Asamblea Nacional: rumbo a la elección más importante de la historia

Por: Alberto Aranguibel B.

El primero de mayo de 2017, conmocionado todavía el país con la brutal arremetida de la derecha para tratar de acabar con la democracia venezolana, el Presidente Constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, convocaba al pueblo para la elección de una soberanísima Asamblea Nacional Constituyente que diera al traste con la violencia y el terrorismo con el que la oposición pretendió asaltar el poder, y alcanzara la paz tal como lo hizo dos meses después desde el instante mismo de su elección.

A partir de ese momento, y transcurridos casi dos años de aquel excepcional acontecimiento político que transformaría para siempre la idea de la democracia en Venezuela con la puesta en marcha del parlamento más numeroso y de mayor representatividad popular que jamás haya existido en el país (más de quinientos cuarenta constituyentes elegidos no solo territorialmente sino por los más amplios y diversos sectores socioproductivos) la expectativa nacional ha estado centrada en el “producto” que de ese importante actor político debe emanar.

La mayoría piensa que su labor es la de garantizar el buen funcionamiento de la economía mediante Leyes y normativas de control que surjan de su seno. Otros, no menos preocupados, estiman que la labor del órgano constituyente es la de obligar al Poder Ejecutivo a cumplir con dichas Leyes y normativas para asegurar el orden en el ámbito no solo de la economía, sino de funcionamiento mismo del Estado.

Todos, sin excepción, claman por el nuevo texto constitucional que debe redactar y debatir dicha asamblea constituyente, para ser sometida a la aprobación del pueblo en referéndum, porque se considera que es ese el trabajo que en definitiva le corresponde a dicho ente.

Pero la función más importante de la ANC, en medio de la apremiante y particular coyuntura económica, social y política por la que atraviesa el país, es mucho más que todo eso, tal como lo ordena el Artículo 347 de la CRBV que le asigna como atribuciones no solo la redacción de un nuevo texto constitucional, sino también, y con la misma relevancia, la creación de un nuevo ordenamiento jurídico, así como la transformación del Estado.

Evaluadas las prioridades, como corresponde a todo proceso constituyente, fue perfectamente claro desde un primer momento que la tarea más urgente era el rescate de la gobernabilidad, severamente afectada hasta aquel momento por la aviesa acción terrorista llevada a cabo por la oposición no solo en las calles sino a lo interno de las estructuras del Estado, mediante el concurso de miles de opositores infiltrados como funcionarios en todos los organismos públicos desde mucho tiempo atrás para, llegado el momento, intentar hacer implosionar al gobierno desde sus propias entrañas.

Si en ello la idea de la transformación del Estado, para asegurar la paz y la convivencia alcanzada con aquella elección masiva que le daba su legitimidad, aparecía como la más importante, entonces la obligación era atender esa tarea en primer lugar. Porque sin el aseguramiento de la paz, todas las demás acciones que se intentaran en lo económico, en la revisión del ordenamiento legal, en la supervisión y contraloría del estado, etc., habrían sido inevitablemente infructuosas.

La guerra desatada por la derecha nacional e internacional a lo largo de todo este periodo se ha fundamentado en la acusación de dictadura que los medios capitalistas le han acuñado a la Revolución Bolivariana, en virtud de lo cual el rescate de la verdad frente a esa infame acusación era igualmente impostergable. Se necesitaba demostrarle al mundo, mediante la intensificación del ejercicio del voto, que la democracia venezolana es hoy por hoy una de las más sólidas y avanzadas, y reducir con ello al mínimo la eventual duda que pudiera tener algún venezolano al respecto.

Por eso la convocatoria a elecciones adelantadas para renovar los cargos de elección popular en todos los niveles de la administración pública, incluyendo gobernadores, alcaldes, concejales y Presidente de la República, fue definitivamente la más trascendental y determinante de todas las acciones que hubiera podido acometer la ANC en estos dos años. Mientras la derecha se empeñaba en derrocar a uno solo de esos funcionarios, creyendo estúpidamente que de esa forma puede declarar reinstaurado su salvaje modelo neoliberal en el país, el pueblo acudía masivamente a reiterar su vocación democrática, expresada a través del voto universal, directo y secreto constitucionalmente establecido, eligiendo libre y soberanamente a todos sus gobernantes, lo que ha impedido el triunfo de la derecha en los escenarios internacionales donde ha intentado cercar al gobierno bolivariano con el falso expediente de la dictadura.

Lo correcto, entonces, es adelantar igualmente las elecciones para escoger una nueva Asamblea Nacional, tal como lo hemos planteado desde hace varias semanas algunos constituyentes a lo interno de la plenipotenciaria ANC, y como lo ha propuesto este sábado el propio el Presidente Constitucional de la República, Nicolás Maduro Moros.

Nada se hacía en la búsqueda de la gobernabilidad y el rescate de la estabilidad económica, social y política que el país necesita para avanzar consistentemente hacia su recuperación y retomar la senda del bienestar y el progreso al que aspiran las venezolanas y los venezolanos, si no se cumplía con la renovación plena de todos los poderes, y se ratificaba de esa manera ante el mundo que el chavismo no es solamente la orientación política personal del Primer Mandatario, sino un sentimiento nacional auténtico, expresado de manera reiterada e inequívoca a través del voto popular mayoritario.

La elección que llevó a la oposición a controlar el Poder Legislativo de 2015 (uno solo apenas de los cinco en los que está constituido hoy el Estado), no fue de ninguna manera crecimiento alguno del antichavismo, sino el traspié más grave que pudo haber dado la Revolución Bolivariana al permitir en aquel momento la desmovilización de más de dos millones de su votación promedio, obtenida consistentemente a lo largo de dos décadas.

Tal distorsión permitió que se desataran desde aquel momento los demonios de una derecha que se sabe inexorablemente derrotada por el movimiento de redención popular más numeroso, comprometido y activo que jamás haya existido en Venezuela (y muy probablemente en el Continente) como lo es el chavismo. En virtud de lo cual se abocó al desquiciado empeño del derrocamiento del Presidente de la República, mediante la utilización de los más inimaginables e insensatos artificios de violencia, terrorismo, criminalidad y entreguismo que nunca antes haya conocido el suelo patrio, llevando al país al borde del más hondo y trágico precipicio al que jamás haya podido asomarse, como lo es la amenaza de una invasión militar por parte de la más cruel y sanguinaria potencia imperialista de la historia.

Frente a esa amenaza. Frente a la infame desvirtuación de la realidad a la que estamos sometidos por la mediática de guerra que apoya a esa derecha golpista. Frente a la pérfida acusación de dictadura que han implantado en el mundo contra el gobierno legítimo del Presidente Constitucional de la República, Nicolás Maduro. Frente a la duda que algún venezolano pudiera tener acerca de las perversas intenciones entreguistas de ese liderazgo opositor que hoy se siente oxigenado con la vocería de un arribista insensato y de medio pelo que no tiene ni idea de la barbaridad que protagoniza, la ANC tiene que aprobar dicho Acuerdo de Convocatoria a nueva elección de la Asamblea Nacional, para resolver, no uno sino todos, los graves problemas que afronta hoy el país, derivados casi en su totalidad del irracional delirio golpista de quienes hoy la integran.

Aprobar ese adelanto de elecciones, no será, pues, un tiránico acto de retaliación política (como seguramente dirán), sino un acto de ratificación plena y absoluta de la democracia participativa y protagónica con la cual Venezuela le da hoy lecciones al mundo de verdadero respeto a la libertad y a los derechos humanos.

Respeto al pluralismo político que esa derecha putrefacta y carcomida pretende destruir entregando la Patria y poniéndose de rodillas al imperio. Algo que, salvo las contadas excepciones que representa esa insensata dirigencia opositora, repudian por igual todas y todos los venezolanos en esta crucial hora de nuestra historia.

Pero, sobre todo, será un acto que demostrará sin el menor atisbo de duda que las venezolanas y los venezolanos somos una sólida y poderosa masa humana cohesionada en torno a la más clara e irreductible idea de soberanía y de independencia.

@SoyAranguibel

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