La guerra está aquí… ¿Quién acaba la guerra?

– Publicado en el Correo del Orinoco el martes 13 de octubre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Mentiras que matan es la película de 1997 dirigida por Barry Levison y protagonizada por Robert De Niro y Dustin Hoffman, en la que Hollywood trata en clave de humor los perversos juegos del poder político norteamericano con la opinión pública.

En el film un estereotipado asesor de imagen presidencial se alía con un prestigioso director de cine para desarrollar una estrategia de comunicación que ayude al presidente a superar el escándalo de acoso contra una colegiala en el que es implicado apenas a días de su reelección.

La estrategia ideada por los manipuladores de imagen en la película es la de crear a través de los medios una guerra ficticia con un país recóndito y desconocido para los norteamericanos en la búsqueda de exaltar el patriotismo de la gente y colocarla a favor del mandatario. Pero antes de lograr su objetivo, la CIA (extrañada por no saber nada de esa supuesta guerra) encuentra una fórmula diplomática para decir que no existe tal conflicto y anuncia públicamente que las hostilidades entre las dos naciones han cesado, con lo cual se da por concluida la situación de tensión.

Es justo en ese momento cuando Dustin Hoffman (el director de cine en la película), estalla de la furia y grita “¡Con mi guerra acabo yo!… ¡Ninguna CIA va a acabar con mi guerra!”

La escena, verdadero alarde de síntesis ideológica capitalista, resume el discurso neoliberal de la necesaria supremacía del libre mercado por encima del poder político, que nos recuerda que el capitalismo es mucho más que la sola empresa capitalista. Que hay ahí intereses enfrentados que el capitalismo no puede resolver.

Efectivamente, como lo explica Lenín, el Estado no es sino el producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase con intereses económicos en pugna, que surge para evitar que esas clases se devoren a sí mismas y con ese propósito se coloca por encima de la sociedad.

Es decir, el capital no es el poder sino solo un componente más de un poder más complejo del cual quiere sacar siempre el mejor provecho.

El capital privado no se compromete jamás en la estructuración de sistema económico alguno más allá de la derivada de su propia necesidad de expansión como negocio particular. En virtud del sagrado precepto de la libertad empresarial, no obedece de ninguna manera a planes de desarrollo o políticas económicas promovidos por el Estado. Sus demandas se reducen a la exigencia de oportunidades y condiciones que como sector le harán siempre a los gobiernos de turno, siempre y cuando ello no involucre riesgo o sacrificio alguno para sí mismo.

El principio sobre el cual se apoya esa inmoral filosofía del capitalismo es exactamente el mismo que proclama la tesis de la mano invisible del mercado formulada por Adam Smith en 1776, y que sirve desde entonces hasta nuestros días como el eje de la doctrina del provecho propio.

De acuerdo a esa filosofía, el bienestar de la sociedad surgirá del bienestar individual que logre labrarse cada quien sin importar en lo más mínimo la suerte o el infortunio del resto de la población. Una fórmula escandalosamente simple con la cual el neoliberalismo buscaba dar forma a una teoría de la ciencia económica y a la vez contrarrestar las corrientes humanistas florecientes entonces en el viejo mundo, que promovían las ideas de la organización social y del servicio público del Estado como base del desarrollo armónico de la sociedad.

De ahí la naturaleza parasitaria del sector privado en el capitalismo. El Estado no debe estar al servicio de todos sino de la empresa privada, que es de sus dueños solamente. La fortuna que logren acumular esos dueños de empresas privadas será considerada por el neoliberalismo como el bienestar económico de las naciones. Los pobres que esa acumulación de riqueza en pocas manos genere, deberán buscar la manera de hacerse de su propio espacio. En forma de “bachaqueros”, por ejemplo.

Pero los bachaqueros acaban con la existencia de productos en las estanterías y desatan una indetenible espiral inflacionaria mediante la especulación para la cual están facultados por el carácter privado de su negocio. Con lo cual se demuestra irrefutablemente que lo que afecta hoy a la economía nacional no es la regulación de precios impuesta por el gobierno sobre una treintena de productos de la cesta básica, sino la mano invisible del mercado que predica el sector privado y que coloca al servicio de la usura el poder adquisitivo alcanzado por el venezolano durante la revolución.

A falta de una cultura en el sector privado para la inversión eficiente, el nivel de productividad en el país se fue quedando rezagado frente al crecimiento progresivo de la población y de la economía, tal como lo describe el profesor del IESA Antonio Francés, quien en un exhaustivo recuento de los orígenes del proteccionismo del Estado a la empresa privada en Venezuela, sostiene que desde 1958 con la política de sustitución de importaciones el gobierno de Rómulo Betancourt “promovió el desarrollo de la empresa privada por todos los medios a su alcance”, pero con políticas equivocadas que no generaron el desarrollo necesario.

“Las empresas nacionales –dice- comenzaron a sentir el impacto de la devaluación, la reducción de la demanda y el control de cambios y de precios en la década de 1980. Es, sin embargo, a partir de 1989 cuando se hace plenamente presente el impacto de la crisis sobre las empresas con el desmantelamiento de la anterior política de protección. En ese momento surgieron serias dudas acerca de la capacidad de la empresa privada nacional para sobrevivir sin apoyo del Estado. El gobierno planteó una política de apoyo a la reestructuración, que tuvo escaso impacto real. Sin embargo, las empresas comerciales se adaptaron sin mayor dificultad, convirtiéndose muchas de ellas en importadoras. Gran parte de las empresas manufactureras lograron sobrevivir reduciendo la amplitud de sus líneas de productos, mejorando la calidad de los mismos y la productividad de los procesos. Lo que no lograron fue desarrollar una capacidad importante para la innovación.”

Esa dependencia al subsidio del Estado mediante toda clase de políticas proteccionistas, terminó convirtiéndose en una forma de vida para la empresa privada en el país. Una dependencia a la cual ese sector aspira a regresar para seguir disfrutando la comodidad de la riqueza fácil que esa condición parasitaria le produjo siempre en el pasado. De ahí su aversión al modelo de justa distribución de la riqueza nacional que comprende la revolución bolivariana.

La guerra que ha desatado el capital privado contra la economía nacional tiene, como se sabe, una razón eminentemente política de cara a la elección parlamentaria del seis de diciembre. Pero también tiene un costo muy alto para ese mismo sector empresarial en la medida en que la prolongación del sabotaje económico significa no solo desabastecimiento y precios especulativos para el pueblo, así como pérdidas millonarias para el empresariado, sino pérdida de oportunidades objetivas para el desarrollo de un sector productivo capaz de responder a la nueva realidad de la demanda nacional. Amén, por supuesto, del craso error de cálculo que representa creer que la revolución pueda perder esas elecciones. Con lo cual lo más seguro es que (si la guerra continúa) terminen quedándose sin el chivo y sin el mecate.

El gobierno del presidente Maduro ha actuado correctamente y con coraje en el enfrentamiento de las distorsiones económicas, a través del ataque al contrabando de extracción, aprobación de Leyes que protegen al consumidor, instrumentación de mecanismos de defensa de precios para contener la amenaza de la híper inflación, todo ello en el marco de una abrupta caída del ingreso petrolero y sin detener o reducir la inversión social. Pero la responsabilidad del sector privado en la superación de la crisis no puede ser soslayada.

En Venezuela se está avanzando en la construcción de un modelo socialista de justicia y de igualdad social que no niega el derecho ni las posibilidades para el desarrollo del capital privado, siempre y cuando, por supuesto, ese desarrollo se enmarque en la lógica de la construcción del bienestar común y no en la obsoleta prédica de la avaricia neoliberal capitalista. Esa es la propuesta chavista.

Parafraseando a Dustin Hoffman, podríamos decirles: “Ustedes desataron la guerra, termínenla de una vez ustedes mismos. Usen su inmenso poder económico en función del país y no de ustedes solamente.”

@SoyAranguibel

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El hombre que calculaba… mal

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 21 de septiembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Malba Tahan fue el pseudónimo utilizado por un notable carioca de principios del siglo XX, quien como virtuoso profesor de matemáticas escogió el misticismo de los escenarios árabes para explicar como una serie de fascinantes aventuras la complicada ciencia de las álgebras y los números que tanto le apasionaba. Su nombre era Julio César de Mello e Souza. Su libro más famoso “El hombre que calculaba” (1938), quizás uno de los textos sencillos más vendidos a través de la historia.

Por décadas, el pseudónimo fue asumido por el mundo entero como el nombre de un auténtico escritor de fábulas infantiles, para muchos de origen árabe y para otros hasta hindú. Confusión con la cual siempre estuvo complacido el matemático brasileño, autor que llegó a escribir más de 103 libros, de entre los cuales 50 fueron firmados con el pseudónimo Malba Tahan (incluyendo ficción, textos escolares y obras científicas), entre otras razones por el éxito universal que su alter ego llegó a alcanzar conquistando infinidad de premios, la admiración de notables escritores como el mismísimo Jorge Luis Borges, y un total de casi tres millones de ejemplares vendidos a lo largo de su vida.

Beremiz Samir, el personaje central del libro, trascendió como el más ingenioso de cuantos matemáticos hubiese conocido el género humano. Mediante formulaciones de prestidigitación, su aritmética asombraba hasta al más sabio de los mortales aún cuando en realidad tales cálculos no eran sino estafas prodigiosas a las que siempre les sacaba buen provecho. Como aquella de la división de los 35 camellos entre tres hermanos con la cual logró hacerse en un santiamén de dos muy útiles dromedarios para sus extenuantes travesías.

Quizás fundados en su deslumbrante ejemplo cada vez existen más Beremices en la vida real, que dada la circunstancia específica no dudan ni un instante en presentarse como rectores de las cuantificaciones numerológicas para resolver todo género de disfunciones sobre la tierra y alcanzar a la vez una posición social cada vez más envidiable a punta de embaucar a la gente con sus estafadoras elucubraciones algebraicas.

Probablemente de ahí surgen los llamados porcentualistas, que todo lo refieren en términos de porcentajes con una propiedad legislativa y de exactitud que ni los relojes alimentados con energía atómica. Una conversación con un porcentualista, esa pandemia pseudo estadística que invadió al mundo con la llegada de la calculadora de bolsillo, no saldrá jamás del terreno de las proporciones arbitrarias como: “El ochenta por ciento de la juventud padece de…” ó “El treinta y tres por ciento de las amas de casa opinan…”, irresponsablemente calculadas pero presentadas siempre bajo el signo de la rigurosidad científica.

Con base en eso, hoy puede decirse sin temor a equivocarse que “un alto porcentaje” de la sociedad es porcentualista. Otro es calculador. Y otro no menos elevado es, con toda seguridad, estafador.

Felipe González Márquez, ex presidente del gobierno español, es las tres cosas.

En su última declaración a la prensa se ha atrevido a sostener una infamia que nadie, ni siquiera en el ámbito del fascismo más recalcitrante, se ha atrevido. Que la dictadura de Pinochet fue más respetuosa de los Derechos Humanos que el gobierno del presidente Nicolás Maduro. Lo cual hace a partir de su desacuerdo personal con la sentencia dictada soberanamente y plenamente ajustada a derecho por un Tribunal de la República Bolivariana de Venezuela contra un terrorista.

Cualquier porcentaje que le haya asignado González al más cruel genocida que recuerde Latinoamérica en toda su historia de brutales dictaduras neoliberales, presentándolo como respetuoso de los Derechos Humanos en alguna medida, por muy escasa que fuera, es la más insolente ofensa que pueda hacerse ya no solo contra un continente, sino contra el mundo civilizado.

González lo hace porque, además de miserable y ruin, es muy calculador.

Él apuesta a la desmemoria de los pueblos, porque desde la óptica oligarca que él representa, los pueblos son lerdos, sumisos y descerebrados. Fue así como él entendió que era el pueblo español cuando lo eligió por trece años como presidente. Ningún otro político español se ha mantenido tanto tiempo en ese cargo.

Pero no fue por sus dotes como político que el pueblo lo eligió por tanto tiempo, sino por estafador. Porque supo engañar a los españoles, traumatizados como estaban todavía por aquel entonces con la terrible secuela de muerte y destrucción que sembró en la tierra de Cervantes, de Lorca y de Hernández, el criminal de Francisco Franco cuyo sanguinario saldo Felipe pactó esconder hasta que murieran los sobrevivientes del holocausto español que él mismo cohonestó con su silencio.

La revelación de tan inmunda inmoralidad la cuenta el propio González en el libro de Juan Luis Cebrián “El futuro no es lo que era”, según se recoge en un artículo de Luis Diez, publicado en el portal Cuarto Poder, en el que dice: “…el general Manuel Gutiérrez Mellado le pidió (a González) que esperase a que los de su generación se murieran para abrir el debate de lo que supuso la Guerra Civil. Gobernaba todavía Adolfo Suárez. Y González cumplió tan bien su palabra que hasta el día de hoy –40 años después de la desaparición del dictador–, no se ha podido conocer esta faceta de la represión franquista.”

En ese mismo libro, González hace gala de un morbo fascista sin precedentes, amén de un asqueroso cinismo pitiyanqui, con una aseveración tan inmoral (o tal vez más inmoral) que la que hace la semana pasada junto a la esposa del terrorista Leopoldo López, cuando afirma que “Europa, especialmente, pero también Japón, tiene una deuda de gratitud con los Estados Unidos, que han mostrado su solidaridad con las democracias en las dos grandes guerras mundiales, que no provocaron ellos. Esta deuda lleva a los europeos a solidarizarse con el dolor americano y a participar en la respuesta contra los ataques (en Estados Unidos contra las torres del Word Trade Center y el Pentágono en 2001). Es lógico no sólo por agradecimiento, sino porque la amenaza es común.”

Las otras treinta y cinco guerras provocadas por Estados Unidos después de terminada la Segunda Guerra mundial, incluido el lanzamiento de dos bombas atómicas contra poblaciones indefensas en Japón, no le perturban en lo más mínimo al siniestro personaje. Mucho menos los millones de vidas que en conjunto han provocado esas injustas conflagraciones movidas solo por el afán de dominación planetaria del imperio. Según él, ese genocidio debe ser agradecido hasta por los masacrados. Como los sobrevivientes y descendientes de Hiroshima y Nagasaki, por ejemplo, o por los familiares de la cantidad de muertos que su política de exterminio causó en España a lo largo de toda la década de los 80’s mediante las infaustas bandas GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación) con los que los Derechos Humanos que hoy dice defender fueron violados de manera sistemática sin ningún miramiento ni compasión.

En su empeño calculador y fraudulento, lanza hoy un porcentaje arbitrario a favor del fascismo pinochetista y en contra de la Revolución Bolivariana porque supone que la verdad del mundo sigue siendo hoy la que los sectores dominantes han construido a su antojo e impuesto a través de la historia como les vino en gana, y que una infamia como esa podría traducirse automáticamente, por su sola palabra, en un triunfo electoral de la derecha el 6 de diciembre en las elecciones parlamentarias venezolanas. Un mal cálculo frente a la conciencia y la dignidad revolucionaria del pueblo venezolano y latinoamericano.

Otra opción es que piense que esa pueda ser una manera muy simpática de coquetearle a una dama a la que le corresponderá ahora asumir la irresponsabilidad de un marido que por golpista va a tener que abandonar el hogar por muchos años.

De calculador y farsante se llega directo a viejo verde.

 

@SoyAranguibel

La dama de la encrucijada

– Publicado en el Correo del Orinoco el martes 01 de septiembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Difícil encrucijada la de la oposición venezolana que, en medio del más crítico trance de su historia como sector antichavista, hoy desmembrado, cargado de conflictos internos, con la más exigua capacidad de convocatoria que jamás ha tenido, sin direccionalidad, ni proyecto ni liderazgo consistente, se ve ahora en la dura obligación de tomar cuanto antes una decisión de la cual pudiera depender la sustentabilidad misma de su proyecto de reinstauración en el país del modelo neoliberal, tan largamente anhelado por quienes dentro y fuera de Venezuela han invertido esfuerzos y recursos incalculables durante más de tres lustros sin lograrlo.

El cierre de la frontera con Colombia ordenado esta semana por el presidente Nicolás Maduro pone de manifiesto la incapacidad de la derecha venezolana para articular una posición digna frente a los asuntos de verdadero interés nacional, al perder una vez más una excepcional oportunidad de contraponerle a la revolución una fórmula aceptable de propuesta política con su absurdo rechazo a una medida de naturaleza coyuntural que el pueblo entero ha aplaudido sin mezquindad alguna en virtud de la significación que tiene para los venezolanos que padecen el saqueo del cual el país ha sido víctima desde hace meses por la criminalidad que con tanta perversión nos llega hoy desde la hermana república.

Por esa terca tendencia al desatino político, la oposición venezolana no coincide jamás con el clamor popular en temas de especial relevancia como la defensa de la soberanía o el culto a la patria. Su vigencia en algunos sectores de la población obedece más a la desinformación que la misma derecha promueve a través de sus campañas mediáticas contra el proceso bolivariano que a la aceptación de su modelo social, político y económico contrarrevolucionario, por lo general rechazado por la gran mayoría que se niega a correr la misma suerte de la devastación que en el pasado ocasionó ese modelo en el país y que hoy causa tantos estragos en el mundo capitalista.

Su empeño en colocarse siempre en el punto más radicalmente opuesto a la propuesta revolucionaria le lleva a exabruptos indecibles de insensatez, como esa loca ocurrencia de responder al llamado de unidad nacional formulado por el presidente Maduro ante la contingencia con Colombia, abogando por los supuestos derechos humanos de los bachaqueros y los contrabandistas cuyas modalidades delictivas han disparado exponencialmente los precios de los productos de primera necesidad y provocado la desaparición de la gran mayoría de ellos del mercado nacional. Demostración tangible e irrefutable del desatino de esa antipatriótica posición es la descomunal movilización popular del viernes pasado en contra del paramilitarismo y en favor de la paz, en la que el pueblo en pleno le dijo al mundo que no desea más invasión extranjera en función de la criminalidad y del saqueo de nuestras posibilidades, y donde reafirmó una vez más con la mayor contundencia que no comparte la visión entreguista que la oposición le propone al país.

marcha paz 1

marcha paz 2

marcha paz 3

Los millones de personas que permanentemente dan fe inobjetable del inmenso apoyo popular del que goza la revolución, contrastan con la pobrísima asistencia a los eventos de toda naturaleza convocados por una oposición delirante que no cesa de asumirse como mayoría a pesar de la tan demoledora realidad que la deja en evidencia, no solo en la calle sino en las elecciones, las encuestas y hasta en las redes sociales.

Ese desquiciado afán es el que le lleva hoy a debatirse en la escogencia de un candidato a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica conveniente a sus intereses como sector neoliberal burgués cuya vigencia depende fundamentalmente de su relación con los factores de poder del imperio.

La creencia de la burguesía criolla ha sido desde siempre que lo más conveniente para las economías suramericanas sería un presidente norteamericano de extracción radicalmente conservadora que imponga políticas severas de control en la región (como el Plan Colombia, por ejemplo) que contengan eficazmente la insurgencia de movimientos progresistas que promuevan en nuestras naciones ideas revolucionarias de transformación social. El asomo de un candidato de ascendencia afroamericana en 2008 y su posterior elección en 2009 como el primer presidente negro de la historia en los Estados Unidos, aterró a ese retardatario sector cuyo sistema nervioso casi colapsa cuando el entonces mandatario venezolano Hugo Chávez le entregara en la V Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago un ejemplar del libro de Eduardo Galeano “Las venas abiertas de América Latina” y el gringo respondiera con una muy diplomática sonrisa que los escuálidos entendieron como una amenaza de traición imperialista a su sueño de sometimiento económico a los designios imperiales.

Las diferencias entre el afrodescendiente y sus predecesores (desde Eisenhower hasta George Walker Bush) fueron sin embargo muy escasas para la clase adinerada del país, que vieron en cada oportunidad en que los norteamericanos enfrentaban un proceso de elecciones presidenciales una esperanza de inminente asalto de las fuerzas imperialistas para llevar a cabo el despojo definitivo de nuestra economía que esa inepta clase de alto poder adquisitivo no ha logrado llevar a cabo jamás por cuenta propia.

Pero hoy la alternativa entre los candidatos con mayores posibilidades de alcanzar la primera magistratura en la nación del norte no está determinada precisamente por las perspectivas o significación que cada uno represente para el proyecto de reinstauración del neoliberalismo en Venezuela al que aspiran los sectores del gran capital tanto del país como del imperio.

El tema de la inmigración latina que ha sido históricamente centro de interés de las propuestas de gobierno tanto de los candidatos republicanos como demócratas, es de nuevo un asunto de especial atención para la burguesía ya no solo en nuestro país sino en toda la región latinoamericana. La dureza, el desprecio y la intolerancia con la que uno u otro candidato traten a esa importante población, puede significar para la deprimida derecha del subcontinente una señal de posible relanzamiento de la estrategia de dominación neoliberal en esta parte del mundo.

No sería de extrañar que la proverbial miopía política de la contrarrevolución le lleve a convencerse de que su candidato sin discusión sería el estrafalario magnate gringo Donald Trump, por su simetría discursiva con el desprecio que hoy expresa ese alicaída clase dominante contra el pueblo, en especial en Venezuela, al que ese sector considera culpable del retroceso de las opciones para el neoliberalismo en la región.

Una tesis que descarta de plano la posibilidad de que la incursión de un personaje tan irreverente con la norma del ritual seudo democrático del imperio en el muy escrupulosamente cuidado quehacer político de esa nación, pudiera ser solo un muy bien concebido tinglado comunicacional para favorecer la candidatura de quien debe librar la batalla más difícil para candidato alguno después de la que le correspondiera sortear en su oportunidad al actual presidente Obama… la de intentar ser la primera mujer presidenta del imperio.

Por primera vez en la historia de una nación discriminatoria y segregacionista por excelencia se postula para tamaña responsabilidad una representante del sector más subyugado de su sociedad. Más allá de esa ya de por sí severa limitación, Hillary Clinton se presenta sin un plan de soluciones a los graves problemas económicos, sociales y políticos de ese complicado país, que hoy acusa los más altos índices de pobreza, desempleo y problemas raciales que en mucho tiempo haya padecido esa nación. Su expediente como promotora de la guerra y del armamentismo es su única hoja de presentación.

Sin embargo, con toda seguridad la señora Clinton será la primera mujer presidenta de los Estados Unidos, muy a pesar de la proverbial repulsa de la derecha a la idea del liderazgo femenino en cualquier ámbito. No es solo por progresistas que esa derecha misógina adversa a Cristina Fernández y a Dilma Rousseff, y ve con recelo a Michelle Bachelet.

Trump aparece odiando a los pueblos humildes de nuestros países con la salvaje irracionalidad que agrada a los sectores oligarcas de la derecha latinoamericana, en particular la venezolana. Ese sería un buen candidato para esa obtusa derecha. Clinton, por su parte, ofrece la guerra como solución a los problemas del mundo, en especial los que para el imperio representan el surgimiento de los movimientos revolucionarios en Sudamérica. Probablemente lo que más necesita el neoliberalismo en nuestra región. Pero es mujer.

Tremenda encrucijada para la derecha.

@Soyaranguibel

Semblanza de una clase dominante que no domina

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 03 de agosto de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

En medio de la crisis que genera la guerra económica que el capitalismo ha desatado contra el país, se abre una línea de debate referida a la naturaleza clasista y no solo al aspecto estrictamente ideológico del mismo, que plantea el asunto del estatus y la categoría social como problema en el cual hay mucho por enfrentar.

Opuesta como es la burguesía criolla a todo lo que tenga que ver con chavismo, su demanda no es de ninguna manera el logro de la justicia social, sino alcanzar la calidad de vida de los ricos y famosos a la que se creen destinados por las leyes Divinas más que por ningún planteamiento ideológico.

Desde esos sectores se ha planteado cada vez con mayor intensidad la necesidad del “cambio de modelo”, asumiendo en una síntesis escueta de la división de clases que la burguesía criolla que ellos representan forma parte de una clase burguesa universal con la cual se identifican casi genéticamente.

Es común entre los opositores, verlos ondear con pasión épica la bandera norteamericana, cacerolear frenéticos a través del “quema cocos” de un ostentoso Audi, o agitar por las redes sociales contra el gobierno desde un burbujeante jacuzzi en Key Biscayne o en Las Vegas, lo que en sí mismo revela la la arrogancia que les es tan propia. Pero, sin lugar a dudas, es en la idea de creerse perteneciente a la misma clase dominante que controla las fuerzas productivas y el sistema económico mundial donde se expresa con toda crudeza la mayor ingenuidad del militante común de la oposición y en general de la llamada clase burguesa del país.

En el video que difunden esta semana convocando a una suerte de “marcha del encierro golpista”, una mujer de inequívoco talante constituyentista arenga en medio de un atosigante malabarismo del articulado constitucional con el persistente llamado a “…restituir la norma…” y “…regresar Venezuela a su estado original”, dando a entender que la reinstauración del neoliberalismo en el país es un simple asunto de enchinchorramiento y pantuflas, y que el chavismo es solo una verraquera de plebeyos erróneamente insubordinados pero corregible.

Intentar imponerle al resto de la sociedad la hipótesis de la crisis que un sector minoritario de la sociedad percibe, con base en sus aspiraciones y su particular noción de la realidad según la cual la crisis del Estado es la falta de libertad para la reinstauración de un modelo de dependencia económica que postergue hasta lo infinito el fomento y la creación de un verdadero parque industrial propio, así como de condiciones favorables para el estímulo del agro y de la actividad productiva nacional asociada a nuestros inmensos recursos, como ese mismo sector postergó en el pasado, es ya una pretensión descabellada. Sobre todo cuando acusa de totalitario al modelo de democracia participativa y protagónica que pretende erradicar.

Pero intentar hacerlo desde la posición de dominio que no se posee es todavía más insensato. Amén de petulante y ridículo.

La clase dominante en Venezuela no domina el espacio que le corresponde como sector hegemónico nacional desde mucho antes que la confrontación política la colocara como oposición al avanzado modelo de inclusión y de igualdad social que introdujo el Comandante Chávez en el país con su propuesta de socialismo bolivariano. Su condición ha sido desde hace más de un siglo la de sector subsidiario de las grandes élites hegemónicas internacionales, obligado por su relación de subordinación a los grandes capitales corporativos transnacionales a propiciar las condiciones de la dependencia científica y tecnológica que tanto ha pesado en el atraso en la producción nacional. Excepciones como la Polar, quizás, cuya dimensión corporativa ha estado determinada precisamente por su orientación al mercado de productos que responden a nuestras propias costumbres y cultura de consumo, confirman esta regla no escrita de la sumisión de la clase dominante nacional al sector dominante internacional.

Ya en 1973, en el segundo seminario internacional realizado por la Universidad Autónoma de México sobre las clases sociales en Latinoamérica, Edelberto Torres Rivas exponía con brillantez la idea de las burguesías latinoamericanas sin nación. “El proceso de cambio que ha transcurrido en América Latina en las últimas décadas –decía- puede ser considerado globalmente como un mecanismo de modernización capitalista, de predominio definitivo de las relaciones capitalistas de producción y distribución en el seno de la formación económico-social. Se trata, sin ninguna duda, del desarrollo de las fuerzas productivas a un nivel de mayor significación, pero en la medida en que el avance de las mismas no corresponde a factores endógenos sino al traslado de formas productivas y de organización social desde los centros del capitalismo hegemónico, el cambio social en esta parte de la periferia del sistema es desigual, polarizador y excluyente, así como crecientemente limitativo del ejercicio autónomo de la soberanía en el ámbito internacional.”

Hace casi medio siglo, el pensamiento latinoamericano arribaba a conclusiones que ponían al descubierto la fragilidad de las economías emergentes de nuestros países, no solo por su condición neoliberal sino por la atrofia del sector que dentro de ese mismo ámbito estaba llamado a impulsar el desarrollo y el crecimiento económico de cada país. El factor determinante de esa atrofia no era otro que el eje medular mismo del modelo; el capital extranjero, que en la lógica del neoliberalismo proviene no del intercambio comercial entre naciones sino de las inversiones expansionistas de las grandes corporaciones trasnacionales.

Al respecto Torres afirmaba: “Habría que examinar en cada caso nacional la significación que tiene la irrupción del capital extranjero no solo en el polo más dinámico de la economía, en los llamados “sectores de vanguardia”, sino en todos los poros de la vida económica. En general ello acarrea el debilitamiento de la burguesía nativa como clase nacional, ya sea porque se asocie con los intereses foráneos o porque simplemente les ceda, con o sin pelea, el terreno para su radicación interna.”

En esa apreciación, Torres define la “crisis política” en América Latina”, como los desajustes que acompañan históricamente las modificaciones de la estructura del poder político de la sociedad; por una parte, la alternación de las relaciones políticas de dominación por el debilitamiento de las bases tradicionales del poder económico y por la aparición compleja de nuevas y más dinámicas instancias productivas. Y por la otra, un cambio en la naturaleza del conflicto cuando se presentan nuevos actores históricos del cambio.

En la lógica gramsciana citada tantas veces por el comandante Chávez para hablar de la transición de la cual somos objeto, Torres concluía: “Cuando decimos que la crisis se define como el conjunto de fenómenos superestructurales (político-ideológicos) que acompañas a los cambios en las formas de relación política entre las clases, como consecuencia del desarrollo contradictorio, desigual y dependiente de las fuerzas productivas, no pueden dejarse de lado las condicionantes de origen externo que se hacen presentes a tal punto que el imperialismo se convierte en un elemento que acelera el juego de contradicciones internas, retando en unos casos y apresurando en otros la solución revolucionaria.”

Como en la Venezuela de hoy, ya entonces se alertaba sobre una grave contradicción de los sectores supuestamente dominantes de nuestras naciones; que quienes afirmaban su predominio político eran justamente las fracciones burguesas más entregadas al capital extranjero. La solución que encontraron para solventar tal deficiencia esos sectores, incapaces como fueron siempre para generar desarrollo económico para sus propias economías, fue apelar a Fuerzas Armadas dispuestas a defender los intereses del capital privado, en particular los del imperio que orientaba su adiestramiento como fuerza contrarevolucionaria. Para la burguesía, el papel de la fuerza armada debe ser el de garante del equilibrio necesario para impedir el debilitamiento excesivo del sector dominante nacional frente al fortalecimiento del internacional. De ahí los ataques cada vez más venenosos de la oligarquía apátrida contra la FANB, inquebrantablemente anti imperialista y chavista como lo es hoy nuestra fuerza armada.

Son ya incontables en lo que va de gobierno del presidente Nicolás Maduro los llamados de la oposición venezolana a paralizar el país mediante paros, trancas, cornetazos y tuitazos de todo tipo, sin que ninguno de ellos haya sido atendido por la población. Las elecciones, como las encuestas, las movilizaciones y el clamor popular por el legado del Comandante Eterno, son constancia de esa inmensa verdad que solo la derecha se niega a reconocer; que en Venezuela la burguesía hace mucho dejó de ser el sector dominante.

@SoyAranguibel

Las listas del fracaso

– Publicado en el Correo del Orinoco el 09 de marzo de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena; me alegro que así sea. Que no pido nada para ellos, pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse.”
Ernesto Che Guevara

La mezquindad, como base fundamental de la filosofía capitalista, es el rasgo de la conducta humana que más allá de toda teoría economicista o social determina la naturaleza salvaje y brutal del capitalismo.

La indiferencia hacia el padecimiento de la gente que de forma doctrinaria se ejerce en el capitalismo, argumentada bajo la inmoral premisa según la cual la riqueza surge del trabajo individual y en virtud de ello debe pertenecer solo a aquel que la forja con su esfuerzo propio, es la más viva expresión de una cultura del egoísmo como norma de conducta cuya traducción esencial es el desprecio a toda noción de solidaridad o de desprendimiento, es decir; de comunidad y hasta de sociedad en términos generales. El socialismo es así un concepto repudiado por el capitalista, no tanto por su naturaleza contra hegemónica en función de la propiedad de los medios de producción, sino por el carácter igualitario del modelo.

Desde los orígenes mismos de las sociedades organizadas, la idea de la supremacía de unos individuos sobre otros ha estado presente a lo largo de la historia. El afán por imponer la desigualdad se ha expresado siempre de una u otra manera, a veces en formas crudas y violentas, como las guerras, y en otros casos en forma de búsquedas del supuesto engrandecimiento del ser humano, como propone la idea de fondo de las competencias deportivas.

Contrario a lo que se predica desde el ámbito del quehacer deportivo, la competencia no es sino un mecanismo más de desmovilización de la sociedad, que a partir de esa sed de superación individual inoculada al ser humano a través de la historia busca inhibir la naturaleza gregaria del hombre y evitar así el surgimiento de las ideas de organización social que tanto teme la hegemonía burguesa dominante. En la idea de la rivalidad subyace el mensaje persistente de la segregación según el cual solo algunos pocos en la sociedad son los aptos para las tareas más arduas y complejas. De entre esos aptos, solo uno será siempre el campeón absoluto.

Llegar de primero ha sido el reto que ha impulsado durante siglos la voluntad de crecimiento del hombre en las categorías más infinitas e inimaginables. La más intensa y contante ha sido sin lugar a dudas la de acumular cada vez más mayor riqueza. En ello, como en el deporte, la sociedad será solo espectadora pasiva de las contiendas. Su único rol será el de consumidor.

Los aptos serán mostrados a la sociedad mediante listas de desempeño en las que se establecerá la grandeza de cada uno de ellos de acuerdo a su posición en las mismas. La revista norteamericana Forbes, por ejemplo, se especializa en esa tarea de mantener al día las listas de los millonarios más acaudalados del mundo año tras año. La exposición mediática imprime valor al rol que como multimillonario se alcance mediante su actuación como capitalista destacado, porque es a través de la admiración que la sociedad sienta por esos acaudalados como vale la pena competir para desplazar al resto, toda vez que la inmensa fortuna que cada uno de ellos posee, ni por muy botaratas o despilfarradores que fuesen, no es imprescindible a partir de unos cuantos cientos (o incluso miles) de millones de dólares para asegurar ni la vida ni el confort más grande con el que se desee vivirla. Ni la suya individualmente ni la de su familia y su heredad en pleno.

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En esa lista acaba de aparecer este año (2015) un grupo de prominentes empresarios venezolanos, cuyas inmensas fortunas desbordan todo lo imaginable. El señor Gustavo Cisneros, de 69 años, dueño de uno de los emporios empresariales más grandes del país, que incluye fabricación de productos de consumo masivo y medios de comunicación, con un total de 3.6 millardos de dólares de riqueza personal. Le siguen el banquero Juan Carlos Escotet, de 55 años, con un caudal personal de 3.3 millardos de dólares en su haber y Lorenzo Mendoza, propietario del más grande consorcio empresarial del país, las empresas Polar, con una fortuna personal de 2.7 millardos de dólares.

Las cifras, además de la obscena codicia que expresan, sobre todo en el caso del fabricante de cervezas y productos alimenticios, que vive argumentando asfixia financiera para producir la harina de maíz que el pueblo demanda, demuestran de manera innegable e incontrovertible que en Venezuela no existe ninguna crisis económica en modo alguno que no sea la que busca tratar de saciar la voracidad de divisas de un sector privado miserable que no se cansa de especular para acumular cada vez más mayores fortunas, como esa de los laboratorios farmacéuticos a quienes se les ha demostrado esta misma semana su participación directa en el desabastecimiento inducido de medicinas en el país mediante la utilización de la enorme cantidad de divisas que les ha sido entregada por el Estado no para importar medicamentos sino para inyectarlos al mercado paralelo generando el descontento popular a la vez que amasan cada vez una mayor cantidad de dinero.

Pero demuestran también, y eso quizás es lo más importante para las venezolanas y venezolanos que están padeciendo hoy la infamia de la guerra mediática que quiere acabar con la revolución bolivariana acusando de ladrones a los dirigentes de la revolución bolivariana, que quienes están haciendo más dinero hoy en Venezuela son los mismos que se quejan a través de esa guerra mediática de una supuesta imposibilidad para el desempeño del capital privado en el país.

Ni en la lista de Forbes ni en ninguna otra aparecen registrados ni Diosdado Cabello ni ningún otro dirigente o funcionario del gobierno bolivariano como tanto han querido hacer ver los sectores de la derecha que hoy conspiran contra la democracia venezolana con base en la falsedad de acusaciones infundadas y calumniosas contra los hijos de Chávez. Desconocen que a los revolucionarios no los mueve el afán del dinero, porque al revolucionario lo inspira el deseo impostergable de la justicia social y no la mezquindad o el egoísmo en el que se funda el capitalismo y por eso fracasan en su estúpido intento de descalificación.

Mientras esos sectores acusan sin prueba alguna que soporte sus absurdos alegatos, lo que aparece cada vez más ante la opinión pública son las evidencias irrefutables de los muchísimos hechos de corrupción en los que están incursos los dirigentes de la oposición, como ha podido constatar el país de manera reiterada y recurrente a través de videos, llamadas telefónicas, cheques impresos, fotografías, y un sinnúmero de pruebas que dan cuenta del carácter corrupto y delincuencial de esa derecha inmoral e inescrupulosa que hoy, asociada a los más perversos y miserables sectores del capitalismo especulador nacional y transnacional, pretenden hacerse arbitrariamente del poder para reinstaurar el modelo neoliberal en el país.

Algo así como lo que les acaba de pasar con el escandaloso affaire internacional que intentaron montar con una lista de depositantes venezolanos que un empleado de un importante banco suizo, el HSBC, filtró a la prensa mundial, y que la derecha quiso usar como prueba definitiva del supuesto pillaje de la dirigencia revolucionaria venezolana. El resultado no pudo ser más trágico para el antichavismo nacional e internacional; en la lista solo aparecieron un locutor de televisión (empleado de Gustavo Cisneros), un dirigente de Acción Democrática, partido integrante de la llamada MUD, varias figuras destacadas de la organización antichavista Gente del Petróleo, y una gran cantidad de personas pertenecientes a varias de las más renombradas familias de la alta burguesía venezolana, de La Lagunita y del Country Club, ninguno de los cuales puede ser señalado en modo alguno de chavista o de izquierdista siquiera.

La inefable lista del HSBC, pasará a la historia sin lugar a dudas como el más duro golpe que durante mucho tiempo se habrá dado a sí misma la contrarrevolución y el antichavismo en su empeño por acabar con el sueño de Chávez. Un verdadero tiro por la culata que hizo quedar en ridículo a los más encumbrados estrategas de la guerra de cuarta generación desatada hoy contra la democracia venezolana, y que los coloca en el “pódium del fracaso” en el lugar que siempre les ha correspondido… ¡El primero de la lista!

@SoyAranguibel

Así.. ¡Como si nada!

Mandrake
Por: Alberto Aranguibel B.

El legendario Lee Falk, creador de dos de los más fascinantes personajes que jamás se hallan inventado en las tiras cómicas, “El Fantasma” y “Mandrake el Mago”, seguramente jamás supuso que alguno de ellos pudiera ser reproducido en modo alguno en la realidad ni que sus ingeniosos recursos de fantasía, como aquello de una playa de arena de oro en polvo de la cual disponía el “duende que camina” para su exclusivo uso personal (al fondo de la cual le esperaba siempre para su intimidad amorosa con su eterna prometida Diana Palmer, embajadora plenipotenciaria de la ONU en el continente asiático, una choza tallada en una sola pieza de jade importado para él por algún ignoto emperador directamente desde lo más profundo de la antigua China), o el sorprendente gesto hipnótico mediante el cual Mandrake sometía a cuanto ser humano o animal se interpusiera en su camino, sin siquiera tocarlo o infligirle daño alguno. Solo levantar rápidamente la mano derecha con sus dedos índice y medio extendidos, de la misma forma en que lo hacen los papas para rendir a la feligresía, le bastaba al mago para influenciar a todos cuantos le rodeaban con el influjo de su poderosa magia. Era así como les hacía creer que se convertían en marranos, en guacamayas, en ratones o en simples diputados de la oposición, y eso le era más que suficiente para desarmarlos e inmovilizarlos.

Pero se equivocó por completo.

Probablemente por no haber pisado nunca la tierra de los indómitos indios Caribes, fue que no pudo prever que su desbordada imaginación podría ser no solo perfectamente recreada en la vida real a este lado del Río Grande, sino que podría ser superada hasta lo indecible por la fabulosa capacidad inventiva de los líderes de la MUD, con sus proverbiales ocurrencias políticas que más parecen actos de prestidigitación de principiantes de circo que de ideología alguna.

De la noche a la mañana, el entente antichavista aparece reuniendo como si de barajitas se tratara corrientes ideológicas diametralmente antagónicas, como la socialdemocracia y el socialcristianismo, junto a agrupaciones de ultraizquierda o de pensamiento desarrollista con versiones diferentemente matizadas de neoliberalismo mezclado con laborismo de derecha en una misma busaca, y pretenden que el país los asuma como una propuesta unitaria de orientación nacionalista.

El miedo a enfrentar a un pueblo consciente de su condición de clase, políticamente maduro y socialmente movilizado, con el planteamiento contra revolucionario que los aglutina, les ha hecho indispensable apelar cada vez con mayor inevitabilidad a la fórmula de la demagogia que por siglos le ha sido tan oportuna a los sectores dominantes para engañar y someter a los pueblos. En su empeño, la falsificación de la realidad es una constante atormentadora que disuelve por completo la división entre la verdad y la mentira a extremos inequívocamente patológicos.

Igual que los personajes de tiras cómicas, le pierden absolutamente la vergüenza al ridículo y asumen que en cada aparición hay una historia nueva, sin solución de continuidad con la anterior, en la cual, y en cada caso, se puede reformular arbitrariamente el discurso sin el menor atisbo de incomodidad o inconveniencia.

Cual vendedores de feria, presentan y desechan modelos políticos alternativos al país, como si de conejos sacados de una chistera se tratara y saltan de “desarrollismo” a “neoliberalismo” (como hacían en el siglo XX), con la misma facilidad con la que saltan de “capitalismo popular” a “progresismo”, como hacen ahora María Machado y Capriles, en el convencimiento pleno (como se les nota) de que están deslumbrando a la audiencia mediante un simple acto de prestidigitación al mejor estilo de Mandrake el mago.

En solo dos años apenas, Capriles ha sostenido ante el país con la misma fuerza e irresponsabilidad, las tesis de la “libre empresa” contenidas en su programa de gobierno, del “perfeccionamiento del socialismo del siglo XXI” en su discurso de campaña, del “fascismo” a la hora de su segunda y más dolorosa derrota (de las cuatro que como líder opositor lleva en fila) y ahora del “progresismo” de cara a las elecciones parlamentarias del 2015, como quien ofrece a su clientela una nueva y más exquisita fragancia de champú.

Así de simple… ¡como si nada!

@SoyAranguibel

Así trabaja el capitalismo…

bruselas1– Sesión ordinaria del Parlamento Europeo –

El Parlamento Europeo, en Bruselas,  es el centro de las decisiones que tienen que ver con el destino de las naciones del viejo mundo y núcleo de las tensiones que día a día colocan al mundo al borde de la 3ra Guerra Mundial.

En su seno, diputados representantes de los países que lo integran debaten sobre los asuntos que pueden cambiar el curso de las economías más importantes del continente europeo y con ello la estabilidad económica de millones de personas cuyas vidas se ven permanentemente amenazadas por las restricciones que se acuerdan en ese importante organismo supranacional, para asegurar la sobrevivencia del modelo capitalista sin importar la surte de la gente a la cual dejan en la calle.

Cada uno de esos eurodiputados devenga un sueldo base de 12.000 euros mensuales (unos 16.000 dólares al mes), sin incluir transporte aéreo semanal en Primera Clase, así como viáticos y alojamiento en hoteles de lujo, además de las bonificaciones por vacaciones, navidad y protección social, para cumplir cabalmente con sus funciones parlamentarias.

Las siguientes fotografías muestran cómo se puede “parlamentar” con la más entera comodidad (y sin el más mínimo remordimiento de consciencia) cuando no se está trabajando para transformar en lo absoluto el injusto modelo económico que en ese viejo continente impera.

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Preguntas que hacen dudar de la violencia en Venezuela

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Por: Luis Manuel Arce Isaac (PL)

El sacerdote jesuita panameño Jorge F. Sarsaneda Del Cid formula en la red 15 preguntas obviadas por la gran prensa que ponen en tela de juicio las motivaciones de la violencia desatada por la derecha fascista en Venezuela.

1. ¿Por qué se dice que en Venezuela se sufre tan grave falta de alimentos que justifica destrozos e incendios, si fue uno de los cuatro países con menos hambre de América Latina en 2012 (de acuerdo con FAO y OMS), esto es inferior al 5 por ciento, y uno de los países con mayor índice de niños y jóvenes obesos?

Siguiendo la lógica dominante, ¿por qué no hay peores desmanes en un país hermano como Colombia, en el cual el hambre fue sufrida por el 12.6 por ciento de la población, es decir casi el triple que en Venezuela?

2. ¿Por qué si las causas de los destrozos, incendios y manifestaciones es la escasez de productos básicos, se observan acciones de tipo político y no saqueos de tiendas y almacenes, que es lo normal y esperable cuando de carencia generalizada se trata? ¿Por qué uno de los dirigentes opositores, Henrique Capriles, afirma que se debe a “falta de medicinas” si los avances en salud en Venezuela están entre los más destacados de la región?

3. ¿Por qué tanta violencia por supuesta “ausencia” o falta de acceso a comida si The Economist publicaba esta semana que la escasez… Seguir leyendo “Preguntas que hacen dudar de la violencia en Venezuela”