La mentira que por fin ha muerto

“La propaganda puede ser aprendida. Debe ser conducida solo por un fino y seguro instinto para percibir los sentimientos siempre cambiantes de la gente”

Joseph Goebbels

Por: Alberto Aranguibel B.

La máxima según la cual “una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad” ha trascendido a lo largo de más de 60 años como la viva imagen del cinismo propagandístico que puede llegar a ser ejercido desde las esferas políticas, pero a la vez como una de las más ingeniosas y eficientes fórmulas para la construcción de marcas, conviviendo, por cierto, estas dos acepciones filosóficas en un mismo limbo ético que a nadie llegó jamás a perturbar, atribuida generalmente a quien se considera el padre de la propaganda moderna.

Lo cierto es que Goebbels jamás dijo nada semejante. El origen de la equívoca leyenda se encuentra en un artículo del alto dirigente nazi, publicado el 5 de octubre de 1941 en el periódico Das Reich, en el cual Goebbels sentía un particular orgullo de editorializar semanalmente desde 1940 para promover el ideario nacionalsocialista y responder desde ahí a los embates propagandísticos de los enemigos de la Alemania nazi.

En ese texto, Goebbels, cuya filosofía como profesional de la comunicación era la inconveniencia de “la mentira” como instrumento de convencimiento, se expresaba de las campañas de propaganda que Inglaterra y Rusia orquestaban contra Alemania, de la siguiente manera: “la propaganda inglesa y bolchevique pensó que le había llegado su hora. […] siempre hicieron predicciones falsas. Todavía tienen las agallas de mostrarse ante el mundo como puros e incorruptibles fanáticos de la verdad que se presentan como son, mientras alegan que nosotros abolimos la libertad de expresión, envían mentira tras mentira al mundo, y tanto mienten que ya no sabemos cuál es la verdad” (La materia de la peste, Das Reich, 5 de octubre de 1941).

LA VERDAD VERDADERA

Tal como lo expuso en varias oportunidades, la mentira no debía ser la base de la propaganda política, simplemente porque la gente tiene siempre una muy superior capacidad para reconocer la verdad a través de los hechos. Ya en su discurso anual ante el congreso nazi en 1934, en Nuremberg, decía lo siguiente: “La buena propaganda no necesita mentir, en efecto puede no mentir. No tiene ninguna razón para temer a la verdad. Es un error creer que la gente no puede asimilar la verdad. Lo puede. Es sólo cuestión de presentar la verdad a la gente de manera que pueda entenderla. […] no es sólo cuestión de hacer las cosas correctamente, la gente debe entender que lo correcto es lo correcto” (Der Konfress zur Nürenber, 1934, Munich: Zentralverlag der NSDAP, Frz. Eher Nachf, 1934, pp. 130-41).

En esa misma pieza oratoria de 1934, sostenía claramente que “la propaganda puede ser en favor o en contra. Pero en ningún caso tiene que ser negativa. […] nos hemos auxiliado creando cosas reales, no ilusiones“.

A partir del mito, achacado sistemáticamente por la propaganda occidental a Goebbels con el objeto de detractarlo y disminuir así los alcances que, independientemente de sus convicciones políticas, haya podido tener como estratega de las comunicaciones (fundamentalmente por aquello de que la historia la escriben los vencedores para justificar los horrores de la guerra, atribuyéndole al vencido el carácter de responsable de todos los males que ellas ocasionan a la humanidad), se impuso la creencia generalizada entre los improvisados creadores de mensajes políticos y publicitarios en general, según la cual el uso de la mentira como instrumento excepcional para la modificación de conducta y creación de percepciones en el individuo permitiría siempre obtener el favor de las masas.

Nada más falso desde un punto de vista histórico y científico.

En realidad lo que se conoce como “las leyes de la propaganda” atribuidas al renombrado dirigente nazi, no es sino el resumen que de manera arbitraria elabora el profesor emérito de la Universidad de Yale, Leonard W. Doob, a partir de lo que él mismo señala en su libro “Principios de la Propaganda de Goebbels“, publicado en 1950 por la Universidad de Oxford en cooperación con el Instituto Americano para la Investigación de la Opinión Pública, en plena efervescencia de la Guerra Fría, que “se basa en una lectura cuidadosa de documentos escritos y no escritos por Goebbels, que reposan en la librería del Instituto Hoover para el Estudio de la Guerra, la Paz y la Revolución, de la Universidad de Stanford” que “no necesariamente son una relación exacta y verdadera de su personalidad, ni como persona ni como propagandista“. (Goebbels’ Principles of Propaganda, Doob, The Public Opinion Quarterly, Vol. 14, No. 3, (Autumn, 1950), pp. 419-442)

Leonard W. DoobLeonard W. Doob

La “objetividad” de Doob para la apreciación de las ideas de Goebbels queda completamente en entredicho cuando se sabe que el mismo se desempeñó durante la Segunda Guerra mundial como encargado de la OWI (United States Office of War Information) en Europa, una oficina creada por los Estados Unidos para el trabajo de contrainformación y propaganda cuyo propósito fundamental era precisamente el de operar como una máquina para la producción de materiales que aparentaran ser propaganda nazi para ser distribuidos en Alemania y en el resto de Europa durante todo aquel período. Un verdadero trabajo de guerra sucia llevado a cabo bajo la denominada modalidad de “ataque de bandera falsa” en la cual Doob se convirtió en todo un experto.

propaganda gringa en alemaniaPropaganda usada por los EEUU en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial – Leyenda: “Una nación, un gobierno, un líder, un canal de noticias… FOX News, el canal oficial de las noticias de la Patria” –

En síntesis, tanto el libro de Doob como la obvia subjetividad con la que debe haberse realizado la investigación en la cual se fundamenta, demuestran que el tan difundido manual de propaganda (más parecido a un panfleto anti-nazi que a ninguna otra cosa) jamás fue escrito por Goebbels, quien, como hombre sólidamente formado, como intelectual y como profesional, es evidente que jamás habría llegado a afirmar la sarta de barbaridades que en ese apócrifo documento se le atribuyen. Fue gracias a la libre interpretación del entonces agente de propaganda norteamericano que la frase del editorial “La materia de la peste” escrito por Goebbels en 1941 ( “… envían mentira tras mentira al mundo, y tanto mienten que ya no sabemos cuál es la verdad”) pasó a ser la infame pero muy conveniente sentencia para los intereses políticos de los EEUU “una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad“.

De hecho, Edward Bernays, verdadero inspirador de buena parte del trabajo de Doob en Europa, recogía en su famoso libro “Propaganda” publicado en 1928, mucho antes del ascenso del nacionalsocialismo alemán al poder, su visión de lo que él mismo había practicado desde 1917 en el uso de la propaganda como herramienta para la manipulación de las masas, en su condición de asesor de imagen del Presidente Wilson de los EEUU durante la primera Guerra Mundial, de la siguiente manera: “Fue, por supuesto, el éxito sin precedentes de la propaganda durante la guerra lo que les abrió los ojos  a los más perspicaces en los diferentes campos acerca de las posibilidades de disciplinar a la opinión pública […] La manipulación deliberada e inteligente de los hábitos estructurados y de las opiniones de las masas es un elemento importante en las sociedades democráticas. Aquellos que manipulan este oculto mecanismo  de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder dirigente de nuestro país. Somos gobernados, nuestras mentes están amoldadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas, en gran medida por hombres de los que nunca hemos oído hablar.” (Propaganda / L. W. Doob / 1928)

De lo cual se desprende sin lugar a dudas que no fue Goebbels en modo alguno el creador de los modelos de manipulación de los cuales es acusado por la propaganda occidental.

Pero mucho más allá de todo eso, está la intensa actividad llevada a cabo por el magnate de la prensa norteamericana William Randolph Hearst como asesor de Adolph Hitler desde antes de  la Segunda Guerra Mundial, en la manipulación de las noticias que llegaban tanto a Alemania como a Norteamérica desde Rusia para tratar de contener la expansión del comunismo en Europa, en lo cual Hearst aplicó a la más perfecta cabalidad todas y cada de las técnicas de guerra sucia que describe el manual que Leonard Doob redacta y le atribuye maliciosamente a Goebbels veinte años después.hearst_1hearst_2
–  Para atacar a Rusia, Hearst, padre del “amarillismo”, falseó en sus periódicos la realidad usando textos y fotos de sucesos que no se correspondían con lo que se decía en la noticia –

La suerte (buena o mala, según se aprecie de un ángulo o de otro) de Goebbels fue que su desempeño como Ministro de Propaganda coincidió con el surgimiento de un fenómeno nunca antes visto en la historia de la humanidad, como lo fue el nacimiento casi simultáneo de los grandes medios de comunicación que hoy la sociedad conoce, como el cine, la radio y la televisión, los cuales utilizó inteligentemente, tal como lo hacen hoy de manera intensiva todos los gobiernos del mundo con Internet y las llamadas Redes Sociales. Ese lógico aprovechamiento de la comunicación de masas al que se abocara el Ministro nazi, generó el desprecio de las potencias que desde entonces se vieron amenazadas con el inmenso poder de convencimiento que Goebbels podía tener usando los medios para decir la verdad de las ambiciones imperialistas y de dominación que esas potencias escondían tras su fachada de “libertadores” del mundo. Hoy esa verdad es completamente innegable.

LA VERDAD DE LA MENTIRA

Si bien es cierto que la discusión sobre la eficiencia o no de la mentira como herramienta comunicacional no puede aceptarse como resuelta, ni mucho menos el que haya habido por lo menos un mínimo freno en la persistencia de su uso indiscriminado tanto en la propaganda como en la publicidad, si lo es, definitivamente, el hecho irrefutable de la eficiencia de la verdad, entendida como “afirmaciones apoyadas en realidades constatables”, en el logro de credibilidad por parte del público.

Por eso la publicidad comercial suele apelar al uso de “pruebas científicas” para respaldar la calidad de los productos que se anuncian, o de infinidad de componentes pseudo químicos que garantizarían dicha calidad, como las supuestas “partículas de dimeticona que rechazan la caspa” del champú Head & Shoulder, de la empresa P&G, o la “brillolina” de sus ceras para pisos.

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En 1956 Colgate anunciaba el inexistente componente GARDOL para proteger la dentadura

Pero, determinar cuál es la “verdad verdadera” en la formulación de la propuesta comunicacional, suele llevar a un espacio impreciso en el cual la ética es siempre un dilema difícil de resolver.

En el campo político, la solución del dilema ético en el uso de la mentira suele estar referida a si se cumplen o no las promesas que se hagan a los electores, en lo cual el nivel de formación o cultura del ciudadano será siempre determinante para establecer si se le informó correctamente sobre algo o, por lo menos, si hubo o no buena fe en la promesa.

Por eso para los sectores derechistas de la política, la educación masiva es un peligroso factor de perturbación. En el campo de la propaganda comercial, es decir, de la publicidad, la mentira, o la falta de “constatabilidad” de la promesa, es indefectiblemente pagada con el desprestigio de la marca y, por consiguiente, con la indisposición o rechazo a la recompra del producto anunciado.

Una cosa es proponer en un comercial publicitario “que el champú tal elimina la caspa porque está formulado con los más avanzados componentes químicos para el tratamiento del cabello“, por ejemplo, y otra muy distinta es ofrecer que “va usted a hacerse millonario o a cautivar a todas las damas hermosas que se le presenten en su camino si usa ese champú“. Para la publicidad sería muy fácil hacerlo, pero no lo hace (o por lo menos no con ese grado de descaro e irresponsabilidad), porque el interés no es vender su producto una sola vez sino siempre. Y si el consumidor se siente engañado en un primer momento, la segunda compra jamás se produce. El nivel ético que aparentemente se percibe en la publicidad no es otra cosa que el terror a caer en una guerra de medias verdades y mentiras nada veladas entre marcas y productos, en la que, de producirse, ni siquiera triunfaría quien tuviese mayor cantidad de exposición en los medios, valga decir, mayor cantidad de dinero, porque ante una vorágine de descréditos y acusaciones mutuas entre marcas y productos, el desprestigio, más allá de la inevitable afectación a todos ellos en su conjunto, sería inexorable incluso para los medios de comunicación en sí mismos, generándose así una verdadera hecatombe en la industria publicitaria… la base de sustentación actual del capitalismo.

Por eso cualquier gerente de marca debe saber que hasta el más insignificante detergente debe basar sus aspiraciones de vida, en la veracidad o “verificabilidad” de su promesa. Su justificación deberá ser siempre el resultado de complejísimos procesos de análisis de mercados y estudios de gustos y preferencias del consumidor, porque es la única fórmula segura que la empresa privada ha encontrado conveniente, después de décadas de investigación y de incontables recursos invertidos, para sobrevivir al acoso de su propia competencia.

EL FRACASO DE LA MENTIRA

En Venezuela el fracaso de la oposición al gobierno del presidente Hugo Chávez, y ahora al gobierno del Presidente Nicolás Maduro, apoyada como nunca antes se había visto en el gran poder de los medios de comunicación, es un ejemplo más que fehaciente de cómo la mentira no es el camino correcto para convencer a la audiencia, en este caso, al elector. La oposición no presenta una propuesta alternativa desde el punto de vista político o ideológico, sino que centra su discurso en una permanente guerra de infamias y descalificaciones infundadas, dirigidas a crear escepticismo o pérdida de credibilidad en el chavismo. Apoyar el mensaje de una propuesta política en la afirmación antojadiza de verdades inexistentes referidas al gobierno al cual esa propuesta se opone, atenta contra los principios elementales de la buena propaganda.

Pero más allá de eso, es que un proceso basado en tan errada estrategia indefectiblemente se revierte porque, como lo afirmaba Goebbels en 1934 y tal como ha quedado demostrado a través del desarrollo de la publicidad, la gente tiende siempre a constatar la veracidad de cuanto se le vende como cierto. Sostener, por ejemplo, que un país en el que se han producido en un mismo periodo más elecciones que ninguna otra nación del planeta, donde la libertad de expresión es tan amplia que los más importantes medios de comunicación, en manos de los sectores contra revolucionarios y ultra derechistas del país, se encuentran al frente de las acciones que promueven abiertamente el asalto al poder por la vía del golpe de Estado, sería una “dictadura” regentada por un tirano, es un verdadero exabrupto.

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Opositora venezolana protesta por la supuesta “crisis económica” montada en su vehículo de lujo último modelo

Afirmar que existe un régimen totalitario en un país en el que se acusa al gobierno de represor a través de todos medios radioeléctricos impresos disponibles y con el mayor despliegue de espacios de información y de opinión, sin que se produzca por ello represión alguna, es definitivamente una insensatez que tarde o temprano hará derrumbar la credibilidad de quien acuse sobre tan insustanciales bases, porque ello, además de improductivo desde el punto de vista comunicacional, evidencia un profundo irrespeto y una clara ofensa a la inteligencia del espectador promedio. Tal como le ha sucedido a la oposición venezolana.

Obviamente utilizaron a los más improvisados e ineptos asesores de imagen en la formulación de su estrategia. Pensaron que en la descomunal profusión del fácil mensaje que puede construirse con base en mentiras bien estudiadas, habría un éxito que jamás estuvieron ni cerca de obtener. Pero insistieron en ello.

Pretendieron acuñar de manera terca y recurrente la idea descabellada según la cual mientras más posibilidades tenían de expresarse con la más entera libertad, mayor radicalización habría de la supuesta dictadura que con mentiras denunciaban, ilusionándose ingenuamente con lo que ellos creyeron siempre era cada vez un mayor acercamiento a la caída del régimen, cuando en realidad, los resultados electorales, las encuestas y el pueblo chavista en la calle demostraban inequívocamente todo lo contrario.

Nadie en la oposición ha sabido responder hasta hoy por qué, constituyendo ellos el sector con mayor exposición en los medios de comunicación antes y después del triunfo de Chávez, fueron los protagonistas de tan desastrosa caída en el favor de la opinión pública en las elecciones de 1998 como en todas las sucesivas. Cualquier gerente versado de marcas habría visto en eso los severos efectos de una muy torpe y errada estrategia comunicacional, cuya constante fue siempre el uso indiscriminado de “la mentira” como instrumento de aproximación al elector. Entonces ¿por qué  habría de resultar hoy una estrategia comunicacional fundamentada en los mismos irresponsables parámetros de entonces?

La respuesta a esto está en el fenómeno que fue Chávez desde el punto de vista de su mantenimiento en los más altos niveles de popularidad a lo largo de toda su vida pública, según la medición no solo de los resultados electorales de más de 15 elecciones en las que resultó triunfante, sino de todas las encuestas de opinión durante casi 13 años; Debatió ideas y no mentiras, aferrándose siempre a la verdad.

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-Hugo Rafael Chávez Frías, El Comandante Eterno –

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Publicado inicialmente en la Revista Question/Abril de 2003 y revisado por el autor en abril de 2014.

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Historia de mentira

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 11 de mayo de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“La Guerra Fría no es sino una lucha por la mente de la gente” J. F. Kennedy

El Cementerio Nacional de Arlington, en la capital de los Estados Unidos de Norteamérica, es probablemente el más grande monumento en el mundo a la derrota y al fracaso.

Ubicado en las cercanías del Pentágono, en los que fueran los terrenos del legendario general Lee, jefe del derrotado ejército de los Estados Confederados de América en la guerra de secesión, el cementerio Arlington está reservado en principio a los miembros de las fuerzas armadas de esa nación (aún cuando algunos de los ahí enterrados no lo hayan sido nunca, como el expresidente William Howard Taft quien nunca cumplió servicio militar) en virtud de lo cual la inmensa mayoría de quienes en él reposan tienen en común el sino de la derrota que ha marcado la historia de las guerras del imperio norteamericano a lo largo y ancho del planeta desde hace más de un siglo.

En Arlington se encuentran los restos de los soldados que dejaron sus vidas en las guerras libradas por los Estados Unidos en el mundo, la mayoría de las cuales terminaron en estrepitosos reveses militares si no en abiertos fracasos, como las guerras de Vietnam, Corea, Afganistan e Irak, así como figuras emblemáticas de la historia norteamericana, como el presidente John F. Kennedy (cuya muerte no podrá ser catalogada jamás como un triunfo ni para él ni para los Estados Unidos), los tripulantes de las fallidas misiones de los transbordadores Challenger y Columbia de la NASA, y los desaparecidos en los atentados terroristas contra el avión de Pan Am en Lockerbie, Escocia, y del 11 de septiembre del 2001, en particular el perpetrado contra el Pentágono.

Sin embargo Estados Unidos vende al mundo la imagen de un imperio todo poderoso que cual Atila de la modernidad arrasa a su paso a enemigos de cualquier naturaleza o envergadura, usando en ello incluso el depósito del fracaso que es el cementerio de Arlington, al que convierte por medio de su poder hegemónico cultural en una suerte de gran templo de los dioses de la guerra.

La manipulación de la historia para colocarla a su servicio es inherente a la idea de dominación que mueve a los imperios. En eso Estados Unidos no es la excepción ni en la guerra ni en la paz. Si se acepta el principio de Clausewitz según el cual “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, pudiera ser entonces que la guerra fría sea la política que aparenta a través de los medios ser una guerra.

O por lo menos así lo asume los Estados Unidos desde que los medios de comunicación han venido sustituyendo a los escenarios y los armamentos de guerra por las pantallas de cine y los contenidos mediáticos televisivos con los que el poder hegemónico del capitalismo inunda cada vez más al mundo.

¿Cuál fue en verdad el sentido de una demencial carrera espacial como la librada por Estados Unidos y la Unión Soviética en el marco de la guerra fría si no era el esencialmente propagandístico? Ya desde 1936, con motivo de las fastuosas olimpíadas de Berlín, se dijo siempre lo mismo del deporte cuando todavía su importancia en el ámbito del mercadeo publicitario que tiene hoy en día no era ni medianamente significativa y su justificación estaba relacionada exclusivamente a la necesidad propagandística ya no solo de las grandes potencias sino también de países del tercer mundo, como Cuba entre otros.

A esa impostergable necesidad propagandística se deben las más grandes mentiras que la cultura hegemónica neoliberal le ha vendido al mundo a lo largo del último siglo. La fascinante ilusión del bienestar y la prosperidad infinitas que la gente tendría asegurada en el capitalismo es una de ellas. La otra, la idea del poderío imbatible del imperio norteamericano en todos los ámbitos.

Según esa doctrina de la propaganda como la herramienta para aparentar el triunfo en la guerra a través de los medios, los Estados Unidos no necesita una historia verdadera sino un buen guión y unos buenos actores. Por eso el presidente Barack Obama se esfuerza más en el cálculo meticuloso de la pose de soberbio emperador que debe asumir cuando se declara ahistórico ante el mundo, que lo que debiera esforzarse en estudiar la historia de los pueblos a los que pretende someter bajo su dominio.

Ronald Reagan, uno de los más acérrimos anticomunistas que jamás haya alcanzando la primera magistratura del imperio norteamericano, concibió la Guerra Fría como un escenario en el cual todas las técnicas de la cinematografía, en las cuales él como actor de Hollywood que fue tenía una verdadera ventaja comparativa frente a su par soviético, serían determinantes para colocar la balanza definitivamente a favor de los Estados Unidos. Su famosa “Doctrina Reagan”, que abogaba por el exterminio de todos los gobiernos comunistas del mundo y promovía impúdicamente el surgimiento del yihadismo como arma de baja intensidad para la contención del poderío soviético, ya era evidente varios años antes de ser electo presidente en una entrevista en la que se refería al futuro de la Guerra Fría en estos escuetos términos: «Mi idea de lo que debe ser la política estadounidense en lo que respecta a la Unión Soviética, es simple, y algunos dirán que simplista. Es esta: nosotros ganamos y ellos pierden, ¿qué te parece?»

De ahí en adelante cayeron el bloque soviético y el muro de Berlín, es cierto, así como los gobiernos progresistas que el propio Reagan se empeñó en derrocar (en particular el sandinista, mediante el financiamiento de la contra nicaragüense), pero el famoso poderío del imperio norteamericano comenzó a hacer agua y hasta el día de hoy su hundimiento no se ha detenido, ya no solo en el campo económico sino también en lo político, como lo demuestra el avance en Latinoamérica de un vigoroso bloque antiimperialista que la mediática hegemónica no visualizó oportunamente y que le está significando a los Estados Unidos el más duro golpe contra la realidad que haya tenido en mucho tiempo en virtud ya no solo de su alcance sino de la referencia que esa nueva visión de soberanía está ofreciendo a los pueblos de vocación independentista de todo el planeta.

Con esa inspiración es como ahora puede conmemorarse por todo lo alto un evento de la más relevante significación histórica como lo fue el legítimo triunfo de la Unión Soviética sobre el fascismo, oculto de manera infame desde hace setenta años tras el discurso anticomunista del contenido mediático norteamericano, y en general por la cultura hegemónica pro imperialista del mundo occidental.

Una conmemoración que hace honor a los más de veintisiete millones de soviéticos que dejaron su vida en esa conflagración para salvar a la humanidad del horror del fascismo, y que rescata ese activo tan preciado que comienza a ser hoy la verdad histórica como instrumento de justicia y de igualdad en la lucha por un mundo en el que las naciones puedan ejercer su soberanía y su autodeterminación con entera libertad y sin la presión de los imperios prepotentes que se empeñan en borrar la historia para vender su ilusoria y perversa sociedad neoliberal capitalista.

El empeño de los imperios por sustituir la realidad con la seductora virtualidad capitalista, tiene hoy en la conciencia de los pueblos progresistas y revolucionarios del mundo, el poderoso ariete de la historia que abrirá las puertas al nuevo modelo de comunicación basado en la verdad como un valor sagrado y de verdadera liberación del ser humano, que más temprano que tarde terminará por imponerse.

De ese excepcional proceso mundial de redención del ser humano surgirán los nuevos paradigmas, los nuevos códigos, la nueva simbología y el nuevo lenguaje de la comunicación transformadora que acabará para siempre con la historia de mentira que a través del tiempo inventaron los imperios.

 

@SoyAranguibel

70 años de una gran mentira

– Publicado en Últimas Noticias el 09 de mayo de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Hollywood, la más poderosa máquina de propaganda concebida por el ser humano en toda su historia, ha producido miles de películas en los últimos setenta años en cuya trama se le ofrece al espectador una muy estudiada versión del triunfo de la segunda guerra mundial en la cual los Estados Unidos resulta vencedor de aquella gran conflagración.

Producciones, como “La vida es Bella”, “El día más largo”, “Rescatando al soldado Ryan”, “Patton”, o hasta el mismísimo “Capitán América” en todas sus versiones, han hecho alarde de manipulación de la historia a través del tiempo colocando siempre como la imagen del triunfo (y con ello como el fin de la guerra) la entrada del ejército norteamericano en las ciudades liberadas bajo una gran ovación de la gente.

De ahí que resulte lógico que una reciente investigación llevada a cabo en Europa, haya arrojado que la mayoría de los jóvenes del viejo continente, en correspondencia con ese discurso cinematográfico, aseguren que quien acabó con el poderío nazi fue el ejército norteamericano.

Por eso la importancia de los eventos de conmemoración del septuagésimo aniversario de la Victoria Patriótica que se llevan a cabo hoy en Rusia, a los cuales asiste el primer mandatario venezolano Nicolás Maduro. Rescatar la verdad histórica es un compromiso impostergable para los revolucionarios de este tiempo, no solo por la justicia que se hace con los más de veinte millones de soviéticos que dejaron su vida en aquella contienda para salvar a la humanidad, sino porque es una obligación dejar al descubierto que es bajo esa misma manipulación mediática con la que ha engañado desde siempre para tratar de robarse un triunfo que no le corresponde ni le correspondió jamás, que el imperio norteamericano pretende imponer hoy su perverso modelo de democracia tutelada.

Si algo debe ser importante para los pueblos que luchan por su verdadera independencia, no solo en Latinoamérica sino en el mundo entero, es la conquista de esa poderosa herramienta del conocimiento que son los medios de comunicación para ponerlos al servicio de la verdad, la justicia y la igualdad social.

Un buen paso es el que da Rusia en la reivindicación de su extraordinaria victoria sobre el fascismo. Algo que nuestros pueblos todavía tienen pendiente. Por eso está allá nuestro presidente obrero.

@SoyAranguibel

El viaje de Maduro a Rusia

Por: Nestor Francia

Uno de los problemas que tenemos con el tema de la batalla comunicacional es que resulta muy común que la derecha nos “pique” adelante. Esto genera una dificultad que se refiere al asunto de quién tiene la iniciativa, ya que suele más difícil contraatacar que atacar. Una vez perdida la iniciativa, no es fácil recuperarla. Es un poco lo que está pasando con el viaje del presidente Maduro a Rusia.

La primera reacción que produce una noticia como esta en quien esté desinformado (que en el caso de la celebración en Moscú es la inmensa mayoría de los venezolanos) es preguntarse: “¿qué carajo va a celebrar el Presidente en Rusia con tantos problemas que hay aquí?”. El lector puede jurar que esto es así como lo estamos diciendo, ya que somos ciudadanos, venezolanos, adultos mayores, corridos por la vida y conocemos a este pueblo porque venimos de sus entrañas. Se dirá que son razones subjetivas y quizá es cierto. Pero la probabilidad de que acertemos no es baja.

En Europa el tema de la Segunda Guerra Mundial es manejado por el ciudadano común mucho mejor que en América Latina, porque esos pueblos vivieron de manera directa, en carne propia, los estragos de aquella conflagración. Decenas de millones de europeos murieron, la mayor parte de ellos civiles. El país donde se calcula hubo más muertos fue precisamente la Unión Soviética, más de 26 millones de personas, de las cuales apenas unos 9 millones eran militares. La dimensión humana de este conflicto es aterradora, ya que nos puede dar una idea de lo que ocurriría si se produce una guerra nuclear.

El papel de Rusia fue fundamental en la derrota de la Alemania nazi. De hecho, la soviética fue la bandera que ondeó sobre el edificio del Reichstag, en Berlín, simbolizando esa derrota tras la rendición alemana. La resistencia del pueblo ruso contra los invasores alemanes y su posterior contraofensiva victoriosa es uno de los capítulos más heroicos de la historia de la Humanidad.

Desde el punto de vista político, la victoria soviética es de gran trascendencia. La derrota del fascismo fue un triunfo de los ejércitos aliados, pero también de la resistencia heroica de los pueblos del mundo. Son proverbiales las acciones de la fuerzas guerrilleras de varios países que asestaron importantes golpes a las huestes invasoras de Alemania.

Hoy, aquella gesta cobra especial importancia, ante el resurgimiento de las manifestaciones del nazi-fascismo, principalmente en Europa, y del fascismo en general en todo el mundo.

En ese sentido, es necesario aclarar que el nazismo fue una expresión del fascismo en Alemania, pero tuvo sus propias versiones en la Italia de Mussolini y en las falanges españolas. Se habla mucho de fascismo, pero se apuntan menos las características que lo definen.

El fascismo es una expresión política del gran capital monopolista que surge como respuesta violenta a movimientos populares en ascenso. Por ejemplo, en Alemania y en Italia era patente el crecimiento de los partidos comunistas y del movimiento obrero cuando surgieron los movimientos fascistas. Este crecimiento se producía además en toda Europa, con el ejemplo del experimento soviético. En España, el fascismo se manifiesta para enfrentar a la República Española. En Chile, ante el fortalecimiento del gobierno popular de Salvador Allende y en la Venezuela de 2002 frente a los avances de la Revolución Bolivariana.

El fascismo asume distintos disfraces y pretextos: la supremacía de la raza aria, la lucha contra el comunismo, la lucha por la “libertad”, la “democracia” y los “derechos humanos”. Pero su objetivo es siempre el mismo: frenar el ascenso de las fuerzas populares por medio del terror, descabezando al liderazgo y cargando a sangre y fuego contra las organizaciones populares para liquidarlas de raíz, a fin de instaurar y dar estabilidad a gobiernos favorables a los intereses del gran capital monopolista ¿No es ese acaso el designio de las fuerzas fascistas en la Venezuela de hoy? ¿No quedó su carácter demostrado en la breve dictadura de Carmona, representante político directo del gran capital, cuando el fascismo arremetió contra la dirigencia revolucionaria y contra el pueblo revolucionario, sembrando terror y persecuciones durante las pocas horas que estuvo en el poder?

De manera que aquella gesta del pueblo soviético no está lejana a nosotros ni en el tiempo ni en el espacio. Forma parte de la lucha histórica de los pueblos contra el gran capital monopolista y depredador, la misma que estamos librando en Venezuela y América Latina.

Pero la derecha venezolana anda criticando el “gasto” que supone el viaje de Maduro a Moscú. Por su parte, el patético ignorante de Capriles ha declarado que “El país no está en condiciones de seguir pagando los viajes turísticos de Nicolás. ¿Qué gana el país con eso? Nada… Mientras ese señor está de fiesta y paseo en Rusia, los profesores y docentes están bregando, porque el salario no les alcanza”.

Claro, estas burradas de Capriles pueden tener algún efecto ante las debilidades de nuestras políticas comunicacionales, que impiden que el pueblo conozca a cabalidad la importancia de esta celebración histórica en Moscú y la relevancia política de la presencia de Maduro en la misma.

Se estima que el desfile militar en Moscú en celebración del 70 aniversario de la victoria sobre los nazis sea el más importante desde 1945, fecha de esa victoria. Se da en medio de un momento clave en la gran batalla geopolítica mundial cuando tiende a reforzarse la alianza que avanza entre potencias como Rusia y China, y los países relegados o amenazados por el imperialismo norteamericano. Eso explica la ausencia en Moscú de la mayoría de los líderes de las potencias capitalistas de occidente. La excepción será Alemania, por razones obvias. Aproximadamente 30 jefes de Estado y de Gobierno, así como dirigentes de organizaciones internacionales asistirán a los festejos. Ya confirmaron su participación los presidentes de Azerbaiyán, Armenia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán, Abjasia, Alemania, Bosnia y Herzegovina, China, Chipre, Cuba, Eslovaquia, India, Macedonia, Mongolia, Osetia del Sur, Palestina, República Checa, Serbia, Sudáfrica, Venezuela, Vietnam, Zimbabue, así como el jefe de la ONU, Ban Ki-moon, y la directora general de Unesco, Irina Bokova.

¿Andan todos estos mandatarios haciendo turismo en Rusia, como asevera el estúpido de Capriles? Como se dice popularmente en Venezuela, recurriendo a un curioso retruécano: es demasiada falta de ignorancia.

 

El Planeta de los Gringos: La confrontación

Correo del Orinoco 11 de agosto de 2014

Por: Alberto Aranguibel B.

A principios de 1968 el mundo entraba en una fase de convulsión social como no se experimentaba desde finales de la Segunda Guerra Mundial, principalmente atizada por la desmedida crueldad ejercida por el ejército imperialista de los Estados Unidos de Norteamérica contra el gallardo pueblo de Vietnam.

Luego de la masacre perpetrada ese año por los gringos al finalizar la celebración del año nuevo vietnamita, cobrándose la vida de al menos 40.000 seres humanos en una sola operación, la “Ofensiva del Tet”, se pudo conocer el verdadero horror oculto tras la intensa campaña propagandística articulada por el imperio y sus corporaciones mediáticas en el mundo entero. Cientos de miles de civiles, mujeres, ancianos y niños, habían sido sistemáticamente asesinados en operaciones similares, como la de My Lai, donde el comportamiento del ejército gringo fue exactamente igual al del ejército nazi, que el mundo acababa de destruir apenas unas dos décadas antes en nombre de la libertad.

Las protestas que por diferentes razones estaban manifestándose en diversos escenarios desde hacía meses, y que encontraron su punto más álgido en el estallido social que se produce en Francia a mediados del mes de mayo, repercutiendo en movimientos similares en Europa, América Latina y hasta el mismo Estados Unidos, terminaron solidarizándose con la idea antiimperialista que fue cobrando cuerpo en dichos movimientos, desatado ya desde principios de aquella década por la revolución cubana, convirtiendo en un verdadero dolor de cabeza para los Estados Unidos aquella idea de libertad por la cual el imperio decía luchar.

La respuesta de Hollywood, la más poderosa máquina de propaganda jamás conocida por el ser humano, a toda aquella efervescencia social que ponía en peligro la supremacía política del imperio, fue la realización de tres filmes emblemáticos de la época, caracterizados todos por el mismo propósito desmovilizador social subyacente en cada uno de ellos.

“2001; Odisea del Espacio” rescata en 1968 la vieja e intrascendente novela de ciencia ficción de Arthur C. Clarke, El Centinela, para presentar de la manera imponente como el cine nunca antes hubiera logrado, el tema de la “inteligencia artificial” como la peor amenaza para el ser humano. De ahí en adelante, todos los enemigos de la humanidad, según Hollywood, serán siempre los más perversos científicos o las naciones con tecnología avanzada o superior, colocada siempre por ellos al servicio del mal y del cual solo los grandes héroes norteamericanos podrán librar al mundo en cada caso.

Alternativamente, se presentaba aquel año de 1968 el inicio de una de las sagas fílmicas más absurdas concebidas por el ingenio cinematográfico, como es la de “El Planeta de los simios”, basada en la novela homónima de Pierre Boulle publicada en 1963, cuya inspiración sin lugar a dudas es el mismo planteamiento de Orwell en su pequeña obra “Rebelión en la granja” de 1945, según el cual una clase inferior no puede tomar las riendas del poder sino para imponer la más horrenda y feroz tiranía.

“Las Fresas de la Amargura”, un modesto esfuerzo cinematográfico cuyo propósito era mostrar la inevitable sumisión a la que están destinados los rebeldes de la sociedad bajo el poder de los cuerpos de represión del Estado, completaba el trío de películas con las cuales la máquina de propaganda gringa intentaba aplacar las corrientes antiimperialistas a finales de los 60’s, colocándolas como inspiradas por ideas frugales y sin justificaciones de fondo.

Tres planteamientos, en apariencia inofensivos y sin significaciones ocultas, se resumen inequívocamente en una sola filosofía persistente hasta nuestros días en el discurso mediático hollywoodense, que sirve al imperio norteamericano para avanzar cada vez con más fuerza y sin discriminación alguna en su empeño por acabar ya no solo con líderes o gobiernos del mundo que no le son afectos, sino con naciones y hasta civilizaciones enteras, en su afán de dominación planetaria.

La idea según la cual los pobres, la clase inferior en el capitalismo, o las naciones del tercer mundo, no deben acceder a los avances de la ciencia y de la tecnología porque ello acarrearía riesgos de destrucción para la humanidad, en virtud de lo cual todo intento en esa dirección deberá ser aplacado por las fuerzas de seguridad que garantizan la libertad en el planeta, es hoy la filosofía que explica la desfachatez y el cinismo conque el imperio norteamericano avala genocidios como el de Israel contra el pueblo palestino o toma la decisión de ordenar el lanzamiento inmisericorde de bombas sobre poblaciones enteras en Irak mediante el uso de aviones no tripulados, a la vez que financia desestabilizaciones en el mundo entero.

“El Planeta de los simios”, en el que la inusual inteligencia de unos seres inferiores despiadados y sin alma es usada para desatar el más brutal odio hacia los seres humanos, es exactamente la imagen que el imperio norteamericano ha querido vender al mundo a través del tiempo, de todos aquellos pueblos que en algún momento deciden organizarse para luchar por su independencia y su soberanía. La clase y la categoría del presidente de los Estados Unidos, cualquiera que sea (incluso si es afrodescendiente), representa el poderío de una nación cuya nobleza, sus conocimientos y su ciencia, son legítimos y provechosos para el ser humano, porque están puestos al servicio de la libertad y en contra de la barbarie que los pueblos “inferiores” encarnan.

Nadie deberá preguntarse entonces en el mundo por qué un sanguinario criminal como el Primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, es exonerado en la justicia internacional de los juicios que se le siguieron a los nazis en Núremberg durante la posguerra, o a Sadam Huseim luego de la caída de su gobierno, o las condenas públicas y el linchamiento a Benito Mussolini o Muhammar Kadafi, cuyos procesos políticos, completamente diferentes, no merecieron ni siquiera un juicio sumario.

Nadie deberá cuestionar la barbarie de un genocidio cometido bajo la excusa de la destrucción de unos túneles que perfectamente pueden ser destruidos del lado israelí de los mismos, si es que en efecto el propósito fuese el de evitar la infiltración subrepticia de palestinos terroristas en territorio de Israel y no como dicta el sentido común, que son túneles para buscar la comida que el criminal cerco les tiene vedada. No es posible creer de manera sensata que un pueblo muerto de hambre y sin medicinas, usará cualquier vía de escape para ir a colocar bombas en vez de usarla para alcanzar el alimento que necesitan sus hijos.

Nadie deberá sugerir tan siquiera la más remota posibilidad de que el pueblo palestino, o el sirio, o el iraní, o el libio, o el venezolano, tengan derecho a su territorio y a su autodeterminación. El cine norteamericano estará siempre ahí para establecer la naturaleza contranatura de tales principios cuando de pueblo soberano alguno se trate.

Por eso asistimos una vez más al incierto espectáculo de una nueva versión de la archiexplotada saga de esa oscura sociedad distópica que Hollywood presenta hoy en la pantalla de todas las salas de cines del mundo. “El planeta de los simios: la confrontación”, estrenada mundialmente el 11 de julio de 2014, justamente al inicio de los rebrotes de violencia en Egipto, en Irak y en la Franja de Gaza, es el retorno a un discurso que a través del tiempo se reedita, cada vez con mayor fastuosidad e imponencia, para intentar convencer a los humildes, a los excluidos de siempre, a los más pobres de la tierra, de la inevitabilidad de su triste destino de sometimiento y de opresión bajo el yugo de un capitalismo salvaje y de un imperialismo cruel y sanguinario que se ocultan cobardemente tras el deslumbrante resplandor de las pantallas de cine.

Solo faltará saber si el despertar de la conciencia de esos pueblos, como el bolivariano, se los permitirá.

 

@SoyAranguibel