¿Por qué los escuálidos se comportan como se comportan?

Por: Alberto Aranguibel B.

“Esta actitud de hombre deshumanizado, de hombre que no se preocupa del hombre, que no sólo no es el guardián de su hermano, sino que tampoco es siquiera su propio guardián es una actitud característica del hombre enajenado” Erich Fromm

En la urbanización Los Naranjos, en el este de Caracas, se produjo hace pocos días un hecho que fue desechado como “fiambre” por las mesas de redacción de los medios de comunicación privados.

Muy cerca de la urbanización más opulenta del país, La Lagunita Country Club, organismos del Estado llevaron a cabo un procedimiento de desalojo en un local comercial conocido como La Joyería, donde además de frutas se expenden desde hace varios años todo tipo de productos de consumo a los precios especulativos más elevados que puedan encontrarse hoy en el mercado venezolano. Por eso su nombre no puede ser producto sino de un acto de brutal cinismo.

El operativo encendió las alarmas de los acaudalados vecinos de la zona, quienes de inmediato se activaron a través de las redes sociales para expresar su repudio al hecho y elevar al cielo su grito de rebeldía en contra de la “dictadura” que según ellos impera en el país, en un acto de solidaridad automática con el dueño del local, cuyas precarias instalaciones de improvisación nunca alcanzaron el nivel mínimo de dignidad estructural como para considerarlas en el rango de “edificación”.

Una de las más respingadas exponentes de la clase de nuevos ricos devenidos en oligarcas que pueblan la zona, la ex alcaldesa Ivonne Attas (copeyana), denunció a través de su cuenta tuiter lo que ella insistentemente describió a lo largo de una larga cadena de mensajes sucesivos como “una agresión a la clase media” por parte del Gobierno nacional.

“Ahora mismo están tumbando todo lo que fue la famosa frutería La Joyería, en Los Naranjos, para construir allí una misión vivienda”, aseveró en tono de alerta a la “sociedad decente” del este del este.

“Faltaba la rancherización de la Tahona y Los Naranjos y está lista la futura Misión Vivienda allí donde estaba La Joyería”, siguió persistente en su fascista discurso contra uno de los más emblemáticos programas sociales de la Revolución Bolivariana, como si tuviese en sus manos las pruebas irrefutables de la agresión que denunciaba.

“Paso a paso la Revolución exterminadora va rancherizando el país y arruinando la clase media”, decía en otro mensaje cargado del más ácido y repugnante odio hacia todo lo que tenga que ver con el pueblo, los pobres a quienes la Revolución ha hecho centro fundamental de atención gubernamental.

Exasperada y presa de la ira, gritaba por las redes “¡El fin de la clase media! Misión Vivienda en el Hatillo donde hubo siempre una frutería”.

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Cuando se conoció que el procedimiento obedecía a un litigio legal entre el dueño del local y el propietario del terreno, o sea que se trataba de un pleito entre capitalistas y no de una invasión para instalar ninguna Misión del Gobierno, la virulenta opositora metió el freno.

La lacónica respuesta de la oligarca de marras fue: “Nos alegramos que no hay Misión Vivienda en el Hatillo como afirmaron los propios empleados de la frutería”.

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No existe en las redes ni un solo tuiter de algún empleado de la frutería difundiendo el infundio del supuesto asalto a la clase media. Los únicos que se consiguen son los escritos por la escandalizada burguesía de la zona pidiéndole auxilio hasta al inútil de su alcalde, al que viven reclamándole también por tuiter que no hace nada. Sin embargo, la muy encopetada dama señala como autores de la irresponsabilidad directamente a los humildes empleados del local. Ahora dirá que le jaquearon la cuenta.

La secuencia de textos (y su tono repugnantemente racista) serviría para hacer un denso estudio sobre la disociación sicótica del escuálido promedio en la Venezuela de hoy. Pero nosotros vamos a comentar apenas dos o tres aspectos del mismo que nos resultan harto reveladores de la naturaleza repulsiva del discurso opositor que la derecha ha instaurado en la mente de una porción importante de venezolanos.

En primer término hay que destacar la irresponsabilidad de la acusación al voleo y sin fundamento. Una práctica común en las filas opositoras producto del perverso manejo del engaño y la manipulación que la dirigencia opositora lleva a cabo para tratar de general en sus filas la irracionalidad que le es indispensable para avanzar en el escenario político sin necesidad de presentarle a sus seguidores una propuesta consistente y viable que justifique su terca aspiración de hacerse del poder.

Más ominoso aún que la irresponsabilidad con la que los escuálidos sueltan acusaciones contra el chavismo desde las filas opositoras, es sin lugar a dudas la impudicia y el cinismo con el que siempre pasan la hoja sin rectificar ni asumir culpa alguna cuando las evidencias demuestran lo infundado de sus acusaciones. La figura del “Mea Culpa” cristiano no está contemplada en la conducta del escuálido cuando de pedir perdón a los pobres se trata.

El oligarca tiene como parte de su estructura molecular el gen de la soberbia. Ser rico no es solo el poder de disfrutar, mediante la explotación del hombre por el hombre y la concentración del capital, de los bienes materiales fabricados por el ser humano y los recursos naturales dispuestos por el Creador sobre la tierra. Ser rico es el placer de disfrutar la superioridad de clase. Es poder mirar al pobre de cerca en su condición de oprimido y explotado, ya sea como mesonero, chofer, jardinero o limpiabotas, como quien contempla complacido a los animales en cautiverio en medio del zoológico.

¿Qué lleva a un nuevo rico a eximir a otro de toda culpabilidad cuando las evidencias lo dejan al descubierto en la violación de las leyes que quebrantan incluso los más sagrados intereses del capital privado, como en este caso?

¿Por qué a la hora de todo acto delincuencial la tendencia natural de la burguesía es hacia la descalificación y la condena a priori del pobre y del desvalido?

Desde Aristóteles hasta nuestros días los grandes pensadores de la teoría social se preocuparon por el tema llegando siempre, desde un ángulo o de otro, más o menos a la misma conclusión. La enajenación del ser humano sometido a la presión de su entorno, de sus valores y creencias, termina por ser una condición ineludible en las sociedades altamente consumistas, entregadas a la búsqueda irracional y desmedida de la felicidad a través del confort y la opulencia que se supone disfrutan solamente las clases pudientes.

Erich Fromm consideraba que esa enajenación era el resultado directo de la perversa influencia del capital en la sociedad, que conduce al individuo a sentirse como extraño de sí mismo y hacerse dependiente de sus actos o de las consecuencias de estos en razón de determinados valores de clase.

Quizás eso explique por qué el militante opositor se concentra en sus manifestaciones políticas no para aplaudir y brindarle su afecto y su respeto a sus líderes, a quienes por razones obvias asume como inferiores, sino para echarles en cara su repudio y descargar sobre ellos los insultos más venenosos, tal como los vemos hoy tanto en videos como en la infinita proliferación de desprecio que vierten los opositores por las redes sociales contra todos y cada uno de esos dirigentes.

No se conoce ningún evento político en la historia que esté signado por esa lógica del insulto a la dirigencia a la cual los asistentes van a ver encima de una tarima desde donde nunca se les ofrece una orientación política, un discurso programático o una arenga propositiva que estimule e imprima optimismo a la militancia, sino que más bien se les termina enseñando de manera insolente y soez el trasero pestilente de cualquier notable vocero de ese sector, en clara demostración del poco respeto y estima que esos dirigentes le tienen a su propia gente.

El odio y la repulsa hacia el prójimo en función del interés particular de cada quien (premisa filosófica fundamental de la doctrina neoliberal) reduce al individuo a la condición de escoria humana que rechaza por acto reflejo la existencia misma del otro, y le sume en el delirio ridículo de la supremacía social.

Lo que lleva entonces a la ex alcaldesa a la solidaridad automática con el delincuente de cuello blanco y jamás con el trabajador o el obrero, es la segura convicción de que en cualquier momento ella, como todo burgués severamente disociado, podría encontrarse en la situación del adinerado estafador, pero nunca, ni en la peor pesadilla, en la del pata en el suelo.

@SoyAanguibel

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