Reconversión es revolución

Por: Alberto Aranguibel B.

Se inicia un “nuevo comienzo económico”, como lo ha denominado el presidente Maduro. Y se inicia también lo que seguramente será un largo debate al respecto, hasta que las medidas terminen asentándose completamente y los resultados de las mismas corroboren las hipótesis económicas en un sentido o en otro.

Pero el nuevo inicio puesto en marcha por el primer mandatario nacional el día de hoy es mucho más que económico, y en eso es menester puntualizar aspectos relevantes en términos estrictamente políticos, y por supuesto sociales y culturales.

En primer lugar, que es ésta la primera medida macroeconómica de gran envergadura y alcance que ha podido tomar un presidente que desde el primer momento de su gobierno tuvo que enfrentar la incertidumbre sembrada en el país por quienes desde la derecha buscaban deslegitimarlo con la infame consigna de “Maduro no es Chávez”, sembrando profundas dudas en el país sobre la verdadera capacidad del jefe del Estado y generando desconfianza en las acciones y planes por él puestos en funcionamiento para superar la compleja situación económica que progresivamente fue avanzando en el país con la guerra orquestada por esos sectores ultra reaccionarios que lo adversan.

Una guerra cuya particularidad más importante es su capacidad para invisibilizar (mediante la sistemática manipulación de la opinión pública) el inmenso esfuerzo aplicado por el gobierno en la búsqueda e instrumentación de respuestas efectivas a la devastación que el capitalismo nacional e internacional ha desatado contra del pueblo venezolano. Fueron años de arduo combate por una verdad revolucionaria que resultaba cada vez más difícil de hacerle entender a la población, porque la derecha había enfocado su ataque en la descalificación de cuanta iniciativa emprendiera el presidente para mitigar el padecimiento del pueblo, descalificándolo a él personalmente, en primer lugar, y luego a su gobierno y a las acciones o correctivos económicos que se iban tomando.

Desde el primer momento se pretendió posicionar la falaz especie del supuesto reformismo que inspiraría al líder de la revolución en esta nueva etapa de la misma. Se les vendió no solo a los escépticos sino a los propios revolucionarios, que la ofensiva del gobierno contra los especuladores era contraria a la doctrina chavista. O, en el mejor de los casos, que no era capaz de resolver las dificultades que iban presentándose. Acciones contundentes concebidas para proteger al pueblo (desde el llamado “dakazo” hasta los aumentos salariales, los Clap y el mismísimo Carnet de la Patria) fueron presentadas en forma negativa por la derecha, impidiendo que la población las percibiera como positivas, lo que ponía en situación cada vez más difícil las posibilidades del gobierno para desarrollar una verdadera política de transformación económica en profundidad que no solo ayudara a superar y corregir las distorsiones que iban surgiendo con la evolución de la guerra, sino que le permitiera avanzar sostenidamente en la construcción del modelo socialista.

La guerra más perniciosa no era la económica, porque se sabía que de ella podría salirse eventualmente con las políticas adecuadas, sino la sicológica, que era la que obstaculizaba la comprensión popular de esas medidas y que ponía en una condición de alto riesgo la sostenibilidad y perdurabilidad misma de la Revolución. Por esa falta de comprensión, de confianza y de credibilidad, se perdió en 2015 la elección de la Asamblea Nacional. De ahí que la única carta de salvación a la que pudo asirse Maduro en un momento determinado fuese la radicalización de la batalla política, mediante la convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente y a las tres elecciones subsiguientes.

Quienes argumentaron que los problemas derivaban de la falta de decisión en la construcción del socialismo, dejaban de lado el hecho nada sutil que nos enfrentamos nada más y nada menos que a la potencia imperialista más sanguinaria de la historia, que persigue acabar con una revolución a la que esa potencia asume como amenaza al modelo capitalista sobre el cual se erige, y que ello comprende una muy descomunal batalla económica, pero, mucho más descomunal todavía, esencialmente política. Es lo que han venido demostrando las acciones de la derecha internacional orquestadas por los EEUU desde la Organización de Estados Americanos contra Venezuela; la posterior conformación del Grupo de Lima específicamente dirigido a provocar el derrocamiento del presidente Maduro; así como los pasos orientados a destruir mecanismos de integración como la Unasur y la Celac, es decir, todo lo logrado en la última década por los gobiernos progresistas en la región en ese sentido.

El “reseteo” (valga el término informático) que comprende la reconversión económica emprendida hoy por el presidente Maduro, tiene connotaciones políticas que la colocan en el plano de los acontecimientos que pudieran desencadenar (o acelerar) el reordenamiento geopolítico del planeta. Un escenario en el que países como China, India, Rusia, irán y Turquía han venido dando pasos más que significativos. Una acción que pudiera ayudar a revertir el planteamiento del “nuevo orden mundial” que se propone los Estados Unidos bajo su lógica de la dominación. Lo que, sin lugar a dudas, le imprime una connotación altamente revolucionaria al llamado “nuevo inicio”.

Es revolucionario, porque parte de una declaratoria de independencia frente a una moneda emitida de manera inorgánica por una potencia extranjera. Algo que con toda seguridad generará repercusiones políticas de alcance imprevisible para la estabilidad misma del imperio.

Es revolucionario, porque impulsa una recuperación económica con prescindencia absoluta de los esclavizantes auxilios financieros a los que son sometidas las economías del mundo. Bajo el esquema puesto en marcha por el presidente Maduro, Venezuela no tiene que acudir al Fondo Monetario Internacional (FMI) ni al Banco Mundial, ni a ningún otro ente financiero para llevar a cabo su reordenamiento. A partir de hoy, nuestro país posee unas reservas internacionales que pasan del más bajo nivel en más de medio siglo a doscientas veces su tamaño; de 10 mil millones pasamos a tener un dos (2) con doce (12) ceros a la derecha, por el solo hecho de anclar nuestra economía a un activo real como el petróleo. Y esa, además de económica, es una importantísima señal política al mundo.

Es revolucionario porque con el Petro, la moneda digital que sirve de base al nuevo modelo de economía soberana respaldada por activos reales, se abre una nueva era en la lógica de los sistemas financieros que hasta hoy en día determinaban de manera exclusiva el comportamiento de la economía mundial y con ello el de la política. El poder del sistema financiero en la imposición y derrocamiento de gobiernos en el mundo, se basa en el control que sobre ese sistema ejercen las oligarquías más poderosas del planeta. De modo que una reconversión que rescate la soberanía de la moneda, que les dé el justo valor a sus activos fundamentales y que recupere el poder del Banco Central en el manejo de su economía, tendrá siempre fortalezas inexpugnables para interactuar con ese perverso sistema e impedirle la imposición arbitraria de sus normas y principios.

Pero es todavía más revolucionario ese nuevo inicio económico, porque se consustancia no con los deseos de las élites oligarcas, sino con la cultura indómita de un pueblo que no se arrodilla frente a imperios ni se somete a colonización alguna, por muy compleja que sea la realidad a la cual se enfrente, y que es capaz de formular modelos innovadores para impulsar el bienestar y el desarrollo en el marco de una paz social labrada a pulso, con dolor, sufrimiento y un gran estoicismo, pero con mucha convicción y sentido del compromiso patrio, por su propia gente.

Por eso es éste y no otro el momento correcto para el lanzamiento de esta tan importante reestructuración del sistema económico venezolano, determinada como ha estado por razones de naturaleza económica, pero también, y muy fundamentalmente, políticas, que tenían que ser controladas o superadas. Con una oposición estructurada y activa como la que existía en el país hasta hace algunos meses, habría sido definitivamente imposible acometer un proyecto de tales dimensiones.

Es revolucionaria, en fin, porque surge del empeño y la tenacidad de un estadista de dimensión excepcional, que ha venido a este momento de la historia venezolana para romper esquemas y convencionalismos en nombre de su pueblo, sin contemplaciones ni concesiones de ninguna naturaleza como él mismo ha venido demostrándolo a cada paso, en cada acción revolucionaria que toma, y en cada riesgo al que se expone… como solo un auténtico hijo de Chávez puede hacerlo.

@SoyAranguibel

Comunicar Petro

Por: Alberto Aranguibel B.
(Foto: Dado Ruvic / Reuters)

 

Si algo le ha costado resolver a la Revolución Bolivariana desde sus orígenes ha sido el aspecto comunicacional, tal como lo denunció desde siempre el Comandante Chávez.

La comunicación no es un asunto simple que se reduzca a la capacidad profesional o a la buena disposición del funcionario encargado de esa materia en el gobierno, sino que responde a multiplicidad de variables de naturaleza social, cultural, política, tecnológica, o incluso científica, que en la mayoría de los casos resultan mucho más complejas de lo que un ministerio puede manejar con propiedad y eficiencia absoluta.

Pero comunicar con eficiencia no se refiere exclusivamente a la capacidad para transmitir oportunamente toda aquella información que el Estado necesite dar a conocer a la población, ni a hacerlo ateniéndose solamente a la manera objetiva y veraz a la que está ética y legalmente obligado, sino a la forma correcta en que debe informar para lograr la debida comprensión y provocar la respuesta esperada por parte del receptor del mensaje.

No es eficiente quien comunica pensando solamente en los requerimientos estructurales de su mensaje, es decir; el que procura asegurar solamente la pulcritud de lo que necesita comunicar, sino quien logra alcanzar el más alto nivel de comprensión de lo que está comunicando.

En ello el dominio de los códigos culturales y de lenguaje de la gente a la cual se dirige el mensaje es determinante. El tema del aumento de la gasolina, por ejemplo, es un asunto complejo en Venezuela porque comunicacionalmente no está lograda la suficiente comprensión de la sociedad con este asunto tan importante para la economía nacional. Se evade incluso el estudio de fórmulas que permitan hacer eventualmente aceptable un ajuste en el precio del combustible, porque de tanto postergársele terminó convertido en “tabú”. Ahí la realidad cultural ha determinado el comportamiento de la acción política.

Un buen periodista será siempre aquel que describa con exactitud la llegada de una gran personalidad a un país como México, por ejemplo, hablando con todo lujo de detalles sobre su comportamiento, su gestualidad, o su vestimenta. Pero si escribe que esa personalidad estaba trajeada con “una gran chaqueta”, no será nunca un buen comunicador. En México “chaqueta” quiere decir “masturbación”.

Y si está en Argentina y explica que esa personalidad se trasladó hacia su hotel en el carro de algún amigo, con la frase “le dieron la cola”, seguramente se meterá en muchos problemas como comunicador, porque lo que comprenderán sus lectores será algo completamente distinto a lo que en realidad quiere decir.

Hoy, cuando nos encontramos ante la avalancha de intentos por explicar desde los más diversos escenarios mediáticos e institucionales de la vida nacional qué es una “criptomoneda”, un Bitcoin, y cuál es la verdadera significación del “Petro” creado por el Gobierno del Presidente Nicolás Maduro, sin que ninguno de esos intentos logre ni medianamente el objetivo de aclararle a la población de qué se trata todo este tema y cómo esas divisas virtuales pueden resolver el problema del desabastecimiento y los altos costos de la comida en el país, aparece como urgente la necesidad de abordar más a fondo el aspecto comunicacional del mismo, no sea que este tan importante proyecto termine fracasando no por inviable desde el punto de vista económico, sino por falta de comprensión por parte de la gente.

El problema comunicacional para el lanzamiento de una moneda cualquiera es innegable. Todo aquel que se enfrenta a un billete de cualquier denominación distinta a la que usualmente maneja, siente en principio desconfianza, confusión o inseguridad. Es el proceso natural de aprehensión (o de precaución, en todo caso) frente a lo desconocido.

Ahora, si la nueva moneda es electrónica, es decir; no posee la tangibilidad del dinero, del billete, o incluso de la tarjeta de crédito o del cheque, entonces la barrera de desconfianza es mucho mayor, porque a lo largo de la historia contemporánea el bienestar y las posibilidades mismas de la vida han estado siempre asociados a esos billetes, a esas tarjetas y a esos cheques, sean cuales sean.

De ahí que no resulte nada fácil para nadie entender la conveniencia de un instrumento de canje distinto al conocido, cuando a lo largo de miles de años se ha establecido en la sociedad que el único que tiene valor es aquel que ha sido aceptado desde siempre por el mundo entero. El valor del Dólar es precisamente el haber logrado esa aceptación universal, aún sin poseer respaldo alguno que lo avale como instrumento de pago.

Más incompresible todavía es para la gente que se le hable de “minería” para explicar lo avanzado de un revolucionario concepto monetario electrónico, cuando ese término a lo único a lo que remite en el imaginario común es a picos y palas en medio de polvorientas e insalubres cavernas a kilómetros de profundidad bajo tierra.

El rol del técnico monetarista es el de definir el concepto bajo la denominación que corresponda de acuerdo a la naturaleza y la ergonomía tecnológica del sistema que busca introducir en la economía. Pero el papel del comunicador es convertir eficientemente esa definición técnica en un mensaje no solo comprensible para el ciudadano común, sino a la vez en tangible.

Más aún cuando hablamos desde el escenario de un proceso revolucionario cuya propuesta es el derribamiento de las viejas estructuras burguesas para instaurar el avanzado modelo profundamente humanista que comprende el socialismo.

Ese derribamiento, por supuesto, no debe estar circunscrito exclusivamente a lo estructural del Estado y de la sociedad, sino fundamentalmente a lo cultural. Y con ello, a lo comunicacional.

La búsqueda del texto correcto para explicarle hoy al país la naturaleza y significación del “Petro” para la economía nacional, y cómo ella será determinante en la recuperación del bienestar al que aspira el pueblo, tiene que fundamentarse en el uso intensivo de recursos didácticos verdaderamente esclarecedores, que no se limiten a la explicación tecnicista que hasta ahora se le ha dado al asunto.

Se necesita empezar por educar a la población en la historia y razón de ser de la moneda como instrumento de canje de bienes y servicios, pero no desde la lógica simplista y acomodaticia del banquero capitalista, sino desde el lenguaje social y político mediante el cual se comience a entender con la más entera propiedad en las comunidades, en la fábrica, en el barrio, el sentido correcto que Marx le imprimió al análisis de cada uno de los fenómenos que intervienen en la economía, sus causas y sus efectos, y que el Comandante Chávez tradujo a la realidad particularísima del modelo socialista bolivariano.

No es la mejor forma de explicar ese carácter revolucionario del “Petro”, diciendo en una cuña de televisión que se trata de una divisa altamente segura y confiable “…porque permite evadir el sistema financiero”, como reza textualmente una cuña puesta al aire por el Banco Central de Venezuela, ya no solo porque tal afirmación vendría a ser a todas luces contraproducente en tiempos en que las campañas de difamación contra nuestro país se centran hoy en tildar a Venezuela como un vulgar reducto de narcotraficantes legitimadores de capitales por el mundo, sino porque resulta un verdadero contrasentido que el principal ente financiero de la República haga una afirmación tan tajante pero de una manera tan escueta.

Como ese, son muchos los “baches” que tiene la comunicación de esa nueva y revolucionaria forma de soberanía económica impulsada por el Presidente Maduro.

Hay que explicar el Petro en lenguaje cristiano, para decirlo en términos llanos. Un lenguaje que le permita a la sociedad toda no solo entender al Petro sino asumirlo y aplaudirlo como una medida verdaderamente redentora del bienestar social por el que tanto clama el país en momentos en que precisamente la economía se ha convertido ya no en el sistema que debiera regir las relaciones de producción en la sociedad, sino en el enemigo número uno a vencer en medio del agobio histórico más grande que jamás haya padecido nuestro pueblo.

Resolver ese dilema comunicacional es responsabilidad prioritaria del Gobierno Revolucionario. Pero es obligación de todas y todos los venezolanos abrir la mente a una innovación, como el Petro, que definitivamente podría significar mucho más que la solución puntual de un problema coyuntural de abastecimiento y de precios para un pueblo.

En esto podríamos estar a las puertas de una concepción completamente distinta del desarrollo y del bienestar de la humanidad.

No se trata, pues, solamente del anuncio de un nuevo e ingenioso logro de gobierno.

@SoyAranguibel