Tiranía democrática

Por: Alberto Aranguibel B.

Estados Unidos pretende que el más descomunal invento del ingenio humano, la internet, sirva solamente a sus descabellados y delirantes propósitos de dominación planetaria.

En nombre de la libertad y de la democracia, el imperio acusa de tiránica a cuanta nación desarrolle tecnologías que contribuyan al bienestar de sus pueblos con base en sus propias capacidades para la generación de conocimiento y para la producción de innovaciones en cualquier ámbito de la economía o del saber.

Tal como lo expresa en tono de caricatura la narrativa de Hollywood, el imperio considera que todo avance de la ciencia es susceptible de convertirse en la peor amenaza para la humanidad si llegara a caer en “las manos incorrectas!”.

Con base en esa descabellada premisa, EEUU ha desatado la furia de su inmenso poderío bélico contra infinidad de países que, de acuerdo a esa lógica de la preservación selectiva de la seguridad del mundo, han intentado en algún momento avanzar en la investigación y desarrollo de energía nuclear, siendo que el único país en desencadenar el peor genocidio en la historia de la humanidad con armamento atómico, ha sido el propio Estados Unidos. Que no solo ha arrasado con ciudades enteras probando sus bombas nucleares sobre cientos de miles de víctimas inocentes (como en Hiroshima y Nagasaki) sino que posee nada más y nada menos que más del ochenta por ciento de los misiles que existen en el mundo.

Internet es una muy especial obsesión para ese arrogante imperio que, de acuerdo a su propia lógica de la dominación, es una herramienta que ningún país debería utilizar si no es para favorecer la expansión de los mercados a los que aspiran las grandes corporaciones transnacionales norteamericanas.

Según esa narrativa, cualquier otro país que pretenda hacer uso de internet con tecnología propia que no sea la gringa, estará cometiendo un delito que amenazaría la sobrevivencia misma de la humanidad.

Pero quien controla internet para hacer un uso no autorizado de los datos de la gente, violando así no solo su derecho humano a la privacidad sino su seguridad y hasta su vida, quien encarcela a aquellos que denuncian el uso indebido de esa tecnología, no son esos países sino el propio Estados unidos.

Una verdadera tiranía en nombre de la libertad.

@SoyAranguibel

Internet: Cuando al imperio los tiros le salen por la culata

Por: Alberto Aranguibel B.

“El problema con Chávez fue que él se leyó un poco de libros en la cárcel” (conversación entre un grupo de jóvenes antichavistas)

Con la llegada del medio de comunicación a la historia de la humanidad, los sectores dominantes encontraron la herramienta perfecta para ejercer su dominio en la forma más rentable y socialmente menos traumática jamás alcanzada desde el origen del hombre sobre la tierra.

La posibilidad de llegar a miles de millones de manera simultánea con el poder de convencimiento de una ilusión que solo el medio de comunicación puede hacer realidad, ha sido la oportunidad más valiosa para esos sectores dominantes precisamente por la capacidad de alcance y penetración que esa poderosa herramienta tiene, infinitamente superior a la del más numeroso ejército que pudiera existir para garantizar el sometimiento de los pueblos a los intereses y designios del gran capital. La caída de todos los imperios de la historia estuvo siempre determinada en gran medida por la insostenibilidad del costo de sus ejércitos en la tarea de asegurar el control de los pueblos que se anexionaban.

Hoy el medio de comunicación es imprescindible para la sobrevivencia del modelo capitalista, porque solo así puede exterminar, mediante el engaño y la manipulación, cualquier otro modelo político, social o económico alternativo que le permita al mundo comprobar de manera categórica la insalvable inviabilidad del capitalismo.

Por eso al capitalismo no le interesan en lo más mínimo las muertes de millones de personas inocentes que esos imperios causan en el mundo con sus guerras, dado que lo que las justifica no es la salvación del ser humano sino la de un modelo cada vez más insostenible.

Pero esas guerras, cuyo único saldo es una infinita estela de muerte y destrucción, cada día son más costosas no solo en términos de los inmensos recursos económicos que en ellas se dilapidan, sino en razón del repudio que la humanidad les expresa cada vez con mayor intensidad.

La batalla que debían librar entonces para expandir el poder del medio de comunicación más allá de sus fronteras, más que la militar o económica, era aquella que les permitiera superar las ideas de soberanía que prevalecen hoy en las naciones del mundo, para traspasar territorios y continentes sin mover ni un solo tanque de guerra.

Para eso el instrumento ideal no era ya solamente el medio de comunicación convencional (limitado en principio por los crecientes altos costos y por infinidad de Leyes y regulaciones nacionales a lo largo y ancho del planeta) sino los llamados “medios electrónicos”, es decir; la internet y las redes sociales. Etiquetar como dictaduras a aquellos países que no cedieran a esa soterrada forma de dominación fue desde un primer momento la justificación utilizada para intentar colocarse por encima de toda normativa extraterritorial que limitara el empeño expansionista del imperio.

La vertiginosa carrera por el desarrollo de esos medios electrónicos ha estado determinada muy particularmente por el afán de los Estados Unidos de Norteamérica de hacerse de un mecanismo de control de la sociedad a través de herramientas tecnológicamente tan avanzadas y complejas que su desarrollo y posibilidades resultasen inalcanzables para cualquier otra nación o potencia. En eso, y no en la búsqueda del rendimiento económico del progreso científico, ha consistido el concepto de “supremacía tecnológica” tal como se conoce hoy en día.

Esconder ese despropósito del control de la sociedad tras la figura de la lucha por la libertad y la democracia, ha sido para el imperio una tarea de primer orden para asegurar la sostenibilidad y perdurabilidad de su decadente modelo de sociedad.

Ya que la única forma que tiene el capitalismo para tratar de hacer ver que es un modelo eficiente es impidiendo que el socialismo funcione, entonces su mayor prioridad es la destrucción de toda forma de organización que emerja del poder popular, ya sea persiguiendo a los individuos que las promuevan o sancionando a las naciones cuyos gobiernos se orienten en tal sentido.

De esa forma China pasó de ser el “régimen de opresión política” que era durante la Guerra Fría, a la “dictadura que cercena la libertad de expresión” por no haber abierto las puertas a la internet en la forma irrestricta en que el imperio la pretende.

Cuba, que desde hace más de medio siglo ha visto limitadas sus posibilidades de masificar el acceso a la red en virtud del criminal bloqueo económico impuesto por los EEUU, es también acusada por el imperio de ser una nación sometida a un régimen tiránico, básicamente por la misma razón. Negarle el ancho de banda que se necesita para lograr masificar la internet en la isla es parte del bloqueo del imperio contra el pueblo cubano, porque los servidores y toda la estructura corporativa que conforma la red son en su casi totalidad activos empresariales del poderoso capital privado norteamericano.

Pero la lucha del imperio por extender al planeta sus redes de control hegemónico a través de internet, le ha llevado hoy a tener que redimensionar la concepción misma de libertad y de democracia que hasta ahora le había servido para justificar su insaciable sed de sometimiento de los pueblos del mundo a través del discurso mediático.

De acuerdo a esa nueva lógica, no pueden ser libres los pueblos que se expresen a su antojo a través de las redes sociales, ya no como lo  hacen en Japón, en Bélgica, o en Inglaterra, sino también como lo están haciendo en Rusia, en Venezuela y hasta en Cataluña.

Tal afirmación se desprende del absurdo comportamiento de las noticias internacionales difundidas esta semana por los más importantes noticieros de los EEUU y de Europa, en los que en una misma sección (tal como lo ubicaron los noticieros de Euronews y de la Deutsche Welle, por ejemplo) reportaban jerarquizando casi en los mismos términos redaccionales, por una parte la noticia de la investigación que adelanta el congreso norteamericano para determinar la supuesta intromisión de Rusia en la elección presidencial a través de una cantidad enorme de mensajes en redes sociales; y por la otra, la supuesta protesta de un número no precisado de rusos contra las regulaciones de internet aprobadas por el gobierno de esa nación asiática, mejor conocidas como la “Ley Putin”.

En el primer caso se daba cuenta de la búsqueda norteamericana de sanciones contra la Federación Rusa por permitir que gente no afecta a los Estados Unidos se pronunciara a través de las redes para promover a un candidato contrario al interés de los norteamericanos.

En la segunda información, se acusaba al presidente Putin de coartar la libertad de expresión en las redes sociales.

La única forma de encontrar alguna coherencia entre esas dos notas tan contradictorias en un mismo noticiero, es entenderlas como parte de un discurso hegemónico que busca establecer ahora como norma universal la unidireccionalidad en la libertad de expresión, de acuerdo al criterio y al interés del imperio norteamericano por supuesto.

Es exactamente lo que pretende hacer el gobierno de España para justificar la masacre contra la democracia que ha llevado a cabo mediante la desalmada represión que el señor Mariano Rajoy ordenara las últimas semanas para aplastar la sed de libertad del pueblo catalán.

Ha dicho Rajoy que la rebeldía del pueblo catalán habría sido desatada por un cuerpo de “bots” que actuarían bajo las órdenes del Presidente venezolano. Pero en definitiva, no ha hecho sino acusar a los usuarios de internet por no haber usado las redes a conveniencia del gobierno español. Acusando a la vez a los catalanes de pendejos, por cierto.

Millones de seres humanos en el mundo aprendieron ya a hablar a viva voz por las redes sociales, que el imperio vendió en sus inicios como el mayor salto de la humanidad hacia la libertad. Pero para el imperio no son las voces correctas. Son, según los amos del mundo, voces que hacen un uso indebido de ese poderoso instrumento que los sectores hegemónicos secuestraron para su beneficio propio y no para la causa de la justicia social ni mucho menos.

Algo le está saliendo mal al imperio, que sus guerras invasoras fracasan en todas partes. Que su poderío económico se viene abajo con el surgimiento de nuevos y muy poderosos referentes monetarios para el mercado internacional. Que sus elecciones están siendo determinadas por gente más allá de los océanos a la que ni siquiera ha visto jamás. Y que sus instrumentos electrónicos de dominación se le escapan de las manos, porque la gente ha terminado por usarlas para decir la verdad antes que para ninguna otra cosa.

Descarta el imperio que, si los pueblos fueron capaces de hacer siempre revoluciones que cambiaron la historia, también pueden hacer revoluciones en internet.

En el habla popular más sencilla y descarnada, a eso se le llama “salir el tiro por la culata”.

@SoyAranguibel

 

Big Data… ¿opresión o liberación para los pueblos?

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde los orígenes de la guerra como medio de aseguramiento del poder de los más fuertes sobre los más débiles, se dijo que la inversión en el instrumental bélico que requerían los ejércitos estaba más que justificada con el logro de la paz que las conflagraciones prometían.

Jamás ha sido tan cuantiosa esa inversión como hoy en día, y nunca ha estado más lejana la posibilidad de la paz en el mundo. Solamente los Estados Unidos, con un presupuesto anual de 800 mil millones de dólares destinados al requerimiento de su insaciable industria militar, derrocha en armamento más que todo lo que invirtió el mundo entero durante la Segunda Guerra mundial.

Con lo invertido en la exploración espacial, iniciada como parte de la pugna por el liderazgo mundial durante la Guerra Fría, se habría podido sufragar la erradicación del hambre en el planeta por más de mil quinientos años.

A la humanidad se le dijo siempre que tan descomunal gasto se justificaba por los grandes logros científicos que dicha exploración arrojaría en beneficio de todos los habitantes de la tierra.

Hoy, salvo la infinidad de nuevas (y muy poco redituables) incógnitas sobre el universo, el balance es poco menos que desalentador, por decir lo menos, en términos del bienestar y el progreso que supuestamente le depararía al ser humano la eufemísticamente llamada “conquista del espacio”.

Su sola definición remite a la brutal forma de sometimiento que los imperios utilizaron a través del tiempo para imponerse sobre las culturas y civilizaciones originarias que las conquistas diezmaban a su paso.

Lo que a lo largo de la historia se presentaba como el desarrollo de la ciencia y el conocimiento, terminó siendo siempre, en términos más absolutos que relativos, el avance y consolidación de los sectores hegemónicos que detentaron el poder, y que a la larga convirtieron al mundo en la escandalosa desproporción que es hoy en día; más de una quinta parte de la población padece de hambre y miseria, mientras solo el 1 % es dueño de casi la mitad del dinero que gracias fundamentalmente a ese avance de la ciencia y del conocimiento se genera.

La información, estructurada o no bajo sistemas complejos o de inteligencia artificial, no es en sí misma un activo de valor para el desarrollo de la humanidad. Su poder auténticamente transformador dependerá siempre del uso que en cada caso se le dé en un sentido o en otro.

De ahí que la apropiación del conocimiento haya sido desde siempre un objetivo medular de los sectores dominantes, que no han cesado nunca en su empeño en colocar las oportunidades de avance de la humanidad a su servicio. La llamada “patente”, la figura legal del registro de propiedad sobre las invenciones, es una clara evidencia de esa vocación privatizadora del capitalismo sobre el conocimiento.

Con la batalla que libra hoy los Estados Unidos por asumir el control geoestratégico del continente suramericano en particular, el imperio persigue controlar las riquezas energéticas de la región, pero muy fundamentalmente asegurar el inagotable poder que entrañaría la posesión del genoma de la vasta biodiversidad amazónica… información que podría determinar en el futuro la sobrevivencia misma del ser humano.

Esa información de tan inapreciable valor para la hegemonía dominante no puede servir a la humanidad sino como mercancía, en primer lugar, y luego como instrumento de sometimiento de los pueblos, en razón de lo cual para el capitalismo la misma no será nunca de carácter público sino privado.

El Dr. Rick Gilmore, profesor de sicología asociado de la Universidad de Pensilvania, EEUU, lo ha expresado de manera más que gráfica. “No hay -dice de manera sarcástica Gilmore, haciendo referencia al ocioso costo de la exploración espacial- un telescopio Hubble recopilando en la actualidad datos (Big Data) sobre el universo del desarrollo humano para hacerlos más accesibles a los investigadores, que sí tienen muchas preguntas importantes al respecto”.

El catedrático e investigador sostiene que las inmensas oportunidades que se abren hoy con la enorme cantidad de información que se está procesando en el estudio del comportamiento humano, podrían hacer más poderosas y útiles las investigaciones que se llevan a cabo en infinidad de trabajos y de áreas de la salud, pero… si se compartieran.

Algo que no es posible por ahora, en virtud del dominio que ejercen sobre esa información quienes financian a las grandes fundaciones y empresas encargadas de esas investigaciones.

Al decir de Gilmore “Es demasiado difícil para un investigador que quiera reutilizar los datos de otra persona –primero para encontrar a esa persona y luego para reutilizar su conocimiento, para hacerlo interoperable- para construir a la vez nuevo conocimiento”.

“Hay empuje para superar esa limitante, pero hay más tracción para impedir que se universalice la información. El empuje viene dado principalmente por las organizaciones que agrupan a los investigadores, como la National Science Foundation o los institutos nacionales de salud (en EEUU), que son quienes están haciendo las preguntas de verdadero interés sobre la ciencia”, dice.

El caso de los laboratorios farmacéuticos y la forma en que ellos han secuestrado el campo de la investigación farmacológica para orientar los avances científicos en esa área exclusivamente al interés mercadotécnico, es uno entre tantos que podrían mencionarse para ilustrar cómo el fenómeno de la llamada “era de la Big Data”, manejada desde los sectores que cuentan con el poder real de administrar el inmenso flujo de datos estructurados del que hoy disponen, antes que beneficiar a la humanidad pudiera terminar convertido en amenaza.

Si algo padece la sociedad capitalista (además de la perversa explotación del hombre por el hombre y la injusticia social que ella genera) es la alienación de su gente al salvaje modelo consumista que sume hoy en la miseria al ser humano y destruye las posibilidades de soberanía e independencia de los pueblos.

¿Cuál es en verdad el interés del capitalismo en el manejo de toda esa inmensa fuente de información que se mueve segundo a segundo a través de internet, de la telefonía celular, y de los registros de todo tipo que va dejando como huella personal la actuación de cada individuo en el mundo, cuando es el propio capitalismo el que emite a través del medio de comunicación de masas el discurso que moldea hoy el criterio (y la ideología, pudiera decirse) de ese mismo individuo en la sociedad actual?

Lo que persigue la hegemonía dominante del sector corporativo y financiero con el control de la información no es otra cosa que constatar y asegurar la sumisión y la lealtad de ese individuo (de todos ellos) al modelo sobre el cual se sustenta hoy el capitalismo, tal como lo demuestra la experiencia del uso de la Big Data en la reciente campaña electoral de los EEUU por parte de Donald Trump.

El espionaje masivo para ejercer a la perfección esa dominación imperialista de los EEUU sobre la humanidad es el fin último de lo que hoy se presenta una vez más como fundamento del hipotético futuro de bienestar con el que el capitalismo ha ilusionado desde siempre al mundo.

Impedir que el ser humano se exprese por sí mismo y que sea la información de su conducta la que hable por él, se ofrece como el nuevo paradigma del confort cuando en realidad quienes se benefician con ello son los dueños de las grandes corporaciones.

Tal como lo viene planteando el profesor Gilmore, son muchos los que sostienen que el verdadero desarrollo del ser humano hacia el porvenir dependerá de la efectiva democratización de esa inmensa data que se genera permanentemente en el mundo.

Organizar a la sociedad para abrir el camino hacia esa democratización es una responsabilidad ineludible y de muy primer orden para los procesos progresistas del mundo que hoy aspiren a la la transformación profunda de la sociedad en función de la justicia y la igualdad.

En Venezuela, y con ese propósito, el presidente Nicolás Maduro ha emprendido una cruzada histórica que enrumba al país hacia la superación de los severos embates de la difícil coyuntura por la cual atraviesa hoy la economía nacional, con el lanzamiento del Carnet de la Patria. Un novedoso instrumento de organización social apoyado en las más avanzadas tecnologías en el manejo de datos estructurados de los ciudadanos, para combatir  de manera frontal la guerra económica desatada por la derecha contra nuestro pueblo y hacer cada vez más eficientes la gestión y las políticas sociales del gobierno revolucionario.

Un uso perfectamente democrático de la información y la tecnología, que muestra una vez más el rostro humano de la Revolución Bolivariana.

 @SoyAranguibel