¿Existe en verdad una oposición política en Venezuela?

Por: Alberto Aranguibel B.

Más allá de la incongruencia que resulta el hecho de que un sector de la población venezolana que se dice opositora acuse de incompetente al gobierno del cual ella misma forma parte en ministerios, gobernaciones, alcaldías y demás organismos públicos del Estado, en los cuales tiene participación y responsabilidades en la mayoría de las políticas que cuestiona.

Más allá de la insensatez opositora que comprende reivindicar como símbolo de lucha contra una ficticia dictadura una Constitución negada furiosamente por más de tres lustros por esa oposición, y cuyos promotores (de la Constitución) son exactamente los mismos revolucionarios a quienes acusa de dictadores.

Más allá del demencial exabrupto que significa oponerse en forma frenética a una elección por la cual esa misma oposición recorrió el mundo entero implorando por “libertad” y “democracia”, y que la llevó a tomar las calles para incendiar vivos a seres humanos que supuestamente representaban al gobierno que, según el discurso opositor, impedía la realización de esa elección por la cual tanto luchaban.

Incluso más allá del desquiciado hecho de denunciar como fraudulenta una elección que todavía no se ha llevado a cabo, y a la cual acusa de ventajista por el vergonzoso percance opositor de no haber encontrado entre ellos mismos una figura de consenso que pudieran presentar, para terminar conformándose con un candidato de relleno con el cual hay más desacuerdos que afinidades, la oposición venezolana podría ser definida como cualquier clase de fenómeno sociocultural, pero jamás como un actor político.

La llamada oposición venezolana, además de insustancial, contradictoria e incoherente, como ha sido siempre, ha rehuido de manera sistemática toda posibilidad de identificación con corriente de pensamiento alguno que permita definir con claridad su ubicación en el espectro ideológico.

No existe en los anales de la teoría política el caso de ningún movimiento, organización o agrupación partidista, que asuma como doctrina una propuesta discursiva basada exclusivamente en la difamación y la acusación infundada contra el adversario político, como es el caso de la oposición venezolana. Ni siquiera en las circunstancias en las que la confrontación entre facciones adversas pasó de lo racional a lo violento, como sucedió, por ejemplo, en la guerra de independencia venezolana, donde, a pesar de la crudeza e imprevisibilidad cotidiana del combate, el desarrollo de las ideas del Libertador no cesó ni un instante en su admirable profusión y alcance como pensador y genio de la política.

Una muy particular excepción a la elemental norma de la coherencia y de la sustentabilidad ideológica que debe regir a todo movimiento político, podría ser el caso del insólito “Movimiento Anarquista Organizado”, que en alguna ocasión me topé en la ciudad de Valparaíso, en Chile, porque es perfectamente comprensible que sin una mínima disciplina incluso los anarquistas están condenados al más estrepitoso fracaso.

Aun así, en la incongruencia puede haber legitimidad. La diversidad de las ideas no tiene que ser entendida de ninguna manera como insustancialidad o inconsistencia. En el espacio de la pluralidad ha existido a lo largo de la historia la extensa panoplia de corrientes políticas que surgieron desde la ultra izquierda más recalcitrante hasta la ultra derecha más reaccionaria, pasando por todas las formas de centralismo político que se han conocido.

Pero la autodenominada “oposición venezolana”, revisada escrupulosamente bajo el tamiz de la teoría política, no encaja, ni con mucho, en ninguna de esas variaciones o corrientes ideológicas. Que la denominación de “oposición” sea la más cómoda en términos lingüísticos, es una cosa. Que lo sea en verdad, otra muy distinta.

Cuando se examina con detenimiento el discurso opositor a lo largo de los últimos dieciocho años, se encuentra sin la más mínima dificultad que la ley física que más expresa a la oposición es aquella que enuncia que dos ondas opuestas terminan por anularse mutuamente a medida que aumenta su desfase.

La oposición no ha hecho otra cosa que anularse una y otra vez en cada escenario del debate que ella misma ha planteado en algún momento. En 2001 se opuso furiosa a la extensión de la apertura del registro electoral, aduciendo razones insustanciales. Un año después (el mismo año en que eliminaba en el decreto dictatorial de Carmona todos los cargos de elección popular en nombre de la democracia) protestaba por el cierre de ese mismo registro acusando al gobierno de cercenarle el derecho de inscripción a los nuevos votantes. La octava estrella en el Pabellón Nacional fue otro motivo de aguerridas manifestaciones opositoras que se anularon con el beneplácito por su gorra de ocho estrellas. El repudio al captahuellas en un primer momento, quedó en el olvido a la hora de acusar al gobierno de querer eliminarlo. Hoy piden a gritos que el gobierno imponga los controles de precios a los que se opuso toda la vida y pega el grito en el cielo por una inflación que ellos mismos promovieron desde Miami.

Tal como lo advirtió siempre el comandante Chávez, ideológicamente hablando la oposición es completamente nula. Es “la nada”, según las palabras exactas del líder máximo de la Revolución.

Ahora, si no se comprende que el descalabro actual de la oposición, es sin lugar a dudas un momento de excepcional oportunidad para la Revolución en términos ya no simplemente electorales sino en razón del extraordinario triunfo que significa ver difuminada a una derecha canalla que no cejó ni un segundo en su empeño por intentar exterminar al chavismo, y cuyas profundas divisiones y conflictos internos no son sino el reflejo de la derrota abismal de un sector que se hizo aparecer a sí mismo como el poderoso contendor que estaría siempre a punto de lograr acabar con la revolución, entonces no estaríamos haciendo nada confrontándolo con tanta tenacidad si llegado el momento del verdadero avance no hacemos valer el triunfo como corresponde.

En este aspecto, la Revolución Bolivariana ha mostrado serías debilidades en términos de comunicación política.

Seguir hablando todavía hoy en todos los noticieros, los programas de opinión, en los discursos oficiales y en las declaraciones de los partidos revolucionarios, de una Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que no existe, es una demostración más que innegable de esa recurrencia en el comunicacional, que quizás no tenga tanta importancia desde el punto de vista meramente semántico, pero que sí la tiene en lo que se refiere a la posibilidad cierta de consolidar la paz de la que es partidaria la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos, porque de no ser así solo reforzamos la equivocada percepción que muestra a Venezuela en el mundo como un atolladero de conflictividad política irremediable, estancado, y sin esperanza alguna de superación ni siquiera en el mediano plazo.

No se trata de desconocer con triunfalismos insensatos (como hace la oposición con el chavismo) la innegable existencia de un sector del pueblo que es opositor y que, sin llegar ni de lejos a ser mayoría, existe y se expresa, tal como lo consagra y garantiza la revolucionaria Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Pero ese pueblo opositor, cualquiera sea su número, no es la MUD. La MUD fue en un momento de nuestra historia el tinglado electorero que un sector de oligarcas mercenarios encontró oportuno para tratar de hacerse del poder y adueñarse así de las riquezas y posibilidades de las venezolanas y los venezolanos e instaurar el neoliberalismo que sumiría al país en la más insondable miseria. Algo en lo que fracasó ya rotundamente.

Si queremos que se admitan universalmente el logro y la legitimidad que representan la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, la paz que con ella se conquista, los avances del gobierno frente al infame bloqueo desatado contra nuestra economía, y el promisorio bienestar que auguran el Petro y las demás acciones revolucionarias en pro de nuestro pueblo, para asegurar así que la reelección de Nicolás Maduro sea verdaderamente incontestable, entonces es imperioso dejar claro ante el mundo que Venezuela sigue avanzando en medio de las dificultades y los obstáculos pero con rectitud y constancia.

Nos corresponde en esta hora de gran impulso revolucionario demostrar que estamos avanzando efectivamente en la construcción de una esperanza cierta de progreso, no solo en términos electorales sino en la medida en que dejamos atrás el aciago escenario de confrontación irracional en el que nos quiso sumir en algún momento una derecha que ficticiamente le hizo creer al mundo que tenía el poder de arrodillar a nuestro pueblo.

@SoyAranguibel

La neurosis como doctrina funesta que conduce al infierno

Por: Alberto Aranguibel B.

En la esquina de la calle Campo Alegre cruce con la avenida principal de La Trinidad, existe una suerte de “muro de los lamentos antichavistas”, donde el talante guarimbero de los vecinos de esa cuadra se expresa con toda la furia de lo que pudiera llamarse ya una auténtica “ideología de la arrechera”.

En sus apocalípticas pancartas, exponen el pensamiento de un sector formado no bajo los dogmas de las doctrinas o las teorías políticas, sino bajo la lógica de una derecha sin discurso alguno que solo puede existir mediante la iracundia y el odio que pueda despertar en la gente.

ro de BerlínQuizás el bueno de Francis Fukuyama (El fin de la historia y el último hombre, 1992) no se refirió nunca a la hegemonía del neoliberalismo cuando proclamaba su inefable sentencia sobre la extinción de las ideologías a partir de la caída del bloque soviético y el derribamiento del Muro de Berlín a finales del siglo XX, sino a la incapacidad de la derecha para asumir el compromiso de enfrentarse a la humanidad con un respaldo doctrinario eficiente que se correspondiera con la lógica del pensamiento progresista que el neoliberalismo proclama pero que jamás practica.

Erigido a sí mismo en bastión del pensamiento más ultraderechista del último medio siglo, Fukuyama no descansa desde hace décadas en la búsqueda de una fórmula ideológica que le permita convertir al neoliberalismo en una verdadera teoría política, para que deje de ser la simple síntesis de postulados pro-capitalistas que los sectores hegemónicos usan para justificar su depravación explotadora y usurera en función del dinero y hacerla avanzar hacia un nivel más digno como doctrina.

La doctrina de la libre empresa no es sino la institucionalización de la antipolítica, porque el neoliberalismo carece de fundamentación teórica que le permita a la derecha explicarle a la sociedad su verdadera intencionalidad depredadora y convencerla de la sumisión a la que ella (la sociedad) debe someterse para permitir el más expedito y cómodo desempeño del modelo de acumulación de la riqueza en manos de los ricos y no de la gente.

La peor calamidad para el neoliberalismo a través de la historia ha sido siempre la perturbación de ese orden tan perfecto que solo las ideas de justicia y de igualdad social que encarnan las revoluciones tienden a descomponer. De ahí su repudio a las ideologías y a todo cuanto con ellas tenga que ver.

En Venezuela, Bolívar representa el poder de esas ideas redentoras que inspiraron a la humanidad y que la lucha independentista instauró en Latinoamérica como sustrato cultural de nuestros pueblos. Ese mismo Bolívar que empuñó la espada para acabar con las ideas de esclavitud y dominación de los ricos sobre los pobres no se basó primordialmente en las cualidades combativas de sus ejércitos sino en la necesidad impostergable de la moral y de las luces como herramientas de liberación.

Por eso la derecha venezolana sufre como una asfixiante penitencia del alma el tormento existencial entre el amor a Venezuela pero no a la Patria; entre la bandera de siete estrellas de la 4ta República y la bolivariana de ocho; entre el Bolívar “clásico” de las estatuas inánimes y desideologizadas y el Bolívar revolucionario y filósofo del Monte Sacro que inspira hoy a los revolucionarios venezolanos y del mundo.

Ese terreno baldío de la ambigüedad ideológica es el árido espacio en el que solo germinan el odio, la intolerancia y la irracionalidad como soportes del insulso discurso opositor.

En nombre de los inexpugnables intereses del gran capital y de las transnacionales norteamericanas que acechan las riquezas nacionales, el presidente de la Asamblea Nacional grita a los cuatro vientos en su discurso de salutación en el acto de entrega de Memoria y Cuenta del ciudadano Presidente de la República ante el parlamento, que él es un hombre de pensamiento revolucionario y que tiene “obra escrita” para demostrarlo.

Y en nombre del pueblo, un diputado igualmente opositor, Leomagno Flores, argumentaba furioso en la anterior Asamblea Nacional en contra de la Ley del Trabajo, sosteniendo que “los responsables de la crisis mundial del capitalismo son los sindicatos y partidos de izquierda que exigen aumentos salariales para los trabajadores”.

María Machado, la exdiputada de Panamá, erige hoy su liderazgo de motoneta y chicharrón sobre la férrea defensa de una Constitución contra la cual ella misma ha luchado por todos los medios durante casi un cuarto de siglo, incluida la brutal arremetida golpista que ella convalidó contra esa misma Constitución en 2002 y la masacre de venezolanos desatada por su inconstitucional llamado a La Salida en 2014.

Por donde se le mire, al derecho o al revés, el desparpajo y la desvergüenza en el discurso opositor es un dechado de irresponsabilidad ideológica, que de puro persistente termina por convertirse en toda una doctrina de la insustancialidad y la ignorancia.

Henrique Capriles es probablemente el más perfecto ejemplo de esa insustancialidad elevada por la derecha venezolana al rango de ideología.

Después de más de una década y media instigando la ingobernabilidad y el estallido social mediante llamados a desconocer la legitimidad democrática de los gobiernos de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro, promoviendo la intolerancia y la desobediencia civil contra los poderes del Estado y haciendo llamados a descargar arrecheras que causaron la muerte de venezolanos, Capriles llegó a comprometerse en campaña electoral a continuar la obra prodigiosa de la revolución que encarnan las Misiones socialistas.

La asquerosa inmoralidad de esa promesa en boca de un conspicuo y contumaz conspirador como Capriles, es ciertamente vomitiva. Pero su carácter acomodaticio y oportunista trasciende los linderos del crimen contra la inteligencia humana.

Esta semana, en conversación con el alcalde Gerardo Blyde en Unión Radio, afirma con pasmosa serenidad que “la oposición no fue mayoría por muchos años…”

“Bueno –dice impúdico- la política es así; un día usted es oposición otro día es gobierno. Efectivamente, el gobierno, el PSUV, tuvo la mayoría. Ahora no la tiene, la política es así.”

Sin explicar de dónde saca él esa absurda y arbitraria cuantificación, ni por qué mandó entonces, bajo engaño, a sus seguidores a que incendiaran el país porque supuestamente ellos eran mayoría cuando en realidad no lo eran, hace una declaración todavía mucho más inquietante, en la que sostiene que “el poder es un préstamo que nos hace el pueblo”.

Asumir el objeto y la razón del poder como un “préstamo” y no como un servicio a la sociedad, es la revelación cruda y sin ambages de las intenciones saqueadoras de quienes ven el ejercicio de gobierno como un botín de guerra y la política como un negocio lucrativo para acceder a él. Lograrlo requiere solamente de la condición irracional de una sociedad despolitizada, neurotizada y violenta, que no perciba tales inconsistencias sino que las celebre y las aplauda.

Y es eso lo que dice el escueto discurso de las pancartas de La Trinidad; que la sociedad pacífica, que no monta en cólera, que no rabia, que no se arrecha como le dicen sus líderes, no es la sociedad a la que ellos aspiran.

Dice, más allá de la escritura, que la falta de una ideología propia que oriente su visión de país puede llegar a ser un flagelo mucho peor que los holocaustos que acabaron con las libertades, el derecho a la paz y a la vida misma que los pueblos reclamaron a través de la historia. Una carencia que tiene a nuestro país en vilo por el empeño de un pequeño grupo de oligarcas intoxicados por la sed de un poder que asumen como trofeo de su exclusiva propiedad, fomentando para alcanzarlo la desunión, la guerra y el antipatriotismo entre los venezolanos.

La paz es la propuesta de la Revolución Bolivariana para enfrentar esa irracionalidad y ese despropósito entreguista del neoliberalismo. Venezuela no será la Colombia sedienta de guerra que acaba de expresarse la semana pasada en el plebiscito que realizara el gobierno del presidente Santos para refrendar la paz y en el cual fue derrotado por los mismos promotores del odio que en nuestro suelo quieren controlar los destinos de la Patria.

Venezuela no se sumirá en la guerra para satisfacer las antojadizas ansias de un sector indolente con el pueblo. Nuestro país tiene en el presidente Nicolás Maduro la fuerza del alma chavista que nos conducirá a la sociedad de bienestar y progreso por la que los venezolanos hemos luchado desde hace siglos y que solo el socialismo bolivariano puede asegurar.

@SoyAranguibel

Aranguibel en VTV: La MUD no quiere diálogo porque la racionalidad la pone en evidencia

Alberto Aranguibel analiza este jueves 09 de junio en el Desayuno en VTV las razones por las cuales la oposición venezolana no acata el llamado a diálogo formulado por el Presidente Maduro y que es avalado de manera casi unánime por la comunidad internacional.

MUD: Cuando el crimen desplaza a la política

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 09 de mayo de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

El afán de la burguesía por el control de las ideologías generó a través del tiempo infinidad de reflexiones por parte de pensadores y filósofos que estudiaron el tema mucho más allá de su comprensión como simple reducto del pensamiento político o partidista, como suele verse, y que la entendieron como un instrumento más de los sectores dominantes para el ejercicio del control social.

El propósito de Fukuyama cuando habló en 1992 del fin de la historia no era otro que el de promover la idea burguesa del bienestar de la sociedad que representaba la superación de la confrontación ideológica, para dar paso a una dinámica generada por el modelo del libre mercado en la cual el consumismo y no la política sería el determinante del desarrollo humano.

Un concepto manejado mucho antes por Bell en su libro “El fin de las ideologías” (1964) y profundizada en “El advenimiento de la sociedad postindustrial” (1973) y “Las contradicciones culturales del capitalismo” (1976), incluidos ambos por la revista Time en la lista de los 100 libros más importantes del siglo XX.

Marcuse, por ejemplo, trabajaba la idea de la desideologización revisando los postulados de Marx, Hegel y Freud al respecto, llegando a plantear el tema desde la óptica sicológica del individuo como actor ya no de la lucha de clases ni de la alienación social del trabajo sino de la cultura capitalista de la libre competencia, la riqueza fácil y la codicia, impuesta fundamentalmente a través de los medios de comunicación. Un aspecto más que decisivo en la confrontación política en la sociedad actual.

La desideologización es indispensable en el modelo burgués para inhibir el talante transformador propio de los sectores dominados, pero solo hasta cierto punto en donde las contradicciones del capitalismo se expresan en abierto conflicto con el interés supremo de los sectores dominantes por ejercer su dominación.

Una obvia contradicción del modelo capitalista de Estado es su imposibilidad de subordinar formalmente a las clases dominadas como podía hacerlo en el Estado-esclavista o en el Estado-feudal. La apariencia de la igualdad entre las clases sociales es indispensable para la noción de democracia que lo rige. En virtud de ello el desempeño político de los sectores dominados son tolerados de alguna manera, siempre y cuando se orienten hacia el fortalecimiento del modelo de la dominación y no hacia ningún otro.

En ese sentido Poulantzas sostiene: “En el caso del Estado capitalista, la autonomía de lo político puede permitir la satisfacción de intereses económicos de ciertas clases dominadas, limitando aún eventualmente el poder económico de las clases dominantes, frenando en caso necesario su capacidad de realizar sus intereses económicos a corto plazo, pero con la única condición –posible en el caso del Estado capitalista- de que su poder político y el aparato de estado queden intactos” (Poulantzas, 1969).

Es decir, se fomenta desde el capitalismo una concepción servil y rastrera de la política que a la larga termina por convertirse en una instancia inútil y despreciable, generalmente repudiada por la sociedad, para permitir así la perpetuación del modelo.

A través de ese proceso de enajenación de la política para aparentar libertad y justicia, se destruye la noción misma de ideología y se prostituye el ejercicio político abriendo espacios a la antipolítica, a la anarquía y hasta a la institucionalización del crimen en el Estado, en este caso como sector de insondables intereses económicos (y muy alto poder de fuego en la nueva realidad de la delincuencia organizada) que tiende al ejercicio del control social dada su preeminencia fáctica sobre el resto de la sociedad.

Una nueva ética del consumo desmedido, el confort y el placer basado en el lujo y en la moda como ideales de vida, determina el auge creciente de la criminalidad en el mundo. En términos absolutos, las más altas tasas de delitos contra los bienes y las personas se producen hoy en día en los países capitalistas. En ellos, el avance del crimen organizado en los espacios políticos, muy diferente al fenómeno de la corrupción o pérdida de valores éticos que en esos espacios ha sido desde siempre usual, es una realidad incontrovertible.

El político tradicional, entregado a la negociación de la política mediante prebendas, tráficos ilegales y negociados obtenidos en virtud de su relativa influencia en la sociedad, está siendo progresivamente desplazado en el mundo capitalista por el crimen organizado cuya pretensión es precisamente la de independizarse de una intermediación en el acceso al poder que ha terminado por resultarle muy costosa e innecesaria.

El terreno propicio para ello es todo aquel sector desideologizado de la política cuyas bases éticas y morales resulten ya no solo frágiles, como las de la derecha, sino proclives y hasta afines a las ambiciones de enriquecimiento fácil que les son comunes a ambos sectores.

Ese desplazamiento, que se vio desde hace ya varias décadas en Italia con la penetración de la mafia en las esferas del poder político, es el que se ha visto más recientemente en Colombia con la infiltración del narcotráfico y del paramilitarismo en el congreso así como en puestos claves del gobierno. En México, donde los carteles de la droga determinan mediante el sicariato quiénes pueden o no pueden ser candidatos a alcaldes o gobernadores, el fenómeno es también una realidad.

En Venezuela la oposición se ha orientado desde siempre por esa doctrina capitalista del desprecio al debate ideológico. Su único discurso es el de la descalificación y el infundio.

Por eso el reclamo más insistente del Comandante Chávez fue en todo momento el de la necesidad de una oposición responsable que hiciera propuestas serias al país, que pudieran ser discutidas en un gran debate nacional en función del bienestar común.

Pero esa oposición no estuvo nunca, ni lo ha estado ahora, dispuesta a asumir ese importante papel de contrapeso que la democracia le asigna en el Estado. Su negligencia e ineptitud para su propio desempeño han terminado por dejarla atrás para darle paso a una modalidad política que se ha estructurado progresivamente a su sombra signada esencialmente por el afán de la criminalidad.

Contabilizados uno a uno ya no solo los delitos de corrupción política convencionales sino particularmente los crímenes contra la vida y los bienes de las personas constatados con pruebas irrefutables en los que la oposición venezolana ha estado incursa en los últimos 18 años, es perfectamente posible asumir hoy sin exageraciones o acusaciones infamantes de ninguna naturaleza que la derecha venezolana no es ya un sector político infiltrado por el delito, sino una instancia de la criminalidad que ha venido copando el ámbito político para hacerse definitivamente del poder sin intermediación de partidos o sectores políticos que ya no les resultan indispensables.

Desde la inmoralidad que significa fundar partidos políticos con fondos robados al Estado venezolano, recibir dineros de origen dudoso a cambio de favores, manejo de sumas exorbitantes y de estilos de vida groseramente dispendiosos que no pueden ser explicados, hasta las innumerables atrocidades en crímenes, asesinatos, sicariatos, violaciones, etc., en las que aparecen incursos siempre representantes, dirigentes o militantes, de las organizaciones políticas de la derecha, el salto cualitativo (y cuantitativo sobre todo) ha sido de tal dimensión y alcance que sería estúpido continuar calificando ese comportamiento como expresión de enajenación política.

Sin embargo, la campaña mediática montada por esos sectores es la que persigue hacer aparecer a la dirigencia revolucionaria como una banda de rufianes que habrían saqueado el erario nacional en el más gigantesco asalto a los dineros públicos de la historia, y al gobierno nacional en el más criminal del planeta.

La desviación de la atención para culpar a un incierto ladrón que corre delante de la multitud ha sido siempre un recurso eficaz para ocultar al verdadero criminal. Y la oposición lo está utilizando.

Mientras más acusa sin pruebas al gobierno revolucionario (generalmente por acciones delictivas que la misma oposición comete), más evidencias irrefutables de su conducta criminal aparecen.

Los escándalos de las cuentas en los bancos suizos, los de Andorra, y de los papeles de Panamá, en los que al final solo aparece siempre gente de la oposición o de la alta burguesía criolla, así como el respaldo o cohonestación recurrente de ese sector a especuladores, criminales y prófugos de la justicia, son muestra fehaciente de una realidad inocultable; En la derecha venezolana el crimen ha desplazado ya a la política.

@SoyAranguibel

Cuando la justicia se parece a la justicia

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 2 de noviembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Quien habla bien casi siempre tiene la razónJ. I. Cabrujas

En derecho, es norma común que la justicia no solo tiene que ser sino parecer.

Los neurocirujanos, por ejemplo, que junto con los físicos nucleares son de los profesionales cuyas carreras están consideradas las más exigentes y extenuantes de todas cuantas se han conocido en la academia desde los orígenes mismos de la universitas como centro del conocimiento humano, no usan toga para llevar a cabo sus intervenciones quirúrgicas. Y sin embargo operan.

Entregarse en las manos de alguien para concederle la posibilidad de que mediante la instrumentación adecuada le abra a uno la tapa del cráneo y hurgue a su buen saber y entender entre órganos tan esenciales y delicados como la masa encefálica que a uno le determina la vida, es algo que requiere extrema confianza en ese individuo. Su sola credencial universitaria no debe ser suficiente, menos aún cuando sabemos de titularidades delivery como las de Nixon Moreno, que con mucha Nunciatura Apostólica de por medio y mucha sociedad civil que la respalde, usted me dirá.

Un neurocirujano pues, no debiera presentarse a la consulta en sandalias de goma y franelita playera sobre desflecados shorcitos bluejean, ya no por el atentado que ello representa contra el juramento hipocrático al que se deben los galenos, sino hasta por razones de elemental buen gusto.

En todo caso, si la emergencia lo amerita, uno termina sometiéndose sin rechistar a la intervención que cualquier prestigioso médico decida, porque si de algo está clara la humanidad es de la profunda revelación que entraña la antigua conseja popular según la cual “El hábito no hace al monje.”

En ninguna sociedad avanzada los funcionarios que representan la majestad de los poderes sobre los cuales se asienta el Estado necesitan de parafernalia alguna para ejercer sus funciones. Salvo la reina Elizabeth II de Inglaterra, que todavía usa muy de vez en cuando una muy discreta tiara de diamantes africanos para eventos de muy alto compromiso protocolar (más por viejo hábito que por ninguna otra cosa), ya ni los monarcas recurren como antaño a la indumentaria como medio de distinción.

Por razones de seguridad la policía y las fuerzas armadas deben usar uniforme, porque no existe hasta ahora ninguna otra fórmula que le permita al ciudadano común diferenciar a los buenos o a los malos en medio de las balaceras, aún cuando en este aspecto el nivel de depravación en la sociedad ha roto barreras otrora infranqueables elevando los niveles de confusión a extremos imprecisables.

Los bomberos, ya por razones estrictamente técnicas referidas a la naturaleza de los elementos contra los cuales lidian esos abnegados servidores públicos, usan también trajes especiales que la gente suele identificar sin dificultad alguna.

Siendo que todos los profesionales y técnicos (y ahora los estudiantes de todos los niveles de pregrado en casi todos los centros de estudio), reciben su título con toga y birrete como parte esencial del ascenso del grado al cual opten, los tribunos (o miembros de los tribunales) son los únicos que deben ejercer su oficio con esa misma vestimenta con la cual todos se gradúan, por una sola razón; la toga no es un atavío para significar autoridad o dignidad alguna sino para ocultar la diferencia del ropaje que entre unos y otros ciudadanos existe en la sociedad.

El tribunal, además de serlo, debe parecer justo e imparcial y en eso la vestimenta es un elemento determinante, porque en un juicio donde la imprecisión y lo confuso sean los factores predominantes, el oropel y los ropajes de los tribunos tenderán siempre a influenciar a la audiencia y a inclinar con ello la balanza de la justicia en una dirección o en otra. La majestad de la justicia debe estar apoyada siempre en la idoneidad y la rectitud de los magistrados. Pero su mayor poder de convicción tiene que emanar de su dominio en extenso del derecho, de su capacidad para la conjugación de las leyes con el buen sentido, su administración luminosa y ejemplarizante de la justicia, y jamás de su eventual aptitud para el caletre o el formulismo burocrático.

Pero si en una sociedad capitalista el abogado, por muy egregio y acreditado que fuese, se presenta en chancletas y bermudas a la corte, con toda seguridad el acusado, aún siendo inocente, será sentenciado sin clemencia alguna por los jueces y el jurado a la pena máxima que los delitos por los que se le acusen contemplen, incluso antes de iniciado el juicio y sin necesidad de evacuación de pruebas o alegato alguno. En sociedades enajenadas, proclives a la valoración de la estulticia y el glamour y significación de las prendas como símbolo de estatus, un litigante con Rolex, enfundado en Armani y calzado con Prada, con toda seguridad será siempre reconocido como todo un jurisconsulto, y a eso se apuesta en el capitalismo.

De ahí la ancestral desventaja de los pobres frente a la Ley.

Para que un acusado cualquiera cuente con garantías suficientes de idoneidad en su defensa, debe contar antes que nada con un buen abogado y de acuerdo a ese esquema del derecho en el modelo burgués imperante, buen abogado es aquel que más juicios ganados tenga en su haber a lo largo de su carrera, sin importar la calidad de los delincuentes o la atrocidad de los delitos por ellos cometidos. Es decir, no será el más competente y justo en la aplicación de la Ley sino el que más billete haya ganado en ejercicio de su profesión.

El pobre suele ser pues un desvalido ante la justicia no porque su caso resulte complicado a los tribunales, sino porque el abogado eficiente, el verdaderamente capaz de ganar juicios, no por lo justo o apegado a la verdad de las sentencias que logre sino porque siempre gana juicios, es muy caro.

Cuando un rico se enfrenta a un tribunal en un juzgado regido por la lógica del capital, lo más seguro es que hasta sin proponérselo obtenga el beneficio de la absolución, porque un tribunal burgués jamás quebrantará esa norma de la justicia burguesa sobre la cual se asienta desde hace siglos el dominio de los sectores dominantes. Bajo esa óptica, el modelo de justicia que parece una buena justicia sin necesariamente serlo opera a la perfección.

Pero cuando un rico debe vérselas con la justicia en un tribunal donde lo que impera es el apego al derecho y al verdadero sentido de la igualdad de los ciudadanos frente a las Leyes, entonces la burguesía se estremece y resiente en lo más hondo de sus entrañas la necesidad de alterar el curso del universo si es necesario por restablecer el equilibrio de la naturaleza según ellos alterada. Para la burguesía la Ley nunca será justa si el sentenciado es uno de los suyos. Por eso en casos como ese su mayor urgencia será la construcción de una justicia que se parezca más a la justicia tal y como la entendió desde siempre la sociedad, y no como un populacho anárquico y descarrilado, como esa burguesía lo ve, pretenda imponer.

Franklin Nieves, un pata en el suelo de extracción humilde cuyo esfuerzo por hacerse una carrera provechosa coincidió (en buena o mala hora para él) con el tiempo histórico de una revolución que trastoca esos arcaicos y putrefactos estamentos burgueses del derecho para alcanzar el modelo de verdadera justicia social por la que clamaron los pueblos durante siglos, antes que sumarse al impulso transformador del que surgirá la nueva sociedad de iguales que Chávez y Bolívar soñaron, se queda atrás y por falta de un mínimo de vigor intelectual y ético, se desclasa y se aferra a los tablones astillados que el Titanic del capitalismo va dejando en su naufragio para venderse junto con su familia por unos miles de dólares y convertirlos a ambos en una minúscula parte de la escoria que queda del proceso de decantación de un modelo moribundo que no volverá más a la vida.

Por mucha toga en que se enfunde en los tribunales, Franklin Nieves no puede ocultar su mediocridad ni siquiera en el grotesco intento de tragarse con su mal hablar las mentiras de manera medianamente digna. Su asquerosa salivación y su repugnante balbuceo cuando profiere las infamias que le han hecho hoy famoso, dejan en evidencia que la dignidad de derecho no está en el atuendo.

Cuando nos hablaba de los miserables que se agazapaban en las instituciones públicas para sacar provecho personal, Chávez siempre nos lo recordó… “Por más que se tongoneen siempre se les ve el bojote.”

 

@SoyAranguibel

El preso necesario

– Publicado en el Correo de Orinoco el 22 de junio de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La tesis de la llamada “Tercera Vía” que a finales de los noventa del siglo pasado presentara al mundo el entonces Primer Ministro británico Tony Blair como respuesta del “nuevo laborismo” al agotamiento del modelo capitalista, no fue jamás nada nuevo. Su nacimiento se remonta cuando menos a los tiempos en que Edward Bernstein rompía con la Internacional Socialista para promover la fórmula socialdemócrata en la que los disidentes del comunismo pretendían reunir la utopía humanista del socialismo con las hipotéticas bondades del libre mercado, pero que más temprano que tarde abandonaron para entregarse de lleno a los postulados del neoliberalismo y a la negación más radical de toda tesis de corte socialista.

El debate sobre el origen o la pertinencia política del término es inagotable porque la llamada Tercera Vía no fue nunca en verdad un instrumental teórico, sino más bien un remozamiento de las ideas neoliberales convencionales, pensado por los sectores dominantes para atender la propensión de la sociedad a buscar nuevos derroteros que le ayudasen a superar la cada vez más evidente insostenibilidad del modelo capitalista. En ese sentido operaron los virajes pseudo progresistas que llevaron a cabo en su momento figuras como Franklin D. Roosevelt, De Gaulle, Reagan y Margaret Thatcher, sin que en ninguna de esas oportunidades el modelo fuese sustituido ni siquiera por una versión evolucionada del mismo. Cada vez que se solventaban medianamente las crisis que originaron esos “new deals”, el modelo capitalista se reinstauraba siempre bajo los mismo principios del libre mercado, el mismo objetivo de la acumulación de riqueza en pocas manos, y la tendencia a las desregulaciones y la reducción del Estado como norma.

A decir del prestigioso columnista David Walker del diario The Guardian refiriéndose en 1998 al lanzamiento del libro de Tony Blair, “El problema cuando usted se dedica a crear una ideología en tiempos de desideologización, es que termina haciendo cuando mucho un resumen de lo que usted ya viene llevando a cabo desde antes, pero poniéndole un fantasioso nombre.” Con eso denunciaba en realidad que la Tercera Vía no era sino una carrera hacia adelante que más bien dejaba al descubierto la imposibilidad del capitalismo para evolucionar doctrinariamente y adecuarse a las exigencias de las permanentes crisis de sostenibilidad de ese desgastado modelo. La crisis del capitalismo no comienza pues en su inviabilidad económica, sino en su ineptitud para la reformulación de su discurso y de su visión del mundo.

Frente a esa expresa incapacidad para incorporar nuevo conocimiento y asumir procesos de reestructuración sustantiva de sus dogmas, el capitalismo debe apelar a mecanismos de sustentación cada vez más complejos, que le permitan oxigenar su atrofiada musculatura para imponer su dominio. Esos mecanismos son hoy los sistemas avanzados de espionaje de los que disponen las grandes potencias; el control de las redes sociales y de internet; y los medios de comunicación a su servicio.

Procesos de cambio como los que experimenta hoy Latinoamérica, serán siempre objeto del ataque más brutal e intensivo con todo ese poder de fuego utilizado de manera simultánea y constante. Su objetivo primordial, frente a sus limitaciones para la construcción de un discurso para la transformación, es la ciega destrucción del contrario.

Pero el inusitado avance de corrientes extremistas, islamistas y neofascistas ya no solo en el viejo mundo y en el Asia, sino en el continente americano, empezando por Norteamérica y algunos países de Suramérica, pone en riesgo la dominación neoliberal y modifica sustancialmente los planes de la hegemonía dominante basados hasta ahora casi exclusivamente en el anticomunismo pro imperialista.

En términos de imagen, el capitalismo, por sus carencias y contradicciones, termina por convertirse cada vez más en su propio enemigo, lo que abre paso por todas partes a liderazgos revolucionarios de diversos signos que día a día van alcanzando mayores espacios de credibilidad entre los pueblos. Es ahí donde aparece la necesidad de darle un rostro que sirva para referenciarlo y para ello nada más a la mano que desenterrar a los últimos operarios del neoliberalismo que el capitalismo sepultó con la demencial cruzada desatada por el imperio norteamericano y sus aliados con el manido pretexto de la guerra preventiva antiterrorista. Así como los crearon y adiestraron durante décadas para imponer en Latinoamérica las recetas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, así mismo los desecharon cuando creyeron que ya la política no era necesaria para someter a los pueblos. Hoy les resultan imprescindibles. Pero requieren de un justificativo para lanzarlos de nuevo a la palestra pública.

La prisión de Leopoldo López se convierte así en una oportuna fuente de posibilidades para esa titánica tarea de relanzamiento que necesita de manera impostergable el capitalismo, porque le abre un invaluable espacio de resonancia a piezas de arqueología política como las que integran el decrépito “Club de Madrid”, que sumados a la nómina en dólares de las casas disqueras que ordenan a sus artistas hacerse la vista gorda con el hambre, la miseria y la criminalidad de sus pueblos para enfilar su arte contra Venezuela, son ahora la cara del pasado con la que el inviable modelo pretende presentarse ante el mundo como una opción de futuro, de bienestar y de progreso.

De no ser por López, ninguno de esos fósiles del fracaso, en el que estuvo sumido desde siempre nuestro continente y buena parte del resto del mundo, estaría hoy en posibilidad alguna de resucitar ante las cámaras de televisión ni en los titulares de prensa, ni siquiera en sus propios países, salvo que fuera por la apertura de investigaciones en las que aparezcan imputados por delitos de corrupción o de otra naturaleza, como es cada vez más frecuente en esa generación de políticos desvencijados.

Ese club de ex presidentes sin oficio, esos organismos multilaterales de dominación económica y esos países desarrollados sedientos de energía y de dinero fácil, necesitan con urgencia una farsa que haga de alguna manera presentable al capitalismo y que ayude a ocultar la devastación que el mismo está generando en un mundo donde gracias a él la miseria alcanza ya casi a la mitad de la población mundial y el hambre agobia a más de una quinta parte de la misma.

El empeño de ese grotesco sainete de comisiones y voceros de la derecha nacional e internacional por ver a López, es en realidad la procura de la imposibilidad para acceder a él. Una imposibilidad que es norma inviolable en las cárceles del mundo entero y que en Venezuela, como país democrático apegado al derecho y a las Leyes de la República, no es excepción. Ilich Ramirez Sanchez, por ejemplo, preso ilegalmente en Francia por la supuesta muerte de dos policías franceses, lleva más de veinte años sin poder recibir visitas ni siquiera de sus abogados o de su esposa. A López se le acusa por la instigación al asesinato de cuarenta y tres venezolanos, amén de los actos de terrorismo contra el estado de derecho y la propiedad pública y privada. Desde mucho antes de anunciar que vienen al país todos ellos están perfectamente claros en eso.

¿Qué puede favorecer a la causa del capitalismo una conversación de algunos minutos con un preso acusado de graves delitos como Leopoldo López? Nada. Sin embargo no hay nada que resulte mejor hoy al capitalismo que el revuelo que puede montarse con la victimización que con ello se puede lograr a través de las grandes corporaciones mediáticas al servicio de la hegemonía dominante, sesgadas como están a favor de un victimario y en contra de las decenas de víctimas que los actos terroristas promovidos por él causaron. Su propósito es el show por el show en sí mismo, no la libertad de ningún preso.

López en libertad significaría la desactivación inmediata de toda esa bulla mediática que la campaña por su liberación arbitraria ha generado. No tendrían razón de ser las giras de dramaturgia de las “pasionarias” de la derecha recorriendo el mundo en nombre de la libertad y del modelo de democracia neoliberal que el capitalismo promueve, ni habría primeras páginas consuetudinarias en la prensa mundial con su lamento. La llamada Mesa de la Unidad, plegada de manera irracional al absurdo petitorio de López de adelanto de la fecha de elecciones parlamentarias, quedaría automáticamente sin discurso.

Para la derecha mundial, López es valioso… pero sólo si permanece preso.

 

@SoyAranguibel

Aranguibel en Primera Página el 06 / 08 / 2014

Alberto Aranguibel sostiene este miércoles 06 de agosto de 2014 en el programa Primera Página que transmite a diario el canal Globovisión, que la oposición venezolana perderá de nuevo una valiosa oportunidad de quedar bien frente al país, si no reconoce que el proyecto unitario que se plantearon desde un principio de la revolución bolivariana fue un fracaso político.

 

Aranguibel: “La oposición se deslindó de su rol, colocándose en la acera del frente como tirapiedras”

AAB dic 2012

(Caracas, 06 de agosto. Noticias24).- El analista político, Alberto Aranguibel, manifestó que la oposición venezolana se deslindó del rol que debe tener en la sociedad, “colocándose en la acera del enfrente como tirapiedras sin aportar al país.

“Aquí lo que estamos viendo es el fracaso de las políticas insustanciales de la derecha (…) en estos momentos se habla mucho del relanzamiento de la Mesa de la Unidad pero se dejan de lado las razones que los llevaron a esa desintegración, la razón es el fracaso por sus políticas erradas y su torpeza”.

Agregó que en la MUD “hay un activo político valioso” para el país. Sin embargo, está siendo penetrado por factores oportunistas que “solapan” a actores políticos valiosos que trabajan en la construcción de políticas con el pueblo, por lo que se convierten en “actores de su propia destrucción”.

“Hay una diferencia sustancial entre un congreso ideológico que debate, que no tiene nada de pecaminoso e ilícito y las cuchilladas que se está lanzando la oposición”, dijo.

En otro sentido, expresó que “si no hubiera Cadivi, no habría quedado un solo dólar de las reservas internacionales” debido a que funciona como una instancia para frenar la evasión “que ha habido desde siempre”.

Además, negó que el dólar paralelo se fortalezca por la incapacidad del dólar oficial por atender las necesidades de divisas y atribuyó la situación a la especulación “de los grandes capitales que obedecen a la voracidad de los grandes factores del capital por acumular cada vez más riquezas”.

 

Fuente: Noticias24.com

La desintegración de lo inmaterial

MUD dividida

Por: Alberto Aranguibel B. / NoticiasBarquisimeto.com

Unidad, en términos estrictamente filosóficos, es lo opuesto a la multiplicidad. En términos matemáticos es más o menos lo mismo, aunque no necesariamente igual, porque compite con el cero que es todavía mucho más absoluto y más cercano a la nada.

En política, unidad es exactamente lo contrario a la individualidad que comprende el “uno” de la matemática.

Incluso los “unos”, entendidos como la multiplicidad de individualidades, que operan cada uno por su parte como diferentes y hasta contrarios a los otros, en política son otra cosa muy distinta a la unidad de la numerología helénica.

Bolívar lo plasmó en su hora postrera con la meridiana claridad de su genio: “Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos (los unos) y se consolide la unión (la unidad) yo bajaré tranquilo al sepulcro” dijo.

Los mantuanos de ayer y los oligarcas de hoy, manipularon desde siempre la frase para acusar al Libertador de tirano porque, según su necia lectura, el Padre de la Patria con aquel llamado se colocaba en contra de los partidos políticos y no de las parcialidades, que era a lo que en verdad hacía referencia.

La unidad verdadera debe ser entendida, pues, como la fusión de la diversidad en una sola instancia en la que las individualidades desaparecen de manera absoluta. Mientras existan restos de las individualidades, no se habrá producido en modo alguno la unidad.

De ahí que la mal llamada Mesa de la Unidad Democrática no sea de ninguna manera una unidad, porque sus integrantes nunca han dejado de ser más que individualidades múltiples, reunidas únicamente por el propósito de hacer volumen electoral para sacar al chavismo del poder, manteniendo todos y cada uno de sus integrantes sus franquicias, sus cargos, sus símbolos y hasta sus mismos militantes.

La desintegración de la MUD no es entonces posible. Salvo que se pretenda la desintegración de lo inexistente. Con lo cual estaríamos colocando el asunto en el ámbito de lo espiritual. Que no parece ser el caso de la MUD, que si algo tiene en común entre su liderazgo es su enfermizo afán por lo material. En particular todo aquello que vendan en Miami (o en Panamá) y que pueda ser disfrutado con un buen escocés mayor de edad en las rocas, siempre de manera muy individual.

O en pareja, junto a una buena… chequera… en dólares.

 

Fuente: NoticiasBarquisimeto.com

Aranguibel en Unión Radio: “Lo preocupante sería llegar al Congreso del PSUV sin ideas que debatir”

Congreso-PSUV copia

Unión Radio / 11 de julio de 2014.-

Alberto Aranguibel sostuvo hoy en entrevista con el periodista Vladimir Villegas por la emisora Unión Radio, que la oposición venezolana está perdiendo una oportunidad única enfrascándose en el tema de los que ella misma denomina presos políticos, en vez de emprender un debate que les ayude a superar su crisis interna mediante el aporte de reflexiones serias al país. En ese sentido señaló al Coordinador adjunto de la MUD, Ramón José Medina, como una voz creíble y confiable.

De la misma manera, opinó que la carta del dirigente revolucionario Héctor Navarro en la que hace señalamientos sobre el funcionamiento del PSUV no debe ser vista como expresión de alguna crisis en el partido, sino, por el contrario, como demostración de que hay opiniones respetables, con criterio propio, que pueden ser expresadas con libertad por duras que ellas puedan resultar.

Si se llegara al Congreso del partido sin ideas, propuestas y planteamientos que debatir, entonces eso sí que sería preocupante“, dijo.

Oiga aquí la entrevista completa:

 

Aranguibel en Globovisión: “La suspensión de Sin Tapujos fue superada y el programa retorna al aire”

En el programa “Vladimir a la 1“, que se transmite a diario por el canal Globovisión, el analista Alberto Aranguibel explica las razones que lo llevaron a renunciar este jueves 19 de junio de 2014 a la conducción de su programa de radio Sin Tapujos, transmitido de lunes a viernes a las 6:00 AM por YVKE Mundial, 550 AM y 94.5 FM de Caracas, así como la forma en que se superó el impasse mediante la intervención de la Ministra de Comunicación e Información, Delcy Rodríguez, y de la Presidenta del Sistema de Radios del Estado, Lic. Desirée Santos Amaral, permitiendo que el espacio retorne a sus transmisiones regulares.

Como se supo hoy a través de las redes sociales, el conductor renunció públicamente a su labor como analista diario de la emisora, ante el irrespeto del cual fue objeto por parte de la Gerencia de Producción, que lanzó música sobre la disertación todavía no concluida del analista sobre la carta dada a conocer por el ex-ministro Giordani como explicación de su salida del Gabinete Ejecutivo.

Sostiene así mismo que la polémica carta ante el país atribuida al ex-ministro Jorge Giordani no debe haber sido escrita por él (salvo que haya sido en un arrebato de ofuscación), en virtud de la inmensa cantidad de inconsistencias, errores y contradicciones que expresa la misma.

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La ilusión de la calle

barricada3– En las barricadas hay siempre más objetos que gente protestando –

Por: Alberto Aranguibel B. / Últimas Noticias 22 / 03 / 2014

Es absurdo suponer que los pueblos acepten voluntariamente su sometimiento a la dominación de potencia alguna cualquiera sea su signo. Por eso ningún imperio se ha fundado jamás sobre elecciones democráticas mediante las cuales se pueda determinar la verdadera voluntad de las mayorías.

Estados Unidos no es la excepción. Su concepción del poder, basada en la arbitraria tesis norteamericana del Destino Manifiesto (que ellos asumen como las Tablas de Moisés) los obliga a descartar por principio propio la elección como instrumento para imponer su modelo de democracia capitalista en el planeta, precisamente por la naturaleza intolerante y totalitaria que le define como imperio.

El voto fue hasta hoy para EEUU una herramienta conveniente en la medida en que la democracia aparecía como sistema civilizado y civilizatorio a lo largo de los últimos doscientos cincuenta años, no porque fuera el método de su mayor agrado, sino porque el modelo representativo que prevaleció durante todo ese período servía a sus propósitos hegemónicos.

Por eso hoy, cuando la elección sirve cada vez más a los intereses del elector mediante la avanzada modalidad de democracia participativa y protagónica que se extiende por el mundo, desecha la elección como esencia de ese sistema y promueve el estallido social como mecanismo para implantar su modelo neoliberal, asegurándose siempre que el mismo no esté contaminado con ideas antiimperialistas o de soberanía de los pueblos.

Su propuesta es la de aprovechar el efecto ilusorio de manifestaciones de utilería, que creen en la gente la percepción de ser rebeliones populares reales, cuando en efecto no sean sino la actuación de pequeños sectores antidemocráticos afectos a los intereses de la burguesía, que se apropian para su cometido de la épica, la nomenclatura, el discurso y hasta de los símbolos de las revoluciones auténticas, apoyándose para ello en la fuerza de los poderosos medios de comunicación a su servicio.

A esas manifestaciones de utilería concurren solo quienes se ilusionan con el fracasado modelo neoliberal que la derecha promueve. Y eso funciona eventualmente para una buena foto.

A la verdadera movilización del pueblo en la calle acudirá siempre la gran mayoría que sí sabe valorar la democracia.

@Soyaranguibel