El más grande negocio capitalista de la historia

Por: Alberto Aranguibel B.

El imperialismo no lucha contra las drogas sino que las administra
Hugo Chávez

Como todo en el capitalismo, el ranking de los negocios supuestamente más rentables es casi siempre un soberano embuste.

Los famosos anuarios que dan cuenta de las estadísticas del dinero en cualquiera de sus formas, como los que publica la afamada revista Fortune, por ejemplo, suelen estar orientados a convencer a la opinión pública mundial de una realidad ilusoria y sin sentido, que establece que el capitalismo sería el modelo correcto para asegurar el éxito individual de las personas, pero en el cual los millonarios son siempre los mismos.

Publicaciones como Fortune aseguran que los mejores negocios en el mundo van desde la industria farmacéutica, la inversión especulativa de capitales, las innovación y desarrollo de aplicaciones para internet, las bebidas gaseosas, fabricación de productos para el hogar y para el cuidado e higiene personal, hasta el ensamblaje de vehículos, e incluso la exploración y producción petrolera.

Pero Estados Unidos, la más grande potencia capitalista de todos los tiempos, demuestra hoy por hoy con el sentido que le imprime a la demencial guerra económica que ha decidido desatar contra el propio capitalismo más allá de sus fronteras, que el mejor negocio del mundo no es ninguno de los anteriores, sino uno en el cual el imperio ha venido adquiriendo cada vez una mayor capacidad de control y predominio casi absoluto.

La más poderosa máquina de propaganda que jamás haya conocido la humanidad, está hoy al servicio de la promoción de ese gran negocio que EEUU quiere convertir en la perfecta forma de hacer dinero, por encima incluso de las estructuras del sistema financiero sobre el que se asienta el capitalismo.

El consumo de drogas (de todo tipo) se ha instalado en la narrativa cinematográfica norteamericana como un componente esencial de la vida en todo género fílmico. Lo que fue de escandaloso en la década de los 60 y 70 del siglo veinte el cigarrillo como objeto de placer y de seducción, lo es ahora la desquiciante presencia de las drogas hasta en las situaciones más inverosímiles de la fílmica hollywoodense, abarcando todos los ámbitos de la sociedad que son meticulosamente recreados en toda clase de películas, en las que no existe jamás ninguna situación placentera que no esté precedida por la ingesta alcohólica profusa y el consumo de drogas indiscriminado. Con especial preeminencia de esta última.

¿Por qué el mismo país que ha establecido la certificación arbitraria de los países según su grado de lucha contra las drogas, promueve de manera tan intensiva el consumo de todo género de estupefacientes a través de su poderoso aparato comunicacional, siendo tan evidente la contradicción entre una cosa y la otra?

¿Por qué Uruguay, Argentina, Canadá, y el propio Estados Unidos, presentan como un civilizatorio avance de sus sociedades la legalización de la marihuana (ya no para uso medicinal, como fue en un momento la excusa, sino para usos netamente recreativos) sin que ninguno de esos países sea susceptible de ser incluido en esas listas de descertificación con las cuales el imperio se erige una vez más en policía del mundo?

Por una sola y muy particular razón; el gigantesco negocio detrás de las drogas.

Tal como lo comentamos en estas mismas páginas en el año 2015, “La ilegalización del alcohol en los Estados Unidos entre 1920 y 1933, por ejemplo, fue considerada una de las más grandes violaciones a la libertad que se haya perpetrado en esa nación en toda su historia, pero también (por esa misma razón) uno de los más lucrativos negocios llevados a cabo en tiempos de severa recesión económica.

En ambas prohibiciones, la del alcohol y la de las drogas, la represión a la población estuvo determinada siempre por la necesidad de incrementar el flujo de presos hacia las cárceles privadas (más de un millón por causas del consumo o tráfico de drogas, en su mayoría afrodescendientes pobres), así como de elevar el precio de dichos productos ilícitos en las calles.

De ahí que la saña contra el narcotráfico de la que hace gala hoy Estados Unidos no es sino una fachada para todo un andamiaje económico cuyos capitales son los más redituables que existen hoy en día en el mercado financiero mundial, en virtud de ser capitales libres de pasivos contables, costos financieros y de cargas impositivas.” (¿Por qué los imperios sí pueden drogarse? Correo del Orinoco 01/06/2015)

El narcotráfico es un negocio que no entra en la contabilidad de ninguna empresa legalmente establecida, en virtud de lo cual tampoco es legalmente bancarizable. Sus inmensas posibilidades de rentabilidad están determinadas fundamentalmente por dos factores esenciales que aseguran el altísimo nivel de capitalización de ese excepcional negocio para el imperio. En primer lugar; la implacable persecución contra un negocio que es muy estratégicamente presentado como ilícito, lo cual eleva su precio en el mercado de manera exponencial. Y, en segundo término, que el policía que supuestamente lo persigue (léase EEUU) es el mismo que capitaliza la ganancia más cuantiosa del descomunal negocio, evitando su ingreso al sistema bancario convencional como producto de una actividad susceptible de obligación tributaria alguna. Con la droga, todo ingreso es ganancia neta y segura. Pero por los caminos verdes… de los dólares.

La acusación de país forajido contra aquellas naciones que no sirvan a los intereses del imperio, es el recurso perfecto para elevar artificialmente el precio del producto en un mercado que es netamente controlado por quien aparece descertificando, toda vez que es quién administra y resguarda los grandes centros de producción mediante sus más de 830 bases militares en el mundo. País que a la vez es, no solo el que promueve el consumo a través del aparato comunicacional con mayor penetración en el planeta, sino el que recibe los capitales que genera la droga, a través de las miles de opciones para el lavado de dinero que existen en el sistema bancario norteamericano, y que hoy los organismos internacionales como la ONU calculan en cerca de 400 mil millones de dólares al año.

Tal acusación contra los pueblos cumple el doble propósito de atacar y someter a las economías soberanas que no se plieguen a los designios del imperio, paliando así la inminente e inevitable caída del dólar como moneda de referencia en el mercado internacional. Pero a la vez sirve para confundir a la opinión pública, haciéndole creer al mundo que quien acusa es el bueno de la película. La vieja estratagema de “¡Agarren al ladrón!”

Al respecto, decíamos entonces: “Ese cinismo es exactamente el que impuso como norma los Estados Unidos en su accionar contra el narcotráfico desde 1930, cuando creó el Federal Bureau of Narcotics para supuestamente frenar el consumo de marihuana, a la vez que estimulaba la producción y el tráfico de estupefacientes en el mundo entero por razones de naturaleza estrictamente geopolítica y financiera. O lo que pretendió Richard Nixon cuando desaprobaba el informe de la Comisión Shafer en 1972 (que recomendaba legalizar el consumo y venta de marihuana en el país) mientras que en el sur del Asia los soldados norteamericanos se erigían en los más grandes narcotraficantes de su tiempo.

El revelador artículo de Peter Dale Scott, “El opio, la CIA y la administración Karzai”, publicado en la Red Voltaire en 2010, da cuenta de las implicaciones de la CIA a través del tiempo en el surgimiento y desarrollo de los más grandes mercados de narcóticos hoy en día en el mundo. En dicho artículo el autor refiere con total exactitud cómo los cultivos de precursores de drogas se incrementan en aquellos países donde hace presencia militar los Estados Unidos, como Afganistán, Colombia, Paquistán y México.” (Art. Cit.)

Las drogas estupefacientes, que con toda razón Barack Obama considera infinitamente menos dañinas que el alcohol, no son sino una trampa multiforme instalada hoy sobre las sociedades del mundo entero por un imperio inmoral e insaciable, cuyos linderos éticos son diametralmente opuestos al tamaño de su codicia y a su sed de acumulación de riqueza sin importar el hambre o el padecimiento de los pueblos. Una lujuria sicotrópica que combina la naturaleza salvaje del capitalismo con la abyecta idea de la dominación y el sometimiento de los miles de millones de seres humanos que se niegan y se negarán por los siglos de los siglos a rendirse a su repugnante e ilegítimo mandato.

@SoyAranguibel

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La farsa del bienestar económico colombiano

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde siempre nos referimos al saqueo que hace Colombia de nuestras riquezas, denunciando el atropello a nuestra soberanía que representa el contrabando de extracción, de alimentos, medicinas, combustible, así como del robo del dinero que se llevan a ese país para multiplicarlo y afectar nuestra moneda a través de sórdidos mecanismos financieros.

Cada vez que hablamos de los “hermanos colombianos” que cruzan la frontera buscando rehacer sus vidas, nos referimos solamente al carácter solidario de quienes les abrimos desinteresadamente los brazos para ofrecerles cobijo en nuestro suelo.

Las élites colombianas del gran capital abusan hasta lo indecible de la naturaleza profundamente amorosa de nuestro pueblo, que no accede (al menos de buenas a primeras) a la fórmula de la confrontación con su vecino para solventar esa injusticia a pesar de las penurias que padecen los cientos de miles de venezolanos que se ven afectados con la misma.

Pero, más allá del atropello a nuestro país, existe una realidad inocultable asociada a la naturaleza perversa del modelo neoliberal que impera en Colombia, y que demuestra de manera irrefutable el fracaso y la inviabilidad de ese modelo.

Que Colombia lleve a cabo ese inmoral saqueo que tanto atenta contra el bienestar de los venezolanos, es solo una parte de la ecuación. La otra es el inmenso ahorro que representa para el fisco de ese país evadir la obligación de atender a los millones de colombianos que se han venido para Venezuela en busca de un mejor destino.

El supuesto bienestar económico del que esa nación se enorgullece, está determinado fundamentalmente por tres factores; la industria de producción y tráfico de drogas de mayor dimensión y crecimiento en el mundo; el criminal e impúdico saqueo a la economía venezolana; y la descarga que representa para el fisco colombiano el no tener que atender a la más numerosa población de desplazados del planeta.

Siete millones y medio de colombianos (seis de ellos en Venezuela) a los que los gobiernos de ese país no tienen que dotarles de educación, salud, alimentación, vivienda, luz, agua, transporte público, gas doméstico, o combustible para sus vehículos, son una descarga gigantesca para cualquier presupuesto nacional.

Si se cuentan, además, los cientos de miles de desaparecidos en fosas comunes y sicariato político que existen en ese país con la total anuencia de sus gobiernos neoliberales, rendidos siempre a las órdenes del imperio, el resultado es todavía más siniestro.

Pero también mucho más revelador de la farsa que es en realidad la supuesta prosperidad económica colombiana.

@SoyAranguibel

¿Por qué no está preso Álvaro Uribe?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 30 de mayo de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“El mal no es una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor”.

Pablo VI

El estereotipo del malvado, del criminal que roba o asesina tan solo por el morboso placer de sacar provecho fácil de los demás, es una deplorable caricatura que le asigna al delincuente la imagen del rufián menesteroso, ruin y maloliente, con la que se dibuja desde siempre al villano en la iconografía del mundo contemporáneo.

Es la simbiosis pobre-malhechor con la que la burguesía presenta al delincuente.

Ya sea porque se le atribuya la responsabilidad en la elección de los gobiernos ineficientes que el propio capitalismo le obliga a elegir como parte de su estrategia para perpetuar el sistema, o porque se le acuse de ser el causante de la anarquía, la violencia y la criminalidad en las calles, el pobre siempre será visto por los sectores oligarcas como el causante del mal, como parte de los mecanismos culturales de dominación que le permiten mantener sometidos a los pueblos.

De ahí que a los sectores más encumbrados de la oligarquía colombiana les resulte tan incongruente e impensable que un pupilo tan destacado de la más ultra conservadora élite social y política de esa sociedad, un verdadero “gomelo” en el habla neogranadina de mayor alcurnia, pudiera ser de alguna manera el tan prominente criminal que describen las acusaciones que contra Álvaro Uribe Vélez cursan en la infinidad de expedientes que lo certifican como tal en el mundo.

Por esa condición de muy “chirriado” exponente de la ultraderecha es que ha sido electo dos veces presidente de la república en su país y aceptado por la llamada comunidad internacional como abnegado defensor de la democracia y glorioso estandarte del antichavismo.

Sin embargo, el siniestro personaje es quizás uno de los más crueles y sanguinarios genocidas que haya conocido América y el mundo a lo largo de los últimos cincuenta años, al menos.

Lo que pudiera parecer en principio una vulgar exageración, se constata como pavorosa verdad cuando se toma en cuenta nada más la inmensa expansión que logró el narcotráfico a partir del apoyo que como director de aeronáutica del Departamento de Antioquia en los años 70’s le asegurara Álvaro Uribe a los carteles de la droga que convirtieron a Colombia en el primer productor y exportador de estupefacientes del planeta, lo que en sí mismo permite calcular la dimensión del crimen contra la humanidad cometido desde entonces por el ex mandatario hasta hoy en día.

Según cientos de testimonios de testigos, funcionarios de gobierno, magistrados del poder judicial, así como de ex integrantes del narcotráfico y del paramilitarismo (fuerzas creadas por Uribe para someter a la población al más tormentoso horror al que nación alguna haya sido sometida jamás en procura de la estabilidad de su gobierno y del sistema neoliberal que allí impera) la vertiginosa carrera política del ex mandatario estuvo en todo momento signada por el soporte y la connivencia con los sectores criminales más temibles del hermano país, de lo cual existe una descomunal cantidad de documentación fehaciente perfectamente verificable, así como infinidad de evidencias que constituyen las políticas de represión fomentadas por sus gobiernos, tanto como Gobernador de Antioquia como Presidente de la República, tales como las eufemísticamente denominadas “Convivir”, verdaderos grupos de exterminio violatorios de toda clase de derechos humanos y legales contra la población más pobre e indefensa de esa nación a la que exterminaron en masa mediante ejecuciones extrajudiciales para hacerles aparecer como guerrilleros y elevar falsamente sus estadísticas de efectividad en el nefasto Plan Colombia.

Las evidencias que incriminan a Uribe de manera insoslayable en decenas de masacres a lo largo y ancho del territorio colombiano, dan cuenta del carácter genocida de una política que obligó a millones de habitantes a emigrar hacia otros países, fundamentalmente hacia Venezuela, donde a lo largo de los dos períodos uribistas llegaron cerca de seis millones de refugiados, además del dolor que significa la muerte de los cientos de miles de hombres, mujeres, ancianos y niños, que no pudieron escapar con vida a la demencial guerra de falsos positivos desatada por Uribe Vélez contra su propio pueblo y que terminaron sepultados en las decenas de fosas comunes que hasta hoy han aparecido y que todavía faltan por aparecer en ese país.

De acuerdo al padre jesuita Javier Giraldo, activista defensor de los derechos humanos en Colombia, la horrenda realidad de las fosas comunes de desaparecidos se hizo evidente en La Macarena, región del Meta donde se descubrió una de las más grandes fosas, con cerca de 2.600 cadáveres enterrados desde el 2005 hasta el fin de la era uribista, así como en Vista Hermosa, San José del Guaviare, el Putumayo y Villavicencio.

Solamente en la llamada Comuna 13 de Medellín, la segunda ciudad en importancia de Colombia, aparecieron en 2015 más de 300 cadáveres de asesinados en 2002 por los cuerpos paramilitares a la orden del entonces gobernador Álvaro Uribe, exactamente de la misma forma en que se presume fueron asesinados y descuartizados las decenas de miles de desaparecidos reportados por miembros de los grupos paramilitares desmovilizados que hablan de más de 2.000 cementerios clandestinos.

La Dirección de Justicia Transicional del Ministerio de Justicia colombiano estima que el número de enterrados en todas esas fosas por órdenes directas de Álvaro Uribe Vélez, podría sobrepasar en total los 105.000 “NN” (que es como se les denomina a los cadáveres sin identificar), una cifra descomunal que supera con mucho la sumatoria de todos los desaparecidos en Suramérica durante el periodo de las dictaduras latinoamericanas y que podría ser solo comparable al holocausto nazi o a la barbarie de Pol Pot en Camboya a lo largo del siglo XX.

En un país como Colombia, dominado por una élite oligarca que detenta el poder desde sus orígenes como república mediante la cultura del terror y del sicariato ejercido sistemáticamente contra los liderazgos populares, así como contra todo aquel magistrado que cometa la osadía de imputar judicialmente a un connotado jerarca de la burguesía como Uribe, o cualquier periodista que reporte la atrocidad de los delitos por ellos cometidos, el temor a ser vilmente asesinado (como tantas veces ha sucedido) es un muro de contención frente a la justicia. Ahí, más que en ninguna otra parte, el neoliberalismo se apoya en la muerte.

La guerra que ha costado cientos de miles de vidas a Colombia desde hace más de medio siglo, y que le ha abierto las puertas a la injerencia norteamericana en el más oprobioso acto de entrega de soberanía que haya conocido la región, ha sido el oxigeno con el que ha contado Uribe para salir airoso de responsabilidad en ese genocidio por él perpetrado. Sus políticas orientadas a fomentar los crímenes de extorsión y secuestro, asesinatos selectivos de líderes sindicales, campesinos y políticos, así como del narco-paramilitarismo, son en esencia la base de sustentación con la que cuentan la poderosa industria bélica norteamericana y su aparato de control político y económico en Suramérica.

El senador colombiano Iván Cepeda lo ha dicho con perfecta claridad: “Hay una derecha internacional que está empeñada en perpetuar los conflictos armados para que encubran la crisis del modelo neoliberal… Su intención es que el proceso de paz (en Colombia) se venga abajo. Que el conflicto continúe para que a través de él se regionalice la guerra colombiana: entrometerse cada vez en los asuntos de Venezuela, seguir cultivando relaciones de enemistad con Nicaragua, Ecuador… La sensación que da es como si formara parte de una estrategia mucho más global”.

En todo eso Álvaro Uribe Vélez, por su estirpe de profunda convicción ultra derechista, su naturaleza desvergonzadamente fascista, y su talante irrenunciablemente servil y rastacuero, tiene un papel prominente que jugar; el del inmoral vendepatria rendido al interés del imperio sin el más mínimo miramiento ni conmiseración, porque supone que con ello lava el prontuario que lo amenaza con llevarle al corredor mismo de la muerte cuando su amo del norte así lo disponga.

Por lo pronto, el “gomelo” seguirá disfrutando las mieles de su estrellato contrarrevolucionario. El neoliberalismo y la ultraderecha suramericana y del mundo lo necesitan para llevar a cabo el trabajo sucio de intentar aplastar los movimientos progresistas de nuestros pueblos para imponer su fracasado ALCA en el continente.

Algo así como el narcodependiente necesita a la droga con la cual ese criminal hijo de Santander ha intoxicado al planeta.

@SoyAranguibel

¿Por qué los imperios sí pueden drogarse?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 01 de junio de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

«Todos los desgraciados que están a favor de legalizar la marihuana son judíos»
Richard M. Nixon

El actual presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Barack Obama, no ha tenido jamás vergüenza en declararse consumidor de marihuana, al extremo de ser objeto de invitaciones de ciudadanos que le ofrecen droga en sus apariciones públicas, como le sucedió en la ciudad de Denver durante una gira en 2014 cuando rompiendo el protocolo de seguridad ingresó en un bar y lo primero que hizo uno de los parroquianos ahí presentes fue invitarle a compartir su pucho de marihuana diciéndole “¿Quieres un toque, amigo?”, tal como lo muestra el video que Manton89 montó en Instagram.

Obama ha reconocido en varias oportunidades que durante su juventud fue no solo consumidor, como lo fue también el expresidente Bill Clinton, sino que a diferencia de este, el actual mandatario integró durante años una banda conocida como “Choom Gang”, algo así como “los duros de la yerba”, cuya técnica era la llamada “absorción total” que consiste en la competencia entre el grupo para ver quién aguanta más tiempo sin expulsar el humo de la droga, lo que solían hacer dentro de un vehículo con las ventanas cerradas para evitar el más mínimo desperdicio del mismo.

Según el libro “Barack Obama: The Story” del premio Pulitzer 1993 David Maraniss, Barry (como le decían en Hawái a Barack Obama) no solo era integrante del grupo sino que era considerado el líder del mismo. “«Cuando estabas con Barry y sus colegas, si exhalabas un preciado pakalolo (jerga de Hawái para referirse a la marihuana) en lugar de absorberlo complemente en tus pulmones, se te imponía un castigo y tu turno era saltado hasta que el porro daba la vuelta», dice Maraniss en su libro publicado en 2012.

Sin embargo, en un país que se erige a sí mismo desde hace casi un siglo en el policía antinarcóticos del planeta, el que su presidente sea un connotado ex marihuanero no es para nada alarmante. La sociedad norteamericana es probablemente la más familiarizada con el fenómeno de las drogas, no nada más porque es la que mayor población de consumidores tiene, sino porque como nación es la que más promueve el desarrollo de la producción y distribución de narcóticos en el mundo entero. Pero, como imperio que es, no está dispuesto a aceptar que el gigantesco negocio que representa la droga caiga en manos de otros y de ahí su hipócrita combate al narcotráfico.

El 10 de diciembre de 2013 el congreso del Uruguay aprobaba un Ley que legalizaba la producción, comercialización y tenencia de la marihuana, convirtiéndose en el primer país del mundo en legalizarla. La aprobación es el resultado de una tendencia general de las sociedades modernas que abogan cada vez con más fuerza por la despenalización del consumo de esta droga en particular, aduciendo por una parte el derecho de las personas a una libertad plena y por la otra la función medicinal de la yerba.

El mismo Barack Obama hace recientemente una clara distinción al respecto, en declaración a la prestigiosa revista New Yorker en enero de 2014, cuando le dice al periodista David Remnick que “la marihuana no es más dañina que el alcohol”.

Aún cuando en la mayoría de las naciones las drogas son por lo general penalizadas, su consumo suele ser tratado con mayor tolerancia a partir del avance que han tenido las luchas de grupos que abogan por la legalización del cannabis, como la Organización Nacional para la Reforma de las Leyes de la Marihuana (NORML, por sus siglas en ingles), con sede en varios países en los que la defensa de los consumidores es una cultura muy arraigada, por lo cual esta asociación vio la necesidad de defender igualmente los derechos de los consumidores de cannabis.

Un enorme vacío legal hace que tal contradicción sea hasta ahora insuperable; ¿cómo permitir el consumo si al mismo tiempo se penaliza al proveedor? El imperio norteamericano ha encontrado una fórmula prodigiosa para ello. No se penaliza a todos los narcotraficantes, sino a los que al imperio le conviene perseguir.

El consumidor es otra cosa. A él se le persigue pero hasta cierto punto. No porque atente contra la sociedad, sino porque el consumidor es parte esencial de un fabuloso mercado donde el dinero no es intangible sino real.

La ilegalización del alcohol en los Estados Unidos entre 1920 y 1933, por ejemplo, fue considerada una de las más grandes violaciones a la libertad que se haya perpetrado en esa nación en toda su historia, pero también (por esa misma razón) uno de los más lucrativos negocios llevados a cabo en tiempos de severa recesión económica.

En ambas prohibiciones, la del alcohol y la de las drogas, la represión a la población estuvo determinada siempre por la necesidad de incrementar el flujo de presos hacia las cárceles privadas (más de un millón por causas del consumo o tráfico de drogas, en su mayoría afrodescendientes pobres), así como de elevar el precio de dichos productos ilícitos en las calles.

De ahí que la saña contra el narcotráfico de la que hace gala hoy Estados Unidos no es sino una fachada para todo un andamiaje económico cuyos capitales son los más redituables que existen hoy en día en el mercado financiero mundial, en virtud de ser capitales libres de pasivos contables, costos financieros y de cargas impositivas.

La presidenta de Argentina Cristina Fernández se lo espetó sin tapujos al primer mandatario norteamericano en la VII Cumbre las Américas, realizada recientemente en Panamá, cuando le dijo: “Y también hay que hablar del financiamiento del narcotráfico, porque en los países productores, cuando sale la sustancia tóxica, vale 2.000 dólares, pero, por ejemplo, llega a Chicago y vale 40.000. Entonces, deberíamos abordar y deberían abordar fundamentalmente los países que más consumen droga este problema y, fundamentalmente también, el nudo de la cuestión, el financiamiento. ¿En dónde se lava el dinero del narcotráfico? ¿En los bancos de los países que la producen o en los bancos de los países desarrollados y los paraísos fiscales que pertenecen a los países desarrollados? No seamos cínicos, no seamos cínicos…”

Ese cinismo es exactamente el que impuso como norma los Estados Unidos en su accionar contra el narcotráfico desde 1930, cuando creó el Federal Bureau of Narcotics para supuestamente frenar el consumo de marihuana, a la vez que estimulaba la producción y el tráfico de estupefacientes en el mundo entero por razones de naturaleza estrictamente geopolítica y financiera. O lo que pretendió Richard Nixon cuando desaprobaba el informe de la Comisión Shafer en 1972 (que recomendaba legalizar el consumo y venta de marihuana en el país) mientras que en el sur del Asia los soldados norteamericanos se erigían en los más grandes narcotraficantes de su tiempo.

El revelador artículo de Peter Dale Scott, “El opio, la CIA y la administración Karzai”, publicado en la Red Voltaire en 2010, da cuenta de las implicaciones de la CIA a través del tiempo en el surgimiento y desarrollo de los más grandes mercados de narcóticos hoy en día en el mundo. En dicho artículo el autor refiere con total exactitud cómo los cultivos de precursores de drogas se incrementan en aquellos países donde hace presencia militar los Estados Unidos, como Afganistán, Colombia, Paquistán y México, tal como lo denunciara esta misma semana en rueda de prensa el Director de la Oficina Nacional Antidrogas del gobierno bolivariano, Irwin José Ascanio Escalona, quien señaló además que solamente en Estados Unidos se lavan alrededor de unos 400 mil millones de dólares al año provenientes del narcotráfico.

Sostiene Dale Scott que “La primera realidad es que la creciente implicación de la CIA y su responsabilidad en el tráfico mundial de droga es un tema tabú en los círculos políticos, campañas electorales y medios masivos de difusión. Y quienes han tratado de romper ese silencio, como el periodista Gary Webb, han visto sus carreras destruidas.”

El autor, que hace a la vez referencia a un artículo de Alfred McCoy publicado ese mismo año en el TomDispatch, afirma que la OTAN elimina plantíos de amapola que cultivan los opositores en Afganistán y protege los de sus aliados. Y cierra con una frase de McCoy: «El opio surgió como fuerza estratégica en el medio político afgano durante la guerra secreta de la CIA contra los soviéticos» esa guerra «fue el catalizador que transformó la frontera pakistano-afgana en la más importante región productora del mundo».

El Comandante Chávez lo resumió en una frase luminosa: “El imperialismo no lucha contra las drogas sino que las administra”, dijo.

Por eso acusan sin ningún pudor (y sin ninguna prueba) a quienes jamás han tenido que ver con drogas, como nuestros líderes revolucionarios, aún cuando ellos tienen como presidentes a verdaderos marihuaneros confesos como Obama.

@SoyAranguibel

Hermandad en cápsulas

CÁPSULA 1:
daktari

En 2004, Luis Britto García y Miguel Ángel Pérez Pirela presentan su libro: “LA INVASIÓN PARAMILITAR: OPERACIÓN DAKTARI” donde dicen lo siguiente:

  • Las operaciones militares, sobre todo las dirigidas contra países en vías de desarrollo, no están exclusivamente a cargo de ejércitos institucionales y legítimos, sino que dependen en gran medida de fuerzas irregulares, que en estrecha complicidad y entendimiento con las clases dominantes y sus estructuras de poder, ejercer el genocidio, el pillaje y la violencia sin la menor limitación jurídica, ética ni racional.
  • La Ley primordial de esta guerra inconfesable es el disimulo. Todo el aparato comunicacional del poder que emplea una milicia infame se concentra en pretender que ésta no existe, o en engañar sobre su verdadera índole, dirección y propósitos.
  • Gran parte de la oposición venezolana no tiene reparos jurídicos ni éticos ni patrióticos en recurrir a la mas atroz violencia antidemocrática, ni en convocar y apoyar fuerzas extranjeras de la condición más indigna para que le entregue el poder que ella es incapaz de obtener por vía legítima. Tal conducta es consistente y persistente.

CÁPSULA 2:

jvr paramilitares

CÁPSULA 3: 

RODRI TORR 2

RODRI TORR 1

CÁPSULA 4:

Un correo que circula por Internet, dice lo siguiente:

“Camaradas:

Existen en Venezuela 4.5 millones de colombianos que representan el 15,5% de los habitantes del país. A ellos hay que darles alimentación, maternidad, asistencia médica en general, educación en todas sus fases, agua, luz, teléfono, gas, vivienda, trabajo y hay que darles remesas (léase dólares para que los manden al “hermano país” y se construyan en Cartagena o Barranquilla su otra vivienda) Y me pregunto ¿Qué país aguanta tanto?.

En las elecciones presidenciales colombianas, los resultados en Venezuela gana el Uribismo o sea la extrema derecha. ¿De cual solidaridad estamos hablando?

A Bolívar, su Libertador, lo traicionaron, intentaron asesinarlo, las paredes de Bogotá las pintaban con letreros que decían “¡Vete LONGANIZO, no te queremos!” y así se fue Bolívar a morir de tristeza en Santa Marta.

El más grande hijo colombiano de toda su historia, Gabriel García Márquez, tuvo que asilarse en México porque lo iban a detener o a asesinar ¿De cuales “nuestros hermanos” estamos hablando?.

Una representante uribista, la señora María Fernanda Cabal, se opuso a los homenajes para el Gabo porque era amigo de Fidel y los mandó a calcinarse en el infierno.

Dejémonos de pendejadas: Todos los gobiernos colombianos han sido SIEMPRE enemigos de Venezuela.

¿Qué nos han traído “nuestros hermanos colombianos” aparte de sicarios, paramilitares, autodefensas, secuestros express, contrabandistas de extracción, buhoneros, vallenateros escandalosos de a toda hora, uribistas con motosierras, guarimberos que se fingen estudiantes, Shakiras que cobran un millón de dólares por presentación, droga por carajazo, etc.,etc.?”

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CÁPSULA 5:

Otro correo responde de manera escalofriante:

“En Monagas hay más de 220 mil, lo que quiere decir, que si apenas un 5 % de ellos son paracos, superan en más de 2 veces las Fuerzas Armadas acantonadas en esta zona.”

CÁPSULA 6:

¡Dios nos coja confesados!

 

El escalofriante “negocio” de los asesinatos por encargo: cómo operan los profesionales de la muerte

– La violencia en las protestas venezolanas se ha incrementado de manera alarmante incorporando formas horrendas de criminalidad y asesinatos a sangre fría nunca antes vistas en nuestro país y que solo se explican por el incremento desbordado en los últimos años de inmigrantes colombianos cuya cultura de la muerte por encargo es una forma de vida que desde hace décadas hace estragos en esa hermana república, y más allá de sus fronteras, como lo revela este escalofriante reportaje del diario El Clarin de Buenos Aires –

sicario

El escalofriante “negocio” de los asesinatos por encargo: cómo operan los profesionales de la muerte

John enciende un cigarrillo y entrecierra los ojos. Recuerda: “La cita era un viernes desde las diez de la noche, en el edificio de siempre. Estaban los que vivían en los departamentos del complejo y otros invitados. Eramos más de cien colombianos festejando un cumpleaños. En el boliche del edificio, varios comentaban los envíos de cocaína al exterior y los robos a departamentos de esa semana. Muchos andaban armados. Sonaban canciones de Vicente Fernández, Antonio Aguilar y Darío Gómez. Había platos con cocaína y marihuana, para que los invitados consumieran libremente. La cerveza, el whisky y los cigarrillos los vendía el ex policía que alquilaba esos departamentos amueblados”.

La escena podría vestir cualquier película de Quentin Tarantino, pero es real y ocurrió en el centro de Buenos Aires, a pocas cuadras de la avenida Rivadavia, una noche tibia del invierno de 2009.

El testigo de aquel festejo y que lo recuerda en una entrevista concedida a Clarín -a quien llaman John a lo largo de la nota- dice que es en eventos como ese donde se comienzan a idear los crímenes entre colombianos, ejecutados por sicarios.

“Como están todos borrachos, se hacen comentarios sobre quién anda en el país, qué robaron, qué envío llegó a destino, dónde está el que no pagó una deuda. Siempre hay alguien que escucha y luego da aviso a los narcos que buscan a alguna persona para matarla. Aquel día todos estábamos sorprendidos de la cantidad de socios que estaban llegando a Buenos Aires”.

John cuenta que aquella vez, a la medianoche comenzaron a competir: “esa semana, en una casa de Rosario, se habían robado tres mil balas, y jugaban a ver quién vaciaba más rápido un cargador. Las prostitutas de los cabarets Seguir leyendo “El escalofriante “negocio” de los asesinatos por encargo: cómo operan los profesionales de la muerte”