C. Hernández: La “comunidad internacional” que apoya a Guaidó está tan maltrecha como él.

Por: Clodovaldo Hernández
LaIguanaTV

Donald Trump, buscando votos de venezolanos y cubanos en Miami, ha admitido que Juan Guaidó (quien, según él, es un presidente elegido) ha perdido parte de su poder. Tardó en darse cuenta porque es algo que comenzó a notarse desde el 23 de febrero de 2019. Pero, además, es un hecho que toda la coalición internacional que ha respaldado el derrocamiento de Nicolás Maduro mediante esta modalidad de “cambio de régimen” también está haciendo aguas. Empezando por el propio Trump.

Durante el año y medio que está por cumplirse desde que Guaidó se juramentó a sí mismo en una plaza de Caracas, el principal argumento del «gobierno paralelo» ha sido el apoyo internacional que este tendría, frente al aislamiento de Maduro.

Para sostener este argumento se ha recurrido a una doble valoración: la cantidad y la calidad de los países, gobiernos, organizaciones internacionales y líderes que respaldan el Proyecto Guaidó.

Pero, luego de este tiempo, no solo el diputado autoproclamado presidente está debilitado y maltrecho, sino también todo ese constructo mediático al que llaman «la comunidad internacional» que supuestamente lo avala.

Veamos con detalle. Revisemos, en primer lugar, la cuestión meramente cuantitativa. En el trayecto de 18 meses ha quedado en evidencia que al «gobierno encargado» no lo respalda la mayoría de las naciones del planeta, salvo que uno tenga una visión tan atolondrada de la geografía universal como la de la señora que habló de «miles de países».

Aun en aritmética simple, los 60 países que, según sus propias cuentas, respaldan a Guaidó, son apenas un tercio del total de Estados soberanos del mundo. De tal manera que habría que preguntarse por qué «la comunidad internacional» es un tercio del mundo. ¿Qué es entonces el otro segmento, formado por dos tercios de los países?

Cuestión de “calidad”

Aquí viene la segunda valoración que suele oírse en predios opositores ilustrados. No se trata tanto de la cantidad, sino de una serie de factores que pueden agruparse en la palabra «calidad». Sigamos analizando, entonces.

Un primer factor tiene que ver con el rango de los países en la escena geopolítica global. Dicen los defensores del Proyecto Guaidó que tiene el visto bueno de los que realmente tienen peso específico, como Estados Unidos y los integrantes de la Unión Europea.

En los grandes medios de comunicación de esos mismos países y en sus subsidiarios latinoamericanos y venezolanos, enarbolan ese criterio como una prueba irrebatible de la clásica superioridad del norte del mundo, una mezcla de viejos supremacismos: monroismo, eurocentrismo, etnocentrismo blanco, colonialismo.

Pero ese punto del rango geoestratégico de los países luce bastante desfasado. Hubiese sido mucho más contundente en los años 90, recién desplomada la Unión Soviética. No en estos años de declive del imperio estadounidense y de enérgico surgimiento de China y Rusia como nuevas potencias. Y mucho menos en el año de la pandemia, que dejó a la Unión Europea desnuda en sus terribles falencias e iniquidades.

Pues bien, en el actual escenario geopolítico, frente a la alianza en contra de EEUU y la UE, el gobierno constitucional de Venezuela ha tenido el apoyo explícito y contundente de esas dos potencias que, según los vientos que soplan, ya dejaron atrás a la vieja Europa y van a emerger en el mundo pospandémico en pie de igualdad con EEUU.

La postura de China y Rusia ha significado humillantes derrotas para EEUU en el exclusivo Consejo de Seguridad de la ONU, el club de ganadores de la Segunda Guerra Mundial en el que entran algunos invitados circunstanciales. Washington hasta ha tenido que apelar al derecho a veto para evitar males mayores para su causa.

Entonces, si consideramos que en el planeta de 2020 hay tres superpotencias: EEUU (sus socios europeos son, cada vez más, un vagón de cola), Rusia y China, habría que concluir que el proceso bolivariano tiene el apoyo de dos de ellas. Nuevamente tenemos a «la comunidad internacional» dividida en dos tercios/un tercio. Pero, según los medios ya mencionados, el tercio vale más que los otros dos.

Otro enfoque de este asunto de la «calidad» se refiere al hecho de que EEUU ha conseguido que la mayoría de los países del vecindario latinoamericano se sumen a su reconocimiento como presidente de alguien que no fue votado para tal cargo. Pero ni siquiera en la arena hemisférica han podido consolidar realmente una mayoría en contra del gobierno de Maduro. La incapacidad de la Organización de Estados Americanos para fraguar un consenso, ha querido ser compensada por ese engendro llamado Grupo de Lima. Pero nunca ha calzado los puntos y (al igual que la UE), el Covid-19 ha puesto en evidencia que, en realidad, no son un mecanismo de integración de países hermanos, sino un artilugio al servicio del Departamento de Estado en contra de Venezuela.

La derrota de los gobiernos neoliberales en dos países de gran influencia regional, México y Argentina, ha puesto peor las cosas para los de Lima.

En el ámbito Nuestro Americano, el gobierno constitucional se ha movido con habilidad diplomática y con dignidad para contener la estrategia. La solidaridad demostrada por la Venezuela bolivariana en años recientes ha rendido frutos. Por supuesto, esto molesta mucho a los proimperialistas, quienes desprecian profundamente a las naciones pequeñas, a «los países recogelatas del Caribe», como dijo una vez un connotado dirigente de AD.

La ruina moral

Ya ha quedado claro que en términos cuantitativos, es completamente falso que el Proyecto Guaidó tenga apoyo internacional mayoritario. No lo tiene ni entre la totalidad de los países del mundo ni entre los de peso superpesado. Tampoco lo tiene en el coto continental.  Pero hay una perspectiva más de la «calidad» de los respaldos que la tentativa de cambio de régimen ha tenido, y esta es la relativa a la situación que viven los países, los gobiernos y los líderes que han encabezado esta iniciativa.

Dejemos de último a los EEUU de Donald Trump, pues él es el dueño del tinglado. Volvamos sobre la UE, zarandeada por la pandemia, con varios de sus gobiernos muy aporreados, tomando medidas antipopulares en medio de la emergencia sanitaria, avergonzados por feos escándalos de corrupción y obligados a ir a la zaga del gamberro ocupante de la Casa Blanca.

En los últimos días, para complementar el desprestigio de los aliados de EEUU del otro lado del Atlántico, Reino Unido demostró una vez más su estirpe de piratas y saqueadores al robarse, en complicidad con el «gobierno encargado» 31 toneladas de oro que pertenece a Venezuela. Un botón de muestra de la «calidad» de los apoyos internacionales que tiene la oposición no democrática.

Lo que resulta obvio es que el apoyo internacional que mantiene Guaidó depende de los negocios que su condición de falso presidente le ha permitido hacer con los gobiernos que lo respaldan. Dando y dando.

No queda hueso sano

Si miramos hacia el vecindario, es notable la ruina de los gobiernos y líderes que han respaldado el plan de EEUU. Mauricio Macri fue derrotado; a Sebastián Piñera lo salvó la campana del coronavirus, porque a inicios de este año estaba prácticamente tumbado por las protestas populares; Lenín Moreno es simplemente indefendible; la derecha  boliviana solo puede mantenerse en el poder por la vía de facto, la misma que utilizó para acceder a él; Bolsonaro es tan patético que se le considera una caricatura de Trump (saque usted la cuenta); y el subpresidente Duque está rodeado de escándalos por todos los flancos, en un país repleto de crímenes impunes. Como colofón de esta ristra de personajes patibularios, Luis Almagro, el secretario, ha batido todos los récords de obsecuencia ante los dictámenes imperiales, llevando a la prostituida OEA a su nivel más bajo, como ministerio se colonias de EEUU.

¿Y qué decir de Trump, el gran jefe de Guaidó? Pues, que anda «de los nervios»(como dicen los españoles) porque las encuestas indican que va a perder la reelección ante un oponente bastante mediocre como Joe Biden, lo cual es doblemente humillante. En lo que respecta a Venezuela, todas sus arrogantes y psicopáticas tentativas han fracasado a tal punto que en algunas de ellas ha tenido que hacerse el loco, papel que no le cuesta porque lo interpreta a diario.

Su acto de campaña en el reducto del falso exilio venezolano en Miami ha sido la mejor evidencia de la bancarrota ética y moral de esa «empresa» (término que le cuadra a la perfección) que ha sido el Proyecto Guaidó. Un candidato que está perdiendo por paliza ante un cachivache del Partido Demócrata confiesa que su pupilo en Venezuela “ha perdido poder y no tiene apoyo de la gente”. ¿Hace falta agregar algo?

clodovaldo  Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV

Gobernar sin poder

Por: Alberto Aranguibel B.

La forma en que la oposición venezolana se ha visto obligada por casi un cuarto de siglo de derrotas y fracasos de toda índole a entender el poder, es aquella que consiste en el gobierno de lo inexistente (gobierno fatuo) en el cual el ritual de la autojuramentación para el ejercicio de una presidencia ficticia es apenas la concreción histriónica del modelo.

El verdadero grueso de tal absurdo, tal como lo entiende esa derecha inconsciente y reaccionaria que en mala hora le ha tocado al país, es el de la entrega plena de la administración del poder a una potencia extranjera.

No existe ni una sola evidencia que haya podido mostrar esa canalla oposición que pruebe la supuesta sumisión de Venezuela a Cuba, China, Rusia, o a Irán, que no hayan sido más que chismorreos e infamias inventadas y difundidas por las redes sociales. Sus intentos por descalificar la cooperación equitativa entre países hermanos jamás ha tenido soporte.

Pero quienes acusan de esa supuesta entrega del país a gobiernos extranjeros, son quienes hoy aplauden la aprobación de un contrato de administración de los recursos venezolanos en el exterior concedido por la escuálida Asamblea Nacional en desacato a dos empresas norteamericanas.

Deja ver así esa maltrecha oposición cuatro cosas indiscutibles con su innoble acto de traición a la Patria.

En primer lugar, que su supuesta indignación por la hipotética sumisión del país es toda una farsa, porque lo que hacen con ese contrato completamente viciado de ilegalidad no es sino un vulgar acto de verdadera cesión de nuestra soberanía.

Segundo, que al entregar la Patria sin ningún pudor dejan claro ante el mundo que son solo una banda de irresponsables para quienes la política no es sino una fachada. ¿A quién se le ocurre poner zamuros a cuidar carne?

Tercero, y probablemente lo más importante, que lo único que los motiva es el afán de hacer dinero a costa del hambre y el padecimiento del pueblo, en lo cual no hay negocio que no sea apetecible para ellos.

Y cuarto, que no tienen poder alguno para gobernar.

Una vez más, esa tragedia sin solución que es la oposición venezolana deja al descubierto que todo lo se dijo siempre de ella desde el chavismo en cuanto al carácter delincuencial de su espurio liderazgo es no solo cierto sino terriblemente costoso para nuestro pueblo.

@SoyAranguibel

País a la machimberra

Por: Alberto Aranguibel B.

En Venezuela hay un grupito, pequeño pero muy ruidoso, habituado a exponer al mundo su inconformidad como único argumento político válido.

Es un grupito que solo sabe pedir y mentir. No sabe armonizar criterios ni llegar a acuerdos, sino patalear porque se les complazca en todo sin importarle en lo más mínimo los derechos de los demás. No le interesa el concepto de conjunto social. Ni mucho menos la idea de justicia e igualdad. Solo busca su satisfacción propia a como de lugar.

Pide elecciones porque dice que la falta de éstas es signo revelador de las tiranías. Pero cuando se hacen las elecciones llama a la abstención y desconoce sus resultados, incluso desde antes de estos obtenerse.

Dice que necesita pruebas irrefutables de transparencia electoral. Dichas pruebas siempre le son concedidas y en señal de conformidad con las mismas firma las actas de certificación de todas y cada una de ellas. Pero, aún así, termina cantando fraude.

Pide entonces conteo total de votos (porque en su obcecación no entiende que la elección es en sí misma un conteo) y cuando se cuentan en su totalidad pide que la gente descargue una arrechera que no tiene, porque ya con su voto dijo lo que quería decir, provocando así que quienes salgan a las calles sean solo los desadaptados que le hacen el juego a la arbitrariedad de ese grupito que ve en la figuración con la que le ayudan los medios de comunicación de la derecha el oxígeno para su terco empeño.

Vuelve a pedir elecciones y vuelve a exponer su nunca explicada inconformidad como único argumento. No muestra jamás señal alguna de satisfacción porque asume que aceptar satisfacción es claudicar a algún principio. Solo que sus principios son tan inexplicables como su terquedad y complacerle se torna en el perpetuo cuento del gallo pelón.

Provocando sin ningún fundamento desconfianza en el rector electoral, ha pedido por años su destitución y el nombramiento de nuevas autoridades. Con esa excusa ha salido a las calles, ha generado violencia, ha expuesto y sacrificado vidas, llegando al extremo de pedir una invasión extranjera en la que deposita su sed de poder eternamente insatisfecha.

Ahora hay un nuevo CNE, pero tampoco lo acepta.

De nuevo queda claro que jamás ha querido democracia sino apropiarse del país a la machimberra.

 

@SoyAranguibel

Apocalípticos

Por: Alberto Aranguibel B.

A través de la historia, el pensamiento conservador ha acudido siempre al dogma de la religión como su referente doctrinario por excelencia, porque no ha encontrado jamás argumentos válidos en la teoría política a su visceral empeño de imponer un modelo de sociedad como el capitalista, basado en la injusticia y en la explotación del hombre por el hombre.

Para la derecha venezolana, completamente desbordada por la incapacidad e ineptitud de su liderazgo para asumir la inmensa responsabilidad que comprende la función política, la muerte ha venido a ser exactamente eso; una fórmula de salvación igual a la descrita en los pasajes de la Biblia que se refieren a ella como la puerta al reino de los cielos.

Sin haber estado ni siquiera cerca del martirio (porque más allá de las consignas destempladas de algunos, todavía no existe el opositor que esté dispuesto a ofrecer su vida o la de los suyos en pro de la causa política que defiende) la derecha venezolana se regocija con esa muerte idílica que describen las Sagradas Escrituras porque ha sido en lo único en lo que ha encontrado algún nivel de alivio en la larga cadena de derrotas y fracasos en los que ha estado sumida desde hace casi un cuarto de siglo.

Incendiar vivo a un ser humano, por ejemplo, o asesinarlo lanzándole materos desde lo alto, es para el opositor promedio un piadoso acto de liberación que le acerca a la tan negada gloria del poder que por la vía del ejercicio democrático de la política no ha podido alcanzar jamás. Un acto de liberación igual a la hipotética salvación que espera esa derecha de un ejército extranjero que lleve a cabo la tarea de la muerte necesaria en la cual cree, y a la que asume como una legítima fórmula de redención.

Hoy, frente al inmenso e innegable logro del gobierno revolucionario en la contención y prevención de la peor amenaza que ha existido contra el ser humano en los últimos cien años, la derecha se aferra a la contabilidad de las muertes como su única esperanza de recuperación del desastre que en su haber representa Juan Guaidó.

A nadie en la oposición le interesan las cifras que colocan a Venezuela en el primer lugar en el continente en la efectividad de la gestión contra el coronavirus. Buscan cadáveres por las esquinas y los callejones como quien persigue rampando entre el pajonal el trébol de la fortuna.

Es, de nuevo, la búsqueda desesperada de la muerte como la puerta al cielo.

 

@SoyAranguibel

Negociantes del dolor

Por: Alberto Aranguibel B.

 No se conoció nunca en la historia un sector político que promoviera el estallido social de su propio país, para salir luego a recorrer el mundo buscando ejércitos que lo invadieran e intentar después de eso colocarse en el poder prescindiendo de cualquier tipo de procedimiento constitucional o electoral que justificase o soportase tal aberración.

Los guerreros de los que habló la historia, cuando salían de su suelo lo hacían para apertrecharse o para reorganizar sus fuerzas y ser luego ellos mismos quienes invadían su territorio, precisamente para librarlos del yugo de imperios extranjeros que hubiesen osado atravesar sus fronteras para expoliar y someter a sus pueblos.

En tales procesos, la penuria fue el signo común que demostraba la necesidad de librar las batallas que libraban esos luchadores en función de sus pueblos. La escases de recursos, la precariedad y la total inexistencia de confort, fueron siempre la constante en todas las historias de vida de quienes entregaban todo por su patria.

Pero, la oposición venezolana, farsante como es, habla de una fantasiosa e inexistente “invasión de cubanos” en Venezuela, para justificar el derroche de dineros que en nombre de su hipotética lucha de liberación lleva a cabo con recursos robados a la nación de la manera más obscena y descarada, cada vez en mayor cuantía e impudicia, con los cuales recorre el mundo en las más lujosas primeras clases de las líneas aéreas más costosas, y alojándose en los más deslumbrantes hoteles cinco estrellas de América y de Europa.

En su mundana itinerancia por palacios y mansiones de mandatarios y multimillonarios del planeta, no pierden nunca la oportunidad de procurar acciones de potencias extranjeras contra nuestro pueblo, al que castigan pasándole la factura del sufrimiento que generan esas ilegales sanciones que ellos promueven en el exterior, para continuar sacándole el más jugoso provecho al odio que diseminan por el mundo contra el chavismo.

Castigan a ese pueblo por no haber votado nunca por la oposición en procesos electorales en los que el chavismo ha contado siempre con un respaldo indiscutible y mayoritario.

Jamás un sector político fue tan inmoral como la oposición venezolana, que llega al extremo de asesinar gente viva en la calle, sabotear servicios públicos y acabar con la economía del país, tan solo para hacerse de ese grosero, insustancial y frívolo estilo de vida.

@SoyAranguibel

Vivir sin oposición

Por: Alberto Aranguibel B.

Se tienen por norma universal definitoria de la democracia la libertad de pensamiento y la garantía de la posibilidad de coexistencia civilizada de partidos políticos, no solo diferentes sino incluso antagónicos desde un punto de vista ideológico.

Pero de ninguna manera está establecido en la teoría política, bajo ninguna forma de pensamiento, que es obligatoria esa condición referida a la existencia de la diversidad política en la sociedad para entenderse como democrática. Para ello, lo único que debe ser constitucionalmente obligatorio es que esas libertades y garantías plenas para la expresión o la participación existan.

Pero, si la sociedad rechaza de manera invariable las propuestas de corrientes de opinión distintas a las que abriga o respalda en un momento determinado la mayoría, de ninguna manera puede considerarse fallido o incompleto dicho modelo. Menos aún cuando esas garantías, ese aseguramiento de las libertades de expresión o de participación, se ejercen en la forma más amplia, consistente y estricta, por todos los órganos del Estado y de la vida pública en general, como sucede en Venezuela.

Si un sector cualquiera de la vida nacional, como la oposición, se rebela contra las formas y los principios éticos convencionales de la política y se erige en poder fáctico, que apela de manera permanente a la desestabilización y al golpismo contra los gobiernos legítimamente electos por la inmensa mayoría de los ciudadanos; que no presenta propuestas alternativas que interesen al pueblo para la construcción del estado de bienestar y de paz al que todas y todos aspiran; que no acepta la fórmula del voto universal como base de la institucionalidad y la gobernanza, el problema no tiene que ser asumido como un problema de carácter nacional que arrastre consigo a toda una población que nada tiene que ver con la ineptitud e incompetencia de ese fracasado sector.

En Venezuela no existe (ni ha existido) una oposición a la altura de las exigencias, los retos y la necesaria madurez política que reclama el país.

El desastre que hoy cunde en la oposición solo demuestra, una vez más, que la revolución no ha tenido nunca un verdadero contrapeso propiamente político, sino un grupo de inmorales e inescrupulosos arribistas desesperados por alcanzar el poder a como dé lugar, con el único objetivo de hacerse de algún dinero fácil ofertando la patria a precio de gallina flaca (como es lo usual en el neoliberalismo).

Así que nadie se alarme. Vivir sin oposición no solo es completamente legal y constitucional, sino que es perfectamente posible. Y hasta provechoso.

Lo único que hay que hacer es habituarse a la idea. Y listo. Seguir adelante en la construcción de la Patria.

@SoyAranguibel

Auto-mentado

Por: Alberto Aranguibel B.

Producto de su arrogancia y su afán supremacista, la oposición venezolana llegó al extremo de poner como líder a un auténtico pata en el suelo, bembón, pelo malo y nariz de gorila, como Juan Guaidó, porque su desprecio y su subestima a los chavistas es tal que terminó convencida de que para salir de ellos lo único que podría funcionar era el engañoso encantamiento que solo uno que pereciera venir del pueblo podría lograr entre ese inmenso “perraje”, como le dicen a la gente humilde.

Se cansaron de poner gente de verdadera alcurnia y pomposos apellidos para dejar en claro el perfil oligarca de su propuesta al país (Römer, Machado, Mendoza, López, Capriles) pero ninguno llegó a calar ni un ápice en el alma verdadera del pueblo, por lo que se vieron en la obligación de forzar la barra hasta concluir, muy a su pesar, en la enclenque figura del presidentico ni fú ni fá que terminaron teniendo como única opción de la derecha para enfrentarla al chavismo.

Como todo pusilánime, no pasó de ser un divertimento más de la picaresca política nacional, dedicado al anuncio de fechas apocalípticas para el logro de su ansiada gloria, al final de las cuales hasta sus más cercanos aliados terminaron siempre despotricando en su contra acusándolo de embaucador, estafador y hasta de ladrón.

Hoy, luego del estruendoso fracaso en su mas reciente convocatoria, el 16/11 en el que la militancia opositora cifró toda su esperanza de alcanzar el poder, el diputado Guaidó es reconocido por fin por la gran mayoría de los opositores (“más del noventa y cinco por ciento”, que tanto les gusta usar para referirse a su imaginaria grandeza) como el mayor farsante que jamás haya parido la derecha.

Se percatan (después de habérseles dicho hasta la saciedad de mil y una formas desde el chavismo) que ese líder de utilería no solo no tuvo nunca el más mínimo talento para la conducción de masas, sino que es un mequetrefe sin esperanzas para quien la política es solo un tinglado para guarimbas de paltó y corbata.

Como si embarcar a la gente fuera su más excitante entretenimiento, entra ahora en su fase de despedida anunciando nuevas fechas para las mismas delirantes batallas de frustración.

Más que como “autojuramentado”, pasará a la historia como el “auto-mentado”. O sea; el líder al que más se la mentaron sus propios seguidores.

@SoyAranguibel

Los países de la Tintori

Por: Alberto Aranguibel B.

Es completamente normal encontrarse hoy con escuálidos que afirman categóricos en cualquier lugar y a todo gañote, que la oposición habría obtenido su mayoría en la Asamblea Nacional gracias al voto de más de catorce millones de venezolanos que aquel 6 de diciembre de 2015 concurrieron a las urnas electorales.

El argumento es exactamente igual al esgrimido en 2013 por el entonces alcalde de Baruta, Gerardo Blyde, en la reunión del diálogo convocada en esa oportunidad por el presidente Nicolás Maduro en Miraflores, según el cual la Constitución venezolana vigente se debía al voto de todos los venezolanos, chavistas y opositores, que votaron en su referendo aprobatorio unos a favor y otros en contra. Una absurda sumatoria que convertiría a Fernando VII en co-Libertador de Venezuela. Porque mientras Bolívar luchaba por la independencia, él luchaba para evitarla.

Tal dislate sumatorio solo tiene una explicación. Que, frente al reiterado fracaso de la oposición en la fórmula democrática del voto, no le quedó otro remedio que instaurar la idea de que son mayoría, usando esa poderosa herramienta a su servicio que son los medios de comunicación. En definitiva, la gente nunca ve los votos de ninguna elección, sino a los funcionarios que presentan a través de las cámaras cuáles fueron los números de la misma. ¿Por qué no ser entonces ellos quienes den esos números a la opinión pública? habrán dicho en algún momento.

Por eso la oposición dejó de someterse a elecciones con argumentos cada vez más irresponsables. Para ellos es un gasto de dinero virtualmente tirado a la basura porque siempre pierden. Y, además, porque no les hacen falta. Su “negocio” está en usar los medios para construir su mayoría. Una cómoda y muy controlada mayoría mediática.

De ahí que ya no tengan líderes sino artificios de mercadeo político, como muy bien los denomina la Vicepresidenta Ejecutiva, Delsy Rodríguez. Cualquier bemba ‘e perro puede ser ahí líder si cumple con los requisitos mercadotécnicos que el medio exige.

Líderes que consideran que su función no es ninguna otra que la de mentirle al mundo agregándole siempre una cantidad mayor a las cifras que ellos mismos hayan dado previamente como “sus números” en cualquier otra declaración a la prensa. De modo que, aún sin haber participado en elecciones, llega un momento en que pueden permitirse declarar enfáticos que cuentan con más del 80, 90 o incluso 95% de respaldo popular, como ahora vociferan. Saben que ahí estarán los medios y las redes sociales para acostumbrar poco a poco al mundo a la idea de que esos son los números correctos.

De modo que si alguna crisis existe hoy en Venezuela, es la del desastre social, económico y político, que ocasiona una oposición enfermizamente convencida de ser la más descomunal mayoría de la historia, en razón de lo cual niega toda fórmula democrática para su desempeño (ya sea la elección o el diálogo), precisamente por culpa de esa terca manía de abrogarse números idílicos que no le corresponden, porque cree que esa es la forma correcta y más eficaz de hacer política.

De esa demencial lógica aritmética que usan para fabricar mayorías artificiales incrementado números ante las cámaras, es de donde surgen los “miles de países” que ve Lilian Tintori en su pequeña cabecita escuálida.

@SoyAranguibel

Teresa de Washington

Por: Alberto Aranguibel B.

La madre Teresa de Calcuta, considerada por el mundo cristiano como un caso excepcional de servicio a Dios en virtud de la abnegada labor humanitaria que llevó a cabo durante su vida, mereció los más altos reconocimientos del mundo por su entrega absoluta a la redención de los marginados, principalmente los humildes, los enfermos y sin hogar.

Asumida en su momento como un símbolo vivo de la más pura y perfecta conmiseración hacia el ser humano, a la madre Teresa le fue otorgado el Premio Nobel de la Paz, así como otros importantes galardones, como el Premio Internacional Juan XXIII, impuesto por el Papa Paulo VI, la Medalla Presidencial de la Libertad, por el presidente Ronald Reagan de los EEUU, el Premio Balzán, por el presidente Sandro Pertini de Italia, y una medalla especialmente concebida para ella por la ONU, entre muchos otros.

Recorrió el mundo con su obra de caridad, en razón de lo cual su nombre apareció siempre encabezando las listas de las personas más admiradas de todo el planeta, precisamente porque nunca discriminó a los humildes entre buenos y malos.

Por eso la labor humanitaria que hoy en día lleva a cabo la hija de Donald Trump en Cúcuta tiene que ser evaluada en su justa dimensión.

Esta buena mujer ha saltado por encima de los horrendos campos de concentración que su padre ha montado para encerrar en ellos a los miles de niños que son arbitrariamente separados de su familia y luego sometidos a las más humillantes vejaciones que el ser humano haya conocido jamás desde los tiempos de la Alemania nazi, con el único propósito de ver de cerca a unos venezolanos que su hermano Juan Guaidó, “hijo putativo” de Trump, dejó abandonados desde hace meses en la frontera colombo-venezolana.

Tan particular desatención al sufrimiento de miles de seres humanos torturados por su papá allá en su propia casa, para venir a saludar a miles de kilómetros de su Washington natal a unos cuantos guarimberos, o es un gran acto de brutal discriminación hacia aquellos o el más sublime gesto de amor hacia estos.

En todo caso, si a la Madre Teresa la erigieron Santa por lo que hizo, a la emperatriz gringa habría que edificarle el más grande templo mariano de la historia. Porque jamás nadie ha amado tanto a los guarimberos como ella los ama.

@SoyAranguibel

Aranguibel: #EnVenezuelaChallenge es un reto de esperanza para nuestro pueblo

En amena conversa con el periodista y constituyente Earle Herrera en su programa “El Kiosco Veraz”, transmitido semanalmente por Venezolana de Televisión, el también constituyente Alberto Aranguibel resalta la importancia que tiene hoy para las venezolanas y los venezolanos rescatar el apego a la venezolanidad y el amor a la Patria, como elementos fundamentales para la superación de las penurias que genera la cruel e injusta guerra del imperio contra nuestro país.

Guerras delivery

Por: Alberto Aranguibel B.

El antichavismo es un raro grupo heterogéneo en el que cada uno piensa que es un ser especial, único e irrepetible, pero que en realidad coincide en muchos más aspectos de lo que ellos mismos piensan. El más relevante de esos aspectos es, quizás, el de la vocación consumista.

El opositor común no piensa en política (ni mucho menos en ideologías o activismo partidista) sino en dinero. Todo lo que tiene que ver con su vida lo cuantifica en plata. En dólares, específicamente. Por eso necesita salir de la Revolución Bolivariana; porque entiende que el socialismo es la negación del capital y asume que el capitalismo es el paraíso del dinero.

Ese afán de comprar solo lo que les provoque es lo que los lleva a desechar de la noche a la mañana a los mismos líderes que días antes adoraba, y que por alguna razón no lograron satisfacer su sed de fortuna en el lapso que su expectativa les dictaba. Para es ellos es como si el liderazgo fuese algo que se adquiere en un centro comercial y que puede devolverse cuando el cliente así lo desee si no se está conforme con el producto.

De ahí su descabellada y terca resolución de invocar una invasión armada que lleve a cabo el trabajo que su liderazgo no ha sido capaz de hacer. Les importa un comino la soberanía o la independencia, porque están seguros de que con eso no van a obtener las fabulosas mansiones ni los yates o aviones que de manera tan ilusoria les ofrece el capitalismo.

Lo que no se entiende es cómo creen que van a salir airosos en una invasión como la que piden, si el promedio de los opositores no sabe ni subir cerros, ni cargar una lata de agua, o pasar tres días durmiendo en el monte. Mucho menos disparar ni siquiera una escopeta de balines o detonar debidamente un paquete mediano de fuegos artificiales.

A la hora de una invasión, todos los que están dentro del país invadido son objetivos de guerra. Pero los opositores se imaginan en una suerte de absurda “isla de la fantasía”, donde el horror les pasará por un lado, asustándolos pero sin hacerles daño, simplemente porque ellos se consideran “los buenos de la película”.

Jamás han estado ni cerca de una auténtica confrontación armada. Y cuando así ha sido (por ejemplo, cuando les dicen que en tal o cual sitio están atracando mucho) corren despavoridos como alma que lleva el diablo.

Sus andanzas más usuales (en las raras ocasiones en que no están en Miami o en Madrid), suelen ser el Centro Comercial San Ignacio, la ensenada “los juanes” en el archipiélago Morrocoy, o alguno que otro restaurante de lujo de la urbanización Las Mercedes, de la que muchos de ellos se consideran dueños. En ninguno de esos lugares, prevalece ni siquiera el más mínimo sentido de “organización social” de su gente para enfrentar ningún tipo de acción conjunta o de combate, como sí lo tiene con perfecta claridad el pueblo chavista desde hace casi un cuarto de siglo. Lo cual permite saber con mucha precisión quiénes serían los primeros en ser dados de baja por la acción devastadora de cualquier ejército invasor.

Pero ellos no lo ven así. Acostumbrados a que todo lo compran, creen que las guerras son como las entregas a domicilio; que las ordenas y llegan a ti sin percances porque, si no, pues simplemente las devuelves y te regresan tu dinero.

@SoyAranguibel