Signos de esperanza

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde tiempos inmemoriales, la llegada de un nuevo año trae consigo la expectativa común de un porvenir venturoso, independientemente de la realidad objetiva que le preceda. Asociado al nacimiento del niño Dios y a la conmemoración del arribo de los Reyes Magos en un mismo periodo de apenas pocos días, el carácter del año nuevo es el del alumbramiento de la esperanza.

En la Venezuela actual, esos signos esperanzadores prevalecen más allá de las profundas limitaciones a las que ha sido sometido nuestro pueblo con el criminal asedio que hoy castiga de manera despiadada la irreductible vocación independiente y soberana del mismo.

Hay, claro que sí, muchos problemas que deben resolverse para poder alcanzar el estado de bienestar al que tiene derecho ese pueblo, que con tanto coraje lucha día a día por recuperar y sostener el logro de inclusión y de justicia social que solamente la Revolución Bolivariana le ha deparado en casi dos siglos de lucha, y que vilmente le fue arrebatado por la insaciable sed de poder de una camarilla de dirigentes de la oposición que han trabajado incansablemente durante años por la destrucción y el entreguismo de la Patria.

La elección e instalación de un nuevo parlamento de indiscutible mayoría revolucionaria, es uno de esos signos inequívocos del auspicioso tiempo de buenas nuevas que se avecina, y en el cual el pueblo ha cifrado sus más sentidas esperanzas precisamente por el carácter eminentemente popular de su conformación. Si algo queda claro, es que la nueva Asamblea Nacional ya no es más el centro del poder de la oligarquía vendepatria que tanto daño le causó a las venezolanas y los venezolanos el último lustro.

Otro signo indiscutible de un mejor porvenir es sin lugar a dudas la estruendosa defenestración del abominable presidente de los Estados Unidos que impulsó desde la Casa Blanca la brutal agresión vertida contra nuestro país en ese mismo lapso nefasto en el que la derecha controló el parlamento venezolano. Ya ese demente sin solución pasará a la historia como el desquiciado que puso al mundo al borde de una tercera (y quizás última) conflagración mundial por su sola naturaleza arrogante y supremacista.

Pero, el más alentador quizás, es que ya no habrá un Guaidó perturbando la vida del país.

@SoyAranguibel

Ahora se entiende el cobarde plan…

Por: Alberto Aranguibel B.

Nunca tuvo sentido alguno que la más poderosa potencia militar sobre la tierra acusara de “amenaza” a un país de apenas treinta millones de habitantes como Venezuela. Todo parecía ser solo una maniobra mediática más para tratar de justificar ante el mundo cualquier acción de asedio y de agresión contra nuestro país.

No parecía lógico que frente a la amenaza que representa por ejemplo Chile, que posee el triple del armamento aéreo de todo el que posee Venezuela, jamás fuera señalado de ser ningún peligro para nadie.

Como tampoco lo ha sido Colombia, cuyo estamento militar está integrado por más de seiscientos mil hombres (siete veces más que Venezuela), además del peligro para la región que representan nueve bases militares norteamericanas en su territorio.

Ni mucho menos Brasil o Argentina, cuyas economías sostienen la más avanzada industria armamentista del continente, incluyendo astilleros, fábrica de aviones, y tecnología de punta en comunicaciones.

Solo se justificaba tan delirante acusación si el propósito era otro de mayor importancia y significación que el de simplemente difamar a la Revolución Bolivariana. Amén, por supuesto, del claro propósito de saqueo al que se orienta la estrategia del imperio.

Esa verdadera justificación de fondo ha aparecido a la luz pública en boca de todos los presidentes neoliberales del continente.

Para el mundo capitalista, consciente como está de su inexorable declinación histórica, era más que evidente que el resurgimiento de algunos gobiernos neoliberales en la región (casi todos surgidos de muy particulares crisis institucionales o legales, antes que de verdaderos triunfos electorales de carácter mayoritariamente populares) no garantizaba de ninguna manera la consolidación del modelo capitalista.

Que más temprano que tarde los pueblos se levantarían contra las impopulares medidas económicas que estaban obligados a aplicar en cada uno de esos países, con lo cual un nuevo fracaso neoliberal en la región sería inevitable.

El problema es que, por una deformación histórica inducida en la sociedad por la derecha y sus medios de comunicación, si por alguna extraña razón o causa inusitada, al capitalismo le llegara a ir bien en algún momento, la mediática mundial afirmará categórica que es producto de la supuesta eficiencia del capitalismo como modelo económico. Pero cuando le va mal, como sucede hoy en Latinoamérica, y como ha sucedido en el mundo entero desde siempre, entonces esos mismos medios van a sostener enfáticos que fracasa por culpa del socialismo.

De no existir en la región ese Estado socialista, no tendrían a quién responsabilizar. Solo acusando a un país al que se hubiera posicionado mediáticamente ante la opinión pública como “amenaza”, podría esa derecha intentar evadir su responsabilidad en esa nueva derrota, haciéndolo aparecer culpable del hambre y la miseria que en realidad solo el capitalismo causa.

Por eso la derecha mundial señala hoy a una sola voz al presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, como el culpable de las convulsiones que solo el Fondo Monetario Internacional y sus desalmadas recetas neoliberales han desatado en todo el continente suramericano.

Desde el principio ese fue siempre el cobarde plan. Gritar “¡Allá va el ladrón!”

@SoyAranguibel