El viejo y descabellado mito del zamuro que cuida carne

Por: Alberto Aranguibel B.

“Una cosa es dar agua y otra es pedirla”
Aristóbulo Isturiz

Warren Buffet es un decrépito multimillonario norteamericano que lo único que ha hecho en su vida desde que era muchachito es acumular dinero gracias a su proverbial destreza para la especulación en el mercado bursátil.

La leyenda de los Estados Unidos como “la tierra de las oportunidades” tiene su origen en la ancestral cultura de la especulación y la explotación del hombre que en ese país en particular se ha instaurado como base fundamental del modelo económico. En la lógica de la especulación no existen la figura del sacrificio ni del apego al trabajo como factores determinantes, sino la astucia y la capacidad para conseguir que otros trabajen para ti al menor costo.

Esa excepcional capacidad para tener mucho sin hacer nada, explica la fascinación que despiertan los ricos entre la gente común. La idea de que para hacer plata lo que se necesita es solo un poco de buena disposición y olvidarse, eso sí, de los problemas de los demás.

Por eso para el promedio de la gente en los Estados Unidos resulta absurdo pretender hacerse rico pensando en el bienestar colectivo. La acumulación de la riqueza es imposible si el dinero se distribuye en muchas manos, de modo que la sola idea del “bien común” termina siendo una abominación a toda costa inaceptable para el capitalismo.

Por eso los rasgos que más definen al capitalista son por lo general la avaricia y la mezquindad. Rasgos invariables de una naturaleza perversa que el capitalismo esconde tras la fingida nobleza de la competitividad empresarial. Una nobleza pensada meticulosamente para maquillar de benevolencia el carácter depredador del capitalismo.

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Por eso Buffet, quien encabeza desde hace un cuarto de siglo junto con su amigo Bill Gates la lista de los hombres más ricos del planeta, anunció que donaría toda su fortuna a la Fundación Bill y Melinda Gates, dejando claro ante el mundo que lo más importante para un buen millonario es procurar que el dinero quede siempre en manos de los ricos y jamás en manos de los pobres. Para él es evidente que alterar esa ecuación significaría el derribamiento del capitalismo.

Por eso el norteamericano no ha elegido nunca a un mandatario por su condición de millonario.

A Donald Trump acaban de elegirlo no por magnate sino porque prometió desterrar a los inmigrantes y fortificar las fronteras nacionales. En esa elección prevaleció el terror del norteamericano a la posibilidad de ser atacado por fuerzas extranjeras infiltradas en el país o a quedarse sin trabajo con su sola llegada. Una vez más se les vendió que la pobreza es culpa de los pobres.

El error de creer en el mito del empresario que salvará al país, lo cometen desde siempre los latinoamericanos. Y eso tiene su explicación.

En primer lugar que los latinoamericanos fueron despojados desde hace siglos de su vocación colectivista originaria. Una concepción diametralmente opuesta a la visión imperialista del progreso, en la que el esfuerzo se centraba en la construcción colectiva del bienestar para todos, y que le fue arrebatada con la imposición a sangre y fuego del mesianismo redentor que prometía la religión cristiana, lo que terminó propiciando la dependencia del sueño de la salvación asociada siempre a un caudillo y no a un proyecto de país o a un modelo de sociedad.

Luego, porque la creencia sembrada desde entonces en nuestros pueblos es que el millonario vendría a ser una suerte de genio prodigioso que dominaría como nadie las inescrutables artes de la superación de la pobreza.

Si algo ha logrado el imperio a través de la historia, es convencer a la gente de que su poderío se debe a la gestión de una clase empresarial multimillonaria que habría levantado a esa nación desde sus cimientos a punta de la más estricta disciplina y sumisión al modelo capitalista y no al saqueo a las economías emergentes del mundo.

Por creer en ese mito del millonario redentor muchos han sido los fracasos de los pueblos latinoamericanos. Pablo Kuczynski, el actual presidente del Perú, es solo uno de los más recientes. Hoy la misma sociedad que lo eligió hace un año, le pide la renuncia para iniciarle un juicio por corrupción.

Michel Themer, en Brasil, y Mauricio Macri, en Argentina, completan el desolador panorama del nuevo liberalismo en el Continente, precedidos por los presidentes mexicanos (y uno que otro centroamericano y suramericano) del último cuarto del siglo XX. Todos, sin excepción, amasaron grandes fortunas a costa del sufrimiento de sus pueblos.

En Venezuela, incluido el proverbial fenómeno de la fugacidad dictatorial de Pedro Carmona Estanga en 2002, fueron muchos los casos de los multimillonarios que se asomaban al poder para hacerse cada vez más ricos a la vez que hacían al pueblo cada vez más pobre. Pedro Tinoco, quien fuera en varias oportunidades Ministro de Finanzas y Presidente del Banco Central durante los gobierno del Pacto de Punto Fijo, fue uno. Eugenio Mendoza Goiticoa y Lorenzo Mendoza Fleury, los más avezados aprovechadores con los que en mala hora ha contado la República.

Lorenzo Mendoza Giménez, sobrino nieto y nieto de estos últimos, y dueño de una de las fortunas mas grandes del Continente, es el depositario y máximo exponente criollo de esa cultura del enriquecimiento empresarial basado en la destreza para exprimir al Estado y hacer cada vez más dinero sin matarse mucho. Igual que Warren Buffet, que todos sus ancestros, y que todos los demás multimillonarios del mundo y de la historia, Lorenzo Mendoza Giménez es considerado por mucha gente como un ejemplo de capacidad y tenacidad gerencial en virtud de la inmensa cuantía de su fortuna personal.

Pero Lorenzo no es sino un pobre multimillonario que lo único que tiene es dinero. A lo largo de la peor crisis económica en la historia del país, y en medio del padecimiento más severo del pueblo por la falta de los alimentos que su empresa debiera producir, no ha habido manera de que explique cómo es que mientras el sufrimiento de la gente crece cada vez más buscando la comida que él dice no estar en capacidad de proveerle al mercado venezolano por las supuestas limitaciones económicas que afectarían hoy a sus empresas, su aventajada posición en el ranking de los más acaudalados magnates del mundo crece en la misma proporción.

Pues, por exactamente la misma razón por la que Warren Buffet es uno de los hombres más ricos de la tierra; porque si pensara en el pueblo no sería multimillonario.

De ahí que cuando un millonario asume las riendas del Estado, su trabajo no es nunca a favor de la gente sino todo lo contrario. Porque ni su mente ni su capacidad están entrenadas para la gerencia de procesos diversos y complejos como los que demanda la administración pública. Y mucho menos para la atención a aquellos a quienes el capitalismo ve como vulgares herramientas de producción, que valdrán siempre solo de acuerdo a su capacidad de producir riqueza y no en función de su derecho a la vida.

El capitalismo ordena que el ser humano debe ser expoliado en nombre de las fortunas que necesitan incrementar los ricos. Es lo que sostiene orgullosa de su condición neoliberal Christine Lagard, Presidenta del Fondo Monetario Internacional del cual Lorenzo Mendoza es fervoroso incondicional, cuando exige a los gobiernos del mundo “que se recorten las prestaciones y se retrase la edad de jubilación ante el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”.

La fábula del rico que trabaja para el pueblo conduce exactamente al mismo desengaño del iluso que pone zamuro a cuidar carne. Ese error ya lo cometió el pueblo venezolano en 2015, cuando permitió que la derecha neoliberal se hiciera con el poder legislativo creyendo que por tratarse del sector político de los empresarios las cosas se reencausarían por la senda del bienestar económico que el país logró en toda su historia solamente a lo largo de la Revolución Bolivariana.

Ahí está Chile, a punto de cometer de nuevo el mismo error con Sebastián Piñera. Ahí están, como hemos dicho, las impopulares gestiones de Themer en Brasil, de Macri en Argentina y de Kucshinsky en el Perú.

Ya llega el 2018. Un año en el que estas reflexiones tendremos que hacerlas como pueblo con la mayor madurez y el más profundo compromiso revolucionario. Sin apasionamientos bastardos ni mediciones estúpidas, sino con un alto sentido patriótico y bolivariano de la unidad popular. Tal como la pidió Chávez.

@SoyAranguibel

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Guerra chimba no gana elecciones

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 16 de noviembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

No puedes comprar mi vidaLatinoamérica / Calle 13

Lorenzo Mendoza es un acaudalado empresario porque no tuvo oportunidad de más nada. Su abolengo, seguramente plagado de tías amorosas y aplicadas institutrices que deben haber nutrido sus fantasías a lo largo de su vida con las grandezas y las maravillas del feliz mundo de los “ricos y famosos”, tiene que haber servido para crear en él la ilusión de un destino de supremacía y de trascendencia extraordinaria que hoy, de cara a la elección parlamentaria del 6 de diciembre, termina por convertirse en un verdadero percance para la burguesía venezolana, a la que no le gusta para nada perder dinero en experimentos audaces y descabellados.

Lorenzo es admirado en el ámbito de la oligarquía criolla no por sus condiciones como gerente visionario o emprendedor, porque su fortuna le cayó virtualmente del cielo cuando la parca vino a exigirle a su progenitor el cumplimiento del óbito inexorable, sino porque tiene mucha plata.

No es Lorenzo, digámoslo así, un líder carismático conductor de masas que haga efervecer con verbo ilustrado o medianamente deslumbrante la fuerza telúrica del pueblo ni en una dirección ni en otra. Lo de andar “en la guerra”, como tan cándidamente se lo dice a su “pana” Ricardo Hausmann delirando con la quimera de un relanzamiento del neoliberalismo que ellos aspiran para el país, es una malcriadez de niño rico que seguramente le sale del no saber qué hacer ya con tanto dinero, que es lo único que él tiene.

En medio de su arrogancia, los ricos creen que dominan el mundo no por sus aptitudes personales sino porque piensan que sus riquezas lo pueden todo. Un error en el que incurren de manera persistente las oligarquías a través de la historia, precisamente por su ineptitud para la política.

Tal vez, por supuesto, sean muchas las cosas que puede lograr el dinero. Pero, cuando hay un pueblo consciente de su papel histórico en la construcción de un proyecto de país basado en la justicia y la igualdad social, ganar elecciones no es una de ellas. Capriles Radonski es la mejor demostración de eso.

Siendo el líder en el que más ha invertido la derecha venezolana para desarrollar su imagen y convertirlo en el más poderoso candidato frente a las opciones de la revolución bolivariana en cuatro procesos electorales consecutivos en menos de dos años, Capriles mordió el polvo de la derrota en cada uno de ellos con contendores como Nicolás Maduro, quien con apenas once días de campaña a los que le sometió el infortunio del fallecimiento del Comandante Chávez, terminó por erigirse en el segundo Presidente más votado de la historia política venezolana. Amén de la cantidad de candidatos a gobernaciones y alcaldías de todo el país que en ambos casos derrotaron por su condición y su fuerza revolucionaria las torpes pretensiones plebiscitarias de Capriles.

Pero cuando el poder del dinero se decide a intentar asaltar el poder por vía de la guerra económica, la derrota es todavía más demoledora. Y eso también lo demuestra la historia.

A Augusto Pinochet, por ejemplo, lo ha querido colocar la burguesía rastacuero y pitiyanqui latinoamericana como un resultado del fracaso del modelo socialista impulsado entonces por el presidente Salvador Allende.

La irrefutable verdad es hoy harto conocida por el mundo; Richard Nixon en persona, junto a su genocida Secretario de Estado, Henry Kissinger, fue quien desató la furia desalmada de la empresa privada para provocar un estallido social con el que pretendían derrocar al gobierno de la Unidad Popular. Solo que sin lograrlo.

Aquella guerra, mucho más cruel y brutal que la que hoy en día han desatado contra el pueblo venezolano la mayoría de las mismas transnacionales que se confabularon en 1973 contra el pueblo chileno, no surtió el efecto desmovilizador que se proponían los fascistas al servicio del imperio.

¿De no ser así, por qué fue necesario un golpe tan brutal y tantas muertes como las que llevó a cabo Pinochet, si supuestamente la guerra económica, el desabastecimiento y la especulación, iban a hacer su trabajo? ¿Por qué no someter a consulta en elecciones libres la decisión de continuar o no con aquel gobierno?

¿Cabría pensar que la burguesía chilena no tendría intención contrarrevolucionaria alguna desde el mismo día en que Allende fue electo? Hay que recordar que el golpe se produce tres años después del triunfo de la Unidad Popular y luego de nueve años de la irrupción del líder socialista como opción presidencial en las elecciones de 1964 ¿Por qué los factores del capital privado y de la ultraderecha chilena tuvieron que esperar tanto tiempo para dar su zarpazo contra la democracia?

Porque nunca contaron con el respaldo popular para hacerlo.

De hecho, Salvador Allende, a pesar de la delicada situación económica y de la huelga de transportistas que el imperio había promovido meses antes, tenía previsto anunciar el día 11 de septiembre de aquel año un llamado a plebiscito. Fue el mismo Augusto Pinochet, entonces Comandante en Jefe del Ejército, quien le sugirió al mandatario que postergara esa consulta popular para una “mejor fecha”. Los gorilas le tenían miedo a una elección porque el pueblo había dado demostraciones de descontento, de profundo malestar con la escases y la especulación desatadas, pero también había dado cada vez con más fuerza muestras más que inequívocas de unidad y de convicción revolucionaria.

Quienes argumentaron que en Chile el socialismo se habría desmoronado y que por eso nadie acudió a proteger La Moneda durante el golpe, lo hacen para ocultar el coraje del Presidente mártir que prefirió inmolarse por su pueblo antes que sacrificar vidas humanas en el combate. Su orden fue que ninguna de las fuerzas revolucionarias se concentrara en el palacio aquel nefasto día. Algo de lo cual sacaron un provecho determinante los traidores.

Por esa razón Zelaya fue sacado del gobierno en Honduras en medio de una fría madrugada, exactamente igual a como años antes el mismo poder imperial sacó al General Noriega en Panamá, a Bertrand Aristide en Haití y asesinó a Bishop en Grenada. En cada caso, las asonadas golpistas estuvieron precedidas por guerras económicas tanto o más feroces que la que el gran capital nacional e internacional ha impuesto en Venezuela para tratar de derrocar el gobierno del presidente Nicolás Maduro. El temor a elecciones libres fue siempre el mismo.

De ahí los asesinatos de Gaitán y Galán en Colombia, así como Colosio en México, y decenas de candidatos a alcalde en ambos países a manos del sicariato político. Esos mismos factores han intentado durante décadas acabar con la vida de Fidel, de Morales, de Correa y de Maduro, tal como lo intentaron con Chávez. El vetusto y mil veces fracasado guión del Departamento de Estado norteamericano de pretender acabar con los procesos de transformación social en Suramérica por la vía de la guerra económica en la que tanto se esfuerza el inefable Lorenzo, es copiado y reeditado recurrentemente por las oligarquías ramplonas de nuestro continente sin lograr jamás alcanzar con el solo poder del dinero el triunfo electoral que tanto anhelan para imponer de nuevo su régimen de devastación y de hambre en nuestro suelo. Por eso recurren al magnicidio.

En Venezuela, la derecha se ha convencido de que las colas y el desabastecimiento que el neoliberalismo lleva a cabo para intentar un estallido social son votos automáticos para ella. De ser cierta esa especie, habría que preguntarse ¿Por qué no hay huelgas de consumidores, o de amas de casa, o de transportistas, o de médicos, o de estudiantes, en Venezuela? ¿Por qué son tan exiguas y lánguidas las concentraciones públicas de la oposición? ¿Por qué fue tan estruendoso el fracaso de sus elecciones primarias?

¿Por qué después de tantas amenazas y campañas terroristas no se fueron del país ni la Procter & Gamble, ni Colgate, ni Unilever, ni ninguna de las grandes corporaciones transnacionales? ¿Por qué luego de su bravata golpista McDonalds regresa con el rabo entre las piernas a vender aquí sus insalubres papas fritas?

Pues porque la guerra de Lorenzo es una guerra infructuosa que no puede con la lealtad de un pueblo noble y profundamente revolucionario, que sufre con estoicismo su padecimiento pero consciente de que su enemigo no es precisamente el presidente Maduro sino los miserables de ese sector privado que día tras día quedan al descubierto en su indolencia cada vez que se les captura escondiendo alimentos y saqueando al país con el contrabando, el bachaqueo y la usura.

U ofertando el país por un puñado de dólares, como hace Lorenzo con su desquiciada guerra.

 

@SoyAranguibel