Liderazgo en muertes

Por: Alberto Aranguibel B.

Un tablero electrónico que refleja en tiempo real la variación de las cifras de fallecidos a nivel mundial por causa del coronavirus, así como la cantidad de contagiados y de recuperados por país, se ha convertido en el centro de la atención como no lo fue jamás ningún otro conteo en la historia de la humanidad, incluidas las estaciones del Vía Crucis de Cristo y la cuenta regresiva de los metros de aproximación de la llegada del hombre a la luna con la que los medios reportaban la inminencia del alunizaje en 1969.

Unidas a las banderas que asocian esa instantánea cuantificación mundial a cada una de las naciones en las que se producen los datos que registra, la tabla del coronavirus permite apreciar el comportamiento de un fenómeno que a todo el mundo interesa, pero ya no como la información inerte que usualmente se obtiene a través de los noticieros, sino como la evolución que ven en una gran pantalla los video gamer con las cambiantes posiciones de los contrincantes en un juego de video.

Al final de todo, un posicionamiento se va consolidando en la siquis de los espectadores; los Estados Unidos de Norteamérica son la potencia número uno del mundo, incluso en las estadísticas de la muerte.

Un efecto nada desdeñable para un imperio cuyo liderazgo en escenarios en los que su poder llegó a considerarse imbatible en otros tiempos aparece tambaleante hoy frente al surgimiento de nuevas potencias y bloques económicos de importancia insoslayable, a las que el desquiciado presidente de los EEUU, en vez de convertir en aliadas, ha tratado con la peor y más irracional saña.

Quien sepa algo acerca del impacto sicológico de la comunicación, sabe la importancia que puede llegar a tener el posicionamiento de una idea o de una imagen como esa (la del liderazgo en todos los ámbitos, incluso en el de las muertes causadas por una pandemia) en la formación de percepciones, así como el valor que eso tiene para el poder hegemónico imperante.

Por eso nadie en las élites políticas del imperio cuestiona o refuta la información de ese tablero. es posible que sean muchos los norteamericanos que se sentirán orgullosos de ella.

Para contrarrestar las falsas percepciones entre el pueblo, a los revolucionarios nos corresponde acotar siempre que el vertiginoso liderazgo de EEUU en esa horrenda estadística no es de glorias alcanzadas, sino de ineptitud y de muerte.

 

@SoyAranguibel

Así de brutal es la guerra del capitalismo contra la humanidad

CRÓNICA

Bérgamo, la masacre que la patronal no quiso evitar

El área de Italia más devastada por la Covid-19 es un gran polo industrial. No se declaró nunca zona roja debido a las presiones de los empresarios. El coste en vidas humanas ha sido catastrófico

Alba Sidera / Roma , 10/04/2020

Hay imágenes que marcan una época, que quedan grabadas en el imaginario colectivo de un país. La que no podrán olvidar en años los italianos es la que fotografiaron los vecinos de Bérgamo desde sus ventanas la noche del 18 de marzo. Setenta camiones militares cruzaron la ciudad en medio de un silencio sepulcral, uno detrás de otro, en una marcha lenta en señal de respeto: transportaban cadáveres. Los llevaban a otras ciudades fuera de Lombardía porque el cementerio, el tanatorio, la iglesia convertida en tanatorio de emergencia y el crematorio en funcionamiento 24 horas al día ya no daban abasto. La imagen plasmaba la magnitud de la tragedia en curso en el área de Italia más afectada por el coronavirus. Al día siguiente, el país amaneció con la noticia de que era el primero en el mundo en muertes oficiales por Covid-19, la mayoría en la Lombardía. Pero, ¿por qué la situación es tan dramática precisamente en Bérgamo? ¿Qué es lo que ha pasado en esa zona para que en marzo de 2020 haya habido un 400% más de muertos que el mismo mes del año anterior?

La Lombardía es la región italiana que más representa el modelo de mercantilización de la sanidad y ha sido víctima de un sistema corrupto a gran escala

El 23 de febrero los positivos en coronavirus en la provincia de Bérgamo eran 2. En una semana, llegaban ya a 220; casi todos en Val Seriana. En Codogno, población lombarda donde el 21 de febrero se detectó el primer caso oficial de coronavirus, bastaron 50 casos diagnosticados para cerrar la ciudad y declararla zona roja. ¿Por qué no se hizo lo mismo en Val Seriana? Porque en este valle del río Serio se concentra uno de los polos industriales más importantes de Italia, y la patronal industrial presionó a todas las instituciones para evitar cerrar sus fábricas y perder dinero. Y así, por increíble que parezca, la zona con más muertos por coronavirus por habitante de Italia –y de Europa– nunca ha sido declarada zona roja, a pesar del estupor de los alcaldes que lo reclamaban, y de los ciudadanos, que ahora exigen responsabilidades. Los médicos de cabecera de la Val Seriana son los primeros en hablar claro: si se hubiera declarado zona roja, como aconsejaban todos los expertos, se habrían salvado centenares de personas, aseguran, impotentes.

La historia es aún más turbia: quienes tienen intereses en mantener las fábricas abiertas son, en algunos casos, los mismos que tienen intereses en las clínicas privadas. La Lombardía es la región italiana que más representa el modelo de mercantilización de la sanidad y ha sido víctima de un sistema corrupto a gran escala liderado por el que fue su gobernador durante 18 años (del 1995 al 2013), Roberto Formigoni, miembro destacado de Comunión y Liberación (CyL). Era del partido de Berlusconi, quien le definía como “gobernador vitalicio de la Lombardía”, pero contó siempre con el apoyo de la Liga, que gobierna la región desde que Formigoni se fue, acusado –y luego condenado– por corrupción en la sanidad. Su sucesor, Roberto Maroni, inició en 2017 una reforma de la sanidad que recortó aún más las inversiones en la pública y que prácticamente ha abolido la figura del médico de familia, sustituyéndolo por la del “gestor”. “Es verdad, en los próximos 5 años desaparecerán 45.000 médicos de cabecera, pero ¿quién va todavía al médico de cabecera?”, dijo impertérrito en agosto del año pasado el político de la Liga Giancarlo Giorgetti, entonces vicesecretario de Estado del Gobierno Conte-Salvini.

La epidemia en la zona de Bérgamo, la llamada Bergamasca, se inició oficialmente la tarde del domingo 23 de febrero, aunque los médicos de cabecera –en primera línea de la denuncia de la situación– aseguran que ya desde finales de diciembre atendían muchísimos casos de pulmonías anómalas en personas incluso de 40 años. En el hospital Pesenti Fenaroli, de Alzano Lombardo, un municipio de 13.670 habitantes a pocos kilómetros de Bérgamo, ese 23 de febrero llegaron los resultados de los tests de coronavirus de dos pacientes ingresados: eran positivos. Dado que ambos habían estado en contacto con otros pacientes y con médicos y enfermeros, la dirección del hospital decidió cerrar las puertas. Pero, sin ninguna explicación, las reabrieron pocas horas después, sin desinfectar las instalaciones ni aislar a los pacientes con Covid-19. Es más: el personal médico estuvo una semana trabajando sin protección; un buen número de sanitarios del hospital se contagió y extendió el virus entre la población. Los contagios se multiplicaron por todo el valle. El hospital resultó ser el primer gran foco de infección: pacientes que ingresaban por un simple problema de cadera acababan muriendo por haberse contagiado de coronavirus.

Los alcaldes de los dos municipios más golpeados de la Val Seriana, Nembro y Alzano Lombardo, esperaban cada día a las siete de la tarde que les llegara la orden de cerrar la población, que era lo que habían acordado. Todo estaba listo: las ordenanzas redactadas, el ejército movilizado; el jefe de la policía les había comunicado los turnos que se harían en las guardias y las tiendas estaban montadas. Pero la orden no llegó nunca, y nadie supo explicarles por qué. En cambio, sí llegaron continuas llamadas de los empresarios y dueños de las fábricas de la zona, preocupadísimos por evitar a toda costa el cierre de sus actividades. No se escondían.

Sin ningún pudor, el 28 de febrero, en plena emergencia por Coronavirus –en 5 días se habían alcanzado los 110 infectados oficiales en la zona, ya fuera de control–, la patronal industrial italiana, Confindustria, inició una campaña en redes con el hashtag #YesWeWork. “Tenemos que bajar el tono, hacer entender a la opinión pública que la situación se está normalizando, que la gente puede volver a vivir como antes”, dijo el presidente de Confindustria Lombardía, Marco Bonometti, en los medios.

El mismo día, Confindustria Bergamo lanzó su propia campaña dirigida a los inversores extranjeros para convencerles de que allí no sucedía nada y de que ni de broma iban a cerrar. El eslogan era inequívoco: “Bergamo non si ferma / Bergamo is running” (Bérgamo no se detiene).

El mensaje del vídeo promocional para los socios internacionales era un despropósito: “Se han diagnosticado casos de Coronavirus en Italia, pero como en muchos otros países”, minimizaban. Y mentían: “El riesgo de infección es bajo”. Echaban la culpa a los medios por un injustificado alarmismo, y mientras mostraban a obreros trabajando en sus fábricas presumían de que todas las fábricas continuarían “abiertas y a pleno rendimiento, como siempre”.

Tan solo cinco días después estalló el enorme brote de contagios y muertes que acabó siendo el más importante de Italia y de Europa. Pero ni así retiraron la campaña, ni mucho menos se plantearon cerrar las fábricas. Confindustria Bergamo agrupa a 1.200 empresas que emplean a más de 80.000 trabajadores. Todos fueron expuestos al virus, obligados a ir a trabajar, en buena parte sin medidas adecuadas –hacinados, sin distancia de seguridad ni material de protección–, poniéndose en peligro a ellos mismos y a todo su entorno.

El hospital Pesenti Fenaroli resultó ser el primer gran foco de infección en Alzano Lombardo: pacientes que ingresaban por un simple problema de cadera acababan muriendo por Coronavirus

El alcalde de Bérgamo, Giorgio Gori, del Partido Democrático, también se había unido al clamor de no cerrar la ciudad y el 1 de marzo invitaba a la gente a llenar los negocios del centro con el eslogan “Bérgamo no se detiene”. Más adelante, frente a la evidencia de la catástrofe, se arrepintió y reconoció que había tomado medidas demasiado blandas para no entorpecer la actividad económica de las potentes empresas de la zona.

El 8 de marzo los contagios oficiales en la Bergamasca habían pasado, en una semana, de 220 a 997. Por la tarde se filtró que el Gobierno quería aislar la Lombardía. Después de horas de caos en que muchos abandonaron Milán en estampida, Giuseppe Conte apareció, ya de madrugada, en una confusa rueda de prensa a través de Facebook para anunciar el decreto. No era lo que esperaban los alcaldes de las poblaciones de la Val Seriana: nada de zona roja, sino naranja. Es decir, se restringían las entradas y salidas de los municipios, pero todo el mundo podía seguir yendo al trabajo.

Al cabo de dos días, el confinamiento se extendió a toda Italia por igual. Y nada cambió en la zona de la Bergamasca, donde los contagios crecían y crecían al mismo ritmo imparable de sus fábricas funcionando a toda máquina. “Cuando todos en la zona, sobre todo en Nembro y Alzano Lombardo, daban por descontado que se iba a declarar la zona roja, algunas empresas importantes de la zona hicieron presión para retrasarla lo más posible”, cuenta Andrea Agazzi, secretario general del sindicato FIOM Bérgamo, en el programa Report, de la RAI. Y añade: “Confindustria jugó sus cartas y el gobierno eligió de qué parte iba a estar”.

Los contagios y las muertes aumentaron imparables, especialmente en las zonas industriales de la Lombardía situadas entre Bérgamo y Brescia. Un mes exacto después del primer caso oficial de coronavirus en Italia, el sábado 21 de marzo, se llegó al triste récord de casi 800 muertos diarios. Los gobernadores de la Lombardía y el Piamonte –otro gran polo industrial– declararon que la situación era insostenible y que era necesario detener la actividad productiva. Conte, que hasta entonces se había mostrado contrario a la medida, apareció por la noche abrumado para decir que sí, que ahora sí, se cerrarían “todas las actividades económicas productivas no esenciales”.

Las fábricas de la Bergamasca continuaron prácticamente todas abiertas hasta el 23 de marzo, cuando los contagios oficiales en la zona ya eran casi 6.500

Confindustria se activó de inmediato e inició una ofensiva de presión al Gobierno. “No se pueden cerrar todas las actividades no esenciales”, decían en una carta al premier detallando sus exigencias. Los industriales lograron que el decreto tardara 24 horas en ser aprobado y que Conte aceptara sus condiciones. En efecto, el Gobierno había elegido de qué parte estar, y no era la de los trabajadores.

Los sindicatos, en bloque, se pusieron en pie de guerra y amenazaron con una huelga general si no se cumplía el cierre real de las actividades productivas no esenciales. Confindustria había conseguido que se añadieran a la lista de actividades que podían seguir funcionando muchas que no eran de primera necesidad, como las de la industria de armas y municiones. Además, incluyeron una especie de cláusula que permitía, en la práctica, que cualquier empresa que declarase que era “funcional” para una actividad económica esencial pudiese permanecer abierta. Esto hizo que solo en un día, en Brescia, la otra provincia lombarda golpeada por el coronavirus, más de 600 empresas que no estaban en la lista de las esenciales iniciasen los trámites para poder continuar en funcionamiento.

”No entiendo los motivos por los que los sindicatos querrían hacer huelga. El decreto ya es muy restrictivo: ¿qué más se tendría que hacer?”, dijo, poco empático, el presidente de Confindustria, Vincenzo Boccia. Y añadió: “Ya perderemos 100.000 millones de euros al mes; no detener la economía conviene a todo el país”. Annamaria Furlan, secretaria general del sindicato CISL, trató de explicárselo: “Hace 40 años que soy sindicalista y no he pedido nunca el cierre de ninguna fábrica, pero es que ahora está en riesgo la vida de las personas”.

Los trabajadores de las fábricas iniciaron protestas y paros mientras los sindicatos negociaban con el Gobierno, que al final recapacitó. Se eliminaron algunas actividades de la lista de las más de ochenta consideradas esenciales, como la industria armamentística o los call-centers que venden por teléfono ofertas no requeridas, y se restringieron las industrias petroquímicas. También se acordó que no era suficiente la autocertificación de una empresa para pasar a ser considerada funcional para una esencial, y el compromiso de tutelar el derecho a la salud de los trabajadores que continuasen en las fábricas. Con todo, quedaron puntos ambiguos en el decreto y hay una zona gris que permite a muchas fábricas continuar abiertas. Del mismo modo, muchos obreros continúan trabajando sin la debida distancia de seguridad ni el material adecuado.

Las fábricas de la Bergamasca continuaron prácticamente todas abiertas hasta el 23 de marzo, cuando los contagios oficiales en la zona ya eran casi 6.500. Una semana después, el 30 de marzo, a pesar del decreto de cierre de “todas las actividades productivas no esenciales”, había 1.800 fábricas abiertas y 8.670 infectados oficiales en la zona.

Ninguna autoridad ha estado a la altura, excepto los alcaldes de las poblaciones pequeñas, los únicos que han reconocido –y denunciado– las presiones de los industriales

Pongamos nombre a las fábricas que no quisieron cerrar. Una de las empresas de la zona es Tenaris, líder mundial en la fabricación de tubos y servicios para la exploración y producción de petróleo y gas, con una facturación de 7.300 millones de dólares y sede legal en Luxemburgo. Emplea a 1.700 trabajadores en su fábrica de la Bergamasca y pertenece a la familia Rocca, con Gianfelice Rocca, el octavo hombre más rico de Italia, de propietario. En la provincia de Bérgamo, como en toda la Lombardía, la sanidad privada es muy potente. En la Bergamasca, en concreto, la mitad de los servicios sanitarios pasan por la privada. Las dos clínicas privadas más importantes de la zona, que facturan más de 15 millones de euros anuales cada una, pertenecen al grupo San Donato –cuyo presidente es nada menos que el ex-viceprimer ministro italiano Angelino Alfano, exdelfín de Berlusconi– y al grupo Humanitas. El presidente de Humanitas es Gianfelice Rocca, también propietario de Tenaris, la industria que no ha querido mandar sus trabajadores a casa. La sanidad privada bergamasca no se activó por la emergencia Coronavirus hasta el 8 de marzo, cuando, por decreto, se tuvieron que posponer todos los servicios no urgentes. Solo entonces empezaron a hacer sitio para los pacientes con Covid-19.

Brembo es otra gran empresa con fábricas en la Bergamasca. Pertenece a la potente familia Bombassei, también metida en política: Alberto, el hijo del fundador, fue diputado por Scelta Civica, el partido de Mario Monti. Tiene 3.000 trabajadores en sus fábricas de la zona de Bérgamo, donde producen frenos para coches. Factura 2.600 millones de euros. No quisieron cerrar.

La Val Seriana fue industrializada en gran parte por empresas suizas hace más de 100 años, por lo que la presencia de fábricas ligadas a Suiza es aún importante. Otra gran empresa que tiene más de 6.000 trabajadores en Italia, más de 850 en la Bergamasca, es ABB, con capital suizo y sueco. Líder en robótica, factura 2.000 millones de euros. El 30 de marzo seguía abierta con total normalidad.

Persico, empresa italiana que produce componentes de automoción, con 400 trabajadores y 159 millones de facturación, tiene sede en Nembro, el municipio con más muertes por Covid-19 por habitante de Italia. Pierino Persico, el propietario, fue uno de los que más se opuso a que se declarase la zona roja.

En Nembro, en marzo de 2019 murieron 14 personas. El mismo mes de este año han sido 123 (un aumento del 750%). Y aun así, los infectados oficiales son solo 200. En Alzano Lombardo, en marzo del 2019 murieron 9 personas; este marzo, 101. En la ciudad de Bérgamo (de 120.000 habitantes) los muertos este marzo han sido 553, mientras que en marzo del 2019 fueron 125. Los datos de infectados no son fiables porque no se hacen tests, y desde la Protección Civil italiana –que ofrece los recuentos– se advierte que los números deberían multiplicarse al menos por diez. Según un estudio publicado por el Giornale di Brescia, en esta provincia lombarda la cifra de infectados sería 20 veces mayor que la oficial, un 15% de la población. Y lo mismo con los muertos. Según este estudio, serían el doble de los oficiales, es decir 3.000 solo en la provincia de Brescia. La falta de tests –a los vivos y a los muertos– hace imposible efectuar un recuento fiable. Lo que sí se sabe es que Italia es el país del mundo con más fallecidos por Covid-19, alrededor de 18.000, y la mayoría son de la zona del norte industrial.

Ahora, frente a los miles de cadáveres y a una población que empieza a convertir su dolor en rabia, todos se sacuden las culpas. El gobernador de la Lombardía, el leghista Attilio Fontana, culpa al gobierno central y asegura que no fue más estricto porque no le dejaron. En realidad, si hubiera querido habría podido serlo, como lo fueron los gobernadores de Emilia Romaña, Lacio y Campania, que decretaron zonas rojas en sus regiones. La verdad es que ninguna autoridad ha estado a la altura, excepto los alcaldes de las poblaciones pequeñas, que son los únicos que han reconocido –y denunciado públicamente– las presiones de los industriales, que les asediaban a llamadas para intentar de todas todas evitar o posponer el cierre de las fábricas. Desde una Bérgamo herida y aún en shock, los ciudadanos empiezan a organizarse para pedir que se esclarezcan los hechos y que alguien asuma, al menos, la responsabilidad de haber permitido que los intereses económicos primasen sobre la salud –es decir, la vida– de los trabajadores de la Bergamasca. Muchos de ellos, por cierto, precarios.

Sidera Alba Sidera / @albasidera

Fuente: Ctxt Contexto y Acción 

La oposición sí tiene ideología

Por: Alberto Aranguibel B.

Uno de los más grandes reclamos del Comandante Chávez a la oposición venezolana fue desde siempre la carencia de una propuesta doctrinaria que permitiera entablar con ella un prolífico debate fundamentado en ideas estructuradas y no en las simples detracciones o difamaciones a las que ha apelado en todo momento ese sector para confrontar el planteamiento de justicia y de igualdad social que comprende el Socialismo Bolivariano.

Cuando habló de la necesidad de “una oposición con moto propia”, Chávez hacía referencia no solo a esa escandalosa orfandad de ideas, sino al sometimiento que el sector opositor le ha rendido permanentemente a filosofías políticas y económicas ajenas a nuestra propia realidad, generalmente dictadas desde el exterior por el poder hegemónico del imperio norteamericano y del gran capital transnacional.

De hecho, durante mucho tiempo se ha pensado que la estulticia e ineptitud de su dirigencia para el liderazgo político (que Chávez describía magistralmente como “la nada”), muy probablemente estaba determinada por la vaciedad ideológica que en todo momento ha puesto en evidencia la oposición, ya no solo en sus discursos y declaraciones públicas, sino en sus documentos, escritos, artículos de opinión y hasta en las conversaciones telefónicas, incluso, en las que frecuentemente se les oye exponer su visión del país, en los cuales jamás ha sido posible establecer con una mínima claridad cuál es en definitiva la corriente ideológica a la cual se ciñen, más allá de las descalificaciones contra el chavismo y los eternos llamados a la población a rebelarse contra el proceso revolucionario.

La pugnacidad entre egos y vanidades particulares que signa la vida interna del cónclave antichavista (cohesionado únicamente por el interés común de superar de esa forma el escaso nivel de respaldo popular que individualmente tiene cada uno de los partidos que lo integran), no es de ninguna manera el debate entre planteamientos ideológicos diversos o contrapuestos, sino la vulgar búsqueda del beneficio o la ventaja individual de cada uno de esos dirigentes en su demencial carrera por el poder.

Su estrategia ha sido la de motivar al venezolano no con una formulación transparente, que ponga como activo doctrinario el modelo neoliberal capitalista (que en todos los casos en que les ha correspondido ser consultado por la prensa o por los electores, han negado nerviosos y sin vergüenza alguna), sino con el empeño en tratar de lograr la neurotización de la sociedad con todo tipo de acciones desestabilizadoras que generen angustia y zozobra permanente en la población, mediante el engaño y la demagogia más perversa y chapucera.

Esa constante en el engaño, cuyo principal eje discursivo ha colocado al militante opositor en el delirio disparatado de creer que su persistencia en la derrota electoral es producto, no del fracaso de sus dirigentes como aglutinadores del fervor popular, sino el resultado de un hecho malévolo recurrente urdido por agentes de Satanás vestidos de rojo, es lo que a la larga ha terminado por construir el basamento ideológico común del que careció en todo momento el antichavismo.

El militante opositor que hoy se manifiesta en las calles y en las redes sociales en la búsqueda de un Golpe de Estado prodigioso que insubordine a las fuerzas militares de la Nación a favor de la entrega del país a los intereses del imperio norteamericano y que adormezca a la vez en estado catatónico milenario a los millones de chavistas que eligieron a el presidente Maduro para impedir así su contraofensiva en el rescate de la Patria y del proyecto de soberanía que nos legó el Comandante Chávez, no lo hace por sujeción a dogma o teoría política alguna, sino por el desquiciamiento al que ha sido sometido por esa irresponsable dirigencia que por infortunio le ha tocado.

Para lograr ese desquiciamiento entre su propia gente, los estrategas del discurso opositor pervirtieron la significación de la terminología sociopolítica universal adecuándola a la lógica del discurso imperialista de los Estados Unidos, para quien todo proyecto progresista o soberano de Nación es un “régimen dictatorial” y “forajido”, lo que en sí mismo deja perfectamente clara la intencionalidad entreguista y vende patria de la propuesta opositora venezolana.

Pero deja también al descubierto el carácter brutal y sanguinario que inspira al conjunto del liderazgo y la militancia opositora que hoy expresa esa ideología forjada al calor del llamado a la rabia y al desconocimiento de toda legalidad o parámetro ético que pudiera regir a la sociedad venezolana, como rige en toda sociedad civilizada en el mundo, a través ya no del insulto o la amenaza en las redes sociales solamente, sino en las acciones directas contra la vida de las personas por el solo hecho de pensar diferente a lo que ellos entienden como su punto de vista político.

Cuando después de quince años de negar relación alguna con grupos violentos, la militancia opositora ve a sus líderes coordinando con el más irresponsable descaro a los mismos grupos de encapuchados armados que desatan la violencia que destruye la propiedad pública y privada a su paso y genera muertes dolorosas entre la misma oposición y entre los cuerpos de seguridad y la gente del común en la calle, y no siente ninguna clase de remordimiento o rechazo sino que se alegra y se emociona cada vez más, hay un serio problema. Y lo más serio es que no lo crea.

Cuando la militancia opositora implora por la salud de un general retirado que ordenó a sus seguidores el degollamiento a mansalva de gente inocente en las calles, se está haciendo solidaria con un brutal asesino. Pero el problema no es nada más que lo haga, sino que no lo crea así.

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Cuando la militancia opositora pide por las redes que se hagan colectas de cepas que producen la Hepatitis C para mezclarlas con heces fecales y lanzarlas a los funcionarios del orden público, con lo cual se generaría el colapso no solo de los cuerpos de seguridad sino de los hospitales, se convierte en asesina. Ahí el problema más grave es, igualmente, que no lo crea.

Cuando la militancia opositora, incluso sus más connotados intelectuales, arengan a sus copartidarios para que lancen macetas que acaben con la vida de las personas, o que les induzcan a asesinar embajadores en el exterior, como aconseja abiertamente una antichavista a través de las redes sociales poniendo como ejemplo el asesinato de un embajador en Turquía, se está en presencia de una mente terrorista despiadada y enferma. Lo grave es que ella no lo crea.

Cuando, además de todo lo anterior, la militancia opositora celebra el asedio de chavistas en la vía pública y grita desaforada e histérica su deseo de muerte para esas personas y para sus hijos, a la vez que alaba en loas frenéticas al funesto dictador Franco, a quien ni siquiera la más repugnante ultraderecha española se atreve a nombrar hoy en público, entonces se está en presencia de una sólida e indiscutible ideología fascista asumida como doctrina única y común entre ese sector del país que hasta ahora se presentaba solo como “la oposición” pero sin apellido.

Sí hay, definitivamente, una ideología clara e inconfundible orientando la lucha de la militancia opositora en su afán por acabar con la democracia y la noción de soberanía en Venezuela. La ideología que llevó a la humanidad a la extinción de millones de seres bajo las armas de la intolerancia, la tiranía y la confabulación con los poderes del capital y de la iglesia para perpetuar la opresión y la muerte. Esa ideología es el fascismo, y el empeño terrorista que expresan hoy extasiados y ansiosos los antichavistas por las redes sociales y en las puertas de las embajadas de nuestro país en el mundo lo demuestran.

Como dijera el doctor José Vicente Rangel al recibir esta semana la distinción Félix Elmuza, otorgada por la hermana República de Cuba en la Casa José Martí, “Le corresponde al indoblegable pueblo venezolano derrotar una vez más a una poderosa agresión como la que hoy se cierne sobre nuestra Patria… Es una hora difícil, pero el pueblo venezolano se impondrá con gallardía, como lo ha hecho siempre a través de la historia.”

Si la falta de ideas, decimos nosotros, hizo aflorar el rasgo más salvaje de esos venezolanos que no creen en los valores de la democracia, tendrán que atenerse a la inquebrantable voluntad bolivariana de un pueblo que sí está ideologizado, pero que no está dispuesto a ceder su Patria a la locura fascista de unos cuantos lacayos del imperio. El entusiasta proceso popular de Asamblea Nacional Constituyente convocado por el Presidente de la República los arrollará con la fuerza de la dignidad chavista y los lanzará al más oscuro foso de la historia.

@SoyAranguibel

La muerte que requiere el capitalismo sin importar quién muera

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde mucho antes de la masacre de Puente Llaguno, en 2002, un grupo de altos oficiales de la Fuerza Armada (no bolivariana) ensayaba en una oficina de lujo al este de la ciudad, una declaración pública ante las cámaras en la cual se daba por confirmado un número de muertos que no se habían producido aún. Eso lo dio a conocer meses después (obviamente sin percatarse de su exabrupto) un periodista de la cadena norteamericana de noticias CNN.

Por primera vez a lo largo de casi un siglo de vigencia masiva del medio de comunicación, el venezolano podía constatar que para la derecha lo importante no era ya la noticia de los acontecimientos, tal como hasta ese momento se creía, sino la certidumbre de la muerte como elemento esencial del discurso.

En el mundo entero la realidad se construye a partir de esa imperiosa necesidad del medio de comunicación capitalista por elevar su audiencia utilizando el efecto desencadenante de las noticias en cascada, que convierten a la política en prisionera ya no de sus obligaciones doctrinarias sino de los titulares del día a día que tienen en la muerte a su protagonista más estelar.

Ese afán por la muerte como amuleto discursivo de la derecha en el mundo, conduce hoy a la humanidad al borde de una conflagración mundial (que para los más entendidos en la materia pudiera llegar a ser la última en la historia por el poder de devastación que sin lugar a dudas desataría) en la cual los actores principales son movidos por la más intensa y desmedida manipulación mediática de todos los tiempos, articulada precisamente en la búsqueda de esas cifras de muerte que ayuden a elevar la facturación publicitaria de los medios de comunicación.

Bajo ese esquema, la muerte debe ser presentada como un espectáculo impactante de grandes proporciones, en la que el fenómeno del fallecimiento de los seres humanos por causas naturales no merece ni el más mínimo interés.

La muerte que interesa al medio de comunicación capitalista es la que deriva de la violencia, porque es la que más conmoción y terror puede llegar a causar en la sociedad, ya que es una muerte imprevisible, que por lo general deriva de agresiones intempestivas,  irracionales y fuera de control, que injustamente pueden alcanzar a cualquiera. Por eso, siendo un fenómeno tan perfectamente natural e inevitable hacia el cual nos dirigimos todos en la vida, la muerte, cuando es producto de la violencia, resulta siempre alarmante y aterradora.

La derecha venezolana sabe perfectamente todo eso, porque quienes dirigen el accionar opositor en el país son los mismos que desde las esferas del poder imperialista de los Estados Unidos de Norteamérica pretenden adueñarse del mundo para imponer el modelo económico que sirva a sus intereses, y que tienen a su disposición la más grande y poderosa estructura comunicacional que jamás haya conocido el ser humano.

Para esa derecha criminal y sanguinaria, no importa quien muera porque en definitiva su orientación no es en absoluto ideológica sino mediática. Y lo que el medio de comunicación exige (particularmente las cadenas de noticias internacionales de la derecha) es cualquier tipo de muerte violenta, preferiblemente si se trata de aquellas que sean achacadas por esa derecha infamante a gobiernos progresistas o de izquierda.

Es así como puede entenderse el disparate persistente de la oposición venezolana de denunciar a gritos ante el mundo los muertos que ella misma provoca con su accionar terrorista, sostenido de manera recurrente como único comportamiento desde hace más de dieciocho años de antichavismo visceral.

Fue así como Lilian Tintori (quien se atrevió a afirmar públicamente con entera frialdad que no importaban los muertos que quedaran en el camino en la lucha por liberar a su marido) recorrió los escenarios políticos del planeta denunciando los 43 muertos que supuestamente había dejado la represión del gobierno venezolano en 2014, cuando fue perfectamente claro para el país y para el mundo a través de infinidad de fotos y videos inobjetables que quienes dispararon a mansalva desde edificios contra la población indefensa, quienes pusieron guayas para degollar motorizados, quienes armaron barricadas donde se asesinaba sin contemplación a quien pretendiera trasponerlas, fueron los seguidores de su propio marido, para el que ella pide libertad de la manera más impúdica en nombre de esos muertos que él mismo mandó a asesinar.

Por eso para nadie fue un hecho extraño que, luego de dieciocho años de necrofilia sistemática por parte de la derecha venezolana en su afán de ser noticia, el pasado 19 de Abril, cuando se esperaban las concentraciones más grandes tanto de la oposición como del chavismo, las redes sociales amanecieran desde las más tempranas horas del día excitadas por la novedad de un muerto que se habría producido en una urbanización del centro de la ciudad (distante por completo a los lugares señalados por las convocatorias para ese día) en condiciones totalmente confusas que a la larga resultaron ser solo parte de un atraco, pero que sin embargo fueron de inmediato ventiladas por los opositores como “la primera muerte causada por la represión del régimen” ese día.

Esperaban lascivos “las muertes que le dieran vida” a su pretensión de derrocar al gobierno, para lo cual usarían una marcha como detonante del genocidio que “casualmente” una periodista opositora había vaticinado el día anterior por las redes sociales, casi exactamente como aquellos militares del 2002.

El furor frenético desatado por la noticia sin fundamento, difundida como candela por las redes sociales ese día, era solo comparable al de las jaurías salvajes sedientas de cualquier sorbo de sangre en su camino.

Los videos de las primeras horas mostraron sin la más mínima posibilidad de duda, por una parte, al máximo dirigente de la organización terrorista Voluntad Popular dirigiendo a un grupo de encapuchados que a su lado marchaba con la más entera naturalidad, sin que nadie se contrariara en lo absoluto con la atrocidad que significa que esos eran exactamente los mismos encapuchados que durante años han causado la destrucción y la muerte que ha padecido el país y que la oposición ha negado persistente y fogosamente como integrantes de su militancia.

Ahí estaba la evidencia más clara e irrefutable de que en efecto todo lo que se ha dicho desde el gobierno nacional ha sido siempre la más completa e innegable verdad en cuanto al falso carácter pacífico de las manifestaciones de la derecha en el país.

Y mostraban también esos videos, sin ninguna posibilidad de equívoco, la brutal salvajada de opositores criminales que, agrediendo con botellas de hielo a un grupo de pacíficos chavistas que caminaban por una calle, le destrozaron sin piedad el cráneo a una humilde señora que sin perturbar a nadie se dirigía a su trabajo.

Al final de la jornada, la lista de muertos y heridos que contabilizaban las noticias como resultado del violento accionar de la derecha, dejaba un saldo doloroso de agentes que caían cumpliendo con su deber de resguardar la paz y la seguridad de los venezolanos, así como de gente del pueblo que moría sin importarle a sus asesinos de la derecha quiénes eran, pero con los cuales las grandes corporaciones mediáticas al servicio de los intereses contrarrevolucionarios del imperio y de sus lacayos nacionales e internacionales, lograban una vez más los más sensacionales e impactantes titulares que culpabilizaban al gobierno.

La sed de muerte en la que esos criminales dirigentes de la derecha venezolana están tratando irresponsablemente de “educar” a la gente, tendrá a la larga un solo destinatario. Y ese destinatario no es otro que el propio estamento irracional que pretende llegar al poder sin ideología ni propuesta de país alguna, sino basando su posibilidad de sobrevivencia en el odio y la anarquía inoculados a su propia sociedad.

¿Creerá acaso esa dirigencia que, llegada la hora del holocausto al que convoca, podrá sobrevivir a un pueblo adoctrinado en la fórmula del asesinato a mansalva como instrumento de expresión política?

¿Por qué resulta siempre imposible restablecer la paz en los países que son destruidos por los mismos intereses imperialistas que hoy están tratando de destruir la gobernabilidad y la democracia en Venezuela con base en el mismo odio y la sed de muerte que en esos países generaron?

Suponer que el odio es solo posible cuando es contra el chavismo, es tan estúpido como pensar que los cataclismos puedan direccionarse a voluntad solo porque se cuente para ello con el relativo poder del dinero.

Los ruandeses conocieron en 1994 el infierno sin retorno al que conduce esa insensatez.

@SoyAranguibel

Robert Serra

excequias robert-Foto: Alberto Aranguibel B. –

Por: Roberto Hernández Montoya / 04 de octubre de 2014

El asesinato de Robert Serra y de María Herrera es un acto de guerra, es más, es un crimen de guerra, es más, es un acto estrictamente fascista. No es difícil explicarlo.

El fascismo es odio en estado puro. El odio es ciego, es muerte, es no-ser. Robert era un joven articulado, elocuente, lúcido. Tenía inteligencia, sabía usarla y la usaba. No hay nada que ofenda más a un fascista que la inteligencia. Por eso uno de los fascistas más cardinales, José Millán Astray, profirió el grito de guerra fascista perfecto: «¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!». Y lo dijo en el Aula Magna de la Universidad de Salamanca, delante del rector Miguel de Unamuno, quien le respondió: «Ustedes vencerán, pero no convencerán». No convencieron. No han convencido aún, porque solo les interesa vencer mediante la fuerza, mientras más bruta mejor.

El fascismo aún nos debe la muerte de Federico García Lorca. Como no era fascista, no se precavió cuando se fue a su natal Granada al comienzo de la Guerra Civil Española. «A los poetas no los matan», dijo.

El fascismo mata en vida y también en muerte. A Danilo Anderson lo descuartizaron moralmente después de que la bomba lo despedazó. Igual hacen a Robert. Especulan, dan detalles macabros, lo descalifican y por último dicen como con Danilo: Lo mató el propio gobierno.

No asesina solo el que da muerte biológica sino el que niega tu inteligencia. Muerte es decir que la violencia guarimbera fue obra de los «colectivos» chavistas, es decir, el gobierno se estaba derrocando a sí mismo para tomar el poder que ya tenía. Te matan cuando te prohíben usar la inteligencia. Como a Robert no lo podían callar en vida, lo pretenden callar en muerte. Una voz menos que señale al fascismo como lo que César Vallejo llamó «los heraldos negros que nos manda la muerte».

Crimen abominable, porque inmola a dos jóvenes y Robert tiene una excelente imagen.

Lorent Gómez Saleh anunció crímenes similares. Da que pensar.

La Venezuela de este tiempo ha desarrollado madurez para no caer en provocaciones: el agua podrida que charlataneó Antonio Ecarri, el «ébola venezolano» que cotorreó un médico asesino; Danilo, Sabino, Eliécer, Robert, cientos de campesinos…

Sabemos lo que hay que hacer: derrotarlo como siempre, aunque ni eso entiende.

@rhm1947

Terrorismo de estado: Documento desclasificado de EEUU justifica asesinar gente…. con drones

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El Tribunal de Apelaciones del Segundo Circuito de Estados Unidos ha publicado este lunes el documento en el que se apoya desde el punto de vista legal el Gobierno estadounidense para legitimar el asesinato selectivo de individuos, incluso si son de nacionalidad estadounidense, con drones (aviones no tripulados).

En concreto, la argumentación se basa en que Al Awlaki era un “dirigente operativo” de una “fuerza enemiga”, por lo que sería legal atacarle “en el marco del actual conflicto armado no internacional de Estados Unidos con Al Qaida”, pese a que era un ciudadano estadounidense. Además, remite a la autorización del Congreso estadounidense aprobada tras los atentados del 11-S para la utilización de la fuerza.

El documento fue redactado por la Oficina de Asesoramiento Legal del Departamento de Justicia y ha sido colgado ya en la web de la organización Unión Americana por las Libertades Civiles (ACLU) y está disponible a través de este enlace.

El padre de Al Awlaki y la propia ACLU han presentado denuncias contra las autoridades estadounidenses por este caso, pero una jueza federal las desestimó. Aunque la jueza admitió que había indicios de que no se respetó el debido proceso con Al Awlaki, argumentó que los tribunales no podían inmiscuirse en las prácticas de guerra, seguridad nacional ni relaciones exteriores.

Organizaciones como ACLU ya han advertido de que hay varios documentos oficiales relacionados con estos asesinatos selectivos en el extranjero que aún no son públicos, pero han destacado que la publicación de este es un “hito importante”. “Comienza a estrechar la brecha entre el discurso oficial de la administración sobre el programa de asesinatos selectivos y los hechos reales de este programa y permite un debate más informado sobre una de las políticas antiterroristas más polémicas del Gobierno”, señala la ACLU en un comunicado.

Nota de la periodista Rosario González sobre los drones

Drones: muerte por control remoto

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Oficiales del ejército estadounidense de la Oficina de Aire y Marina pilota un avión Predator no tripulados desde el centro de operaciones de Fort Huachuca, Arizona –

Desde hace meses, los drones son el ‘gadget’ estrella, y su imagen robótica y amable es disputada por grandes compañías como Amazon, que anunciaba no hace mucho su intención de utilizarlos para repartir sus productos entre los compradores. Sin embargo, hablamos de la misma arma mortífera utilizada en la cruzada contra el terror iniciada por EE UU, en este caso a través de los aparatos Predator y Reaper, aviones no tripulados que van armados con misiles Hellfire y que permiten identificar a un objetivo en cualquier lugar del mundo y proceder a su eliminación.

De esta segunda imagen es de la que se encarga el periodista Roberto Montoya en ‘Drones: la muerte por control remoto’, uno de los libros estrella de la serie ‘A fondo’ con los que la editorial Akal trata de profundizar en temas actuales a través de periodistas especializados. “Lo que sale en los medios es el uso civil de los drones, pero lo que hay detrás es un proyecto militar camuflado”, advierte Montoya, autor de otros dos libros sobre el modus operandi de Estados Unidos en su autodenominada guerra contra el terror.

Según explica Montoya, el primero en darle un uso militar fue George W. Bush, que dirigió ataques en Yemen con el objetivo puesto en Al Qaeda. Sin embargo, explica, el mayor abanderado de esta herramienta militar es el presidente actual, Barak Obama. “Asumió la presidencia un 20 de enero de 2009 y, apenas tres días más tarde, ordenó el primer uso de drones contra un presunto terrorista en Pakistán, donde perdió la vida el sospechoso y otros 15 civiles”, señala.

El autor describe una operativa en la presidencia estadounidense que requiere grandes dosis de sangre fría. “Cada martes, Obama se reúne en la Casa Blanca con el Consejo de Seguridad. Allí le presentan una lista de candidatos para que, como sucedía en la antigua Roma, Obama decida quién debe seguir con vida y quién debe morir”, explica. “Durante sus primeros once meses como presidente, el Premio Nobel de la Paz ya había matado a más gente que Bush en sus ocho años de gobierno”, resume el autor, que carga contra una guerra robótica que se caracteriza por ser “invisible, económica y garantizar la impunidad” en una obra en la que, además de trazar en el tiempo la historia de los drones, aborda otros aspectos como el trauma de los pilotos, la mirada de las víctimas, la legislación internacional o el futuro de esta guerra virtual.

Fuente: La Rioja