“El derecho de vivir en paz”

Por: Alberto Aranguibel B.

En 1971, el inmortal Víctor Jara vio en la efervescencia revolucionaria que denunciaba desde mediados de los sesentas el atropello que significaban las políticas imperialistas contra los pueblos del mundo, en particular contra el pueblo de Vietnam en aquel momento, un clamor común que en su canto combativo y maravilloso era considerado por él como un derecho humano casi por encima de todos los demás.

El derecho a vivir en paz ha sido efectivamente la aspiración suprema del ser humano en la sociedad contemporánea, tal como lo recogen tanto la Declaración de los Derechos Humanos de 1948, como la Carta Internacional de Derechos Humanos que la comprende desde 1967 junto con el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y sus dos protocolos facultativos, los cuales consagran de manera casi idéntica en sus primeros artículos que los derechos provienen de la dignidad del ser humano y de su deseo de vivir en paz.

De manera específica, la Declaración Universal sostiene en su 1er Artículo que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos a los otros.”

Quienes más han violentado ese derecho a través del tiempo desde que existe el modelo democrático como forma de organización del cuerpo social, han sido siempre los anarquistas, que supeditan el derecho del resto de la sociedad a sus propios y muy particulares intereses, y sus expresiones más radicales, como el fascismo por ejemplo, que no solo niega el derecho del otro sino que procura su exterminio físico como única forma aceptable de confrontación política.

En Venezuela el fascismo se ha activado ya abiertamente en la búsqueda del poder, tal como lo evidencian las pruebas recabadas por los cuerpos de seguridad del Estado contra peligrosos terroristas capturados, así como los horrendos asesinatos del fiscal Danilo Anderson, del líder revolucionario Eliécer Otaiza, y más recientemente de los jóvenes Robert Serra y María Herrera.

La disyuntiva ahora es si el país está dispuesto a aceptar esa fórmula de destrucción de nuestro derecho a vivir en paz, bajo la excusa del particular interés de una terca minoría.

@SoyAranguibel

Robert Serra

excequias robert-Foto: Alberto Aranguibel B. –

Por: Roberto Hernández Montoya / 04 de octubre de 2014

El asesinato de Robert Serra y de María Herrera es un acto de guerra, es más, es un crimen de guerra, es más, es un acto estrictamente fascista. No es difícil explicarlo.

El fascismo es odio en estado puro. El odio es ciego, es muerte, es no-ser. Robert era un joven articulado, elocuente, lúcido. Tenía inteligencia, sabía usarla y la usaba. No hay nada que ofenda más a un fascista que la inteligencia. Por eso uno de los fascistas más cardinales, José Millán Astray, profirió el grito de guerra fascista perfecto: «¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!». Y lo dijo en el Aula Magna de la Universidad de Salamanca, delante del rector Miguel de Unamuno, quien le respondió: «Ustedes vencerán, pero no convencerán». No convencieron. No han convencido aún, porque solo les interesa vencer mediante la fuerza, mientras más bruta mejor.

El fascismo aún nos debe la muerte de Federico García Lorca. Como no era fascista, no se precavió cuando se fue a su natal Granada al comienzo de la Guerra Civil Española. «A los poetas no los matan», dijo.

El fascismo mata en vida y también en muerte. A Danilo Anderson lo descuartizaron moralmente después de que la bomba lo despedazó. Igual hacen a Robert. Especulan, dan detalles macabros, lo descalifican y por último dicen como con Danilo: Lo mató el propio gobierno.

No asesina solo el que da muerte biológica sino el que niega tu inteligencia. Muerte es decir que la violencia guarimbera fue obra de los «colectivos» chavistas, es decir, el gobierno se estaba derrocando a sí mismo para tomar el poder que ya tenía. Te matan cuando te prohíben usar la inteligencia. Como a Robert no lo podían callar en vida, lo pretenden callar en muerte. Una voz menos que señale al fascismo como lo que César Vallejo llamó «los heraldos negros que nos manda la muerte».

Crimen abominable, porque inmola a dos jóvenes y Robert tiene una excelente imagen.

Lorent Gómez Saleh anunció crímenes similares. Da que pensar.

La Venezuela de este tiempo ha desarrollado madurez para no caer en provocaciones: el agua podrida que charlataneó Antonio Ecarri, el «ébola venezolano» que cotorreó un médico asesino; Danilo, Sabino, Eliécer, Robert, cientos de campesinos…

Sabemos lo que hay que hacer: derrotarlo como siempre, aunque ni eso entiende.

@rhm1947