La nueva vieja política

Por: Alberto Aranguibel B.

Los dirigentes de la oposición que en algún momento han sido exaltados por sus propios militantes a la condición de líderes supremos de la contrarrevolución, han sido (todos sin excepción) execrados por esa misma militancia y reducidos al más desolador ostracismo con la misma vehemencia con la que antes los erigieron, bajo un argumento que necesita ser estudiado con detenimiento.

Desde aquel inefable frijolito que enfrentaron al Comandante Chávez al inicio mismo de la efervescencia revolucionaria, la intención fue siempre la de oponerles a los líderes de la revolución, primero a Chávez y hoy a Maduro, figuras de comprobada trayectoria pública pero que a la vez encarnaran una nueva forma de hacer política.

Así fueron sembrando en cada oportunidad las mismas esperanzas en todos y cada uno de los que fueron desfilando por ese pedestal del antibolivarianismo al que fueron encumbrados y luego defenestrados.

Los fueron defenestrando uno a uno porque se percataron, como quien descubre el agua tibia, que solo representaban los postulados de una vetusta forma de concebir el país y la política, por lo cual no ofrecían posibilidad alguna de triunfo frente al chavismo.

Teniendo, como los tienen, líderes valiosos, muchos de ellos formados en las mejores universidades del mundo, con amplia experiencia en la lucha política partidista, parlamentaria y de calle, escogen finalmente a Juan Guaidó precisamente porque según ellos es todo lo contrario. Es lo nuevo, lo puro.

¿Pero, qué es lo nuevo que propone Guaidó para los que no terminan de salir de él y todavía le rinden pleitesías y le cantan alabanzas?

Hasta ahora lo que ha hecho es engañar cínicamente a sus propios seguidores ofreciéndoles a diario villas y castillas sin cumplir jamás lo que promete. Robar de manera descarada activos del Estado para ponerlos supuestamente al servicio del pueblo, pero el pueblo sigue padeciendo el bloqueo que él mismo ha promovido. No llevar a cabo ninguna obra de tan siquiera mediana envergadura que responda a las demandas de salud, alimentación, vivienda, servicios públicos eficientes, educación, trabajo.

Ha tenido el poder y los recursos que ninguno de sus predecesores tuvo y ha sido el que menos ha cumplido. Al igual que todos esos irresponsables que fueron echados al olvido por sus propios seguidores, vive muerto de la risa porque también en eso de ser irresponsable es superior a los demás.

Nada es más parecido a la vieja política.

@SoyAranguibel

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Gobierno opositor

Por: Alberto Aranguibel B.

Nada es más previsible que la oposición venezolana. Su persistencia en exactamente la misma conducta, sin detenerse nunca a corregir desviaciones ni desatinos, es definitivamente proverbial. Con ella no hay ninguna dificultad para imaginarla en el gobierno.

Para empezar, en un gobierno opositor se acabarían las angustias y los gastos en campañas electorales y procesos eleccionarios porque más nunca habría elecciones. Los aspirantes a cargos de gobierno surgirían de las autoproclamaciones callejeras, y de entre todos el que logre el mayor apoyo de los EEUU se adjudicaría el poder sin mediar en ello complicadas y costosas elecciones.

La traumática experiencia de procesos electorales (manuales o automatizados) en los que la opinión de la gente que según los escuálidos no sabe de política (es decir; los pobres) es aceptada como válida, no podría repetirse más. Mucho menos habiendo alcanzado el país un modelo de escogencia de los mandatarios tan avanzado que más de cincuenta países del mundo lo aplauden y lo respaldan.

El gobierno se haría en la misma forma unitaria en que se lleva a cabo el debate y la elaboración de las propuestas opositoras en la actualidad; cada quien dice lo que le viene en gana a su buen saber y entender y lo impone a gritos ya sea desde su escritorio en su casa de Valle Arriba, su apartamento de Santa Fe aquí en Caracas, o desde los soleados campos del parque temático de su agrado allá en el estado de la Florida, simplemente usando para ello su cuenta de Twitter o de Whatsap. Nada es más avanzado ni más democrático.

Dado que en la oposición nadie se considera borrego ni se siente en la obligación de obedecer a nadie, los periodos presidenciales durarían lo mismo que tarde en caer en desgracia el mandatario de turno, tal como inevitablemente caen siempre todos sus líderes. De ahí que cada gobierno dure a lo sumo unos cuatro o cinco meses en promedio. Con lo cual la intensa rotación de aspirantes al poder convertiría la democracia venezolana en “participativa y multitudinaria”. Gracias a Dios la oposición está acostumbrada ya a esa dinámica de la perpetua lucha interna por el poder, lo que le augura un panorama muy promisorio.

Los programas sociales continuarían. Pero con otros nombres y con una nueva y más eficiente forma de gestión; los Clap, los bonos, los carros y las viviendas, les serían entregados a la gente decente (jamás a los colectivos) y luego ellos verían a quién darle lo que sobre. Si es que sobra.

Habría que robarle a los chavistas la consigna “¡Así, así, así es que se gobierna!“, pero desinfectándola antes con una buena edulcoración neoliberal (algo así como: “So, so, so that’s how it is governed”) para que quepa muy bien en boca de las doñitas de El Cafetal.

Claro, como los chavistas serían exterminados previamente a plomo limpio por las fuerzas de liberación, no habría problema alguno.

@SoyAranguibel

Aranguibel en Contrapunto: La crisis de la oposición es culpa de su militancia

Contrapunto / Texto: José Gregorio Yepez

Contrapunto, 01/07/2019.- Es jueves 27 de junio, día del Periodista en Venezuela, y Alberto Aranguibel llega puntual a la cita para conversar sobre su visión como analista político sobre la coyuntura venezolana.

Saluda con formalidad y amabilidad y tras un breve intercambio de impresiones sobre la dinámica de la entrevista comenzamos la conversa.

Considera con vehemencia que es la “oposición de a pie” la responsable de los problemas que confronta este sector político, ya que escoge liderazgos que a su entender no son los adecuados.

– Las negociaciones necesitan por lo menos dos y la disposición a ceder… ¿En qué debe ceder el Gobierno para ayudar a destrancar el juego?

-Esos conceptos no están bien usados. La negociación es un concepto corporativo. No es negociación lo que debe haber. Lo ideal es que exista un escenario con base en las necesidades de cada sector, detectadas a partir del instrumental político adecuado. Pero cuando intervienen los medios se distorsiona el debate. Eso es lo que ha pasado. La derecha, apoyada sobre el peso de los medios, ha abandonado el trabajo de masas y ha posicionado la matriz de ser una mayoría que no ha podido demostrar.

-¿Qué hacer?

-Lo que se ha hecho. El llamado diálogo. Inclusión e igualdad social. Por eso se hicieron los Clap, por ejemplo, un programa único en el mundo; trabajar en fórmulas económicas para solventar las necesidades de la de gente; contrarrestar las presiones que desde el mundo capitalista nos acechan, etc. Las acciones del gobierno van en el sentido correcto.

¿La guerra económica no es solo una justificación?

-Este gobierno está asediado y está resistiendo. Ellos vienen diciendo que Maduro está caído y perdido desde que asumió el poder y no han podido con él. Entonces… ¿quien está perdiendo la pelea?

– ¿Qué pasa con Guaidó?

-Con Guaidó lo que se ha hecho es lo mismo que se hizo con los militares de Altamira: dejarlos que se cocinen en su propia salsa. A Guaidó hoy lo detestan sus seguidores más que a ningún otro de sus líderes. Hoy lo detractan desde la oposición y ha caído más que nunca. Se acabó Guaidó para siempre. Pero, la derecha jamás reconoce los errores en la escogencia de sus liderazgos.

-¿Entonces es la gente opositora de a pie es la responsable?

El problema de la oposición es la gente de a pie que no aprende de los engaños. Desecha los liderazgos que escoge, pero no aprende.

-Cómo generar un clima de confianza a los sectores que adversan al Gobierno.

Hay que buscar salir del discurso de consignas, de la arenga, y generar una lógica de la reflexión. A Chávez no se le alzaban porque su discurso era siempre una reflexión que llegaba muy profundo en la gente.

-¿Es Maduro el problema?

No. Definitivamente no.

-¿Qué pasa entonces?

Hay una falla en la pedagogía. Hay que retomar el espacio del ideario chavista socialista pero también de la reflexión en los valores de la democracia. Hay que trabajar el alma del sector opositor de pie para hacerle comprender que es víctima de un tragedia que se ha cernido sobre la sociedad con la distorsión permanente que se le inocula desde el medio de comunicación.

-¿Cual es la distorsión?

Los valores universales como la vida. La casi totalidad de la gente opositora de a pie cree que es un derecho matar guardias nacionales. Aún callados se lo dicen a sí mismos. Cuando ven que queman a alguien, dicen cosas como “bueno, y quien mandó a ese chavista a meterse ahí”.

-¿Cree que es así?

Esa alteración de toda la estructura de principios debe ser corregida y es responsabilidad del Estado hacerlo. No solo por chavistas sino porque es un deber del Estado. Desde la ANC trabajamos en ese sentido.

La visita Bachelet

¿Qué le aporta a la idea de conseguir una solución a la confrontación política que existe en el país la visita de Bachelet?

Sostengo desde hace tiempo que el problema más grave de Venezuela no es político ni económico sino comunicacional, porque de éste deriva el grueso de los demás problemas. Las distorsiones que hay en la realidad venezolana surgen fundamentalmente del medio de comunicación. El fenómeno Bachelet no escapa a esta realidad que describo. Lo que hemos visto en la tensión que hay al respecto es cómo cada factor busca colocarlo arbitrariamente a su favor.

¿Entonces no importa lo que la Alta Comisionada haya constatado o lo que coloque en su informe del 5 de julio?

La respuesta apunta a que a ninguno le interesa lo que constató sino cómo le saca provecho para su parcialidad política. Con lo cual es probable que el informe del 5 de julio será tratado de la misma forma.

¿Fue positiva o no?

La visita es positiva porque refuerza la democracia venezolana, que nadie niega que tiene sus problemas, pero es un país donde funciona su institucionalidad. Habla de la atención que el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas le da al país y, como prueba de ello, envía a sus funcionarios para que hagan un diagnóstico con la metodología correcta. Lo hace estableciendo contacto con el Estado venezolano, lo que confirma que no hay un Estado fallido, más allá de las diferencias que ciertamente existen y de la propaganda de la derecha venezolana e internacional. Es un avance; se reunió con todos los poderes públicos y con los sectores de la sociedad civil.

¿Y al debate qué le aporta?

Los intereses de los bandos en pugna son exactamente los mismos, solo que a partir de concepciones diametralmente distintas. Entre el gobierno y la oposición los conceptos de democracia, dictadura y libertad son totalmente opuestos y en ese territorio árido de desencuentro se necesita buscar elementos que favorezcan la sindéresis que ayude a encauzar el diálogo y el entendimiento.

¿La sola visita de Bachelet no evidencia un problema con el tema del respeto a los Derechos Humanos en el país?

No necesariamente. La idea del Gobierno fue traerla para demostrar que la oposición miente con la especie de que en Venezuela se violan los Derechos Humanos. Ella no convalidó su especie y se desmonta así lo que dice la oposición, que ahora la cuestiona y critica. Los factores internos y los internacionales, la derecha y el imperialismo, han tratado de posicionar al Consejo de derechos Humanos como una instancia punitiva y hay quienes lo entienden como una suerte de ente carcelario. Pero no es así. Eso habla de la precariedad del entendimiento de la derecha en el tema. La atribución de Alta Comisionada no es censurar ni condenar, es buscar ayudar en el tema.

Entre sus atribuciones está “verificar el cumplimiento de la normativa internacional en materia de derechos humanos” y queda una comisión de monitoreo de temas, entre ellos el de la tortura…

Ella no habló de que existía tortura, sino que se trabaja para prevenir casos de ese tenor. Por eso hablo de la necesidad de tener mucho cuidado con el lenguaje que debe usarse.

¿No existen problemas con los cuerpos de seguridad del Estado y el tratamiento a las personas. Problemas en la cárceles con los presos?

Parto de lo que tengo comprobado. Abogo por la verdad. Yo no tengo elementos para decir que aquí se tortura. Las cárceles son un infierno, es verdad, por eso hay que portarse bien.

Usted afirma que “el Consejo de Derechos Humanos de la ONU no tiene entre sus atribuciones la de calificar o certificar la legitimidad de los gobiernos”, así que la visita de la Alta comisionada no implica el reconocimiento de la legitimidad de Maduro.

Es verdad. No está entre sus atribuciones. Allí está la sobre dimensión de la visita. Para algunos lo que se declare hoy es una manera de prepararse usando los medios para tener una mejor posición en coyunturas futuras y así adelantarse a lo que pueda darse. Como analista político percibo que esa es la actitud de los bandos en pugna.

Fuente: Contrapunto

¿Por qué luchan los escuálidos?

Por: Alberto Aranguibel B.

En la llamada sociedad de consumo el individuo es habituado por la cultura burguesa y el ilusionismo mediático a proyectarse de manera ascendente de modo que su aspiración de un estilo de vida ampuloso no se sacie nunca. De tal insatisfacción depende la sobrevivencia misma del capitalismo en la medida en que la riqueza se concentra cada vez más en menos manos y el sistema se ve en la obligación de inducir a esos sectores específicos en particular a una mayor demanda de productos y servicios.

Por eso los más propensos a considerarse por encima de los demás son siempre los integrantes de esa clase que la mercadotecnia define como de alto poder adquisitivo. Por lo general, los pobres no padecen la irracional alienación al modelo consumista habituados como han estado desde siempre a enfrentar la realidad sin apego a fabulaciones pueriles que los muevan a determinar su vida basados en aspiraciones insensatas o desproporcionadas. El pobre aspira a una vida digna para su familia. El consumista aspira a lujos y posesiones que los conduzcan a otros lujos y posesiones cada vez más estrafalarios, a través de los cuales poder asegurar y perpetuar la constante de su ilusoria ascendencia social.

La Venezuela de hoy, sumida como ha estado desde hace un siglo en la vil cultura del rentismo petrolero que proveyó de confort y riquezas a esa clase social de alto poder adquisitivo, no escapa a la bochornosa realidad del consumismo enajenante (que nada aporta al desarrollo del país, pero que sí afecta definitivamente el desempeño provechoso de la sociedad en su conjunto) fundamentalmente por su naturaleza “cuasi ideológica”, en la que se refugia hoy la inmensa mayoría de la oposición venezolana de a pie.

Una ideología despolitizada que se fundamenta en el principio capitalista del individualismo y que se expresa en el desprecio a todo lo ajeno al interés propio de cada quien, en cuya matriz conviven de manera simultánea el amor a las ideas más nobles y enaltecedoras (generalmente de inspiración religiosa) y la repulsa a toda expresión o acto de solidaridad humana.

Desde esa perspectiva, la razón de ser del individuo es la búsqueda incesante del mayor confort (no del bienestar, porque en su gran mayoría de ese ya disfrutan los de la clase de alto poder adquisitivo) en el que radica la verdadera posibilidad del placer al que aspiran, evitando en todo momento todo aquel racionalismo que atente contra la premisa fundamental del consumismo que es la lealtad a lo efímero.

En el consumismo no puede haber lealtad sino al consumismo. En él, las marcas y los productos están sujetos a la lógica de la moda. Un fenómeno ideado por el capitalismo para venderle varias veces al mismo comprador productos similares pero desechables según lo dicten a los parámetros establecidos por la gran industria para distintas épocas, en las que se mercadean siempre nuevos productos iguales a los ya existentes, pero con alguna mínima modificación que justifique el costo del innecesario canje.

Formados bajo esa lógica del desapego, y sin el más mínimo rubor, los escuálidos cambian de líder político como cambian de marca de zapatos según la pauta consumista establecida para cada temporada. La pasión que le profesan a cada uno de ellos a medida que los van alternando (desechando), no responde a identificación con ideas o principios doctrinarios de ningún tipo sino al mismo fanatismo que inspiran los artículos de moda. Las ideas que defiendan un día y las que defiendan otro pueden ser perfectamente contradictorias entre sí, como les sucede a los escuálidos las más de las veces, porque lo importante no es jamás el contenido doctrinario de sus planteamientos, sino el poder escenográfico de las mismas. La pose supuestamente política del escuálido promedio no es sino un recurso histriónico para justificar toda acción que conduzca a la toma del poder, pero solo para usarlo como plataforma de acceso a esa idílica felicidad que les describe Hollywood.

De ahí que Miraflores no sea para ellos el asiento del gobierno, ni mucho menos, sino el portal que, una vez abierto, permitirá la entrada del imperio norteamericano para hacerse del control del país, y con ello establecer de la manera más expedita el puente hacia la 5ta avenida de Nueva York y sus fascinantes vitrinas de fastuosas marcas, sus grandes y lujosos restaurantes, y, por supuesto, hacia Broadway y su encantadora vida nocturna de teatros y cabarets con coloridos vodeviles en el más perfecto idioma inglés.

Para ellos, la Patria es una entelequia que pasó de moda con la caída de la 1ra República, a partir de la cual lo que hubo en nuestro suelo fue una especie de turbamulta de caudillos y cimarrones envalentonados que alborotaron desde siempre la tranquilidad de la nación, que, bajo su óptica, jamás debió haber cometido la torpeza de la insubordinación a los designios de la corona española.

Por eso no encuentran incongruencia alguna entre el intento de incendiar el país oponiéndose a la promulgación de una Constitución que, años después, usan para intentar incendiar de nuevo el país, pero esta vez para defenderla.

Como tampoco ven contradicción entre el hecho de quemar gente viva para pedir elecciones y tratar de hacer lo mismo meses después para impedir el acto electoral por el que clamaron asesinando gente.

Para esa histriónica que le sirve de insumo a la mediática contrarrevolucionaria, las razones no tienen la menor relevancia porque a la larga esas razones terminarán indefectiblemente conduciendo a la constatación de que la lucha de los escuálidos es completamente insustancial y sin contenido. Que es llevada a cabo por el mero antojo de querer ser ellos quienes mandan (y no los “pata en el suelo”), es decir; para que el supremacismo de clase sea una realidad que se corresponda con las leyes del universo, tal como se conciben en el capitalismo, y no con el “desastroso comunismo” que habría instaurado Chávez en Venezuela.

De ahí que para los escuálidos no sea ninguna insensatez la desquiciada loquetera de acusar ahora de “chavistas enchufados” a los migrantes que cuando salieron del país los bautizaron ellos mismos como “la fuga del talento” que huía del régimen. Y mucho menos la aberrante desfachatez de exigirle al presidente de la República, que ellos llaman “dictador”, un avión para regresar de gratis y cuanto antes a la “dictadura” de la que dicen estar huyendo, justamente en medio de la brutal guerra que la derecha libra contra el gobierno bolivariano por la crisis humanitaria que supuestamente hay en esa emigración, pero que ninguno de los países que la denuncia acepta atender humanitariamente.

Tales dislates son el resultado de una lucha que no tiene fundamentos sino antojos. Como los que trasluce el tono sempiternamente colérico de la mantuana desaforada que la derecha tiene como inexorable candidata nada más y nada menos que a la presidencia de la República, en cuyo verbo destila incontenible la rabieta de no tener cuando quiere lo que a ella se le da su relamida gana.

Para el mundo es un evento insólito que en la tierra que contiene la mayor riqueza fósil del planeta, exista hoy una sociedad donde los pobres respaldan al gobierno y los ricos viven de protesta en protesta.

Pero más descabellado aún, es que quienes protestan son los mismos que siempre tienen el más fácil acceso al bienestar que ese gobierno al que se oponen le provee con el mayor esfuerzo a la población. Por eso sacan sin pudor alguno su Carnet de la Patria después de asquearse del mismo hasta la saciedad. Reciben sin rechistar sus cajas Clap. Recorren el país con sus fastuosos carros Orinoco. Y disfrutan relajados sus cargos de alta nómina en los organismos del Estado.

Viven en una sola quejadera por todo. Para ellos en Venezuela todo es nefasto y deleznable. Principalmente las dificultades que nos hacen padecer los irresponsables líderes opositores con sus súplicas al mundo por cercos económicos cada vez más criminales e inhumanos, pero que ellos sostienen que son culpa del gobierno.

Y al final, por absurdo que parezca, el verdadero desastre que es el capitalismo (que se viene abajo por sí solo, como sucede en Argentina; sin que nadie lo perturbe, sin bloqueos económicos, sin sabotajes a su economía, sin contrabando de alimentos o de billetes, sin sanciones arbitrarias e ilegales, sin violencia terrorista de por medio, y contando con el más irrestricto apoyo del Fondo Monetario Internacional y de la más poderosa potencia de la tierra) es atribuido por esos insensatos al chavismo.

Sin son la nada, como proverbialmente dijera el Comandante Eterno, su lucha es por nada.

@SoyAranguibel   

Venezuela: Percepción vs realidad

Por: Alberto Aranguibel B.

“Mire, hay un prejuicio instalado… hay un prejuicio instalado”
José Luis Rodríguez Zapatero
(sobre la imagen de Venezuela en la Unión Europea)

Muestra irrefutable del férreo control ejercido por el gobierno de los Estados Unidos sobre los gobiernos del continente que se plegaron al mandato del imperio en la 48va Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, llevada a cabo la semana pasada en Washington, fue sin lugar a dudas la perfecta sincronía en el discurso de los cancilleres ultraderechistas que respaldaron esa pretendida emboscada en la que se intentó atrapar a Venezuela con una ridícula resolución, infundada e infamante, abiertamente contraria al espíritu y esencia del Derecho internacional, e innegablemente violatoria de la letra de la Carta fundacional del propio organismo.

Sincronía que quedó en evidencia no solo en la tozudez de cada uno de los reaccionarios que ahí se aliaron con el único infame propósito de mancillar la soberanía de la Patria de Simón Bolívar, sino en la terminología, los giros retóricos y hasta en el preciosismo melodramático utilizados para expresar su repulsa al derecho de nuestro pueblo a la libre determinación.

Ninguno de ellos habló con un discurso propio. Ninguno intentó matizar siquiera la bochornosa posición injerencista que respaldaban, con los extensos recursos que la oratoria diplomática ofrece para enmascarar con un cierto viso de independencia, o imparcialidad al menos, de criterio, la inmoralidad que protagonizaban.

Todos, sin excepción, hablaron de la “agravación de la crisis política en Venezuela” y de la consecuente “situación de dificultades económica, social y de carácter humanitaria”, que resultaría de la primera, es decir; de la supuesta crisis política, para lo cual fue presentada en el foro una única propuesta, a saber; “la convocatoria a nuevas elecciones”, tal como apunta la infame resolución.

Una falsedad que se apoya en la serie de hechos violentos acaecidos hace más de un año en Venezuela, y de los cuales el país ha ido saliendo con un gran esfuerzo del gobierno constitucional del presidente Nicolás Maduro, pese a la brutal arremetida económica del imperio norteamericano contra nuestro pueblo. En ninguna parte de la teoría política o del derecho internacional consuetudinario se considera crisis a la imposibilidad opositora de alcanzar, por su propia ineptitud, el poder.

La difícil situación por la que atraviesa hoy el pueblo venezolano no es de ninguna manera política ni amerita elección o cambio de gobierno, sino que obedece a un plan de cerco económico que busca paralizar el funcionamiento del Estado para provocar su derrocamiento, tal como ha sido confesado abiertamente en infinidad de declaraciones por altos funcionarios del gobierno norteamericano.

Fue esa la razón del estallido social buscado en 2017 por la derecha, que, al igual que hoy, no perseguía soluciones sino hacerse del poder apoyándose en una campaña comunicacional internacional que posicionara la confrontación como un Apocalipsis.

El objetivo de aquella violencia no era otro que el de la construcción de un perfil mediático que presentara a Venezuela ante los ojos del mundo como un país sumido en el caos y la ingobernabilidad, para de esa forma provocar la aceptación internacional de un inevitable cambio de gobierno, sin importar cuán inconstitucional fuese la salida.

El plan tenía la finalidad de sobredimensionar una cantidad de grupos de bandoleros a sueldo que generaban conflictos en apenas unos quince municipios de los trescientos treinta y cinco existentes en el país, razón por la cual el apoyo de los medios de comunicación era mucho más importante para esa derecha desvencijada que la misma búsqueda del respaldo entre los electores. El objetivo era la creación de una percepción de guerra fuera de control que hiciera indispensable una intervención extranjera.

Lo que siempre fue una clara e inequívoca muestra de incapacidad política de la oposición, fue presentado por los medios internacionales como la batalla gloriosa de una supuesta sociedad civil (que no escatimó en derroches melodramáticos para victimizarse frente al mundo) mientras que el gobierno, que daba pasos cada vez más consistentes en el logro de la paz, en la consolidación de su fuerza electoral; en la conquista de casi todos los cargos de representación popular a través del voto; en la indetenible elevación de la estatura política de un líder que se ha ganado el respeto de todo un pueblo a punta de abnegación y entrega a su compromiso con el proyecto revolucionario chavista, que se ha crecido ante los ojos del mundo como un estadista de coraje que ha sabido darle la más dura batalla que ha debido enfrentar el imperio más poderoso de la tierra, era persistentemente presentado como toda una abominación dictatorial.

Luego de superada aquella horrible etapa de la violencia fascista que la derecha desató contra el pueblo, el país está encaminado hoy hacia su recuperación económica definitiva gracias precisamente a la persistencia de los venezolanos y las venezolanas en su apego a la paz y a la democracia.

Por eso el empeño de la derecha internacional en seguir presentando a Venezuela al borde del estallido social producto de una supuesta confrontación política, no es sino una aberración más, fraguada meticulosamente desde el Departamento de Estado norteamericano y mantenida por esos medios de comunicación especialistas en el falseamiento de la realidad como un hecho todavía vigente.

Recuperar la estabilidad del país para retomar la senda del bienestar económico que la revolución bolivariana le ha brindado a los venezolanos, ha requerido de un excepcional esfuerzo político que pasa, en primer lugar, por el llamado a elegir una poderosa Asamblea Nacional Constituyente. Por la renovación, también en forma perfectamente democrática, de todas las autoridades regionales y locales del poder público. Por el combate frontal que el gobierno le ha declarado a la corrupción. Por la lucha infatigable por proteger al pueblo con acciones y programas creados para paliar los estragos de la guerra económica. Por la persistencia en la búsqueda del diálogo con todos los sectores de la vida nacional (iglesia, partidos políticos, empresariado nacional, entre otros) para construir soluciones a la crisis. E incluso por el otorgamiento de beneficios procesales a los privados de libertad por los delitos que tanta angustia y dolor le causaron al país durante las fatídicas jornadas terroristas de aquella etapa violenta que, gracias a todo ese esfuerzo de pacificación, ya hoy podemos considerar superada.

Si algún organismo internacional quisiera ayudar a solventar la crisis económica, que ciertamente padece hoy el país como consecuencia de esas distorsiones promovidas por el imperio norteamericano, tendría que empezar por reconocerle a las venezolanas y los venezolanos la admirable gesta que implica haberse salvado, con su lealtad a la paz y a la democracia, de la guerra.

Tendría que sumar voluntades para promover el levantamiento del criminal bloqueo económico declarado arbitrariamente por los Estados Unidos contra nuestro pueblo y permitir que Venezuela retome el flujo de sus relaciones de intercambio comercial con el mundo, para satisfacer así la demanda de insumos, repuestos, maquinaria y productos de la cesta básica, indispensables para buen funcionamiento del Estado y el normal desarrollo de nuestra economía.

No es intentando revitalizar a una oposición fracasada (alentándola a subvertir de nuevo el orden constitucional a partir de una percepción anclada en un pasado que ya no existe) como se puede ayudar hoy al pueblo venezolano a retomar la senda del bienestar y del progreso.

Persistir en esa infundada matriz mediática de la “crisis política insalvable” que habría en el país, cuando ha quedado perfectamente clara la disposición mayoritaria del pueblo a construir su bienestar en paz, es solo una nueva crueldad contra esa Venezuela que con tanto sacrificio ha luchado por dejar atrás el horror de aquella cruel e innecesaria violencia.

La lucha hoy, como lo ha dicho el presidente Maduro, es por la recuperación económica. No por regresar a la locura de la confrontación fratricida entre venezolanas y venezolanos.

@SoyAranguibel

Muertes lejanas

Por: Alberto Aranguibel B.

La distancia es uno de los factores determinantes en el proceso de la comunicación de masas. Si el hecho noticioso está cerca del receptor de la noticia, entonces las posibilidades de verificación que éste podrá tener de tal acontecimiento son mucho mayores. Con lo cual, es posible afirmar que, a menor separación entre la realidad y el individuo, menor será el poder del medio de comunicación. Y viceversa.

La proximidad con el hecho que los medios comunican al mundo le permite al individuo común cotejar en forma directa las hipótesis sobre lo ocurrido; sus causas probables, su dimensión verdadera, sus protagonistas, sus consecuencias, restándole así a los medios la facultad de dictaminar a su libre albedrío (y de acuerdo a sus particulares intereses) sobre lo que en verdad sucedió.

En medio de la cruenta guerra que libra el pueblo sirio contra el terrorismo que promueve el imperio norteamericano en aquella región a miles de kilómetros de occidente, aparece un contingente de soldados británicos apoyando a las fuerzas insurrectas sin que exista ninguna autorización de las Naciones Unidas para tal intervención armada en la zona de conflicto. Pero de este lado del mundo esa flagrante violación del derecho internacional no pareciera preocuparle a nadie. Está muy lejos para importarle a alguien. Los medios de comunicación han convertido el hecho en banal e intrascendente.

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En Palestina, un batallón del ejército israelí dispara a mansalva contra un grupo de indefensos palestinos y asesina impunemente a una gran cantidad de ellos. Pero la noticia, procesada bajo los códigos pro-imperialistas de la mediática occidental que colocan a Israel no como el brutal y sanguinario Estado agresor que es, sino como “parte del conflicto”, no conmueve al resto de la humanidad. Se trata solo de una noticia más sobre un lejano acontecimiento.

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En Venezuela vimos muy de cerca a los verdaderos asesinos de venezolanos que eran quemados vivos por el solo hecho de parecer chavistas. No pudo el poder de los medios engañarnos, porque teníamos la realidad frente a nuestros ojos.

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Por eso el discurso opositor encuentra apoyo en el exterior y no en su propio país; porque a mayor distancia es más fácil para los medios de comunicación de la derecha convertir la mentira opositora en verdad.

@SoyAranguibel

¿Existe en verdad una oposición política en Venezuela?

Por: Alberto Aranguibel B.

Más allá de la incongruencia que resulta el hecho de que un sector de la población venezolana que se dice opositora acuse de incompetente al gobierno del cual ella misma forma parte en ministerios, gobernaciones, alcaldías y demás organismos públicos del Estado, en los cuales tiene participación y responsabilidades en la mayoría de las políticas que cuestiona.

Más allá de la insensatez opositora que comprende reivindicar como símbolo de lucha contra una ficticia dictadura una Constitución negada furiosamente por más de tres lustros por esa oposición, y cuyos promotores (de la Constitución) son exactamente los mismos revolucionarios a quienes acusa de dictadores.

Más allá del demencial exabrupto que significa oponerse en forma frenética a una elección por la cual esa misma oposición recorrió el mundo entero implorando por “libertad” y “democracia”, y que la llevó a tomar las calles para incendiar vivos a seres humanos que supuestamente representaban al gobierno que, según el discurso opositor, impedía la realización de esa elección por la cual tanto luchaban.

Incluso más allá del desquiciado hecho de denunciar como fraudulenta una elección que todavía no se ha llevado a cabo, y a la cual acusa de ventajista por el vergonzoso percance opositor de no haber encontrado entre ellos mismos una figura de consenso que pudieran presentar, para terminar conformándose con un candidato de relleno con el cual hay más desacuerdos que afinidades, la oposición venezolana podría ser definida como cualquier clase de fenómeno sociocultural, pero jamás como un actor político.

La llamada oposición venezolana, además de insustancial, contradictoria e incoherente, como ha sido siempre, ha rehuido de manera sistemática toda posibilidad de identificación con corriente de pensamiento alguno que permita definir con claridad su ubicación en el espectro ideológico.

No existe en los anales de la teoría política el caso de ningún movimiento, organización o agrupación partidista, que asuma como doctrina una propuesta discursiva basada exclusivamente en la difamación y la acusación infundada contra el adversario político, como es el caso de la oposición venezolana. Ni siquiera en las circunstancias en las que la confrontación entre facciones adversas pasó de lo racional a lo violento, como sucedió, por ejemplo, en la guerra de independencia venezolana, donde, a pesar de la crudeza e imprevisibilidad cotidiana del combate, el desarrollo de las ideas del Libertador no cesó ni un instante en su admirable profusión y alcance como pensador y genio de la política.

Una muy particular excepción a la elemental norma de la coherencia y de la sustentabilidad ideológica que debe regir a todo movimiento político, podría ser el caso del insólito “Movimiento Anarquista Organizado”, que en alguna ocasión me topé en la ciudad de Valparaíso, en Chile, porque es perfectamente comprensible que sin una mínima disciplina incluso los anarquistas están condenados al más estrepitoso fracaso.

Aun así, en la incongruencia puede haber legitimidad. La diversidad de las ideas no tiene que ser entendida de ninguna manera como insustancialidad o inconsistencia. En el espacio de la pluralidad ha existido a lo largo de la historia la extensa panoplia de corrientes políticas que surgieron desde la ultra izquierda más recalcitrante hasta la ultra derecha más reaccionaria, pasando por todas las formas de centralismo político que se han conocido.

Pero la autodenominada “oposición venezolana”, revisada escrupulosamente bajo el tamiz de la teoría política, no encaja, ni con mucho, en ninguna de esas variaciones o corrientes ideológicas. Que la denominación de “oposición” sea la más cómoda en términos lingüísticos, es una cosa. Que lo sea en verdad, otra muy distinta.

Cuando se examina con detenimiento el discurso opositor a lo largo de los últimos dieciocho años, se encuentra sin la más mínima dificultad que la ley física que más expresa a la oposición es aquella que enuncia que dos ondas opuestas terminan por anularse mutuamente a medida que aumenta su desfase.

La oposición no ha hecho otra cosa que anularse una y otra vez en cada escenario del debate que ella misma ha planteado en algún momento. En 2001 se opuso furiosa a la extensión de la apertura del registro electoral, aduciendo razones insustanciales. Un año después (el mismo año en que eliminaba en el decreto dictatorial de Carmona todos los cargos de elección popular en nombre de la democracia) protestaba por el cierre de ese mismo registro acusando al gobierno de cercenarle el derecho de inscripción a los nuevos votantes. La octava estrella en el Pabellón Nacional fue otro motivo de aguerridas manifestaciones opositoras que se anularon con el beneplácito por su gorra de ocho estrellas. El repudio al captahuellas en un primer momento, quedó en el olvido a la hora de acusar al gobierno de querer eliminarlo. Hoy piden a gritos que el gobierno imponga los controles de precios a los que se opuso toda la vida y pega el grito en el cielo por una inflación que ellos mismos promovieron desde Miami.

Tal como lo advirtió siempre el comandante Chávez, ideológicamente hablando la oposición es completamente nula. Es “la nada”, según las palabras exactas del líder máximo de la Revolución.

Ahora, si no se comprende que el descalabro actual de la oposición, es sin lugar a dudas un momento de excepcional oportunidad para la Revolución en términos ya no simplemente electorales sino en razón del extraordinario triunfo que significa ver difuminada a una derecha canalla que no cejó ni un segundo en su empeño por intentar exterminar al chavismo, y cuyas profundas divisiones y conflictos internos no son sino el reflejo de la derrota abismal de un sector que se hizo aparecer a sí mismo como el poderoso contendor que estaría siempre a punto de lograr acabar con la revolución, entonces no estaríamos haciendo nada confrontándolo con tanta tenacidad si llegado el momento del verdadero avance no hacemos valer el triunfo como corresponde.

En este aspecto, la Revolución Bolivariana ha mostrado serías debilidades en términos de comunicación política.

Seguir hablando todavía hoy en todos los noticieros, los programas de opinión, en los discursos oficiales y en las declaraciones de los partidos revolucionarios, de una Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que no existe, es una demostración más que innegable de esa recurrencia en el comunicacional, que quizás no tenga tanta importancia desde el punto de vista meramente semántico, pero que sí la tiene en lo que se refiere a la posibilidad cierta de consolidar la paz de la que es partidaria la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos, porque de no ser así solo reforzamos la equivocada percepción que muestra a Venezuela en el mundo como un atolladero de conflictividad política irremediable, estancado, y sin esperanza alguna de superación ni siquiera en el mediano plazo.

No se trata de desconocer con triunfalismos insensatos (como hace la oposición con el chavismo) la innegable existencia de un sector del pueblo que es opositor y que, sin llegar ni de lejos a ser mayoría, existe y se expresa, tal como lo consagra y garantiza la revolucionaria Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Pero ese pueblo opositor, cualquiera sea su número, no es la MUD. La MUD fue en un momento de nuestra historia el tinglado electorero que un sector de oligarcas mercenarios encontró oportuno para tratar de hacerse del poder y adueñarse así de las riquezas y posibilidades de las venezolanas y los venezolanos e instaurar el neoliberalismo que sumiría al país en la más insondable miseria. Algo en lo que fracasó ya rotundamente.

Si queremos que se admitan universalmente el logro y la legitimidad que representan la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, la paz que con ella se conquista, los avances del gobierno frente al infame bloqueo desatado contra nuestra economía, y el promisorio bienestar que auguran el Petro y las demás acciones revolucionarias en pro de nuestro pueblo, para asegurar así que la reelección de Nicolás Maduro sea verdaderamente incontestable, entonces es imperioso dejar claro ante el mundo que Venezuela sigue avanzando en medio de las dificultades y los obstáculos pero con rectitud y constancia.

Nos corresponde en esta hora de gran impulso revolucionario demostrar que estamos avanzando efectivamente en la construcción de una esperanza cierta de progreso, no solo en términos electorales sino en la medida en que dejamos atrás el aciago escenario de confrontación irracional en el que nos quiso sumir en algún momento una derecha que ficticiamente le hizo creer al mundo que tenía el poder de arrodillar a nuestro pueblo.

@SoyAranguibel

Derrota anunciada

Por: Alberto Aranguibel B.

El deporte es por excelencia el ámbito de la competencia entre los seres humanos. En él se procura no solo el perfeccionamiento físico del individuo sino la superación frente al contendor o los contendores de una misma categoría o disciplina deportiva. En ello el aliento, la preparación sicológica, el ánimo positivo con el que se asuma el reto en cada oportunidad será el factor determinante del triunfo. Nadie gana una pelea de boxeo, por ejemplo, gritando ante las cámaras que no subirá al ring porque el contendor se ve más grande y tiene más peleas ganadas. Por el contrario, mientras más imponente se ve el contrario, más se esfuerza el púgil en darse ánimos y prepararse mejor para la pelea.

En política la confrontación para la verificación de la fuerza de cada sector político es el evento electoral. Es el único mecanismo que la humanidad acordó como fórmula para establecer democráticamente la jerarquización política, después de milenios de confrontaciones por lo general irracionales para determinar quién dirigía el rumbo y el destino de la sociedad.

Como en el deporte, en la política se requiere un mínimo de preparación y aptitud, para optar al cargo de elección popular. Se necesita fuelle, maquinaria, capacidad de movilización social, liderazgo. Pero, sobre todo, propuestas consistentes que ofrecerle al electorado.

Tan insensato como pretender ganar un campeonato deportivo sin contar con el mínimo de condiciones para ello, es pretender ganar unas elecciones sin propuestas, sin candidatos que presentar, ni inscribirse siquiera para formalizar su participación en el proceso electoral.

El único sector político en el mundo (y probablemente de la historia) que aspira a ganar un proceso electoral negándose a participar en el mismo, es la oposición venezolana.

No lo hace porque todos en la oposición están perfectamente convencidos del triunfo del candidato Nicolás Maduro. Una revisión de los perfiles de tuiter de los opositores da cuenta de esa generalizada convicción que se tiene en el antichavismo acerca de la reelección del Presidente.

No tienen candidato, ni capacidad de movilización, ni propuestas, pero hablan de “ventajismo”.

La ventaja es el inmenso respaldo popular que tiene Maduro y que la oposición no tiene. Así de simple.

@SoyAranguibel

La importancia de un “mazo” en una revolución

Por: Alberto Aranguibel B.

Pasarán más de mil años, muchos más (como acotaba el bolero), y los estudiosos  del tema político no encontrarán todavía explicaciones lógicas al descalabro de la oposición venezolana, cuyo fracaso no se circunscribe únicamente a la sustancial caída en el respaldo entre su propia militancia, sino al desmantelamiento de ese entente contrarrevolucionario producto de las diferencias y desacuerdos irreconciliables entre sus integrantes, que dilapidaron de la manera más irresponsable el más cuantioso apoyo económico del que haya dispuesto fuerza política alguna en la historia venezolana, y el más amplio respaldo por parte del imperio norteamericano, de toda su maquinaria de desestabilización económica y política, así como de la más poderosa red de corporaciones mediáticas nacionales y transnacionales al servicio del gran capital.

Yon Goicoechea, precursor insigne del modelo incendiario de esa derecha neofascista que sustituyó el uso de las ideas en el debate político venezolano con la violencia y el odio descarnado hacia el prójimo, interviene esta semana en la diatriba opositora con un argumento que se suma a la infinidad de declaraciones de dirigentes opositores en ese mismo sentido, en el que sostiene que “La MUD explotó por falta de coherencia política”. Viniendo de él, que sabe de bombas y de explosivos porque es su especialidad, la afirmación es, en este caso, toda una revelación.

Ya hace algunos años, Felipe Mujica, Secretario General del partido Movimiento al Socialismo (MAS), anunciaba al país la decisión de su agrupación política de separarse de la mal llamada “mesa unitaria”, en razón de haberse reducido ese proyecto a una simple concertación de naturaleza eminentemente electorera, sin ninguna clase de contenido programático para el país.

De ahí en adelante, la pugnacidad entre la dirigencia opositora ha sido una constante de acusaciones mutuas, relegada siempre a un segundo plano por los medios de comunicación privados para privilegiar en sus titulares aquellas noticias contra el gobierno basadas en los códigos de la manipulación, la calumnia y la mentira contra el proceso revolucionario, que pudieran fomentar cada vez con mayor fuerza el odio hacia el chavismo en el que todos los opositores coincidían sin el menor problema.

El odio, que fue la única propuesta discursiva de la oposición a lo largo de más de tres lustros, terminó revirtiéndose contra su dirigencia cuando su propia militancia comprendió que detrás de ese discurso lo único que había eran la falsedad y los intereses mezquinos e individuales de cada uno de ellos, que no tenían nada que ver con ideas de libertad o de emancipación que proclamaban, orientadas más bien a la entrega de nuestra soberanía a cambio de unos cuantos puñados de dólares de los que solo se beneficiarían esos impostores, a costa de la muerte injusta e innecesaria de venezolanas y venezolanos en las cuales esa dirigencia opositora ha estado innegablemente comprometida.

Pero, ¿descubrió esa militancia todo eso ella sola?

Vislumbraba Chávez la imperiosa necesidad de avanzar hacia un nuevo modelo comunicacional, basado en un nuevo constructo ideológico, una nueva forma narrativa, una nueva semántica y unos códigos que no reprodujeran (como muchas veces hacemos en la Revolución) las anquilosadas formas de la comunicación burguesa que el capitalismo ideó para reforzar los valores de la alienación y el consumismo.

En todos aquellos países en los que la derecha ha retomado el poder después de la instauración de las fuerzas populares al frente del gobierno, ya fuese mediante el uso de las armas, como en Irak, Libia, Ucrania, o por la vía de los llamados “golpes institucionales”, como en la Honduras de Zelaya, el Paraguay de Lugo o el Brasil de Dilma, e incluso a través de procesos electorales, como en la Argentina de los Kirchner, la reversión estuvo siempre marcada por el peso del medio de comunicación privado en la opinión pública.

Las atrocidades, las mentiras, las calumnias usadas por esos medios de comunicación al servicio de esos intereses mezquinos de la derecha, seguramente no tuvieron en ninguno de esos países instrumentos de contraataque que desmontaran eficazmente las falsedades que esas campañas de infamias urdían de manera sistemática contra las propuestas progresistas y los movimientos sociales.

“Con el Mazo Dando” es en la Revolución Bolivariana un avance indiscutible en la búsqueda de esa comunicación necesaria de la que habla el Comandante Chávez, por varias razones.

A diferencia de la mayoría de los programas de opinión, el que conduce Diosdado Cabello reúne una serie de particularidades que explican la elevada audiencia que ha alcanzado en tan corto tiempo, tratándose, como se trata, de un programa dedicado exclusivamente al tratamiento del tema político.

En primer lugar porque es un espacio conducido no por un intermediador del mensaje sino por un líder fundamental del proceso, Primer Vicepresidente del partido de gobierno, que tuvo la fortuna de haber sido formado directamente por el Comandante Chávez y que tiene sobre sus hombros, junto a los del Presidente Nicolás Maduro y al conjunto de la dirigencia revolucionaria, la inmensa responsabilidad de la conducción de la revolución. La credibilidad de su razonamiento político es pues un activo de muy alto valor en esa propuesta televisiva.

Luego, porque a lo largo del programa se combinan en un muy cuidado balance las distintas secciones que lo conforman, empezando con la palabra orientadora del líder fundador del proceso, el Comandante Chávez, referida siempre a la coyuntura del momento. Más adelante la exhaustiva revisión de los titulares de la semana. Y finalmente, el desmontaje meticuloso y concienzudo de las torpezas y las perversiones de una oposición que (gracias a ese programa) queda semana tras semana al descubierto ante el país como la inepta y falsaria dirigencia política que es en realidad.

Tal como lo quiso desde siempre en su intento de acallar la difusión mediática de la palabra del Comandante Chávez con su recurrente denuncia contra las “cadenas presidenciales” (que en nuestro país le corresponden al Jefe del Estado de acuerdo a la Ley de Responsabilidad en Radio y Televisión) la oposición venezolana ha intentado infructuosamente hacer callar a como dé lugar la voz del pueblo que expresa semanalmente “Con el Mazo Dando”.

Se le odia desde la derecha (como odian todos los demás programas revolucionarios orientados al desmontaje de la mentira tras la cual la oposición esconde su ineptitud y su vileza), pero también se le teme, principalmente por la fuerza de convencimiento que tienen entre la población las evidencias documentadas que su conductor presenta en el programa semana a semana. Precisamente una de sus más sólidas virtudes es que ninguna de las denuncias hechas en “Con el Mazo Dando” ha sido jamás desmentida por ninguno de los señalados.

Ciertamente la Revolución Bolivariana no se sostiene por la naturaleza irrefutable de las verdades que un programa de televisión pueda decir, sino por los logros que en hechos concretos pueda haber alcanzado en inclusión social, en igualdad y justicia, en aseguramiento de un mejor nivel de vida para la población y en el ofrecimiento de una perspectiva de bienestar y progreso cada vez más cierta para todas y todos los venezolanos, en la medida de su capacidad para enfrentar y superar los embates del capitalismo y los obstáculos que oponen la ineficiencia, la corrupción y el burocratismo en el arduo camino hacia el socialismo.

Así como tampoco es mentira que el estruendoso estallido de la oposición se debe en primer lugar a sus inconsistencias, a su persistencia en la contradicción, a su desatino en la política y a su proverbial ineptitud para conquistar a las masas a través de un desempeño responsable y decente de la política.

Pero, ¿No tiene nada que ver en ese infortunio de la derecha el poder comunicacional del programa “Con el Mazo Dando”?

Si alguien sostuviera que no, estaría negando el valor de la verdad como referente del sistema ético para el conjunto de la sociedad. Lo cual en Venezuela no es hoy una opción, por mucho que lo pretenda esa derecha neofascista que se empeña en erigirse sobre la infamia y la mentira.

Sería tan necio como tratar de tapar el sol con un dedo.

@SoyAranguibel

Chavismo: la insoslayable presencia de lo sobrenatural

Por: Alberto Aranguibel B.

“No me gustan las ciencias ocultas, porque nunca las encuentro”
Pedro Reyes / El rey del absurdo

Apenas conocidos los resultados de las elecciones regionales, el connotado terrorista Freddy Guevara le salió al paso con su proverbial “inteligencia” a las voces que desde la oposición aceptaban los números que la presidenta del Poder Electoral, doctora Tibisay Lucena, presentaba aquella noche como definitivos.

A esa hora, el único que gritaba “¡Fraude!” sin la más mínima prueba de su infundio, como es ya tradicional en la oposición venezolana, era Gerardo Blyde, jefe del Comando de Campaña de la mal llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que agrupa a los inefables líderes del antichavismo en el país.

La recién electa Gobernadora del estado Táchira, jefa máxima de la oposición en esa localidad, vociferaba en su primera declaración frente a la prensa que ella no se había pronunciado antes de ese momento por no poseer evidencia: “Yo reconozco la evidencia que tengo en la mano… Ya tenemos la evidencia; asumimos porque tenemos la evidencia. Y vamos a acompañar todas las denuncias de los Estados donde, a pesar de existir la evidencia (SIC), se haya vulnerado la voluntad el pueblo”, decía en su atribulada declaración, dejando claro que el único lugar donde respetaría los resultados electorales sería sola y exclusivamente aquel donde ella obtuviera el triunfo.

Exactamente los mismos términos usados por el también recién electo Gobernador, pero del Estado Zulia, Juan Pablo Guanipa, quien anunció categórico que se sumará a las impugnaciones de absolutamente todos los procesos electorales, a excepción del que lo favorece a él porque… en su Estado no hubo fraude.

Guevara, cuyo partido no estuvo ni cerca de ganar en ninguna localidad, puso entonces en su cuenta Twitter que “la trampa no está en las actas (las tenemos). La trampa ocurre antes, y es un proceso más sofisticado que requiere auditoría internacional.”

Una idea tan retorcida de ridiculez pura, que me hizo comprender por fin el desespero de los opositores que integran mayoritariamente la mesa en la que me corresponde votar, en el Municipio más opositor del país, cuando saltaron frenéticos para tratar de impedir que yo me tomara la foto que tradicionalmente se toma uno para dejar constancia de su participación en la jornada cívica que representan las elecciones en Venezuela.

La foto (que por supuesto tomé por encima de las berraqueras de los escuálidos que ahí se arremolinaban para obstaculizar mi derecho a hacer lo que absolutamente todo el mundo hace ese mismo día a lo largo y ancho del país) entrañaba para aquellos pobres seres aterrados por el aura diabólica que seguramente veían desprenderse de mi serena humanidad la irrefutable prueba de la perfidia con la que los chavistas alteran los resultados electorales. Por eso tenían que impedir a toda costa que yo me hiciera aquella “peligrosa” selfie.

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No saben cómo, no saben de dónde, no tienen idea de la forma en que el comunismo se multiplica dentro de las máquinas electorales, pero entienden que su deber es acorralar a todo aquel que ellos intuyan como chavista, para frenar mediante cualquier tipo de malabarismo el maléfico artificio de tramposería que ellos, con su más entera convicción, les suponen.

No puede ser sino a través de una triquiñuela muy perversa, dirán para sus adentros, urdida según ellos por la mente cochambrosa de los diabólicos agentes del G-2 cubano, como puede explicarse que en toda elección que se lleve a cabo en el país los números siempre hagan aparecer gente que no existe, gente horrible que ellos jamás han visto en ninguna parte, y desaparezca la que en efecto Dios sí trajo al mundo, con toda seguridad, en forma de sociedad civil. Ningún otro comportamiento humano sobre la tierra es hoy tan arrogante y prepotente.

Deber existir algún prodigio de la lógica cuántica que le permita a la sociedad civil del este del este comprender el absurdo fenómeno de la conversión del voto mayoritario opositor en votos indeseables apenas ingresa a ese pavoroso sistema, que de tantas auditorías que se le hacen ha terminado convertido más en incredulidad del alma que en certeza de los sentidos.

No puede haber tanto “marginal hediondo”, al decir de la señora D’Agostino, ni tanto “malviviente”, al decir de Ramos Allup, ni tanto “negro sudoroso”, al decir de Ocariz, en un mismo territorio. La naturaleza no puede haberse descarrilado tanto como para permitir tan desproporcionada aberración.

Para ellos, tiene que ser obra del demonio. Algún incompresible desequilibrio de lo natural tiene que estar descomponiendo el universo, que la constante más persistente en el sistema electoral venezolano es la de la presencia chavista en cantidades inaceptables para su tan particular capacidad de raciocinio.

Para nada se les pasa por la mente que la imbecilidad de sus líderes cada vez que abren la boca para decir barbaridades o contradecirse de un día para el otro; que cada engaño que les es develado, uno tras otro, día a día; que cada torpeza (como la de prometer “ingeniosos” sistemas para la reutilización de los barriles de petróleo con los que se contabiliza el crudo); que cada ridiculez (entre las miles que acumula ya ese mismo grupito dirigencial), podría tener algo que ver con la desproporción numérica que tanto les alarma.

No se les ocurre ni por casualidad que algo tendría que ver la ineptitud demostrada con sus decenas de convocatorias fallidas a huelgas inexistentes; a trancazos de puro infortunio; barricadas de autosecuestros demenciales; asesinatos de civiles y de funcionarios a mansalva (grabados por cientos de celulares y cámaras que desbordan las calles hoy en día).

Que la feria vendepatria que han montado por el mundo ofreciendo las riquezas del país henchidos de complacencia rastrera, como si de una caja chica de su particular peculio hubiesen brotado, pudiera indignar a uno que otro de sus propios militantes. Incluso a cientos o a miles de ellos.

Que quizás a la gente no le gusta que le liberen los precios a los productos, como clama esa dirigencia en su discurso antichavista cuando habla de “cambiar el modelo”, sino que hasta su propia gente implora por los viejos controles y regulaciones que la derecha se antojó en eliminar con la anarquización de la economía y con la inflación inducida a la que ha jugado por casi un cuarto de siglo para intentar acabar con la Revolución Bolivariana.

Que muy probablemente la gente sepa sacar cuentas y concluya con criterio propio que los culpables de la escases de alimentos y medicinas sean quienes le ruegan permanentemente al mundo el bloqueo económico contra nuestro país.

Exigen reforzamientos de todo el proceso, y reforzamientos del proceso se les conceden. Incluso los más arcaicos métodos de verificación, como el de la marcación con tinta indeleble (hoy totalmente en desuso), han debido incorporarse en algún momento para despejar toda sospecha de vulnerabilidad o posibilidad de alteración de los resultados electorales. Auditorías de constatabilidad y aseguramiento que desbordan infinitamente todo lo científicamente aceptable, antes, durante y después, forman parte integral del sistema. Pero la convicción más absoluta de la oposición es que hay fraude.

Cargan sobre sí la penuria perpetua de lo sobrenatural que no comprenden. Pero que tienen muy claro que hay que desterrar, con su tenaz concurso, de la faz de la tierra y para siempre.

Por eso esta misma semana aprobaron por unanimidad en la Asamblea Nacional un acuerdo en rechazo a los resultados de esa histórica elección de Gobernadores en la cual se desbordaron todos los records de participación para un evento de esa naturaleza en el país.

“¡Hay que cambiar el sistema!”, gritó Guevara en su derecho de palabra, añadiendo tajante: “Las condiciones electorales de este 15 de octubre eran las mismas del 6 de diciembre (del 2015) cuando fuimos electos… ¡Contra eso combatimos!”.

Es decir; solo será perfecto un sistema en el que gane únicamente la oposición. Exactamente igual al del inefable Mariano Rajoy, líder y mentor principalísimo de la oposición venezolana, para quien las elecciones serán válidas y legítimas solo si son para reafirmar a los borbones en el trono. De resto, serán ilegales y como tal debidamente reprimidas por la fuerza pública al servicio del Rey.

Vaya clase de demócratas.

@SoyAranguibel

 

Va ganando el socialismo

Por: Alberto Aranguibel B.

Apenas instalado el Gobierno del presidente Nicolás Maduro en 2013, la derecha emprendió la batalla del desconocimiento del Estado bajo el pretexto de la extinción de la “dictadura” que desde mucho antes habían desarrollado como matriz de opinión entre sus seguidores, y que (según ellos) con el fallecimiento del Comandante Chávez meses antes se habría acabado para siempre, con lo cual también se habría acabado el proyecto de justicia e igualdad social que impulsó en el país la Revolución Bolivariana.

Centró entonces su discurso en la frase “hay que cambiar el modelo”, refiriéndose en los términos más irresponsables al proceso de inclusión social que el socialismo, desde la óptica particular del ideario chavista, entraña.

El cambio del modelo fue su apuesta definitiva. Todo cuanto hizo para llevarlo a cabo; el desconocimiento del triunfo electoral del actual Presidente, el empeño en “tutear” (y hasta insultar a toda hora) al Primer Mandatario como burdo y soez intento por rebajar su dimensión institucional, las asonadas terroristas de 2014 y 2017, el frenético llamado a la comunidad internacional invitándola a actuar contra nuestro derecho a la autodeterminación, la imploración por un bloqueo económico contra nuestra economía, los muertos, mutilados, heridos, y los miles de deudos impactados por la vorágine antichavista a lo largo y ancho del país, así como la destrucción del bienestar que hasta ese momento fue alcanzado por las venezolanas y los venezolanos gracias a la Revolución Bolivariana, fue en su conjunto solamente una táctica de guerra por etapas con el único objetivo de acabar de raíz con lo que la gente más agradecía del Gobierno revolucionario; el bienestar social.

El empeño de la derecha no ha sido el destruir un ideario político solamente. Lo más importante para ese sector, cuya sed de poder está por encima de cualquier otra meta imaginable, es erradicar del alma del venezolano todo vestigio de satisfacción o agradecimiento hacia cualquier tipo de beneficio material o inmaterial que el socialismo bolivariano haya podido entregarle hasta ahora al pueblo. Su propósito más obsesivo es fomentar el odio del pueblo hacia su proceso revolucionario.

Por eso cuando habló desde el momento mismo del fallecimiento del Comandante Chávez de “cambiar el modelo”, a lo que se refería en concreto no era a otra cosa que al exterminio de la sensación de felicidad que de acuerdo a su lógica burguesa el hombre o la mujer de a pie no tenían derecho a experimentar.

En el capitalismo la pobreza es el condicionante esencial de la subordinación de clase a la que tiene que resignarse el pueblo para que la dinámica capitalista pueda verse realizada. El dinero, en sí mismo, no faculta ni desarrolla capacidad alguna para la determinación de la preeminencia social, porque carece de posibilidades materiales para la estructuración de la jerarquía social (como los ejércitos, las academias, las corporaciones), y es solo a partir de su capacidad para la generación de miseria como se produce la realización plena de la subordinación de la clase pobre a los designios de la clase burguesa.

De ahí la persistencia del más poderoso sector empresarial del país, Fedecámaras, Corpoindustria, entre otros, por exigir de manera invariable exactamente los mismos tres puntos, sobre los cuales no acepta discusión o concesión alguna.

En primer lugar, la exigencia estaba referida a la Ley del Trabajo. Tal como lo planteaba el sector privado, y lo convalidaba permanentemente la oposición que replicaba la tesis empresarial colocándola como punto de honor en el irresponsable debate político que le planteó a la Revolución, basado indefectiblemente en el desconocimiento de la legitimidad del Gobierno, la Ley del Trabajo debía ser derogada de inmediato si se quería contar con el aporte de dicho sector privado en la recuperación de la economía.

En segundo término, puso como condición inalienable la eliminación del control cambiario. La explicación ofrecida por el sector del gran capital en ese sentido también, como las explicaciones de las otras dos demandas, fue invariable durante los últimos cuatro años; ninguna economía del mundo ha prosperado bajo un régimen de control cambiario. Por supuesto, sin mencionar nunca que ninguna de esas economías de las que hablaba estuvo nunca sometida a la brutal lógica del saqueo al que ha estado sometida la economía venezolana desde hace más de un siglo, ni mucho menos mencionar la amenaza que hoy se cierne sobre nuestro país por parte de la más grande y depredadora potencia económica del mundo.

Finalmente, y no menos importante para ese sector, ha sido la de proponer como indiscutible la eliminación de la regulación de precios de los productos esenciales para la población.

En 2014, momento en el que arrecia tal exigencia (formulada reiteradamente desde hace al menos una década por ese mismo sector) la lista de productos esenciales regulados por el Gobierno Nacional no excedía los treinta y dos productos apenas. Aún así, siendo tan escasa la proporción de los productos regulados frente a los cientos de miles de productos susceptibles de ser comercializados a precio de libre mercado, tal como se hacía desde siempre sin ningún obstáculo por parte del Gobierno Nacional, el argumento del sector privado era que la desregulación de precios era lo más urgente e impostergable para la sobrevivencia de la economía.

Hoy, cuando en cada abasto, bodega, supermercado, panadería o frutería del país vemos la lujuria especuladora desatada como nunca antes en la historia de nuestra economía, donde la violación de toda clase de norma regulatoria o de control está a la orden del día hasta en el más insignificante producto de producción nacional (ya no solamente en aquellos sujetos a costos de importación) no cabe ni la más mínima duda de que el problema fundamental de la economía en este momento no es el humanista modelo socialista que le permitió a lo largo de toda la Revolución Bolivariana a las venezolanas y venezolanos disfrutar de infinidad de posibilidades de bienestar que jamás en el pasado pudieron ser ni siquiera imaginables, como la adquisición de productos de primera necesidad y medicinas a bajo costo,  posibilidades de acceso a bienes como equipos electrónicos, electrodomésticos, enseres y muebles casi a precio de costo, facilidades para adquisición de vehículos, viviendas, viajes al exterior, como nunca antes pudo hacerlo la gente pobre, servicios públicos virtualmente regalados, si no gratuitos, como la educación, la salud, la seguridad social, entre muchos otros.

Ahora, cuando se revisa el clamor nacional de todos los sectores del país, en los que se incluyen no solo los sectores del chavismo sino los militantes de la oposición y hasta los sectores mal llamados “ni-ni”, y se constata sin equívoco alguno que absolutamente todos reclaman la aplicación del máximo poder punitivo del Estado en contra de la anarquía inflacionaria que se ha instaurado en la economía nacional como producto de una guerra eminentemente capitalista que ha tenido como único propósito acabar con las regulaciones y los controles del gobierno sobre la economía, entonces es perfectamente claro que el país entero clama a una sola voz por la vuelta al modelo regulatorio socialista que la derecha siempre ha querido exterminar.

Hoy nadie desea en el país la libertad irrestricta por la que clama el neoliberalismo capitalista. La gente pide que se regulen los precios. Y punto.

En términos estrictamente ideológicos, el capitalismo perdió su propia batalla. Y esa, si se considera el esfuerzo en recursos humanos y activos económicos invertidos en esa prolongada guerra contrarrevolucionaria,  es una derrota descomunal.

Nadie pide ya aquella insensata plenitud de libertad para el capital, ni las desregulaciones para los precios de los productos esenciales por los que imploraron los capitalistas desde siempre. Ni siquiera los mismos opositores que padecen como los chavistas y como el pueblo todo los mismos agobios de la perversión capitalista que nos ha traído la penuria del desabastecimiento y la inflación más inmisericorde y desalmada.

El socialismo ha recobrado el profundo valor humanista que le imprimió desde un primer momento el Comandante Chávez, expresado en ese clamor de justicia por la que implora hoy el país entero cuando pide a gritos en todos los rincones “cárcel para los especuladores”, “mano dura en el control de precios”, “más poder al pueblo en las decisiones económicas”.

Se demuestra así que no era el modelo lo que había que cambiar, sino la tozuda y torpe oposición que le hizo al país tan demencial e irresponsable propuesta.

@SoyAranguibel

¡Chao, Almagro!

Por: Alberto Aranguibel B.

A Luis Almagro la oposición venezolana le ha salido más cara que costearle los estudios a un muchacho bobo en la universidad de Oxford.

Primero le puso como tarea, por allá por el 2014, cuando se destapó como el miserable traidor que es, que alborotara el país para poder acusar al presidente Maduro en la OEA de haber acabado con la libertad en Venezuela.

No le funcionó porque la oposición decidió postularse ese mismo año para un proceso electoral parlamentario que echaba por tierra toda hipótesis de tiranía en el país. Ganar ese proceso y que el supuesto tirano le aceptara el triunfo, fue el colmo del desastre.

Decidido a actuar por cuenta propia, Almagro acusa meses después al gobierno bolivariano de inconstitucionalidad porque, según él, mantenía sometidos a los Poderes del Estado bajo su control.

Pero la oposición se enfrentó tan abiertamente al Presidente a partir de ese momento desde la Asamblea Nacional, lo que desbarató también la infundada tesis de la supuesta inexistencia de separación de Poderes.

Creyendo que la gente no tenía memoria, Almagro retoma un año después exactamente el mismo tema de la inexistencia de separación de Poderes en Venezuela, y a la oposición no se le ocurrió nada más y nada menos que soltar a la Fiscal General como perro rabioso en contra del Primer Mandatario.

Sí había entonces separación de Poderes. No uno sino dos, el Legislativo y el Moral, estaban peleados con Maduro. Peor no podía haber puesto la torta la oposición.

Como un último recurso de salvación, Almagro decide entonces que acusará a Maduro de dictador y punto. Que de esa sí que no puede salvarse.

Y viene Maduro y convoca la más grande y entusiasta elección popular que haya tenido lugar en el país y lo revienta en seco.

Creyendo que tenía todavía una carta bajo la manga, Almagro le ordena finalmente a la oposición desconocer la Asamblea Nacional Constituyente para así poder denunciar a Maduro en el senado norteamericano y lograr su ansiada invasión militar de EEUU contra Venezuela.

Pero la oposición, en vez de eso, se inscribe en pleno para la elección a Gobernadores desbaratando ante el mundo el discurso según el cual ya no habría ni una pizca de democracia en Venezuela y dejando claro que el sistema electoral sí es perfectamente confiable.

De modo que en Venezuela no hay tiranía, no hay dictadura, existen las más amplias libertades públicas y la democracia funciona perfectamente.

Almagro ya no existe. No se le ve ni se le escucha por ninguna parte. Se convirtió en “polvo cósmico”, como todo el que se mete con Chávez.

Y como todo el que cree en la oposición venezolana.

@SoyAranguibel

¿Por qué fracasa la derecha cada vez que intenta refundarse?

  Por: Alberto Aranguibel B.

Entre las acciones más delirantes que la oposición ha puesto en marcha en su nueva fase de locura terrorista, está la de impedir cuando le venga en gana que la gente vaya a trabajar y que los niños asistan a sus escuelas.

En el trance de encontrarse sin clases por culpa de las “guarimbas”, la hija de mi amiga Karen, de apenas diez años de edad, se halló hace días junto a las pocas compañeritas que alcanzaron a llegar al colegio, en el medio de la modalidad de un nuevo juego que sus amiguitas organizaban para recrear desde su muy infantil perspectiva lo que en la vida real sus padres venían practicando en las últimas semanas… ¡La barricada!

Como la hija de Karen fue la única que se atrevió a preguntar cuál era el sentido de aquel absurdo juego, que consistía solamente en amontonar las cosas en un lugar para luego no hacer nada, de inmediato fue designada por aclamación del grupo como la que haría el papel de “chavista”. El resto haría de “héroes de la resistencia”.

Siguiendo meticulosamente el ejemplo que les inculcan sus padres, el objetivo de la nueva diversión no era otro que insultar y lanzarle corotos a la hija de Karen, e impedirle pasar por encima de la hilera de bultos apilados en forma de barricada. Los gritos de “¡libertad, libertad!” completaban la pavorosa escena lúdica que llevaban a cabo, con la complacencia y la bendición de las monjas y las maestras del colegio que vigilaban el “correcto desarrollo” de la actividad “recreativa”.

En su comprensión de la vida, la burguesía asume el universo como el espacio dispuesto para el pleno desempeño de las élites pudientes y la penuria impostergable y sin solución de los menesterosos.

Las leyes destinadas a regir la vida de los primeros son las del mercado. Ellas deben consagrar siempre las más amplias libertades para el ejercicio del capital, sin restricción alguna que no sea la que dicte el poder del dinero.

Los segundos, los parias de la tierra, deberán atenerse a la incierta eventualidad de la vida después de la vida que prometen por lo general las religiones, y que la cristiandad en particular entiende como el eje doctrinario de su fe, pensadas exactamente para apaciguar la ansiedad de bienestar que pudieran atreverse a desear quienes no posean los recursos para obtenerlo.

Bajo esa lógica, agredir a un pobre no es delito. Amenazar tan siquiera de palabra a un burgués adinerado sí lo es. Y mucho. Por eso el contrarrevolucionario acepta como natural la incineración de chavistas a manos de las hordas opositoras, pero pega el grito en el cielo si a alguno de ellos se les levanta la voz tan siquiera.

El recurso argumental de esa derecha genocida en contra de la Revolución Bolivariana para justificar el talante fascista de su arremetida violenta contra el chavismo, es que el Comandante Chávez, a quien acusaron siempre de culpable de los desmanes que ella comete, habría venido a dividir a la población venezolana con un discurso de odio que habría alimentado la confrontación entre clases sociales en el país.

Una acusación que no es nueva en el lenguaje de la derecha venezolana, porque ha sido la muletilla de los sectores poderosos contra todo aquel gobierno que no les resulte en un momento determinado conveniente a sus intereses particulares como sector hegemónico en la sociedad.

En 1948, por ejemplo, en la declaración del partido social cristiano Copei con motivo del derrocamiento del presidente Rómulo Gallegos, se decía textualmente lo siguiente: “Dentro de lo social, pese a circunstanciales protestas de defensa de la paz social, el régimen se caracterizó por una siembra constante de odios para dividir la familia venezolana. El origen comunista de los principales dirigentes del Partido, se reflejó en la continua propaganda de la división y del odio social. Una crisis profunda en el terreno de la producción se hizo sentir cada vez más, a pesar de los pomposos planes de fomento, en razón de la intranquilidad social, repercutiendo en la elevación del costo de la vida y concluyendo por hacer ilusorias las ventajas adquiridas por los trabajadores. La calumnia, el insulto, fueron el arma constante de los agentes oficiosos. La administración de justicia fue integrada con el espíritu de hacerla progresivamente un instrumento partidista. Mientras para la exportación se utilizaban frases hermosas sobre la estructura democrática del régimen, cada vez corría más en el interior del país la voz de que en Venezuela no se haría otra cosa de lo que voluntariamente quisiera Acción Democrática. Era frase corriente entre ellos, la de que sólo «a plomo» dejarían el mando.”

Si se considera que eso, exactamente igual a lo que se dice hoy desde la derecha contra el gobierno revolucionario, se dijo hace setenta años, se comprende la farsa detrás de la infamia.

La masacre cometida contra los sectores más pobres de la sociedad el 27 de febrero de 1989, tuvo como elemento distintivo el acribillamiento de barriadas enteras a fuego de fusil y ametralladora, que llevó a la muerte a más de tres mil venezolanos indefensos.

Quienes sobrevivieron a la brutal andanada fue porque se apertrecharon como medio pudieron bajo sus camas, único rincón de sus modestas casas de cartón donde no alcanzaba a llegar la lluvia de balas con la que eran rociados por la cruel fuerza armada de la cuarta república.

Al contrario de aquel genocidio, la guerra desatada hoy por la burguesía contra ese mismo pueblo, consiste en ir a buscar a la Guardia Nacional Bolivariana, dónde quiera que ella se encuentre, para arremeter en su contra con la mayor saña mediante el uso de armas y explosivos caseros de todo tipo, mientras sus efectivos resisten estoicos el feroz ataque, solamente medio protegidos por un modesto escudo plástico y ungidos de su valor como abnegados servidores públicos de la Nación.

Para la derecha (una vez como gobierno y otra como oposición) no existe diferencia alguna entre una y otra batalla, porque en ambos casos se ha tratado siempre de la perpetua guerra de los ricos contra los pobres, a quienes el capital ha querido someter bajo el poder del dinero desde los orígenes mismos de la sociedad, tal como lo enuncia Marx en el preámbulo del Manifiesto Comunista.

Una lucha desigual no solo por la desproporción entre las enormes capacidades del rico frente a las muy limitadas del pobre para librar esa eterna contienda, sino por la injusticia que comprende el ensañamiento del opresor, el burgués capitalista, contra la sed de igualdad social del oprimido, el pueblo.

La noción de justicia social no es pues un escenario factible en la lógica de la burguesía, sino un camino maleable que el poder del dinero procurará siempre adecuar a su antojo y conveniencia.

Es lo que intenta explicarle a uno de sus terroristas a sueldo el diputado fascista Juan Requesén, cuando le vocifera desencajado por la narcosis que lo perturba frente a las rejas de la Base Militar de La Carlota: “¡Hoy no es día de esto, compa!”, porque la burguesía que él representa es la que debe decidir el cronograma exacto de la acción incendiaria para la cual ese lumpen al que le grita ha sido contratado.

Se trata del guion que la derecha nacional e internacional ha fraguado para acabar mediante el odio hacia los demás con un modelo humanista que el Comandante Chávez emprendió en el país y que hoy continúa el presidente obrero Nicolás Maduro con el acompañamiento de ese pueblo que la burguesía se niega a aceptar como dueño de su propio destino.

Es el odio que expresa la médica que convoca a sus colegas a asesinar mediante inyección letal a los pacientes chavistas. O la otra, también doctora, que arrolla con su carro a tres guardias nacionales porque ya no soporta ni siquiera verlos frente a ella. O el intelectual que invita a reventarle el cerebro a los chavistas lanzándoles materos desde los edificios. O la histérica que grita a los cuatro vientos en La Lagunita que prefiere quemar la ropa que ya no le sirve antes que regalársela a los pobres, porque ellos son los culpables de que Chávez haya llegado al poder.

De ahí que el patético “juego” de la guarimbita infantil que hoy les inculcan y les aplauden a sus hijos no es de ninguna manera una novedosa fórmula de educación en los principios y valores de algún capitalismo de nuevo cuño, sino la brutal demostración del fracaso de una doctrina de la dominación que no es capaz de ofrecer sino la trágica y eterna regresión de la derecha al vetusto e inservible modelo de exclusión y de desprecio que ha profesado desde siempre contra los pobres.

La derecha no puede avanzar jamás si no es apelando a la violencia porque su propuesta no es más que un eterno retorno al odio.

¿Por qué la oposición necesita asesinar venezolanos?

Por: Alberto Aranguibel B.

Luego de largos años de desaciertos y reveses persistentes, la oposición venezolana logró determinar dónde exactamente estuvo la falla de Leopoldo López con su fracasada propuesta de “La salida”.

Una particularidad sorprendente de la forma de pensar de la oposición venezolana, es la recurrencia en llegar tarde a conclusiones sensatas a las que el chavismo arriba con total rapidez. Su empeño en oponerse a cualquier cosa que surja del chavismo es directamente proporcional a la vehemencia con la que, luego de transcurridos meses y años, defienden aquello por lo cual se oponían antes ardorosamente.

Así defendieron, después de oponérseles con la mayor furia, las máquinas captahuellas que se utilizan en el sistema electoral venezolano. Mucho antes, corriendo el año 2003, se habían rasgado las vestiduras en contra de la extensión del lapso para la inscripción de los nuevos votantes en el Registro Electoral Permanente (REP), aduciendo que era una treta del gobierno para inscribir colombianos que votaran por la revolución. Años después, la lucha opositora era por exactamente lo contrario, cuando exigía al Consejo Nacional Electoral que extendiera el periodo de inscripción de nuevos votantes, porque según ella, era inconstitucional impedir el registro.

Pero lo más emblemático de esa irracionalidad opositora es su contradictoria posición frente a los símbolos de la Patria. Despreciar como lo han hecho desde siempre a los Próceres de la Independencia, a quienes han acusado recurrentemente de bandoleros, asesinos y violadores, para presentarse ahora como “libertadores” (trajeados con el uniforme de Simón Bolívar, tomándose fotos en los monolitos que les rinden culto a nuestros héroes, etc.) es en verdad trágico. Ni que hablar del desquiciado corre y corre entre las siete y las ocho estrellas de la bandera nacional.

Igual a la impudicia de votar durante 17 años contra la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, para ahora pretender presentarse como ardorosos defensores de ese texto al que han repudiado en todas las formas posibles.

No habían transcurrido ni cinco días desde el inicio de las acciones terroristas del plan “La salida” activado por Leopoldo López en 2014, cuando ya casi todo el país (más del 85%, según todos los estudios de opinión realizados entonces) coincidían en la desaprobación del método de las “guarimbas” como fórmula de protesta política. De un lado, el pueblo porque consideraba que eran una violación al libre tránsito de las personas y a la vida misma. Y por el otro los opositores, porque se percataron de inmediato que las barricadas ideadas por el líder terrorista no eran sino una agresión contra los mismos opositores que viven en las urbanizaciones de las clases pudientes del país.

El chavismo se cansó de decírselos, pero no lo creyeron.

Descubrieron, años después del fracaso de Leopoldo, que si no había gente del barrio para apoyar el intento golpista de la derecha contra el gobierno legítimo del presidente Nicolás Maduro, el gobierno no iba a caer. Que ni cacerolas ni guarimbas tumban gobiernos.

Fue ahí donde la derecha decidió emprender su plan de infiltración de algunas barriadas populosas del país mediante la importación de contingentes de paramilitarismo colombiano que pasaran a Venezuela bajo la fachada de desplazados, para así activar en la debida oportunidad la fase de “guarimbas populares” que pensaron iban a resolver las torpezas cometidas con “La salida”.

Pero la guarimba popular no cristalizó tampoco en 2017 y la derecha se ha visto en la necesidad de escalar a otro nivel en su guerra contra la Revolución Bolivariana. Los operadores políticos de la derecha (diputados de Primero Justicia y Voluntad Popular principalmente) decidieron convertirse en vulgares contratistas de malandros a sueldo para aparentar una revuelta popular mediante la violencia que compran o que intercambian por anfetaminas en los mismos municipios en los que gobierna la oposición, usando siempre los mismos 30 o 40 malandros que ella traslada de un municipio a otro como en una siniestra caravana de la muerte.

No han logrado imprimirle a su violencia el carácter de guerra civil que pretenden.

De ahí la necesidad imperiosa de incendiar toda oficina de organismos del Estado y de atacar con saña a todo aquel que medio les parezca chavista. Había que apelar al terror, ya no para movilizar a la gente, sino para impedir que ésta expresara su rechazo a esa demencial forma de protesta política y provocar así el silencio del pueblo mediante el terror.

Para el capitalismo, carente de una propuesta ideológica atractiva para los sectores mayoritarios de la población, excluidos y lanzados al hambre y la miseria precisamente por la dinámica depredadora que rige al sistema, la necesidad de la desmovilización popular es la tarea más apremiante e impostergable.

Michael Dobbs, quizás el más claro exponente del pensamiento ultraconservador de la actualidad, quien fuera Secretario General del Partido Conservador en Inglaterra a finales de los años ochenta y mano derecha fundamental de Margaret Thatcher, la creadora de la tesis del “Capitalismo Popular” que en Venezuela retoma, entre otros líderes de la derecha golpista, la inefable María Corina Machado, y de la cual deriva la lógica del “bachaqueo” como fórmula de enriquecimiento individual con la que se ilusiona a los  pobres, expresa mejor que nadie en el mundo esa ideología del terror como instrumento político.

“Ese es el secreto de los grandes hombres –dice Dobbs- Cuando un hombre tiene miedo de que lo aplastes, de que los destruyas por completo, su respeto siempre vendrá detrás. El temor más elemental siempre es embriagador, abrumador, liberador. Siempre es más intenso que el respeto. Siempre”.

Para la derecha la muerte no es solo un elemento estadístico necesario al servicio de la presión internacional contra nuestro país. Desatar el terror es para ella una forma expedita de lograr que la sociedad se sienta presa del pánico para hacerla ceder ante cualquier solicitud o deseo del terrorismo.

Por eso, frente a un pueblo que rechaza masivamente el modelo político de la barricada, que ha aprendido a organizarse para desmontarlas e impedirlas incluso en las zonas tradicionalmente más violentas, y que se niega a acompañar a quienes están cada vez más evidenciados como autores de la destrucción y la muerte, la derecha no ve otra alternativa que procurar que la barricada infunda por sí misma el temor que no puede infundir la gente con la que no cuenta. Si contara con gente que creyera de verdad en su proyecto fascista, sería esa gente la que estaría poniendo el pecho en la acción vandálica que le urge a la dirigencia opositora para crear la impresión de país al borde del abismo.

Pero no cuenta con ella.

Su objetivo entonces es crear la percepción de que quien intente desbaratar esas barricadas solitarias que proliferan hoy en los municipios gobernados por la derecha pudiera ser asesinado, para que a nadie se le ocurra ni siquiera acercárseles. En la falsa democracia fascista, esas barricadas solitarias sustituyen a la gente.

El pavor a la muerte en cualquier esquina producto de un disparo del francotirador dispuesto para tal fin por esa diabólica dirigencia, es la más cruda y brutal evidencia de las formas perversas en que operan quienes se saben sin respaldo popular en su demencial y antojadiza búsqueda del poder.

Así la comunidad afectada por ese infame método de presión social descubre progresivamente que aquellos a los que la derecha les decía que tenían que odiar, como los abnegados efectivos de la Guardia y la Policía Nacional Bolivarianas, son los verdaderos salvadores de quienes a partir de un determinado momento de sensatez y de cordura se ven en la obligación extrema de implorarles su auxilio y protección, después de semanas y meses de desprecio y de difamación sistemática contra ellos.

Una vez más los opositores llegan tarde a una verdad que no quisieron ver nunca en su momento.

Ellos, los militantes de la oposición que hoy se percatan de la ineptitud y la incompetencia de su propio liderazgo, son los primeros que debieran celebrar esa maravillosa posibilidad de Paz a la que invita el presidente Nicolás Maduro con su llamado a Asamblea Nacional Constituyente, y a la que ha convocado a todas y todos los venezolanos sin excepción ni distingos de parcialidad política alguna.

Se trata de una oportunidad única para corregir el desfase trágico que ha marcado la vida de esas venezolanas y esos venezolanos que a la larga terminan convenciéndose siempre de que la Revolución también es para beneficiarlos a ellos, y que también tienen derecho a una vida sin el tormento del terror en el que su dirigencia los ha sumido de la manera más cruel, injusta e inmisericorde.

@SoyAranguibel