcar la adoración al dinero sin el más mínimo miramiento al honor, a la dignidad, a la solidaridad o a la honestidad, ha sido persistente a través del tiempo.

Ejemplo palpitante de esa concepción de la inmoralidad por encima de cualquier otra cosa, es sin lugar a dudas el film “Por un puñado de dólares” (1964), de Sergio Leone, cuya trama es precisamente la disyuntiva a la que es sometido el personaje principal, Joe (Clint Eastwood), entre trabajar a sueldo para una familia o para otra por el control de un pueblo perdido en la orfandad del más árido desierto, terminando por aceptar pagos de ambos bandos para exterminarlos luego sin compasión alguna.

Akira Kurosawa, quien llevó a tribunales a Leone aduciendo plagio de su obra Yohimbo (1961), diría mucho después que se sentía complacido con la película que lanzó a la fama a Eastwood, a Leone y al género mismo del llamado “spaghetti western”, y que creó toda una cultura del cine de culto de los llamados “hombre sin nombre” que se desarrolló desde el John Wayne de los años ‘50s hasta el Bruce Willis de nuestros días con la misma impúdica exaltación de la deslealtad, la inmoralidad y la codicia como único norte, porque según él “a la larga logró recaudar mucho más dinero con el plagio que con la obra original”.

Una sociedad expuesta por décadas a tan demencial lógica y sometida a la crudeza de una guerra sicológica como la que el imperio norteamericano y sus lacayos desatan hoy contra nuestro pueblo a través de sus corporaciones y sus medios de comunicación, terminará siempre por padecer el infortunio de un sector cruel y desalmado al que no le importa en lo más mínimo el sufrimiento de un pueblo ni el futuro de su país, solamente por el vano goce que ansía encontrar en un mísero puñado de dólares.

@SoyAranguibel

El Planeta de los Gringos: La confrontación

Correo del Orinoco 11 de agosto de 2014

Por: Alberto Aranguibel B.

A principios de 1968 el mundo entraba en una fase de convulsión social como no se experimentaba desde finales de la Segunda Guerra Mundial, principalmente atizada por la desmedida crueldad ejercida por el ejército imperialista de los Estados Unidos de Norteamérica contra el gallardo pueblo de Vietnam.

Luego de la masacre perpetrada ese año por los gringos al finalizar la celebración del año nuevo vietnamita, cobrándose la vida de al menos 40.000 seres humanos en una sola operación, la “Ofensiva del Tet”, se pudo conocer el verdadero horror oculto tras la intensa campaña propagandística articulada por el imperio y sus corporaciones mediáticas en el mundo entero. Cientos de miles de civiles, mujeres, ancianos y niños, habían sido sistemáticamente asesinados en operaciones similares, como la de My Lai, donde el comportamiento del ejército gringo fue exactamente igual al del ejército nazi, que el mundo acababa de destruir apenas unas dos décadas antes en nombre de la libertad.

Las protestas que por diferentes razones estaban manifestándose en diversos escenarios desde hacía meses, y que encontraron su punto más álgido en el estallido social que se produce en Francia a mediados del mes de mayo, repercutiendo en movimientos similares en Europa, América Latina y hasta el mismo Estados Unidos, terminaron solidarizándose con la idea antiimperialista que fue cobrando cuerpo en dichos movimientos, desatado ya desde principios de aquella década por la revolución cubana, convirtiendo en un verdadero dolor de cabeza para los Estados Unidos aquella idea de libertad por la cual el imperio decía luchar.

La respuesta de Hollywood, la más poderosa máquina de propaganda jamás conocida por el ser humano, a toda aquella efervescencia social que ponía en peligro la supremacía política del imperio, fue la realización de tres filmes emblemáticos de la época, caracterizados todos por el mismo propósito desmovilizador social subyacente en cada uno de ellos.

“2001; Odisea del Espacio” rescata en 1968 la vieja e intrascendente novela de ciencia ficción de Arthur C. Clarke, El Centinela, para presentar de la manera imponente como el cine nunca antes hubiera logrado, el tema de la “inteligencia artificial” como la peor amenaza para el ser humano. De ahí en adelante, todos los enemigos de la humanidad, según Hollywood, serán siempre los más perversos científicos o las naciones con tecnología avanzada o superior, colocada siempre por ellos al servicio del mal y del cual solo los grandes héroes norteamericanos podrán librar al mundo en cada caso.

Alternativamente, se presentaba aquel año de 1968 el inicio de una de las sagas fílmicas más absurdas concebidas por el ingenio cinematográfico, como es la de “El Planeta de los simios”, basada en la novela homónima de Pierre Boulle publicada en 1963, cuya inspiración sin lugar a dudas es el mismo planteamiento de Orwell en su pequeña obra “Rebelión en la granja” de 1945, según el cual una clase inferior no puede tomar las riendas del poder sino para imponer la más horrenda y feroz tiranía.

“Las Fresas de la Amargura”, un modesto esfuerzo cinematográfico cuyo propósito era mostrar la inevitable sumisión a la que están destinados los rebeldes de la sociedad bajo el poder de los cuerpos de represión del Estado, completaba el trío de películas con las cuales la máquina de propaganda gringa intentaba aplacar las corrientes antiimperialistas a finales de los 60’s, colocándolas como inspiradas por ideas frugales y sin justificaciones de fondo.

Tres planteamientos, en apariencia inofensivos y sin significaciones ocultas, se resumen inequívocamente en una sola filosofía persistente hasta nuestros días en el discurso mediático hollywoodense, que sirve al imperio norteamericano para avanzar cada vez con más fuerza y sin discriminación alguna en su empeño por acabar ya no solo con líderes o gobiernos del mundo que no le son afectos, sino con naciones y hasta civilizaciones enteras, en su afán de dominación planetaria.

La idea según la cual los pobres, la clase inferior en el capitalismo, o las naciones del tercer mundo, no deben acceder a los avances de la ciencia y de la tecnología porque ello acarrearía riesgos de destrucción para la humanidad, en virtud de lo cual todo intento en esa dirección deberá ser aplacado por las fuerzas de seguridad que garantizan la libertad en el planeta, es hoy la filosofía que explica la desfachatez y el cinismo conque el imperio norteamericano avala genocidios como el de Israel contra el pueblo palestino o toma la decisión de ordenar el lanzamiento inmisericorde de bombas sobre poblaciones enteras en Irak mediante el uso de aviones no tripulados, a la vez que financia desestabilizaciones en el mundo entero.

“El Planeta de los simios”, en el que la inusual inteligencia de unos seres inferiores despiadados y sin alma es usada para desatar el más brutal odio hacia los seres humanos, es exactamente la imagen que el imperio norteamericano ha querido vender al mundo a través del tiempo, de todos aquellos pueblos que en algún momento deciden organizarse para luchar por su independencia y su soberanía. La clase y la categoría del presidente de los Estados Unidos, cualquiera que sea (incluso si es afrodescendiente), representa el poderío de una nación cuya nobleza, sus conocimientos y su ciencia, son legítimos y provechosos para el ser humano, porque están puestos al servicio de la libertad y en contra de la barbarie que los pueblos “inferiores” encarnan.

Nadie deberá preguntarse entonces en el mundo por qué un sanguinario criminal como el Primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, es exonerado en la justicia internacional de los juicios que se le siguieron a los nazis en Núremberg durante la posguerra, o a Sadam Huseim luego de la caída de su gobierno, o las condenas públicas y el linchamiento a Benito Mussolini o Muhammar Kadafi, cuyos procesos políticos, completamente diferentes, no merecieron ni siquiera un juicio sumario.

Nadie deberá cuestionar la barbarie de un genocidio cometido bajo la excusa de la destrucción de unos túneles que perfectamente pueden ser destruidos del lado israelí de los mismos, si es que en efecto el propósito fuese el de evitar la infiltración subrepticia de palestinos terroristas en territorio de Israel y no como dicta el sentido común, que son túneles para buscar la comida que el criminal cerco les tiene vedada. No es posible creer de manera sensata que un pueblo muerto de hambre y sin medicinas, usará cualquier vía de escape para ir a colocar bombas en vez de usarla para alcanzar el alimento que necesitan sus hijos.

Nadie deberá sugerir tan siquiera la más remota posibilidad de que el pueblo palestino, o el sirio, o el iraní, o el libio, o el venezolano, tengan derecho a su territorio y a su autodeterminación. El cine norteamericano estará siempre ahí para establecer la naturaleza contranatura de tales principios cuando de pueblo soberano alguno se trate.

Por eso asistimos una vez más al incierto espectáculo de una nueva versión de la archiexplotada saga de esa oscura sociedad distópica que Hollywood presenta hoy en la pantalla de todas las salas de cines del mundo. “El planeta de los simios: la confrontación”, estrenada mundialmente el 11 de julio de 2014, justamente al inicio de los rebrotes de violencia en Egipto, en Irak y en la Franja de Gaza, es el retorno a un discurso que a través del tiempo se reedita, cada vez con mayor fastuosidad e imponencia, para intentar convencer a los humildes, a los excluidos de siempre, a los más pobres de la tierra, de la inevitabilidad de su triste destino de sometimiento y de opresión bajo el yugo de un capitalismo salvaje y de un imperialismo cruel y sanguinario que se ocultan cobardemente tras el deslumbrante resplandor de las pantallas de cine.

Solo faltará saber si el despertar de la conciencia de esos pueblos, como el bolivariano, se los permitirá.

 

@SoyAranguibel

Nicolás y el Hombre Araña

20130921-091111 a.m..jpg

Publicado en Últimas Noticias el 21/09/13

La mención hecha por el Presidente de la República a un personaje de las mal llamadas “tiras cómicas”, que de cómicas no tienen sino el término, es motivo del más repugnante choteo por parte del antichavismo visceral que corroe a la oposición venezolana, como si del ataque de un perro a la luna se tratara.

De esa gente hay que esperar conductas así de miserables porque es de ellos de quienes precisamente habla el Primer Mandatario cuando se refiere al daño que en general causa el contenido mediático a la psiquis de la población, no solo en nuestro país sino en el mundo entero.

Ya hoy resulta imposible desde todo punto de vista negar la influencia perniciosa de la violencia cinematográfica en la vida de la gente, como lo reflejan las particulares formas delictuales que van apareciendo en la sociedad contemporánea, casi siempre calcadas a la exactitud con lo que recrea, cada vez con mayor perfección, crudeza y realismo, el cine de Hollywood.

El presidente Maduro ha visto con claridad este perverso fenómeno de la “educación” en la violencia al que es sometida la población, y ha puesto apenas un solo ejemplo de los miles de personajes fastuosos que inundan hoy las pantallas de TV y de las salas de cine con su siniestra carga de antivalores.

El más simple análisis crítico permite demostrar de manera irrefutable cómo el cine es hoy en día una de las más poderosas armas de promoción de violencia asociada al ideario imperialista de dominación y sometimiento de los pueblos soberanos del mundo, ya no solo a través del degradante y absurdo contenido de las historietas de superhéroes, sino por medio de la vasta categorización de personajes y situaciones de todo tipo a los que recurre sin pudor alguno la industria cinematográfica para difundir de manera velada o abierta, pero siempre muy bien desarrollado, su discurso prohegemónico.

Se trata de un gran ejército cuyo poder de fuego para generar desmovilización social no surge de las armas convencionales, sino de la fuerza devastadora de las imágenes y los efectos más glamorosos. De ahí la importancia de otorgarle cuanto antes a este tema la mayor atención y relevancia, en el marco de una revolución que se asume transformadora y muy principalmente liberadora, al servicio del verdadero interés del pueblo.