Salvémonos todos

maduro con mural chavez

Por: Alberto Aranguibel / Últimas Noticias 03 / 05 / 2014

La ilusoria propuesta capitalista de la autorregulación del mercado, la proverbial “mano invisible” de la que tanto hablan los manuales del liberalismo clásico, ha sido en la práctica la consagración del “sálvese quien pueda” que los técnicos denominan “libre competencia”, y que no es otra cosa que la institucionalización de la anarquía en el ámbito económico, con sus inevitables secuelas de “inflación”, “devaluación”, “recesión” y “crisis sistémica”, tan inherentes a la dinámica del capitalismo moderno.

Como “espiral inflacionaria” se conoce al vertiginoso e incontrolable proceso de deterioro del poder adquisitivo, y de la moneda misma, al que conducen las reacciones del mercado a los incrementos salariales que logran los trabajadores por la vía de la lucha sindical o de las disposiciones del Estado, expresadas en incremento de costos de producción, elevación de barreras para el financiamiento, alza de precios de distribución y de productos, especulación, etc., todo ello como resultado de la falta de acuerdos entre los actores económicos para evitar que se desaten los demonios que esconde tras la fachada de la libertad la lógica de la autorregulación.

El “sálvese quién pueda” nos trajo a este escenario de distorsiones profundas que padece hoy la economía venezolana, signada mucho más por la desarticulación y las contradicciones de esos actores económicos que por la crisis del modelo socialista a la que se refieren los sectores más delirantes de la oposición.

Ya en el inicio de las mesas de diálogo convocadas por el presidente Maduro, el vicepresidente del área, Rafael Ramírez, supo explicar con meridiana claridad los grandes avances del modelo económico venezolano frente al fracaso del modelo capitalista que hoy hace estragos en el mundo, y aclaró las diferencias entre “crisis”, “guerra económica”, “justicia social” y “crecimiento económico sostenido”.

Nos corresponde ahora intensificar la lucha por alcanzar los acuerdos de conjunto para erradicar la tendencia a la anarquía en la búsqueda del bienestar al que todos aspiramos, acompañando el esfuerzo del gobierno revolucionario en las mesas de diálogo.

Nos toca asumir el “salvémonos todos” al que nos invita Maduro, en vez del suicida “sálvese quien pueda” que ofreció siempre el capitalismo.

Eduardo Galeano: El imperio del consumo

bandera consumo

En virtud de la indiscutible vigencia del tema del consumismo desenfrenado como factor determinante en la actual coyuntura económica venezolana, retomamos este esclarecido y revelador artículo de Eduardo Galeano publicado en abril del año 2005.

La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales.Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar. La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En la fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica. EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.

«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».

Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.

El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.

Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas… Seguir leyendo “Eduardo Galeano: El imperio del consumo”