Auto suicidio

Por: Alberto Aranguibel B.

Se acusa de fascista a todo aquel que desde el ámbito del chavismo denuncie la desfachatez y la impudicia de quienes militando ardorosamente en la conspiración golpista que intenta la derecha contra el gobierno legítimo del presidente Nicolás Maduro, pretenden sin embargo formar parte del mismo, y no como simples técnicos o trabajadores sino incluso como gerentes de los más altos cargos de la administración pública, como ya es común en casi todos los ministerios.

Aducen que es su derecho, pretendiendo siempre dejar de lado a quienes, teniendo el mismo derecho, obtuvieron el mandato popular mediante elecciones libres y perfectamente democráticas para ejercer la función de gobierno.

Solo la oposición venezolana suele reclamar como derecho la posibilidad de formar parte de un gobierno para el cual no ha sido electa y contra el cual lucha de manera infatigable. Una forma desquiciada de intentar acceder al poder sin haber obtenido para ello el respaldo popular que la democracia establece.

Lo hace porque suena noble. Suena épico. Aparenta arrojo, dignidad y gallardía. Pero en esencia no es sino una conducta hipócrita e insensata que se inspira en la ética del chulo. Pero también en la del suicida.

La inmensa mayoría de la oposición en Venezuela es gente de poder adquisitivo. La demostración palpable de eso es que es ella la que tiene el mayor acceso al bienestar y la calidad de vida que provee la revolución.

Como los vehículos Chery, por ejemplo, o los equipos del programa “Mi casa bien equipada”, pruebas poderosas e irrefutables de que el gobierno revolucionario sí libra en efecto un esfuerzo titánico por alcanzar la mayor suma de felicidad posible para su pueblo, frente a las cuales no existe la posibilidad de mostrar siquiera ni una sola obra o beneficio aportado por la derecha neoliberal que los escuálidos siguen a pie juntillas.

No hay en el país ningún logro para el pueblo que pueda atribuirse a la derecha como conquista social. La inclusión social que consagra hoy nuestra avanzada Constitución, que se traduce no solo en vehículos o equipos para el hogar, sino en las más bajas tarifas de servicios públicos de todo el continente, en la liberación de la deuda externa que asfixia las economías de los países neoliberales en el mundo, en la gratuidad de la enseñanza, de la vivienda y de la salud para nuestro pueblo, así como en el aseguramiento del trabajo, del salario y de las pensiones sociales, es producto de una visión profundamente humanista construida por el Comandante Hugo Chávez, con la cual la mayoría de esos sectores de poder adquisitivo de la sociedad se ha beneficiado desde el inicio mismo del proceso revolucionario.

En cambio las calles de los municipios donde gobierna la oposición son absolutamente intransitables. Frente al pavoroso clima de inseguridad que genera la falta de alumbrado y de vigilancia policial en esos municipios gracias a la incompetencia de sus propios alcaldes, la pestilencia de basura acumulada y la aterradora experiencia que significa el ejercicio de esquivar los huecos que minan cada vez más todas sus arterias viales, no queda manera alguna de darle el más mínimo voto de confianza a los líderes de la oposición como alternativa de gobierno.

Sin embargo, el militante opositor se aferra a su antichavismo visceral buscando infiltrarse a como dé lugar en algún organismo público sin el menor pudor ni la más mínima vergüenza, porque su vocación no fue jamás la del luchador inspirado en ideales altruistas de ningún tipo, sino la del vividor oportunista que, en la más perfecta lógica individualista de la filosofía neoliberal, procura siempre su propio beneficio a costa del sufrimiento de los demás.

Aduciendo como escudo la eventual pulcritud de sus hojas de servicio (porque asisten a las marchas chavistas y cumplen con su horario laboral), los opositores obstaculizan de una u otra forma el avance de la revolución desde sus puestos de trabajo en el gobierno, porque, además de su ineptitud y de su proverbial negligencia (demostradas en décadas de gobiernos ineficaces de la derecha), para ellos es indispensable que el proyecto chavista fracase.

Su labor como militantes es pues la de perturbar el buen curso del gobierno y hacer imposible la prestación de los servicios públicos destinados a la población, incluso sin que sea necesaria su presencia en el cargo. Porque cuando el sabotaje es urdido con la más perversa saña, trasciende a la persona y se convierte en un mal endémico del organismo o del servicio que éste debe prestar.

¿Supondrán acaso que de llegar la derecha a ser gobierno, dejará en sus cargos a la misma gente a la que tiene más de quince años tratando de sacar del poder?

¿Qué sentido tendría para un sector político de derecha, sectarios como son todos, luchar tan férreamente por derrocar a un gobierno si después de eso no despide al funcionariado que laboraba ahí durante la revolución? ¿Piensan acaso los escuálidos infiltrados hoy en el gobierno que Ramos Allup o Julio Borges, que han jurado hasta la saciedad perseguir a muerte a todo funcionario del gobierno en caso de alcanzar el poder, les respetarían su derecho al trabajo como lo hace la revolución?

Los votantes de la oposición, sin ser mayoría electoral, son sin embargo unos cuantos millones. La administración pública, no pasa de dos, incluyendo Comunas y Comités Locales de Abastecimiento y Producción (que no existirían en un gobierno de derecha porque los opositores los detestan). De lo que se deduce que habría muchísimos más escuálidos aspirando a cargos en un eventual gobierno de derecha que puestos para repartir.

¿Serán en verdad tan generosos los escuálidos que hoy están cobrando cómodamente su buen sueldo en la revolución, como para ayudar a derrocar al gobierno que les da de comer para poner a uno que con toda seguridad los dejará en la calle? ¿O es que su odio a todo lo que tenga que ver con chavismo es tan grande como para llevarlos a un insensato “autosuicidio”, como dijera el inefable prócer socialdemócrata?

¿Habrá quien le crea a un opositor muy bien acomodado (del este del este) que el interés en su lucha contra el gobierno no es su propio bienestar sino el de los pobres? Téngase en cuenta que hablamos de los mismos pobres que durante más de tres lustros esa oposición ha odiado sin la más mínima misericordia ni compasión como a verdaderas excrecencias y demonios infernales. ¿Será posible tamaño dislate?

Por donde quiera que se le vea, es un completo sin sentido la manifestación contrarrevolucionaria de un opositor conduciendo, por ejemplo, un vehículo producido en revolución, o recogiendo firmas contra el presidente Maduro con una “canaimita”, o gritando consignas contra el gobierno mientras campanea un costoso whisky mayor de edad en cualquiera de los restaurantes de lujo de Las Mercedes. Más aún cuando él mismo, desde su puesto de trabajo, es quien determina con su inoperancia y su ineficiencia los problemas que pretende erradicar derrocando el gobierno.

Esa contradicción, aunque en principio no lo parezca, es a la larga un argumento valioso para la revolución. Porque le demuestra al pueblo de manera irrefutable que el discurso de la derecha, además de inmoral e inescrupuloso, es inconsistente, falso y sin fundamento.

Que lo único que pretende la oposición es hacerse del poder en Venezuela para saquear una vez más nuestras riquezas y nuestras posibilidades de trabajar en paz por un futuro cierto de igualdad y de justicia social. Que esos carros, esos equipos y ese bienestar que enrostran impúdicos en su alharaca antichavista son la prueba tangible de su mezquindad y de su vocación de asalto del bienestar que la revolución con gran esfuerzo construye para el pueblo.

Esos escuálidos, son, en definitiva, miserables.

@SoyAranguibel

Eficiencia capitalista

Marcha-contra-la-Corrupción

Difícil precisar cómo llegamos a esto.

Imposible saber en qué momento pasamos de la ardua construcción de un modelo socialista de justicia e igualdad social con participación y protagonismo a una lucha necesaria, es cierto, contra la obscena corrupción que carcome al Estado pero que divide de la noche a la mañana a la revolución bolivariana en dos únicos y absurdos escenarios opuestos entre sí, a saber; el período chavista, donde una atrevida propuesta de transformaciones profundas en vez de aplaudida por el bienestar que genera y asegura mediante la infinidad de inéditos y trascendentales programas inclusivos de conquista de libertad y soberanía, termina enlodada en acusaciones de ineficiencia, y una era supuestamente postchavista donde lo único que el pueblo le reconocerá a ese mismo gobierno revolucionario no será ya la tan reclamada atención al ser humano, sino la búsqueda del perfeccionamiento de ese Estado, causante de todos los males que aquejan a la sociedad no solo en el país sino en el mundo, mediante la optimización que se le exige de las instituciones que pretende derruir.

Ahora resulta que si no se logra hacer funcionar los mismos ministerios con los que los gobiernos del pasado hundieron al país en la más profunda e injustificable miseria precisamente por su incapacidad para construir y viabilizar un modelo de desarrollo sostenible para la nación, entonces la revolución no sirve.

Se pretende desde los sectores de oposición, atrabiliarios y antojadizos como son, así como desde muchas de las filas mismas de la revolución, que si no funcionan a la perfección las instituciones del modelo burgués de sociedad en el que estamos todavía inmersos, no habrá razón alguna para mantener en el poder a los hijos de Chávez. Argumentan desde esas posiciones disparatadas que lo que falla en la administración pública es el funcionario (pero solo si es chavista) y no el modelo institucional sobre el cual se asienta, con lo cual la necesidad de transformar será definitivamente vana. Sólo se requerirá, según eso, un cambio de funcionarios y listo.

Abonar esa absurda prédica no es sólo una grave distorsión sino un acto contra revolucionario. Es hacer el discurso que tanto necesita la oposición.

(Publicado el 24/08/2013 en la sección de Opinión de Últimas Noticias)