El caso Macri

Por: Alberto Aranguibel B.

Ganó sorpresivamente las elecciones en 2015 gracias a las particularidades de un sistema electoral en el que un candidato perdedor en una primera vuelta puede favorecerse en una segunda oportunidad con una votación que no le corresponde. Es decir, puede hacerse de los votos de otros candidatos que quedaron fuera de la contienda en un primer momento.

Con esos votos que pertenecían inicialmente a otros aspirantes, Mauricio Macri remontó la amplia ventaja que logró obtener el candidato del peronismo, Daniel Scioli, que lo había superado en la primera vuelta con más de ocho puntos porcentuales.

Apenas hacerse del poder, en medio de la más chocante arrogancia, comenzó a destruir el estado de bonanza económica que gracias a las políticas de profundo corte nacionalista impulsadas por el kirchnerismo disfrutaban por primera vez en casi un siglo los argentinos.

La elevación de las tarifas de los servicios públicos no esperó ni siquiera un mes para ponerse en marcha.

La misma gente que apenas semanas antes de aquella vorágine alcista que desataba el propio gobierno estaba convencida de la promesa del “cambio” que el nuevo presidente había hecho en su campaña, comenzaba a protestar en las calles desesperada por la brutal traición de la que era objeto.

La ola de despidos no se hizo esperar y la cantidad de gente que ingresaba a las filas de la pobreza empezó a crecer de manera indetenible hasta alcanzar en apenas dos años la alarmante cifra de doce millones de argentinos, según números oficiales, muchos de los cuales (más de tres millones y medio) empezaron a dormir en las calles y a comer de los restos de la basura como única forma de sobrevivencia.

La entrega del país a los cazadores de fondos buitres, el endeudamiento por más de cien años con el Fondo Monetario Internacional y la desfavorable política arancelaria impuesta por su gobierno al sector industrial y del campo, destruyeron en cosa de meses las posibilidades económicas del otrora pujante gigante del sur.

Las tasas de interés y el precio del dólar se dispararon como nunca antes y la economía se vino abajo, causándose así la estruendosa derrota que acaba de sufrir.

Todo un caso digno de los mejores científicos, para estudiar la tragedia que puede llegar a ser para los pueblos el neoliberalismo.

PD: Hoy, miércoles 14 de agosto, a tres días de esa aplastante derrota, el presidente argentino amaneció ofreciendo una rueda de prensa tempranera para pedir disculpas por haber cometido el día lunes el disparate de culpar a los electores por la intempestiva devaluación del peso frente al dólar que produjo el triunfo de la fórmula Alberto Fernández y Cristina Fernández, así como para anunciar que elevaría el salario básico, entregaría unos bonos y congelaría por tres meses las tarifas de la gasolina. En horas de la tarde, 11 horas después de esa insólita rueda de prensa, apareció un comunicado oficial en el que se deroga esa medida de suspensión del precio del combustible. Ni los locos de carretera cometen tantas insensateces juntas.

@SoyAranguibel

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No se equivoquen

Por: Alberto Aranguibel B.

Hay quienes explican el resurgimiento del fascismo culpando de ello a la izquierda. En particular en Latinoamérica, con la revelación de Bolsonaro en Brasil, después que se daba por descontado que Lula (o su sucesor) arrasaría en las elecciones en ese país.

Reducir la eficacia de los movimientos populares al simple logro de las mayorías electorales, es perder de vista el sentido de la transformación profunda del Estado y de la sociedad que toda gran fuerza de inspiración popular debe llevar a cabo. Es desconocer la naturaleza fluctuante de los procesos de cambio, signados, por lo general, por marchas, contramarchas y reveses intensos, que determinan la verdadera evolución de las sociedades.

Si reconocemos el auge de los movimientos sociales como el fenómeno latinoamericano del siglo XXI, entonces debemos reconocer con la misma objetividad que lo que sucede en la derecha con el ascenso de figuras paradigmáticas como Temer o Bolsonaro en Brasil, como Piñera en Chile, Macri en Argentina, Fox y Peña Nieto en México, o Kuczynski en Perú, no es precisamente un avance de tipo partidista, sino el crecimiento progresivo de la antipolítica que encarna el sector empresarial hoy en el mundo (liderado por los EEUU y su proverbial presidente empresario), y que en nuestra región se hace más patente precisamente por la intensidad de su confrontación con todos los sectores políticos. No solo con los de izquierda.

Si efectivamente algunos de esos movimientos progresistas en la región han sido desplazados por esa lógica corporativista, no es menos cierto que los partidos políticos tradicionales de la derecha han sido mucho más relegados por esta oleada de la antipolítica cuyo propósito es hacer realidad el viejo sueño empresarial de acabar con el Estado, sin importar su signo ideológico.

Por eso en Venezuela es cada vez más clara la escisión entre el empresariado y la dirigencia de la oposición. Quienes desde el empresariado anhelan la opción de alguien como Lorenzo Mendoza, dueño de la Polar, como candidato a la presidencia de la República, lo hacen desde una posición de desprecio hacia la política, fundamentalmente la de la MUD.

No es, pues, una falla del PT lo que sucede en Brasil (o de las izquierdas en Paraguay, Honduras, Argentina o Ecuador), sino una nueva modalidad de ejercicio del poder, signada por el secuestro de la democracia que lleva a cabo el gran capital tratando de acabar con la política, valga decir; con la democracia, donde quiera que se encuentre.

Pero, así como los triunfos de Maduro en Venezuela y de López Obrador en México, por ejemplo, no representan en sí mismos la extinción de la antipolítica en ninguno de esos países, tampoco la circunstancial derrota electoral de las fuerzas progresistas en ninguna otra parte del Continente significa una reinstauración irreversible del capitalismo. Los pueblos han despertado y por muchos reveses y ataques inmisericordes de los que sean objeto, el triunfo definitivo en esa injusta y desigual batalla les corresponde por antonomasia.

Que nadie se equivoque.

@SoyAranguibel

Arrogante pretensión de poder

Por: Alberto Aranguibel B.

El problema de fondo en Venezuela no es económico sino social. Que una clase social se considere superior al resto de la población es una horrible expresión de arrogancia (que inevitablemente deviene en intolerancia) de la que derivan todos los demás percances, entre ellos el económico, y que impide superar cualquier situación difícil por la que atraviese el país.

Esa clase que se cree superior es la que eleva los precios como le da la gana porque es dueña de los más importantes canales de importación, de distribución y de comercialización de la mayoría de los productos que se expenden en el mercado venezolano, toda vez que, en virtud de ese repugnante supremacismo, no le importa en lo más mínimo el sufrimiento que su avaricia y su prepotencia le ocasionan al pueblo.

Por esa razón se considera con derecho a tomar el control del Estado y a manejar a su antojo la economía y los recursos del país, sin haber ni siquiera participado en una elección.

El argumento de su supuesta “mayoría” (jamás probada en las movilizaciones de calle, en las asambleas populares, o en las elecciones) no es sino un pretexto para tratar de hacer válida esa pretensión de poder que tanto le mortifica desde que las venezolanas y los venezolanos de a pie decidieron ser gobierno.

Nunca ha sido verdad esa mayoría de la que se jacta esa clase pudiente y por eso ha rehuido a medirse en la elección del próximo domingo. Su propuesta de la “abstención” no es sino un intento por adueñarse de las cifras normales de apatía que hay en todo proceso electoral, para colocarlas impúdicamente como votos a su favor y fabricar así, unidas esas cifras a los votos de los candidatos de la derecha, la mayoría que nunca ha tenido.

La estrategia “tenaza” con la que esa derecha prepotente persigue robarles la democracia a los venezolanos (la de una mayoría artificial que no se apoya en la verdadera voluntad del pueblo) no prosperará porque la Constitución y las leyes se lo impiden y porque el río humano que saldrá este domingo a defender con su voto la integridad y la soberanía de la Patria será la más grande y entusiasta movilización popular jamás vista en nuestra historia.

Contra esa arrogante y perversa trampa de los ricos, Venezuela votará masivamente por Nicolás Maduro Moros.

 

@SoyAranguibel

Los barbarazos que acabaron con todo

Por: Alberto Aranguibel B.

La ineptitud del sector privado para la comprensión de la economía es directamente proporcional a su manifiesta torpeza para gerenciar sus propios negocios.

Un sector cuya única fórmula para asegurar el funcionamiento de sus empresas es el incremento en el precio de los productos que pone a la venta, no puede calificarse jamás como un sector de individuos ni siquiera medianamente lúcidos en asuntos de economía.

Elevar precios puede hacerlo cualquiera. Para ello no se necesitan conocimientos técnicos avanzados ni títulos académicos de ningún tipo, sino la sola condición de propietario de la empresa productora. El problema es hasta dónde el libre albedrío de esa libertad individual para decidir arbitrariamente sobre ese bien público que es el sistema económico, afecta negativamente al resto de la sociedad, incluso a los propios negocios del capital privado.

El grave problema de la economía venezolana ha sido desde siempre que los actores fundamentales del sistema, es decir, los empresarios que conforman el grueso de la economía, ya sea como productores, industriales o comerciantes, sólo ha sido gente que ha estado al frente de empresas particulares (que han dependido casi siempre de los subsidios del Estado para llevar adelante su producción), y que, así hayan adquirido mucha experticia técnica y de conocimientos en su ramo, no tienen sin embargo destreza ni dominio para la toma de decisiones en las complejas áreas de la macroeconomía.

Esa subjetividad es la que termina por limitar la capacidad del empresario para entender las leyes que rigen la economía, llevándole finalmente a creer que su dinámica (de la economía) obedece al simple y arbitrario antojo de un funcionario o de otro.

Por eso el empresario cree en verdad que la inflación es culpa del gobierno, cuando es él mismo quien incrementa a diario los precios sin razón o justificación económica alguna para hacerlo. Argumenta que la crisis económica la generan los aumentos de salarios y los controles de precios, y por eso decide aumentar como le viene en gana el precio de venta al público en todos sus productos, presentándose siempre como la víctima.

Al respecto mucho han reflexionado los analistas del portal “15 y Último”, demostrado fehacientemente cuán falsas o infundadas son esas argumentaciones del capital privado para tratar de explicar la crisis económica que agobia hoy al país.

Luis Salas, uno de esos destacados analistas, se pregunta y se responde a la vez: “¿En qué piensan los empresarios y comerciantes venezolanos, en especial los pequeños y medianos? Pues de los grandes y transnacionalizados especialmente concentrados en los productos más sensibles o de los cuales a la gente por las más diversas razones le cuesta prescindir o sustituir, es fácil saber qué piensan, dado que la especulación les resulta provechosa porque refuerza sus posiciones monopólicas. A mi modo de ver el problema es que los pequeños y medianos empresarios y comerciantes, por un lado, están atrapados en una fantasía gremial que les hace creer que sus intereses son exactamente los mismos que los de Lorenzo Mendoza y compañía, que a la misma “clase” pertenecen el panadero de la esquina y los dueños de Kimberly Clark. Pero también pasa que termina privando en ellos una mentalidad de pulpero que se ve dramáticamente expresada en el famoso diálogo publicado por Alex Lanz entre él y su amigo pizzero, cuando este último le explicaba por qué se veía “obligado” a vender las pizzas cada vez más caras para “protegerse”. Y es que en materia de precios, particularmente en contextos especulativos como el que vivimos, la falta de criterio amplio, la ambición, la costumbre, el miedo o todo a la vez, sumado a la miopía y las peligrosas recomendaciones de los “expertos”, lleva a nuestros comerciantes y productores a emprender una carrera alcista de precios, que puede que en lo inmediato les reporte ganancias extraordinarias, pero a la larga les hará incurrir inevitablemente en pérdidas.”

Apelando a leyes neoliberales absurdas (que muchas veces ni siquiera conoce, sino que considera correctas por ser las leyes del capital privado), el empresario venezolano cava la tumba de su propio negocio a través de la irracional elevación cotidiana de precios, cada vez más convencido de que el responsable del descalabro que al día siguiente encuentra en la economía es el gobierno.

Las tesis del capitalismo que acusan a las regulaciones del Estado de frenar el desarrollo de la economía, surgen de la exacerbación irracional de ese instinto de autodefensa que es tan importante para el capital privado. En la medida en que se exacerba esa preservación a ultranza del carácter privado de la propiedad, se generan las tensiones sociales que a la larga se convierten en la “interminable lucha de clases” de la que hablaba Carlos Marx. De ahí que el modelo sobre el cual tendrá que asentarse una economía para ser capaz de alcanzar los niveles ideales de bienestar a los que aspira toda sociedad, no podrá ser jamás el capitalismo.

Sus propias leyes lo demuestran. La Ley de la Oferta y la Demanda, por ejemplo, columna vertebral del capitalismo, es sin lugar a dudas la más irrefutable prueba del fracaso y la inviabilidad del modelo capitalista basado en el libre mercado. Por donde se le mire, su formulación teórica es todo un dechado de incongruencias e inexactitudes que en ningún sistema económico podrían llevarse jamás a cabo en la forma eficaz en que lo promete.

En primer lugar, porque una ley que para ser cumplida requiere de la agudización perpetua de la confrontación entre los distintos sectores de la sociedad (la ley de la oferta y la demanda dicta que el precio de cada producto surge de la pugna entre el productor por incrementar su ganancia y el deseo del comprador por pagar siempre la menor suma por ese producto), no puede ser, por ningún respecto, una ley conveniente para ninguna economía. Bajo ese aborrecible principio, la confrontación entre los dos más importantes actores sociales de toda nación está condenada a ser eterna.

En segundo término, porque el único resultado posible de esa absurda confrontación a la larga es un modelo en el que el consumidor, si quiere comprar algo a buen precio, deberá conformarse con adquirir el producto que nadie quiera comprar. Es decir, aquel que por ser muy poco demandado podría gozar todavía de buen precio.

De esa manera se termina llegando al escenario de guerra en el que la gente no compra movida por la publicidad o por el prestigio de la marca sino por la necesidad, lo que acaba con el propio concepto neoliberal de la “libre competencia”, que a la larga determina la calidad de los productos, según rezan sus propias leyes, y termina por arruinar la poderosa industria publicitaria sobre la cual se sostiene el capitalismo y de la que viven los medios de comunicación, entre muchas otras empresas, como las productoras de comerciales para la televisión por ejemplo.

Sobre esto concluye acertadamente Salas: “La paradoja keynesiana de los agregados nos ayuda a comprender esto: y es que si en un contexto determinado un actor económico sube los precios puede, en efecto, obtener ganancias extraordinarias. Pero si todos lo hacen se genera el efecto contrario. Y solo podrá ganar la carrera alcista aquel que es más fuerte, por lo general la transnacional hiperconcentrada o monopólica. Pero además, como el único en este contexto que no puede ajustar el precio de su mercancía es el trabajador que vende su fuerza de trabajo y a cambio recibe un salario (que es el precio de su trabajo, que ni fija ni mucho menos puede variar a voluntad), termina resultando que al reducirse su poder adquisitivo por el alza de los precios relativos, forzosamente el trabajador asalariado a la hora de consumir se vuelve más selectivo y disminuye, reorienta o simplemente suspende la compra de determinados bienes y servicios, lo que se traduce en una caída de las ventas que empieza por afectar a aquellos que son vendedores o prestadores de bienes o servicios no esenciales o de los cuales más fácil se puede prescindir. La respuesta automática de los comerciantes y productores ante esta situación, suele ser subir aún más los precios buscando “protegerse”. Pero está claro que por esta vía lo único que se logra es profundizar aún más la tendencia regresiva, que es exactamente lo que está pasando en este momento en nuestro país.”

Como en el viejo merengue dominicano, los empresarios venezolanos son los barbarazos que están acabando con todo. Solo que para ellos es más fácil echarle la culpa al gobierno.

@SoyAranguibel

¿Existe en verdad una oposición política en Venezuela?

Por: Alberto Aranguibel B.

Más allá de la incongruencia que resulta el hecho de que un sector de la población venezolana que se dice opositora acuse de incompetente al gobierno del cual ella misma forma parte en ministerios, gobernaciones, alcaldías y demás organismos públicos del Estado, en los cuales tiene participación y responsabilidades en la mayoría de las políticas que cuestiona.

Más allá de la insensatez opositora que comprende reivindicar como símbolo de lucha contra una ficticia dictadura una Constitución negada furiosamente por más de tres lustros por esa oposición, y cuyos promotores (de la Constitución) son exactamente los mismos revolucionarios a quienes acusa de dictadores.

Más allá del demencial exabrupto que significa oponerse en forma frenética a una elección por la cual esa misma oposición recorrió el mundo entero implorando por “libertad” y “democracia”, y que la llevó a tomar las calles para incendiar vivos a seres humanos que supuestamente representaban al gobierno que, según el discurso opositor, impedía la realización de esa elección por la cual tanto luchaban.

Incluso más allá del desquiciado hecho de denunciar como fraudulenta una elección que todavía no se ha llevado a cabo, y a la cual acusa de ventajista por el vergonzoso percance opositor de no haber encontrado entre ellos mismos una figura de consenso que pudieran presentar, para terminar conformándose con un candidato de relleno con el cual hay más desacuerdos que afinidades, la oposición venezolana podría ser definida como cualquier clase de fenómeno sociocultural, pero jamás como un actor político.

La llamada oposición venezolana, además de insustancial, contradictoria e incoherente, como ha sido siempre, ha rehuido de manera sistemática toda posibilidad de identificación con corriente de pensamiento alguno que permita definir con claridad su ubicación en el espectro ideológico.

No existe en los anales de la teoría política el caso de ningún movimiento, organización o agrupación partidista, que asuma como doctrina una propuesta discursiva basada exclusivamente en la difamación y la acusación infundada contra el adversario político, como es el caso de la oposición venezolana. Ni siquiera en las circunstancias en las que la confrontación entre facciones adversas pasó de lo racional a lo violento, como sucedió, por ejemplo, en la guerra de independencia venezolana, donde, a pesar de la crudeza e imprevisibilidad cotidiana del combate, el desarrollo de las ideas del Libertador no cesó ni un instante en su admirable profusión y alcance como pensador y genio de la política.

Una muy particular excepción a la elemental norma de la coherencia y de la sustentabilidad ideológica que debe regir a todo movimiento político, podría ser el caso del insólito “Movimiento Anarquista Organizado”, que en alguna ocasión me topé en la ciudad de Valparaíso, en Chile, porque es perfectamente comprensible que sin una mínima disciplina incluso los anarquistas están condenados al más estrepitoso fracaso.

Aun así, en la incongruencia puede haber legitimidad. La diversidad de las ideas no tiene que ser entendida de ninguna manera como insustancialidad o inconsistencia. En el espacio de la pluralidad ha existido a lo largo de la historia la extensa panoplia de corrientes políticas que surgieron desde la ultra izquierda más recalcitrante hasta la ultra derecha más reaccionaria, pasando por todas las formas de centralismo político que se han conocido.

Pero la autodenominada “oposición venezolana”, revisada escrupulosamente bajo el tamiz de la teoría política, no encaja, ni con mucho, en ninguna de esas variaciones o corrientes ideológicas. Que la denominación de “oposición” sea la más cómoda en términos lingüísticos, es una cosa. Que lo sea en verdad, otra muy distinta.

Cuando se examina con detenimiento el discurso opositor a lo largo de los últimos dieciocho años, se encuentra sin la más mínima dificultad que la ley física que más expresa a la oposición es aquella que enuncia que dos ondas opuestas terminan por anularse mutuamente a medida que aumenta su desfase.

La oposición no ha hecho otra cosa que anularse una y otra vez en cada escenario del debate que ella misma ha planteado en algún momento. En 2001 se opuso furiosa a la extensión de la apertura del registro electoral, aduciendo razones insustanciales. Un año después (el mismo año en que eliminaba en el decreto dictatorial de Carmona todos los cargos de elección popular en nombre de la democracia) protestaba por el cierre de ese mismo registro acusando al gobierno de cercenarle el derecho de inscripción a los nuevos votantes. La octava estrella en el Pabellón Nacional fue otro motivo de aguerridas manifestaciones opositoras que se anularon con el beneplácito por su gorra de ocho estrellas. El repudio al captahuellas en un primer momento, quedó en el olvido a la hora de acusar al gobierno de querer eliminarlo. Hoy piden a gritos que el gobierno imponga los controles de precios a los que se opuso toda la vida y pega el grito en el cielo por una inflación que ellos mismos promovieron desde Miami.

Tal como lo advirtió siempre el comandante Chávez, ideológicamente hablando la oposición es completamente nula. Es “la nada”, según las palabras exactas del líder máximo de la Revolución.

Ahora, si no se comprende que el descalabro actual de la oposición, es sin lugar a dudas un momento de excepcional oportunidad para la Revolución en términos ya no simplemente electorales sino en razón del extraordinario triunfo que significa ver difuminada a una derecha canalla que no cejó ni un segundo en su empeño por intentar exterminar al chavismo, y cuyas profundas divisiones y conflictos internos no son sino el reflejo de la derrota abismal de un sector que se hizo aparecer a sí mismo como el poderoso contendor que estaría siempre a punto de lograr acabar con la revolución, entonces no estaríamos haciendo nada confrontándolo con tanta tenacidad si llegado el momento del verdadero avance no hacemos valer el triunfo como corresponde.

En este aspecto, la Revolución Bolivariana ha mostrado serías debilidades en términos de comunicación política.

Seguir hablando todavía hoy en todos los noticieros, los programas de opinión, en los discursos oficiales y en las declaraciones de los partidos revolucionarios, de una Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que no existe, es una demostración más que innegable de esa recurrencia en el comunicacional, que quizás no tenga tanta importancia desde el punto de vista meramente semántico, pero que sí la tiene en lo que se refiere a la posibilidad cierta de consolidar la paz de la que es partidaria la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos, porque de no ser así solo reforzamos la equivocada percepción que muestra a Venezuela en el mundo como un atolladero de conflictividad política irremediable, estancado, y sin esperanza alguna de superación ni siquiera en el mediano plazo.

No se trata de desconocer con triunfalismos insensatos (como hace la oposición con el chavismo) la innegable existencia de un sector del pueblo que es opositor y que, sin llegar ni de lejos a ser mayoría, existe y se expresa, tal como lo consagra y garantiza la revolucionaria Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Pero ese pueblo opositor, cualquiera sea su número, no es la MUD. La MUD fue en un momento de nuestra historia el tinglado electorero que un sector de oligarcas mercenarios encontró oportuno para tratar de hacerse del poder y adueñarse así de las riquezas y posibilidades de las venezolanas y los venezolanos e instaurar el neoliberalismo que sumiría al país en la más insondable miseria. Algo en lo que fracasó ya rotundamente.

Si queremos que se admitan universalmente el logro y la legitimidad que representan la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, la paz que con ella se conquista, los avances del gobierno frente al infame bloqueo desatado contra nuestra economía, y el promisorio bienestar que auguran el Petro y las demás acciones revolucionarias en pro de nuestro pueblo, para asegurar así que la reelección de Nicolás Maduro sea verdaderamente incontestable, entonces es imperioso dejar claro ante el mundo que Venezuela sigue avanzando en medio de las dificultades y los obstáculos pero con rectitud y constancia.

Nos corresponde en esta hora de gran impulso revolucionario demostrar que estamos avanzando efectivamente en la construcción de una esperanza cierta de progreso, no solo en términos electorales sino en la medida en que dejamos atrás el aciago escenario de confrontación irracional en el que nos quiso sumir en algún momento una derecha que ficticiamente le hizo creer al mundo que tenía el poder de arrodillar a nuestro pueblo.

@SoyAranguibel

El viejo y descabellado mito del zamuro que cuida carne

Por: Alberto Aranguibel B.

“Una cosa es dar agua y otra es pedirla”
Aristóbulo Isturiz

Warren Buffet es un decrépito multimillonario norteamericano que lo único que ha hecho en su vida desde que era muchachito es acumular dinero gracias a su proverbial destreza para la especulación en el mercado bursátil.

La leyenda de los Estados Unidos como “la tierra de las oportunidades” tiene su origen en la ancestral cultura de la especulación y la explotación del hombre que en ese país en particular se ha instaurado como base fundamental del modelo económico. En la lógica de la especulación no existen la figura del sacrificio ni del apego al trabajo como factores determinantes, sino la astucia y la capacidad para conseguir que otros trabajen para ti al menor costo.

Esa excepcional capacidad para tener mucho sin hacer nada, explica la fascinación que despiertan los ricos entre la gente común. La idea de que para hacer plata lo que se necesita es solo un poco de buena disposición y olvidarse, eso sí, de los problemas de los demás.

Por eso para el promedio de la gente en los Estados Unidos resulta absurdo pretender hacerse rico pensando en el bienestar colectivo. La acumulación de la riqueza es imposible si el dinero se distribuye en muchas manos, de modo que la sola idea del “bien común” termina siendo una abominación a toda costa inaceptable para el capitalismo.

Por eso los rasgos que más definen al capitalista son por lo general la avaricia y la mezquindad. Rasgos invariables de una naturaleza perversa que el capitalismo esconde tras la fingida nobleza de la competitividad empresarial. Una nobleza pensada meticulosamente para maquillar de benevolencia el carácter depredador del capitalismo.

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Por eso Buffet, quien encabeza desde hace un cuarto de siglo junto con su amigo Bill Gates la lista de los hombres más ricos del planeta, anunció que donaría toda su fortuna a la Fundación Bill y Melinda Gates, dejando claro ante el mundo que lo más importante para un buen millonario es procurar que el dinero quede siempre en manos de los ricos y jamás en manos de los pobres. Para él es evidente que alterar esa ecuación significaría el derribamiento del capitalismo.

Por eso el norteamericano no ha elegido nunca a un mandatario por su condición de millonario.

A Donald Trump acaban de elegirlo no por magnate sino porque prometió desterrar a los inmigrantes y fortificar las fronteras nacionales. En esa elección prevaleció el terror del norteamericano a la posibilidad de ser atacado por fuerzas extranjeras infiltradas en el país o a quedarse sin trabajo con su sola llegada. Una vez más se les vendió que la pobreza es culpa de los pobres.

El error de creer en el mito del empresario que salvará al país, lo cometen desde siempre los latinoamericanos. Y eso tiene su explicación.

En primer lugar que los latinoamericanos fueron despojados desde hace siglos de su vocación colectivista originaria. Una concepción diametralmente opuesta a la visión imperialista del progreso, en la que el esfuerzo se centraba en la construcción colectiva del bienestar para todos, y que le fue arrebatada con la imposición a sangre y fuego del mesianismo redentor que prometía la religión cristiana, lo que terminó propiciando la dependencia del sueño de la salvación asociada siempre a un caudillo y no a un proyecto de país o a un modelo de sociedad.

Luego, porque la creencia sembrada desde entonces en nuestros pueblos es que el millonario vendría a ser una suerte de genio prodigioso que dominaría como nadie las inescrutables artes de la superación de la pobreza.

Si algo ha logrado el imperio a través de la historia, es convencer a la gente de que su poderío se debe a la gestión de una clase empresarial multimillonaria que habría levantado a esa nación desde sus cimientos a punta de la más estricta disciplina y sumisión al modelo capitalista y no al saqueo a las economías emergentes del mundo.

Por creer en ese mito del millonario redentor muchos han sido los fracasos de los pueblos latinoamericanos. Pablo Kuczynski, el actual presidente del Perú, es solo uno de los más recientes. Hoy la misma sociedad que lo eligió hace un año, le pide la renuncia para iniciarle un juicio por corrupción.

Michel Themer, en Brasil, y Mauricio Macri, en Argentina, completan el desolador panorama del nuevo liberalismo en el Continente, precedidos por los presidentes mexicanos (y uno que otro centroamericano y suramericano) del último cuarto del siglo XX. Todos, sin excepción, amasaron grandes fortunas a costa del sufrimiento de sus pueblos.

En Venezuela, incluido el proverbial fenómeno de la fugacidad dictatorial de Pedro Carmona Estanga en 2002, fueron muchos los casos de los multimillonarios que se asomaban al poder para hacerse cada vez más ricos a la vez que hacían al pueblo cada vez más pobre. Pedro Tinoco, quien fuera en varias oportunidades Ministro de Finanzas y Presidente del Banco Central durante los gobierno del Pacto de Punto Fijo, fue uno. Eugenio Mendoza Goiticoa y Lorenzo Mendoza Fleury, los más avezados aprovechadores con los que en mala hora ha contado la República.

Lorenzo Mendoza Giménez, sobrino nieto y nieto de estos últimos, y dueño de una de las fortunas mas grandes del Continente, es el depositario y máximo exponente criollo de esa cultura del enriquecimiento empresarial basado en la destreza para exprimir al Estado y hacer cada vez más dinero sin matarse mucho. Igual que Warren Buffet, que todos sus ancestros, y que todos los demás multimillonarios del mundo y de la historia, Lorenzo Mendoza Giménez es considerado por mucha gente como un ejemplo de capacidad y tenacidad gerencial en virtud de la inmensa cuantía de su fortuna personal.

Pero Lorenzo no es sino un pobre multimillonario que lo único que tiene es dinero. A lo largo de la peor crisis económica en la historia del país, y en medio del padecimiento más severo del pueblo por la falta de los alimentos que su empresa debiera producir, no ha habido manera de que explique cómo es que mientras el sufrimiento de la gente crece cada vez más buscando la comida que él dice no estar en capacidad de proveerle al mercado venezolano por las supuestas limitaciones económicas que afectarían hoy a sus empresas, su aventajada posición en el ranking de los más acaudalados magnates del mundo crece en la misma proporción.

Pues, por exactamente la misma razón por la que Warren Buffet es uno de los hombres más ricos de la tierra; porque si pensara en el pueblo no sería multimillonario.

De ahí que cuando un millonario asume las riendas del Estado, su trabajo no es nunca a favor de la gente sino todo lo contrario. Porque ni su mente ni su capacidad están entrenadas para la gerencia de procesos diversos y complejos como los que demanda la administración pública. Y mucho menos para la atención a aquellos a quienes el capitalismo ve como vulgares herramientas de producción, que valdrán siempre solo de acuerdo a su capacidad de producir riqueza y no en función de su derecho a la vida.

El capitalismo ordena que el ser humano debe ser expoliado en nombre de las fortunas que necesitan incrementar los ricos. Es lo que sostiene orgullosa de su condición neoliberal Christine Lagard, Presidenta del Fondo Monetario Internacional del cual Lorenzo Mendoza es fervoroso incondicional, cuando exige a los gobiernos del mundo “que se recorten las prestaciones y se retrase la edad de jubilación ante el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”.

La fábula del rico que trabaja para el pueblo conduce exactamente al mismo desengaño del iluso que pone zamuro a cuidar carne. Ese error ya lo cometió el pueblo venezolano en 2015, cuando permitió que la derecha neoliberal se hiciera con el poder legislativo creyendo que por tratarse del sector político de los empresarios las cosas se reencausarían por la senda del bienestar económico que el país logró en toda su historia solamente a lo largo de la Revolución Bolivariana.

Ahí está Chile, a punto de cometer de nuevo el mismo error con Sebastián Piñera. Ahí están, como hemos dicho, las impopulares gestiones de Themer en Brasil, de Macri en Argentina y de Kucshinsky en el Perú.

Ya llega el 2018. Un año en el que estas reflexiones tendremos que hacerlas como pueblo con la mayor madurez y el más profundo compromiso revolucionario. Sin apasionamientos bastardos ni mediciones estúpidas, sino con un alto sentido patriótico y bolivariano de la unidad popular. Tal como la pidió Chávez.

@SoyAranguibel

Joseph Stiglitz: “Las élites se equivocaron al ofrecer que la liberalización traería economías más sanas”

Barcelona (España), 18 jun (EFE).- El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz considera que la respuesta de los gobiernos a la crisis económica explica el rechazo actual a la globalización, representado por políticos como el Presidente de EU, Donald Trump, y la líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen.

“Las élites dijeron que la globalización beneficiaría a todo el mundo, que desregular y liberalizar el mercado conduciría a un crecimiento más rápido y una economía más estable. Estaban claramente equivocadas”, afirma el economista en una entrevista con Efe.

En su opinión, en Europa ha sucedido lo mismo. “El euro era un proyecto que iba a traer prosperidad a todos los países y, claramente, ha fracasado”, razona Stiglitz.

Para el economista, lo “peligroso” es el “descrédito de las élites”, fomentado por políticos como Trump y Le Pen cuando proclaman que “las élites no saben nada”.

Stiglitz advierte de que esto “mina la fe y la confianza en las instituciones”, órganos que considera que son “necesarios” para que una sociedad funcione.

Según el Nobel, una solución para esta situación consistiría en potenciar los sistemas de “protección social” en contra del proteccionismo que promueven Trump o Le Pen.

Sin embargo, no considera que la renta básica universal que algunos partidos promueven sea la solución, porque no cree que “nadie quiera recibir solo un cheque con dinero sin hacer nada”.

Respecto a España, considera que el hecho de que Europa piense que la salida de la crisis en este país es un éxito, evidencia el fracaso colectivo europeo y relaciona directamente la recesión sufrida por los españoles con las políticas de austeridad impuestas por la eurozona.

Asesor del ex Presidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero cuando estalló la crisis económica en 2008, reconoce que la “sorpresa” no fue que ésta fuera tan “severa” para España, ya que “se esperaba” por sus desequilibrios previos y la burbuja inmobiliaria.

Pero considera que se vio agravada por las políticas de la eurozona, a las que califica como especialmente “duras” y que alargaron la recesión.

El euro “ha contribuido a la creación de la crisis económica porque los mercados, irracionalmente, pensaron que, como no existían tipos de interés que diferenciaran a los países europeos, no había riesgo. El dinero fluyó hasta España y no había manera de parar ese flujo”, explica el premio Nobel.

“Los gobiernos deberían haber tomado el control de la situación para prevenir abusos, pero la ideología del euro lo impidió”, según Stiglitz.

Por ello, el economista defiende que esta crisis supone una “década perdida” para España y Europa y prevé que pasarán muchos años hasta que se vuelva a la normalidad.

Fuente: sinembargo.mx

Roberto Cobas Avivar desmonta propuesta neoliberal de Víctor Álvarez

Víctor Álvarez: ¡Yo también me sumo, contra la Revolución todo vale …!

Por: Roberto Cobas Avivar

“La economía es algo demasiado serio como para dejárselo sólo a los economistas”

Y cómo mejor darle al Gobierno revolucionario y al pueblo sino donde más le duele, en la economía. El papel, como sabemos todos, aguanta todo lo que se le escribe. Pero el pensamiento crítico revolucionario no aguanta todo lo que lee. Entonces, crucemos espadas por la Revolución Bolivariana.

No es el primer texto dónde el economista Víctor Álvarez intenta la contaminación liberal de la economía bolivariana. Adjetivo de “bolivariana” la economía no para definirle una doctrina que aún no tiene – a ello iré – sino para subrayar que es una economía en revolución, debatiéndose dentro del corrupto modo de producción capitalista “venezolano”, en medio de la brutal lucha de la muy reaccionaria clase burguesa y oligárquica criolla por el poder político del estado que, ahora con la Constituyente, se exacerba porque amenaza con escapársele definitivamente de las manos.

En esta lucha contra la Revolución Víctor Álvarez nos viene con el cuento económico de Noruega. Qué mejor ejemplo que el del “capitalismo escandinavo/nórdico” que, según los frustrados apolegetas anti marxianos de “izquierda”, es donde el postcapitalismo deveras se abre camino. Esa postverdad que nos viene a decir la mentira de que más allá del capitalismo lo que se adviene es un espacio socioeconómico y político desconocido. Sálvenos Dios de insinuar que el materialismo histórico marxiano nos identifica ese espacio como socialismo, es decir, la negación dialéctica del capitalismo.

Noruega le viene a Venezuela como anillo al dedo. ¿Qué hizo Noruega con el petróleo que no ha hecho Venezuela? – cuestiona con el título de su texto a Venezuela bolivariana el economista liberal Víctor Álvarez. Para su no solapado ataque al Gobierno revolucionario tira del cacareado Fondo Noruego de Petróleo. Señalo aquí de paso que la idea de este Fondo no ha sido blandida contra el Gobierno bolivariano sólo por Víctor Álvarez, lo hace también el economista auto considerado marxista Manuel Sutherland, asumiendo el pensamiento liberal de la economía política burguesa que receta como pananceum el llamado instrumentario económico anticíclico: ahorrar en el periodo de las »vacas gordas« para tener cuando llegue el periodo de las »vacas flacas«. Como los precios del petróleo responden a un comportamiento cíclico, según estos economistas, y como Venezuela depende del petróleo, la economía debería someterse a ese juego, cuya perversidad, asumen dichos economistas, no es de naturaleza política, sino puramente económica.

“El petróleo no es una herencia sino una deuda con las generaciones futuras” – nos ilustra Álvarez. Aquí la elemental miopía económica liberal traiciona a este intelectual otrora revolucionario. Sencillamente, no hay tal deuda con las generaciones futuras cuando la renta petrolera se invierte en programas de desarrollo social y económico. Sin esas inversiones esas generaciones estarían endeudas como lo han estado durante todos los gobiernos de la república burguesa. Pero no contento con tan aviesa afirmación, nuestro economista acto seguido ataca: “Desde que apareció el petróleo en Venezuela, la dirigencia política ha demostrado su incapacidad para asegurar un uso inteligente de la renta petrolera”.

Obsérvemos lo que nos dice este economista, nada menos que el uso de la renta petrolera en la inversión social no es un uso inteligente de la misma. “Qué dirigencia más poco inteligente esa dirigencia chavista. Desde Chávez hasta Maduro. Qué incapaces”. Estos economistas de laboratorio pierden la noción de tiempo y espacio. El espacio es Venezuela, sumida en un atraso social que condena a no menos del 80% de la población a la subsistencia en la exclusión socioeconómica, la pobreza y la miseria. En un estado de indigencia socio-material colindando con uno de los sometimientos culturales neocoloniales más aviesos que conocemos en América Latina. El tiempo es el que lleva la Revolución empujando la transformación de esa sociedad, apenas 18 años. Salvar la deuda social con el pueblo en ese espacio y ese tiempo es lo que define a la Revolución bolivariana como un proyecto humanista, un proyecto decididamente progresista.

El Fondo Petrolero Venezolano de la Revolución ha sido un fondo de activos sociales, no de pasivos económicos esperando por los ciclos que dicte la economía capitalista. En el tiempo de estos 18 años la transformación social del espacio venezolano rompe con todo el tinglado teórico-práctico de la economía burguesa a la que se sujetan como a una brocha gorda los mencionados economistas. ¿Cómo se le ve la costura gruesa al ataque contrarrevolucionario economicista?, pues cuando se constata que en la propia certidumbre del pensamiento económico burgués la educación y la salud, su decidida proyección cualitativa al conjunto de la sociedad, constituyen los pilares del desarrollo económico de un país. En un país de analfabetos, famélicos y enfermos no hay desarrollo integral económico que valga. Pero he aquí que el ejercicio económico humanista de la Dirección de la Revolución bolivariana es propio cuasi que de incapacitados mentales para estos supuestos economistas.

El economista anti liberal -sin llegar a ser marxista– Rafael Correa, ex presidente de Ecuador y líder de la Revolución Ciudadana que saca a su país del círculo vicioso de la economía capitalista, atacado con el mismo argumento del fondo petrolero noruego anti cíclico, no dejaba sobre sus pedestales las cabezas liberales que lo increpaban. Vamos a ver, el país está ante una necesidad alarmante de inversiones sociales, entonces decide guardar bajo el colchón un dinerito para cuando lleguen tiempos aún peores, calculando tener entonces con qué responder. Mientras tanto, teniendo esos fondos congelados, no se sabe, tendríamos que acudir a préstamos externos para avanzar las inversiones sociales y económicas que con urgencia necesitamos. De locos los economistas liberales burgueses.

Víctor Álvarez nos dice que no, que no hay que prestarse de nadie. “Los recursos del Fondo Noruego son invertidos en el exterior en bonos, valores, acciones, etc. y sus rendimientos son utilizados como recursos complementarios del Presupuesto Nacional”. De modo que los fondos ahorrados por la renta petrolera los invertimos en el casino financiero esperando que siempre, como afirma en el caso de Noruega, rindan buenos dividendos. Y Álvarez invita a Venezuela a hacerse dependiente de un casino, cuya astronómica acumulación de dinero responde sólo en un 10% a la economía material del mundo. Ese otro 90% es dinero ficticio, especulativo, que mantiene a la economía mundial en estado de implosión latente. Este detallito no llama la atención a los economistas que pretenden dictar cátedra de economía al Gobierno bolivariano.

Y entonces, se concluye alegremente que a los inteligentes noruegos la jugada les sale porque “se cumple a partir de unas reglas muy rigurosas y estrictas que evitan la inyección súbita de la renta petrolera en la circulación doméstica, evitando así el círculo vicioso de sobrevaluación-inflación que caracteriza a la economía venezolana”. Lqqd (lo que queríamos demostrar, en matemática).

Estimados economistas liberales, la economía venezolana no se caracteriza por el “círculo vicioso de sobrevaluación-inflación” que Uds. le achacan. La economía venezolana se caracteriza por la corrupción del modo de producción capitalista rentista que aún pervive. No tenemos un modo de producción socialista en Venezuela. Venezuela, la sociedad, está bajo el maltrato de la economía capitalista. Esa que, Ud. bien lo conoce Víctor Álvarez, es propietaria de las capacidades productivas que generan más del 70% del PIB. Anteriormente esos capitalistas eran los reyes del mercado porque el mercado no era social sino absolutamente privado. Hecho a la medida del poder de compra de la clase burguesa y cada vez menos de la llamada “clase media” que se venía empobreciendo al golpe del enriquecimiento de las clases altas, aristocracia y oligarquía. Pero cuando la Revolución empodera socialmente a las mayorías preteridas con un poder de compra ampliado, resulta que esa economía de mercado capitalista rentista, incapaz de producir como Marx indica, se va rapidito a la especulación anti económica como su Dios mercado manda. La presión inflacionaria que desata el acceso del pueblo a la renta no deviene oportunidad inversionista para los capitalistas venezolanos. Porque la economía capitalista venezolana ha sido y sigue siendo una economía compradora, según la caracterizara y definiera en términos de economía política ya hace mucho Marx. Venezuela ha cosechado el capitalismo comprador. Su burguesía apropiada del capital ha sido lo que sigue siendo: una burguesía compradora. Tuvieron y siguen teniendo el Minotauro petrolero a su favor. Lo que a todas luces dice que la revolución bolivariana aún no se radicaliza.

No es, por consiguiente, un problema de fondos petroleros. Venezuela, a diferencia de Noruega, invierte los ingresos de la renta petrolera en salud, alimentación, inversiones, vialidad y la creación de fondos para los venezolanos, como el Fondo Independencia 200, Fondo Simón Bolívar para la Reconstrucción Integral, el Asfalto y el de Empresas de Propiedad Social (EPS), además de las contribuciones al de Desarrollo Nacional (Fonden) y al Fondo Chino, por sólo indicar el espectro de los fondos venezolanos creados con el aporte de la renta petrolera, sin entrar en sus detalles. Lo que lastra la economía venezolana es un problema estructural. La renta petrolera no ha podido tener mejor uso que el que le está dando la Dirección de la Revolución, el Gobierno Bolivariano. Cuando llegaron las “vacas flacas” con la actual crisis de los precios del petróleo, inducida en esencia por los EEUU, el nivel de la inversión social en Venezuela no disminuyó. Recalquemos que se trata de inversión social y no gasto social, tal como asumen los economistas liberales. Es decir, es aquella inversión que está llamada a dar también los réditos económicos que necesita el país, recomponiendo el tejido social y desenvolviendo su capacidad educacional e intelectual de frente al desarrollo tecnológico de la economía.

Cuando la economista Pascualina Curcio demuestra en sus investigaciones y análisis el entramado de causas y efectos que desequilibran la economía venezolana los economistas liberales tipo Álvarez o Sutherland hacen oídos sordos. No se atreven al debate de mérito. Persisten en sus elucubraciones sobre los ciclos de la economía de mercado y las recetas fondomonetaristas para atemperar los desequilibrios. Hablan de hiperinflación creada por el Gobierno bolivariano, a pesar que la inflación desmedida ha sido una característica de la economía capitalista pre revolucionaria. Sencillamente hacen coro al falseamiento de la realidad económica de Venezuela que promueven los centros de poder financiero con el FMI a la cabeza.

En su artículo “Venezuela’s Inflation – Zero Hedge Repeats the Errors Printed Ad Nauseam in the Financial Press” [La inflación en Venezuela – Zero Hedge repite hasta el cansancio los errores de la prensa financiera], Steve H. Hanke, renombrado profesor en economía especializado en el estudio de los fenómenos de la inflación y la hiperinflación -un fervoroso apologista de la trasnochada economía neoclásica y militante enemigo del proceso bolivariano en tal grado que el libélulo anti económico DolarToday lo tiene como referente para sus especulaciones- demuestra que en Venezuela no existe hiperflación. La tasa anualizada en el 2016 se comportaba realmente algo por debajo del 100%, habiendo tenido un pico de algo más al 800% para agosto del 2015. Este profesor de economía no se inhibe en indicar que en Venezuela la alta tasa de inflación es inducida por la especulación, en lo que viene a coincidir con los análisis de Pascualina Curcio. “A la prensa financiera no se le debe creer el 95% de lo que dice”, remata este estudioso.

“Una entidad de referencia que sigo –expone Hanke– como el Cato Institute usa los tipos de cambio del mercado negro (léase “libre mercado”) y el principio de paridad de poder adquisitivo (PPP en inglés) que se traducen en un estimado de la tasa de inflación altamente preciso”. Fijémonos que aún este profesor acoge en la ecuación la variable del precio del libre mercado, es decir, una variable no-explicatoria como la conocemos en economía matemática, no independiente, sino consecuente, dependiente. Es una variable dependiente puesto que el precio negro, el del llamado “libre mercado”, es producto de la especulación inducida, no del movimiento real de la economía. Aún así el cálculo de la tasa de inflación del Instituto Cato da un resultado muy lejos de la supuesta hiperinflación con que los mercados financieros atacan a Venezuela. Venezuela, no olviden, tiene que ser pase lo que pase un país de alto riesgo para los inversionistas (léase: prestamistas especuladores) extranjeros. Ha de tomarse nota que la introducción del sistema DICOM incorpora un factor nuevo contra la especulación cambiara. De tal modo tendrá que variar la metodología de cálculo de la inflación venezolana del prestigiado Cato Institute, si es que quiere seguir siendo fuente de estimación “altamente precisa”.

“Contrario a lo que ha pasado en Venezuela, el Parlamento noruego legisló para utilizar el excedente del petróleo como estabilizador de la moneda nacional y lograr una baja inflación” -nos cuenta poco menos que fascinado Víctor Álvarez. Vaya, el excedente de petróleo en función de la política monetarista liberal en su lucha contra la inflación. Toda la doctrina liberal de los Bancos Centrales capitalistas que vienen hundiendo hasta las economías de los países más desarrollados industrialmente. ¿Porqué no actúa así el Gobierno revolucionario de Venezuela venezolano?. Pues porque que así lo determina la incapacidad del “gobierno de turno para (poder) gastar discrecionalmente la renta petrolera”, concluye avispado el economista.

Álvarez continúa cuesta abajo en la rodada ya de tufo neoliberal. “Para evitar un impacto negativo, está prohibido invertir en compañías que operen en Noruega” – elogia la política económica de dicho país. Vamos a traducirlo. Lo que se restringe es la inversión directa de capital (ID), es decir, la única que propicia el desarrollo tecnológico de las fuerzas productivas del país receptor, en nuestro caso, Venezuela. A cambio, encomia Álvarez la inteligencia noruega, “las inversiones deben ser realizadas en el exterior (…)”, vaya, en el casino financiero, ya que “solo los rendimientos de las mismas son los que pueden ser inyectados a la circulación interna para complementar el Presupuesto Nacional”. Toda una apología de nuestro economista a la inversión financiera especulativa. Con economistas amigos como estos, la economía venezolana no necesita economistas enemigos. A los economistas liberales venezolanos se les tienen que escapar los detalles, si de Venezuela se trata. El Presupuesto Nacional venezolano se nutre en esencia de la recaudación impositiva de la economía real interna (ca. 90% en 2017). Estos recaudos vienen superando con creces los planes de ingresos fiscales del Gobierno. Puede asegurarse que la renta del petróleo constituye un ingreso extra al Presupuesto Nacional. Es un rubro de exportación que viene a sustituir la incapacidad de la propiedad privada capitalista venezolana, dominante en la producción, para generar las exportaciones del país. De ahí el uso intensivo de la renta petrolera en los programas de desarrollo social y económico.

El grado de manipulación economicista y especulación política de Álvarez es ofensivo contra la inteligencia ajena. “Si el propósito del Fondo (petrolero noruego) es asegurar que la riqueza petrolera asegure la calidad de vida de los pensionados y de las generaciones futuras, las inversiones deben estar en armonía con el desarrollo sustentable, la protección del medio ambiente y la responsabilidad social”, se explaya el economista. Bueno, el hecho es que la economía social venezolana que apenas se edifica viene a asegurar con la Revolución la calidad de vida de los pensionados que por primera vez tienen acceso a una renta de jubilación universal, independiente de lo que mal les aseguraría la dependencia al mercado capitalista de trabajo. ¿Y en cuanto a las generaciones futuras? El economista liberal nos dice que la inversión social nada tiene que ver con eso.

Más aún, estos liberales aseguran que la inversión del estado en la economía solamente genera déficit en sus cuentas, y esto sabemos, para el pensamiento liberal es pecado capital. El pan de hoy es siempre hambre para mañana. Vale la pena una leída del análisis deconstructivista de esta falacia económica burguesa que hace el renombrado economista marxiano Michał Kalecki. Cuando hoy el Gobierno bolivariano invierte en el desarrollo de las infraestructuras con recursos de la renta petrolera y acudiendo a su capacidad de endeudamiento (capacidad demostrada por el estricto cumplimiento de dichos compromisos con la banca internacional, sin que ello afecte los planes de desarrollo socioeconómico), eso es solo gasto insolvente del estado, y no una inversión de futuro para la economía y el desarrollo social de las próximas generaciones. El “keynesismo bolivariano” no tendrá nunca rating para las calificadoras de riesgo y los fondos buitres. El estado revolucionario está llamado a perecer por fuerza de las falsas leyes de la economía de mercado capitalista. La economía venezolana habrá de seguir bajo la bota de la propiedad privada del capital y su instinto especulativo de ganancia.

El capitalismo no cree en lágrimas. No hay fondos que valgan, salvo los de inversiones especulativas promoviendo cuántas burbujas, ciclos y crisis se les antojen. La economía de la Noruega de Álvarez -nos dice un informe encargado a un grupo de expertos por el Consejo Nórdico de Ministros de Finanzas ya en 2015- “padece una suerte de enfermedad holandesa: un camarero cobra el doble de lo que ganaría en cualquier otro país de Europa, la productividad no avanza, el precio de la vivienda se ha disparado y el endeudamiento de las familias es altísimo. El propio gobernador del Banco Central noruego advirtió hace poco de los riesgos provocados por el desplome del crudo. Y con la vista puesta en el medio plazo recetó una devaluación salarial al tiempo que el Estado se ajusta el cinturón (recortes sociales neoliberales) con el fin de compensar el declive de los ingresos del petróleo”. El neoliberalismo, como en su retorno a América Latina, está ahí, sediento.

La economía venezolana está ante la imperiosa necesidad de un cambio revolucionario estructural. No es un cambio cualquiera. Es un cambio de paradigma político. Meterse de lleno en la senda de la revolución socialista. Hacia ese postcapitalismo que sabemos no puede ser otro que socialismo. El paradigma socialista no se consigue hirviendo los trapos capitalistas de la economía burguesa a ver si se desinfectan. El cambio significa la construcción de un nuevo modelo de economía, economía social, donde las leyes del mercado y la propiedad privada del capital dejan de funcionar bajo la lógica interna de reproducción del capital. A esas “leyes” se les suprimen las bases materiales para que mueran por asfixia irreparable.

La transición es de la economía soportada en la propiedad privada a la economía movida por la propiedad socializada. De la economía del capital a la economía del trabajo. De la economía del dinero a la economía de los recursos renovables. De la acumulación capitalista a la acumulación social de capital. Del crecimiento económico consumista al crecimiento equilibrado y sustentable ecológicamente. La transición es del capitalismo al socialismo, tal como puntualiza el líder de la Revolución Hugo Chávez; puesto que “la economía política tiene que abarcar la economía social” (les aclara Chávez al pueblo y a los economistas – discurso en Maracay 2009).

Ese es el horizonte en que debe proyectarse el pensamiento económico revolucionario creador, por el socialismo. No es la lucha por domar los ciclos del capitalismo, la lucha es por eliminar la economía burguesa, por cambiar el modo de producción e intercambio capitalista. De ahí la importancia de la Constituyente convocada por el Presidente. Nicolás Maduro. No puede ser otra que una Constituyente por el socialismo.

Roberto Cobas Avivar Roberto Cobas Avivar

¿Qué hay en verdad detrás del desespero por el referéndum?

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde el año 2014, el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica gobierna con un parlamento en el que la oposición es mayoría. Habiendo obtenido el triunfo en estados históricamente demócratas, los republicanos se hicieron desde entonces con el control de un poder que en esa nación es determinante para el desempeño de la democracia.

Sin embargo, esa mayoría circunstancial parlamentaria no ha sido utilizada para intentar sacar del poder al presidente de la nación más poderosa del planeta, porque el primer senador o representante (diputado) que lo intente, va a parar directo a la cárcel por conspiración contra el estado de derecho y el espíritu fundamental del sistema democrático que es el respeto a la decisión del elector.

En Venezuela una avanzada figura incluida por la revolución en el texto constitucional para profundizar el carácter participativo y protagónico del pueblo, como lo es el Referéndum Revocatorio, se intenta utilizar por una oposición circunstancialmente mayoritaria en el parlamento para ponerla al servicio de la élite burguesa que destruyó en el pasado las posibilidades de nuestro país en la construcción de su bienestar social y su desarrollo.

Es el secuestro que la derecha pretende hacer de un poderoso instrumento revolucionario que el pueblo está en la obligación de defender como una opción democratizadora, tal como lo pensó el Comandante Chávez, y no como una obligación para acabar con sus propias conquistas populares.

“¡Si se creen mayoría por qué no se cuentan!” gritan los voceros opositores, como si su circunstancial y hoy evidentemente desgastada mayoría del 6-D fuera un activo electoral perpetuo, que sirviera para ser usada como resultado portátil trasladable a cualquier elección no solo parlamentaria, sino regional o presidencial. Esta bien, ganaron y la revolución les reconoció su triunfo. Pero esa fue una elección parlamentaria y no presidencial. Dos cosas completamente distintas en dos momentos perfectamente diferentes.

Pero el sentido de la aritmética electoral no es precisamente el mayor atributo de la derecha venezolana. Lo de contarse es un eslogan propagandístico hueco y sin fundamento para quienes desde el 14 de abril del año 2013 no han respetado ni un solo instante la “cuenta” que hizo a Nicolás Maduro el Presidente más votado de nuestro país, después del Comandante Hugo Chávez, a quien tampoco esa derecha mentirosa y demagoga le reconoció jamás el respaldo popular mayoritario.

La Revolución Bolivariana se ha contado electoralmente más que ningún otro movimiento político de nuestra historia. Y en ningún caso, salvo cuando ella gana, la oposición ha aceptado la cuenta.

Ha debido admitirla a regañadientes por su propia ineptitud para reunir la masa crítica del pueblo que le permitiera desplazar del poder al chavismo, pero no porque haya creído en modo alguno en el juego democrático.

La defensa a ultranza que esa derecha hace hoy de la Constitución Bolivariana, es exactamente igual a la que hacen ahora con la bandera de ocho estrellas, por ejemplo, que durante tanto tiempo protestaron aferrados a una idea de veneración a los símbolos, códigos y cánones del pasado que el país estaba dejando atrás.

Quienes desde las filas opositoras enarbolan fogosos la misma Constitución que por casi un cuarto de siglo no solo han desconocido llamando a votar en su contra en los varios referenda convocados por el Poder Electoral para consultar al pueblo sobre su contenido, sino también en todos los demás procesos en los que la Revolución Bolivariana llamó a apoyar la propuesta chavista, lo hacen después de más de dieciocho años de luchar contra ese texto y de haber llegado incluso a derogarlo con euforia frenética durante el golpe de abril del 2002.

Es decir, llegan tarde, demasiado tarde, a la justa y correcta valoración de un instrumento que Hugo Chávez explicó hasta la saciedad como una herramienta que solo procuraba la profundización del modelo democrático participativo y protagónico que él le propuso al país sin ninguna clase de exclusiones o discriminaciones por razones de ideología o credo religioso o político.

Se opusieron desde siempre a todo por la simple necesidad de llevarle la contraria a la propuesta chavista sin importar el costo, el sufrimiento y el dolor, que causaban con su necia terquedad obstruccionista y sin sentido.

Su odio visceral fue descargado desde el inicio mismo del proceso revolucionario contra medidas que tendían a favorecer incluso la propia calidad de vida delos sectores opositores, como las regulaciones del costo de la matrícula escolar, la persecución a los estafadores inmobiliarios, los controles al sistema financiero que asaltaba el bolsillo de la clase media, y un largo etcétera.

En las elecciones presidenciales, cuando tenían que ser mayoría para poder asumir la función de gobierno, no lo fueron nunca desde que el sentimiento revolucionario se instauró en el corazón del pueblo.

El 14 de abril del año 2013, en momentos en que el país hubo de enfrentar una elección presidencial que subsanara el vacío que dejaba la dolorosa partida física del entonces recién electo presidente Chávez, tuvieron la oportunidad que les ofrece el sistema democrático, pero no alcanzaron el triunfo. De ninguna forma quedaba establecido ahí que esa elección debía revisarse cuando ellos de manera arbitraria se consideraran mayoría.

Con base en las delirantes ideas de un desquiciado encuestólogo que les ha dicho que aquella mayoría que logró la oposición en la elección parlamentaria estaría disponible de manera automática para una elección presidencial, pretenden ahora instaurar la percepción de que son mayoría para poder impugnar cualquier evento electoral en el que resulten derrotados.

El absurdo argumento esgrimido por la oposición según el cual el chavismo viola la Constitución si no se somete a referéndum, es un vulgar intento por despojar al pueblo de una de las conquistas de mayor valor en la democracia avanzada promovida por la revolución bolivariana, como lo es la de la posibilidad para ese mismo pueblo de darse el gobierno de su preferencia y no el que convenga a las élites del poder económico neoliberal que desde siempre cercenó los derechos democráticos de la mayoría al imponer en el pasado un modelo de alternabilidad en el poder que bloqueaba e imposibilitaba la transformación del Estado.

La elección presidencial, cuyo único requerimiento es ser venezolano, mayor de edad y estar debidamente inscrito en el Registro Electoral, es de obligatorio cumplimiento en el modelo democrático para que se produzca la realización de la democracia. El referéndum, como figura revolucionaria que es, es una opción constitucional que podrá ser llevada a cabo una vez que se cumpla una serie de pasos o requisitos legales que la oposición no ha cumplido.

¿Por qué el desespero en llamar a votar a como dé lugar, sin importar la violación a las leyes sino el interés en convertir cuanto antes una consulta en elección presidencial?

Porque su fin último no es salir del presidente Maduro solamente, sino acortar así el periodo presidencial de manera fraudulenta y en expresa contravención del espíritu del constituyente originario que propuso extender el periodo de gobierno a seis años, con posibilidad de reelección para permitir la continuidad administrativa que asegurara la concreción de las grandes obras y programas de desarrollo que requiere el país.

En cuatro o cinco años es muy poco lo que puede ser transformado en el Estado y es esa exactamente la razón que determina el interés del neoliberalismo en acortar el mandato presidencial en cualquier parte donde exista esa posibilidad.

A los revolucionarios les corresponde ejercer su derecho a que su elección (esa cuenta perfectamente democrática y legítima de 2013), sea respetada y resguardada de las perversas pretensiones neoliberales de asaltarla para acabar con un sueño de redención del pueblo que no tiene ni tendrá vuelta atrás. Pero también le interesa impedir la emboscada que recorte del periodo presidencial, porque es esa una conquista esencial del modelo participativo y protagónico.

En eso la oposición será de nuevo derrotada porque al neoliberalismo no le interesa un revocatorio para poner en la presidencia de Venezuela a un betancourtzuelo desvencijado. Le interesa acabar con el sólido muro de soberanía que la revolución bolivariana ha levantado en el continente.

Y ahí se encontrará siempre de frente con el indoblegable pueblo venezolano.

@SoyAranguibel

La neurosis como doctrina funesta que conduce al infierno

Por: Alberto Aranguibel B.

En la esquina de la calle Campo Alegre cruce con la avenida principal de La Trinidad, existe una suerte de “muro de los lamentos antichavistas”, donde el talante guarimbero de los vecinos de esa cuadra se expresa con toda la furia de lo que pudiera llamarse ya una auténtica “ideología de la arrechera”.

En sus apocalípticas pancartas, exponen el pensamiento de un sector formado no bajo los dogmas de las doctrinas o las teorías políticas, sino bajo la lógica de una derecha sin discurso alguno que solo puede existir mediante la iracundia y el odio que pueda despertar en la gente.

ro de BerlínQuizás el bueno de Francis Fukuyama (El fin de la historia y el último hombre, 1992) no se refirió nunca a la hegemonía del neoliberalismo cuando proclamaba su inefable sentencia sobre la extinción de las ideologías a partir de la caída del bloque soviético y el derribamiento del Muro de Berlín a finales del siglo XX, sino a la incapacidad de la derecha para asumir el compromiso de enfrentarse a la humanidad con un respaldo doctrinario eficiente que se correspondiera con la lógica del pensamiento progresista que el neoliberalismo proclama pero que jamás practica.

Erigido a sí mismo en bastión del pensamiento más ultraderechista del último medio siglo, Fukuyama no descansa desde hace décadas en la búsqueda de una fórmula ideológica que le permita convertir al neoliberalismo en una verdadera teoría política, para que deje de ser la simple síntesis de postulados pro-capitalistas que los sectores hegemónicos usan para justificar su depravación explotadora y usurera en función del dinero y hacerla avanzar hacia un nivel más digno como doctrina.

La doctrina de la libre empresa no es sino la institucionalización de la antipolítica, porque el neoliberalismo carece de fundamentación teórica que le permita a la derecha explicarle a la sociedad su verdadera intencionalidad depredadora y convencerla de la sumisión a la que ella (la sociedad) debe someterse para permitir el más expedito y cómodo desempeño del modelo de acumulación de la riqueza en manos de los ricos y no de la gente.

La peor calamidad para el neoliberalismo a través de la historia ha sido siempre la perturbación de ese orden tan perfecto que solo las ideas de justicia y de igualdad social que encarnan las revoluciones tienden a descomponer. De ahí su repudio a las ideologías y a todo cuanto con ellas tenga que ver.

En Venezuela, Bolívar representa el poder de esas ideas redentoras que inspiraron a la humanidad y que la lucha independentista instauró en Latinoamérica como sustrato cultural de nuestros pueblos. Ese mismo Bolívar que empuñó la espada para acabar con las ideas de esclavitud y dominación de los ricos sobre los pobres no se basó primordialmente en las cualidades combativas de sus ejércitos sino en la necesidad impostergable de la moral y de las luces como herramientas de liberación.

Por eso la derecha venezolana sufre como una asfixiante penitencia del alma el tormento existencial entre el amor a Venezuela pero no a la Patria; entre la bandera de siete estrellas de la 4ta República y la bolivariana de ocho; entre el Bolívar “clásico” de las estatuas inánimes y desideologizadas y el Bolívar revolucionario y filósofo del Monte Sacro que inspira hoy a los revolucionarios venezolanos y del mundo.

Ese terreno baldío de la ambigüedad ideológica es el árido espacio en el que solo germinan el odio, la intolerancia y la irracionalidad como soportes del insulso discurso opositor.

En nombre de los inexpugnables intereses del gran capital y de las transnacionales norteamericanas que acechan las riquezas nacionales, el presidente de la Asamblea Nacional grita a los cuatro vientos en su discurso de salutación en el acto de entrega de Memoria y Cuenta del ciudadano Presidente de la República ante el parlamento, que él es un hombre de pensamiento revolucionario y que tiene “obra escrita” para demostrarlo.

Y en nombre del pueblo, un diputado igualmente opositor, Leomagno Flores, argumentaba furioso en la anterior Asamblea Nacional en contra de la Ley del Trabajo, sosteniendo que “los responsables de la crisis mundial del capitalismo son los sindicatos y partidos de izquierda que exigen aumentos salariales para los trabajadores”.

María Machado, la exdiputada de Panamá, erige hoy su liderazgo de motoneta y chicharrón sobre la férrea defensa de una Constitución contra la cual ella misma ha luchado por todos los medios durante casi un cuarto de siglo, incluida la brutal arremetida golpista que ella convalidó contra esa misma Constitución en 2002 y la masacre de venezolanos desatada por su inconstitucional llamado a La Salida en 2014.

Por donde se le mire, al derecho o al revés, el desparpajo y la desvergüenza en el discurso opositor es un dechado de irresponsabilidad ideológica, que de puro persistente termina por convertirse en toda una doctrina de la insustancialidad y la ignorancia.

Henrique Capriles es probablemente el más perfecto ejemplo de esa insustancialidad elevada por la derecha venezolana al rango de ideología.

Después de más de una década y media instigando la ingobernabilidad y el estallido social mediante llamados a desconocer la legitimidad democrática de los gobiernos de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro, promoviendo la intolerancia y la desobediencia civil contra los poderes del Estado y haciendo llamados a descargar arrecheras que causaron la muerte de venezolanos, Capriles llegó a comprometerse en campaña electoral a continuar la obra prodigiosa de la revolución que encarnan las Misiones socialistas.

La asquerosa inmoralidad de esa promesa en boca de un conspicuo y contumaz conspirador como Capriles, es ciertamente vomitiva. Pero su carácter acomodaticio y oportunista trasciende los linderos del crimen contra la inteligencia humana.

Esta semana, en conversación con el alcalde Gerardo Blyde en Unión Radio, afirma con pasmosa serenidad que “la oposición no fue mayoría por muchos años…”

“Bueno –dice impúdico- la política es así; un día usted es oposición otro día es gobierno. Efectivamente, el gobierno, el PSUV, tuvo la mayoría. Ahora no la tiene, la política es así.”

Sin explicar de dónde saca él esa absurda y arbitraria cuantificación, ni por qué mandó entonces, bajo engaño, a sus seguidores a que incendiaran el país porque supuestamente ellos eran mayoría cuando en realidad no lo eran, hace una declaración todavía mucho más inquietante, en la que sostiene que “el poder es un préstamo que nos hace el pueblo”.

Asumir el objeto y la razón del poder como un “préstamo” y no como un servicio a la sociedad, es la revelación cruda y sin ambages de las intenciones saqueadoras de quienes ven el ejercicio de gobierno como un botín de guerra y la política como un negocio lucrativo para acceder a él. Lograrlo requiere solamente de la condición irracional de una sociedad despolitizada, neurotizada y violenta, que no perciba tales inconsistencias sino que las celebre y las aplauda.

Y es eso lo que dice el escueto discurso de las pancartas de La Trinidad; que la sociedad pacífica, que no monta en cólera, que no rabia, que no se arrecha como le dicen sus líderes, no es la sociedad a la que ellos aspiran.

Dice, más allá de la escritura, que la falta de una ideología propia que oriente su visión de país puede llegar a ser un flagelo mucho peor que los holocaustos que acabaron con las libertades, el derecho a la paz y a la vida misma que los pueblos reclamaron a través de la historia. Una carencia que tiene a nuestro país en vilo por el empeño de un pequeño grupo de oligarcas intoxicados por la sed de un poder que asumen como trofeo de su exclusiva propiedad, fomentando para alcanzarlo la desunión, la guerra y el antipatriotismo entre los venezolanos.

La paz es la propuesta de la Revolución Bolivariana para enfrentar esa irracionalidad y ese despropósito entreguista del neoliberalismo. Venezuela no será la Colombia sedienta de guerra que acaba de expresarse la semana pasada en el plebiscito que realizara el gobierno del presidente Santos para refrendar la paz y en el cual fue derrotado por los mismos promotores del odio que en nuestro suelo quieren controlar los destinos de la Patria.

Venezuela no se sumirá en la guerra para satisfacer las antojadizas ansias de un sector indolente con el pueblo. Nuestro país tiene en el presidente Nicolás Maduro la fuerza del alma chavista que nos conducirá a la sociedad de bienestar y progreso por la que los venezolanos hemos luchado desde hace siglos y que solo el socialismo bolivariano puede asegurar.

@SoyAranguibel

¿Y la trampa de la quiebra dolosa dónde queda?

Por: Alberto Aranguibel B.

La verdadera médula de la filosofía capitalista no ha sido escrita todavía. A diferencia del marxismo, en el capitalismo las cosas a través del tiempo se van dando más por afinidad de intereses que por razones dogmáticas.

Desde Locke hasta Friedman, no se posee ahí un verdadero instrumental teórico que oriente las cosas más allá de infinidad de postulados de naturaleza más económica que de carácter estrictamente ideológico. El capitalismo les debe infinitamente mucho más a Marx y a Engels su desarrollo teórico que a sus propios pensadores.

Si fuera en verdad medianamente honesto, el postulado filosófico correcto del capitalismo tendría que ser algo así de simple y directo como: “Lo que pase con la economía o con la gente no deberá importar jamás; lo importante deberá ser siempre hacer dinero… y punto.”

Aun cuando no sea frecuente ver a empresarios, políticos neoliberales, o incluso mucho académico de derecha, que se atrevan jamás a publicarlo o a afirmarlo en público como razonamiento ideológico, es común escuchárselos en los ámbitos más informales. El buen decoro y el miedo al ridículo privarán siempre en la contención de tan brutal cinismo. Guillermo Zuloaga lo expuso una vez con perfecta claridad, pero muy probablemente por torpe y no por descarado solamente.

En el fondo, a un modelo como el capitalista no le hace falta un instrumental complejo como el que provee el marxismo. Infinidad de investigaciones, congresos, disertaciones académicas, enciclopedias temáticas, como es tan usual en el pensamiento económico de la izquierda, lo que harían sería complicar innecesariamente el fluido desenvolvimiento de una máquina que con todos sus reveses y contramarchas, ha resuelto siempre su problema fundamental (que no es otro que el de la acumulación de la riqueza en pocas manos), mediante las usuales conferencias fondomonetaristas de los mandatarios neoliberales en Bruselas, o donde quiera que se reúna la Organización Mundial del Comercio para su revisión regular del curso de los flujos de capitales extraídos al bolsillo de los trabajadores hacia el sistema financiero.

De hecho, los capitalistas han inventado las mil y una artimañas para asegurar cada vez con más eficiencia el logro de su obsesivo propósito sin importarle cuánto de hambre y miseria van desparramando a los cuatro vientos a lo largo y ancho del planeta con su frenético empeño de la avaricia y la usura.

Incluso gobiernos que resultan afectos a las causas neoliberales que entre la burguesía y los políticos de la derecha abrigan por igual, suelen terminar arrollados por la vorágine de esa poderosa máquina de ensanchar la brecha entre ricos y pobres en todos los países, cuando terminan siendo desplazados del poder por el simple antojo de la oligarquía que decide en un momento determinado “refrescar” un poco el rostro político de su modelo para aparentar fortalecimiento o avance de su democracia representativa.

Son decenas las empresas que quiebran a diario en el mundo capitalista producto de la dinámica perversa hacia la que conduce la ciega idea de competitividad y rentabilidad que propone ese modelo. Incluso ciudades y naciones enteras, como Detroit, en los Estados Unidos, y Grecia en Europa, son lanzadas virtualmente al basurero económico más por la lógica del mercado que de la política, sin importar la cantidad de gente que sea echada a la calle víctima del infortunio de la avaricia de unos pocos.

Una variante de ese fenómeno es la quiebra empresarial fraudulenta. Una modalidad de esas que se inventan eventualmente los capitalistas para resolver problemas puntuales, como por ejemplo los elevados costos de los pasivos laborales que deban honrar según se les obligue a través del incremento de los salarios, o como respuesta a leyes que regulen de alguna manera su actividad.

Para esos empresarios a los que no les gusta asumir compromisos que pudieran acarrearles dolores de cabeza de cualquier tipo, lo mejor es tirar oportunamente el proyecto a la basura. Pero eso sí, de ser posible, mediante algún estratégico mecanismo de aseguramiento e incremento efectivo del patrimonio personal, como la quiebra injustificada de su empresa.

La quiebra o cierre intempestivo que no se produce por causas fortuitas o inexorables sino fraudulentas es un negocio mucho más redituable que la simple venta de cualquier otro activo transable (como casas, barcos, aviones, terrenos o incluso fábricas operativas o no) precisamente porque exonera de manera más expedita al propietario de compromisos con los acreedores. Pero en la mayoría de los casos esas acciones son consideradas por las leyes como delincuenciales. De ahí la necesidad de que el Estado fiscalice tales procedimientos a través de tribunales mercantiles.

Pare Brachfiled, Director de Centro de Estudios de Morosología de la EAE Business School, de España, dice en su libro “La evasión de obligaciones con el acreedor. Hechos ilícitos más frecuentes”, que el delito se produce cuando la situación de insolvencia es causada en forma intencionada o dolosa por el deudor.

En Venezuela, mucha de la crisis económica que hoy padece nuestro pueblo está determinada por ese afán de lucro sin compromiso de buena parte del sector empresarial que ha decidido dejar de invertir en el desarrollo de un parque industrial auténticamente venezolano, con el mito y la excusa de la supuesta falta de condiciones y de reglas que aseguren su inversión.

Sumido como está hoy el país en el doloroso e innecesario torbellino de la anarquía y la perturbación económica que nos produjo la insensatez de aquellos que vieron en la efímera y por demás perniciosa rentabilidad de la importación y de la utilidad cambiaria una opción fabulosa y atractiva, esa calamidad que representa el cierre de empresas como fórmula de evasión de compromisos resulta altamente costosa para nuestra economía.

Una distorsión que nace de la inconsciente actitud politiquera en la que muchos se sumieron, en vez de apostar al crecimiento del país impulsando ellos mismos las infinitas posibilidades que ha propuesto la Revolución Bolivariana en su lucha por la independencia y la soberanía, con las cuales el primer beneficiado habría sido ese mismo sector privado que se dejó engañar por un discurso opositor apátrida que jugo siempre a favorecer los intereses de las grandes trasnacionales antes que los de sus propios compatriotas.

El inmoral negocio de la quiebra fraudulenta que aflora hoy para añadirse como un elemento más en medio de la crisis que esa actitud irresponsable nos ha generado, es un negocio al que, además de dinero, muchos tratan de sacarle un beneficio político a todas luces inconducente, orientado a evadir los riesgos y dificultades propios de toda sana inversión.

Está claro que lo que en definitiva evade ese deplorable negocio es la responsabilidad con la patria. Tal como lo ha hecho buena parte del capital privado del país desde hace más de un siglo.

@SoyAranguibel

Aranguibel en Unión Radio: La derecha no contribuye nunca con el país sino que busca siempre su beneficio propio

Alberto Aranguibel conversó con la periodista Maripili Hernández en el programa Sin Duda que transmite Unión Radio, y allí habló del parasitismo empresarial que se niega a poner el hombro para sacar al país de la crisis que ese mismo sector ha estimulado.

Oiga aquí la entrevista completa:

Los invasores… aquí y ahora

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 09 de noviembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La tétrica mirada de Daniel Romero leyendo el Decreto de Carmona, sorprendentemente exacta a la del aspecto toxicómano del dirigente opositor común, remitía desde un primer momento a aquella vieja y muy desafortunada serie de televisión norteamericana de mediados de los años sesentas, Los Invasores, con la cual el imperio le ofrecía al mundo una variante lastimosa y muy precaria de su guerra mediática contra el comunismo.

En la serie, el arquitecto David Vincent (Roy Thinnes), debía convencer al mundo de la presencia de seres extraterrestres que venían a la tierra con el plan de acabar con la especie humana, pero la incredulidad de la gente hacía que su alerta jamás fuera atendido porque, mediante no se supo nunca cuál raro sortilegio, los extraños visitantes habían logrado convertirse en copias idénticas de los humanos. La única forma que tenía el arquitecto para demostrar la verdad del amenazante horror, era un desperfecto anatómico de los alienígenas, consistente en la imposibilidad de doblar el dedo meñique. Solo con verles el dedo engatillado, Vincent sabía que eran ellos.

La pregunta ha estado siempre en el ambiente ¿Por qué es tan frecuente en el liderazgo opositor la misma escalofriante mirada de reptil extraterrestre?

Igual que en la ciencia ficción, los integrantes de la banda de golpistas que subieron al escenario aquel día escuchaban inmutables las defenestraciones burocráticas que el orador iba leyendo con pausas calculadas como para capitalizar su efecto en una audiencia enardecida a la que cada uno de los truhanes examinaba con los mismos ojos escrutadores de Romero frente al micrófono. A ninguno de ellos se le escapó un gesto que no fuera de nerviosismo, que, como es de esperarse en cualquier audacia que incluya desplazar a un gobierno del poder, es quizás el más incontrolable de los reflejos condicionados del cuerpo. Romero mismo dio fe de ello apenas unas cuantas horas después de su efímera alocución, en los sótanos de ese mismo palacio, donde le tocó hacerse en los pantalones precisamente por su incapacidad para el control de su cobarde sistema intestinal.

Probablemente sin imaginar que el primer y único Decreto firmado por Carmona en su breve paso por el gobierno contemplaba la reinstauración en el sistema bancario de la modalidad financiera del cobro de intereses sobre intereses (mejor conocida como “Créditos Mexicanos” o indexados), la burguesía que ovacionaba la destitución de funcionarios que enumeraba Romero, estaba convencida de que el paso que se estaba dando en ese aquelarre de ultraderecha, era el salto al progreso y al bienestar que la revolución supuestamente les había robado.

Esa anacrónica burguesía, delirante y necia, es la misma que hoy abriga la pueril esperanza de que un hipotético triunfo de la derecha en las elecciones parlamentarias del próximo seis de diciembre, representará una vez más para ellos alcanzar el nivel de privilegios con los que sueñan, pero que nunca han perdido porque en verdad jamás los han tenido. Al menos como auténtica clase oligarca.

La burguesía venezolana, habiéndose chuleado durante décadas la renta petrolera venezolana a través de políticas proteccionistas dispendiosas y despilfarradoras instauradas en la cuarta república, es una burguesía ramplona, inepta y chapucera, integrada por lo general por desclasados oriundos casi siempre de caseríos recónditos del país y jamás de nobleza o entidad de ninguna alcurnia, como ellos se pretenden, erigidos en oligarcas a punta de un impúdico parasitismo, cínico y vergonzoso, del que ahora se dicen orgullosos en las cuñas de imagen de sus emporios empresariales, y del cual han sacado las inmensas fortunas con las que se jactan de incluirse en las listas de los multimillonarios connotados del mundo. Es decir, lo único que tienen es dinero.

Esos irresponsables se consideran a sí mismos superiores porque no tienen que hacer cola para comprar ni la harina de maíz, ni la mantequilla, ni el papel tualé que ellos esconden en su audaz y demencial juego de “la democracia solo para el mejor postor”, precisamente porque con el dinero que dicen no tener (y por el cual ansían derrocar el gobierno legítimamente electo) compran por tres reales y medio el trabajo de los humildes para que quienes hagan las colas sean ellos, los desposeídos y no los ricos. Una auténtica guerra solo mata pobres, tal como la han concebido, pero que los pone en evidencia como lo que en verdad son; una élite miserable y asquerosamente codiciosa que asalta hasta el modesto bienestar del pueblo, al que le roba las posibilidades que la revolución bolivariana hoy en día les brinda a los más necesitados, como los vehículos Cherys, los productos del programa Mi Casa Bien Equipada, los teléfonos de fabricación nacional, computadoras, etc., todos en manos de contrarrevolucionarios inmorales que han hecho prevalecer la fuerza del dinero sobre la idea de justicia e igualdad que Chávez propuso con la creación de esos programas.

En su delirio, esa élite putrefacta no desea una elección parlamentaria el seis de diciembre, ni más nunca si por ellos fuera, sino una concreción infalible e irreversible de aquel evento fabuloso con el cual fue tan feliz como nunca antes en su vida, en el que se enumeraban en la chirriante enunciación de Romero los cargos que el dictador en ese momento estaba destituyendo.

“Se suspenden de sus cargos a los diputados principales y suplentes a la Asamblea Nacional… Se destituyen de sus cargos al presidente y demás magistrados del Tribunal Supremo de Justicia… así como al Fiscal general de la República… al Contralor General de la República… al Defensor del Pueblo… y a los miembros del Consejo Nacional Electoral…”, decía Romero, y la burguesía hacía retumbar frenética el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, convencida de que con la simple destitución de funcionarios se resolvían ya de por sí todos sus problemas.

Para ellos el carmonazo no fue un error sino una frustración. Un trabajo incompleto que lo que había era que hacerlo bien, sin reveses, sin pueblo en la calle ni retornos chavistas indeseables.

Exactamente como lo plantean hoy.

Con su campaña del fraude preestablecido, esa burguesía se prepara para asaltar el poder no con base en los resultados electorales (porque cualquiera que sean estos su pretensión de embestida contra Miraflores será igual), sino porque, producto de esa misma campaña de terror desatada por sus propios medios, está hoy convencida de que el pueblo ya no cree en las evidencias que el mundo entero conoce cada vez más en cuanto a que su enemigo histórico, único y verdadero, es el capitalismo. Que, según ellos, al pueblo no le interesaría ningún proceso de transformación social que tienda a su propia redención y que lo rescate y lo proteja de la perversión neoliberal que la derecha pretende reinstaurar en el país. Que esa gente humilde que hoy sobrevive gracias a una idea de inclusión social de la cual jamás ni siquiera escuchó hablar hasta que Hugo Chávez se la puso al alcance de sus manos a través de las más de 39 Misiones y Grandes Misiones que hoy en día impiden que la gente pobre retorne como en el pasado a los botaderos de basura a buscar su alimento como cada día lo hacen más en el mundo capitalista, podría terminar votando por esa derecha que tanta hambre y miseria le dejó a los venezolanos.

Para ello, su maquinaria corporativa ha sido activada de nuevo para ejercer el panfleterismo político. Tal como lo vienen haciendo impúdicamente los partidos de la oposición desde hace algún tiempo (en particular Capriles Radonski con su risible oferta de continuación de las misiones sociales), ahora, según sus cuñas publicitarias, la Polar es la empresa que más ha ayudado al pueblo desde siempre. Digitel, por su parte, se lanza a la calle con un programa con el que copia exactamente la misión Mi Casa Bien Equipada. Así, empresa tras empresa, todo el estamento privado de la economía que ha cerrado filas los dos últimos años contra lo que ellos han denominado peyorativamente “el modelo”, ahora centran su atención y su accionar en el pueblo, mediante formulaciones engañosas de corte fingidamente socialistas.

Todo cuanto hace la derecha corrobora que en Venezuela hoy en día es más probable obtener votos desde la sólida propuesta revolucionaria construida por Chávez que desde la fatuidad del discurso neoliberal que ningún líder asume con dignidad en la oposición. Les resulta mejor tratar de invadir, como auténticos alienígenas de la política, el terreno del chavismo antes que dejar ver su verdadero rostro de perversa y decrépita burguesía parasitaria.

 

@SoyAranguibel

El hombre que hizo triunfar al Fondo Monetario Internacional en Venezuela

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 19 de octubre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“La voluntad del capitalista consiste en embolsarse lo más que pueda. Y lo que hay que hacer no es discurrir acerca de lo que quiere, sino investigar su poder, los límites de este poder y el carácter de estos límites”. Marx

Producto de una retorcida combinación de la cultura presidencialista que nos viene del modelo republicano federalista instaurado en los Estados Unidos en 1787, y de la noción del personalismo del poder que encarna el caudillismo latinoamericano desde los tiempos de la independencia, existe entre la gente la creencia según la cual el presidente de la nación es un ser magnífico y todopoderoso que controla a su antojo hasta los últimos intersticios del Estado.

Al presidente de los Estados Unidos, por ejemplo, se le atribuye siempre un poder excepcional por encima de cualquier otro conocido jamás por la humanidad, no por el peso real que su nación tenga en el escenario económico internacional, sino por la capacidad de control absoluto que se le atribuye de la potencia más poderosa del mundo, capaz de acabar en cosa de horas con toda forma de vida en el planeta mediante el uso de su arsenal atómico.

La fantasiosa ficción hollywoodense ha creado la leyenda del teléfono rojo, el botón rojo, y un sinfín de artificios absurdos (por lo general muy simbólicamente rojos), con los cuales el presidente norteamericano podría desatar el fin del mundo.

Pero el norteamericano no es un imperio que se sustente simplemente en la capacidad de algún individuo para la conducción aguerrida de los ejércitos, como sucedió en la antigüedad (y como mucha gente supone hoy en día), sino que se apoya en sofisticadas estructuras de generación y procesamiento de conocimiento, en el marco de una infinidad de plataformas e instituciones cada vez más complejas y diversificadas, capaces de atender y asegurar la eficiencia y la optimización permanente de las distintas áreas del entramado organizacional del poder hegemónico dominante.

Para ellos, la perdurabilidad de la ideología de la dominación no puede estar sujeta ni a la limitada capacidad de un solo individuo, cualquiera que sea, ni a la condición efímera del mandato presidencial norteamericano (cuatro años apenas con una sola posibilidad de reelección).

Los centros de gestación y desarrollo del pensamiento neoliberal que a tal fin promueva e institucionalice el imperio, deben formar la red de peones que se dedicarán a la instauración del modelo en el mundo y asegurarán la perpetuidad hasta en el último rincón del planeta de la ideas de la sumisión debida a los dictámenes del centro del poder imperial en todos los órdenes del quehacer humano.

Ricardo Hausmann es desde hace casi cuatro décadas uno de esos peones aventajados del imperio norteamericano para la promoción del sometimiento de las economías emergentes del mundo al sistema financiero controlado por los Estados Unidos a través de su plataforma del Fondo Monetario Internacional. Eso que el eufemismo burgués denomina la “caza de talentos” por parte de los organismos internacionales y universidades norteamericanas, no es en realidad sino una vulgar “captura de peones” a los que se les hace creer que se les está formando para asegurar un provechoso futuro profesional cuando en verdad se les está adoctrinando para servir de carpinteros a los propósitos de acabar con las posibilidades y oportunidades de bienestar y desarrollo soberano de los pueblos en las más diversas áreas pero muy fundamentalmente en la económica. Hausmann fue captado desde muy muchacho para ese propósito.

En la hoja de vida que presenta en su página web, trasluce el orgullo que debe sentir el fondomonetarista criollo por ese gran logro que significa haber participado de manera tan intensa y decisiva en el desmantelamiento de la economía nacional y el saqueo de los activos fundamentales del Estado venezolano como lo hizo él a lo largo del último cuarto del siglo XX.

El VIII Plan de la Nación, conocido como “El gran viraje”, fue probablemente la obra más lograda del entreguismo nacional desde que Venezuela se constituyó en república. Complementado por el plan de medidas especiales (mejor conocido como “El paquetazo”) que ordenara el FMI al gobierno del entonces presidente Carlos Andrés Pérez, el VIII plan resumía los pasos que debían ejecutarse para dar cumplimiento cabal al desmantelamiento del Estado venezolano. En un cuadro síntesis de los objetivos del plan se explica cómo las empresas propiedad de los venezolanos debían pasar a manos privadas bajo distintas formas de cesión que iban desde la venta accionaria hasta la transacción en especies.

Para llegar a ese plan, Venezuela experimentó un proceso de caída económica sin precedentes en la historia, iniciado en el gobierno de Luis Herrera Campíns, en el que el Banco Central de Venezuela llegó a declararse insolvente, y culminando con la traición de Rafael Caldera a la llamada “Carta de intención” en la que se comprometía a no pactar más endeudamientos con el FMI o el Banco Mundial, pero que al llegar al poder fue lo primero que hizo.

Desde la época de su desempeño como forjador de la inteligentzia neoliberal en el Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) hasta el momento en que ejerció como ministro de planificación para dar continuación a la doctrina del paquetazo, el economista Hausmann se erigió desde siempre en uno de los más fogosos promotores de la sumisión de la economía venezolana al Fondo Monetario Internacional a lo largo de toda esa infernal etapa de nuestra historia.

Su constancia lo convierte en el hombre que hizo triunfar al Fondo Monetario en Venezuela. La demostración más irrefutable de que aquel plan neoliberal ordenado por el FMI tuvo éxito, fue precisamente la ruina económica y la miseria y el hambre en que sumió al país. Ese largo proceso de destrucción de nuestro aparato productivo para poner nuestra economía al servicio del libre mercado, representó el periodo de mayores penurias para los venezolanos, cuyo estallido el 27 de febrero de 1989 abrió el cauce a la revolución bolivariana.

Ningún profesional formado en cualquier prestigiosa universidad, como él, aceptará jamás desviarse de los principios corporativos y las metas de la empresa u organismo para el cual labore. Hausmann, que trabaja como agente externo para el Fondo Monetario desde su más temprana edad, está obligado a hacer cumplir los objetivos de ese organismo. En ningún caso su interés podrá estar centrado en la formulación de propuestas para la recuperación económica de su propio país, porque, como en toda batalla, ello equivaldría a trabajar para el enemigo.

Fiel a la doctrina neoliberal más brutal y salvaje, Hausmann no entiende el capitalismo como un modelo económico alternativo sino como el estado perfecto de la civilización, en el cual la humanidad no está destinada a la vida sino al servicio a la empresa privada. Para alguien como él, el logro supremo de su gestión es alcanzar el perfecto agotamiento de las economías para fortalecer las posibilidades de los grandes consorcios capitalistas. En su país de origen, Venezuela, hay un gran emporio trabajando con denuedo por acabar con una economía soberana, tal como se lo aclara su propietario, uno de los hombres más acaudalados del planeta gracias a las políticas proteccionistas con las que sus mayores saquearon al país en el pasado, Lorenzo Mendoza, cuando de manera cándida le dice “Yo estoy en la guerra, pana”, que en buen cristiano es algo así como “Estoy luchando por volver a ponerle las manos al botín de la economía venezolana.”

Hausmann, que sabe que ese no debe ser el fin último, le responde “Yo también estoy haciendo mi parte; yo estoy formando a un grupo de muchachos para eso…”, que en lengua cervantina significa “Yo estoy formando a los nuevos peones del FMI para que el neoliberalismo no se extinga nunca.”

Él ha hablado con sus amigos del FMI para organizar el saqueo. Los 40 o 50 mil millones de dólares de los que hablan alegremente en esa conversa, es el dinero que ellos necesitan que ingrese al país como deuda de todos los venezolanos, pero que en verdad solo sirva para engrosar las arcas de sus grandes corporaciones, como lo hicieron en aquel pasado de rapiña en el que hicieron crecer sus descomunales fortunas a costa del hambre del pueblo.

Es obvio que Hausmann considera que su labor no ha concluido.

@SoyAranguibel