Asamblea Nacional Constituyente: Un año de realidad verdadera

Por: Alberto Aranguibel B.

El 30 de julio de 2017, hace exactamente un año, nadie sabía cómo podría alcanzarse la paz por la vía del voto, al cual el presidente de la República había convocado hacía apenas dos meses antes en medio de una vorágine incendiaria y criminal desatada por la derecha venezolana con apoyo del Departamento de Estado de la más poderosa potencia de la tierra para intentar derrocar al gobierno venezolano mediante la desestabilización y la ingobernabilidad que la violencia generaría.

Sin embargo, la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos acudió masivamente a ejercer su derecho al voto, por encima incluso de las presiones y amenazas de la oposición terrorista que había dispuesto operativos de cerco a los centros de votación para impedir la realización del evento electoral en los municipios bajo su control.

El voto fue la respuesta de la sociedad venezolana al terror del cual toda la población era presa, víctima como era entonces de esa violencia que afectaba a chavistas y opositores, haciendo temblar de miedo a todas y todos por igual con la sola idea de ser quemados vivos en la vía pública por la sola eventualidad de no tener la camisa adecuada o el color de piel del gusto de los facciosos que por desgracia se tropezaran en cualquier urbanización opositora del país.

Todos, absolutamente todos los que acudieron a votar aquel día, lo hicieron movidos por el desespero de alcanzar la paz que el jefe del Estado había prometido el 1ro de mayo en su convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente.

“Yo convoco el poder constituyente originario para lograr la paz que necesita la República; para derrotar el golpe fascista; y para que sea el pueblo con su soberanía quien imponga la paz, la armonía, el diálogo nacional verdadero… ¿Quieren diálogo? Poder Constituyente. ¿Quieren paz? Poder Constituyente. ¿Quieren elecciones? Poder Constituyente”, fue exactamente lo que dijo entonces el presidente Nicolás Maduro.

Desde el instante mismo de proclamados los resultados de aquel histórico evento electoral, la paz tuvo lugar en absolutamente todo el territorio nacional sin que ningún integrante de ese nuevo actor político disparara un tiro o agrediera a ningún opositor.

¿Por qué un evento cívico como una elección lograba disolver de la noche a la mañana el terrorismo que mantenía a la sociedad en vilo, y reinstauraba la paz que el presidente de la República había prometido como tarea indispensable para emprender el proceso de recuperación de la estabilidad y la gobernabilidad que le permitieran al gobierno avanzar entonces en acciones de carácter propiamente económicas?

Porque la función de esa Constituyente no era la de la lanzarse a las calles en una contra ofensiva armada para sofocar la violencia a sangre y fuego, sino cumplir una labor de naturaleza estrictamente política, pero también mediática, como lo era la de demostrarle al país y al mundo mediante el voto universal, directo y secreto, que la verdadera mayoría en el país no era el grupo que había engañado a millones a través de la televisión y la prensa nacional e internacional con la infame tesis de su supuesta superioridad numérica frente a los millones que respaldan al presidente legítimamente electo.

Quienes pretendieron utilizar de manera fraudulenta el circunstancial triunfo electoral obtenido en 2015 en la elección de la Asamblea Nacional para dar un golpe de Estado bajo el formato institucional que la derecha ha venido utilizando para asaltar el poder ganado en las urnas electorales por los presidentes progresistas de la región, le vendieron al mundo que los votos por ellos obtenidos entonces eran el aval y el instrumento suficiente para sacar del poder a Nicolás Maduro, siendo que ninguno de aquellos electores los eligió al frente del poder legislativo para tan inconstitucional y descabellada función parlamentaria, toda vez que no existe en la carta magna atribución alguna que sustentara tal despropósito.

A lo largo de esos dos años, que van desde el 2015 hasta el 2017, la derecha fue abultando mediáticamente la farsa de su supuesta mayoría, hasta hacerle creer a millones, no solo en Venezuela sino en el mundo entero, que Nicolás Maduro (a quien empezaron entonces a calificar de “dictador” para reforzar la falaz matriz según la cual el presidente estaba completamente solo en el palacio de Miraflores) no contaba con el respaldo popular que le había llevado al poder, por lo cual tenía que ser desalojado del mismo. Al final de aquella vorágine de falseamiento de la realidad, los opositores aseguraban haber obtenido más de 14 millones de votos en la elección de la Asamblea Nacional, lo que incluso muchos incautos del chavismo terminaron creyendo.

La innegable verdad que el poder plenipotenciario del pueblo puso al descubierto, desmontó la farsa y desactivó ipso facto a los terroristas.

Más de quinientas mujeres y hombres, jóvenes, trabajadores de la ciudad y del campo, indígenas, personas con capacidades diferentes, cultores populares, intelectuales, empresarios y voceros del poder popular organizado, asumieron ese compromiso de hacer valer la verdad de una realidad que estaba siendo burlada por la mediática nacional e internacional en su intento por poner el país en las manos de los apátridas que han luchado siempre por el mismo empeño de entregarle Venezuela al imperio norteamericano a cambio de una bastarda comisión en dólares.

La mayoría de esas y esos constituyentes jamás han sido funcionarios públicos. La mayoría ni siquiera conocía la capital, ni mucho menos sabía cómo movilizarse en ella de un lado al otro. Todavía hoy muchos no conocen más allá del recorrido que transitan semanalmente en las idas y venidas desde las residencias constituyentes, ubicadas en Fuerte Tiuna, hacia las sesiones en el Palacio Legislativo en las que se han aprobado Leyes y Decretos “vitales para la vida nacional”, como ha dicho el propio presidente Maduro.

Su trabajo a lo largo y ancho del país, recogiendo en miles de asambleas populares las propuestas y las angustias de la gente para nutrir con ellas la reforma prevista a nuestra carta magna, así como su participación permanente en reuniones de consulta, debates públicos y programas de opinión que exigen una preparación muy completa, no solo desde el punto de vista político sino primordialmente teórico y técnico, dan fe del esmero con el que cumplen este insoslayable servicio patrio, en medio de las grandes limitaciones y dificultades que padecen, porque no son de ninguna manera los “burócratas enzapatados” de los que habla la canalla opositora (y una que otra “autocrítica” pendenciera) sino que son el pueblo mismo trabajando para el pueblo, colocando muchas veces a su familia en situación de penuria y poniendo en riesgo a cada paso su seguridad personal para poder cumplir con su responsabilidad.

Son venezolanas y venezolanos que vienen de todo el país a cumplir una tarea impostergable para la cual fueron llamados por el presidente de la República en una hora angustiosa en la que el futuro era poco menos que incierto y desolador, y que han cumplido a la más entera cabalidad con abnegación y elevado sentido del compromiso con la Patria: Han asegurado la paz que hoy le permite al Jefe del Estado poder acometer las acciones económicas por las que el pueblo tanto ha clamado desde que la oposición decidió desatar su inmisericorde y despiadada guerra de hambre contra las venezolanas y los venezolanos.

En un frente cualquiera de batalla no actúan solamente los fusileros de primera línea en la contención o reducción del enemigo. Junto a ellos debe estar siempre la unidad blindada, los paracaidistas, la armada, la aviación, así como aquella que garantice la dotación adecuada de la tropa, el apresto debido del armamento, de la logística, e incluso el equipo de salud que supla oportunamente el servicio médico necesario.

Como en toda guerra, en las que los ejércitos se distribuyen las responsabilidades de acuerdo a su área de competencia, la Asamblea Nacional Constituyente ha desempeñado junto al gobierno y al resto de los poderes públicos, una función esencial sin la cual nada, que no fuese la confrontación fratricida entre los venezolanos hacia la cual nos dirigía la oposición, habría sido posible.

Muy pocos países sujetos a la misma arremetida imperialista podrían alcanzar hoy en día esa paz sin sufrir el devastador martirio de una guerra civil. Desconocer ese aporte de la ANC en el logro de la estabilización es de una mezquindad, más que bochornosa, repugnante. Por eso este primer año de la Asamblea Nacional Constituyente debe ser conmemorado con el mayor alborozo por el pueblo. Por todo el pueblo.

@SoyAranguibel

Un Congreso, siete líneas y un destino

Por: Alberto Aranguibel B.

El 12 de enero de 2008, fecha de la instalación del Congreso Fundacional del Partido Socialista Unido de Venezuela, la Revolución Bolivariana había transitado ya por los caminos más intrincados e inhóspitos en su propósito de sentar las bases para un verdadero modelo de justicia y de igualdad social en el país.

Bajo la denominación de MVR, el proceso se enfrentó hasta entonces a ataques brutales y despiadados como ningún gobierno fue atacado nunca antes en nuestra historia; guerra mediática de manipulaciones y falseamiento de la realidad, acusaciones destempladas contra el comandante Chávez ante el Tribunal Supremo de Justicia, golpe de Estado con el peor ensañamiento contra el pueblo, criminal paro petrolero con saldo de más de quince mil millones de dólares en pérdidas para la nación, intento de revocatorio del Primer Mandatario, acusaciones recurrentes de fraude electoral, todo cuanto pudo hacer la oposición para tratar de derrocar al gobierno y acabar con la revolución fue intentado a través del uso de los más cuantiosos recursos económicos, políticos y mediáticos que la derecha haya usado jamás contra nadie en el país.

Sin embargo, aquel gallardo y victorioso movimiento debía replantearse, tal como el Comandante entendía que se estaba replanteando la realidad social, política y económica de una Venezuela que definitivamente ya no sería jamás la del pasado de oprobio, exclusión y desigualdad. El curso que la lucha del pueblo por sus reivindicaciones más preciadas estaba señalando, apuntaba hacia un destino promisorio que ya no era tan utópico como en sus primeros días, sino que avanzaba sobre los restos de la derruida democracia representativa, con la fuerza de la emancipación que día a día se iba gestando entre la revolución y su pueblo.

Chávez comprendió, con su prodigiosa capacidad de visualización más allá del horizonte y de la historia, que la evolución de movimiento de cuadros a partido político popular de alcance nacional, era el paso indispensable para impulsar en forma vigorosa y sostenida el modelo socialista bolivariano que con el cual la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos ya estaban más que comprometidos.

De manera casi simultánea con su nacimiento, el Partido Socialista Unido de Venezuela emprendía entonces el inmenso reto de enfrentar un proceso electoral de importancia trascendental, como lo eran las elecciones regionales para Gobernadores que estaban en puerta, en medio de la titánica tarea de hacerle llegar al pueblo los atributos y características de la nueva organización y la nueva propuesta de corte abiertamente socialista, elevando a la vez la credibilidad en los candidatos que postulaba en todo el país, para asegurar así el triunfo que era tan indispensable para la sobrevivencia de la nueva propuesta partidista, y, por supuesto, para la evolución y perdurabilidad del proyecto revolucionario.

El eslogan desarrollado por la incipiente Comisión Nacional de Propaganda del PSUV en aquel momento, recogía en una sola frase la dimensión del compromiso que asumíamos; “¡Vamos con Todo!” (que años después la írrita dirigencia opositora quiso robar para su entente antichavista).

Hoy, a una década exacta de aquel histórico acontecimiento en la vida política venezolana, el PSUV se activa de nuevo para un Congreso Ideológico de importancia excepcional, en el cual la participación directa del pueblo es probablemente el aspecto más relevante y significativo.

Exactamente igual al convulso periodo de su génesis, la derecha continúa arremetiendo contra el pueblo, tal vez con peor saña y mayor inmisericordia, y con la fuerza que nunca antes tuvo, al disponer hoy de un respaldo del Departamento de Estado norteamericano completamente descarado y sin el más mínimo respeto por el derecho internacional, que orquesta abierta e impúdicamente la criminal agresión internacional de la que es víctima nuestro país.

Frente a esa brutal arremetida, el presidente Nicolás Maduro ha dado pasos sustantivos en la lucha por impedir los estragos de la guerra sobre las venezolanas y los venezolanos. Quienes le acusan de “no hacer nada” para contener la especulación desatada por los sectores más usureros de la economía, así como por los delincuentes que juegan, nacional e internacionalmente, a la destrucción de nuestro sistema económico para sacar provecho político del sufrimiento del pueblo, dejan de lado el inmenso esfuerzo de organización en medio de la guerra que significan acciones contundentes de protección social como los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, que aseguran hoy la cobertura a más de seis millones de hogares (unos veinte millones de venezolanas y venezolanos) con una cesta de alimentos que ningún gobierno del mundo sería capaz de distribuir en medio de ninguna guerra, así como el Carnet de la Patria, que viene a resolver uno de los más perversos mecanismos de destrucción de un sistema económico cualquiera, como lo son los llamados “bachaqueros”, a quienes el Carnet de la Patria les representa un obstáculo de inviolabilidad en las políticas de subsidios directos que el Gobierno Bolivariano entrega hoy a la población a lo largo y ancho del país. Sin dejar de mencionar el Petro, como fórmula de evasión de las ilegales y criminales sanciones que hoy limitan la capacidad de pagos del Estado.

Pero los esfuerzos del Presidente Maduro no se limitan al ámbito del gobierno, sino que se apoyan en la acción de actores políticos de envergadura como la Asamblea Nacional Constituyente, en la batalla por garantizar la estabilidad a lo interno y la confiabilidad de Venezuela ante el mundo.

Por eso en su reunión con los más importantes empresarios e inversionistas durante su reciente gira por Turquía y otros países, tomó como instrumento de soporte en su intensa agenda de intercambios comerciales e industriales, la recién promulgada Ley de Promoción y Protección de la Inversión Extranjera, que la ANC tuvo a bien aprobar para facilitar la labor de recuperación económica del país en la cual está empeñado el Jefe del Estado. De ahí las Ocho Líneas de Acción Estratégica lanzadas por él este mismo mes como tareas impostergables a cumplir en esta nueva y exigente etapa de la Revolución.

Un momento excepcional de la historia, en el cual convergen de nuevo retos políticos de particular relevancia, como los que comprende el IV Congreso del PSUV en su apuesta por la construcción del poder popular desde las bases y sin alcabalas políticas de ningún tipo (tal como lo manda la doctrina chavista), y retos económicos de singular importancia que el país espera con la mayor ansiedad que terminen de concretarse en el bienestar que solo la Revolución Bolivariana puede ofrecerle al pueblo.

Congreso y Líneas Estratégicas deben ser entendidas, entonces, como un solo frente de batalla en función de un mismo destino, irrenunciable e inequívoco, como lo es el socialismo venezolano que Chávez nos legó, junto al logro de la independencia y la soberanía que hoy nos toca defender a toda costa junto a su hijo Nicolás y a la dirigencia revolucionaria que ha dado todo de sí misma para salvaguardar ese preciado sueño del pueblo de Simón Bolívar.

Se reafirma así el curso de una Revolución que vino para hacer justicia social y para quedarse por los siglos de los siglos en el alma de las venezolanas y los venezolanos.

@SoyAranguibel

La Cumbre vacía

Por: Alberto Aranguibel B.

“Mientras los presidentes van de Cumbre en Cumbre, los pueblos de América Latina van de abismo en abismo” Hugo Chávez

El mayor logro político del comandante Hugo Chávez no fue solamente la instauración irreversible de la 5ta República en Venezuela bajo el auspicioso signo del socialismo bolivariano.

La ciclópea tarea de promover desde el gobierno una idea de justicia social que tantos tropiezos había tenido en la historia, era sin lugar a dudas el reto más importante para un revolucionario convencido como él de la necesidad de abrirle paso a las fuerzas tectónicas de un pueblo que ya no soportaba más la exclusión y el desprecio que recibió desde siempre por parte de las cúpulas del poder oligárquico imperante en Venezuela hasta la llegada de la Revolución Bolivariana.

Pero, por encima de aquel urgente reto, el comandante tenía perfecta claridad de la impostergable tarea que era frenar la pretensión imperialista de someter bajo sus designios a las economías del continente suramericano, porque sin ello cualquier otra acción de gobierno orientada a redimir al pueblo resultaría inoperante y el modelo socialista simplemente inviable.

Enfrentarse a un imperio de las dimensiones del norteamericano es probablemente el más audaz proyecto que mandatario alguno pueda plantearse, sobre todo cuando se formula en la más completa soledad, como lo estaba Chávez en el escenario internacional al principio de su mandato (con la significativa excepción de Cuba) en relación a su propuesta en contra del ALCA.

Chávez logró hacer avanzar la idea de la unidad latinoamericana a partir de una reflexión que hizo estremecer los cimientos mismos de la vetusta lógica diplomática neoliberal que regía las relaciones entre los países de la región, al darle  paso a una nueva visión de la integración de nuestros pueblos desde una perspectiva de solidaridad y cooperación destinada a frenar las pretensiones de las grandes corporaciones del norte, favoreciendo así las posibilidades de un mayor bienestar para las economías suramericanas, independientemente de las ideologías o intereses políticos particulares de cada país.

Fue así como se impulsaron el ALBA, la UNASUR y la CELAC, como poderosos organismos de integración económica, social y política, que le dieron el vuelco a Latinoamérica hasta convertirla en la región con mayor potencial de crecimiento económico para el siglo XXI, de acuerdo a los diagnósticos presentados en 2011 por la OMC, que ya entonces advertía la inminente caída del dólar como moneda de referencia en los mercados internacionales, tal como la Revolución lo alertaba desde Venezuela en relación al inevitable derrumbe del capitalismo como sistema económico global, dada su expresa incapacidad para resolver los problemas más agobiantes de la humanidad.

Fueron esos organismos de integración los que hicieron visible a los ojos del mundo las potencialidades de nuestras economías y convirtieron en atractivas las opciones de inversión de potencias tan distantes como China, Irán y Rusia, entre muchas otras, que se acercaron a Suramérica con el interés que nunca antes habían tenido en virtud de la imagen de Continente sin ningún atractivo económico que de él se había formado el mundo como consecuencia de aquella horrible historia de hambre y miseria que nos impuso el neoliberalismo a lo largo de todo el siglo XX.

La confianza en esa idea de la integración basada en la soberanía y la independencia económica de cada nación fue el verdadero muro de contención frente al ALCA, y con ello frente a la posibilidad de que nuestras economías fueran entregadas y sometidas de manera sumisa al control del imperio norteamericano y a sus formas perversas de explotación y generación de pobreza.

La frustrada Alianza para el Pacífico, con la que el imperio pretendió revertir esa búsqueda latinoamericana hacia la consolidación de una nueva idea de independencia, terminó siendo apenas un iluso experimento para las naciones que lo integraron, precisamente por su falta de sintonía con la cultura de hermandad de esa nueva corriente integracionista que nacía bajo el signo del bolivarianismo.

Fue entonces el relanzamiento del concepto de unidad latinoamericana, con la que nuestros pueblos estaban en mora desde los tiempos de nuestras luchas emancipadoras, la gran obra política de Hugo Chávez que le permitió a la región la posibilidad de abrirse con pie propio un espacio de significativa importancia en el concierto económico mundial.

Esa vigorosa realidad de la unión es atacada hoy con la más feroz saña por esa bestia herida que con brutal cinismo retoma su proyecto de sometimiento y control de nuestras economías a través de un mecanismo basado en la desvergüenza y el caradurismo de los serviles mandatarios neoliberales que hoy se enorgullecen de entregarle sus países al imperio a cambio de inmorales arreglos subrepticios con la justicia norteamericana para que les sean condonadas las cuentas pendientes por corrupción y blanqueo de capitales que los involucra a todos por igual.

El único organismo multilateral creado en Latinoamérica a lo largo del siglo XXI con el expreso propósito de agredir a un pueblo hermano es el Grupo de Lima.

Es decir; un organismo que nace a contrapelo de la cultura de cooperación y apoyo mutuo que se ha desarrollado entre nuestras naciones, dado su deliberado propósito de excluir a un país hermano si no se somete a las decisiones arbitrarias e ilegítimas de ese grupo contra los más preciados principios del derecho internacional y de la libre determinación de los pueblos.

No existe intercambio o planteamiento multinacional alguno que no pueda ser debatido o instrumentado a través de los escenarios multilaterales ya existentes, como la Unasur y la Celac, que gozan de la más perfecta legitimidad institucional y el más completo y robusto soporte legal para evacuar cualquier tipo de negociación, debate o acuerdo entre las naciones.

Está claro que su razón de ser no es la necesidad económica o de cooperación que beneficie a los pueblos del Continente, sino la urgencia por hacer cumplir la agenda de la potencia del norte en función de su perdida hegemonía en la región.

De ahí lo asqueroso de la actitud de ese grupo de vende patrias que tan orgullosos emiten una declaración insolente y repugnante contra un pueblo digno como el venezolano, cuando vilipendian en la forma en que lo hacen al Primer Mandatario venezolano acusándole de las infamias que el imperio ha construido para intentar hacer desconocer su legitimidad y su multitudinario respaldo popular.

Se articulan esos serviles rastacueros para llevar a cabo la repulsiva tarea de abrirle las puertas a las mismas transnacionales norteamericanas que por décadas los han tenido como asalariados a punta de coimas, comisiones y depósitos millonarios en paraísos fiscales, para permitirles reinstaurar en nuestro Continente el modelo del saqueo que tanto daño y padecimiento le causó en el pasado a nuestros pueblos.

Procuran esos pocos representantes de gobiernos corruptos de ultraderecha imponerse a la voluntad de más de treinta y tres naciones que conforman el foro de las Américas, suponiendo así de manera estúpida que un puñado de entreguistas pudiera hacer retrotraer el Continente al viejo esquema de las Cumbres gatopardianas vacías y sin pueblos, en las que todo se hacía con el firme propósito de impedir la transformación a fondo del sistema.

Su derrota será, como ya lo fue en el pasado, la imposibilidad de callar el grito rebelde de los pueblos que se levantan cada vez con más fuerza para decirle al imperio que “No pasará”.

Que desde el Río Grande hasta el Cabo de Hornos avanzará siempre impetuosa una sola voz cada vez más multitudinaria, con su sed de justicia, inclusión e igualdad, reclamando participación y protagonismo por encima del dictamen de las élites neoliberales que hoy se venden como hetairas cortesanas al mejor postor.

A esa “presencia” se refiere nuestro digno Presidente obrero cuando advierte que su participación en la Cumbre de las Américas no podrá ser impedida. La voz de Nicolás Maduro es hoy la voz de ese mismo pueblo que se hizo gigante e irreductible junto a Chávez.

No tendrá lugar, pues, en Lima la Cumbre hueca que los entreguistas pretenden, ni el bochornoso incidente internacional que aspiran protagonice nuestro Presidente. Los pueblos del Continente harán presente la poderosa voz del hijo de Chávez para abrirle los ojos al mundo con la verdad de Venezuela y denunciar la pretensión neocolonialista del imperio más criminal y genocida de la historia.

Llueva, truene o relampaguee.

@SoyAranguibel

Ramonet: Las 12 victorias del Presidente Maduro en 2017

Por: Ignacio Ramonet

Para empezar, hay que recordar que el Presidente Nicolás Maduro es el mandatario más injustamente acosado, calumniado y agredido de la historia de Venezuela. Más aún que el propio comandante Hugo Chávez, fundador de la Revolución Bolivariana…Sacar como sea a Nicolás Maduro del palacio de Miraflores ha sido y es el objetivo enfermizo de la oposición reaccionaria interna y de sus poderosos aliados internacionales comenzando por el gobierno de los Estados Unidos de América.

Apenas empezó el año 2017, los ataques contra el Presidente arrancaron de inmediato. La primera agresión vino de la Asamblea Nacional, controlada por la contrarrevolución, que decidió, el 9 de enero,« desconocer » al Presidente. Y acusó a Nicolás Maduro de haber « abandonado su cargo ». Algo falso y absurdo.Ante esa tentativa de golpe de estado constitucional -inspirado en el modelo de golpe parlamentario que derrocó a Dilma Rousseff en Brasil en 2016-, el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) intervino para señalar que, en virtud de la Constitución, la Asamblea Nacional no puede destituir al jefe de Estado, directamente elegido por el pueblo.

Por su parte, el Presidente respondió a esa tentativa de golpe organizando, el 14 de enero, unas masivas maniobras cívico-militares denominadas « Ejercicio de acción integral antimperialista Zamora 200 ». Se movilizaron unos 600.000 efectivos entre militares, milicianos y militantes de los movimientos sociales. Y ofreció de ese modo una imponente demostración de la unidad de las fuerzas armadas, el Gobierno, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y las masas populares. Esa fue la primera victoria de 2017.

Envalentonada por la elección, en Estados Unidos, de Donald Trump -candidato de la derecha suprematista que tomó posesión de su cargo en Washington el 20 de enero…-, la oposición venezolana trató de intimidar al Gobierno madurista con una gran marcha en Caracas el 23 de enero, fecha de la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez en 1958. Pero ahí también fracasó de manera patética. Entre otras razones, porque el Presidente Maduro respondió organizando, ese mismo día, el traslado popular de los restos de Fabricio Ojeda, líder revolucionario del derrocamiento de Pérez Jiménez, al Panteón Nacional. Al llamado del mandatario, acudieron en masa centenares de miles de caraqueños que llenaron las avenidas de la capital. Y se pudo ver netamente cómo el chavismo popular domina las calles, mientras que la oposición exhibía sus divisiones y su escualidez extrema. Esa fue la segunda victoria del Presidente Maduro.

Poco después se produjo la intervención del Tribunal Supremo, el cual subrayó que la Asamblea Nacional se halla en situación de « desacato » desde 2016. En efecto, como se recordará, en las elecciones legislativas del 6 de diciembre de 2015, se denunciaron fraudes en el estado Amazonas. Fraudes demostrados por grabaciones en las cuales la secretaria de la gobernación del estado ofrecía sumas de dinero a grupos de electores para votar por los candidatos opositores. En consecuencia,el TSJ suspendió a esos diputados. Pero la Asamblea Nacional persistió en juramentarlos. Porque la suma de esos tres asambleístas suplementarios le hubiera conferido a la oposición una mayoría absoluta cualificada (dos tercera partes de los diputados) y el poder de derogar leyes orgánicas y de limitar la acción del propio Presidente.

Las tensiones entre un Parlamento y un Tribunal Supremo son relativamente frecuentes en todas las grandes democracias.En Europa por ejemplo, cuando surge un conflicto constitucional entre poderes, es habitual que el Tribunal Supremo asuma competencias del Parlamento. Y en Estados Unidos, hasta un presidente tan esotérico como Donald Trump ha tenido que acatar las decisiones recientes de la Corte Suprema.

Pero, en Caracas, la contrarrevolución utilizó ese debate para relanzar una campaña internacional sobre la pretendida « ausencia de democracia en Venezuela ». Con la complicidad de la nueva Administración estadounidense, montó una colosal operación de linchamiento mediático mundial contra Nicolás Maduro. Movilizando a los principales medios dominantes de comunicación: desde CNN y Fox News hasta la BBC de Londres, más los medios principales de América Latina y del Caribe, y los más influyentes diarios globales, pilares de la hegemonía comunicacional conservadora, así como las redes sociales.

Al mismo tiempo, la derecha venezolana maniobró con la intención de internacionalizar el conflicto interno trasladándolo al seno de la Organización de Estados Americanos (OEA), «ministerio de las colonias de Estados Unidos» según Che Guevara. Obedeciendo a consignas del nuevo gobierno de Donald Trump y con el apoyo de varios regímenes conservadores de América Latina, Luis Almagro, secretario general de la OEA, asumió entonces el miserable rol de liderar esa maniobra reclamando la aplicación de la Carta Democrática contra Venezuela.

Pero Caracas contraatacó al momento, y consiguió la solidaridad diplomática de la mayoría de los Estados latinoamericanos y caribeños. A pesar de los deshonestos ardides y de los falsos argumentos del Secretario General de la OEA, Venezuela jamás pudo ser puesta en minoría. Venció de manera irrefutable. Y los enemigos de la Revolución Bolivariana, entre ellos Washington, se rompieron los dientes contra la sólida estrategia imaginada por el Presidente Maduro, basada en la realidad de los hechos, la honestidad política y la ética. Finalmente, en abril, Caracas decidió retirarse de la OEA, acusando a esa organización de «acciones intrusivas contra la soberanía de Venezuela». Con imaginación y audacia, en ese complejo escenario internacional, Nicolás Maduro consiguió así su tercera gran victoria de 2017.

Entretanto, las tensiones aumentaron en Caracas cuando, el 29 de marzo, la Sala Constitucional del TSJ declaró que “mientras persista la situación de desacato y de invalidez de las actuaciones de la Asamblea Nacional, esta Sala Constitucional garantizará que las competencias parlamentarias sean ejercidas directamente por esta Sala o por el órgano que ella disponga, para velar por el Estado de Derecho”. Anteriormente, el TSJ ya había señalado también que la inmunidad parlamentaria de los diputados «sólo se ampara durante el ejercicio de sus funciones», lo cual no era el caso al hallarse la Asamblea Nacional « en desacato ».

La oposición antichavista puso el grito en el cielo. Y con la ayuda, una vez más, de las fuerzas conservadoras internacionales pasó a propulsar un plan sedicioso contrarrevolucionario. Empezó entonces la larga y trágica «crisis de las guarimbas». Durante cuatro interminables meses –de abril a julio- la contrarrevolución lanzó la más desesperada y brutal ofensiva bélica contra el Gobierno bolivariano. Financiadas en dólares por la derecha internacional, las fuerzas antichavistas –lideradas por Primero Justicia y Voluntad Popular, dos organizaciones de extrema derecha- no dudaron en utilizar a paramilitares, a agentes terroristas y a mercenarios del crimen organizado en un despliegue de tácticas irregulares simultáneas, así como a una élite de expertos en guerra psicológica y propaganda “democrática”. Con la finalidad patológica de derrocar a Nicolás Maduro.

Ebrias de violencia, las hordas ‘guarimberas’ se abalanzaron al asalto de la democracia venezolana. Atacaron, incendiaron y destruyeron hospitales, centros de salud, guarderías, escuelas, liceos, maternidades, almacenes de alimentos y de medicinas, oficinas gubernamentales, cientos de negocios privados, estaciones de metro, autobuses, mobiliario público… Mientras multiplicaban las barricadas en las urbanizaciones burguesas que controlaban.

Los violentos, arrojando decenas de cócteles molotov, se cebaron particularmente contra los efectivos de los cuerpos de seguridad. Cinco uniformados fueron asesinados a tiros. Por otra parte, muchos ‘guarimberos’ dieron muestra de un terrible salvajismo cuando tensaron finos cables de acero en las vías públicas para degollar a motociclistas… O cuando, rebosantes de odio y de racismo, quemaron vivos a jóvenes chavistas. Veintinueve en total, de los cuales fallecieron nueve. Resultado: ciento veintiuna personas asesinadas, miles de heridos y pérdidas millonarias.

Durante esos cuatro meses de arrebato contrarrevolucionario, la oposición también llamó a atacar bases militares, y trató de empujar a las fuerzas armadas a marchar contra el Gobierno legítimo y a asaltar el Palacio presidencial. La extrema derecha golpista lo intentó todo para generar una guerra civil, fracturar la unión cívico-militar, y destruir la democracia venezolana.

Al mismo tiempo, a escala internacional, seguía la frenética campaña mediática presentando a los que incendiaban hospitales, asesinaban a inocentes, destruían escuelas y quemaban a gente viva, como «héroes de la libertad». Era el mundo al revés, el de la ‘post-verdad’ y de los ‘hechos alternativos’.

No fue fácil resistir a tanto terror, a tanta agresión, y controlar el orden público con una visión de autoridad democrática, de proporcionalidad y de respeto a los derechos humanos. El presidente Nicolás Maduro, constitucional y legítimo, lo consiguió. Y logró hallar lo que parecía imposible: la salida del laberinto de la violencia. Con una idea genial, que nadie esperaba. Y que descolocó y desconcertó a la oposición: volver al poder constituyente originario.

El pretexto del terrorismo ‘guarimbero’ residía, en efecto, en el desacuerdo entre dos legitimidades: la del Tribunal Supremo de Justicia y la de la Asamblea Nacional. Ninguna de las dos instituciones quería dar su brazo a torcer. ¿Cómo salir del impase? Basándose en los artículos 347, 348 y 349 de la Constitución chavista de 1999, y apelando a su estatus de Jefe del Estado y de árbitro máximo, el Presidente Maduro decidió reactivar un proceso popular constituyente. Era el único modo de hallar, por la vía del diálogo político y de la palabra, un acuerdo con la oposición. Y de regular el conflicto histórico, para idear soluciones a los problemas del país. Lo pensó muy bien y esperó el momento adecuado. Hasta que, el 1° de mayo, se dieron todas las condiciones. Ese día, el Presidente anunció que la elección de los delegados a la Asamblea Constituyente se efectuaría el 30 de julio. Era la única opción para la paz.
Pero, de nuevo, confirmando su desesperante torpeza política, la oposición rechazó la mano tendida. Entre vítores de la prensa mundial, como parte de la campaña brutal e inclemente contra la Revolución Bolivariana, los partidos opositores acordaron no participar… Y se dedicaron, al contrario, a sabotear las elecciones, a impedir el acceso al sufragio, a poner barricadas, a quemar urnas y a amenazar a quienes deseaban ejercer su derecho a elegir.

Fracasaron. Fueron incapaces de impedir que, el 30 de julio, la gente saliera masivamente a apostar por la democracia contra la violencia y el terror. Más de ocho millones y medio de ciudadanos acudieron a votar. Venciendo toda suerte de obstáculos. Afrontando paramilitares y ‘guarimberos’. Franqueando calles bloqueadas. Cruzando arroyos y ríos. Haciendo lo imposible para cumplir con su deber cívico, político, ético, moral… Superando las amenazas de adentro y de afuera.

Pocos esperaban tan alto grado de movilización popular, esa afluencia de votantes y el rotundo éxito electoral. Al día siguiente, como lo había vaticinado el Presidente, las ‘guarimbas’ se dispersaban. La violencia se desvanecía. La paz volvía a reinar. Con sutileza, paciencia, coraje y decisión, y una fina inteligencia estratégica, el Presidente Maduro logró de ese modo derrotar a las ‘guarimbas’ y abortar la evidente intentona golpista. Se plantó con firmeza frente a las amenazas, y lo hizo sin alterar lo sustancial de su política. Esa fue su victoria más espectacular del año 2017.

«La llegada de la Constituyente -comentó Nicolás Maduro- significó, sin lugar a dudas, la llegada de un clima de paz que permitió impulsar la ofensiva política de la Revolución Bolivariana.» Y esa ofensiva favoreció lo que muchos creían imposible: otras dos sensacionales y rotundas victorias electorales. La de los gobernadores de los estados, el 15 de octubre, con la conquista de 19 gobernaturas sobre 23 posibles… Entre ellas, la de Miranda y la de Lara, dos estados cuya política social estaba casi en extinción en manos de la oposición. Y más tarde el triunfo en Zulia, un estado estratégico, de gran peso demográfico y poseedor de importantes yacimientos de petróleo y gas.

Asimismo, la Revolución Bolivariana ganó las elecciones municipales del 10 de diciembre, con la obtención de 308 alcaldías sobre 335, o sea el 93% de los municipios… El chavismo se impuso en 22 (de 24) ciudades capitales, incluyendo Caracas. Mientras que la contrarrevolución confirmaba su impopularidad con un descenso en picada de sus electores, perdiendo más de 2 millones 100 mil votos.

Mostrando al mundo la vitalidad de su sistema democrático, Venezuela fue el único país que organizó, en 2017, tres grandes elecciones nacionales… La tres ganadas por el chavismo. Mientras la derecha, desmoralizada por tantos desastres sucesivos, quedaba atomizada, desunida, groggy… Sus líderes enfrentados. Sus seguidores aturdidos. Aunque conservó el apoyo de sus protectores internacionales. En particular el del más agresivo de ellos : el nuevo presidente Donald Trump de Estados Unidos.

A lo largo de 2017 -en continuidad a la orden ejecutiva del 8 de marzo de 2015, firmada por Barack Obama, en la que se declaró a Venezuela “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad de EE.UU.”-, Donald Trump emitió una lista de sanciones contra la Revolución Bolivariana.

En particular, el 11 de agosto, amenazó con una acción militar. Hablando a periodistas en su campo de golf de New Jersey, Trump dijo: « Tenemos muchas opciones para Venezuela, incluyendo una posible opción militar, si es necesario.» Luego, el 25 de agosto, en el marco del bloqueo financiero contra Caracas, Trump prohibió que “cualquier persona, entidad, empresa o asociación, legalmente radicada o que realice actividades en Estados Unidos, pueda efectuar negocios con nuevos bonos de deuda que sean emitidos por cualquier instancia del Gobierno venezolano, a saber, bonos de la República emitidos por el Banco Central venezolano o la empresa estatal Pdvsa”.

Esas sanciones apuestan a que Venezuela caiga en default (impago de su deuda externa) porque le cierran al Estado y a Pdvsa las puertas de los mercados financieros asociados a EE.UU. Impidiéndole ofrecer allí bonos, y poder obtener divisas.
Ya Lawrence Eagleburger, ex-Secretario de Estado del presidente George W. Bush, había reconocido abiertamente, en una entrevista a Fox News, que la guerra económica contra Venezuela había sido efectivamente diseñada en Washington: « Debemos usar las herramientas económicas–afirmó el ex-Secretario de Estado– para hacer que la economía venezolana empeore, de tal manera que la influencia del chavismo en el país y en la región se vaya a pique (…) Todo lo que podamos hacer para que la economía venezolana se hunda en una situación difícil, está bien hecho.» El actual secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, confirmó oficialmente que las nuevas sanciones tienen por objetivo «estrangular a Venezuela».
Frente a tan insolentes agresiones, Nicolás Maduro declaró que el default «nunca llegará». Primero porque Venezuela es el país suramericano que más ha pagado su deuda. En los últimos cuatro años, Caracas canceló unos 74 mil millones de dólares…Y porque el gobierno bolivariano “siempre tendrá una estrategia clara” enfilada hacia la renegociación y reestructuración de la deuda externa. El mandatario denunció que lo que buscan los enemigos del chavismo es aislar financieramente a la Revolución Bolivariana hasta que no tenga posibilidades de crédito. Para ir ahogándola poco a poco. Quieren generar temor en los inversores privados, para que no compren bonos, no participen en la renegociación de la deuda y no haya inversión. Nicolás Maduro explicó que más allá de un bloqueo, lo que enfrenta Venezuela es una auténtica «persecución» en la que también participan países como Canadá y los de la Unión Europea. Una persecución activa al comercio, a las cuentas bancarias y a los movimientos financieros.

Pero el mandatario supo esquivar esos ataques. Y sorprendió,una vez más, a sus adversarios cuando anunció, el 3 de noviembre, la creación de una Comisión para consolidar el refinanciamiento y la reestructuración de la deuda externa, con el propósito de superar las agresiones financieras. «Vamos a hacer un reformateo completo de los pagos externos para lograr el equilibrio –declaró- Vamos a romper los esquemas internacionales.» Y así fue. Unos días más tarde, desafiando el bloqueo financiero, y como parte del primer acercamiento para la renegociación y reestructuración planteada por el Presidente, llegaba a Caracas, a reunirse con el Gobierno bolivariano, un grupo de tenedores de deuda venezolana procedentes de Estados Unidos, Panamá, Reino Unido, Portugal, Colombia, Chile, Argentina, Japón y Alemania. Lo cual constituyó una indudable victoria para el Presidente Maduro.

Aquí conviene precisar que el conflicto de cuarta generación contra la Revolución Bolivariana tiene varios frentes e incluye de manera simultánea y continuada cuatro guerras : 1) una guerra insurreccional diseñada por expertos en subversión, saboteo y psicología de masas, con empleo de mercenarios, explosión cíclica de ‘guarimbas’ criminales y ataques terroristas contra cuarteles, objetivos militares e infraestructuras globales (red eléctrica, refinerías, distribución del agua, etc.); 2) una guerra mediática, con la prensa, la radio, la televisión y las redes sociales convertidas en nuevos ejércitos de conquista mediante el empleo planificado de la propaganda orientada a domesticar las mentes y a seducir los corazones ; 3) una guerra diplomática con acoso en algunos foros internacionales, en particular en la OEA, y ataques de los países del llamado “grupo de Lima” a los que se suman regularmente los Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea ; y 4) una guerra económica y financiera con acaparamiento y desabastecimiento de los alimentos y de los medicamentos, manipulación del tipo de cambio de la moneda por oficinas ilegales, inflación inducida, bloqueo bancario y distorsión del riesgo país.

A propósito del riesgo país, no hay que olvidar que, en los últimos cuatro años, como ya se dijo,Caracas honró todos sus compromisos de pago de deuda, sin excepción, por más de 74.000 millones de dólares. Lo cual debería haber hecho disminuir drásticamente el riesgo país. Pues no se corre ningún riesgo prestándole a Venezuela ya que paga religiosamente todas sus deudas. Sin embargo, el riesgo país ha seguido aumentando.

Actualmente, según el banco JP Morgan, su riesgo país se sitúa en 4.820 puntos, o sea treinta y ocho veces más alto que el de Chile, país que tiene el mismo ratio de deuda/PIB que Venezuela… Se le hace pagar así, muy caro, a Caracas por haber optado, democráticamente, por un sistema político socialista.

En cuanto al bloqueo bancario, a lo largo de 2017, y en particular después de las sanciones de Donald Trump, las cancelaciones unilaterales de contratos se multiplicaron. En julio, por ejemplo, el agente de pago Delaware informó que su banco corresponsal, el PNC Bank de Estados Unidos, se negaba a recibir fondos procedentes de Pdvsa. En agosto, Novo Banco de Portugal notificó a Caracas la imposibilidad de realizar operaciones en dólares por bloqueo de los bancos estadounidenses intermediarios. Más tarde, el Bank of China Frankfurt, aliado de Caracas, tampoco pudo pagar 15 millones de dólares adeudados por Venezuela a la empresa minera canadiense Gold Reserve. En noviembre, más de 39 millones de dólares -por pago de 23 operaciones de compra de alimentos para las fiestas navideñas- fueron devueltos a Caracas porque los bancos intermediarios de los proveedores no aceptaron dinero de Venezuel.

Por otra parte, a principios de septiembre, se conoció que la empresa financiera Euroclear, filial del banco estadounidense JP Morgan, bloqueó un pago de 1.200 millones de dólares efectuado por el gobierno bolivariano para adquirir medicamentos y alimentos. Eso impidió la adquisición de 300.000 dosis de insulina… Al mismo tiempo, un laboratorio colombiano, perteneciente al grupo sueco BSN Medical, se negó a aceptar el pago por Venezuela de un cargamento de primaquina, medicamento para el tratamiento del paludismo y la malaria.

El objetivo de todos estos bloqueos es impedir que el Gobierno bolivariano pueda utilizar sus recursos para adquirir los alimentos y los medicamentos que necesita la población. Todo ello con la intención de empujar a la genta a la protesta y de generar caos en el sistema de salud, poniendo en peligro la vida de miles de enfermos.

En este caso, gracias a sus relaciones internacionales, el Presidente concretó, en noviembre, la llegada urgente al país de importantes cargamentos de insulina procedentes de India. Centenares de pacientes, en peligro de muerte, pudieron salvar su vida. Lo cual, sin duda, constituyó una nueva victoria de Nicolás Maduro.

Para quebrar el bloqueo financiero, el Presidente anunció, en noviembre, otra iniciativa: la creación de una moneda digital, el petro. Ese anuncio despertó un fuerte entusiasmo en la comunidad de inversores de las criptomonedas, colocó a Venezuela en la vanguardia de la tecnología y las finanzas globales, y generó enormes expectativas. Tanto más cuanto que el precio del petro no estará vinculado a los caprichos y a la especulación de los mercados, sino que se asociará al valor internacional de activos reales como el oro, el gas, el diamante y el petróleo. Venezuela dio así un paso enorme para poseer un mecanismo revolucionario de financiamiento al que ninguna potencia extranjera podrá imponer sanciones, ni boicotear la llegada de capitales. En ese sentido, el petro es una clara victoria más del Presidente Maduro.

Hay que añadir que, en medio de todas estas batallas, y a pesar del quiebre total del modelo de dependencia petrolera, el Presidente se preocupó muy particularmente de que el socialismo bolivariano no se detuviese y que a nadie le faltase escuela, trabajo, techo, cuidados médicos, ingresos, alimentos… El Gobierno revolucionario no dejó de financiar obras públicas fundamentales. Ni de edificar viviendas : en 2017, se entregaron más de 570 mil viviendas… Se mantuvo la Misión Barrio Adentro y todas las Misiones sociales. Se consolidó el Plan Siembra. Se extendió la Misión Abastecimiento Soberano. Se multiplicaron las Ferias del Campo Soberano… Se hizo de tripas corazón y en medio de tantos tormentos, el Presidente Maduro consiguió un milagro social de salvación del país. La contrarrevolución no pudo detener el avance del socialismo.

En esa perspectiva, los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), modelo centralizado de distribución directa, continuaron desarrollándose en todo el país y ya alcanzan a cuatro millones de venezolanos de los sectores populares a los que protegen del desabastecimiento causado por la guerra económica.

Además, el Presidente Maduro lanzó, a lo largo de 2017, nuevas iniciativas sociales. La más espectacular fue la del Carnet de la Patria, nuevo documento de identificación que permite conocer, mediante un sistema de códigos QR, el estatus socioeconómico de los ciudadanos. Y favorece de ese modo el acceso de las familias necesitadas a las ayudas sociales de las misiones socialistas. A fines de diciembre de 2017, un total de 16 millones y medio de ciudadanos se habían registrado en el Carnet de la Patria.

El Presidente impulsó también la creación del movimiento ‘Somos Venezuela’ con la finalidad de agilizar el proceso de asignación de las ayudas sociales. Los doscientos mil brigadistas de ‘Somos Venezuela’ tienen por tarea la identificación, casa por casa, de las necesidades de las familias registradas. Después, asignan las ayudas a las familias de acuerdo a las verdaderas necesidades. Otro de los objetivos importantes del movimiento ‘Somos Venezuela’ es garantizar el 100% de pensionados en todo el país, como lo prometió Nicolás Maduro.

El Presidente propuso también el plan ‘Chamba Juvenil’ dirigido a los jóvenes de entre 15 y 35 años de edad, con el propósito de incorporarlos al empleo en áreas orientadas a la satisfacción de necesidades humanas identificadas a través del Carnet de la Patria, y enmarcado en el movimiento ‘Somos Venezuela’. El plan se dirige, en particular, a los jóvenes universitarios desocupados, los jóvenes no escolarizados, las madres solteras con carga familiar, y los jóvenes en situación de calle. Se estima que este nuevo Plan generará unos 800 mil empleos.

Todos estos avances sociales constituyeron, sin ninguna duda, algunas de las más preciadas victorias del Presidente Maduro en 2017.

Podríamos citar también los éxitos obtenidos en el campo de la política extranjera, en particular la extraordinaria gira internacional del mandatario, en octubre, por Bielorrusia, Argelia, Rusia y Turquía que culminó con importantes acuerdos bilaterales destinados a ganarle la batalla a la guerra económica y social. O las incesantes negociaciones mantenidas por el Presidente con los países productores de petróleo (OPEP y no-OPEP) que permitieron, en 2017, un espectacular incremento de los precios del barril en más de un 23%.

Citar igualmente la gran ofensiva contra la corrupción iniciada, por fin, en noviembre con el anuncio de varias decenas de detenciones espectaculares entre los altos mandos gerenciales y directivos de Pdvsa y de Citgo, incluyendo dirigentes de primera línea. Nada parecido había ocurrido en cien años de industria petrolera venezolana. Esta fue sin duda la victoria más comentada del Presidente Maduro a finales de 2017.

Para terminar, hay que volver a señalar que la destrucción de la imagen de Nicolás Maduro es la finalidad principal de las campañas mundiales de propaganda pilotadas por las grandes corporaciones de la comunicación. Sin olvidar la permanente guerra digital en la esfera de Internet mediante múltiples plataformas en la Web, y las redes sociales como Facebook, Twitter, WhatsApp, Youtube, Instagram, etc. Todas estas armas de manipulación masiva tratan de degradar la figura del Presidente y manipularla realidad venezolana. Invisibilizan el nivel de respaldo real de amplios sectores de la población hacia el mandatario, y ocultan las violencias de la oposición. El objetivo es político: doblegar a la Venezuela bolivariana, actor clave del sistema-mundo, no sólo por sus cuantiosas riquezas sino, sobre todo, por su modelo revolucionario y social. Y obviamente por su importancia geopolítica en tanto que potencia anti-imperialista de influencia regional.

Hasta ahora, todos esos planes para defenestrar a Nicolás Maduro han fracasado. Como él mismo afirmó: «El imperialismo no ha podido asfixiarnos, ni podrá contra la Revolución Bolivariana en ninguno de los campos que nos busque.» Al contrario, el Presidente se ha fortalecido en 2017.

Eso le ha permitido retomar la iniciativa estratégica para la pacificación del país. Preocupado por la defensa de los grandes intereses nacionales, y apegado a los principios de honestidad y de máxima humildad, Nicolás Maduro le ha propuesto a la oposición sentarse a la mesa de negociación y retomar el diálogo. Esta vez en el escenario neutro de Santo Domingo. Sobre la base del respeto y del reconocimiento mutuo. Con la idea de restablecer una negociación nacional permanente como método democrático para defender el interés superior de la nación y para regular el conflicto que surge naturalmente de las diferencias políticas en medio de una revolución. Semejante avance hacia la paz ha sido quizás la victoria más apreciada del Presidente.

En este año heroico de brutales ataques e infinitas agresiones, el chavismo ha demostrado su fortaleza y su capacidad de superación. Y ha conseguido ampliar su base de apoyo, incrementando las fuerzas políticas y sociales en favor de la revolución. Ahí está, más sólido que nunca. Lo cual significa un alivio y una luminosa esperanza para toda América Latina. Mal que le pese a sus enemigos, el Presidente Nicolás Maduro ha confirmado –con sus doce brillantes victorias de 2017-que sigue siendo, como dicen sus admiradores, «indestructible».

ignacio-ramonet-595 Ignacio Ramonet

Las propuestas las hace el pueblo… ¡Y punto!

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela se establece que la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, tal como lo expresa de manera clara e inequívoca su Artículo 5, se establece el principio esencial para el funcionamiento de una sociedad perfectamente democrática.

Pero la realización de la democracia no reside en el acto ritual del voto cada cierto tiempo, sino en la influencia real que el elector tenga sobre los asuntos que tienen que ver con el poder y con las políticas que de éste emanen en función del interés colectivo de la ciudadanía.

Es lo que la misma Constitución bolivariana asume como “Participación y protagonismo”. Un concepto diametralmente opuesto a la idea de democracia como la concibe la sociedad neoliberal burguesa.

Siguiendo estrictamente la letra no solo de ese Artículo 5 sino de todo el texto constitucional en su conjunto, es como puede entenderse hoy la abismal diferencia entre la convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente formulada por el presidente Nicolás Maduro al país, y la negación absoluta que comprende el ilegal llamado de la oposición golpista a desconocer ese derecho soberano del pueblo a ejercer con su voto la participación y el protagonismo para el cual lo faculta nuestra Carta Magna.

En la propuesta hecha por el Primer Mandatario, está contemplada una consulta nacional amplia y profunda acerca de los más diversos temas de interés para todas y todos los venezolanos en la búsqueda de la superación de los problemas económicos, sociales y políticos, que aquejan hoy por hoy a nuestra población.

El inconstitucional llamado de la oposición, por su parte, no es sino una demencial convocatoria a los venezolanos para que se nieguen a sí mismos su derecho al voto.

Un evento que no solo no está contemplado en la Constitución sino que carece de la mínima plataforma tecnológica que asegure la idoneidad del mismo, así como carece de supervisión de organismos imparciales que de fe de su transparencia como no sean los medios de comunicación que hoy se confabulan con ellos en su plan contrarrevolucionario.

Los mismos que hablan de millones cuando reúnen apenas a trescientas o cuatrocientas personas en sus eventos, ahora dirán que lograron catorce millones de votos en los barrios, precisamente donde su campaña de violencia no ha logrado prender durante los más de cien días de terrorismo con los que ha azotado solo a algunos urbanismos del este del este en muy pocas ciudades del país. Una vulgar operación de “pagarse y darse el vuelto”.

Tal plebiscito, un recurso de malabarismo barato con el cual esa derecha retardataria y vende patria pretende disminuir mediáticamente la contundencia y significación del certero golpe político que le asestó el líder der la Revolución Bolivariana con su convocatoria (justamente cuando ella se creía dueña y señora del terreno en su idílico y fatuo camino a Miraflores) viene a corroborar que en la oposición no existe de ninguna manera la disposición a escuchar al pueblo, ya no nada más en sus necesidades (conocidas de sobra por la población entera) sino en algo que para la Revolución ha sido siempre lo más importante, como lo son las propuestas que ese pueblo, hoy altamente politizado gracias al Comandante Chávez, tiene derecho a exigir que sean escuchadas y debatidas en el propicio escenario que viene a ser una Asamblea Nacional Constituyente.

La posibilidad única en la historia, y probablemente en el mundo, en que una Constituyente sirva para que se debatan las ideas y propuestas de los humildes, de los que no tienen acceso al inmenso poder del Estado, de quienes desde los más apartados rincones del país padecen en carne propia el impacto real de las guerras económicas que el gran capital ha desatado desde siempre contra el pueblo, de aquellos a quienes la burocracia menosprecia y ofende con su indiferencia y su despotismo, de quienes no piden más que justicia frente a la impunidad de los delitos que los cultores del neoliberalismo no se cansan de cometer desde dentro y desde fuera de la administración pública, es en este momento el hecho revolucionario más trascendental y valioso para la consolidación del modelo profundamente democrático de sociedad que todas y todos aspiramos.

Por eso el timbiriche plebiscitario de la derecha no despierta entusiasmo alguno de verdadera significación popular en el país. Las cada vez más notorias demostraciones de deslindamiento que la gran mayoría de la militancia opositora le expresa a los llamados de violencia callejera, a la insensatez de los auto encierros inútiles que son las barricadas sin sentido a las que convocan sus líderes, son evidencia irrefutable del fracaso opositor en su nueva y demencial aventura contrarrevolucionaria. Solo que esta vez el fracaso es frente  a su propia militancia.

Esas venezolanas y esos venezolanos que no comulgan con las ideas del chavismo, tienen también en la Constitución bolivariana el derecho a ser escuchados y a que sus planteamientos sean debatidos con entera libertad, tal como lo hace hoy en todo el territorio nacional el pueblo chavista.

A lo largo y ancho del país nos encontramos a diario con el fenómeno prodigioso de la voz del pueblo presentando propuestas de toda índole. Con argumentos sólidos, con conocimiento de causa y experticia en el desempeño de tareas que los políticos ni siquiera imaginan cómo se llevan a cabo. Con una capacidad de análisis sorprendente que deja con la boca abierta por la fuerza de su sentido común y por su clara visión crítica a los científicos y académicos más esclarecidos.

En cada una de esas asambleas populares sentimos la fuerza del entusiasmo de quienes de una forma o de otra nos dicen con su interés y su preocupación que están dispuestos a dar hasta la vida por hacer realidad esta maravillosa oportunidad que Nicolás Maduro nos ha puesto por delante.

Es así como nos hemos persuadido una vez más de que en efecto tenía razón el Comandante Chávez, como siempre la tuvo, cuando puso sobre los hombros de ese pueblo la inmensa carga que comprendía la responsabilidad de continuar el proyecto revolucionario y de preservarlo de quienes pretendieran sacar provecho de situaciones difíciles para tratar de reinstaurar en el país el vetusto y destartalado modelo capitalista.

El pueblo sabe que tiene en sus manos esa responsabilidad y que es solo a través de una vigorosa Asamblea Nacional Constituyente como podrá consolidar y hacer avanzar cada vez con mayor acierto y posibilidades la senda del bienestar económico que logró alcanzar nuestro país por primera vez en toda su historia republicana solamente a lo largo del periodo revolucionario bolivariano.

Ninguna de las propuestas que vamos recibiendo de manos de ese pueblo humilde y trabajador que nos encontramos a lo largo de nuestro recorrido permanente por el país, está orientada hacia la impensable construcción o perfeccionamiento de un modelo de neoliberalismo capitalista de nuevo cuño. Mucho menos hacia un demencial retorno al modelo cuartorepublicano. Todas, sin excepción, enfocan la superación de las dificultades a partir de soluciones inspiradas en las ideas de justicia e igualdad social que nos legara el Comandante Chávez.

Desde el más humilde productor del campo, hasta los trabajadores y empresarios independientes, movimientos religiosos, culturales, de la sexo diversidad, así como las mujeres, los pensionados y los jóvenes, encuentran hoy que ciertamente el camino civilizado y civilizatorio para construir esa sociedad a la cual todas y todos aspiramos, es solo posible a través de un mecanismo democrático y no a través de la guerra y del odio que propone la oposición.

Todas y cada una de sus propuestas serán escuchadas y debatidas, porque lo que está planteado en el llamado del Presidente no es un proyecto para satisfacer la aspiración de un grupo o de una élite, como lo plantea la derecha, sino de una sociedad toda, en la cual podamos reconocernos entre iguales bajo un mismo principio de participación y protagonismo.

@SoyAranguibel

Roberto Cobas Avivar desmonta propuesta neoliberal de Víctor Álvarez

Víctor Álvarez: ¡Yo también me sumo, contra la Revolución todo vale …!

Por: Roberto Cobas Avivar

“La economía es algo demasiado serio como para dejárselo sólo a los economistas”

Y cómo mejor darle al Gobierno revolucionario y al pueblo sino donde más le duele, en la economía. El papel, como sabemos todos, aguanta todo lo que se le escribe. Pero el pensamiento crítico revolucionario no aguanta todo lo que lee. Entonces, crucemos espadas por la Revolución Bolivariana.

No es el primer texto dónde el economista Víctor Álvarez intenta la contaminación liberal de la economía bolivariana. Adjetivo de “bolivariana” la economía no para definirle una doctrina que aún no tiene – a ello iré – sino para subrayar que es una economía en revolución, debatiéndose dentro del corrupto modo de producción capitalista “venezolano”, en medio de la brutal lucha de la muy reaccionaria clase burguesa y oligárquica criolla por el poder político del estado que, ahora con la Constituyente, se exacerba porque amenaza con escapársele definitivamente de las manos.

En esta lucha contra la Revolución Víctor Álvarez nos viene con el cuento económico de Noruega. Qué mejor ejemplo que el del “capitalismo escandinavo/nórdico” que, según los frustrados apolegetas anti marxianos de “izquierda”, es donde el postcapitalismo deveras se abre camino. Esa postverdad que nos viene a decir la mentira de que más allá del capitalismo lo que se adviene es un espacio socioeconómico y político desconocido. Sálvenos Dios de insinuar que el materialismo histórico marxiano nos identifica ese espacio como socialismo, es decir, la negación dialéctica del capitalismo.

Noruega le viene a Venezuela como anillo al dedo. ¿Qué hizo Noruega con el petróleo que no ha hecho Venezuela? – cuestiona con el título de su texto a Venezuela bolivariana el economista liberal Víctor Álvarez. Para su no solapado ataque al Gobierno revolucionario tira del cacareado Fondo Noruego de Petróleo. Señalo aquí de paso que la idea de este Fondo no ha sido blandida contra el Gobierno bolivariano sólo por Víctor Álvarez, lo hace también el economista auto considerado marxista Manuel Sutherland, asumiendo el pensamiento liberal de la economía política burguesa que receta como pananceum el llamado instrumentario económico anticíclico: ahorrar en el periodo de las »vacas gordas« para tener cuando llegue el periodo de las »vacas flacas«. Como los precios del petróleo responden a un comportamiento cíclico, según estos economistas, y como Venezuela depende del petróleo, la economía debería someterse a ese juego, cuya perversidad, asumen dichos economistas, no es de naturaleza política, sino puramente económica.

“El petróleo no es una herencia sino una deuda con las generaciones futuras” – nos ilustra Álvarez. Aquí la elemental miopía económica liberal traiciona a este intelectual otrora revolucionario. Sencillamente, no hay tal deuda con las generaciones futuras cuando la renta petrolera se invierte en programas de desarrollo social y económico. Sin esas inversiones esas generaciones estarían endeudas como lo han estado durante todos los gobiernos de la república burguesa. Pero no contento con tan aviesa afirmación, nuestro economista acto seguido ataca: “Desde que apareció el petróleo en Venezuela, la dirigencia política ha demostrado su incapacidad para asegurar un uso inteligente de la renta petrolera”.

Obsérvemos lo que nos dice este economista, nada menos que el uso de la renta petrolera en la inversión social no es un uso inteligente de la misma. “Qué dirigencia más poco inteligente esa dirigencia chavista. Desde Chávez hasta Maduro. Qué incapaces”. Estos economistas de laboratorio pierden la noción de tiempo y espacio. El espacio es Venezuela, sumida en un atraso social que condena a no menos del 80% de la población a la subsistencia en la exclusión socioeconómica, la pobreza y la miseria. En un estado de indigencia socio-material colindando con uno de los sometimientos culturales neocoloniales más aviesos que conocemos en América Latina. El tiempo es el que lleva la Revolución empujando la transformación de esa sociedad, apenas 18 años. Salvar la deuda social con el pueblo en ese espacio y ese tiempo es lo que define a la Revolución bolivariana como un proyecto humanista, un proyecto decididamente progresista.

El Fondo Petrolero Venezolano de la Revolución ha sido un fondo de activos sociales, no de pasivos económicos esperando por los ciclos que dicte la economía capitalista. En el tiempo de estos 18 años la transformación social del espacio venezolano rompe con todo el tinglado teórico-práctico de la economía burguesa a la que se sujetan como a una brocha gorda los mencionados economistas. ¿Cómo se le ve la costura gruesa al ataque contrarrevolucionario economicista?, pues cuando se constata que en la propia certidumbre del pensamiento económico burgués la educación y la salud, su decidida proyección cualitativa al conjunto de la sociedad, constituyen los pilares del desarrollo económico de un país. En un país de analfabetos, famélicos y enfermos no hay desarrollo integral económico que valga. Pero he aquí que el ejercicio económico humanista de la Dirección de la Revolución bolivariana es propio cuasi que de incapacitados mentales para estos supuestos economistas.

El economista anti liberal -sin llegar a ser marxista– Rafael Correa, ex presidente de Ecuador y líder de la Revolución Ciudadana que saca a su país del círculo vicioso de la economía capitalista, atacado con el mismo argumento del fondo petrolero noruego anti cíclico, no dejaba sobre sus pedestales las cabezas liberales que lo increpaban. Vamos a ver, el país está ante una necesidad alarmante de inversiones sociales, entonces decide guardar bajo el colchón un dinerito para cuando lleguen tiempos aún peores, calculando tener entonces con qué responder. Mientras tanto, teniendo esos fondos congelados, no se sabe, tendríamos que acudir a préstamos externos para avanzar las inversiones sociales y económicas que con urgencia necesitamos. De locos los economistas liberales burgueses.

Víctor Álvarez nos dice que no, que no hay que prestarse de nadie. “Los recursos del Fondo Noruego son invertidos en el exterior en bonos, valores, acciones, etc. y sus rendimientos son utilizados como recursos complementarios del Presupuesto Nacional”. De modo que los fondos ahorrados por la renta petrolera los invertimos en el casino financiero esperando que siempre, como afirma en el caso de Noruega, rindan buenos dividendos. Y Álvarez invita a Venezuela a hacerse dependiente de un casino, cuya astronómica acumulación de dinero responde sólo en un 10% a la economía material del mundo. Ese otro 90% es dinero ficticio, especulativo, que mantiene a la economía mundial en estado de implosión latente. Este detallito no llama la atención a los economistas que pretenden dictar cátedra de economía al Gobierno bolivariano.

Y entonces, se concluye alegremente que a los inteligentes noruegos la jugada les sale porque “se cumple a partir de unas reglas muy rigurosas y estrictas que evitan la inyección súbita de la renta petrolera en la circulación doméstica, evitando así el círculo vicioso de sobrevaluación-inflación que caracteriza a la economía venezolana”. Lqqd (lo que queríamos demostrar, en matemática).

Estimados economistas liberales, la economía venezolana no se caracteriza por el “círculo vicioso de sobrevaluación-inflación” que Uds. le achacan. La economía venezolana se caracteriza por la corrupción del modo de producción capitalista rentista que aún pervive. No tenemos un modo de producción socialista en Venezuela. Venezuela, la sociedad, está bajo el maltrato de la economía capitalista. Esa que, Ud. bien lo conoce Víctor Álvarez, es propietaria de las capacidades productivas que generan más del 70% del PIB. Anteriormente esos capitalistas eran los reyes del mercado porque el mercado no era social sino absolutamente privado. Hecho a la medida del poder de compra de la clase burguesa y cada vez menos de la llamada “clase media” que se venía empobreciendo al golpe del enriquecimiento de las clases altas, aristocracia y oligarquía. Pero cuando la Revolución empodera socialmente a las mayorías preteridas con un poder de compra ampliado, resulta que esa economía de mercado capitalista rentista, incapaz de producir como Marx indica, se va rapidito a la especulación anti económica como su Dios mercado manda. La presión inflacionaria que desata el acceso del pueblo a la renta no deviene oportunidad inversionista para los capitalistas venezolanos. Porque la economía capitalista venezolana ha sido y sigue siendo una economía compradora, según la caracterizara y definiera en términos de economía política ya hace mucho Marx. Venezuela ha cosechado el capitalismo comprador. Su burguesía apropiada del capital ha sido lo que sigue siendo: una burguesía compradora. Tuvieron y siguen teniendo el Minotauro petrolero a su favor. Lo que a todas luces dice que la revolución bolivariana aún no se radicaliza.

No es, por consiguiente, un problema de fondos petroleros. Venezuela, a diferencia de Noruega, invierte los ingresos de la renta petrolera en salud, alimentación, inversiones, vialidad y la creación de fondos para los venezolanos, como el Fondo Independencia 200, Fondo Simón Bolívar para la Reconstrucción Integral, el Asfalto y el de Empresas de Propiedad Social (EPS), además de las contribuciones al de Desarrollo Nacional (Fonden) y al Fondo Chino, por sólo indicar el espectro de los fondos venezolanos creados con el aporte de la renta petrolera, sin entrar en sus detalles. Lo que lastra la economía venezolana es un problema estructural. La renta petrolera no ha podido tener mejor uso que el que le está dando la Dirección de la Revolución, el Gobierno Bolivariano. Cuando llegaron las “vacas flacas” con la actual crisis de los precios del petróleo, inducida en esencia por los EEUU, el nivel de la inversión social en Venezuela no disminuyó. Recalquemos que se trata de inversión social y no gasto social, tal como asumen los economistas liberales. Es decir, es aquella inversión que está llamada a dar también los réditos económicos que necesita el país, recomponiendo el tejido social y desenvolviendo su capacidad educacional e intelectual de frente al desarrollo tecnológico de la economía.

Cuando la economista Pascualina Curcio demuestra en sus investigaciones y análisis el entramado de causas y efectos que desequilibran la economía venezolana los economistas liberales tipo Álvarez o Sutherland hacen oídos sordos. No se atreven al debate de mérito. Persisten en sus elucubraciones sobre los ciclos de la economía de mercado y las recetas fondomonetaristas para atemperar los desequilibrios. Hablan de hiperinflación creada por el Gobierno bolivariano, a pesar que la inflación desmedida ha sido una característica de la economía capitalista pre revolucionaria. Sencillamente hacen coro al falseamiento de la realidad económica de Venezuela que promueven los centros de poder financiero con el FMI a la cabeza.

En su artículo “Venezuela’s Inflation – Zero Hedge Repeats the Errors Printed Ad Nauseam in the Financial Press” [La inflación en Venezuela – Zero Hedge repite hasta el cansancio los errores de la prensa financiera], Steve H. Hanke, renombrado profesor en economía especializado en el estudio de los fenómenos de la inflación y la hiperinflación -un fervoroso apologista de la trasnochada economía neoclásica y militante enemigo del proceso bolivariano en tal grado que el libélulo anti económico DolarToday lo tiene como referente para sus especulaciones- demuestra que en Venezuela no existe hiperflación. La tasa anualizada en el 2016 se comportaba realmente algo por debajo del 100%, habiendo tenido un pico de algo más al 800% para agosto del 2015. Este profesor de economía no se inhibe en indicar que en Venezuela la alta tasa de inflación es inducida por la especulación, en lo que viene a coincidir con los análisis de Pascualina Curcio. “A la prensa financiera no se le debe creer el 95% de lo que dice”, remata este estudioso.

“Una entidad de referencia que sigo –expone Hanke– como el Cato Institute usa los tipos de cambio del mercado negro (léase “libre mercado”) y el principio de paridad de poder adquisitivo (PPP en inglés) que se traducen en un estimado de la tasa de inflación altamente preciso”. Fijémonos que aún este profesor acoge en la ecuación la variable del precio del libre mercado, es decir, una variable no-explicatoria como la conocemos en economía matemática, no independiente, sino consecuente, dependiente. Es una variable dependiente puesto que el precio negro, el del llamado “libre mercado”, es producto de la especulación inducida, no del movimiento real de la economía. Aún así el cálculo de la tasa de inflación del Instituto Cato da un resultado muy lejos de la supuesta hiperinflación con que los mercados financieros atacan a Venezuela. Venezuela, no olviden, tiene que ser pase lo que pase un país de alto riesgo para los inversionistas (léase: prestamistas especuladores) extranjeros. Ha de tomarse nota que la introducción del sistema DICOM incorpora un factor nuevo contra la especulación cambiara. De tal modo tendrá que variar la metodología de cálculo de la inflación venezolana del prestigiado Cato Institute, si es que quiere seguir siendo fuente de estimación “altamente precisa”.

“Contrario a lo que ha pasado en Venezuela, el Parlamento noruego legisló para utilizar el excedente del petróleo como estabilizador de la moneda nacional y lograr una baja inflación” -nos cuenta poco menos que fascinado Víctor Álvarez. Vaya, el excedente de petróleo en función de la política monetarista liberal en su lucha contra la inflación. Toda la doctrina liberal de los Bancos Centrales capitalistas que vienen hundiendo hasta las economías de los países más desarrollados industrialmente. ¿Porqué no actúa así el Gobierno revolucionario de Venezuela venezolano?. Pues porque que así lo determina la incapacidad del “gobierno de turno para (poder) gastar discrecionalmente la renta petrolera”, concluye avispado el economista.

Álvarez continúa cuesta abajo en la rodada ya de tufo neoliberal. “Para evitar un impacto negativo, está prohibido invertir en compañías que operen en Noruega” – elogia la política económica de dicho país. Vamos a traducirlo. Lo que se restringe es la inversión directa de capital (ID), es decir, la única que propicia el desarrollo tecnológico de las fuerzas productivas del país receptor, en nuestro caso, Venezuela. A cambio, encomia Álvarez la inteligencia noruega, “las inversiones deben ser realizadas en el exterior (…)”, vaya, en el casino financiero, ya que “solo los rendimientos de las mismas son los que pueden ser inyectados a la circulación interna para complementar el Presupuesto Nacional”. Toda una apología de nuestro economista a la inversión financiera especulativa. Con economistas amigos como estos, la economía venezolana no necesita economistas enemigos. A los economistas liberales venezolanos se les tienen que escapar los detalles, si de Venezuela se trata. El Presupuesto Nacional venezolano se nutre en esencia de la recaudación impositiva de la economía real interna (ca. 90% en 2017). Estos recaudos vienen superando con creces los planes de ingresos fiscales del Gobierno. Puede asegurarse que la renta del petróleo constituye un ingreso extra al Presupuesto Nacional. Es un rubro de exportación que viene a sustituir la incapacidad de la propiedad privada capitalista venezolana, dominante en la producción, para generar las exportaciones del país. De ahí el uso intensivo de la renta petrolera en los programas de desarrollo social y económico.

El grado de manipulación economicista y especulación política de Álvarez es ofensivo contra la inteligencia ajena. “Si el propósito del Fondo (petrolero noruego) es asegurar que la riqueza petrolera asegure la calidad de vida de los pensionados y de las generaciones futuras, las inversiones deben estar en armonía con el desarrollo sustentable, la protección del medio ambiente y la responsabilidad social”, se explaya el economista. Bueno, el hecho es que la economía social venezolana que apenas se edifica viene a asegurar con la Revolución la calidad de vida de los pensionados que por primera vez tienen acceso a una renta de jubilación universal, independiente de lo que mal les aseguraría la dependencia al mercado capitalista de trabajo. ¿Y en cuanto a las generaciones futuras? El economista liberal nos dice que la inversión social nada tiene que ver con eso.

Más aún, estos liberales aseguran que la inversión del estado en la economía solamente genera déficit en sus cuentas, y esto sabemos, para el pensamiento liberal es pecado capital. El pan de hoy es siempre hambre para mañana. Vale la pena una leída del análisis deconstructivista de esta falacia económica burguesa que hace el renombrado economista marxiano Michał Kalecki. Cuando hoy el Gobierno bolivariano invierte en el desarrollo de las infraestructuras con recursos de la renta petrolera y acudiendo a su capacidad de endeudamiento (capacidad demostrada por el estricto cumplimiento de dichos compromisos con la banca internacional, sin que ello afecte los planes de desarrollo socioeconómico), eso es solo gasto insolvente del estado, y no una inversión de futuro para la economía y el desarrollo social de las próximas generaciones. El “keynesismo bolivariano” no tendrá nunca rating para las calificadoras de riesgo y los fondos buitres. El estado revolucionario está llamado a perecer por fuerza de las falsas leyes de la economía de mercado capitalista. La economía venezolana habrá de seguir bajo la bota de la propiedad privada del capital y su instinto especulativo de ganancia.

El capitalismo no cree en lágrimas. No hay fondos que valgan, salvo los de inversiones especulativas promoviendo cuántas burbujas, ciclos y crisis se les antojen. La economía de la Noruega de Álvarez -nos dice un informe encargado a un grupo de expertos por el Consejo Nórdico de Ministros de Finanzas ya en 2015- “padece una suerte de enfermedad holandesa: un camarero cobra el doble de lo que ganaría en cualquier otro país de Europa, la productividad no avanza, el precio de la vivienda se ha disparado y el endeudamiento de las familias es altísimo. El propio gobernador del Banco Central noruego advirtió hace poco de los riesgos provocados por el desplome del crudo. Y con la vista puesta en el medio plazo recetó una devaluación salarial al tiempo que el Estado se ajusta el cinturón (recortes sociales neoliberales) con el fin de compensar el declive de los ingresos del petróleo”. El neoliberalismo, como en su retorno a América Latina, está ahí, sediento.

La economía venezolana está ante la imperiosa necesidad de un cambio revolucionario estructural. No es un cambio cualquiera. Es un cambio de paradigma político. Meterse de lleno en la senda de la revolución socialista. Hacia ese postcapitalismo que sabemos no puede ser otro que socialismo. El paradigma socialista no se consigue hirviendo los trapos capitalistas de la economía burguesa a ver si se desinfectan. El cambio significa la construcción de un nuevo modelo de economía, economía social, donde las leyes del mercado y la propiedad privada del capital dejan de funcionar bajo la lógica interna de reproducción del capital. A esas “leyes” se les suprimen las bases materiales para que mueran por asfixia irreparable.

La transición es de la economía soportada en la propiedad privada a la economía movida por la propiedad socializada. De la economía del capital a la economía del trabajo. De la economía del dinero a la economía de los recursos renovables. De la acumulación capitalista a la acumulación social de capital. Del crecimiento económico consumista al crecimiento equilibrado y sustentable ecológicamente. La transición es del capitalismo al socialismo, tal como puntualiza el líder de la Revolución Hugo Chávez; puesto que “la economía política tiene que abarcar la economía social” (les aclara Chávez al pueblo y a los economistas – discurso en Maracay 2009).

Ese es el horizonte en que debe proyectarse el pensamiento económico revolucionario creador, por el socialismo. No es la lucha por domar los ciclos del capitalismo, la lucha es por eliminar la economía burguesa, por cambiar el modo de producción e intercambio capitalista. De ahí la importancia de la Constituyente convocada por el Presidente. Nicolás Maduro. No puede ser otra que una Constituyente por el socialismo.

Roberto Cobas Avivar Roberto Cobas Avivar

¿Es democrática una elección no partidista?

Por: Alberto Aranguibel B.

 La violenta reacción de la oposición venezolana a la convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente formulada por el Presidente Nicolás Maduro, pone una vez más de relieve la imperfección del modelo de democracia representativa que todavía hoy, luego de casi un cuarto de siglo de la profunda democracia participativa y protagónica que vive el país, la derecha pretende presentar como el modelo más conveniente para una sociedad como la venezolana.

Apenas pronunciada por el Primer Mandatario nacional la frase “Convoco a una Constituyente ciudadana, no una Constituyente de partidos ni de élites…” en su discurso del 1ro de mayo en la Avenida Bolívar de Caracas, la dirigencia opositora pegó el grito en el cielo para denunciar lo que de inmediato calificó de “fraude”, sin entrar ni en lo más mínimo en la esencia doctrinaria de la fórmula invocada por el líder de la Revolución Bolivariana.

Quienes de buena fe dudaron en un primer momento si la propuesta presidencial contaba o no con el debido sustento legal que le permitiera avanzar sin necesidad de llamar primero a Referéndum Consultivo, entendieron luego de las debidas explicaciones técnicas aportadas por los constituyentistas más calificados del país, que tal duda era completamente infundada.

Se trataba de una jugarreta más de la derecha golpista que pretendía capitalizar en esta oportunidad la campaña de difamación que difundió desde el 2015 hasta el pasado año, en la que acusaba al Presidente de negarse a un llamado a Referéndum que permitiera determinar si se revocaba o no su mandato.

Aquel Referéndum, concebido por la Constituyente del 99 como una herramienta para el ejercicio de la participación y el protagonismo del pueblo que nuestra avanzada Constitución consagra, es una opción pero no una obligación. Quien pretenda la revocatoria del mandato de los cargos de elección popular, en este caso el del Presidente, deberá cumplir primero con una serie de requisitos para lograr activar tal consulta. La oposición (aún a pesar de todas las triquiñuelas y marramucias que armó para intentarlo) no logró completar tales requisitos y el Referéndum no se activó.

¿Por qué no logró su cometido la derecha en esa oportunidad? Porque no contó con el respaldo de los electores en la recolección de las firmas. Porque no obtuvo ni siquiera apoyo del electorado para legitimar sus partidos políticos ante el CNE. Porque no tiene discurso ni propuesta que no sea el odio contra todo lo que tenga que ver con Chávez y el chavismo. Y eso no sirve para activar un Referéndum.

Por eso, entre muchas otras razones, la derecha venezolana se opone de manera tan inflexible a todo cuanto contiene nuestra Constitución como mecanismos de participación y protagonismo del pueblo.

Esas élites, que se habituaron en el pasado a la placidez de un sistema electoral diseñado específicamente para asegurar su control sobre las elecciones y perpetuar así el modelo de democracia representativa, no creyeron nunca ni remotamente posible que el pueblo pudiera alcanzar un nivel tal de madurez política que le permitiera escoger con criterio propio quiénes debieran ser sus candidatos y cuáles debieran ser los compromisos que estos asumieran en función del interés de los electores y no de las cúpulas partidistas.

Son muchas las razones que llevan al elector a tomar su decisión definitiva en cada proceso electoral. Pero en la mayoría de ellas, el partido político, componente esencial de la democracia representativa, considera que posee el más perfecto nivel de control a través de la campaña electoral y de la cultura eleccionaria que ella genera.

De acuerdo al estudio de Franklin Guzmán en su Manual de Campañas Electorales (1992), la decisión del voto para la mayoría de los electores está tomada desde mucho antes de la campaña electoral. Sólo un 30%, según él, sería susceptible de ser influenciado por el mensaje publicitario o propagandístico durante ese periodo, lo cual no significa que el 70% restante no amerite “reforzamiento” de su decisión en esa fase.

Ese 30%, que termina siendo el factor decisivo en todo proceso electoral, es el objetivo central de las campañas.

“¿Votan los electores ideológicamente, o por lo menos con cierto sentido clasista del voto? –se pregunta Guzmán- ¿Son capaces los electores de reconocer las ideologías subyacentes en los partidos y candidatos y asociarlas con los problemas del aquí y ahora? ¿Hay una relación lineal entre la ideología y el partido preferido con la decisión del voto? ¿Cómo se reproducen las identificaciones partidistas e ideológicas entre los votantes? ¿Qué factores marcan el comportamiento electoral por largo tiempo y cuáles por corto tiempo? ¿Qué puede hacer que el militante o simpatizante de un partido vote por otro partido en una elección determinada?”

Tal cantidad de inquietudes atormentó desde siempre a los partidos políticos en la medida en que veían avanzar la concientización del pueblo respecto de la verdadera naturaleza y causa de los problemas que agobian a la sociedad. Pero fue muy poco lo que hicieron para adecuarse a esa nueva realidad. Por el contrario, la profundización en la búsqueda de tecnificar cada vez más las campañas electorales para procurar someter al elector a su antojo fue lo que privó en el ánimo de esa élite partidocrática que solo veló por sus intereses particulares y jamás por los del elector.

A través del evento ferial en que los partidos de la derecha convirtieron el debate político durante la campaña, se banalizaron sistemáticamente los temas más relevantes para el elector, convirtiendo incluso el acto mismo de la votación en una suerte de competencia de trivialidades que solo contribuía al secuestro de la democracia que los partidos llevaban a cabo con esa idea de representatividad que jamás representaba al elector, quien, desvalido como estaba frente a aquel asfixiante sistema, terminaba creyendo que la absurda modalidad del llamado “voto cruzado” (una forma de votar por un partido con una tarjeta grande a la vez que votaba contra ese partido con una tarjeta pequeña en un mismo acto de votación) podría haber servido como recurso de salvación para el electorado.

La campaña electoral se convirtió en el Alfa y el Omega de los partidos políticos de la derecha y de sus candidatos, a tal punto que ya su propuesta discursiva es virtualmente inexistente. Tal como lo demuestra la constante variación (y contradicción en la mayoría de los casos) en el discurso del liderazgo promedio de la oposición venezolana respecto de los más diversos temas. Como por ejemplo el tema Constituyente, por mencionar solo uno, en torno al cual esa dirigencia ha pasado sin solución de continuidad desde la solicitud más empecinada y terca por convocar una nueva ANC, al más categórico y desvergonzado rechazo a tal posibilidad.

Fiel a esos principios de la democracia representativa burguesa, la oposición venezolana va a evitar siempre toda elección que sea una consulta directa al pueblo, en la cual no tenga cabida la convencional campaña electoral partidista donde pueda utilizar a su antojo la inmensa cantidad de recursos de la que dispone, su capacidad de movilización, sus poderosas corporaciones mediáticas, sus empresas encuestadoras y sus laboratorios de mercadeo político, para tratar de influenciar a los electores.

Pero en Venezuela no estamos construyendo hoy un modelo de democracia representativa, sino uno donde la participación y el protagonismo del pueblo son los activos esenciales.

Bajo esa visión, el llamado del Presidente Maduro es lo más irrefutablemente democrático que puede hacerse para convocar a una Asamblea Nacional Constituyente, gracias a una Constitución como la bolivariana que permite tal posibilidad por primera vez en nuestra historia, al facultar expresamente al Primer Mandatario para ello a través de los artículos 347, 348 y 349.

El viejo modelo electoral, de las tarjeticas de colores y de la insensata cultura del “voto cruzado”, gracias a Dios ya no existe. Fue superado por la revolucionaria concepción de la inclusión social que nos trajo el Comandante Chávez y que el presidente Maduro hoy pone de nuevo en marcha con la sectorización de la consulta popular a la que nos ha convocado, asegurando así la posibilidad cierta de que la voz del pueblo esté presente de manera directa en la construcción de la Patria a la que aspira.

Algo que será siempre posible solamente en Revolución.

 

@SoyAranguibel

Dianca: la dignidad y la fuerza del trabajo en revolución

Por: Alberto Aranguibel B.

Saliendo de Puerto Cabello hacia Borburata, en el estado Carabobo, un imponente paisaje industrial oculta parcialmente la espectacularidad del mar a lo largo de la costa. Cientos de contenedores apilados en medio de una madeja de gandolas y grúas transportadoras en intensa actividad, dejan claro que se trata del más importante terminal marítimo del país.

Ya rumbo a la montaña, se divisa desde la carretera el complejo fabril de una institución que desde hace más de un siglo emprendió el reto del diseño, fabricación y reparación de embarcaciones de pequeño y mediano calado, con base en el talento y la experticia de una mano de obra completamente nacional.

Una inmensa obra escultórica forjada en hierro y acero exalta desde la entrada misma del complejo la ardua labor de los trabajadores de Diques y Astilleros Nacionales, C.A. (Dianca), anunciando a la vez el alto valor que cada uno de ellos le otorga al compromiso de responder con la mayor calidad y eficiencia a la confianza que el país ha depositado sobre sus hombros.

Bajo la visión neoliberal que imperó en el pasado en nuestro país, Dianca, a pesar de sus logros en la prestación de servicios a la industria marítima nacional por más de cien años,  fue una empresa asumida por el Estado con la indolencia y el desinterés que caracterizó a los organismos de la administración pública en general, convirtiéndola a la larga en el emblema de inoperancia y atraso tecnológico que evidenciaban la montaña de chatarra, la maquinaria inoperativa y los galpones ociosos o subutilizados existentes a lo largo de sus instalaciones.

Con la llegada de la Revolución Bolivariana, una filosofía diametralmente opuesta se instala en el espíritu colectivo de los obreros, empleados y directivos del astillero, reorientando el sentido de la misión a su cargo, para mostrarle al mundo la inmensa verdad que entraña la propuesta del trabajo enaltecedor y verdaderamente productivo bajo la lógica del bienestar social que comprende el socialismo bolivariano.

Quienes desde el neoliberalismo acusan a la revolución de incompetente para la administración de empresas productoras de cualquier naturaleza, lo hacen desde la premisa de que solo la empresa privada es capaz de asumir la responsabilidad de la gestión del proceso productivo, porque desde su óptica particular solo el interés del beneficio capitalista es capaz de determinar el aseguramiento de la calidad.

Por su naturaleza explotadora el capitalismo desprecia el valor del trabajo como instrumento de dignificación y realización del ser humano. Más aún si ese poderoso instrumento es considerado piedra angular en la construcción de concepciones avanzadas de soberanía e independencia industrial o tecnológica.

Para una sociedad eminentemente consumista como la venezolana, la recuperación y optimización de una industria estratégica como la naval, tal vez no sea un área prioritaria y ni siquiera de mediana relevancia en virtud de la cultura de la dependencia y el parasitismo rentista que signó el modelo de desarrollo venezolano desde nuestros orígenes.

Desde la óptica revolucionaria, más allá de la legítima aspiración por el logro de la soberanía en todos los ámbitos del conocimiento y de la industria, está el sentido del esfuerzo colectivo como poderosa herramienta en la construcción de la nueva sociedad de justicia e igualdad que el socialismo contrapone a la idea capitalista del lucro individual basado en la competencia y el canibalismo corporativo.

La gestión de Dianca, que actualmente dirige el V/A Franklin Zeltzer Malpica, le ha dado un giro a esa perversa concepción neoliberal que por décadas plagó de vicios y prácticas dolosas a la empresa, imprimiéndole un rostro humano y patriótico al esfuerzo que día a día llevan a cabo sus trabajadores, a quienes ha incorporado a un programa integral de humanización laboral que incluye, entre otras áreas sensibles de dignificación del trabajo tanto en la planta como en las áreas sociales de la institución, un taller de soldadura para la realización de esculturas fabricadas por los mismos trabajadores con material residual del astillero, lo cual ha elevado la moral y la autoestima del personal a niveles nunca antes conocido ni por ellos ni por sus propios familiares, quienes dan hoy fe de la transformación positiva que esa nueva visión ha operado en sus vidas.

fragata-hugo-chavezBuque Guardacosta Hugo Chávez Frías, primera embarcación en su género armada en Venezuela.

Esos trabajadores, que presenciaron en el pasado el saqueo indolente de gerentes y dirigentes sindicales corruptos que siguiendo lineamientos estrictamente neoliberales ordenaban el desmantelamiento de la capacidad productiva del astillero y la desincorporación de maquinaria en perfecto estado de operatividad para serle vendida como chatarra a empresas privadas que, luego de algunas pequeñas refacciones, se la ofrecían en alquiler a la institución mediante contratos milmillonarios de los que se desprendían jugosas comisiones a costa del trabajo, la miseria y el hambre del pueblo, son hoy testigos de cómo solamente en revolución es posible sacar adelante y con la mayor pasión un proyecto verdaderamente nacionalista cuyo horizonte sea el logro perdurable del bienestar social común de los venezolanos por encima del interés puntual de la realización o la sola rentabilidad del capital.

El comandante Hugo Chávez se refirió a esta particular concepción bolivariana del trabajo: “Hemos plenado la historia venezolana de sentido: de sentido bolivariano, abierto, popular; de sentido constructivo, creativo, liberador. Antes la historia no nos pertenecía, otros la tramaban y nosotros sólo la padecíamos. Éramos simples peones de un macabro ajedrez dispuesto por el imperio y sus cipayos apátridas.”

“Eso cambió y cambió para siempre: el pueblo heredero de las grandes batallas, encarnación viva de todas nuestras luchas, le ha puesto sangre y hueso, alma y corazón a esta revolución; hemos sido y somos, todas y todos, un solo protagonista estelar de las transformaciones emprendidas. Transformaciones que no acaban aún porque se requiere seguir completando el sagrado anhelo que nos impusimos: tener patria libre, patria buena y bonita, patria socialista, para nosotros, para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.”

En Dianca, como en todo el país, esa revolución apenas comienza. El esfuerzo y la dignidad del trabajo que desde ese rincón de la patria realizan sus trabajadores, debe ser un claro ejemplo de valor y de compromiso para todo funcionario revolucionario.

La idea es evitar los escollos y emboscadas que puedan surgir a lo largo del trayecto, para asegurar cada vez con la mayor firmeza el triunfo definitivo del sueño bolivariano y chavista de la independencia nacional. Tal como lo dejó plasmado el Comandante como compromiso de todos en el Plan de la Patria.

@SoyAranguibel

La muerte, ese bien fundamental del capitalismo

– Publicado en el Correo el Orinoco el lunes 18 de abril de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“Existe tal diferencia entre los Reyes Españoles y los Reyes Americanos, en su suerte, que no admite comparación: los primeros son tratados con dignidad, concervados, y al fin recobran su libertad y trono, mientras que los ultimos sufren tormentos inauditos y los vilipendios más vergonzosos”.

Simón Bolívar / Carta de Jamaica

Entre los hechos más deplorables y patéticos de aquel nefasto abril de 2002 en Venezuela, quizás uno de los más desapercibidos por la mayoría de los venezolanos fue el llamado de un periodista a través de las cámaras de Venevisión para que la gente denunciara el paradero de los chavistas y los pusiera a la orden de los esbirros del gobierno de facto presidido por Pedro Carmona Estanga.

Quienes presenciaban estupefactos por las pantallas de televisión la forma impúdica en que los actores del golpe relataban en extenso y sin el menor pudor los detalles de la conjura contra el gobierno legítimo del comandante Hugo Chávez, probablemente no repararon en la significación de ese llamado a perseguir chavistas, sin lugar a dudas el acto más oprobioso de todos cuantos se escenificaron en medio de la jauría sedienta de sangre en que se convirtió el antichavismo durante aquella horrible jornada de 48 horas que sumieron al país en la más bochornosa página de nuestra historia contemporánea.

Para la cultura de la derecha, el triunfo sobre el contendor ideológico no se plantea como el logro de una fuerza mayoritaria que le permita sostenerse en el poder con base en el juego de la confrontación democrática entre factores políticos dispuestos a acatar el dictamen popular en las elecciones libres que tanto pregona el capitalismo como la esencia del modelo ideal de sociedad.

Hasta tanto no se produzca el exterminio de la ideología que adversa y no se verifique incluso la muerte física del liderazgo contrario, la derecha considera inconclusa su labor en la sociedad. La retaliación política desde la óptica de los sectores hegemónicos tradicionalmente dominantes es la conducta correcta, para lo cual la forma candorosa en que un reportero bonachón al servicio del poder económico la haga parecer es perfecta.

La persecución, captura y muerte sumaria de los enemigos políticos no son sino crímenes de guerra, contemplados como tales en los tratados internacionales que rigen la materia. Pero a la burguesía jamás le ha importado en lo más mínimo lo que diga el derecho internacional al respecto. La tradición del exterminio se ha impuesto siempre sobre la razón jurídica.

Desde tiempos inmemoriales, la abominación del exterminio está asociada a la necesidad de vejación y humillación del contrario frente a las masas para inhibir en ellas su talante insurgente contra el poder establecido.

El antiquísimo método de la crucifixión, por ejemplo, importado desde la antigua Persia por Alejandro Magno, quien crucificó a 2000 sobrevivientes del asedio de Tiro, Fenicia, fue usado durante siglos por los romanos, quienes lo elevaron a su máxima expresión en el camino entre Capua y Roma, donde clavaron en cruces a más de 6.000 esclavos liderados por Espartaco. Su propósito era más el infundir temor entre la gente mediante la humillación de sus profetas o líderes naturales que una forma de escarmiento para el crucificado.

Por eso la crucifixión (vigente todavía hoy en algunas naciones del medio oriente), comprende el despojo de las vestimentas del sentenciado y el adosamiento de carteles de burla sobre su humanidad o sobre su cruz, tal como ordenó el imperio romano que se hiciera contra Cristo en lo alto del Gólgota. Una saña solo comparable a la de Aquiles contra los troyanos cuando arrastraba inmisericorde el cadáver de Héctor frente a las murallas para aleccionar a su pueblo.

Esa barbarie, llegada a suelo suramericano con la colonia, fue crudamente descrita por Bartolomé de las Casas en su “Brevísima relación de la destruyción de las indias”. Ahí se lee: “Entraban en los pueblos, ni dejaban niños y viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas”.

El Libertador Simón Bolívar, que fue acusado de tirano por sus adversarios por la promulgación del decreto de Guerra a Muerte, responde a tales acusaciones refiriéndose a ese aspecto brutal del imperio español que obligó a tal medida.

“Hombres y mujeres, ancianos y niños –dice- desorejados, desollados vivos, y luego arrojados a lagos venenosos, o asesinados por medios dolorosos y lentos. La naturaleza atacada en su inocente origen, y el feto aún no nacido, destruido en el vientre de las madres a bayonetazos o golpes […] En San Juan de los Morros, pueblo sencillo y agricultor, habían ofrecido espectáculos igualmente agradables a los españoles el bárbaro Antoñanzas y el sanguinario Boves. Aún se ven en aquellos campos infelices los cadáveres suspensos en los árboles. El genio del crimen parece tener allí su imperio de muerte, y nadie puede acercarse a él, sin sentir los furores de una implacable venganza” (Carta al Gobernador y Capitán Gral. de la isla de Curazao, 2 de octubre de 1813).

De manera recurrente, el asesinato de los líderes populares y de sus seguidores fue el recurso al que invariablemente apelaron los sectores dominantes para tratar de imponer el perverso modelo capitalista, tal como lo hicieron en el mundo entero a lo largo de la historia. Los grandes líderes de la burguesía jamás fueron objeto del escarnio y la vejación a la que fueron sometidos los liderazgos populares a quienes se les catalogó siempre de dictadores, tiranos y genocidas, para inducir el odio de sus pueblos hacia ellos y justificar así su linchamiento físico y alentar las afrentas contra su memoria para borrar su ejemplo de la faz de la tierra.

La democracia burguesa no permite el linchamiento de un jerarca al servicio del gran capital y de los intereses de los sectores que desde siempre han ejercido la dominación en el mundo.

Por eso fueron ajusticiados sumariamente Eliécer Gaitán, Ernesto Ché Guevara, Salvador Allende, Joao Gulart, Luis Carlos Galán, Donaldo Colosio, Maurice Bishop, Monseñor Romero, Jaime Roldós, Omar Torrijos y Carlos Pizarro, entre tantos otros latinoamericanos, a los que sin lugar a dudas hay que añadir al comandante Chávez a quien el fascismo venezolano ha amenazado de profanarle y destruirle su tumba, tal como han hecho ya hace algunos meses con la tumba de Alí Primera y esta semana con el mausoleo donde reposan los restos de la madre del primer vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela, Diosdado Cabello.

De los tres presidentes que promovieron la eliminación del Alca en Latinoamérica (Chávez, Kirchner y Lula Da Silva), dos fallecieron en extrañas circunstancias y el tercero fue víctima de un cáncer detectado a tiempo. Hoy, la presidenta de Brasil, Dilma Rouseff, los presidentes Evo Morales, Rafael Correa y Nicolás Maduro, son amenazados con ser pasados a tribunales internacionales apenas concluyan sus mandatos respectivos, y la expresidenta Argentina, Cristina Fernández, es acosada para ser llevada a prisión por sus enemigos.

Ese lenguaje del odio y del exterminio del adversario político es el lenguaje repulsivo de Barack Obama, el presidente de los EEUU que más ha insistido en la división del planeta entre los amigos y los enemigos de la libertad y la democracia según el particular interés del poder económico norteamericano y la necesidad hegemónica del capitalismo.

Es el veneno inoculado al pueblo venezolano a través ya no solo de infamantes campañas mediáticas contra el gobierno legítimo del presidente Maduro, sino de todo el contenido de la televisión, el cine, la radio y la prensa difundida a través del medio impreso y de las redes sociales, cargado de mensajes en los que velada o expresamente se invita al ajusticiamiento de la dirigencia revolucionaria en el hipotético y negado caso de que la derecha alcance el poder en el país.

Para eso prepara la derecha venezolana a la población con el verbo destempladamente amenazante de la cúpula opositora contra el liderazgo chavista. Verbo que conduce a acciones terroristas como “la salida”, las guarimbas, las degollinas con guayas en los postes, los asesinatos con descuartizamiento, los linchamientos de supuestos malandros en la vía pública, así como en el tono acusador plasmado en su inmoral ley de amnistía.

El fascismo está hoy en curso en Venezuela. El capitalismo lo necesita.

@SoyAranguibel

 

Aranguibel en CNN: “La revolución no la hace la Asamblea Nacional sino el pueblo”

El analista político venezolano Alberto Aranguibel en conversación con la periodista Alejandra Oraa en el programa Café CNN sobre el panorama electoral previo a la elección parlamentaria del 6 de Diciembre, sostiene que en Venezuela, además de una revolución de corte socialista, se está construyendo un avanzado modelo de democracia participativa y protagónica, en lo que la Asamblea Nacional, como todos los demás poderes del Estado, juega un papel importante. Tener un parlamento adverso a esa transformación -sostiene- significaría una degradación y un retroceso a todo lo avanzado hasta ahora en ese sentido.

El todo por el todo

Por: Gipsy Gastello

Lo decía nuestro Presidente Obrero Nicolás Maduro desde el Palacio de Miraflores: “Venezuela es inderrotable”.

Sí, lo es.

Tal vez no lo veamos siempre desde su justa dimensión.

Angustia, sabemos que angustia ver cómo nuestras cadenas de automercados se han convertido en el centro del negocio de los bachaqueros y bachaqueras, ese último eslabón en la cadena de enemigos del pueblo venezolano.

Angustia, a mí también me angustia, saber que debo hacer cola desde la madrugada por mi número de cédula y llegar apenas cinco turnos después que todo se acaba.

Angustia, es verdad que angustia, ver en las paradas de autobuses, en las salidas de las estaciones de Metro, en plenos mercados populares, todos esos artículos de primera necesidad que nunca encontramos, con sus precios multiplicados por cien, o más.

Angustia, reconozcamos que angustia, mirar los precios con miedo, porque los aumentan a la semana, al día, según el antojo de ese mercado negro que intenta devorarlo todo.

Ahora pregunto, ¿vamos a dejar que más de quince años de Revolución Bolivariana se vayan por el caño porque ese cruel y sanguinario imperio decidió aplicarnos el mismo guión de siempre, el del bloqueo? ¿Vamos a cruzarnos de brazos mientras vemos cómo la derecha asesina pretende borrar del mapa el legado del Comandante Eterno Hugo Chávez, porque no les da la gana de seguir perdiendo por la vía electoral?

Sería absurdo doblegarnos a estas alturas del partido. Sería absurdo arrodillarnos justo ahora. Sería absurdo dejarnos re-colonizar cuando estamos a un paso de la independencia definitiva.

Tenemos dificultades, nadie lo está negando. Todos y todas las vivimos por igual, incluso quienes aplauden a la derecha maltrecha.

Pero tampoco podemos negar que nuestro Presidente Obrero y su equipo de Gobierno le están echando un camión de ganas, que están entregando su vida, por vencer de una vez por todas al imperio más poderoso de todos los tiempos.

Nadie dijo que sería fácil. Con el Comadante Eterno entre nosotros tampoco lo fue. Ya tenemos años de duro entrenamiento porque, recuerden, nuestra libertad significa menos ganancias en las cuentas bancarias de los grandes dueños del capital.

Lo que sí sería imperdonable es dejarnos convencer por la misma garra que intenta sin descanso acorralarnos. Dejarnos domesticar por sus oscuras intenciones y sus inhumanas prácticas cotidianas, sería perderlo todo.

No, no nos podemos dar ese lujo. Y así como nuestro hermano y camarada Nicolás Maduro está enfrentando con toda la valentía del planeta a los grandes canallas, nosotros y nosotras debemos cerrar filas junto a él. Es el tiempo del todo o nada, y no sé ustedes, pero es el todo por el todo lo que entregó nuestro amado gigante Hugo Chávez. Nunca olviden que entregó hasta su último latido por la Patria Bonita. ¿Quedarle mal a él? ¡Jamás!

Entonces, nunca olviden las palabras de nuestro Presidente Obrero Nicolás Maduro desde el Palacio de Miraflores: “Venezuela es inderrotable”. Llegó la hora de demostrar esa lealtad absoluta con la que tanto nos llenamos la boca.

@GipsyGastello

ggastello@gmail.com

 

Aranguibel en Criterios: “La solución a la crisis económica es un triunfo arrollador de la revolución el 6-D”

Alberto Aranguibel analiza con el diputado Germán Ferrer la coyuntura política nacional de cara a la elección parlamentaria del 6 de diciembre.

Cadena Nacional exquisita

– Publicado en Últimas Noticias el miércoles 29 de julio de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Guajolote es probablemente una de las palabras más horrendas del continente. Significa pavo (o “ave grande”) en lengua mexica o azteca.

Aguacate también suena feo cuando se compara con la hermosa palabra palta, que es la voz amable con la que denominan a esa delicada fruta en esas tierras.

Las caraotas, por ejemplo, son para diversos pueblos suramericanos; chícharos, alubias, fríjoles, habichuelas o porotos. Ninguna de ellas es incorrecta. Odiosa, tal vez. Pero ese es otro asunto.

Son infinitas las palabras o locuciones chocantes (como “sobaco”, por ejemplo) usadas por el mundo entero, que si se sometieran al rigor de la consulta técnica ante las academias terminarían relegadas al foso de los vocablos inadmisibles.

Sin embargo, a nadie en su sano juicio se le ha ocurrido jamás modificar la terminología popular para ajustar los nombres de las cosas a los requerimientos del decoro lingüístico.

Por el contrario, cada día son más los términos populares, por muy repugnantes que puedan ser en principio, que son incorporados al Diccionario de la Real Academia de la Lengua, en reconocimiento del derecho de los pueblos a la construcción de su propia forma de expresión.

Pero en la revolución bolivariana a alguien le pareció que era mejor ir contra esa tendencia universalizadora del habla popular, y convirtió uno de los grandes activos del lenguaje revolucionario como lo es la expresión “cadena nacional”, verdadero grito de guerra del pueblo chavista que tanta emocionalidad y significación combativa posee, en la muy sofisticada y prosopopéyica forma: “transmisión conjunta de radio y televisión”.

Como frase es correcta, pero ¿por qué usarla?

Destruir un posicionamiento de marca para experimentar con otro que no tienes cuando no existe necesidad o razón lógica alguna que te obligue a hacerlo, es un suicidio comunicacional. Un costoso sin sentido.

Es como el caso de la muchacha que contrataron hace años como gerente de Imagen de Diablitos Underwood, que lo primero que hizo fue cambiar el legendario eslogan “La mejor forma de comer jamón” (probablemente el eslogan de mayor recordación en la historia de la publicidad venezolana) por el muy refinado pero absurdo “La agradable degustación del cerdo enlatado”.

La diferencia es que la expresión “cadena nacional” es del pueblo.

@soyaranguibel

 

El pueblo bajo la alfombra

– Publicado en Últimas Noticias el 01 de julio de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Pretender invisibilizar el protagonismo del pueblo es uno de los errores más recurrentes de la derecha en su afán por impedir a como dé lugar el avance del proceso de transformaciones emprendido desde hace tres lustros por la revolución bolivariana en el país.

Suponer a estas alturas que no mencionar, o negar en los medios de comunicación privados y redes sociales, la participación de esa inmensa mayoría de venezolanos que se movilizan hoy en Venezuela inspirados por el ideario chavista de justicia y de igualdad social, es una estupidez que expresa ya no solo desespero en una oposición definitivamente incompetente en política para responder a esa incontrovertible realidad, sino definitivamente una severa perturbación de la psiquis de quienes puedan creer que esa de la negación forzada pueda ser una fórmula eficiente en una sociedad tan altamente concientizada como la venezolana.

Sin embargo, la derecha recurre indefectiblemente al expediente de falsear la verdad tratando siempre de empatar el juego apelando a los mismos argumentos que le ponen en evidencia en cada uno de sus persistentes fracasos. Tratar de endilgarle a la revolución la incapacidad para alcanzar el respaldo popular al que tan infructuosamente aspira el antichavismo, es hoy un tan burdo recurso de decadente manipulación que ya ni los más neófitos en política se lo tragan.

Anhelan que la fuerza del medio privado de comunicación se imponga sin importar el tamaño del disparate con el que tuerzan la realidad que el país entero ve hoy con la más perfecta claridad a través del sistema nacional de medios públicos y de los cientos de medios alternativos y comunitarios que la revolución ha promovido durante más de dieciséis años. Parecieran no temer en lo más mínimo ni siquiera al más elemental sentido común y queman sus naves cada vez con más impudicia frente al país y al mundo.

El horrible festival de titulares y declaraciones disparatadas intentando negar el estruendoso triunfo histórico que significó la primaria del PSUV, usando las descalificaciones que solo pueden ser aplicadas a la grotesca farsa montada un mes antes por la MUD, más que un ejercicio de periodismo mercenario e inmoral es una demostración de desquiciada imbecilidad.

Es como tratar de esconder a todo un pueblo bajo la alfombra.

 

@SoyAranguibel