¿Cuál modelo es el que sirve?

Por: Alberto Aranguibel B.

Si algo es verdad hoy en el mundo es la inminente caída del modelo capitalista. Al menos en el formato hegemónico con el que se le conoce hoy en día.

Los avances hacia la búsqueda de modelos alternativos en el comercio internacional por parte de las más grandes potencias económicas del planeta, China, Rusia, Irán, Turquía, y hasta la misma comunidad europea que hoy comienza a revelarse contra el dominio del dólar en el sistema económico internacional, dan fe de esta innegable realidad hacia la cual se dirige el mundo.

Por eso los conflictos que en este momento se libran en el ámbito internacional están signados todos por el mismo y muy particular interés del imperio norteamericano, el mayor exponente del capitalismo en la historia, por imponer a como dé lugar un modelo económico al que ya nadie quiere asociarse, salvo el propio Estados Unidos.

De ahí que su vuelta a Latinoamérica no sea en plan de promoción de nuevas formas de intercambio comercial, sino a través de la amenaza armada.

No le quedó de otra; Mauricio Macri le ha hecho la peor propaganda al capitalismo, no solo en el continente sino en el mundo entero, demostrando de la manera más cruda e irrefutable el carácter salvaje de un modelo que no solo no ofrece solución alguna a los problemas de la gente, sino que los agudiza provocando hambre, miseria y desesperanza como solo el capitalismo es capaz de hacerlo.

En Argentina, el gobierno se viene abajo sin haber sido objeto de bloqueo financiero, ni de guerra especulativa alguna en su contra, ni de manipulación internacional de su moneda, ni ser víctima del contrabando de extracción o de acciones de acaparamiento de los productos de primera necesidad, ni mucho menos de agresiones por parte del imperio norteamericano. Se está cayendo él solito.

En Venezuela, con la más arbitraria y desalmada agresión del imperio para acabar con nuestra economía, con el sabotaje permanente del sector privado, el saqueo orquestado desde Colombia, la infamante campaña mediática nacional e internacional en su contra, el gobierno sigue protegiendo al pueblo y recuperando su economía.

Si el capitalismo se derrumba sin que nadie lo perturbe y al socialismo hay que destruirlo para impedir que funcione, ¿Cuál modelo es el que sirve?

@SoyAranguibel

Lecciones que salvan pueblos

Por: Alberto Aranguibel B.

Venezuela debe ser una escuela donde todos aprendamos muchas cosas
Hugo Chávez

Desde siempre, y hasta el último instante de su vida, el Comandante Chávez insistió en la necesidad del estudio y de la formación ideológica como instrumentos de liberación. No omitió jamás en ninguna de sus reflexiones orientadas a la construcción de la sociedad inclusiva, de justicia e igualdad que la revolución se propone, la importancia del saber pensar.

Alertaba cada vez que se comunicaba con el pueblo acerca del peligro que representaba la deformación burguesa del interés por lo material sin pensar en lo humano, en lo colectivo, en lo social. “No basta con la voluntad revolucionaria –decía- es la racionalidad revolucionaria la que se impone también.”

Para él la formación se concebía no como un medio para elevar la categoría intelectual del individuo, como se asume en el capitalismo, sino como una herramienta de transformación para hacer realidad el modelo humanista bolivariano, a partir del desarrollo de la conciencia popular. “La conciencia es el resultado del conocimiento. Por eso hay que estudiar, leer y analizar mucho.”

Su eterna preocupación por habituar a las venezolanas y los venezolanos a pensar con criterio y buen juicio, se tradujo en una enseñanza practicada por más de tres lustros de ejercicio pedagógico constante (casi ininterrumpido), con el cual el pueblo se formó en las ideas del socialismo, pero también en las formas de defenderlo y de preservarlo para asegurar y perpetuar la felicidad social que el modelo se propone alcanzar.

Por eso cuando en el mundo se preguntan por qué razón la revolución venezolana es tan difícil de derrocar, por qué los cuantiosos recursos invertidos por el imperio norteamericano en desestabilizar el país no son nunca suficientes para destruir la democracia venezolana, por qué a pesar del padecimiento que, en virtud de la inmisericorde guerra desatada contra él, el pueblo sigue apoyando masivamente a la revolución bolivariana, la respuesta siempre es la misma; por el alto grado de conciencia revolucionaria alcanzado por ese pueblo.

De ahí que el ataque más brutal de los poderes fácticos del gran capital contra el país, es el que procura el quiebre ético y moral de la población, a través de un proceso de enajenación que coloca el interés por lo material, por lo insustancial y lo efímero, en el centro de la aspiración del individuo, al que se lleva a despreciar toda noción de proyecto en colectivo y todo principio de lealtad a ideal alguno de nobleza, de independencia o de soberanía. Se trata de destruir uno de los más valiosos activos alcanzados por la revolución, como lo son las enseñanzas profundamente humanistas sembradas en el alma del pueblo por el comandante Chávez.

Pero son muchas y muy poderosas las amenazas que hoy se ciernen sobre ese pueblo. El olvido del horror del cual venimos, de las causas y formas de expresarse ese horror, es solo una de esas amenazas que, entre tantas, pueden colocar una vez más al país al borde del precipicio y hacer fracasar las extraordinarias perspectivas de recuperación económica que las medidas anunciadas y puestas en marcha por el presidente Maduro auguran.

Dejarse llevar en este momento por una irracional ansiedad y una expectativa sobredimensionada, así como por la desinformación y los rumores que la contrarrevolución difunde con el claro propósito desestabilizador en función de su proyecto entreguista y vendepatria, sería exactamente lo mismo que rendirse al enemigo en medio de la batalla sin disparar ni un tiro.

Olvidar cómo empezó la vorágine, cómo actuaron sus propiciadores, cómo engañaron al pueblo haciéndole creer que era Maduro el causante de las desgracias que padecía, sería sin lugar a dudas el detonante de una coyuntura de grandes dificultades que postergaría, quién sabe si para siempre, el bienestar y el progreso que el Programa de Recuperación, Crecimiento y Prosperidad Económica comprende.

Desde el primer día del gobierno de Nicolás Maduro, el pueblo vio cómo los especuladores fueron orquestándose en un alza intempestiva y sin justificación alguna de los precios de decenas de miles de productos a lo largo y ancho del país en forma simultánea, con el propósito de desbordar la capacidad fiscalizadora del Estado y hacer ver así al presidente como incapaz para gobernar. Por eso la respuesta del sector privado a las medidas de control impuestas en aquel momento por el gobierno a los especuladores (caso Daka), en vez de ajustarse al cumplimiento de las normas, no fue otra que la masificación de la especulación.

Hoy el pueblo sabe perfectamente que no es solo con multas o con cárcel como se frena una guerra económica de las dimensiones de la que se ha desatado contra nuestro país, porque a lo largo de todos estos años de revolución, y de gobierno de Nicolás Maduro, en particular, ha aprendido que el alza de precios en los productos de primera necesidad es apenas un componente de esa perversa vorágine depredadora. Que las tenazas de esa guerra se extienden mucho más allá de los locales comerciales y abarcan no solo el territorio nacional sino el ámbito internacional donde el imperio ejerce su control del sistema financiero, de subordinación de los gobiernos lacayos a sus designios, y pone en acción su amenazante poderío militar.

Se conoce la extraordinaria capacidad de mutación que el capitalismo aplica a sus distintas modalidades y formas de ataque al sistema económico para reducir su capacidad de respuesta a los embates que procuran su destrucción. Se sabe que el capitalismo pasa de la usura al acaparamiento. Luego al ocultamiento de la mercancía. Después a la manipulación de la producción y la distribución. La generación de todo tipo de mercado negro; de divisas, de productos para el contrabando, para el bachaqueo, de sustracción del cono monetario.

Es más que sabida su perversidad en el estrangulamiento de la economía mediante acciones ilegales, violatorias del derecho internacional humanitario, como los bloqueos o las sanciones arbitrariamente impuestas al país.

Y se sabe, muy fundamentalmente, que los medios de comunicación internacionales están al servicio de la infamia, la orquestación de campañas infundadas contra nuestro pueblo, para fabricar artificialmente una dictadura inexistente en la realidad y hacerle creer al mundo que Venezuela es un país forajido cuyo gobierno participativo y protagónico tendría que ser derrocado con la anuencia de la comunidad internacional para darle paso a una modalidad de democracia neoliberal impuesta desde la Casa Blanca.

Corresponde a la revolución librar una batalla en la que las lecciones aprendidas sirvan para avanzar hacia el logro efectivo de los objetivos que se propone el auspicioso programa de recuperación económica puesto en marcha y no para retrotraernos a escenarios que la realidad nos ha probado que son definitivamente inconducentes, e incluso inconvenientes.

No volver a caer nunca más en la trampa de las confrontaciones irracionales entre venezolanos, es una primera lección. El opositor de a pie, no el de su destartalada e inoperante dirigencia, ha comprendido ya que el formato de la violencia de unos contra otros no es el camino para labrar el porvenir al que aspira el país. Eso lo demostró con su masiva participación en los cuatro procesos electorales que han sido convocados este último año y con su persistente desatención a los llamados de la derecha a recrudecer la desestabilización.

Pero el chavismo tiene que comprender también que le toca hacer valer ahora más que nunca toda la sabiduría que en buena hora le legó el comandante Chávez cuando alertaba sobre las asechanzas que debían ser sorteadas en revolución.

Corresponde, pues, a los revolucionarios, al pueblo de Venezuela, entender que la solución al alto costo de la vida, al problema del desabastecimiento y a la falta de acceso a los productos de primera necesidad, de necesaria dignificación de la calidad de vida, de justicia y de igualdad social, no es ninguna otra que el socialismo.

Que no vinimos aquí a perfeccionar el capitalismo. Ni a procurar que el modelo económico, consumista e inhumano sea el que satisfaga la ancestral sed de inclusión y de justicia social que la humanidad ha reclamado desde hace siglos. “Socialista somos, socialismo hacemos, y socialismo haremos.” al decir de Chávez.

Y, lo más importante en este momento; Que en todo ello, la confianza y la lealtad que el pueblo le brinde a Nicolás Maduro, al liderazgo revolucionario y a su gobierno, es esencial y determinante. Confianza que se ha ganado con su capacidad de respuesta como estadista frente a la adversidad. Y lealtad que se merece como digno hijo de Chávez que no se le ha rendido ni se le rendirá jamás al enemigo.

Vacilar sería perdernos.

@SoyAranguibel

La hora de la conciencia

Por: Alberto Aranguibel B.


“…porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.”
2 Corintios 4:18

Hacía mucho tiempo no se veía en el país una tan formidable fuerza colectiva de esperanza y de fe en función del bienestar común al que aspiran las venezolanas y los venezolanos, como la que se ha sentido en las calles desde la entrada en vigencia del Programa de Recuperación, Crecimiento y Prosperidad Económica puesto en marcha por el presidente Nicolás Maduro.

El deterioro promovido por la derecha nacional e internacional contra nuestra economía, no se limitó jamás a la generación de un indetenible proceso inflacionario que destruyera el poder adquisitivo alcanzado por nuestro pueblo durante la revolución, ni a las formas ilegales de manipulación del mercado y de la producción que han llevado a cabo durante años. Su propósito era acabar con las posibilidades del Estado para la generación del bienestar al que aspira la población, para lo cual el ataque a la siquis de la gente siempre fue un factor fundamental.

A lo largo de todo ese periodo la derecha ha procurado fatigar la viabilidad de las políticas puestas en práctica por el gobierno, mediante la generación de desconfianza e incredulidad con base en campañas persistentes de descrédito y de acusaciones contra el presidente y contra el gobierno, la mayoría de ellas infundadas y con un claro propósito de generación de odio entre la sociedad para fracturar su cohesión y su convicción revolucionaria.

Eje medular de esas campañas ha sido siempre la búsqueda de reinstaurar entre los venezolanos y las venezolanas la cultura del individualismo que promueve el capitalismo como base de su doctrina económica. La mezquindad es el corazón de la filosofía de la acumulación que determina la razón de ser del capital.

Sin ese proceso de desaliento y desesperanza que se sembró en la fibra misma de la sociedad venezolana durante los últimos años, habría sido imposible la existencia de los bachaqueros que tanto daño le han causado a la estabilidad económica del país, pero también a la estabilidad emocional del pueblo. Los bachaqueros son la materialización de la perversa idea del desprecio hacia los demás que deriva de esa lógica de la mezquindad, del pensar solamente en el beneficio propio sin importar el padecimiento del otro, que es tan consustancial al capitalismo.

En la búsqueda de la sobrevivencia a que obligaba esa brutal guerra económica que la derecha desató contra el pueblo, buena parte de la población se fue habituando a considerar provechosa la ventaja lograda a través de la astucia y la triquiñuela cualquiera fuera el escenario. El innoble “cuánto hay pa’ eso” que habíamos dejado en el olvido como una mácula indecorosa en el alma del venezolano, fenómeno que remitía directamente a nuestro bochornoso pasado neoliberal, fue reinsertándose en la médula de la conciencia nacional hasta llegar a los rincones más insondables del ser. La solidaridad, el espíritu colectivista, la hermandad y el espíritu de cooperación que germinó en el país junto con la idea de independencia y soberanía que sembró el comandante Chávez en el país para impedir que esa pérfida derecha pudiera avanzar como lo pretendía desde entonces para causar el mismo daño y la misma devastación que hoy le ha causado a nuestra economía, fueron agotándose progresivamente a medida que iba expandiéndose a lo largo y ancho de nuestro territorio la inmoral fórmula del rebusque individual que comprende el “capitalismo popular” que predica el antichavismo. La cultura del “raspacupismo”, no fue más que una expresión viva del daño que esa enajenación de la sociedad estaba causando entre el pueblo. El odio entre los venezolanos que nos llevó al borde del estallido social fue una consecuencia directa e inevitable de ese proceso de exacerbación de la individualidad y el facilismo.

De ahí que lo que hemos padecido como país y como pueblo no sea solamente un profundo deterioro de nuestra capacidad adquisitiva, sino una severa corrosión de la fibra ética y moral de la sociedad. Algo que hoy tenemos que atender con la misma entrega y sentido de la responsabilidad con los que asumimos el Programa de Recuperación Crecimiento y Progreso Económico, so pena de perder todo lo logrado en este excepcional momento de la historia que hoy comenzamos a transitar.

A diferencia de lo que propone el capitalismo, el socialismo posee una inmensa ventaja para llevar a cabo esa impostergable tarea de reeducación y recuperación ética de la sociedad, que es el fundamento ideológico del planteamiento revolucionario. Mientras el capitalismo no puede ir más allá del ofrecimiento de ilusiones vanas (por eso la publicidad es indispensable para la existencia misma del modelo capitalista) y mientras bajo ese inviable modelo la gente no obtiene sino, cuando mucho, una felicidad pasajera que se agota en la naturaleza efímera de los bienes materiales, el socialismo tiene su asiento en la fuerza y perdurabilidad infinita del amor y del bien común entre el pueblo que promueve el ideario bolivariano.

Corresponde hoy a la revolución asumir la batalla por el reencuentro solidario y fecundo entre las venezolanas y los venezolanos, ya no para la obtención de esos alimentos y productos que les fueron negados por la voracidad insaciable de quienes pensaron solamente en su propio beneficio, sino para alcanzar el estadio de verdadera prosperidad al que aspira el pueblo con base en el trabajo conjunto de todos los actores económicos por igual, cada uno desde su propio rol y desde su propio escenario, pero pensando siempre en el bienestar y la prosperidad de todas y todos los venezolanos.

Toca reconvenir con los comerciantes, la mayoría de los cuales es víctima también, sin lugar a dudas, de la misma saña de los grandes capitales por acabar con nuestra economía, para hacerlos entrar en razón mediante intensas campañas de concientización que les demuestren, con la mayor claridad, que su mejor negocio no es incrementar demencialmente los precios como lo venían haciendo hasta hoy, sino el trabajo conjunto con sus mejores aliados, que no son otros que los propios consumidores a los que cada uno de esos comerciantes se debe.

Se debe explicar en este momento con contundencia y alto sentido pedagógico que los enemigos, tanto de los comerciantes como del pueblo, son quienes atentan contra la tranquilidad de nuestro país a través de la desestabilización económica que nos confronta a todas y todos; comerciantes y compradores, banqueros y usuarios de la banca, médicos y pacientes, servidores y público en general, que padecemos de una u otra forma la misma precarización de la vida en la que hunde esa brutal guerra que promueve la derecha nacional e internacional a un país que es de todas y de todos los que nos referimos a esta nación como nuestra Patria.

Por eso, esta misma semana hemos presentado en el seno de la Comisión de Comunicación e Información de la Asamblea Nacional Constituyente, una propuesta dirigida al gobierno nacional para la realización de una campaña de concientización que aborde este importante tema desde un ángulo didáctico y muy motivacional, como una contribución al logro de esta histórica batalla que hoy libra el presidente de la República con la puesta en marcha de lo que él mismo ha denominado “el nuevo inicio económico” nacional.

Desatender la urgencia de la necesaria concientización, ya no en lo estrictamente informativo del programa sino en lo referido al aspecto ético que el mismo requiere en virtud del daño causado por la guerra a la siquis y a la estructura moral de la sociedad, sería exponer su potencialidad al fracaso y conducir a la Revolución Bolivariana a la pérdida de una inédita oportunidad de avance y profundización en la construcción del modelo de justicia e igualdad social que se propone.

El camino no es fácil. Lo sabemos. La avaricia, el facilismo, la corrupción y el consumismo, no son pequeñas ronchas de magulladuras leves en el cuerpo social, sino verdaderas llagas enquistadas en su organismo. Extirparlas demandará seguramente la aplicación de curetajes profundos que tal vez demoren en producir su efecto.

Pero no trabajar, en medio de este esplendoroso renacer de la esperanza que hoy celebra el pueblo, en la recuperación de nuestra propia autoestima y de nuestra fe en el provechoso porvenir que el proyecto colectivo del socialismo nos augura, sería imperdonable para siempre si por una inexcusable omisión como esa permitimos el retorno a la vida de cada una y cada uno de los venezolanos de los demonios de la perturbación de los cuales hoy nos libra el camarada Nicolás Maduro con su esfuerzo, su amor y su entrega al pueblo.

@SoyAranguibel

Soberanía

Por: Alberto Aranguibel B.

Los inmisericordes (de derecha y de izquierda) acusaron desde un primer momento a Nicolás Maduro de reformista, porque medían su capacidad para el ejercicio de la Primera Magistratura comparándolo con el desempeño de los presidentes en condiciones normales de gobernabilidad.

Que una cosa era la guerra económica y otra muy distinta era la falta de voluntad en la construcción del modelo socialista que había exigido el comandante Chávez, como si una cosa pudiese separarse de la otra, concluyendo, (las más de las veces) que lo único que hacía falta para hacer realidad el mítico “golpe de timón” era apenas una decisión del presidente.

Que se estaba incumpliendo el Plan de la Patria, llegaron a decir, porque se estaba pactando con los poderes fácticos del gran capital.

Pero Nicolás, en medio de la más brutal arremetida del neoliberalismo contra país alguno en el planeta, ha impulsado el socialismo mucho más allá de lo que las adversas condiciones le han permitido.

Ha impedido el derrocamiento del gobierno electo legítimamente por el pueblo. Que la democracia fuese arrasada por las hordas fascistas activadas por la derecha. Que se impusiera en el país un gobierno neoliberal dirigido por vendepatrias. Que estallara la guerra civil que necesita el Comando Sur de los EEUU para invadir nuestro territorio. Y, por si fuera poco, ha salvado su vida de las garras del terrorismo ordenado en su contra por la oligarquía colombiana. Todo ello manteniendo e incrementando los programas sociales instaurados por la revolución y profundizados por su gobierno a niveles inimaginables en un país sometido al salvaje asedio económico al que ha sido sometida Venezuela. Ninguna nación en guerra podría hoy mantener programas de protección social como los Claps, como los Bonos Soberanos, o el Carnet de la Patria (para combatir el bachaqueo y el contrabando de extracción que tanto daño le hacen al pueblo) y Maduro lo hizo.

Hoy emprende una nueva fase de profundización del socialismo independizando nuestra economía del criminal yugo del dólar que ha sido impuesto en nuestro país por el imperio para saquear el bolsillo de los venezolanos, iniciando una reconversión que prescinde por completo de fuentes externas como el fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial.

Eso es soberanía.

@SoyAranguibel

Reconversión es revolución

Por: Alberto Aranguibel B.

Se inicia un “nuevo comienzo económico”, como lo ha denominado el presidente Maduro. Y se inicia también lo que seguramente será un largo debate al respecto, hasta que las medidas terminen asentándose completamente y los resultados de las mismas corroboren las hipótesis económicas en un sentido o en otro.

Pero el nuevo inicio puesto en marcha por el primer mandatario nacional el día de hoy es mucho más que económico, y en eso es menester puntualizar aspectos relevantes en términos estrictamente políticos, y por supuesto sociales y culturales.

En primer lugar, que es ésta la primera medida macroeconómica de gran envergadura y alcance que ha podido tomar un presidente que desde el primer momento de su gobierno tuvo que enfrentar la incertidumbre sembrada en el país por quienes desde la derecha buscaban deslegitimarlo con la infame consigna de “Maduro no es Chávez”, sembrando profundas dudas en el país sobre la verdadera capacidad del jefe del Estado y generando desconfianza en las acciones y planes por él puestos en funcionamiento para superar la compleja situación económica que progresivamente fue avanzando en el país con la guerra orquestada por esos sectores ultra reaccionarios que lo adversan.

Una guerra cuya particularidad más importante es su capacidad para invisibilizar (mediante la sistemática manipulación de la opinión pública) el inmenso esfuerzo aplicado por el gobierno en la búsqueda e instrumentación de respuestas efectivas a la devastación que el capitalismo nacional e internacional ha desatado contra del pueblo venezolano. Fueron años de arduo combate por una verdad revolucionaria que resultaba cada vez más difícil de hacerle entender a la población, porque la derecha había enfocado su ataque en la descalificación de cuanta iniciativa emprendiera el presidente para mitigar el padecimiento del pueblo, descalificándolo a él personalmente, en primer lugar, y luego a su gobierno y a las acciones o correctivos económicos que se iban tomando.

Desde el primer momento se pretendió posicionar la falaz especie del supuesto reformismo que inspiraría al líder de la revolución en esta nueva etapa de la misma. Se les vendió no solo a los escépticos sino a los propios revolucionarios, que la ofensiva del gobierno contra los especuladores era contraria a la doctrina chavista. O, en el mejor de los casos, que no era capaz de resolver las dificultades que iban presentándose. Acciones contundentes concebidas para proteger al pueblo (desde el llamado “dakazo” hasta los aumentos salariales, los Clap y el mismísimo Carnet de la Patria) fueron presentadas en forma negativa por la derecha, impidiendo que la población las percibiera como positivas, lo que ponía en situación cada vez más difícil las posibilidades del gobierno para desarrollar una verdadera política de transformación económica en profundidad que no solo ayudara a superar y corregir las distorsiones que iban surgiendo con la evolución de la guerra, sino que le permitiera avanzar sostenidamente en la construcción del modelo socialista.

La guerra más perniciosa no era la económica, porque se sabía que de ella podría salirse eventualmente con las políticas adecuadas, sino la sicológica, que era la que obstaculizaba la comprensión popular de esas medidas y que ponía en una condición de alto riesgo la sostenibilidad y perdurabilidad misma de la Revolución. Por esa falta de comprensión, de confianza y de credibilidad, se perdió en 2015 la elección de la Asamblea Nacional. De ahí que la única carta de salvación a la que pudo asirse Maduro en un momento determinado fuese la radicalización de la batalla política, mediante la convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente y a las tres elecciones subsiguientes.

Quienes argumentaron que los problemas derivaban de la falta de decisión en la construcción del socialismo, dejaban de lado el hecho nada sutil que nos enfrentamos nada más y nada menos que a la potencia imperialista más sanguinaria de la historia, que persigue acabar con una revolución a la que esa potencia asume como amenaza al modelo capitalista sobre el cual se erige, y que ello comprende una muy descomunal batalla económica, pero, mucho más descomunal todavía, esencialmente política. Es lo que han venido demostrando las acciones de la derecha internacional orquestadas por los EEUU desde la Organización de Estados Americanos contra Venezuela; la posterior conformación del Grupo de Lima específicamente dirigido a provocar el derrocamiento del presidente Maduro; así como los pasos orientados a destruir mecanismos de integración como la Unasur y la Celac, es decir, todo lo logrado en la última década por los gobiernos progresistas en la región en ese sentido.

El “reseteo” (valga el término informático) que comprende la reconversión económica emprendida hoy por el presidente Maduro, tiene connotaciones políticas que la colocan en el plano de los acontecimientos que pudieran desencadenar (o acelerar) el reordenamiento geopolítico del planeta. Un escenario en el que países como China, India, Rusia, irán y Turquía han venido dando pasos más que significativos. Una acción que pudiera ayudar a revertir el planteamiento del “nuevo orden mundial” que se propone los Estados Unidos bajo su lógica de la dominación. Lo que, sin lugar a dudas, le imprime una connotación altamente revolucionaria al llamado “nuevo inicio”.

Es revolucionario, porque parte de una declaratoria de independencia frente a una moneda emitida de manera inorgánica por una potencia extranjera. Algo que con toda seguridad generará repercusiones políticas de alcance imprevisible para la estabilidad misma del imperio.

Es revolucionario, porque impulsa una recuperación económica con prescindencia absoluta de los esclavizantes auxilios financieros a los que son sometidas las economías del mundo. Bajo el esquema puesto en marcha por el presidente Maduro, Venezuela no tiene que acudir al Fondo Monetario Internacional (FMI) ni al Banco Mundial, ni a ningún otro ente financiero para llevar a cabo su reordenamiento. A partir de hoy, nuestro país posee unas reservas internacionales que pasan del más bajo nivel en más de medio siglo a doscientas veces su tamaño; de 10 mil millones pasamos a tener un dos (2) con doce (12) ceros a la derecha, por el solo hecho de anclar nuestra economía a un activo real como el petróleo. Y esa, además de económica, es una importantísima señal política al mundo.

Es revolucionario porque con el Petro, la moneda digital que sirve de base al nuevo modelo de economía soberana respaldada por activos reales, se abre una nueva era en la lógica de los sistemas financieros que hasta hoy en día determinaban de manera exclusiva el comportamiento de la economía mundial y con ello el de la política. El poder del sistema financiero en la imposición y derrocamiento de gobiernos en el mundo, se basa en el control que sobre ese sistema ejercen las oligarquías más poderosas del planeta. De modo que una reconversión que rescate la soberanía de la moneda, que les dé el justo valor a sus activos fundamentales y que recupere el poder del Banco Central en el manejo de su economía, tendrá siempre fortalezas inexpugnables para interactuar con ese perverso sistema e impedirle la imposición arbitraria de sus normas y principios.

Pero es todavía más revolucionario ese nuevo inicio económico, porque se consustancia no con los deseos de las élites oligarcas, sino con la cultura indómita de un pueblo que no se arrodilla frente a imperios ni se somete a colonización alguna, por muy compleja que sea la realidad a la cual se enfrente, y que es capaz de formular modelos innovadores para impulsar el bienestar y el desarrollo en el marco de una paz social labrada a pulso, con dolor, sufrimiento y un gran estoicismo, pero con mucha convicción y sentido del compromiso patrio, por su propia gente.

Por eso es éste y no otro el momento correcto para el lanzamiento de esta tan importante reestructuración del sistema económico venezolano, determinada como ha estado por razones de naturaleza económica, pero también, y muy fundamentalmente, políticas, que tenían que ser controladas o superadas. Con una oposición estructurada y activa como la que existía en el país hasta hace algunos meses, habría sido definitivamente imposible acometer un proyecto de tales dimensiones.

Es revolucionaria, en fin, porque surge del empeño y la tenacidad de un estadista de dimensión excepcional, que ha venido a este momento de la historia venezolana para romper esquemas y convencionalismos en nombre de su pueblo, sin contemplaciones ni concesiones de ninguna naturaleza como él mismo ha venido demostrándolo a cada paso, en cada acción revolucionaria que toma, y en cada riesgo al que se expone… como solo un auténtico hijo de Chávez puede hacerlo.

@SoyAranguibel

Autocríticas y drones

Por: Alberto Aranguibel B.

El problema más importante a resolver en Venezuela, no hoy en día sino desde hace años, no es económico. Lo hemos sostenido reiteradamente por todos los medios, con base en argumentaciones sólidas que hemos expuesto de la manera más fundamentada y extensa posible.

La primera de esas argumentaciones fue el triunfo inobjetable de la Asamblea Nacional Constituyente al conquistar la paz sin disparar ni un solo tiro ni agredir a ningún opositor para lograrlo.

Se demostró con aquella elección de la ANC en medio de la peor violencia desatada por la derecha a lo largo de los últimos años, la mentira que representaba la tesis opositora de que Maduro era un dictador sanguinario y brutal, protegido apenas por la soledad de Miraflores. Que el pueblo no lo acompañaba y que por eso la oposición tenía derecho a exigir su renuncia, o su desalojo del poder por cualquier vía.

Lo que le permitió a esa derecha reaccionaria el espacio para la violencia a la que llegó en 2017, no fueron los elevados precios de los productos de primera necesidad, sino la imposición de una matriz que hacía ver en aquel momento al gobierno acorralado y sin apoyo popular alguno.

Los medios de comunicación, nacionales e internacionales, se articularon como nunca antes para posicionar en la siquis colectiva de los venezolanos y del mundo entero que Maduro era un usurpador del poder (porque Chávez lo impuso, porque era un autobusero sin capacidad para gobernar, porque era colombiano, en definitiva, porque Maduro no era Chávez).

Toda esa patraña de falsedades y manipulaciones se vino abajo con la sola elección de la Constituyente, porque por fin pudo verse en el mundo entero la verdad irrefutable de un pueblo en la calle (incluidos los miles de opositores que votaron en el Poliedro aquel día) apoyando decididamente al verdadero presidente de la República, al modelo democrático que hoy construimos los venezolanos, y a la libertad y la independencia que esa derecha reaccionaria pretende robarle a las venezolanas y los venezolanos para instaurar en nuestro suelo su perverso modelo neoliberal capitalista.

Desde aquel momento, los líderes opositores, que desde tiempo atrás venían siendo repudiados por su propia gente, por su ineptitud, su inconsistencia y su fariseísmo político, se quedaron completamente solos y ni en las muy esporádicas manifestaciones de descontento contra el gobierno (como la de las enfermeras, por ejemplo) quisieron aceptarlos ni como acompañantes siquiera.

El presidente, con el tino político que le ha caracterizado enfrentando a la peor y más brutal guerra que gobierno alguno haya podido sortear, fue consolidando ese triunfo sobre la oposición con acciones políticas cada vez más contundentes, como las elecciones de gobernadores, alcaldes y la de su propia reelección, en las cuales ha reafirmado la solidez del innegable respaldo popular que lo consagra como líder indiscutible de la revolución.

Pero la “autocrítica” no quiso esperar de ninguna manera ningún espacio de tranquilidad que le brindara alguna holgura al presidente para instrumentar las acciones económicas que el país reclamaba, y decidió lanzarse a la calle para sustituir a la ya derrotada e inexistente oposición en sus ataques, casi siempre sin fundamento, al gobierno revolucionario.

De la noche a la mañana, todo cuanto trató de demostrarle la revolución al país y al mundo que era de culpable en el padecimiento del pueblo la cruenta guerra neoliberal desatada por el imperio norteamericano, fue echado abajo por la obtusa intransigencia de una “élite pensante” de la revolución, que se dedicó a acusar sin descanso ni piedad al gobierno por todos los males que padece el pueblo.

La verdad de un país sometido a las penurias del hambre y la pobreza por culpa del accionar de una derecha entreguista y apátrida, no fue desconocida en ningún momento ni por el presidente, ni por nadie de su gobierno. Sin embargo, esa “autocrítica” pendenciera se dedicó a acusar a todo aquel que pretendiera apenas responderles, llegando a colocar a quienes aparecían defendiendo la labor del gobierno revolucionario como “farsantes”, “indignos”, “burócratas”, “corruptos” o como simples “jalabolas”.

Defender al gobierno era entonces un riesgo para cualquier revolucionario. Con lo cual lo que iba gestándose paulatinamente era un proceso de reposicionamiento comunicacional de la imagen del gobierno, en el que todo lo que había dicho la oposición durante años sin que nadie le creyera, terminaba siendo verdad por obra y gracia de los mismos revolucionarios que criticaban la gestión, o de los que se quedaban callados para no enardecer a los que criticaban.

Producto de toda esa absurda enajenación, es que se estaba revitalizando gratuitamente a una oposición que tenía ahora la posibilidad de reoxigenarse y renacer en su búsqueda del poder por cualquier vía. Lo que Maduro hacía con las manos, los “autocríticos” lo destrozaban con los pies. Por eso el atentado contra la vida del presidente mediante el uso de drones teledirigidos, fue denominado por sus perpetradores como “Operación Fenix”, el ave muerta de la mitología que renació de sus cenizas.

Desconociendo el esfuerzo del jefe del Estado no solo en la gestión del gobierno para impedir el colapso del modelo de Misiones y Grandes Misiones que aseguran la inclusión social, sino en la creación de poderosos instrumentos de protección al pueblo pensados para mitigar de la mejor manera el severo impacto de la crisis inducida por el imperio, como los Claps, los Bonos de Protección Social, y el Carnet de la Patria, así como todo el inmenso esfuerzo por la recuperación económica llevado adelante, los “autocríticos” se dedicaron a objetar todo cuanto se hace desde el gobierno, en un claro ejercicio de irracional oportunismo político que pareciera más bien orientado a ubicarse en la posición más cómoda de la confrontación, que es la del denunciante que procura el aplauso popular sin necesidad de embarrarse los zapatos en la trinchera de la batalla.

Esa “autocrítica”, diametralmente opuesta en su fundamentación y su orientación a lo que ha defendido en todo momento el presidente Maduro como ejercicio de revisión del proceso, y por la cual el comandante Chávez abogó siempre alertando sobre el necesario apego a los principios de lealtad y de compromiso revolucionario que deben orientar la autocrítica, ha llegado al extremo de negar la perniciosa infiltración de la derecha en los organismos del Estado, el sabotaje sistemático de los servicios públicos por parte de esa derecha mercenaria, y el daño que hace sobre la población la manipulación mediática, que banaliza la guerra contra el pueblo y direcciona la responsabilidad de los males hacia el gobierno, llegando finalmente a colocar al presidente como enemigo de los campesinos que marcharon este mes a la capital de la República para hablar con él.

Convertido en un festín de acusadores, el evento de los campesinos fue vulgarmente usado por TODOS Y CADA UNO de esos inflexibles autocríticos para hacer aparecer al gobierno revolucionario del presidente Nicolás Maduro como un gobierno de burócratas enzapatados, insensibles y entregados al más abyecto reformismo. Que el solo hecho de ser recibidos en Miraflores era muestra de un poder excepcional del pueblo contra ese “desalmado gobierno”, que de no haber sido por esa presión jamás habría atendido las necesidades del campo. Ninguno de los marchistas acusaba al gobierno. Solo aspiraban a una reunión con el jefe del Estado. Quienes acusaban al gobierno (usando la marcha para ello) fueron siempre los “autocríticos”.

En términos estrictamente políticos, pero fundamentalmente comunicacionales, muchas de las afirmaciones destempladas de esa “autocrítica” irresponsable y egocéntrica, que no mira el daño ulterior que sus palabras pueden ocasionar más allá del legítimo reclamo que intenten hacer, son mucho más desestabilizadoras que todo cuanto haya podido decir en su momento alguien como la ex fiscal Luisa Ortega Díaz contra la revolución. Pero los “autocríticos” insisten en que no son ellos los causantes de los problemas sino el gobierno.

Ahora el hervidero político está de vuelta. Los drones, puestos a volar por quienes han visto en la guerra de acusaciones “autocríticas” más reyertas internas que unidad y cohesión revolucionarias y más ineficiencia en los servicios públicos referida por esos mismos revolucionarios al modelo socialista que a los ataques del capitalismo contra el país, reavivan los titulares mundiales originados por la “crisis política venezolana” que ya habíamos sofocado y que hoy vuelve a renacer de la nada. Así lo han puesto ya ante el mundo entero.

Los únicos que saldrán indemnes de esta nueva vorágine hacia la que nos dirigimos serán los “autocríticos”. Cómodamente se refugiarán en un muy inocente “¡Yo lo dije!” y ahí quedará todo para ellos.

¿Qué fácil, no?

 

@SoyAranguibel

Aranguibel en 360: “Maduro ha seguido la lógica de Hugo Chávez”

Alberto Aranguibel entrevistado por Boris Castellano con motivo de la conmemoración del primer año de haber sido electa la Asamblea Nacional Constituyente, sostiene que el presidente Maduro ha seguido la línea de pensamiento del Comandante Chávez, apelando a la voluntad del pueblo cuando la Revolución ha necesitado superar las dificultades y las agresiones generadas por la oposición y el imperio norteamericano.

Asamblea Nacional Constituyente: Un año de realidad verdadera

Por: Alberto Aranguibel B.

El 30 de julio de 2017, hace exactamente un año, nadie sabía cómo podría alcanzarse la paz por la vía del voto, al cual el presidente de la República había convocado hacía apenas dos meses antes en medio de una vorágine incendiaria y criminal desatada por la derecha venezolana con apoyo del Departamento de Estado de la más poderosa potencia de la tierra para intentar derrocar al gobierno venezolano mediante la desestabilización y la ingobernabilidad que la violencia generaría.

Sin embargo, la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos acudió masivamente a ejercer su derecho al voto, por encima incluso de las presiones y amenazas de la oposición terrorista que había dispuesto operativos de cerco a los centros de votación para impedir la realización del evento electoral en los municipios bajo su control.

El voto fue la respuesta de la sociedad venezolana al terror del cual toda la población era presa, víctima como era entonces de esa violencia que afectaba a chavistas y opositores, haciendo temblar de miedo a todas y todos por igual con la sola idea de ser quemados vivos en la vía pública por la sola eventualidad de no tener la camisa adecuada o el color de piel del gusto de los facciosos que por desgracia se tropezaran en cualquier urbanización opositora del país.

Todos, absolutamente todos los que acudieron a votar aquel día, lo hicieron movidos por el desespero de alcanzar la paz que el jefe del Estado había prometido el 1ro de mayo en su convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente.

“Yo convoco el poder constituyente originario para lograr la paz que necesita la República; para derrotar el golpe fascista; y para que sea el pueblo con su soberanía quien imponga la paz, la armonía, el diálogo nacional verdadero… ¿Quieren diálogo? Poder Constituyente. ¿Quieren paz? Poder Constituyente. ¿Quieren elecciones? Poder Constituyente”, fue exactamente lo que dijo entonces el presidente Nicolás Maduro.

Desde el instante mismo de proclamados los resultados de aquel histórico evento electoral, la paz tuvo lugar en absolutamente todo el territorio nacional sin que ningún integrante de ese nuevo actor político disparara un tiro o agrediera a ningún opositor.

¿Por qué un evento cívico como una elección lograba disolver de la noche a la mañana el terrorismo que mantenía a la sociedad en vilo, y reinstauraba la paz que el presidente de la República había prometido como tarea indispensable para emprender el proceso de recuperación de la estabilidad y la gobernabilidad que le permitieran al gobierno avanzar entonces en acciones de carácter propiamente económicas?

Porque la función de esa Constituyente no era la de la lanzarse a las calles en una contra ofensiva armada para sofocar la violencia a sangre y fuego, sino cumplir una labor de naturaleza estrictamente política, pero también mediática, como lo era la de demostrarle al país y al mundo mediante el voto universal, directo y secreto, que la verdadera mayoría en el país no era el grupo que había engañado a millones a través de la televisión y la prensa nacional e internacional con la infame tesis de su supuesta superioridad numérica frente a los millones que respaldan al presidente legítimamente electo.

Quienes pretendieron utilizar de manera fraudulenta el circunstancial triunfo electoral obtenido en 2015 en la elección de la Asamblea Nacional para dar un golpe de Estado bajo el formato institucional que la derecha ha venido utilizando para asaltar el poder ganado en las urnas electorales por los presidentes progresistas de la región, le vendieron al mundo que los votos por ellos obtenidos entonces eran el aval y el instrumento suficiente para sacar del poder a Nicolás Maduro, siendo que ninguno de aquellos electores los eligió al frente del poder legislativo para tan inconstitucional y descabellada función parlamentaria, toda vez que no existe en la carta magna atribución alguna que sustentara tal despropósito.

A lo largo de esos dos años, que van desde el 2015 hasta el 2017, la derecha fue abultando mediáticamente la farsa de su supuesta mayoría, hasta hacerle creer a millones, no solo en Venezuela sino en el mundo entero, que Nicolás Maduro (a quien empezaron entonces a calificar de “dictador” para reforzar la falaz matriz según la cual el presidente estaba completamente solo en el palacio de Miraflores) no contaba con el respaldo popular que le había llevado al poder, por lo cual tenía que ser desalojado del mismo. Al final de aquella vorágine de falseamiento de la realidad, los opositores aseguraban haber obtenido más de 14 millones de votos en la elección de la Asamblea Nacional, lo que incluso muchos incautos del chavismo terminaron creyendo.

La innegable verdad que el poder plenipotenciario del pueblo puso al descubierto, desmontó la farsa y desactivó ipso facto a los terroristas.

Más de quinientas mujeres y hombres, jóvenes, trabajadores de la ciudad y del campo, indígenas, personas con capacidades diferentes, cultores populares, intelectuales, empresarios y voceros del poder popular organizado, asumieron ese compromiso de hacer valer la verdad de una realidad que estaba siendo burlada por la mediática nacional e internacional en su intento por poner el país en las manos de los apátridas que han luchado siempre por el mismo empeño de entregarle Venezuela al imperio norteamericano a cambio de una bastarda comisión en dólares.

La mayoría de esas y esos constituyentes jamás han sido funcionarios públicos. La mayoría ni siquiera conocía la capital, ni mucho menos sabía cómo movilizarse en ella de un lado al otro. Todavía hoy muchos no conocen más allá del recorrido que transitan semanalmente en las idas y venidas desde las residencias constituyentes, ubicadas en Fuerte Tiuna, hacia las sesiones en el Palacio Legislativo en las que se han aprobado Leyes y Decretos “vitales para la vida nacional”, como ha dicho el propio presidente Maduro.

Su trabajo a lo largo y ancho del país, recogiendo en miles de asambleas populares las propuestas y las angustias de la gente para nutrir con ellas la reforma prevista a nuestra carta magna, así como su participación permanente en reuniones de consulta, debates públicos y programas de opinión que exigen una preparación muy completa, no solo desde el punto de vista político sino primordialmente teórico y técnico, dan fe del esmero con el que cumplen este insoslayable servicio patrio, en medio de las grandes limitaciones y dificultades que padecen, porque no son de ninguna manera los “burócratas enzapatados” de los que habla la canalla opositora (y una que otra “autocrítica” pendenciera) sino que son el pueblo mismo trabajando para el pueblo, colocando muchas veces a su familia en situación de penuria y poniendo en riesgo a cada paso su seguridad personal para poder cumplir con su responsabilidad.

Son venezolanas y venezolanos que vienen de todo el país a cumplir una tarea impostergable para la cual fueron llamados por el presidente de la República en una hora angustiosa en la que el futuro era poco menos que incierto y desolador, y que han cumplido a la más entera cabalidad con abnegación y elevado sentido del compromiso con la Patria: Han asegurado la paz que hoy le permite al Jefe del Estado poder acometer las acciones económicas por las que el pueblo tanto ha clamado desde que la oposición decidió desatar su inmisericorde y despiadada guerra de hambre contra las venezolanas y los venezolanos.

En un frente cualquiera de batalla no actúan solamente los fusileros de primera línea en la contención o reducción del enemigo. Junto a ellos debe estar siempre la unidad blindada, los paracaidistas, la armada, la aviación, así como aquella que garantice la dotación adecuada de la tropa, el apresto debido del armamento, de la logística, e incluso el equipo de salud que supla oportunamente el servicio médico necesario.

Como en toda guerra, en las que los ejércitos se distribuyen las responsabilidades de acuerdo a su área de competencia, la Asamblea Nacional Constituyente ha desempeñado junto al gobierno y al resto de los poderes públicos, una función esencial sin la cual nada, que no fuese la confrontación fratricida entre los venezolanos hacia la cual nos dirigía la oposición, habría sido posible.

Muy pocos países sujetos a la misma arremetida imperialista podrían alcanzar hoy en día esa paz sin sufrir el devastador martirio de una guerra civil. Desconocer ese aporte de la ANC en el logro de la estabilización es de una mezquindad, más que bochornosa, repugnante. Por eso este primer año de la Asamblea Nacional Constituyente debe ser conmemorado con el mayor alborozo por el pueblo. Por todo el pueblo.

@SoyAranguibel

Un Congreso, siete líneas y un destino

Por: Alberto Aranguibel B.

El 12 de enero de 2008, fecha de la instalación del Congreso Fundacional del Partido Socialista Unido de Venezuela, la Revolución Bolivariana había transitado ya por los caminos más intrincados e inhóspitos en su propósito de sentar las bases para un verdadero modelo de justicia y de igualdad social en el país.

Bajo la denominación de MVR, el proceso se enfrentó hasta entonces a ataques brutales y despiadados como ningún gobierno fue atacado nunca antes en nuestra historia; guerra mediática de manipulaciones y falseamiento de la realidad, acusaciones destempladas contra el comandante Chávez ante el Tribunal Supremo de Justicia, golpe de Estado con el peor ensañamiento contra el pueblo, criminal paro petrolero con saldo de más de quince mil millones de dólares en pérdidas para la nación, intento de revocatorio del Primer Mandatario, acusaciones recurrentes de fraude electoral, todo cuanto pudo hacer la oposición para tratar de derrocar al gobierno y acabar con la revolución fue intentado a través del uso de los más cuantiosos recursos económicos, políticos y mediáticos que la derecha haya usado jamás contra nadie en el país.

Sin embargo, aquel gallardo y victorioso movimiento debía replantearse, tal como el Comandante entendía que se estaba replanteando la realidad social, política y económica de una Venezuela que definitivamente ya no sería jamás la del pasado de oprobio, exclusión y desigualdad. El curso que la lucha del pueblo por sus reivindicaciones más preciadas estaba señalando, apuntaba hacia un destino promisorio que ya no era tan utópico como en sus primeros días, sino que avanzaba sobre los restos de la derruida democracia representativa, con la fuerza de la emancipación que día a día se iba gestando entre la revolución y su pueblo.

Chávez comprendió, con su prodigiosa capacidad de visualización más allá del horizonte y de la historia, que la evolución de movimiento de cuadros a partido político popular de alcance nacional, era el paso indispensable para impulsar en forma vigorosa y sostenida el modelo socialista bolivariano que con el cual la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos ya estaban más que comprometidos.

De manera casi simultánea con su nacimiento, el Partido Socialista Unido de Venezuela emprendía entonces el inmenso reto de enfrentar un proceso electoral de importancia trascendental, como lo eran las elecciones regionales para Gobernadores que estaban en puerta, en medio de la titánica tarea de hacerle llegar al pueblo los atributos y características de la nueva organización y la nueva propuesta de corte abiertamente socialista, elevando a la vez la credibilidad en los candidatos que postulaba en todo el país, para asegurar así el triunfo que era tan indispensable para la sobrevivencia de la nueva propuesta partidista, y, por supuesto, para la evolución y perdurabilidad del proyecto revolucionario.

El eslogan desarrollado por la incipiente Comisión Nacional de Propaganda del PSUV en aquel momento, recogía en una sola frase la dimensión del compromiso que asumíamos; “¡Vamos con Todo!” (que años después la írrita dirigencia opositora quiso robar para su entente antichavista).

Hoy, a una década exacta de aquel histórico acontecimiento en la vida política venezolana, el PSUV se activa de nuevo para un Congreso Ideológico de importancia excepcional, en el cual la participación directa del pueblo es probablemente el aspecto más relevante y significativo.

Exactamente igual al convulso periodo de su génesis, la derecha continúa arremetiendo contra el pueblo, tal vez con peor saña y mayor inmisericordia, y con la fuerza que nunca antes tuvo, al disponer hoy de un respaldo del Departamento de Estado norteamericano completamente descarado y sin el más mínimo respeto por el derecho internacional, que orquesta abierta e impúdicamente la criminal agresión internacional de la que es víctima nuestro país.

Frente a esa brutal arremetida, el presidente Nicolás Maduro ha dado pasos sustantivos en la lucha por impedir los estragos de la guerra sobre las venezolanas y los venezolanos. Quienes le acusan de “no hacer nada” para contener la especulación desatada por los sectores más usureros de la economía, así como por los delincuentes que juegan, nacional e internacionalmente, a la destrucción de nuestro sistema económico para sacar provecho político del sufrimiento del pueblo, dejan de lado el inmenso esfuerzo de organización en medio de la guerra que significan acciones contundentes de protección social como los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, que aseguran hoy la cobertura a más de seis millones de hogares (unos veinte millones de venezolanas y venezolanos) con una cesta de alimentos que ningún gobierno del mundo sería capaz de distribuir en medio de ninguna guerra, así como el Carnet de la Patria, que viene a resolver uno de los más perversos mecanismos de destrucción de un sistema económico cualquiera, como lo son los llamados “bachaqueros”, a quienes el Carnet de la Patria les representa un obstáculo de inviolabilidad en las políticas de subsidios directos que el Gobierno Bolivariano entrega hoy a la población a lo largo y ancho del país. Sin dejar de mencionar el Petro, como fórmula de evasión de las ilegales y criminales sanciones que hoy limitan la capacidad de pagos del Estado.

Pero los esfuerzos del Presidente Maduro no se limitan al ámbito del gobierno, sino que se apoyan en la acción de actores políticos de envergadura como la Asamblea Nacional Constituyente, en la batalla por garantizar la estabilidad a lo interno y la confiabilidad de Venezuela ante el mundo.

Por eso en su reunión con los más importantes empresarios e inversionistas durante su reciente gira por Turquía y otros países, tomó como instrumento de soporte en su intensa agenda de intercambios comerciales e industriales, la recién promulgada Ley de Promoción y Protección de la Inversión Extranjera, que la ANC tuvo a bien aprobar para facilitar la labor de recuperación económica del país en la cual está empeñado el Jefe del Estado. De ahí las Ocho Líneas de Acción Estratégica lanzadas por él este mismo mes como tareas impostergables a cumplir en esta nueva y exigente etapa de la Revolución.

Un momento excepcional de la historia, en el cual convergen de nuevo retos políticos de particular relevancia, como los que comprende el IV Congreso del PSUV en su apuesta por la construcción del poder popular desde las bases y sin alcabalas políticas de ningún tipo (tal como lo manda la doctrina chavista), y retos económicos de singular importancia que el país espera con la mayor ansiedad que terminen de concretarse en el bienestar que solo la Revolución Bolivariana puede ofrecerle al pueblo.

Congreso y Líneas Estratégicas deben ser entendidas, entonces, como un solo frente de batalla en función de un mismo destino, irrenunciable e inequívoco, como lo es el socialismo venezolano que Chávez nos legó, junto al logro de la independencia y la soberanía que hoy nos toca defender a toda costa junto a su hijo Nicolás y a la dirigencia revolucionaria que ha dado todo de sí misma para salvaguardar ese preciado sueño del pueblo de Simón Bolívar.

Se reafirma así el curso de una Revolución que vino para hacer justicia social y para quedarse por los siglos de los siglos en el alma de las venezolanas y los venezolanos.

@SoyAranguibel

Venezuela: Percepción vs realidad

Por: Alberto Aranguibel B.

“Mire, hay un prejuicio instalado… hay un prejuicio instalado”
José Luis Rodríguez Zapatero
(sobre la imagen de Venezuela en la Unión Europea)

Muestra irrefutable del férreo control ejercido por el gobierno de los Estados Unidos sobre los gobiernos del continente que se plegaron al mandato del imperio en la 48va Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, llevada a cabo la semana pasada en Washington, fue sin lugar a dudas la perfecta sincronía en el discurso de los cancilleres ultraderechistas que respaldaron esa pretendida emboscada en la que se intentó atrapar a Venezuela con una ridícula resolución, infundada e infamante, abiertamente contraria al espíritu y esencia del Derecho internacional, e innegablemente violatoria de la letra de la Carta fundacional del propio organismo.

Sincronía que quedó en evidencia no solo en la tozudez de cada uno de los reaccionarios que ahí se aliaron con el único infame propósito de mancillar la soberanía de la Patria de Simón Bolívar, sino en la terminología, los giros retóricos y hasta en el preciosismo melodramático utilizados para expresar su repulsa al derecho de nuestro pueblo a la libre determinación.

Ninguno de ellos habló con un discurso propio. Ninguno intentó matizar siquiera la bochornosa posición injerencista que respaldaban, con los extensos recursos que la oratoria diplomática ofrece para enmascarar con un cierto viso de independencia, o imparcialidad al menos, de criterio, la inmoralidad que protagonizaban.

Todos, sin excepción, hablaron de la “agravación de la crisis política en Venezuela” y de la consecuente “situación de dificultades económica, social y de carácter humanitaria”, que resultaría de la primera, es decir; de la supuesta crisis política, para lo cual fue presentada en el foro una única propuesta, a saber; “la convocatoria a nuevas elecciones”, tal como apunta la infame resolución.

Una falsedad que se apoya en la serie de hechos violentos acaecidos hace más de un año en Venezuela, y de los cuales el país ha ido saliendo con un gran esfuerzo del gobierno constitucional del presidente Nicolás Maduro, pese a la brutal arremetida económica del imperio norteamericano contra nuestro pueblo. En ninguna parte de la teoría política o del derecho internacional consuetudinario se considera crisis a la imposibilidad opositora de alcanzar, por su propia ineptitud, el poder.

La difícil situación por la que atraviesa hoy el pueblo venezolano no es de ninguna manera política ni amerita elección o cambio de gobierno, sino que obedece a un plan de cerco económico que busca paralizar el funcionamiento del Estado para provocar su derrocamiento, tal como ha sido confesado abiertamente en infinidad de declaraciones por altos funcionarios del gobierno norteamericano.

Fue esa la razón del estallido social buscado en 2017 por la derecha, que, al igual que hoy, no perseguía soluciones sino hacerse del poder apoyándose en una campaña comunicacional internacional que posicionara la confrontación como un Apocalipsis.

El objetivo de aquella violencia no era otro que el de la construcción de un perfil mediático que presentara a Venezuela ante los ojos del mundo como un país sumido en el caos y la ingobernabilidad, para de esa forma provocar la aceptación internacional de un inevitable cambio de gobierno, sin importar cuán inconstitucional fuese la salida.

El plan tenía la finalidad de sobredimensionar una cantidad de grupos de bandoleros a sueldo que generaban conflictos en apenas unos quince municipios de los trescientos treinta y cinco existentes en el país, razón por la cual el apoyo de los medios de comunicación era mucho más importante para esa derecha desvencijada que la misma búsqueda del respaldo entre los electores. El objetivo era la creación de una percepción de guerra fuera de control que hiciera indispensable una intervención extranjera.

Lo que siempre fue una clara e inequívoca muestra de incapacidad política de la oposición, fue presentado por los medios internacionales como la batalla gloriosa de una supuesta sociedad civil (que no escatimó en derroches melodramáticos para victimizarse frente al mundo) mientras que el gobierno, que daba pasos cada vez más consistentes en el logro de la paz, en la consolidación de su fuerza electoral; en la conquista de casi todos los cargos de representación popular a través del voto; en la indetenible elevación de la estatura política de un líder que se ha ganado el respeto de todo un pueblo a punta de abnegación y entrega a su compromiso con el proyecto revolucionario chavista, que se ha crecido ante los ojos del mundo como un estadista de coraje que ha sabido darle la más dura batalla que ha debido enfrentar el imperio más poderoso de la tierra, era persistentemente presentado como toda una abominación dictatorial.

Luego de superada aquella horrible etapa de la violencia fascista que la derecha desató contra el pueblo, el país está encaminado hoy hacia su recuperación económica definitiva gracias precisamente a la persistencia de los venezolanos y las venezolanas en su apego a la paz y a la democracia.

Por eso el empeño de la derecha internacional en seguir presentando a Venezuela al borde del estallido social producto de una supuesta confrontación política, no es sino una aberración más, fraguada meticulosamente desde el Departamento de Estado norteamericano y mantenida por esos medios de comunicación especialistas en el falseamiento de la realidad como un hecho todavía vigente.

Recuperar la estabilidad del país para retomar la senda del bienestar económico que la revolución bolivariana le ha brindado a los venezolanos, ha requerido de un excepcional esfuerzo político que pasa, en primer lugar, por el llamado a elegir una poderosa Asamblea Nacional Constituyente. Por la renovación, también en forma perfectamente democrática, de todas las autoridades regionales y locales del poder público. Por el combate frontal que el gobierno le ha declarado a la corrupción. Por la lucha infatigable por proteger al pueblo con acciones y programas creados para paliar los estragos de la guerra económica. Por la persistencia en la búsqueda del diálogo con todos los sectores de la vida nacional (iglesia, partidos políticos, empresariado nacional, entre otros) para construir soluciones a la crisis. E incluso por el otorgamiento de beneficios procesales a los privados de libertad por los delitos que tanta angustia y dolor le causaron al país durante las fatídicas jornadas terroristas de aquella etapa violenta que, gracias a todo ese esfuerzo de pacificación, ya hoy podemos considerar superada.

Si algún organismo internacional quisiera ayudar a solventar la crisis económica, que ciertamente padece hoy el país como consecuencia de esas distorsiones promovidas por el imperio norteamericano, tendría que empezar por reconocerle a las venezolanas y los venezolanos la admirable gesta que implica haberse salvado, con su lealtad a la paz y a la democracia, de la guerra.

Tendría que sumar voluntades para promover el levantamiento del criminal bloqueo económico declarado arbitrariamente por los Estados Unidos contra nuestro pueblo y permitir que Venezuela retome el flujo de sus relaciones de intercambio comercial con el mundo, para satisfacer así la demanda de insumos, repuestos, maquinaria y productos de la cesta básica, indispensables para buen funcionamiento del Estado y el normal desarrollo de nuestra economía.

No es intentando revitalizar a una oposición fracasada (alentándola a subvertir de nuevo el orden constitucional a partir de una percepción anclada en un pasado que ya no existe) como se puede ayudar hoy al pueblo venezolano a retomar la senda del bienestar y del progreso.

Persistir en esa infundada matriz mediática de la “crisis política insalvable” que habría en el país, cuando ha quedado perfectamente clara la disposición mayoritaria del pueblo a construir su bienestar en paz, es solo una nueva crueldad contra esa Venezuela que con tanto sacrificio ha luchado por dejar atrás el horror de aquella cruel e innecesaria violencia.

La lucha hoy, como lo ha dicho el presidente Maduro, es por la recuperación económica. No por regresar a la locura de la confrontación fratricida entre venezolanas y venezolanos.

@SoyAranguibel

¿Por qué el capitalismo no impidió la caída de Mariano Rajoy?

Por: Alberto Aranguibel B.

Porque Rajoy no era un presidente del capitalismo, sino un simple capitalista presidente. Un peón más del sistema, que apostó a las reglas del perverso modelo del capital, que dictan, entre muchas otras aberraciones que el capitalismo asume como filosofía, que en el juego del dinero ganará siempre el más competitivo. Es decir; aquel que tenga mayor capacidad de aplastar con su poder financiero a los competidores.

El capitalismo no es presidido por nadie en el mundo. Ni siquiera el más poderoso presidente capitalista del planeta, como lo es el de los Estados Unidos de Norteamérica, puede arrogarse la facultad de ser él, en sí mismo, el rector (o el ideólogo) por excelencia de un modelo que no acepta rectoría alguna que no sea la del capital.

Por eso la caída de Rajoy no es de ninguna manera la caída del capitalismo. Como no lo fueron en su momento; la defenestración política de Silvio Berlusconi en Italia; la destitución y posterior encarcelamiento de Dominique Strauss-Kahn del Fondo Monetario internacional; o de Pedro Pablo Kuczysnski en Perú, a pesar de ser (cada uno en su espacio y su coyuntura particular) iconos indiscutibles del capitalismo.

Incluso existen quienes opinan que, por el contrario, el capitalismo se fortalecería con la caída dentro del Estado capitalista (monárquico, en el caso de España) de al menos un importante exponente de la doctrina del capital cada cierto tiempo, porque ello patentizaría una supuesta capacidad de autorregulación del modelo de libertades que el capitalismo vende al mundo como propias.

Esa lógica del fingido autocontrol explica con perfecta claridad por qué razón el expresidente del parlamento brasileño, Eduardo Cunha, principal promotor del fementido golpe asestado por la derecha de ese país a la presidenta constitucional, Dilma Rouseff, es finalmente llevado a la cárcel apenas dos años después de aquel asalto, con una condena de veinticuatro años de presidio por aceptación de sobornos de la empresa Petrobras y lavado de dinero, entre otros delitos, siendo que su infundada acusación contra la depuesta presidenta se refería precisamente a hechos de corrupción que, en el caso de Rouseff, jamás fueron probados.

En España, Gürtel, la empresa que detona la salida de Mariano Rajoy del poder, es el equivalente a Odebrech y Petrobras en Latinoamérica. Corporaciones todas que se han erigido en líderes de sus respectivos mercados, a partir del mismo principio del desarrollo corporativo determinado por la destreza y alcance de su tren ejecutivo para distribuir dinero entre los funcionarios del Estado en forma de jugosas “comisiones” para hacerse de grandes contratos.

La “comisión” no es delito en el capitalismo. De hecho, es la base de ese modelo, que sobrevive precisamente por el soporte “estratégico” que ella le da a la forma de expansión del capital que mejor resultados le ha ofrecido a la empresa privada a lo largo de la historia.

La “comisión” es en esencia una forma muy rentable de hacer negocios (la más aceptada y extendida como modalidad mercadotécnica en la empresa privada de cualquier tipo en el mundo entero), porque el dinero invertido en comisiones no es capital que pierde o deja de ganar de ninguna manera la empresa, sino que, a la vez que ella va creciendo, es trasladado directamente al consumidor a través de mecanismos de especulación y de usura en el precio final de venta de sus productos ideados y desarrollados por ella misma.

Llega a ser tan conveniente la práctica de la compra de funcionarios del Estado en el capitalismo, que la caída de un importante aliado de negocios (como un presidente español, o uno peruano, por ejemplo) antes que un sacrificio, termina por ser un negocio muy lucrativo en términos de rentabilidad política, porque le permite al capitalismo poder presentarse como un modelo democrático en el que los mandatarios no estarían nunca colocados por encima del poder de las Leyes.

Un gobierno capitalista como el de Mariano Rajoy, enfrentado a la titánica tarea de intentar exterminar a una revolución de profundo arraigo popular como la bolivariana, tal como le fue específicamente encomendado por los más altos estamentos del capitalismo occidental, y enfrentado a la vez en su propio país al repudio masivo de su pueblo por la brutal agresión a la democracia que significa cercenar el derecho al voto, la cruel represión a las protestas contra las hambreadoras políticas neoliberales, el atentado contra la vida que representan los crecientes índices de desempleo, hambre y miseria en España, además de la prostitución de la política a la que lo llevó la corrupción (todo lo cual destruía todos y cada uno de los argumentos que ese gobierno ha esgrimido contra la revolución chavista para provocar su derrumbe, sin lograrlo), no tenía de ninguna manera difícil que la balanza capitalista se inclinara a favor de salir a como diera lugar de ese ya impresentable vocero que tan mal paradas estaba dejando las muy relativas cualidades de su modelo frente a la opinión pública de todo el planeta.

Si las atroces perversiones que la socio-política le ha atribuido ancestralmente a los regímenes dictatoriales, terminan siendo los rasgos que definen de manera más exacta e inequívoca a los gobiernos capitalistas que debieran ser ejemplos de apego a la norma democrática, pero que, además de no ser para nada ejemplos de tal carácter democrático, dejan al descubierto la corrosión ética a la que llegaron a partir de cierto momento los bandidos del Partido Popular español, cuyo afán por la prevaricación traspasó los linderos del desenfreno, entonces el problema de cargar con lastres como Rajoy es mucho más grave que la lesión que pudiera causarle a la imagen del capitalismo la impostura o el exceso en el empeño de éste por hacerse de grandes fortunas birladas al erario público.

El problema para el capitalismo es que, en la medida en que se expanden esos grandes negociados de las corporaciones que medran en el Estado a costa de coimas, comisiones, y corruptelas de todo tipo con el inmoral funcionariado que va encontrando a su paso como aliado natural de clase, es decir; con los capitalistas infiltrados dentro del Estado, los líderes anti capitalistas (léase; Luiz Inacio Lula Da Silva, Rafael Correa, Cristina Fernández, o Nicolás Maduro) van a ir quedando cada vez más en evidencia ante el mundo como auténticos demócratas, a quienes los pueblos siguen con la más entera devoción principalmente por su solvencia ética, su rectitud y su honorabilidad en el manejo de los dineros públicos.

Dado que la plutocracia, el gobierno de los ricos, carece de un sustrato ideológico que le imprima sustentabilidad social (porque jamás las élites oligarcas han sido más numerosas que las clases desposeídas), todo riesgo de afectación a su imagen es por demás innecesario.

Pero, cuando el capitalismo entra en una fase de franco declive, como en la actualidad, y ciertamente su sostenibilidad es cada vez más precaria en virtud de la inédita proliferación de modelos alternativos (que van desde el poderoso modelo chino de economía mixta, el ruso de producción independiente altamente tecnificada, el iraní o el revolucionario venezolano de participación popular protagónica, entre otros) entonces la solidaridad automática con un personaje perfectamente prescindible como Mariano Rajoy se torna en amenaza.

Rajoy, como ningún presidente capitalista, no puede hundir por sí mismo al capitalismo. Pero, si el capitalismo ya se está hundiendo, es obvio que una carga muerta como la que él representa puede acelerar su inexorable naufragio. Algo que el capitalismo no está dispuesto a aceptar, por ahora, sin tomar al menos las correspondientes medidas de profilaxis a lo interno de su ya maltrecho y herrumbroso sistema.

A la larga, se cumple en la práctica lo que una franquista oligofrénica vocifera por estos días en un delirante audio que circula por las redes sociales, cuando advierte histérica que no cree que el causante del exterminio político de Rajoy sea Pedro Sánchez (a quien califica de “berzas, tonto útil”), sino Nicolás Maduro.

Lo que no quieren que veamos –dice- es cómo Maduro va entrando y se va poniendo en el sillón […] Qué corrupción de Rajoy ni que nada; la corrupción está en que Maduro se está metiendo en España.

Quizás la desquiciada española no esté tan loca como su demencial relato la presenta. Lo que dice es exactamente lo mismo que con toda seguridad pensó el capitalismo cuando sin la menor misericordia ni contemplación decidió lanzar a inefable Rajoy al basurero de la historia.

Allá de aquellos que tanto se afanaron por lo que a la postre sería cuando mucho el más vergonzoso selfie de la historia… el risueño pero pavoso selfie con el corrupto de Rajoy, a quien ni siquiera el propio capitalismo quiso salvarlo.

@SoyAranguibel

Revolución Bolivariana: ¿comenzar de nuevo o ir más allá?

Por: Alberto Aranguibel B.

En su discurso de salutación al país con motivo de su reelección como Presidente Constitucional de la República, el presidente Nicolás Maduro alerta sobre el carácter histórico del proceso iniciado hace ya 18 años por el comandante Hugo Chávez, convocando a una fase de revisión profunda que condujera a retomar los principios ideológicos de la Revolución Bolivariana, para acabar definitivamente con las distorsiones que han obstaculizado el avance de la misma.

“Estamos haciendo historia –dice- todo esto es historia nueva, porque en Venezuela hay una revolución democrática, profunda, pacífica, constitucional; hay una revolución en etapa constituyente, creando y canalizando las fuerzas de la Nación por la vía política, democrática, pacífica.”

Su llamado, sin embargo, pareciera chocar una vez más contra el mismo muro de incomprensión contra el cual ha chocado desde siempre el discurso progresista en el mundo, erigido por una sociedad profundamente reticente a una verdadera transformación a fondo del sistema democrático que la humanidad ha conocido desde hace más de quinientos años.

Desde que el comandante Chávez diera aquel audaz paso de convocar al liderazgo revolucionario a emprender hacia lo interno una etapa de revisión intensiva, que él mismo denominó de las 3 erres; revisión, rectificación y reimpulso, la revolución ha asumido que las deficiencias que anidan en las estructuras de sustentación institucional del gobierno revolucionario, son solo producto de vicios endémicos que corroen la integridad ética de la dirigencia y la hacen incapaz de comprender la verdadera dimensión del compromiso.

Por supuesto que hay que reconocer la enajenación en las convicciones de aquellos que ciertamente consideran lograda la emancipación del pueblo cuando los “emancipados” son apenas ellos mismos, apoltronados como están muchos en los ampulosos despachos que circunstancialmente se les han asignado para llevar adelante una labor de servicio que a la larga devienen nada más en más problemas.

Pero reducir el mal que padece la revolución solamente a la relajación moral de la dirigencia, pareciera estar todavía muy lejos de alcanzar el nivel de una diagnosis exhaustiva del problema, que sin lugar a dudas padece el proceso, y que sin lugar a dudas debe ser extirpado desde su misma raíz si de verdad se persigue la transformación de la sociedad y no una simple recuperación de la eficiencia en la gestión pública.

“Venezuela necesita un nuevo comienzo en revolución, con revolución y para hacer revolución” ha dicho el presidente y ese debe ser el punto de partida de la reflexión necesaria a la que está llamando. Los postulados, los retos y los objetivos revolucionarios, han sido perfectamente establecidos. El comandante Chávez los expuso de mil maneras a lo largo de tres lustros de intenso debate ideológico con el pueblo. Pero, ¿está clara la hoja de ruta para alcanzar ese utópico horizonte que nos hemos propuesto desde este punto de partida que significa el modelo democrático participativo y protagónico que la misma revolución propuso como base de la transformación por construirse?

Bajo ese modelo democrático, el presidente Nicolás Maduro se ha convertido, tanto en términos absolutos como en términos porcentuales, en el presidente más votado en la historia política venezolana, después del comandante Chávez, no solo una vez sino en dos ocasiones, colocándose en las dos oportunidades muy por encima del apoyo popular alcanzado por todos los presidentes de la cuarta república.

Sin embargo, el mandatario venezolano es asumido hoy por los voceros más emblemáticos de la democracia occidental como un dictador, brutal y sanguinario, y de esa forma es presentado por los grandes medios de comunicación al servicio de esa democracia que dice responder a la más elevada aspiración de justicia social concebida por la humanidad.

No solo el espurio presidente de los Estados Unidos arremete hoy contra el mandatario que mayor respaldo popular legítimo tiene en el continente, sino personajes que jamás han sido electos por nadie, como los representantes de la Unión Europea o el Secretario General de La OEA, sobre quienes ha recaído la bochornosa responsabilidad de responder a las necesidades genocidas del imperio norteamericano contra nuestro pueblo, en nombre de esa democracia que tanto reivindican.

¿Será acaso en verdad la Revolución Bolivariana la que está fallando, o será más bien que el origen del problema está en la génesis misma de lo que pretendemos reparar para intentar hacerlo funcionar bien?

En su enjundioso libro “Una Constitución para todos”, Marcelo Koenig describe con perfecta claridad el origen del problema que enfrenta hoy no solo la Revolución Bolivariana sino la humanidad entera.

Citando a Ernesto Sampay, dice: “La burguesía consiguió la adhesión activa del pueblo bajo para derrocar al despotismo que, con los procedimientos característicos de esta institución viciosa, defendía el régimen socio-político feudal en su trance crítico; pero en seguida, a fin de contener a ese aliado circunstancial que perseguía objetivos allende a los suyos, se vio forzada a tranzar con los elementos sobrevivientes del enemigo derrotado. Tal avenencia, iniciada con el Thermidor, se consolidó en el Congreso de Viena de 1815, cuando la burguesía, salvando sus libertades económicas, aceptó compartir el gobierno con las dinastías feudales de Europa.”

“En Europa –sigue diciendo Koenig- la situación de predominio absoluto de la burguesía se extendió engendrando sus propios antagonistas: los obreros. La irrupción de los trabajadores en la historia, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX, aprovechando las libertades democráticas que había instaurado la burguesía en beneficio de sí misma, fue cambiando la escena de la Constitución real en los países europeos. Pero la amenaza de la aparición de estas luchas –de ampliación de derechos de civiles a económicos en las clases oprimidas- fue lo que hizo que la burguesía se tornara cada vez más reaccionaria, llegando incluso en muchos países a apoyar regímenes autoritarios que iban en contra de las libertades que fueron sus banderas”.

La democracia contemporánea no es sino el residuo calamitoso de un modelo ambicioso concebido por las clases dominantes para ampliar su dominio económico sobre la sociedad, pero que jamás tuvo en sus genes la sed de justicia del pueblo. Solo así es posible comprender el abominable injerto entre monarquía y democracia que en pleno siglo XXI todavía subsiste con total vigor en el continente europeo.

En defensa de esa democracia que se le vendió siempre al mundo como el modelo que aseguraría de manera perfecta la armonización de intereses colectivos e individuales en la sociedad, se han cometido y se cometen las peores atrocidades en contra del ser humano para preservar los intereses económicos de sus opresores.

Para esa burguesía que ataca hoy a la Revolución Bolivariana el problema no es de ninguna manera si el modelo democrático es representativo o participativo y protagónico, y mucho menos si su funcionamiento se ajusta o no a los criterios de la eficiencia y la idoneidad en el ejercicio del gobierno, sino que la democracia debe estar siempre al servicio de los ricos y jamás en las manos del pueblo.

En Venezuela el pueblo lo tiene perfectamente claro y eso explica la persistencia inquebrantable en su respaldo a la revolución. El presidente Maduro lo sabe y en ese sentido ha orientado la estrategia. “No creo que ninguno de nosotros vaya adelante del pueblo. No, aquí va adelante ese pueblo hermoso (y no lo estoy sublimando o mitificando, no). Es una realidad venezolana porque es un pueblo, es el pueblo glorioso de los libertadores. Además, es el pueblo que captó, que recibió la siembra espiritual de nuestro comandante Chávez.”

Ciertamente, no quepa la menor duda, hay que retomar el proyecto original bolivariano y chavista para refundar el inédito proceso de inclusión y de bienestar social alcanzado por la revolución en su primera fase. “Hace falta una gran rectificación profunda, hace falta un reaprendizaje profundo, hace falta hacer las cosas de nuevo, mejor. Hay que hacer las cosas de nuevo y mejor, más allá de la consigna, más allá del aplauso.”, ha dicho el presidente.

Hagámoslo, pues. Pero empecemos por revisar si lo que vinimos a hacer fue a satisfacer las ancestrales aspiraciones de la burguesía en procura del perfeccionamiento de una vetusta democracia que jamás resolverá los problemas de la humanidad, o si por el contrario nuestro papel en la historia es abrirle posibilidades ciertas a una nueva forma de vida, en la que los retos surjan de una nueva concepción de lo que en su momento se denominó el “pacto social”.

Es a eso a lo que aspira el pueblo.

@SoyAranguibel

Nicolás Maduro… ¡Por la grandeza de la Patria!

Yldefonso Finol: Venezuela 20 de mayo 2018: la razón histórica

Por: Yldefonso Finol

Cuando el domingo 20 de mayo el pueblo venezolano vote masivamente y elija a Nicolás Maduro para su segundo mandato presidencial, se habrá producido un acto de rebelión bolivariana contra la intervención extranjera y la arrogancia imperialista.

Debe saber el mundo que el pueblo chavista es quien más sufre la crisis que vivimos. Nosotros padecemos tres veces los graves problemas que aquejan a Venezuela: como asalariados, la mayoría chavista cargamos con el peso de la hiperinflación y la carestía; tenemos que combatir contra el enemigo externo como contra quienes no quieren a la patria, y peor aún, aquellos que disfrazados de revolucionarios se han enriquecido robando dineros de la nación, o medran entre la burocracia ineficiente e indolente. Dolor material y moral. No hemos luchado tanto para que tipos como Luisa Ortega y Rafael Ramírez –y otros muchos roedores en evidencia o entaparados- vivan en el extranjero como magnates. Tampoco para que el país esté tan fregado.

Contra todo eso votaremos el próximo domingo: contra la impertinencia del “Cartel de Lima”, pandilla de mandaderos del patrón gringo; contra la injerencia depravada del imperialismo con sus tentáculos visibles e invisibles; contra la grotesca manipulación monetaria que ha destruido nuestra moneda, los raspacupos, cadivistas, comisionistas, banqueros, corruptos, matraqueros; contra todo cuanto ofenda la ética a que estamos obligados los bolivarianos. Porque ante los desmanes de la elite corrupta que recién se va “descubriendo”, muchos fuimos marginados o estigmatizados por haber hecho las críticas oportunamente, o por no ser del agrado de enseñoreados entornos adulantes.

II

La militancia chavista conocemos perfectamente la difícil situación del país y sabemos concienzudamente sus causas. Nadie crea que logra engañarnos. Ni el discurso de algunos oportunistas “gobierneros” de que “don’t worry, be happy”; ni los augurios apocalípticos que a diario bombardea la mediática transnacional antibolivariana.

Hay claridad más allá de las limitaciones. Puede fallar la electricidad, pero no la luz que emerge como flama liberadora desde las cavernas de nuestra historia. Escasean víveres que una imposición consumista convirtió en necesidades, pero nunca falta el huerto solidario que heredamos de los amores más puros. Desconfiamos de la burocracia a la vez que requerimos lo mejor de servidores públicos comprometidos. Nunca renunciamos al derecho de exigir lo justo y cuestionar lo desacertado. Luchamos por el buen vivir, y nos mueve el deseo del bien común. Es el rango de nuestro socialismo.

III

Cuando el domingo 20 de mayo de 2018 vayamos a votar por la tarjeta más roja que lleve el rostro de Nicolás Maduro, seguro estaremos votando contra todo lo que representa nuestro principal y más peligroso adversario: Donald Trump.

Votaremos por la dignidad mancillada de México, a cuyos ciudadanos llaman “violadores”, los deportan en masa y les hacen un muro para tildarlos de indeseables. Votaremos por el México de Villa y Zapata, contra estos mequetrefes de hoy que lo arrodillan al “pinche gringo”; para que renazcan 43 jóvenes y no masacren decenas de periodistas. Para que se acabe la “ley de Herodes”.

Sufragaremos en forma democrática, segura y tecnificada, contra los que mataron a Sucre y atentaron contra Bolívar aquella noche septembrina; estos mismos que ansían vernos de rodillas y parecen no conocernos estando allí tan cerca. Recuerden algo malos vecinos, cuando vuestro acomplejado leguleyo dijo “hasta este riachuelo no más”, nuestro Libertador apenas afilaba su espada para tallar tras sobre las cimas del universo, un nuevo mundo.

Marcaremos votos como claveles rojos para Berta Cáceres, contra los cobardes asesinos criados en bases militares gringas. Nuestro voto es un grito de protesta contra todo patriarcado, todo machismo, toda traición de la hermandad del hombre. Votamos por Milagros Sala haciendo una casa común para los desterrados, por Santiago Maldonado rescatando territorio del mapuche originario invencible.

El chavismo vota contra el genocidio en Palestina invadida por un engendro imperialista, cuya fuente de poder es estar sustentado por el capital financiero global. Votamos contra todo apartheid, racismo, fascismo, nazismo, sionismo, capitalismo. Votaremos para seguir aupando patrias saharauis y boricuas; sufragio que reivindica la utopía de una mejor humanidad.

IV

Es nuestro voto un canto para alimentar la lucha que tenemos por delante. No es un domingo para el reposo, sino una carga de energía para la batalla al despertar. Los enemigos de nuestros sueños chillarán su maledicencia previsible. Nosotros tornaremos al hogar, a la modesta mesa, con la calma del vencedor que sabe que cada combate es sólo una mínima jornada en la causa constante e inmortal de sembrar futuro.

Somos conscientes que nuestra victoria se construye con días de entrega colectiva, no con furias ni arrebatos charlatanes, sino con paciente ternura, audaz tenacidad. Seremos manos trenzadas en tricolor cadena de amaneceres; el almanaque que suma vidas sin tiempo, esperas sin cansancio, edades sin renuncia.

Ritual incomprensible para momios. Las nuestras son victorias magnánimas. Nada de venganzas, nada de vetustos enconos. Tenemos mucho por hacer: todo cuanto soñaron –y aún no lograron- los mejores hijos de la humanidad.

V

Por eso votamos por el rojo más rojo del pentagrama electoral. Porque somos incorregiblemente rojos como la victoria roja contra el nazismo, como los rojos poemas del rojo poeta Neruda, o Alberti, o Dalton, o Machado, o Nazoa, o Valera Mora, o Guillén, o Gelman, como todos los mejores poetas que son rojos todos sin excepción; rojos como el canto de los rojos cantores, nuestro Alí Primera, nuestro Víctor Jara, nuestro Biglietti, nuestro Silvio Rodríguez, nuestra Gloria Martín, nuestra Lilia Vera, nuestra Yolandita Delgado; rojas canciones que nos alumbran los Techos de Cartón, que nos llaman A Desalambrar, que nos hicieron Asaltantes del Poder, que nos convocan a la perseverancia eterna.

Para lo que nos requiera la revolución en cualquier circunstancia, votaremos con los bolsillos vacíos, sin prebendas indignas, sin ofertas electoreras, sin “dando y dando”, con renuencia a las promesas, con renuncia de expectativas personales, con un cheque en blanco a la vida, sin condiciones ni más garantías que las que emanan de nuestras propias convicciones, votaremos por la inmarcesible gloria del ejército emancipador que aún lidera El Libertador Simón Bolívar.

No necesitamos más justificación que estar del lado correcto de la historia: contra el imperialismo siempre; siempre con el pueblo trabajador.

yldefonso-FINOL

Yldefonso Finol