Inconsistencia

Por: Alberto Aranguibel B.

Si algo es contrario a la humildad, es la chocante autosuficiencia que denota la expresión “yo lo dije”, que usa el venezolano para refrendar todo hecho en el que se constate una situación cualquiera que le permita aparecer como más inteligente y previsivo que los demás.

La mayoría de las veces la expresión pasa sin pena ni gloria. Como cuando alguien hace precisiones intrascendentes del tipo “¡Yo dije que iba a llover!” que no afectan para nada la vida de la gente.

Sin embargo, en la Venezuela de hoy un muy particular sector de la población que, paradójicamente, suele considerarse a sí mismo como culto e inteligente por encima del común, ha desterrado por completo de su habla cotidiana dicha fórmula. El “yo lo dije” no es ya un constructo retórico válido para el antichavismo, porque jamás acierta nada de lo que anuncia como inexorable.

En su ya proverbial rosario de fracasos, la oposición tiene encima el sanbenito perpetuo de la predicción incumplida, en la que el tic-tac, tic-tac, y el consabido “ya les queda poco”, son quizás las más recurrentes.

Sus profecías son tan inconsistentes como toda su ideología, si así pudiera llamársele al compendio de insensateces pitiyanquis que los orientan. Y su conducta, en perfecta correspondencia con las disparidades e incoherencias de lo que predican, jamás responde a una misma línea.

No pueden decir nunca “yo lo dije”, porque nada se les cumple. Y porque para colmo hacen siempre lo contrario de lo que dicen. Como eso de ir a poner gasolina que supuestamente iba a destruir los motores de los carros. O ir a sacarse el Carnet de la Patria del cual se burlaron hasta más no poder. O esperar con ansias un Clap del que se rieron por meses, o unas viviendas que por años dijeron que eran solo maquetas.

Nada de lo que hacen es consistente con su antichavismo visceral. Pero son antichavistas.

 “Pero, tú no pareces chavista” suelen decir con asombro cuando se tropiezan con alguien que de entrada les resulta simpático pero que, para su infortunio, termina soltando en algún momento un sonoro “¡Camarada!” que los desconcierta.

A la larga, su odio es solo reflejo de una profunda inconsistencia que nada tiene que ver con el verdadero talante del venezolano que desde siempre fue ante todo afable y cordial por excelencia.

 

@SoyAranguibel