¿Por qué no está preso Álvaro Uribe?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 30 de mayo de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“El mal no es una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor”.

Pablo VI

El estereotipo del malvado, del criminal que roba o asesina tan solo por el morboso placer de sacar provecho fácil de los demás, es una deplorable caricatura que le asigna al delincuente la imagen del rufián menesteroso, ruin y maloliente, con la que se dibuja desde siempre al villano en la iconografía del mundo contemporáneo.

Es la simbiosis pobre-malhechor con la que la burguesía presenta al delincuente.

Ya sea porque se le atribuya la responsabilidad en la elección de los gobiernos ineficientes que el propio capitalismo le obliga a elegir como parte de su estrategia para perpetuar el sistema, o porque se le acuse de ser el causante de la anarquía, la violencia y la criminalidad en las calles, el pobre siempre será visto por los sectores oligarcas como el causante del mal, como parte de los mecanismos culturales de dominación que le permiten mantener sometidos a los pueblos.

De ahí que a los sectores más encumbrados de la oligarquía colombiana les resulte tan incongruente e impensable que un pupilo tan destacado de la más ultra conservadora élite social y política de esa sociedad, un verdadero “gomelo” en el habla neogranadina de mayor alcurnia, pudiera ser de alguna manera el tan prominente criminal que describen las acusaciones que contra Álvaro Uribe Vélez cursan en la infinidad de expedientes que lo certifican como tal en el mundo.

Por esa condición de muy “chirriado” exponente de la ultraderecha es que ha sido electo dos veces presidente de la república en su país y aceptado por la llamada comunidad internacional como abnegado defensor de la democracia y glorioso estandarte del antichavismo.

Sin embargo, el siniestro personaje es quizás uno de los más crueles y sanguinarios genocidas que haya conocido América y el mundo a lo largo de los últimos cincuenta años, al menos.

Lo que pudiera parecer en principio una vulgar exageración, se constata como pavorosa verdad cuando se toma en cuenta nada más la inmensa expansión que logró el narcotráfico a partir del apoyo que como director de aeronáutica del Departamento de Antioquia en los años 70’s le asegurara Álvaro Uribe a los carteles de la droga que convirtieron a Colombia en el primer productor y exportador de estupefacientes del planeta, lo que en sí mismo permite calcular la dimensión del crimen contra la humanidad cometido desde entonces por el ex mandatario hasta hoy en día.

Según cientos de testimonios de testigos, funcionarios de gobierno, magistrados del poder judicial, así como de ex integrantes del narcotráfico y del paramilitarismo (fuerzas creadas por Uribe para someter a la población al más tormentoso horror al que nación alguna haya sido sometida jamás en procura de la estabilidad de su gobierno y del sistema neoliberal que allí impera) la vertiginosa carrera política del ex mandatario estuvo en todo momento signada por el soporte y la connivencia con los sectores criminales más temibles del hermano país, de lo cual existe una descomunal cantidad de documentación fehaciente perfectamente verificable, así como infinidad de evidencias que constituyen las políticas de represión fomentadas por sus gobiernos, tanto como Gobernador de Antioquia como Presidente de la República, tales como las eufemísticamente denominadas “Convivir”, verdaderos grupos de exterminio violatorios de toda clase de derechos humanos y legales contra la población más pobre e indefensa de esa nación a la que exterminaron en masa mediante ejecuciones extrajudiciales para hacerles aparecer como guerrilleros y elevar falsamente sus estadísticas de efectividad en el nefasto Plan Colombia.

Las evidencias que incriminan a Uribe de manera insoslayable en decenas de masacres a lo largo y ancho del territorio colombiano, dan cuenta del carácter genocida de una política que obligó a millones de habitantes a emigrar hacia otros países, fundamentalmente hacia Venezuela, donde a lo largo de los dos períodos uribistas llegaron cerca de seis millones de refugiados, además del dolor que significa la muerte de los cientos de miles de hombres, mujeres, ancianos y niños, que no pudieron escapar con vida a la demencial guerra de falsos positivos desatada por Uribe Vélez contra su propio pueblo y que terminaron sepultados en las decenas de fosas comunes que hasta hoy han aparecido y que todavía faltan por aparecer en ese país.

De acuerdo al padre jesuita Javier Giraldo, activista defensor de los derechos humanos en Colombia, la horrenda realidad de las fosas comunes de desaparecidos se hizo evidente en La Macarena, región del Meta donde se descubrió una de las más grandes fosas, con cerca de 2.600 cadáveres enterrados desde el 2005 hasta el fin de la era uribista, así como en Vista Hermosa, San José del Guaviare, el Putumayo y Villavicencio.

Solamente en la llamada Comuna 13 de Medellín, la segunda ciudad en importancia de Colombia, aparecieron en 2015 más de 300 cadáveres de asesinados en 2002 por los cuerpos paramilitares a la orden del entonces gobernador Álvaro Uribe, exactamente de la misma forma en que se presume fueron asesinados y descuartizados las decenas de miles de desaparecidos reportados por miembros de los grupos paramilitares desmovilizados que hablan de más de 2.000 cementerios clandestinos.

La Dirección de Justicia Transicional del Ministerio de Justicia colombiano estima que el número de enterrados en todas esas fosas por órdenes directas de Álvaro Uribe Vélez, podría sobrepasar en total los 105.000 “NN” (que es como se les denomina a los cadáveres sin identificar), una cifra descomunal que supera con mucho la sumatoria de todos los desaparecidos en Suramérica durante el periodo de las dictaduras latinoamericanas y que podría ser solo comparable al holocausto nazi o a la barbarie de Pol Pot en Camboya a lo largo del siglo XX.

En un país como Colombia, dominado por una élite oligarca que detenta el poder desde sus orígenes como república mediante la cultura del terror y del sicariato ejercido sistemáticamente contra los liderazgos populares, así como contra todo aquel magistrado que cometa la osadía de imputar judicialmente a un connotado jerarca de la burguesía como Uribe, o cualquier periodista que reporte la atrocidad de los delitos por ellos cometidos, el temor a ser vilmente asesinado (como tantas veces ha sucedido) es un muro de contención frente a la justicia. Ahí, más que en ninguna otra parte, el neoliberalismo se apoya en la muerte.

La guerra que ha costado cientos de miles de vidas a Colombia desde hace más de medio siglo, y que le ha abierto las puertas a la injerencia norteamericana en el más oprobioso acto de entrega de soberanía que haya conocido la región, ha sido el oxigeno con el que ha contado Uribe para salir airoso de responsabilidad en ese genocidio por él perpetrado. Sus políticas orientadas a fomentar los crímenes de extorsión y secuestro, asesinatos selectivos de líderes sindicales, campesinos y políticos, así como del narco-paramilitarismo, son en esencia la base de sustentación con la que cuentan la poderosa industria bélica norteamericana y su aparato de control político y económico en Suramérica.

El senador colombiano Iván Cepeda lo ha dicho con perfecta claridad: “Hay una derecha internacional que está empeñada en perpetuar los conflictos armados para que encubran la crisis del modelo neoliberal… Su intención es que el proceso de paz (en Colombia) se venga abajo. Que el conflicto continúe para que a través de él se regionalice la guerra colombiana: entrometerse cada vez en los asuntos de Venezuela, seguir cultivando relaciones de enemistad con Nicaragua, Ecuador… La sensación que da es como si formara parte de una estrategia mucho más global”.

En todo eso Álvaro Uribe Vélez, por su estirpe de profunda convicción ultra derechista, su naturaleza desvergonzadamente fascista, y su talante irrenunciablemente servil y rastacuero, tiene un papel prominente que jugar; el del inmoral vendepatria rendido al interés del imperio sin el más mínimo miramiento ni conmiseración, porque supone que con ello lava el prontuario que lo amenaza con llevarle al corredor mismo de la muerte cuando su amo del norte así lo disponga.

Por lo pronto, el “gomelo” seguirá disfrutando las mieles de su estrellato contrarrevolucionario. El neoliberalismo y la ultraderecha suramericana y del mundo lo necesitan para llevar a cabo el trabajo sucio de intentar aplastar los movimientos progresistas de nuestros pueblos para imponer su fracasado ALCA en el continente.

Algo así como el narcodependiente necesita a la droga con la cual ese criminal hijo de Santander ha intoxicado al planeta.

@SoyAranguibel

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Hermandad en cápsulas

CÁPSULA 1:
daktari

En 2004, Luis Britto García y Miguel Ángel Pérez Pirela presentan su libro: “LA INVASIÓN PARAMILITAR: OPERACIÓN DAKTARI” donde dicen lo siguiente:

  • Las operaciones militares, sobre todo las dirigidas contra países en vías de desarrollo, no están exclusivamente a cargo de ejércitos institucionales y legítimos, sino que dependen en gran medida de fuerzas irregulares, que en estrecha complicidad y entendimiento con las clases dominantes y sus estructuras de poder, ejercer el genocidio, el pillaje y la violencia sin la menor limitación jurídica, ética ni racional.
  • La Ley primordial de esta guerra inconfesable es el disimulo. Todo el aparato comunicacional del poder que emplea una milicia infame se concentra en pretender que ésta no existe, o en engañar sobre su verdadera índole, dirección y propósitos.
  • Gran parte de la oposición venezolana no tiene reparos jurídicos ni éticos ni patrióticos en recurrir a la mas atroz violencia antidemocrática, ni en convocar y apoyar fuerzas extranjeras de la condición más indigna para que le entregue el poder que ella es incapaz de obtener por vía legítima. Tal conducta es consistente y persistente.

CÁPSULA 2:

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CÁPSULA 3: 

RODRI TORR 2

RODRI TORR 1

CÁPSULA 4:

Un correo que circula por Internet, dice lo siguiente:

“Camaradas:

Existen en Venezuela 4.5 millones de colombianos que representan el 15,5% de los habitantes del país. A ellos hay que darles alimentación, maternidad, asistencia médica en general, educación en todas sus fases, agua, luz, teléfono, gas, vivienda, trabajo y hay que darles remesas (léase dólares para que los manden al “hermano país” y se construyan en Cartagena o Barranquilla su otra vivienda) Y me pregunto ¿Qué país aguanta tanto?.

En las elecciones presidenciales colombianas, los resultados en Venezuela gana el Uribismo o sea la extrema derecha. ¿De cual solidaridad estamos hablando?

A Bolívar, su Libertador, lo traicionaron, intentaron asesinarlo, las paredes de Bogotá las pintaban con letreros que decían “¡Vete LONGANIZO, no te queremos!” y así se fue Bolívar a morir de tristeza en Santa Marta.

El más grande hijo colombiano de toda su historia, Gabriel García Márquez, tuvo que asilarse en México porque lo iban a detener o a asesinar ¿De cuales “nuestros hermanos” estamos hablando?.

Una representante uribista, la señora María Fernanda Cabal, se opuso a los homenajes para el Gabo porque era amigo de Fidel y los mandó a calcinarse en el infierno.

Dejémonos de pendejadas: Todos los gobiernos colombianos han sido SIEMPRE enemigos de Venezuela.

¿Qué nos han traído “nuestros hermanos colombianos” aparte de sicarios, paramilitares, autodefensas, secuestros express, contrabandistas de extracción, buhoneros, vallenateros escandalosos de a toda hora, uribistas con motosierras, guarimberos que se fingen estudiantes, Shakiras que cobran un millón de dólares por presentación, droga por carajazo, etc.,etc.?”

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CÁPSULA 5:

Otro correo responde de manera escalofriante:

“En Monagas hay más de 220 mil, lo que quiere decir, que si apenas un 5 % de ellos son paracos, superan en más de 2 veces las Fuerzas Armadas acantonadas en esta zona.”

CÁPSULA 6:

¡Dios nos coja confesados!

 

¿Quién está asesinando hoy en las guarimbas?

Operacion-Daktari
Por la excepcional relevancia hoy en nuestro país del tema del francotirador como modalidad terrorista de la ultraderecha venezolana en las llamadas “guarimbas“, focos de terror y violencia desatados contra la sociedad en los municipios gobernados por la oposición antichavista, colocamos aquí dos importantes documentos que revelan los orígenes del sicariato y del paramilitarismo en la hermana República de Colombia, así como la forma en que se ha infiltrado desde hace más de una década hacia Venezuela con el propósito de acabar con el proyecto de Revolución Bolivariana. El primero de ellos es el libro “La Invasión Paramilitar – Operación Daktari“, colección de artículos de Luis Britto García y Miguel Angel Pérez Pirela, que puede ser descargado AQUÍ, y luego el artículo de Renán Vega Cantor “La Formación de una Cultura Traqueta en Colombia“, publicado en el portal Rebelión en febrero de 2014, donde se describe con perfecta claridad el proceso que dio origen a las fuerzas criminales que por dinero acaban con la vida de seres inocentes con la única finalidad de desestabilizar políticamente a las democracias de nuestra región. Ambos textos, perfectamente complementarios entre sí, permiten esclarecer cabalmente la verdadera naturaleza criminal de las acciones violentas de hoy en día en Venezuela.

pablo_escobar_1– Pablo Escobar Gaviria, creador de la modalidad del sicariato político en Colombia –

Narcotráfico y capitalismo mafioso
La formación de una cultura “traqueta” en Colombia

Por: Renán Vega Cantor / rebelión.org

En los últimos veinte años se consolidó en Colombia una cultura que puede ser denominada como traqueta, un término procedente del lenguaje que utilizan los sicarios del narcotráfico y del paramilitarismo en Medellín, el cual hace referencia al sonido característico de una ametralladora cuando es disparada (tra tra tra). Traqueteo era originalmente el miembro del escalón inferior en la pirámide delincuencial del bajo mundo paisa, que corresponde al matón a sueldo, al sicario que dispara a mansalva y a sangre fría a quien se le ordene, a cambio de una suma de dinero.

El traqueto resuelve cualquier asunto mediante la violencia física directa, pregona su acendrado machismo, hace ostentación en público —entre sus familiares y otros malandros— de los asesinatos cometidos, despilfarra en una noche de farra el pago que recibe por cumplir un “trabajo sicarial” o por haber “coronado” un cargamento de droga fuera del territorio colombiano, compra con moneda todo lo que esté a su alcance (mujeres, sexo, amigos ), aunque sea pobre odia a los pobres y, a nombre de la moral católica, detesta lo que huela a lucha social en el barrio, la escuela o el sitio de trabajo…

Esta cultura traqueta salió de un marco restringido y perfectamente localizado, cuando el cartel de Medellín y los asesinos de las autodefensas se expandieron por el territorio colombiano. El traqueto, este producto de las subculturas del narcotráfico y del paramilitarismo, en poco tiempo se convirtió en el símbolo distintivo de la sociedad colombiana. ¿Cómo y por qué sucedió?

La imposición de una cultura en la que sobresale el apego a la violencia, al dinero, al machismo, a la discriminación, al racismo, es un complemento y un resultado de la desigualdad que caracteriza a la sociedad colombiana. Para preservar la injusticia aquí imperante, las clases dominantes y el Estado forjaron una alianza estrecha con los barones del narcotráfico y con grupos de asesinos a sueldo, como viene aconteciendo desde comienzos de la década de 1980, cuando mercenarios de Israel adiestraron en el Magdalena Medio a los grupos criminales de las mal llamadas “Autodefensas”, con la participación activa del Ejercito, la Policía, políticos bipartidistas, terratenientes y ganaderos.

Estos grupos criminales, auspiciados por el Estado, tenían como objetivo erradicar a sangre, fuego y motosierra cualquier proyecto político alternativo que planteara una democratización real de la sociedad colombiana, como se evidenció en diversas regiones del país cuando las alcaldías y gobernaciones—luego de que fuera aprobada su elección directa— empezaron a ser ocupadas por dirigentes y militantes de izquierda, elegidos en forma legal. Los gamonales de los partidos tradicionales vieron en peligro su poder local y regional y para mantenerlo optaron por matar a sus adversarios.

Esto se ejemplifica, para citar solo un caso, con lo que sucedió en Segovia (Antioquia) en noviembre de 1988, cuando fueron asesinadas 43 personas y heridas otras 45. La acción criminal tenía como objetivo exterminar en el municipio a los miembros de la Unión Patriótica, el grupo político que había ganado las elecciones en marzo de ese mismo año. El responsable intelectual de la masacre, que ha sido condenado a 30 años de cárcel, un “distinguido” dirigente del Partido Liberal, utilizó a los sicarios y criminales de guerra de las “Autodefensas” para que le despejaran el camino de incómodos adversarios de izquierda y le permitieran mantener su feudo electoral.

La eliminación de quienes son considerados como enemigos de las “gentes de bien”, se sustenta en un visceral anticomunismo, que justifica a posteriori los crímenes de campesinos, dirigentes sindicales, profesores, estudiantes, mujeres pobres, defensores de derechos humanos, militantes de izquierda Los argumentos esgrimidos replican letra por letra lo que originalmente habían dicho Carlos Ledher, Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha (Alias el mexicano), o cualquiera de los barones del narcotráfico y del sicariato, que nunca ocultaron sus credenciales procapitalistas y su odio a cualquier proyecto democrático y de izquierda. Lo que éstos hacían y decían fue apoyado por diversas fracciones de las clases dominantes, (industriales, comerciantes, financistas, exportadores, cafeteros, terratenientes, ganaderos, propietarios urbanos ), junto con las jerarquías eclesiásticas, el mundo deportivo (recuérdese lo que ha sucedido con los equipos de futbol, cuyos propietarios están ligados a diversos clanes del narcoparamilitarismo), las reinas de belleza, los periodistas; todos ellos se convirtieron en sujetos activos y conscientes de la “nueva cultura” y de sus “valores”: violencia inusitada, enriquecimiento fácil e inmediato, endiosamiento del dinero y el consumo, destrucción de las organizaciones sociales y sus dirigentes, eliminación de los partidos políticos de izquierda (el caso emblemático es el de la Unión Patriótica), apego incondicional a los dogmas neoliberales y al libre mercado, posturas políticas neo-conservadoras sustentadas en una falsa moral religiosa mandada a recoger hace siglos (que condena el aborto, la homosexualidad, los matrimonios de parejas del mismo sexo…).

Después de dos décadas, estos patrones culturales se han hecho dominantes a escala nacional, sobre todo después del 2002, cuando desde el Estado se presentó como algo normal y tolerable aquello que identifica al traqueto y se convirtió en la lógica cultural hegemónica del capitalismo salvaje a la colombiana. Desde ese instante, la cultura traqueta, de orígenes mafiosos, salió del closet en el que estuvo recluida durante varios años y se hizo dominante en el imaginario de gran parte de los colombianos. Lo que antes era condenado adquirió prestigio y respetabilidad, porque desde la Presidencia de la República se exaltaban como grandiosas las actitudes y comportamientos delincuenciales propios de cualquier matón de barrio, y la misma Casa de Nariño se convirtió en un nido de víboras, ocupado por delincuentes de todo pelambre, empezando por los Jefes de Seguridad, que eran testaferros del paramilitarismo, como se ha confirmado recientemente.

La prensa y la televisión se encargaron de legitimar y de presentar como aceptable la criminalidad que se implantó en los altos órganos del Estado, en el que se incluye el Parlamento, el poder judicial y el Ejecutivo. Ahora se bendice la corrupción, el robo, el despojo, el enriquecimiento, el nepotismo, y se enaltecen como héroes y salvadores de la patria a los asesinos de cuello blanco y a sus sicarios y, al mismo tiempo, se fomenta el odio, el espíritu guerrerista, el clasismo, y se adora a los “nuevos héroes” de la muerte, entre los que sobresalen los jefes paramilitares, empezando por sus ideólogos presidenciables.

En la televisión se promociona la estética traqueta (Sin tetas no hay paraíso, Pablo Escobar, El Mexicano y otras series por el estilo), con la cual se convierten en valores dominantes el individualismo, la competencia, el culto a la violencia, la mercantilización del cuerpo, la prostitución, el sicariato, la adoración a la riqueza y a los ricos, el desprecio hacia los pobres… Futbol, mujeres desnudas, telenovelas, chismes de farándula sobre las estupideces que realizan las vedettes constituyen el menú́ de imágenes y sonidos que presenta la televisión colombiana y que configura el telón de fondo de la cultura traqueta que se erige como modelo de vida para millones de colombianos que jamás saben de la existencia de un libro, de un debate de ideas, de una obra de teatro, de un poema, y de todo aquello que ilustra y hace culto a un pueblo. Como nada de esto se le ofrece a la gente a través de la televisión, ya no se soporta algo que suponga razonar, pensar, cuestionar o dudar, sino que, como borregos amaestrados, los televidentes consumen la basura mediática que se les brinda a diario, que profundiza la ignorancia de todas las clases, y se vuelve normal la persecución de todos aquellos que piensen y actúen en forma diferente a los cánones traquetos establecidos.

Desde el Estado y la televisión se tornaron dominantes en el país algunas pautas culturales que antes eran excepcionales y localizadas y, en gran parte de los colombianos, se volvió costumbre “aprovechar cualquier papayazo”, eufemismo con el que se justifica lo que produzca réditos individuales, ganancias y beneficios a costa de los demás, sin importar los medios que se utilicen para alcanzar cualquier fin. Y de esto dictan cátedra las clases dominantes de este país y el Estado, porque son las que roban a granel las arcas del erario (los Nule, los hijos de Uribe y compañía), despojan las tierras de los campesinos e indígenas a través de “prestigiosos” bufetes de abogados, como acontece con el Modelo Agroindustrial en los Llanos orientales, entregan los territorios y riquezas naturales y minerales del país a cambio de dadivas insignificantes o de un cargo en una empresa multinacional, se niegan a aplicar las decisiones de tribunales internacionales cuando les viene en gana, como sucede ahora mismo con la decisión de la Corte Internacional de la Haya.

Le “doy en la cara marica”, “fumíguelo a mi nombre”, “esa Negra Piedad hay que matarla”, “hay que aplicarle electricidad a los estudiantes” son algunas de las frases más infames de los últimos tiempos, que han sido pronunciadas por “notables” personajes desde el ámbito político o mediático, que son reproducidos en la vida cotidiana y se materializan en la violencia física y simbólica de todos los días contra mujeres humildes, indígenas y pobres en general, aunque muchas de ellas sean realizadas por pobres.

En dos ámbitos se destila cultura traqueta al más puro estilo de Pablo Escobar o Carlos Castaño: en la política y en el periodismo. En la política, ya no se necesita hoja de vida en que consten las realizaciones de un candidato en la esfera pública, sino que se exhibe un prontuario criminal sin pudor alguno, que incita a los electores a votar por los mafiosos de turno, como sucede entre la Camorra italiana.

Esto se confirma con la lista para el senado del Centro Democrático, cuyos nombres no tienen nada que envidiarle a cualquier catálogo de delincuentes y sicarios, empezando por el nombre que la encabeza. Algo similar sucede con el Procurador General de la Nación, quien muestra entre su palmarés la quema de libros con sus propias manos. Y lo peor del asunto estriba en que esos individuos, que además son terriblemente ignorantes, son respaldados por buena parte de la sociedad, para la cual esos crímenes no son reprochables sino un distintivo digno de ser imitado.

En el periodismo se ha impuesto el sicario de escritorio, que con impunidad condena a quienes no se pliegan a la lógica dominante —a muchos de los cuales sentencian a una muerte segura—, al tiempo que celebra las realizaciones de los traquetos de cuello blanco en el Estado o en cualquier actividad económica (como acontece con las multinacionales como Pacific Rubiales, La Drumond, Chiquita Brands, Nestlé… que cuentan con una cohorte interminable de plumíferos a su servicio) y aplaude y exalta cualquier estupidez, mentira o acción delictiva que realice alguno de los encumbrados personajes de la politiquería.

Al cabo del tiempo se entiende que se haya hecho hegemónica la cultura traqueta, algo así como la expresión superestructural del capitalismo gangsteril a la colombiana, el que no repara en utilizar todos los instrumentos (violentos, jurídicos, económicos) para mantener sus niveles de acumulación, que dependen de su postración ante el capital imperialista. Como esos procesos de acumulación de capital mafioso son en esencia violentos y recurren en forma permanente al despojo y a la expropiación (como se muestra con lo acontecido en la educación, la salud, la seguridad social, la tierra, el agua, los parques naturales), no resulta sorprendente que de allí se desprendiera, tarde o temprano, una cultura simétrica de tinte mafioso, en la cual se conjugan los antivalores propios del neoliberalismo económico y del neoconservadurismo político e ideológico con las pautas culturales de la delincuencia y del lumpen. Y, lo que es significativo, la cultura traqueta fue asumida por las clases dominantes de este país que abandonaron cualquier proyecto de la cultura burguesa que antes les proporcionaba una distinción cultural y un refinamiento estético —recuérdese no más aquello de que Colombia era un país de poetas, de escritores y de hombres ilustrados en el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX y que Bogotá era la “Atenas Sudamericana”—, y hoy en los encumbrados peldaños del poder económico (capital financiero, por ejemplo) predomina una vulgar lógica traqueta, que destella odio y violencia hacia los pobres.

Pero, a pesar de la represión, la censura, la persecución, en Colombia no sólo hay cultura traqueta, pues en muchos lugares de nuestro territorio, distintas comunidades preservan sus propios valores y con dignidad practican la solidaridad, la ayuda mutua, el desprendimiento, con lo que ayudan a sentar los cimientos de otro tipo de cultura y de sociedad. En esa dirección, el terreno cultural se convierte en un espacio de lucha, porque la construcción de otra sociedad requiere disputarle la hegemonía a la cultura traqueta e impulsar una contra-hegemonía, que afiance otros valores y formas alternativas de ver el mundo, tal y como sucede en otros lugares de nuestra América en donde se enaltece la vida digna y el buen vivir, como proyectos culturales en los que se enfrenta a la mercantilización, el individualismo, el consumismo exacerbado y el culto a la muerte.

– Renán Vega Cantor es historiador. Profesor titular de la Universidad Pedagógica Nacional, de Bogotá, Colombia. Autor y compilador de los libros Marx y el siglo XXI (2 volúmenes), Editorial Pensamiento Crítico, Bogotá, 1998-1999; Gente muy Rebelde, (4 volúmenes), Editorial Pensamiento Crítico, Bogotá, 2002; Neoliberalismo: mito y realidad; El Caos Planetario, Ediciones Herramienta, 1999; entre otros. Premio Libertador, Venezuela, 2008. Su último libro publicado es Capitalismo y Despojo.