Inconsistencia

Por: Alberto Aranguibel B.

Si algo es contrario a la humildad, es la chocante autosuficiencia que denota la expresión “yo lo dije”, que usa el venezolano para refrendar todo hecho en el que se constate una situación cualquiera que le permita aparecer como más inteligente y previsivo que los demás.

La mayoría de las veces la expresión pasa sin pena ni gloria. Como cuando alguien hace precisiones intrascendentes del tipo “¡Yo dije que iba a llover!” que no afectan para nada la vida de la gente.

Sin embargo, en la Venezuela de hoy un muy particular sector de la población que, paradójicamente, suele considerarse a sí mismo como culto e inteligente por encima del común, ha desterrado por completo de su habla cotidiana dicha fórmula. El “yo lo dije” no es ya un constructo retórico válido para el antichavismo, porque jamás acierta nada de lo que anuncia como inexorable.

En su ya proverbial rosario de fracasos, la oposición tiene encima el sanbenito perpetuo de la predicción incumplida, en la que el tic-tac, tic-tac, y el consabido “ya les queda poco”, son quizás las más recurrentes.

Sus profecías son tan inconsistentes como toda su ideología, si así pudiera llamársele al compendio de insensateces pitiyanquis que los orientan. Y su conducta, en perfecta correspondencia con las disparidades e incoherencias de lo que predican, jamás responde a una misma línea.

No pueden decir nunca “yo lo dije”, porque nada se les cumple. Y porque para colmo hacen siempre lo contrario de lo que dicen. Como eso de ir a poner gasolina que supuestamente iba a destruir los motores de los carros. O ir a sacarse el Carnet de la Patria del cual se burlaron hasta más no poder. O esperar con ansias un Clap del que se rieron por meses, o unas viviendas que por años dijeron que eran solo maquetas.

Nada de lo que hacen es consistente con su antichavismo visceral. Pero son antichavistas.

 “Pero, tú no pareces chavista” suelen decir con asombro cuando se tropiezan con alguien que de entrada les resulta simpático pero que, para su infortunio, termina soltando en algún momento un sonoro “¡Camarada!” que los desconcierta.

A la larga, su odio es solo reflejo de una profunda inconsistencia que nada tiene que ver con el verdadero talante del venezolano que desde siempre fue ante todo afable y cordial por excelencia.

 

@SoyAranguibel

Liberen wifi

– Publicado en Últimas Noticias el sábado 25 de abril de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

En La tragedia de Ricardo III, que relata las vicisitudes del último rey de la dinastía Plantagenet, Shakespeare coloca en boca del desesperado monarca durante la batalla de Bosworth en la cual Ricardo terminaría muerto en combate, el grito “¡Un caballo, un caballo!… Mi reino por un caballo!” dando a entender lo angustiante que debe haber sido la insalvable y difícil batalla en la que acabó su vida, más o menos por los mismos años en que Colón arribaba por primera vez a suelo americano.

En la vida real, luego del pavoroso trepidar de la tierra que llenó de dolor y angustia a la población caraqueña de principios del siglo XIX, el joven independentista y futuro Libertador de América, Simón Bolívar, reacciona contra la infamia de la cúpula eclesiástica que pretendía sacar provecho de la adversidad y proclama enérgico “¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”, con la cual se definiría de manera indiscutible el carácter gallardo del que conduciría al pueblo hacia su libertad.

Poco después, en 1815, el Emperador Bonaparte regresaba de su exilio en la isla Elba sorprendiendo al mundo entero con su audacia al enfrentar al ejército del rey Luis XVIII con apenas su escolta privada. A la hora de su detención, llevada a cabo por una avanzada del ejército francés, les dice desabotonando furioso su camisa: “¡No permitiré que mis soldados derramen su sangre sin motivo. Si alguno de vosotros aún está dispuesto a disparar a su Emperador, aquí lo tenéis!”

Más o menos en los mismos términos en los que el Che Guevara se enfrentó a la muerte cuando el asesino que lo ejecutó cobardemente se le presentó a su celda: “Apunte bien y dispare. Va usted a matar a un hombre”, le dijo, a sabiendas del infausto final que le esperaba.

Aquí las turbas antichavistas, en vez de valerosas arengas, lo que piden a gritos en medio de las refriegas incendiarias que desatan contra la paz del país, es que “¡Liberen wi-fi!”.

Una absurda forma de lucha que deja en manos del tuiter las posibilidades de triunfo, solo evidencia, además de un gran ridículo, la fragilidad y la insensatez de ese lamentable proyecto.

Más aún si se considera que la revolución, esa supuesta dictadura contra la que dicen pelear, ha llenado el país de puntos wi-fi totalmente libres y sin costo alguno.