Atilio Borón: “Esta izquierda que rasga vestiduras con Maduro es de jardín infantil, están castrados políticamente”

Por Camilo Espinoza

14 de Agosto, 2019

Atilio Alberto Borón (76 años) es una de las voces más relevantes de las ciencias sociales en América Latina y es precisamente todo lo que uno se imagina: un intelectual argentino de izquierda, muy culto, con acento bonaerense y vozarrón gastado por el exceso de cátedras. Eso sí, sorprende su conocimiento de Chile y manejo del Twitter. Su más reciente obsesión es Mario Vargas Llosa, a quien le dedicó 224 páginas en “El hechicero de la tribu”, una especie de respuesta política a la autobiografía del peruano. Sin embargo, no tarda en meterse rápido en la contingencia y dispara a discreción contra la indolencia norteamericana, el fraude del macrismo y la ingenuidad de la izquierda progresista. En Chile, sus dardos apuntan principalmente contra Michelle Bachelet y Gabriel Boric.

¿De dónde surge la idea de escribir un libro sobre Vargas Llosa? ¿Hubo alguna provocación?

– Es probablemente uno de los más notables escritores en la lengua española de los últimos 50 o 60 años. Pero yo no lo analizo desde ese punto de vista, sino cómo Vargas Llosa desempeña su papel de intelectual público y gran difusor de las ideas neoliberales. Es un personaje absolutamente único, no hay otro como él a nivel mundial, ¿eh? Ni siquiera en EE.UU. tenés un divulgador que tenga una proyección internacional como él. Es un divulgador del sentido común del liberalismo: “Arréglate como puedas, deja de lado la acción colectiva, cada cual progresa si es trabajador, honrado, eficiente, educado, olvídate de los sindicatos, asociaciones, partidos, déjate de pedirle todo al Estado”. Todos esos lugares que tanto daño han hecho. Y lo expresa muy bien, porque los pone en palabras muy seductoras, es un gran escritor. Para mí fue siempre un objeto de estudio permanente, de disfrute. Leía sus novelas y las disfrutaba. Leía sus análisis políticos y me daba mucha rabia.

¿Podemos decir que Vargas Llosa se enmarca en cierta intelectualidad latinoamericana de derecha o es más bien un outsider?

– Vargas Llosa es el gran intelectual orgánico de la derecha latinoamericana y yo te diría de la derecha mundial. Es un tipo al que el Rey Juan Carlos lo “honra” como marqués. Estamos hablando de un personaje único. No hay otro. Un hombre con una formación en lo suyo muy sólida, pero no en filosofía política. En su libro explica por qué se convirtió al liberalismo. Presenta a los autores que le abrieron los ojos, porque de jovencito era un marxista de la línea de Jean Paul Sartre y luego permanece en el campo del socialismo hasta junio de 1971, cuando se declara socialista y dice que la Revolución Cubana es “un ejemplo para América”. No estamos hablando de un intelectual momio clásico de los que tanto abundan acá en Chile, en Argentina o en Brasil. Estamos hablando de un hombre que viene de un pensamiento crítico y de izquierda, y que de repente, al cabo de un tiempo, abandona sus ideas, deserta de sus concepciones del mundo y se convierte en un apologista de la derecha.

Acá también ha tocado esta irrupción de “los conversos”, como el excanciller Roberto Ampuero, que tiene una trayectoria parecida, ligada a la literatura y termina siendo ministro de Piñera. ¿Qué tan común es ese fenómeno?  

– No tanto. Pasa que Vargas Llosa es absolutamente excepcional. Con todo respeto a Ampuero, no ha tenido ni siquiera en Chile la gravitación que tuvo Vargas Llosa. Él es un personaje universal. Su historia es muy dolorosa. Él estaba en una célula comunista en la época de la dictadura de Odría, que a los comunistas los agarraba, los degollaba y los tiraba al mar. Él es un tipo de carácter, de temple, no es cualquier cosa y ahora tiene una influencia enorme. Sin embargo, vende un producto defectuoso que es la idea de que si quieres la democracia, su único camino es construir una sociedad de libre mercado y yo compruebo la flaqueza de este argumento, desmentido no solamente en el plano teórico. Liberalismo y democracia son dos corrientes de pensamiento completamente diferentes. La Constitución de los EE.UU., que es el prototipo de la Constitución liberal, en ningún momento habla de democracia. No se identifica ni se define como una democracia.

RETROCESO DE LOS GOBIERNOS PROGRESISTAS

¿Cómo se entronca el pensamiento de Vargas Llosa con esta ofensiva de la derecha latinoamericana a nivel continental?

– Es el gran argumentador. Cuando vino todo este proceso de los nuevos gobiernos progresistas y de izquierda en América Latina, él fue el que se encargó de decir que eran malos gobiernos, estatistas, colectivistas, intervencionistas y todos iban a terminar en un fracaso, y acusando a los principales líderes injustamente, de una manera chabacana por momentos, con una manipulación torpe de los datos más elementales. Sin embargo, eso al cabo de cinco años se transforma en sentido común.

Pero más allá del plano de las ideas y la prensa. ¿Cuáles son las explicaciones suyas del retroceso de los gobiernos progresistas y el auge de la derecha?

– En algunos casos, esos gobiernos han estado en un plazo bastante largo y evidentemente hay un desgaste. En segundo lugar, el clima económico internacional ha sido muy desfavorable. Entonces, sostenerse en el gobierno y poder gobernar en función de un proyecto, si tú quieres, redistribucionista e igualitario, se transforma en algo cada vez más difícil. Fíjate en las preocupaciones que hay aquí en Chile ahora por la baja en el precio del cobre. Imagínate países que tienen una gran debilidad desde el punto de vista de sus exportaciones, Venezuela con el petróleo, Bolivia con el litio, la soja en Argentina y Brasil, evidentemente ha restado impulso. En tercer lugar, porque son gobiernos que han cometido errores como todos los gobiernos del mundo. Yo tengo un doctorado en ciencia política, si tú me dices que mencione un solo gobierno que no haya cometido errores con cierta frecuencia, soy incapaz. Lo cometieron los noruegos, los suecos, los suizos, los finlandeses. Pero de todas maneras, son gobiernos que están siendo sometidos a un ataque permanente. Me resultaría mucho más convincente la crítica a esos gobiernos si se los dejara solos a ver qué tal funcionan. A ver, ¿cómo resultaría Cuba si no tuviera que resistir 60 años de bloqueo?. Porque así es muy difícil gobernar bien. Es como si tuvieras un negocito aquí en Plaza Italia, te pongo cinco matones que no dejan entrar a nadie que pueda irte a comprar, que no te dejan salir, te roban el autito que tienes afuera, se dan cuenta que tienes un depósito en una cuenta del banco, van y te la incautan. Cada vez vas a tener más dificultades para sostener tu negocio. Pese a todo, yo no diría que se inicia un ciclo de derecha en América Latina. No hay evidencia. Al menos, no todavía. Macri está con gravísimos problemas, una economía devastada, un PIB que ha decrecido en los últimos dos años. Brasil está en un proceso acelerado de desindustrialización, de caída del PIB, en medio de explosiones de autoritarismo y opresión. En las favelas la vida se ha transformado en un infierno.

¿Y qué pasa con la situación venezolana, que en su momento era el paladín del socialismo del siglo XXI con Hugo Chávez  y ahora está complicada? 

– Está muy complicada. Para entender lo de Venezuela hay que entender la génesis de todo esto. Estados Unidos nunca aceptó que un gobierno como el de Chávez recuperara el petróleo para los venezolanos. Entonces, montó el Golpe de Estado del 11 de abril del 2002 que fue reconocido por el gobierno de Ricardo Lagos en Chile, en el que era ministra Michelle Bachelet. Chávez se recompuso porque la gente lo reinstaló en el poder y se inició un ciclo donde se le sacó del juego. A partir de ahí hay una agresión en contra de Venezuela, un país muy dependiente, monoexportador, ellos exportan petróleo, nada más. Evidentemente el gobierno tiene muchos problemas. A todo esto, viene Jimmy Carter y dice que el sistema electoral venezolano es más transparente, más puro y más confiable que el de los EE.UU., pese a lo cual se instala la idea de que ahí no hubo elecciones libres, que hubo fraude, que esto, que lo otro, cosa que nunca han logrado probar. Imagínate que después aparece un loco que sale a Plaza Italia y dice “yo soy el nuevo Presidente de Chile, me autoproclamo Presidente de Chile”. A los cinco minutos hay un tweet de Donald Trump en persona diciendo que reconoce a este loco. A Juan Guaidó no lo conoce nadie en Venezuela, yo averigüé, estaba allá. ¿Quién es este tipo?. A partir de ahí se intensifica una ofensiva brutal y evidentemente Venezuela está sufriendo gravísimos problemas humanitarios. Encima, tienes una oposición que no aceptó el veredicto de las urnas en el 2014 y en el 2017, que destruyó buena parte de las instalaciones físicas del país, que agarraba gente en la calle que, por portar caras chavistas, les rociaban gasolina, les prendían fuego y los mataban. Cosa que el informe de la señora Bachelet ni menciona, para su eterno deshonor. Puedes mencionar la represión de Maduro que ha ejercido contra manifestantes. Muchos de ellos híper violentos, que venían de lanzar una bomba incendiaria en una sala infantil de un hospital, por ejemplo. ¿Qué haces con esa gente? ¿Te sientas a rezarle o usas el poder del Estado para restablecer el orden?

IZQUIERDA LATINOAMERICANA

En ese marco, ¿cuál es el rol que le corresponde al resto de la izquierda latinoamericana, entendiendo que Venezuela ha generado debate y hace poco Pepe Mujica la calificó de “dictadura”?

–  Bueno, tiene que ganar las elecciones y tiene miedo a que el electorado de clase media del Uruguay se le dé vuelta. Como ya se ha instalado la idea esa -de pronto abre su bolso y saca una serie de imágenes-. Cuando empiezan a decir lo de la dictadura, es un argumento que tiene un impacto muy fuerte. Te voy a mostrar esta foto -me muestra la imagen de un hombre con una polera que dice “Maduro, Coño e’ tu madre”-. ¿Sabes quién es este señor?

No, no sé.

– Este es un alcalde que llegó así a cumplir sus funciones. Después volvió a su casa, sale con sus chicos. Este tipo no tiene ningún problema. ¿Qué clase de dictadura es esa? ¿Qué hubiera pasado si en Chile, no un alcalde, salías vos con una camiseta que dijera “Pinochet Hijo de Puta”? ¿Cuánto durabas? ¿O en Argentina con Videla? Cinco minutos y desaparecías de inmediato. Los que dicen que Venezuela es una dictadura están hablando tonterías o hacen un cálculo para quedar bien con los poderes dominantes. ¿Por qué la izquierda se pliega a esa campaña? Me gustaría que esta izquierda confundida que hay en toda América Latina deje de repetir el discurso de la derecha. Ellos piensan que abuenándose con la derecha, los van a dejar gobernar. Es de una inocencia… está bien para un niño de jardín de infantes. Ellos tienen el poder firmemente en sus puños, dominan el capital financiero, los medios de comunicación y tienen la justicia en el bolsillo. Es de una ingenuidad terrible.

Acá en Chile, la izquierda democrática se ha articulado en torno al Frente Amplio. Uno de sus diputados, Gabriel Boric, ha hecho declaraciones sobre Venezuela. Él fue dirigente estudiantil…

– Sí, lo conozco.

Le cito textual lo que dijo: “Tengo la convicción de que tal como condenamos la violación de los DD.HH. en Chile durante la dictadura, los golpes blancos en Brasil, Honduras y Paraguay, la ocupación israelí sobre Palestina, o el intervencionismo de EE.UU. desde la izquierda debemos condenar con la misma fuerza la restricción de las libertades en Cuba, la represión del gobierno de Ortega en Nicaragua, la dictadura en China y el debilitamiento de las condiciones básicas de la democracia en Venezuela”. ¿Qué le parece?

– Dile que le recomiendo que haga una licenciatura en serio en ciencias políticas antes de hablar tonterías. Lo que está diciendo él me lo está diciendo un alumno de primera unidad, inmediatamente lo mando a marzo a estudiar. No tiene sentido. Mezclar en ese paquete China, Venezuela, Cuba, habla de una falta absoluta de profesionalismo. No sé qué profesión tiene, debe ser veterinario…

Estudió derecho…

– Bueno, los abogados hablan de todo y no saben de nada. Lo que él dice es una aberración. Lo desafío a que vaya a algún debate en serio para hablar con gente que sepa para que pueda decir esa barrabasada. ¡Por favor! Es una pena, porque Boric de joven prometía ser algo diferente, lamentablemente ha envejecido 50 años de golpe al decir eso.

EL FUTURO DE AMÉRICA Y LA ULTRADERECHA

¿Sus proyecciones sobre Venezuela son optimistas o pesimistas?

– Muy pesimistas. En 2017, Rodríguez Zapatero estuvo haciendo una mediación entre la oposición y el gobierno de Venezuela en República Dominicana. Duró casi todo el año y se llegó a un acuerdo para pacificar la situación, normalizar, institucionalizar, una agenda de elecciones, etc. Se pusieron de acuerdo. Cinco minutos antes de que llegara a firmarse, llega una llamada del presidente Duque de Colombia diciendo que había recibido instrucciones de la Casa Blanca y que no había que firmar ningún acuerdo. La pregunta que yo le hago a Boric y a alguna gente de izquierda en Chile: ¿están de acuerdo que un presidente de América Latina pueda quedarse en el mando, solo si cuenta con el aval y el apoyo del gobierno de EE.UU.? ¿No les dice nada la historia de Chile? ¿No aprendieron nada de la historia de la Unidad Popular? ¿El papel siniestro de EE.UU. acá? ¿Cuánta gente murió por la intervención de EE.UU.? Esto no lo digo yo, son informes de la comisión Church que se llama “Covert Action In Chile 1963-1973” que demuestra cómo intervino la CIA para desbarrancar el gobierno de Allende antes de que fuera designado por el Congreso pleno. Estos críticos… ¿no conectan? ¿de dónde salió esta gente? Son extraterrestres, no viven en este mundo. No viven en Chile para empezar, o desconocen olímpicamente la historia chilena. Y si la desconoces, no podés hacer política en serio en Chile. Dedícate a otra cosa, lo digo cariñosamente y con todo respeto.

Pasando a otro tema, ¿qué pasa con Cuba que ha vuelto a una posición desventajosa posterior a la elección de Donald Trump?

– Cuba está preparada para resistir un endurecimiento del bloqueo, que ya está ocurriendo. El bloqueo en el derecho internacional es un crimen de lesa humanidad, porque estás produciendo muerte, estás impidiendo que lleguen alimentos, medicamentos, acceso al agua, ante la indiferencia de la comunidad internacional. O sea, practicas una especie de genocidio de “guante blanco” ¡Esto es una dictadura a nivel mundial! Por eso digo estos amigos, todos estos que son tan duros en la crítica a la supuesta dictadura de Maduro, ¿por qué no hablan de la dictadura de Trump, que impide que terceros países elijan su destino? Acá hay un problema muy grave de formación teórica de una izquierda que por momentos parece analfabeta. O por lo menos, totalmente amnésica, desmemoriada de lo que ha pasado en su propio país. Un hombre como Pepe Mujica que estuvo 13 años metido en un aljibe, ¿cómo puede ignorar el papel que el imperialismo desempeñó en Uruguay en su momento y no conectarlo con lo que pasa en el mundo de hoy? Es parte de un problema de formación de una izquierda que, por su incapacidad de llegar al poder, se entretiene con este tipo de especulaciones y conjeturas. Pero volviendo a lo de Cuba, creo que va a resistir igual. Hace 60 años que los vienen bloqueando y no les han podido quebrar la mano…

Se ha hablado mucho de apertura…

– Sí, Cuba abre, pero Estados Unidos cierra. Cuba está abierta a que llegue inversión extranjera, a recibirla en función de las normas nuevas. Incluso la Constitución cubana da nuevas garantías para que pueda haber inversión productiva, que genere empleo, actividad económica y produzca más bienes. Pero Trump sanciona a las empresas que comercian e invierten en Cuba. Eso es lo que hay que denunciar. Trump es un tirano mundial y un genocida. A ver si lo decimos. Yo no puedo entender que hay una izquierda que se entretiene hablando de Maduro y no dicen ninguna palabra de los chicos refugiados que Donald Trump pone en una jaula y los separa de la familia. Quisiera encontrarme con alguno de estos y decirle: “¿Esto no te conmueve?, ¿No es un problema de Derechos Humanos, la izquierda no debe decir nada de niños enjaulados en la frontera norteamericana? ¿No debe decir nada que te matan cada dos días un líder indígena, negro, mulato o supuesto guerrillero en Colombia, en una operación de limpieza étnica brutal?”. No he visto nunca a ninguna de esta gente rasgarse las vestiduras ante lo que es un crimen interminable. ¿La señora Bachelet no considera que debe hacer algo o es que los Derechos Humanos son solo en Venezuela, y en Colombia no hay problemas, ni en Haití, ni en Paraguay, ni en Brasil, ni en Honduras?

¿Y en Argentina? ¿Cómo se ve el escenario, de cara a las elecciones presidenciales?

-Creo que hay chances razonables de que Macri pueda ser derrotado en las elecciones de octubre, en la primera vuelta. El gobierno que ha hecho ha sido desastroso, con problemas de todo tipo, megaendeudamiento externo, depresión económica, caída en los haberes de pensionados y jubilados, desempleo en alza, Pymes que cierran a diario, un país realmente estancado económicamente con una inflación que es el doble de lo que tenía Cristina. Se presentan con la locura del apoyo de Donald Trump, que ha obligado al Fondo Monetario Internacional a desembolsar la mayor ayuda en la historia del FMI a un solo país. Una cosa de locos y que demuestra que no es ninguna entidad económica independiente. Lo dijo Zbigniew Brzezinski, que fue gran estratego de Estados Unidos, quien dijo que el fondo es un departamento del gobierno de EE.UU. Efectivamente, Trump dijo “ayuden a Macri” y le dieron una ayuda del orden de los 57 mil millones de dólares. Una locura. ¿Crees que con eso hicieron una cantidad de obras públicas? No, la fugaron los amigos del rey. Fue un saqueo a gran escala. Ladrones de guante blanco como pocas veces he visto en mi vida. La corrupción es universal, más en el capitalismo que se potencia por el papel del dinero y la ganancia. Pero en Argentina, la corrupción de estos tipos no tiene precedentes.

¿Y las elecciones en Estados Unidos?

– Va a ganar Trump, desgraciadamente. Los demócratas están muy desprestigiados. Hillary Clinton no es mejor que Trump, vamos a ser claros. Hay nueve segundos que la condenan para toda la eternidad. Seguramente la habrán visto que ella está sentada y le comunican que mataron a Gadafi. “Fue, llegué y murió”, dijo ella. Es una hiena al servicio de los peores intereses del complejo militar-industrial norteamericano. Trump también, pero menos. Al tipo le interesa construir campos de golf, hacer construcciones. Pero Hillary Clinton es una lobbista. No hay alternativa. Bernie Sanders que tiene un proyecto bien interesante, pero está muy mayor, tiene 80 años. Habla de socialismo, tiene toda la prensa en contra, va a ser muy difícil. Joe Biden es un personaje anti-carismático. Me parece que tenemos Trump para rato.

¿Cuánto miedo hay que tenerle a la ultraderecha en el poder, como Trump o Bolsonaro en Brasil, o lo que intenta José Antonio Kast en Chile?

– Son personajes muy siniestros. Gente que es capaz de hacer cualquier cosa. Las cosas que está haciendo Bolsonaro en Brasil no tienen nombre. Una agresión desembozada a todo lo que huela a populismo, recortó gastos en educación, le transfirió a empresas norteamericanas grandes laboratorios hechos por Petrobras, con fondos públicos a través de la Universidad de Rio de Janeiro ¡Se los entregó en bandeja! Además, avanza en la deforestación de la Amazonía, propone que cada niño tenga un arma y aprenda a disparar. ¿Esa es la propuesta que nos hacen para tener una sociedad mejor? Por eso te digo, esta izquierda que rasga vestiduras con Maduro es una izquierda de jardín de infantes. O se vende totalmente al poder o se resigna a quedar permanentemente como elemento decorativo de los gobiernos de derecha para demostrar que hay pluralismo en Chile. Están castrados políticamente de toda capacidad de hacer los cambios que hay que hacer.

Fuente: TheClinic.CL

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El invariable empeño divisionista del trotskismo

– Publicado en el Correo del Orinoco el 17 de noviembre de 2014 –

Por: Alberto Aranguibel B.

El clamor más angustiado del Comandante Chávez en su dolorosa despedida del 8 de diciembre de 2012 ante el país, no fue solamente la solicitud de respaldo del pueblo a Nicolás Maduro en las elecciones presidenciales que tendrían que hacerse para cumplir con lo establecido en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, en caso de presentarse una “circunstancia sobrevenida” que lo inhabilitara. Esa fue quizás la más inesperada e impactante. La más vehemente súplica de aquella dura proclama fue el llamado a la unidad, por encima de todas las cosas.

Siendo, como hoy se le reconoce más que nunca, el más grande genio político de toda nuestra historia republicana, Chávez sabía que el trabajo más arduo era el de la consolidación perdurable de la unidad del pueblo en torno a una propuesta tan compleja y tan amenazada como la del socialismo, más aun cuando las fuerzas más retardatarias de la sociedad que adversan al chavismo cuentan con tantos recursos y respaldo imperialista como nunca antes en toda la historia. En el logro de esa unidad inquebrantable del pueblo, que impidió durante todo su mandato la arremetida invasora de las grandes potencias, estuvo determinado su liderazgo. Y él lo sabía.

El alerta contenido en la frase “No faltarán los que traten de aprovechar coyunturas difíciles para mantener ese empeño de la reinstauración del capitalismo, del neoliberalismo, para acabar con la Patria”, era más una premonición que una conseja. Su deslumbrante dominio de la historia y su destreza como político excepcional le permitían avizorar con claridad no sólo los riesgos sino las amenazas que se cernirían sobre el proceso bolivariano de no contar con su conducción.

La constante divisionista de la izquierda desde sus orígenes, era también con toda seguridad una preocupación que le mortificaba.

Desde mucho antes de aparecer Leon Trotsky en la escena política rusa a principios del siglo XX, las divisiones en la izquierda con base en la prepotencia y la arrogancia de intelectuales erigidos de la noche a la mañana en ideólogos revolucionarios imprescindibles fueron el fenómeno más recurrente en los grandes momentos de construcción del modelo socialista de justicia e igualdad social que desde siempre reclamaron los pueblos. Desde 1864, año de la instalación de la Ira Internacional, hasta después de la 2da Guerra mundial, las divisiones promovidas por radicales que cuestionaban indistintamente las concepciones del socialismo formuladas por Lenín, Engels o hasta por el mismísimo Carlos Marx, fueron una constante en el quehacer de la izquierda en el mundo. Pero sin lugar a dudas que a Trotsky y al trotskismo se deben las más resonantes, inútiles e irresponsables de todas cuantas ha habido a lo largo de más de un siglo de lucha revolucionaria.

A través del tiempo, los trotskistas han querido presentar una versión de la historia completamente tergiversada y amoldada a sus muy particulares intereses fraccionalistas, que nada tiene que ver con la realidad de los hechos que marcaron el devenir de la propuesta socialista. Hoy puede sostenerse con entera propiedad que el trotskismo, como propuesta revolucionaria, ha sido siempre y es hoy una completa farsa histórica.

Trotsky nunca fue revolucionario. Las dos corrientes fundamentales que promovían la transformación de Rusia a principios del siglo XX fueron los mencheviques, entre los que se encontraba Trotsky, tendencia pequeño-burguesa con una visión reformista de la transformación de la realidad, y los bolcheviques, la tendencia revolucionaria autóctona liderada por Lenin.

Los mencheviques se opusieron desde siempre a la manera revolucionaria en que los bolcheviques hacían política. Ya en 1904, en su texto “Nuestras tareas políticas” Trotsky acusaba a Lenin de “dictador”, “autócrata” y “revolucionario burgués”, dejando ver que sus manidas diferencias contra Stalin no se debían al supuesto “despotismo” con el que éste (según Trotsky) ejercía la política, ni a la supuesta traición de las raíces de la revolución por parte del líder bolchevique, sino que su conflicto era esencialmente contra la propuesta socialista, incluso desde mucho antes del inicio de la revolución bolchevique y, por supuesto, antes de fallecer Lenin. De hecho, esa infamante guerra de Trotsky contra Stalin es uno de los mayores aportes a la cultura anticomunista promovida desde entonces hasta hoy por el imperio norteamericano.

La razón por la que Trotsky se incorpora formalmente a las filas de la Revolución Bolchevique tiene su explicación en la necesidad política del alzamiento de 1917 gracias a la genialidad estratégica de Lenin. En vísperas de aquella rebelión popular contra el zarismo, Lenin entendía la importancia de la unidad de todas las fuerzas, ya fuesen revolucionarias, reformistas o progresistas, para asestar el último golpe al poder zarista en Rusia, pero sin perder de vista jamás el carácter contrarrevolucionario del pensamiento y el accionar de Trotsky. En las conocidas cartas que escribió el líder bolchevique antes de morir, Lenin sostenía la incapacidad de Trotsky para dirigir al partido comunista por su esencia “pequeño-burguesa”.

En los años que siguieron a la muerte de Lenin se llevaron a cabo intensos debates en el seno del Partido Comunista Bolchevique, en donde personajes como Trotsky expresaron de manera abierta sus ideas políticas. No existe ni una sola prueba histórica de que Trotsky fuese “botado arbitrariamente” del partido. Pero sí sobran las pruebas de que ni su propuesta ni él como líder jamás pudieron lograr el respaldo de las mayorías.

Como elemento clave en la farsa histórica que representa el trotskismo, se encuentra el hecho de que Trotsky catalogaba a la dirigencia revolucionaria de entonces como “traidores” al legado de Lenin y como “enemigos” del pueblo, pero cuando personajes como Bujarin y Zinoviev decidieron distanciarse de la propuesta socialista y se declararon enemigos del poder revolucionario establecido, estos fueron recibidos por Trotksy como grandes héroes, conformando con ellos la autodenominada “Oposición de izquierda”.

Desde el seno del partido, militantes y dirigentes combatieron a esa “Oposición de izquierda” con mucha fuerza, no por razones de intolerancia sino por razones políticas: al triunfo de la Revolución Lenin estableció firmemente la necesidad de que no existieran fracciones ni tendencias a lo interno del partido, idea que se plasmó en los estatutos del partido comunista.

La respuesta del trotskismo ante su incapacidad para ganarse al pueblo bolchevique fue entonces la de asumir el camino de la violencia fascista emprendiendo una serie de acciones de sabotajes en las empresas más importantes del Estado Soviético. Como demuestra claramente el autor Ludo Martens en su conocido texto “Otra mirada sobre Stalin”, los inspectores de fábricas conseguían arena, piedras y artefactos ajenos al proceso de producción a lo interno de la maquinaria laboral, colocadas ahí intencionalmente por agentes del trotskismo infiltrados en el movimiento obrero, para deteriorar los equipos y obstruir las labores en dichos espacios.

Sabotaje que alcanzaba dimensiones internacionales con propuestas innegablemente contrarrevolucionarias como las que expresa un manifiesto de la IV Internacional convocada por Trotsky en 1940, en el que se asumía la defensa de Rusia frente a la amenaza nazi de invadir el territorio ruso, pero se combatía a la vez a la “oligarquía de Moscú”, es decir al Partido Bolchevique. En el momento en que la Alemania nazi se proponía invadir a la URSS y masacrar al pueblo ruso, Trotsky proponía luchar contra su gobierno y debilitarlo. Ya entonces se conocían evidencias que demostraban la existencia de una alianza directa entre el nazismo y el trotskismo (el hijo de Trotsky, León Zedov, vivía en Alemania durante el nazismo), amén de las absurdas y torpes propuestas de clara orientación fascista que promovía la fraternización con los ejércitos invasores nazis por considerarles “trabajadores en uniforme”.

Esas y muchas otras razones llevaron a los principales dirigentes revolucionarios del siglo XX, Stalin, Mao Tsetung, Ho Chi Min, entre otros, a rechazar expresamente al trotskismo como corriente pequeño-burguesa, infiltrada siempre a lo interno de las revoluciones socialistas para dividirlas y acabarlas. Por ese afán divisionista, en Latinoamérica, particularmente en Argentina, Brasil, México y Uruguay, el trotskismo ha sido la causa más frecuente del fracaso de las luchas populares.

Pero el trotskismo y su afán divisionista sobrevive y es hoy una amenaza más junto a todas las que penden sobre la Revolución Bolivariana. Desmontar su trampa de la “autocrítica”, que solo persigue desprestigiar el liderazgo revolucionario (acusándolo, como hace 100 años, de “burócratas”, “autócratas” y “revolucionarios burgueses”) para desmovilizar a la militancia y abrirle así el paso al fascismo que pretende poner de nuevo sus garras sobre nuestra Patria, es una obligación impostergable de los hijos de Chávez.

@SoyAranguibel

Raúl Zibechi: Derechas con look de izquierda

anti sistema

Por Raúl Zibechi / Alainet

Las recientes manifestaciones de masas generadas por las derechas en los más diversos países, muestran su capacidad por apropiarse de símbolos que antes desdeñaban, introduciendo confusión en las filas de las izquierdas.

El 17 de febrero de 2003 Patrick Tyler reflexionaba sobre lo que estaba sucediendo en las calles del mundo en una columna en The New York Times: “Las enormes manifestaciones contra la guerra en todo el mundo este fin de semana son un recordatorio de que todavía puede haber dos superpotencias en el planeta: los Estados Unidos y la opinión pública mundial”.

Mira a tu alrededor y verás un mundo en ebullición”, escribe el editor estadounidense Tom Engelhardt, editor de la página ‘tomdispatch’. En efecto, diez años después del célebre artículo del Times, que dio la vuelta al mundo en ancas del movimiento contra la guerra, no hay casi rincón del mundo donde no exista ebullición popular, en particular desde la crisis de 2008.

Se podrían enumerar la Primavera Árabe que derribó dictadores y recorrió buena parte del mundo árabe; Occupy Wall Street, el mayor movimiento crítico desde los años sesenta en Estados Unidos; los indignados griegos y españoles que cabalgan sobre los desastres sociales provocados por la megaespeculación. En estos mismos momentos, Ucrania, Siria, Sudán del Sur, Tailandia, Bosnia, Turquía y Venezuela están siendo afectadas por protestas, movilizaciones y acciones de calle del más diverso signo.

Países que hacía décadas que no conocían protestas sociales, como Brasil aguardan manifestaciones durante el Mundial luego de que 350 ciudades vieran cómo el desasosiego ganaba las calles. En Chile, se ha instalado un potente movimiento juvenil estudiantil que no muestra signos de agotamiento y en Perú el conflicto en torno a la minería lleva más de un lustro sin amainar.

Cuando la opinión pública tiene la fuerza de una superpotencia, los gobiernos se han propuesto entenderla para cabalgarla, manejarla, reconducirla hacia lugares que sean más manejables que la conflagración callejera, conscientes de que la represión por sí sola no consigue gran cosa. Por eso, los saberes que antes eran monopolios de las izquierdas, desde los partidos hasta los sindicatos y movimientos sociales, hoy encuentran competidores capaces de mover masas pero con finas opuestos a los que esa izquierda desea.

Estilo militante

Desde el 20 hasta el 26 de marzo de 2010 se realizó en el departamento uruguayo de Colonia un “Campamento Latinoamericano de Jóvenes Activistas Sociales” (http://alainet.org/active/37263), en cuya convocatoria se prometía “un espacio de intercambio horizontal” para trabajar por “una Latinoamérica más justa y solidaria”. Entre el centenar largo de activistas que acudieron ninguno sospechaba de dónde habían salido los recursos para pagar sus viajes y estadías, ni quiénes eran en realidad los convocantes (Alai, 9 de abril de 2010).

Un joven militante se dedicó a investigar quiénes eran los Jóvenes Activistas Sociales que organizaban un encuentro participativo para “comenzar a construir una memoria viva de las experiencias de activismo social en la región; aprender de las dificultades, identificar buenas prácticas locales aprovechables a nivel regional, y maximizar el alcance de la creatividad y el compromiso de sus protagonistas”.

El resultado de su investigación en las páginas web le permitió averiguar que el campamento contó con el auspicio del Open Society Institute de George Soros, y de otras instituciones vinculadas al mismo. La sorpresa fue mayúscula porque en el campamento se realizaban reuniones en ronda, fogones y trabajos colectivos con papelógrafos, con fondo de whipalas y otras banderas indígenas. Un decorado y estilos que hacían pensar que se trataba de un encuentro en la misma tónica de los Foros Sociales y de tantas actividades militantes que emplean símbolos y modos de hacer similares. Algunos de los talleres empleaban métodos idénticos a los de la educación popular de Paulo Freire que, habitualmente, suelen emplear los movimientos antisistémicos.

Lo cierto, es que unos cuantos militantes fueron usados “democráticamente”, porque todos aseguraron que pudieron expresar libremente sus opiniones, para objetivos opuestos para los que los convocaron. Este aprendizaje de la fundación de Soros fue aplicado en varias ex repúblicas soviéticas, durante la “revuelta” en Kirguistán en 2010 y en la revolución naranja en Ucrania en 2004.

Ciertamente, muchas fundaciones y las más diversas instituciones envían fondos e instructores a grupos afines para que se movilicen y trabajen para derribar gobiernos opuestos a Washington. En el caso de Venezuela, han sido denunciadas en varias oportunidades agencias como el Fondo Nacional para la Democracia (NED por sus siglas en inglés), creada por el Congreso de Estados Unidos durante la presidencia de Ronald Reagan. O la española Fundación de Análisis y Estudios Sociales (FAES) orientada por el expresidente José María Aznar.

Ahora estamos ante una realidad más compleja: cómo el arte de la movilización callejera, sobre todo la orientada a derribar gobiernos, ha sido aprendida por fuerzas conservadores.

El arte de la confusión

El periodista Rafael Poch describe el despliegue de fuerzas en la plaza Maidan de Kiev: “En sus momentos más masivos ha congregado a unas 70.000 personas en esta ciudad de cuatro millones de habitantes. Entre ellos hay una minoría de varios miles, quizá cuatro o cinco mil, equipados con cascos, barras, escudos y bates para enfrentarse a la policía. Y dentro de ese colectivo hay un núcleo duro de quizás 1.000 o 1.500 personas puramente paramilitar, dispuestos a morir y matar lo que representa otra categoría. Este núcleo duro ha hecho uso de armas de fuego” (La Vanguardia, 25 de febrero de 2014).

Esta disposición de fuerzas para el combate de calles no es nueva. A lo largo de la historia ha sido utilizada por fuerzas disímiles, antagónicas, para conseguir objetivos también opuestos. El dispositivo que hemos observado en Ucrania se repite parcialmente en Venezuela, donde grupos armados se cobijan en manifestaciones más o menos importantes con el objetivo de derribar un gobierno, generando situaciones de ingobernabilidad y caos hasta que consiguen su objetivo.

La derecha ha sacado lecciones de la vasta experiencia insurreccional de la clase obrera, principalmente europea, y de los levantamientos populares que se sucedieron en América Latina desde el Caracazo de 1989. Un estudio comparativo entre ambos momentos, debería dar cuenta de las enormes diferencias entre las insurrecciones obreras de las primeras décadas del siglo XX, dirigidas por partidos y sólidamente organizadas, y los levantamientos de los sectores populares de los últimos años de ese mismo siglo.

En todo caso, las derecha han sido capaces de crear un dispositivo “popular”, como el que describe Rafael Poch, para desestabilizar gobiernos populares, dando la impresión de que estamos ante movilizaciones legítimas que terminan derribando gobiernos ilegítimos, aunque estos hayan sido elegidos y mantengan el apoyo de sectores importantes de la población. En este punto, la confusión es un arte tan decisivo, como el arte de la insurrección que otrora dominaron los revolucionarios.

Montarse en la ola

Un arte muy similar es el que mostraron los grupos conservadores en Brasil durante las manifestaciones de junio. Mientras las primeras marchas casi no fueron cubiertas por los medios, salvo para destacar el “vandalismo” de los manifestantes, a partir del día 13, cuando cientos de miles ganan las calles, se produce una inflexión.

Las manifestaciones ganan los titulares pero se produce lo que la socióloga brasileña Silvia Viana define como una “reconstrucción de la narrativa” hacia otros fines. El tema del precio del pasaje pasa a un segundo lugar, se destacan las banderas de Brasil y el lema “Abajo la corrupción”, que no habían estado originalmente en las convocatorias (Le Monde Diplomatique, 21 de junio de 2013). Los medios masivos también desaparecieron a los movimientos convocantes y colocaron en su lugar a las redes sociales, llegando a criminalizar a los sectores más militantes por su supuesta violencia, mientras la violencia policial quedaba en segundo plano.

De ese modo, la derecha que en Brasil no tiene capacidad de movilización, intentó apropiarse de movilizaciones cuyos objetivos (la denuncia de la especulación inmobiliaria y de las megaobras para el Mundial) estaba lejos de compartir. “Es claro que no hay lucha política sin disputa por símbolos”, asegura Viana. En esa disputa simbólica la derecha, que ahora engalana sus golpes como “defensa de la democracia”, aprendió más rápido que sus oponentes.

Raúl Zibechi, periodista uruguayo, escribe en Brecha y La Jornada y es colaborador de ALAI.