El imperio conspiranoide

Por: Alberto Aranguibel B.

Galileo Galilei fue condenado por la inquisición a confinamiento perpetuo por sostener que los planetas giraban en torno al sol. El fundamento de la condena era tan bochornoso como que la cuestionada teoría no había sido escrita en latín (que era la lengua usada por la iglesia para impedir que el conocimiento terminara siendo eventualmente del dominio público) o que aún cuando pudiera sostenerla como hipótesis no podía hacerlo como verdad, a lo cual Galileo, como era de esperarse, se negó siempre.

En la premisa del ocultamiento de la verdad se basa la institucionalización a la que asistimos hoy en día de una figura contra-ideológica ampulosamente denominada “teoría de la conspiración”. Una forma sui generis de esconder la verdad que se ha convertido en doctrina de sobrevivencia para la estructura del poder hegemónico.

Como hizo el imperio romano contra Jesucristo, o la inquisición contra Galileo en la Edad Media, el imperio norteamericano proscribe sistemáticamente el conocimiento avanzado que no esté bajo su control, porque las ideas sobre las cuales se sostiene su modelo capitalista son insostenibles desde una concepción abierta del pensamiento. Una nación cuyo poderío se debe al sudor de los millares de esclavos que la construyeron, y al saqueo de los pueblos y naciones del mundo a los que atropella y somete arbitraria e injustamente, no tendrá jamás argumentación de ningún tipo para rebatir las acusaciones en contra de su inhumano y depredador sistema económico.

Con ese método del desecho de las ideas inconvenientes, Estados Unidos impone hoy su dominio planetario sobre el conocimiento, obligándolo mediante la más inmisericorde amenaza de descalificación y escarnio público a mantenerse dentro de los linderos de lo “social y políticamente aceptable”, sin importar la consistencia e irrefutabilidad de las ideas que el poder hegemónico considera revolucionarias.

Pero la teoría de la conspiración no es un asunto de ideas controversiales nada más, sino que se constituye en un atentando contra todo evento o realidad verificables, cuya proscripción es lleva a cabo por el imperio sin respetar siquiera la más elemental fuerza probatoria de sus argumentos.

Ni la prueba científica ni los llamados elementos de convicción revisten la más mínima importancia para ese arrogante imperio, que sostiene con la misma intolerancia y desvergüenza el carácter supuestamente conspiranoico de quienes alertan, por ejemplo, sobre el calentamiento global, como de quienes demuestran de la manera más incontrovertible la falsedad de la llegada del hombre a la luna; la participación de la CIA en el asesinato de John F. Kennedy y en el derribamiento de las torres del Word Trade Center en Nueva York; o el uso de la tecnología informática para el control social, como ha sido demostrado hasta la saciedad por expertos más que calificados en la materia.

Como policía del mundo, que cree en el sometimiento y la subordinación de todas las naciones a sus designios, Estados Unidos no acepta la autoridad de tribunales extraterritoriales de ninguna naturaleza, incluida la mismísima Corte Penal Internacional, a cuyos magistrados un alto vocero del gobierno del presidente Donald Trump se ha atrevido recientemente a amenazar con la cárcel, siendo el mismo tribunal al que Estados unidos amenaza con llevar a todo aquel que no se someta a la voluntad del imperio.

Persiguiendo todo aquello que le resulte amenaza, Estados Unidos ha terminado convertido en un verdadero “estado conspiranoico”, al que ya nadie le cree las fábulas del horror carcelario que existirían tras los muros del Kremlin, ni las paranoicas predicciones del colapso de la economía mundial supuestamente provocado por China, o la extinción de la humanidad a la que nos conducirían Irán o Corea del Norte.

Así como ninguna persona medianamente sensata en el mundo le ha creído la patraña de la crisis humanitaria que, según Donald Trump, habría en Venezuela.

@SoyAranguibel

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¿Brutalidad, racismo o hegemonía?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 04 de mayo de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“Somos antiimperialistas, como es la mayoría del pueblo norteamericano que está en contra de las guerras” Nicolás Maduro

Samantha Power, la flamante embajadora de los Estados Unidos ante la ONU, estalló esta semana iracunda en medio de una reunión informal de la organización pidiendo a gritos la intervención de los servicios de seguridad para desalojar de la sala a su homólogo de Corea del Norte, el embajador Ri Song-shol, quien llamaba la atención del organismo sobre los crecientes actos de brutalidad policial contra la población afrodescendiente en ese país, así como por las torturas practicadas por la CIA que han sido denunciadas en los últimos meses. Gritando desde su asiento que “esas declaraciones los desacreditan totalmente” la representante del imperio logró que al diplomático asiático se le cortara el sonido desde la cabina de audio y que de inmediato se le sacara de la sala en compañía de su delegación, en uno de los actos de soberbia más indignantes y bochornosos que se recuerden en ese foro de las naciones.

Pero la reacción de la embajadora no es nada casual. Como tampoco lo son los actos de barbarie policial que se han venido incrementando en los Estados Unidos desde hace algún tiempo sin que la sociedad norteamericana (salvo las protestas protagonizadas por la población afroamericana en algunas ciudades de ese país) reaccione en la búsqueda de soluciones efectivas a un fenómeno tan potencialmente explosivo como pocos pueden darse en el mundo civilizado de hoy.

La señora Power simplemente ha dejado ver el rostro más grotesco de una cultura que ha hecho estragos a las sociedades a través de la historia; la cultura de la dominación coercitiva.

Gramsci distinguía los modos de dominación separándolos en coercitivos y hegemónicos. Según él, el hegemónico basa su control en el poder ideológico, cultural (la religión, la educación y el poder de los medios de comunicación), y el coercitivo en el control directo que ejerce el poder político y en última instancia la violencia física.

En la práctica, el poder hegemónico ha estado siempre orientado al ocultamiento del poder coercitivo con el cual las clases dominantes ejercen su control. La televisión y la prensa, así como la religión y el sistema educativo burgués, tienen como propósito fundamental convencer permanentemente a la sociedad de que el peligro que la asecha y que amenaza su supervivencia como tal, es siempre todo aquello que atente contra las formas establecidas de dominación y no la dominación en si misma. Es decir; la estructura del Estado burgués y las formas de desempeño del capitalismo.

En virtud de ello, el poder hegemónico tiene la obligación de ocultar la violencia cuando ésta surge de los sectores dominantes contra los sectores oprimidos, y de magnificarla cuando ella es producto de hambre, la miseria y la exclusión que el sistema capitalista burgués genera.

Por eso según los medios de comunicación privados, y de acuerdo a las declaraciones del estamento político del imperio en ambos casos, la violencia en las calles de los Estados Unidos que resultan de protestas de la sociedad civil reclamando sus derechos, siendo exactamente iguales en su expresión incendiaria y atentatorias contra la vida y el orden público, son completamente distintas a las que se escenifican en las calles de Venezuela.

Mientras en los Estados Unidos el pueblo se rebela contra la brutalidad policial hacia la gente pobre, en Venezuela sectores minoritarios de la población buscan quebrantar la paz por su arbitrario deseo de colocar en la presidencia a uno de los suyos. La diferencia para el imperio es que las de allá son protagonizadas por criminales y las de acá por héroes de la sociedad civil. Algo que está más en correspondencia con la lógica de la dominación que de la discriminación. Si los de allá son negros descendientes de esclavos y los de acá blancos y de nobles apellidos, entonces la diferenciación es más que sencilla. Pero mucho más desde el enfoque clasista que desde la óptica estrictamente racista.

Desde el punto de vista científico, el racismo no tiene asidero alguno. Infinidad de investigaciones y debates al respecto han logrado establecer que biológicamente no hay ningún atributo o condición particular que haga superior a una raza sobre otra. La teoría social tampoco ha logrado apoyar ni ideológica, ni política, ni filosóficamente, al racismo como corriente de pensamiento. Un aspecto nebuloso del Marxismo, referido a la supuesta defensa por parte tanto de Marx como de Engels de la teoría de la supremacía de la raza blanca, en particular lo escrito en el Anti-Dühring generalmente extraído del contexto de la realidad histórica como de la realidad política sobre la cual se asentaban tales apreciaciones, es utilizado sistemáticamente por la derecha proimperialista para tratar de desdibujar la doctrina marxista y para ocultar a la vez el carácter discriminatorio e inhumano del modelo capitalista.

De ahí que toda forma de racismo o de segregación social sea simplemente una fachada más, construida por los sectores dominantes para ocultar la división de clases que para la hegemonía resulta tan indispensable. Por eso en Estados Unidos, el país más racista del mundo hoy en día, un negro puede llegar a ser millonario o incluso hasta presidente de los Estados Unidos.

La idea contemporánea del racismo como doctrina es promovida fundamentalmente por la obsesión supremacista de los imperios europeos que inundaron al continente africano con sus experimentaciones antropológicas que procuraban la legitimación de modelos raciales que ayudaran a sostener y hacer perdurar el modelo colonial que la modernidad comenzaba a desplazar con la naciente nueva concepción de los imperios capitalistas. Por eso la antropología misma es hoy objeto de cuestionamiento como herramienta cuyo propósito para muchos no es la investigación del género humano, como en principio se presenta, sino la utilización de los pobres como seres inferiores dignos de estudio, lo que a la larga tiende cada vez más a reafirmar la superioridad de la clase dominante sobre los dominados pero no desde un punto de vista racial sino clasista. En Suráfrica el apartheid pudo existir solo hasta que los imperios de la era colonial pudieron sostenerse y la idea de la supremacía étnica de los blancos se reveló como un gran mito.

En Estados Unidos, las balas que asesinan a los afroamericanos no lo hacen porque son negros sino porque son los sectores dominados. La policía simplemente está ejerciendo el rol del instrumento coercitivo del Estado burgués para perpetuar la dominación de la hegemonía sobre los desposeídos, que en esa nación son fundamentalmente la mayoría porque fueron la población importada por el esclavismo para construir el imperio que sus fundadores soñaron. La esclavitud, como el apartheid, fue siempre posible no por ser los negros minorías o por la sumisión o debilidad de la raza africana en modo alguno, sino porque las minorías blancas, los hegemones, poseían los medios de coerción, las armas, de las que nunca dispusieron los oprimidos, es decir; los pobres. Hoy sucede exactamente lo mismo.

Pero la rebelión está ahí. El detonante es la muerte de seres humanos cuyo verdadero y doloroso pecado no es ser negros sino ser pobres. El presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, se lo advirtió claramente a Obama y al mundo entero en su discurso en la VII Cumbre de las Américas en Panamá, cuando le dijo: “La juventud de Estados Unidos quiere cambiar Estados Unidos, estoy seguro de eso. Si no el presidente Obama no hubiera sido presidente. Usted presidente Obama es presidente porque hay un sentimiento profundo de cambio y los Estados Unidos quiere dejar de ser imperio; hay dos Estados Unidos, el de Washington, el imperial, el de los lobbies y el Estados Unidos profundo que quiere paz, desarrollo y quiere que lo veamos y quiere que nos veamos como hermanos de ojos a ojos y le cantemos juntos y que andemos juntos la historia.”

Pero Obama, así como Samantha Power y todo su equipo de gobierno, son solo portavoces de una concepción hegemónica que no acepta la igualdad y la justicia social porque eso significaría para ellos subvertir el orden natural del universo. Un universo cruel en el que los niños ricos que ordenan asesinar a inocentes sin razón deben ser considerados héroes y los negros del barrio que luchan por su vida vulgares criminales.

@SoyAranguibel

La decepción amorosa del imperio

– Publicado en el Correo del Orinoco el 06 de abril de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Para los imperios la verdad no es algo que deba existir de manera natural o espontánea en el universo. Según ellos, la verdad tiene que ser creada porque para la gente es inconcebible y totalmente inaceptable realidad alguna en la que se justifique, por ejemplo, el exterminio de la humanidad por el único afán de dominación de una pequeña porción de ella sobre el resto de su género y del mundo.

La verdad pone al descubierto la injusticia y la maldad de la arbitrariedad y la opresión en las que se fundamentan los imperios, en virtud de lo cual es la principal enemiga de estos. Su contraparte, la mentira, es entonces la herramienta más valiosa para quienes se consideran predestinados a la dominación planetaria bajo el signo del imperialismo. Así, en la medida en que se consolide el poder y la supremacía del imperio, la mentira se convierte progresivamente en la verdad que deberá regir el rumbo de las civilizaciones y del mundo y viceversa, todo ello a lo largo de un infinito proceso de infernal retroalimentación.

Elíades Acosta Matos, en su enjundioso libro El Apocalipsis según San George, se refiere a esta pasmosa idea citando a H. P. Lovecraft: “Cuando se pierde la ingenuidad o la esperanza, cuando se vislumbran los abismos terribles de la barbarie que se disimulan con la escenografía de una sociedad en apariencia progresista y racional, aparece el horror, el horror total que tanto atormentaba a Lovecraft: ‘La vida es una cosa espantosa –escribió- y detrás de los que nosotros sabemos de ella acechan verdades demoníacas, que, a veces, la hacen doblemente espantosa’”.

Ese horror es una realidad que amenaza desde hace doscientos años al mundo, a partir de la idea de supremacía que ha orientado al imperio norteamericano y cuyo fundamento ha sido la recurrente apelación a la “verdad” de una supuesta predestinación, más ajustada a la formulación de los designios satánicos que a la lógica de la teoría social o política en modo alguno, tal como lo advirtió en su momento de manera prodigiosa el Libertador Simón Bolívar.

La doctrina del Destino Manifiesto, tiene su origen en las creencias del puritanismo radical que llegó del viejo mundo a suelo americano asolando a su paso toda forma de vida originaria en el nuevo continente. Para ello los colonos asumían como norma una sentencia casi divina: “Ninguna nación tendrá el derecho de expulsar a otra de su tierra, salvo por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a entablar, legalmente, una guerra con ellos así como a someterlos.” (1)

La misma sentencia, en la lógica de los más ortodoxos sectarismos religiosos, se reproduce a lo largo del debate político norteamericano con la precisión de una máquina de relojería. Así, en su discurso ante el congreso de los Estados Unidos de Norteamérica en 1900, el senador por el estado de Indiana Albert Jeremiah Beveridge urgía al presidente en estos términos: “Sr. Presidente: Estos tiempos exigen franqueza. Las Filipinas son, para siempre, “territorio perteneciente a los Estados Unidos”, como la Constitución lo califica. Y más allá de Filipinas están los mercados infinitos de China. No debemos retirarnos de ahí; no debemos repudiar el cumplimiento de nuestro deber en el archipiélago, no debemos desperdiciar esta oportunidad en el Oriente. No renunciaremos a cumplir la parte que nos corresponde dentro de la misión que nos toca a nuestra raza: ser garante de los planes divinos de civilización mundial. Seguiremos adelante con esta tarea, no quejándonos como esclavos, por tener que llevar tan pesada carga, sino expresando gratitud al Todopoderoso por la misión encomendada, y por habernos elegido como pueblo, encargándonos de guiar la regeneración del mundo”. (2)

Exactamente el mismo enfoque del “Proyecto Para el Nuevo Siglo Americano” que a finales de la década de los noventas asumió la rectoría del pensamiento imperialista en los Estados Unidos luego del “Comité Para el Peligro Actual” que operó, a su vez, con la misma finalidad en la década de los setentas. En su Declaración de Principios, se lee: “Hemos olvidado los elementos esenciales que posibilitaron el éxito de la administración Reagan: una fuerzas armadas fuertes y listas para actuar ante desafíos presentes y futuros, una política exterior intencionada y coherente que promueva los principios americanos en el exterior y un liderazgo nacional que acepte las responsabilidades globales de los Estados Unidos”. (3)

Bajo esa premisa, George W. Bush, replanteó la Doctrina del Destino Manifiesto para desacralizarla y dotarla de un contenido todavía mucho más pragmático: el de las armas. Doctrina retomada ciegamente por Obama sin distingos partidistas de ninguna clase.

A falta de una verdad consistente que lo respalde, el camino del armamentismo y el uso de las bombas como argumento ha sido el recurso del imperio norteamericano en su búsqueda por cristalizar una doctrina blindada contra todo tipo de razonamiento que favorezca el derecho a la soberanía de los pueblos. La falsa verdad presentada por los medios de comunicación no ha sido suficiente. El inmenso poder de enajenación con el que han contado no ha podido cumplir a cabalidad como en otros tiempos su perverso cometido alienador, porque ya nos es una tecnología al servicio exclusivo de las élites neoliberales con la cual podía imponerse desde la cúspide del poder hegemónico una verdad de laboratorio que abarcara el planeta de manera unívoca, unidireccional e inapelable.

La insurgencia de nuevos y poderosos escenarios para el relacionamiento de los pueblos, más allá de los tradicionalmente controlados por los Estados Unidos, como el Grupo de los 77 + China, el Grupo de los no Alineados, la Unión Europea, la Celac, la Unasur y el Alba, ha contado con el soporte de medios y agencias de noticias, como Telesur desde Latinoamérica, Russian Today y Xinhua desde Asia, Al Jazeera desde el Medio Oriente, así como cientos de miles de diarios, portales web y emisoras de radio de periodismo alternativo a lo largo y ancho del planeta, que restringen ahora las posibilidades para el secuestro del conocimiento pretendido desde siempre por la oligarquía.

Hoy la reflexión sobre nuestro porvenir puede basarse más que nunca antes en el recurso de la documentación histórica como fuente de conocimiento. La veracidad puede establecerse con mayor amplitud y propiedad a partir de la confrontación de elementos de juicio verificables. El registro de la realidad se apoya cada vez más en una capacidad de raciocinio confiable que gracias a esa nueva realidad mediática, todavía frágil pero muy alentadora, y al impulso de las luchas y conquistas de los pueblos tiene hoy el ser humano a su disposición.

Sin embargo, los esfuerzos de la “élite pensante” neoliberal en la actualidad por borrar la historia como instancia de constatación son cada vez más intensos y desesperados. Un libro del ultra reaccionario alabardero imperialista Andrés Oppenheimer (Basta de historias; la obsesión latinoamericana con el pasado y las 12 claves para el futuro/2010), así lo demuestra. En el texto el autor se empeña en colocar la redención latinoamericana que las ideas del bolivarianismo han impulsado en el continente como un auténtico apocalipsis. Para él, la revisión de la historia es la peor pérdida de tiempo y de oportunidades para nuestros pueblos. Su temor es que la verdadera historia de Latinoamérica no da espacio alguno a la ilusoria versión del progreso civilizatorio que según el discurso mediático de las grandes corporaciones de la comunicación las transnacionales habrían traído a nuestras tierras, y, por el contrario, deja al descubierto sin ninguna duda la horrorosa verdad de la explotación y el saqueo del que han sido víctima desde hace doscientos años nuestras naciones por parte del imperio norteamericano.

Precisamente por esa verdad incontrovertible es que la gran mayoría de los países del continente y del mundo se han pronunciado en rechazo a la insolente y desquiciada orden ejecutiva de Barack Obama contra Venezuela, cuya evidente pretensión no ha sido otra que la de intentar acorralar a la patria de Bolívar en la Cumbre de las Américas a realizarse esta semana en Panamá. La decepción de la inefable contrarevolucionaria Roberta Jacobson por ese duro revés, es la de un imperio que ya ni convence con su necia verdad de doctrinas delirantes, ni mete miedo con sus arrogantes maquinarias de exterminio. Como en los amores fracasados, le tocará asumir que “ya no somos los de antes”.

(1) Destino Manifiesto
(2) En apoyo al imperio norteamericano
(3) Proyecto para el Nuevo Siglo Americano

@SoyAranguibel

Aranguibel: “Detrás de la sanción a Venezuela está el interés de los EE UU en la empresa Citgo”

– Publicado en el portal Noticias24 el 12 de diciembre de 2014 –

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(Caracas, 12 de diciembre- Nota de prensa).- El analista político, Alberto Aranguibel, afirmó este viernes que las sanciones que intenta promover el gobierno norteamericano contra Venezuela “no tienen ningún efecto práctico en cuanto a supuestos capitales de ningún funcionario del gobierno revolucionario en esa nación”.

Explicó que de acuerdo a la Constitución Bolivariana de Venezuela y a las leyes venezolanas, “las decisiones de un país extranjero no son para nosotros vinculantes en modo alguno, pero además de eso es que en los Estados Unidos los únicos capitales de venezolanos que allá existen son los de los prófugos de la justicia que han ido a recibir el cobijo de ese gobierno cómplice del terrorismo y de la corrupción que es el gobierno de Obama”.

“Si alguna intencionalidad tiene esa agresión contra nuestro pueblo es la de crear la percepción internacional de que Venezuela es un país forajido, tal como ha hecho siempre el imperio norteamericano con las naciones de economías emergentes que no se subordinan a los intereses de los Estados Unidos, pero eso no es nada nuevo. Actualmente vemos como esa nación intenta hacer lo mismo contra Rusia, China y otros países del mundo”, precisó el analista.

Tal como lo plantea Aranguibel “el verdadero interés de esa acción que adelanta el gobierno de Barack Obama contra Venezuela, sería el de ir allanando el camino para una eventual expropiación de los activos de la empresa Citgo, cuyo capital mayoritariamente venezolano está constituido por más de 17.000 estaciones de servicio, así como por más de cinco refinerías y otros activos de gran valor, con lo cual el gobierno norteamericano daría un duro golpe a nuestra economía y fortalecería sus planes de expansión como productor petrolero”.

“De adelantar una temeraria acción como esa, que afectaría el patrimonio de todos los venezolanos y no solamente de los chavistas, Barack Obama estaría revelándose ante el mundo como el más grande criminal de estos tiempos, lo que generaría un mayor repudio hacia la pretensión imperialista de los Estados Unidos y fortalecería aún más la posición de nuestro país en el escenario internacional”, sentenció el analista.

Fuente: Noticias24

Ayuda al enemigo: 35 países en los que EEUU apoyó a fascistas, narcos y terroristas.

© RT/AFP/Reuters

Fuente: http://actualidad.rt.com/

El apoyo de EE.UU. a los ultraderechistas y al reciente golpe de Estado en Ucrania es solo un ejemplo más del respaldo estadounidense al fascismo, al narcotráfico o al terrorismo a lo largo de la historia contemporánea.

En un artículo publicado en el portal AlterNet, el periodista Nicolas J. S. Davies hace un repaso a la historia del siglo XX y XXI y demuestra cómo fascistas, dictadores, narcotraficantes y señores de la guerra de todo el globo han gozado del patrocinio de EE.UU. en su implacable lucha por detentar el control mundial.

A continuación, los 35 países más destacados cuya historia reciente ha sido explícitamente perfilada por la ‘mano’, a veces no tan invisible, de EE.UU.

© RT

1. Afganistán

En la década de 1980, EE.UU. trabajó con Pakistán y Arabia Saudita para derrocar el Gobierno socialista de Afganistán. Además, la CIA fundó, entrenó y armó a las fuerzas dirigidas por los líderes tribales conservadores, cuyo poder se vio amenazado por el progreso en la educación, los derechos de la mujer y la reforma agraria que se estaban llevando a cabo en el país. Tras la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán en 1989, los señores de la guerra apoyados por EE.UU. ‘desgarraron’ el país e impulsaron la producción de opio a un nivel sin precedentes —entre 2.000 a 3.400 toneladas por año—. El Gobierno talibán redujo la producción de opio en un 95% en dos años, entre 1999 y 2001, pero la invasión de EE.UU. en 2001 restauró a los señores de la guerra y a los narcotraficantes en el poder. Afganistán ocupa en la actualidad el puesto 175 de los 177 países más corruptos del mundo, el puesto 175 de 186 en desarrollo humano, y desde 2004, detenta el récord en producción de opio (5.300 toneladas al año).

© REUTERS Baz Ratner / Afganistán

2. Albania 

Entre 1949 y 1953, EE.UU. y el Reino Unido se propusieron derrocar al Gobierno de Albania, el país comunista más pequeño y vulnerable de Europa del Este. Numerosos exiliados albaneses fueron reclutados y entrenados para volver a Albania con el objeto de incentivar la disensión y planificar un levantamiento armado. Muchos de los que participaron en el plan eran excolaboradores de la ocupación italiana y alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Entre ellos estaba el exministro del Interior, Xhafer Deva, quien supervisó las deportaciones de “judíos, comunistas, afines y personas sospechosas” (tal como se describe en un documento nazi) a Auschwitz. Documentos desclasificados de Estados Unidos han revelado que Deva fue uno de los 743 criminales de guerra fascistas reclutados por los EE.UU. después de la guerra.

3. Argentina

Documentos estadounidenses filtrados en 2003 revelaron las conversaciones entre el secretario de Estado de EE.UU. Henry Kissinger y el canciller argentino Almirante Guzzetti en octubre de 1976, poco después de que la junta militar tomara el poder en Argentina. Kissinger aprobó explícitamente la “guerra sucia” de la junta, la cual mató en total a 30.000 personas, la mayoría de ellos jóvenes, y robó 400 bebés de familias cuyos padres había asesinado.

4. Brasil

En 1964, el general Castelo Branco lideró un golpe de Estado que estableció una brutal dictadura militar de dos décadas. Vernon Walters, a la sazón agregado militar de EE.UU., y más tarde director de la CIA y embajador adjunto ante la ONU, tenía buena relación con Castelo Branco desde la Segunda Guerra Mundial en Italia. La CIA proporcionó todo el apoyo necesario para asegurar el éxito del golpe de Estado, incluida la financiación de la mano de obra de la oposición y grupos de estudiantes en las protestas callejeras, como está ocurriendo en Ucrania y Venezuela recientemente.

5. Camboya

Cuando el presidente Nixon ordenó el bombardeo secreto e ilegal de Camboya en 1969, los pilotos estadounidenses recibieron la orden de falsificar sus registros para ocultar que mataron a al menos medio millón de camboyanos, dejando caer sobre le país más bombas que en Alemania y Japón juntas en la Segunda Guerra Mundial. A medida que los Jemeres Rojos se fortalecían en 1973, la CIA informó que su “propaganda había sido más eficaz entre los refugiados víctimas de los ataques de los [bombardeos] B-52”. Después de que los Jemeres Rojos mataran a al menos 2 millones de sus compatriotas y fueran expulsados por el Ejército vietnamita en 1979, el grupo especial estadounidense Kampuchea, con sede en la Embajada de EE.UU. en Bangkok, se dispuso a mantenerlos y a armarlos durante al menos otra década más como “resistencia” oficial al nuevo Gobierno camboyano que contaba con el respaldo de los vietnamitas.

6. Chile

Cuando Salvador Allende llegó a la presidencia en 1970, el presidente Nixon prometió “hacer chillar a la economía” chilena. EE.UU., principal socio comercial de Chile, cortó radicalmente el comercio con el país andino para causar la escasez y el caos económico. El Departamento de Estado y la CIA habían realizado sofisticadas operaciones de propaganda en Chile desde hacía una década, financiando a los políticos conservadores, a los sindicatos, a los grupos de estudiantes y a todos los medios de comunicación, mientras estrechaba sus lazos con los militares. Después de que el general Pinochet tomara el poder, la CIA mantuvo a funcionarios chilenos en nómina y trabajó en estrecha colaboración con la agencia de inteligencia de Chile DINA, mientras el Gobierno militar mataba a miles de personas y encarcelaba y torturaba a decenas de miles más.

© AFP STF / Chile

7. China

A finales de 1945, 100.000 soldados estadounidenses lucharon junto a las fuerzas del Kuomintang de China en áreas tomadas por los comunistas en el norte del país. Chiang Kai-shek y el Kuomintang fue probablemente el más corrupto… Seguir leyendo “Ayuda al enemigo: 35 países en los que EEUU apoyó a fascistas, narcos y terroristas.”