Solo para Amargados

escuálida llorando

¿Y si amanece y el patrón sigue al mando, quiero decir… si despiertas? 

¿Y si después de tanto pesar llega el sosiego, de tanto escozor llega el reposo, de tanta tremolina la calma? 

¿Cómo harás con el carnaval que no viviste? 

¿Qué le dirás a tu niño que encontró el disfraz que le habías comprado para el desfile? 

A tu vecino que atormentaste y al otro que aborreciste… ¿Qué les dirás? 

Y si llega Abril santo y Mayo perfumado… ¿Te veré en la procesion?

¿Comprarás el regalo para el día de la madre? 

¡Ah!… ¿Y qué de Agosto?… ¿Te irás de Vacaciones? 

Y si ellos volvieran a convidarte… ¿Serás capaz de pensar por ti esa vez? 

Fredy Salazar 
Pdvsa – Pto La Cruz 

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El fin del mundo

 

seguidores capriles lloran

La profecía Maya que advierte que será hoy la fecha final de la existencia sobre el planeta, sugiriendo incluso la desintegración de la tierra y del universo mismo bajo una llamarada infernal de dimensiones bíblicas inexorables, es clara e inequívoca; el más gigantesco cataclismo imaginado jamás por el ser humano arrasará en algún momento de aquí a la medianoche hasta con la más recóndita e infinitesimal partícula material de toda galaxia conocida, en apenas cosa de segundos.

La ancestral predicción fundamenta su carácter infalible en los sorprendentes e innegables avances de esa civilización en todos los ámbitos del conocimiento. Es simplemente inconcebible que la cultura más precisa de su tiempo en todas las categorías científicas, todavía no superada por la ciencia moderna en muchos aspectos, haya podido cometer un error de cálculo en un asunto tan sencillo como debe haber sido para ellos el tema del fin del mundo.

No hay poder humano sobre la tierra ni potencia supranacional alguna, por muy imperialista que se considere, capaz de alterar el designio de la importante civilización indoamericana. Mucho menos en el escaso lapso de tiempo que nos queda en estas pocas horas hasta la consumación definitiva del exterminio previsto.

Ahora bien; si después de todo las cosas en el planeta siguen su curso y en nuestro continente, así como en el resto del mundo, se sigue realizando el prodigioso acontecimiento de la vida, con sus padecimientos y sus alegrías, sus problemas y sus logros, como hasta ahora ha sido el ritmo de la historia, entonces habrá que terminar por concluir tajantes que los Mayas eran escuálidos.

Porque no se puede ser tan irresponsable asegurando fallidamente la inexorabilidad de un acontecimiento tan delicado y tan sensible para la gente como lo es el fin del mundo, si no eres un opositor consumado e inequívoco, habituados como son a la práctica de la estafa prediccional sobre todo tipo de evento, como las elecciones y sus mayorías por ejemplo.

Lo otro es que los Mayas no hayan hablado jamás del fin del mundo sino de la MUD, cuya extinción sí se cumplió ya el pasado domingo 16, y que solamente se hayan equivocado por unos cuantos días. De ser así, debieran merecer todo nuestro respeto por tan deslumbrante exactitud.

Me robaron mi teléfono… ¿Culpa e’ Chávez?

Por: Catherine García Bazó

Me robaron mi teléfono ¡que arrechera! Ese bendito aparato multimediático que sólo hace un año me costó tres mil bolívares. No sé si mi mayor indignación fue que esos dos muchachos que no llegaban a los 18 se llevaran mi teléfono o imaginar enfrentar el momento en que los opositores de mi entorno cotidiano me dijeran el inevitable “culpa e’ Chávez”. En efecto, Lo primero que escuché de algunos de ellos, con ese tonito de “bien hecho” fue la sentencia: “Sigue votando por Chávez”, suavizada con unas cuantas risitas.

Que yo recuerde, las decenas de veces que me robaron a punta de pistola o cuchillo, antes de que llegara Chávez (incluso en la “bucólica” Mérida de los 90s) nadie me dijo “culpa de Caldera” o “culpa de CAP”. Pero la respuesta de la única chavista de la familia ante tal sentencia, argumento favorito del antichavismo, no podía ser tan simple.

Nadie puede negar que hay delincuencia, ¿Esos muchachos necesitaban robar mi teléfono para sobrevivir? ¿Acaso esos muchachos no tienen más opción que robar? Esos dos adolescentes me robaron porque les dio la gana, pero entiendo que quizá en los otros corresponsables de su destino, como la sociedad, el Estado, la familia y sin lugar a dudas los medios, algo esté fallando.

Yo, también preocupada por la delincuencia, me pregunto por qué quienes hoy me dicen fácilmente “culpa e’ Chávez” no dicen que gracias a Chávez muchos venezolanos recuperaron sus ahorros, luego de que delincuentes como Mezerhane, Zuloaga o Eligio Cedeño huyeran del país al quebrar sus bancos. Ahora, a diferencia de lo sucedido en la década de los 90s cuando la crisis bancaria dejó en la calle a muchas familias venezolanas, hay un Chávez que se hace responsable, no auxiliando a los bancos, sino a los ahorristas. Esto sin ahondar en las estafas inmobiliarias; el robo sistemático a las familias por parte de las clínicas privadas; los ilícitos cambiaros tan practicados por un sector (no precisamente el más necesitado de la sociedad) que le pagan a otros para que saquen un pasaporte, viajen una vez y así poder cogerse los dólares raspando tarjetas; los terrófagos que tienen 10.000 hectáreas ociosas y sólo les preocupa poseer; el que tiene un edificio y alquila los apartamentos a precios astronómicos y no conforme con eso no vacila para buscarse un juez que deje a las familias en la calle; casos como el de Juan Carlos Caldera quien se hizo de una buena plata vendiendo influencias. Entonces, ¿Por qué los delitos de quienes crecieron en una “buena” familia y poseen un “despampanante” apellido son socialmente aceptados y no son tema de las conversaciones quejumbrosas de cualquier sobremesa antichavista?

No sé cuánto tiempo pase para que jóvenes como los dos muchachos que me robaron sin necesidad, posean los valores que los alejen de estos malos hábitos; pero no dudo que sus hermanos más pequeños seguramente están asistiendo a una escuela bien dotada y tienen en sus manos los libros que necesitan para formarse y una canaimita que les enseña cómo es el mundo y cuál es su papel en la historia de su pueblo. Seguramente sus familias tienen un lugar dónde adquirir el mercado más barato y sus madres, a diferencia de las pobres de otras décadas, saben que hay leyes que las protegen de la violencia y serán dignificadas por una seguridad social que ahora piensa en las madres. Esos delincuentes callejeros que me robaron, tienen en esta sociedad, si quisieran, la opción de estudiar o aprender un oficio, ellos no están confinados a la criminalidad. El Estado viene asumiendo sus responsabilidades, que no se pueden limitar a poner un policía en cada cuadra para que custodie la propiedad privada y esté bien entrenada en atrapar ladrones; cosa que aunque parezca ridícula es la “seguridad” que muchos conciben.

Finalmente, necesitaba comprarme otro teléfono con urgencia y como no hay mal que por bien no venga, hoy soy la feliz usuaria de un teléfono mucho mejor que el que tenía y que increíblemente me costó la mitad del anterior. Un magnífico smarphone Evolución II diseñado en Venezuela y fabricado en cooperación con la empresa “Huawei”, también por culpa e’ Chávez.

Alguien me dijo que la culpa fue mía, por andar caminando en la calle con el teléfono en la mano. Otro me dijo que a lo mejor ni siquiera eran “choros profesionales” sino que se las puse facilita porque “la ocasión hace al ladrón”. Pero yo creo en cambio que el nuevo ciudadano, necesariamente, se hace en Revolución.

Profesora UBV-Comunicación Social

cathebaz@gmail.com

Así habla un revolucionario

No me arrepiento… lo volvería a hacer

Por: Isaías Rodríguez (Ex Fiscal General de la República)

No tengo odio. Ni una pizca de resentimiento. Ni un pedacito así, de ojeriza contra nadie. Sin embargo he recibido odio. Mucho odio. Es más, me han expuesto a eso que llaman “el odio público”.
Han escrito en portales que soy asesino, homosexual. Que soy “esto” y “lo otro”. ¡No es verdad…! ¡No he matado a nadie! ¡Nada tengo contra los homosexuales, pero mi tipo no es otro como yo! Por lo demás, soy lo que ven, “esto” y nunca “lo otro”.
Me han llamado ladrón y no he robado nunca. Ni siquiera cuando -durante treinta y dos años- fui abogado en ejercicio.
No tengo enemigos. Por lo menos, en mí nadie ha tenido, ni tiene, ni tendrá un enemigo. Existen quienes se convirtieron en mis adversarios y en mis opositores. Que les vaya bien… Los indulto.  No guardo rencores. Ni aborrezco, ni desprecio a nadie…
Soy responsable de mis afectos y mis desafectos. Los asumo integralmente. Pero por favor no me coloquen los de otros. Ya tengo bastante con quienes no me soportan. No me facturen hechos y actos que no he cometido jamás.
¡Si, claro que si, tengo ideas y muero por ellas! Eso no es nuevo. Siempre ha sido así. Quienes me conocen lo saben y, por ello, entiendo cada vez menos a quienes insisten en que debo probarlo. Quien alegue lo contrario que lo pruebe. No es cosa mía. Prueben que no tengo ideas y que no soy capaz de morir por ellas.
No humillo, ni achico a quienes no piensan como yo. No pido, ni doy indulgencias. No absuelvo, ni pido absoluciones. ¡Respondo! ¡SI, respondo!
Soy humano. Me equivoco de la misma manera como lo hacen quienes me juzgan. Amo profunda y desprendidamente. ¡Déjenme decirles a riesgo de parecer ridículo que a todos nos guían grandes sentimientos de amor! Lo dijo el CHE… y para mi es palabra cierta.
Amo lealmente. No fielmente. Soy capaz de hablar con quien me mata un hijo. Es un hecho público. Lo dije una vez siendo Fiscal General de la República Bolivariana de Venezuela.  Nadie lo contradijo. Lo he demostrado a lo largo de mi vida y de mis actuaciones.
Nunca he respondido con insultos a quienes me han atropellado. Pedí para los golpistas respeto a sus derechos. A los humanos y a los no humanos. No me arrepiento. Lo volvería a hacer.
Creo en la bondad, en la belleza, en la dignidad y en la justicia. Lo he demostrado con actuaciones y comportamientos. Ha sido sin embargo insuficiente para apagar las tirrias y malquerencias que he despertado en muchos de quienes he ayudado y protegido.  Y también en otros que entre suspicacias se acreditan como mis mejores compañeros de lucha. ¡A estos últimos los entiendo porque la política sigue siendo aldeana! ¡A los otros no porque les viene de su condición humana!
Juro solemnemente que he defendido de palabra y acción a mis adversarios, cuando los han calumniado o vituperado injustamente.  He dedicado buena parte de mi tiempo a buscarle sentido a la vida. Y si la sabiduría es encontrarnos a nosotros mismos soy uno más de sus abnegados seguidores.
Soy impulsor de verdades. Otros tienen legítimamente las suyas. Creo en un ser humano nuevo. No en un ser humano sin defectos. No, creo en alguien que no sea un hombre o una mujer probeta. Alguien que no sea una caricatura estrecha del socialismo.  Alguien que debe estar siempre en perfecta relación dialéctica con el pueblo.
Creo en los que me leen y en todos aquellos a quienes leo. Creo en la virtud de quienes estudian. Y en la lucha sin tregua y sin descanso por la fe, la esperanza y la libertad de los más humildes. Sin que eso signifique echar en el cesto de la basura a quienes no son capaces de entender la fe y  la esperanza, porque aun no saben que perpetuamente se debe amar al prójimo como a ti mismo.

La alegría de ganar

Si algo es común a los militantes de a pie de la oposición, entre ellos mismos, es la extraordinaria capacidad para el odio. A falta de precisiones clínicas al respecto, hay que decir que el rostro desencajado de la maldad, convertida en la horrenda expresión de rabia que le es usual, es lo que define el perfil y la personalidad del escuálido promedio, de una manera en que ningún otro rasgo fisonómico puede alcanzar a hacerlo.

Incluso en los escasos momento en que pretenden expresar felicidad, cosa que por lo general sucede cuando persiguen engatusar o estafar a alguien con una pose amable que jamás les corresponderá con autenticidad, el rictus tétrico de la ira y el encono sobresale en cada una de sus repugnantes comisuras faciales, como si de una piel de cadáver corroído por la gusanera se tratara. Su equivalente a lo que en los seres humanos correctos, amables y respetuosos del prójimo, vendría a ser la ternura y el amor, en ellos, los escuálidos, es un vomitivo y putrefacto emanar de pestilencias indeseables que solamente puede ser digerida con verdadera complacencia entre ellos mismos, entre sus madres y sus cachorros, a los que entrenan desde la más temprana edad en la doctrina del más puro y brutal fascismo, como en una lógica de catecismo edificante.

Todos, sin excepción, son estirpe de una raza abominable en la que el factor constante es la perversión y el ensañamiento contra los que no son de su “clase”, principalmente los sectores humildes de la población, sobre quienes consideran poseer la potestad de la humillación y la vejación por derecho divino y a quienes insultan y agreden indiscriminadamente según su complacencia, porque de ahí surge el asqueroso alimento de sus cloacales almas.

Lo otro que les define de manera más exacta e irrefutable, es la capacidad para el fracaso. Solo en el extremo de la imbecilidad más profunda se logra alcanzar tal recurrencia en el fracaso como en la condición de escuálido de cualquier naturaleza o nivel.

Existiendo las infinitas posibilidades o alternativas de elección en la vida para evadir la tragedia que signa tan genéticamente a los opositores como fracasados, no existe explicación razonable que permita deducir con propiedad de dónde surge tan estrecha relación del factor opositor con la derrota, como si de un mismo e indivisible componente atómico se tratara.

La persistencia en el fracaso, así como el regocijo en la repugnancia y en el odio, hace de la oposición una especie animal salvaje cuya salvación es absolutamente improbable, en virtud del carácter cancerigeno, es decir; lacerante e irreversible.

Una condición lamentable si se considera la simpleza de la posibilidad de superación de tan terrible tragedia, que no es otra que la de orientar su visión de la vida hacia el estadio del bienestar, del regocijo del alma, del crecimiento de la espiritualidad que surge de la simple disposición a ser auténticamente felices.

Si un escuálido cualquiera, dentro de su dolorosa ignorancia y estupidez, entrara tan sólo por un segundo en contacto con la maravillosa experiencia del triunfo verdadero, de la gloriosa emoción de ganar y de infligirle derrotas tras derrotas al enemigo perverso que se esconde con toda su maldad tras el disfraz del cordero displicente y cariñoso tras el cual se oculta en medio de su inmensa cobardía, su vida sería una experiencia completamente distinta, plena de sensaciones exquisitas como las que sentimos los chavistas en cada proceso electoral, donde nuestro líder, el más grande líder de la historia de la República y quizás del continente, como jamás ha logrado tener la oposición en toda su existencia, es eje fundamental de inspiración y de guía, a través del más amplio y profundo ejercicio de amor conocido en suelo venezolano.

Tal es la simpleza de la felicidad… ser chavistas es no perder jamás una elección presidencial. Es gozar a plenitud el disfrute total de la alegría más infinita frente al desastre impenitente de la derrota recurrente que marca tan a fondo al alma escuálida y que les hunde en el pantano de las ratas y de las lombrices más horrendas de la tierra con las cuales ellos tan perfectamente conviven. Es el placer de ver la miseria humana que caracteriza a esos pobres seres de la derecha arrastrarse de rabia en el lodo del fascismo que les carcome las putrefactas entrañas y les engrasa el pútrido cerebro que por lo general poseen.

¡Qué viva Chávez, carajo! ¡Y que viva para siempre la capacidad chavista de triunfar sobre la maldad y sobre el odio de los miserables opositores venezolanos y del mundo!