“Crueldad que conmociona”: aumentan los asesinatos selectivos de chavistas

Ernesto Navarro/Agencia RT de noticias.- Entre los años 2013 y 2016 al menos 36 personas identificadas abiertamente con el chavismo han sido víctimas de asesinatos selectivos en varias regiones de Venezuela, según se desprende de una investigación de la página Con el Mazo Dando.

Se trata de un informe titulado ‘Chavismo: el blanco de la muerte por encargo‘, en el que se muestra no solo el número de muertos sino los lugares y los móviles de cada asesinato, todos atribuidos a sectores extremistas de la oposición política, según los autores del reporte.

Siempre son actos muy crueles y siempre están dirigidos contra personas inocentes pero que tienen una alta ascendencia emocional en la sociedad, con lo cual no precisan de una gran operación de exterminio del adversario, ya que golpeando de forma estratégica consiguen el mismo efecto

“Aunado a esos móviles inducidos por la ultraderecha, también se encuentran los homicidios a escoltas de dirigentes revolucionarios bajo la simulación de un robo o un hecho violento”. Esta es una perversa estrategia que, exaltada por medios locales e internacionales, sirven para calificar al país como inseguro.

Según el sitio web, en el período señalado se cuentan los asesinatos de cinco funcionarios públicos (dos diputados, dos concejales y un alcalde); seis líderes comunitarios (incluye un dirigente estudiantil universitario); ocho militares (de varios rangos y detectives de inteligencia); 16 escoltas de altísimas personalidades del Gobierno y el caso emblemático del periodista Ricardo Durán.

Motivación política

El ministro venezolano para Relaciones Interiores, Justicia y Paz, Gustavo González López, aseguró recientemente que algunos hechos violentos registrados en Venezuela forman parte de una escalada de acciones paramilitares que persiguen obtener saldos políticos, informó la estatal Venezolana de Televisión.

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“Son hechos que buscan generar terror (…) estamos ante acontecimientos abominables, pues las pesquisas nos llevan a esa conclusión. El grado de ensañamiento ulterior con las víctimas del delito va más allá de un simple robo y no buscan intereses personales”, apuntó el ministro.

Y es que la violencia es apenas uno de los elementos de un plan mayor, analizó el vicepresidente de Venezuela, Aristóbulo Istúriz: “Los asesinatos selectivos de líderes revolucionarios, la inseguridad inducida, la guerra económica, los bachaqueros, el ataque contra la moneda y el decreto estadounidense contra Venezuela son productos de una alianza entre las fuerzas del narcotráfico, paramilitares, pranes [capos], delincuentes y la derecha nacional e internacional, con la finalidad de debilitar a la Revolución Bolivariana y buscar un estallido social”, reseñó el diario ‘Correo del Orinoco‘.

Objetivo: conmoción

Para el analista político Alberto Aranguibel, el asesinato selectivo no se mide por la cantidad de víctimas, debido a que quienes lo ejecutan buscan causar una gran conmoción en la sociedad de forma precisa, apuntando a personalidades emblemáticas. Siempre calculando la rentabilidad política.

Si en un momento determinado queda en evidencia que las víctimas responden a un solo sector político y, con ello, de dónde vienen los ataques, suelen apuntar en la otra dirección, ya que el objetivo causar alarma en la sociedad

“Siempre son actos muy crueles y siempre están dirigidos contra personas inocentes, pero que tienen una alta ascendencia emocional en la sociedad, con lo cual no precisan de una gran operación de exterminio del adversario, ya que golpeando de forma estratégica consiguen el mismo efecto”, dijo en entrevista con RT.

Otro de los peligros de los asesinatos selectivos es que no discrimina el bando político al que dispara.

“Si en un momento determinado queda en evidencia que las víctimas responden a un solo sector político y, con ello, de dónde vienen los ataques, suelen apuntar en la otra dirección, ya que el objetivo es causar alarma en la sociedad”.

Esto hace recordar que el dirigente opositor Leopoldo López se entregó a la justicia venezolana cuando representantes del Gobierno presentaron pruebas de que sectores de la propia oposición planeaban su asesinato.

Aranguibel puntualiza un aspecto concreto: “Esta modalidad de crimen es una expresión que se presenta, sobre todo, en sociedades donde los sectores que lo impulsan están signados por la cobardía. Son personas que evaden la confrontación directa, son los más cobardes de la sociedad”.

Por: Ernesto J. Navarro

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El negocio de la muerte

– Publicado en el Correo del Orinoco el 06 de octubre de 2014 –
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Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando se habla de las diferencias entre las concepciones de modelos de sociedad que se confrontan hoy en el debate político venezolano, el aspecto ético es uno de los ejes fundamentales.

No puede concebirse esquematización teórica alguna que no considere este aspecto como medular, porque lo ético es probablemente uno de los ámbitos en los que la participación del ser humano en su condición de tal tiene preeminencia por sobre todas las demás áreas estructurales de la política. Lo ideológico, por ejemplo, va siempre a estar circunscrito al espacio de lo conceptual, es decir; el sistema político al que se acoge la nación, la orientación del cuerpo social según el régimen que adopte, la valoración y desempeño en la sociedad que otorga el Estado al ser humano, así como en lo económico a lo estrictamente estructural, o sea; el orden y el funcionamiento del sistema financiero, la naturaleza de la banca, de las inversiones y las áreas prioritarias de desarrollo, etc.

Todo ello, con las particularidades propias de cada modelo, se resume en la visión de país, en el proyecto de nación o simplemente en la propuesta programática que cada sector político deberá presentar en cada caso a la sociedad como su oferta de gobierno. Hasta ahí alcanza lo puramente ideológico.

Pero es en el terreno de la ética donde la política va a adquirir en definitiva su verdadera dimensión propiamente humana y en la cual la diferenciación tenderá a ser cada vez más evidente y reveladora entre lo que propone en esencia un modelo u otro, según la filiación política de cada individuo. Cuando se examina al ser humano desde el punto de vista de su concepción del universo, de la vida y del hombre en su entorno cultural y social, se puede apreciar con mayor precisión y con el menor margen de error su dimensión real y su valía como persona y, en consecuencia, todo cuanto ella promueve como modelo ideal de sociedad.

Por eso quienes se forman bajo la égida del modelo socialista tienden fundamentalmente a la preservación del ser humano (socialista=sociedad=social=ser humano), de su calidad de vida, de su felicidad, es decir; de la sociedad armoniosa y de paz que la mayoría de la gente lucha por alcanzar a través de la historia. En el socialismo la ética adquiere una connotación humanista porque se refiere al marco moral que regula el respeto a la vida, al buen vivir.

Y por eso quienes surgen como integrantes de las sociedades capitalistas nacen formados bajo la lógica del capital (capitalismo=capital=dinero), de la acumulación irrefrenable de riquezas y de objetos materiales como único propósito de realización en la vida. En el capitalismo, la ética es la del culto al libre mercado y con ello a la barbarie contra el ser humano que la caracteriza.

Ese es el fondo y esencia real del debate que hoy se libra en nuestro país y que se ha librado en el mundo desde que esa concepción salvaje y depredadora de la condición humana que es el capitalismo comenzó a desarrollarse en la sociedad organizada.

Dado que en el capitalismo el ser humano no es lo relevante sino lo material, la mercancía adquiere un valor superior al del individuo, con lo cual el rol que éste desempeña en la sociedad estará siempre determinado por una parte por su capacidad para la negociación de objetos materiales, ya sea como productor o como comerciante, y como comprador de esos bienes o productos por la otra. En la Venezuela de hoy, lo que se enfrenta más allá de la política son los sectores de la sociedad que se rigen por cada una de esas concepciones de modelos de sociedad. De un lado está la gente, la sociedad en su conjunto, es decir, los consumidores. En el otro, los productores y los vendedores, los que poseen la infinidad de bienes de consumo que la sociedad necesita, es decir; los capitalistas.

Si para obtener muchos más beneficios los capitalistas deciden en un momento determinado negarle a la sociedad los productos que ellos poseen, y para acceder a entregárselos ésta deberá despojarse progresivamente de sus logros laborales, de su salario, de su calidad de vida de una manera injusta y desalmada que la sociedad no esté dispuesta a aceptar, entonces habrá una confrontación. Pero si esa confrontación no se traduce en triunfo de los poderosos en un lapso perentorio que no exceda la capacidad de inversión de cuantiosos recursos del capitalismo en esa batalla y la misma comienza a salirle más cara que lo que cuesta producir esos bienes de consumo y la acumulación de riqueza en pocas manos comienza a estar en riesgo, entonces ese sector capitalista, con base siempre en su lógica inhumana y mercantilista, considerará que está obligado a profundizar la pelea y la convertirá en guerra apelando a métodos más radicales de presión y de reducción de la resistencia que le oponga su contrincante.

Para ese propósito de pasar a una fase más intensa de la guerra, con el objetivo de reducir hasta agotar la capacidad de aguante de los consumidores, el sicariato es una herramienta expedita y de alto impacto que tiende a fracturar rápidamente la solidez moral de ese pueblo que se niega a ser doblegado por la especulación, el acaparamiento y el contrabando de extracción al que se ha volcado de manera brutal y salvaje el sector capitalista.

Por eso buena parte del esfuerzo del sector capitalista que ha desatado esa guerra económica contra nuestro pueblo, además del acaparamiento, el contrabando de extracción, la especulación y el sabotaje económico, ha estado orientado durante años a generar convulsiones financieras, sociales y políticas, importando hacia nuestro país todas las formas inimaginables de desestabilización, entre las que se encuentran el paramilitarismo y ese horrendo fenómeno de la criminalidad colombiana que es el sicariato; una perversa modalidad de negociación cuya filosofía es estrictamente la del capitalismo, en la cual la muerte se negocia como cualquier otra mercancía y se paga con dinero, porque el capitalismo es cobarde y contrata todo lo que no se atreve a hacer por sí mismo. En esa contratación la vida del ser humano no vale nada. Menos aún si ella, la vida, es la de un combativo revolucionario forjador precisamente de esa gran muralla ética del pueblo que impide que los capitalistas obtengan y acumulen cada vez más riquezas.

Asesinar a líderes del pueblo buscando aterrorizar y acobardar a esos millones de venezolanos que no valoran la vida en los mismos términos despreciables en que lo hace el capitalismo, al que no le importa en lo más mínimo matar en la búsqueda de beneficios políticos que le ayuden a reinstaurar su inhumano modelo en nuestro país, es para los capitalistas (para el Departamento de Estado norteamericano, las corporaciones trasnacionales, los medios de comunicación de la derecha y para sus operarios políticos, por supuesto) la forma más efectiva de intentar superar el inmenso poder que tiene una fortaleza ética que no acepta ni aceptará jamás que a los verdaderos líderes del pueblo, como el glorioso Robert Serra, se les coloque por debajo de ninguna necesidad comercial ni mercantil.

Robert Serra vivirá ahora mucho más que lo que hasta ayer vivió, por culpa de un sector miserable, desalmado, criminal y asesino tan imbécil y estúpido que creyó que matándolo lo callaría y que lo que hizo fue convertirlo en los millones de aguerridos combatientes que de hoy en adelante multiplicarán aún más la lucha de Robert por alcanzar más temprano que tarde la justicia y la igualdad social que nos legara el Comandante Eterno y por la cual él tan brillantemente luchó.

Los capitalistas seguirán buscando hacer negocios contratando a la muerte para ponerla a su servicio. Es lo único que saben hacer y lo único que les queda, porque pueblo nunca han tenido y nunca lo tendrán. En nombre de Robert, se lo juramos con toda la fuerza de nuestra profunda convicción revolucionaria.

¡ROBERT VIVE! ¡LA PATRIA SIGUE!

@SoyAranguibel

El escalofriante “negocio” de los asesinatos por encargo: cómo operan los profesionales de la muerte

– La violencia en las protestas venezolanas se ha incrementado de manera alarmante incorporando formas horrendas de criminalidad y asesinatos a sangre fría nunca antes vistas en nuestro país y que solo se explican por el incremento desbordado en los últimos años de inmigrantes colombianos cuya cultura de la muerte por encargo es una forma de vida que desde hace décadas hace estragos en esa hermana república, y más allá de sus fronteras, como lo revela este escalofriante reportaje del diario El Clarin de Buenos Aires –

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El escalofriante “negocio” de los asesinatos por encargo: cómo operan los profesionales de la muerte

John enciende un cigarrillo y entrecierra los ojos. Recuerda: “La cita era un viernes desde las diez de la noche, en el edificio de siempre. Estaban los que vivían en los departamentos del complejo y otros invitados. Eramos más de cien colombianos festejando un cumpleaños. En el boliche del edificio, varios comentaban los envíos de cocaína al exterior y los robos a departamentos de esa semana. Muchos andaban armados. Sonaban canciones de Vicente Fernández, Antonio Aguilar y Darío Gómez. Había platos con cocaína y marihuana, para que los invitados consumieran libremente. La cerveza, el whisky y los cigarrillos los vendía el ex policía que alquilaba esos departamentos amueblados”.

La escena podría vestir cualquier película de Quentin Tarantino, pero es real y ocurrió en el centro de Buenos Aires, a pocas cuadras de la avenida Rivadavia, una noche tibia del invierno de 2009.

El testigo de aquel festejo y que lo recuerda en una entrevista concedida a Clarín -a quien llaman John a lo largo de la nota- dice que es en eventos como ese donde se comienzan a idear los crímenes entre colombianos, ejecutados por sicarios.

“Como están todos borrachos, se hacen comentarios sobre quién anda en el país, qué robaron, qué envío llegó a destino, dónde está el que no pagó una deuda. Siempre hay alguien que escucha y luego da aviso a los narcos que buscan a alguna persona para matarla. Aquel día todos estábamos sorprendidos de la cantidad de socios que estaban llegando a Buenos Aires”.

John cuenta que aquella vez, a la medianoche comenzaron a competir: “esa semana, en una casa de Rosario, se habían robado tres mil balas, y jugaban a ver quién vaciaba más rápido un cargador. Las prostitutas de los cabarets Seguir leyendo “El escalofriante “negocio” de los asesinatos por encargo: cómo operan los profesionales de la muerte”

¿Quién está asesinando hoy en las guarimbas?

Operacion-Daktari
Por la excepcional relevancia hoy en nuestro país del tema del francotirador como modalidad terrorista de la ultraderecha venezolana en las llamadas “guarimbas“, focos de terror y violencia desatados contra la sociedad en los municipios gobernados por la oposición antichavista, colocamos aquí dos importantes documentos que revelan los orígenes del sicariato y del paramilitarismo en la hermana República de Colombia, así como la forma en que se ha infiltrado desde hace más de una década hacia Venezuela con el propósito de acabar con el proyecto de Revolución Bolivariana. El primero de ellos es el libro “La Invasión Paramilitar – Operación Daktari“, colección de artículos de Luis Britto García y Miguel Angel Pérez Pirela, que puede ser descargado AQUÍ, y luego el artículo de Renán Vega Cantor “La Formación de una Cultura Traqueta en Colombia“, publicado en el portal Rebelión en febrero de 2014, donde se describe con perfecta claridad el proceso que dio origen a las fuerzas criminales que por dinero acaban con la vida de seres inocentes con la única finalidad de desestabilizar políticamente a las democracias de nuestra región. Ambos textos, perfectamente complementarios entre sí, permiten esclarecer cabalmente la verdadera naturaleza criminal de las acciones violentas de hoy en día en Venezuela.

pablo_escobar_1– Pablo Escobar Gaviria, creador de la modalidad del sicariato político en Colombia –

Narcotráfico y capitalismo mafioso
La formación de una cultura “traqueta” en Colombia

Por: Renán Vega Cantor / rebelión.org

En los últimos veinte años se consolidó en Colombia una cultura que puede ser denominada como traqueta, un término procedente del lenguaje que utilizan los sicarios del narcotráfico y del paramilitarismo en Medellín, el cual hace referencia al sonido característico de una ametralladora cuando es disparada (tra tra tra). Traqueteo era originalmente el miembro del escalón inferior en la pirámide delincuencial del bajo mundo paisa, que corresponde al matón a sueldo, al sicario que dispara a mansalva y a sangre fría a quien se le ordene, a cambio de una suma de dinero.

El traqueto resuelve cualquier asunto mediante la violencia física directa, pregona su acendrado machismo, hace ostentación en público —entre sus familiares y otros malandros— de los asesinatos cometidos, despilfarra en una noche de farra el pago que recibe por cumplir un “trabajo sicarial” o por haber “coronado” un cargamento de droga fuera del territorio colombiano, compra con moneda todo lo que esté a su alcance (mujeres, sexo, amigos ), aunque sea pobre odia a los pobres y, a nombre de la moral católica, detesta lo que huela a lucha social en el barrio, la escuela o el sitio de trabajo…

Esta cultura traqueta salió de un marco restringido y perfectamente localizado, cuando el cartel de Medellín y los asesinos de las autodefensas se expandieron por el territorio colombiano. El traqueto, este producto de las subculturas del narcotráfico y del paramilitarismo, en poco tiempo se convirtió en el símbolo distintivo de la sociedad colombiana. ¿Cómo y por qué sucedió?

La imposición de una cultura en la que sobresale el apego a la violencia, al dinero, al machismo, a la discriminación, al racismo, es un complemento y un resultado de la desigualdad que caracteriza a la sociedad colombiana. Para preservar la injusticia aquí imperante, las clases dominantes y el Estado forjaron una alianza estrecha con los barones del narcotráfico y con grupos de asesinos a sueldo, como viene aconteciendo desde comienzos de la década de 1980, cuando mercenarios de Israel adiestraron en el Magdalena Medio a los grupos criminales de las mal llamadas “Autodefensas”, con la participación activa del Ejercito, la Policía, políticos bipartidistas, terratenientes y ganaderos.

Estos grupos criminales, auspiciados por el Estado, tenían como objetivo erradicar a sangre, fuego y motosierra cualquier proyecto político alternativo que planteara una democratización real de la sociedad colombiana, como se evidenció en diversas regiones del país cuando las alcaldías y gobernaciones—luego de que fuera aprobada su elección directa— empezaron a ser ocupadas por dirigentes y militantes de izquierda, elegidos en forma legal. Los gamonales de los partidos tradicionales vieron en peligro su poder local y regional y para mantenerlo optaron por matar a sus adversarios.

Esto se ejemplifica, para citar solo un caso, con lo que sucedió en Segovia (Antioquia) en noviembre de 1988, cuando fueron asesinadas 43 personas y heridas otras 45. La acción criminal tenía como objetivo exterminar en el municipio a los miembros de la Unión Patriótica, el grupo político que había ganado las elecciones en marzo de ese mismo año. El responsable intelectual de la masacre, que ha sido condenado a 30 años de cárcel, un “distinguido” dirigente del Partido Liberal, utilizó a los sicarios y criminales de guerra de las “Autodefensas” para que le despejaran el camino de incómodos adversarios de izquierda y le permitieran mantener su feudo electoral.

La eliminación de quienes son considerados como enemigos de las “gentes de bien”, se sustenta en un visceral anticomunismo, que justifica a posteriori los crímenes de campesinos, dirigentes sindicales, profesores, estudiantes, mujeres pobres, defensores de derechos humanos, militantes de izquierda Los argumentos esgrimidos replican letra por letra lo que originalmente habían dicho Carlos Ledher, Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha (Alias el mexicano), o cualquiera de los barones del narcotráfico y del sicariato, que nunca ocultaron sus credenciales procapitalistas y su odio a cualquier proyecto democrático y de izquierda. Lo que éstos hacían y decían fue apoyado por diversas fracciones de las clases dominantes, (industriales, comerciantes, financistas, exportadores, cafeteros, terratenientes, ganaderos, propietarios urbanos ), junto con las jerarquías eclesiásticas, el mundo deportivo (recuérdese lo que ha sucedido con los equipos de futbol, cuyos propietarios están ligados a diversos clanes del narcoparamilitarismo), las reinas de belleza, los periodistas; todos ellos se convirtieron en sujetos activos y conscientes de la “nueva cultura” y de sus “valores”: violencia inusitada, enriquecimiento fácil e inmediato, endiosamiento del dinero y el consumo, destrucción de las organizaciones sociales y sus dirigentes, eliminación de los partidos políticos de izquierda (el caso emblemático es el de la Unión Patriótica), apego incondicional a los dogmas neoliberales y al libre mercado, posturas políticas neo-conservadoras sustentadas en una falsa moral religiosa mandada a recoger hace siglos (que condena el aborto, la homosexualidad, los matrimonios de parejas del mismo sexo…).

Después de dos décadas, estos patrones culturales se han hecho dominantes a escala nacional, sobre todo después del 2002, cuando desde el Estado se presentó como algo normal y tolerable aquello que identifica al traqueto y se convirtió en la lógica cultural hegemónica del capitalismo salvaje a la colombiana. Desde ese instante, la cultura traqueta, de orígenes mafiosos, salió del closet en el que estuvo recluida durante varios años y se hizo dominante en el imaginario de gran parte de los colombianos. Lo que antes era condenado adquirió prestigio y respetabilidad, porque desde la Presidencia de la República se exaltaban como grandiosas las actitudes y comportamientos delincuenciales propios de cualquier matón de barrio, y la misma Casa de Nariño se convirtió en un nido de víboras, ocupado por delincuentes de todo pelambre, empezando por los Jefes de Seguridad, que eran testaferros del paramilitarismo, como se ha confirmado recientemente.

La prensa y la televisión se encargaron de legitimar y de presentar como aceptable la criminalidad que se implantó en los altos órganos del Estado, en el que se incluye el Parlamento, el poder judicial y el Ejecutivo. Ahora se bendice la corrupción, el robo, el despojo, el enriquecimiento, el nepotismo, y se enaltecen como héroes y salvadores de la patria a los asesinos de cuello blanco y a sus sicarios y, al mismo tiempo, se fomenta el odio, el espíritu guerrerista, el clasismo, y se adora a los “nuevos héroes” de la muerte, entre los que sobresalen los jefes paramilitares, empezando por sus ideólogos presidenciables.

En la televisión se promociona la estética traqueta (Sin tetas no hay paraíso, Pablo Escobar, El Mexicano y otras series por el estilo), con la cual se convierten en valores dominantes el individualismo, la competencia, el culto a la violencia, la mercantilización del cuerpo, la prostitución, el sicariato, la adoración a la riqueza y a los ricos, el desprecio hacia los pobres… Futbol, mujeres desnudas, telenovelas, chismes de farándula sobre las estupideces que realizan las vedettes constituyen el menú́ de imágenes y sonidos que presenta la televisión colombiana y que configura el telón de fondo de la cultura traqueta que se erige como modelo de vida para millones de colombianos que jamás saben de la existencia de un libro, de un debate de ideas, de una obra de teatro, de un poema, y de todo aquello que ilustra y hace culto a un pueblo. Como nada de esto se le ofrece a la gente a través de la televisión, ya no se soporta algo que suponga razonar, pensar, cuestionar o dudar, sino que, como borregos amaestrados, los televidentes consumen la basura mediática que se les brinda a diario, que profundiza la ignorancia de todas las clases, y se vuelve normal la persecución de todos aquellos que piensen y actúen en forma diferente a los cánones traquetos establecidos.

Desde el Estado y la televisión se tornaron dominantes en el país algunas pautas culturales que antes eran excepcionales y localizadas y, en gran parte de los colombianos, se volvió costumbre “aprovechar cualquier papayazo”, eufemismo con el que se justifica lo que produzca réditos individuales, ganancias y beneficios a costa de los demás, sin importar los medios que se utilicen para alcanzar cualquier fin. Y de esto dictan cátedra las clases dominantes de este país y el Estado, porque son las que roban a granel las arcas del erario (los Nule, los hijos de Uribe y compañía), despojan las tierras de los campesinos e indígenas a través de “prestigiosos” bufetes de abogados, como acontece con el Modelo Agroindustrial en los Llanos orientales, entregan los territorios y riquezas naturales y minerales del país a cambio de dadivas insignificantes o de un cargo en una empresa multinacional, se niegan a aplicar las decisiones de tribunales internacionales cuando les viene en gana, como sucede ahora mismo con la decisión de la Corte Internacional de la Haya.

Le “doy en la cara marica”, “fumíguelo a mi nombre”, “esa Negra Piedad hay que matarla”, “hay que aplicarle electricidad a los estudiantes” son algunas de las frases más infames de los últimos tiempos, que han sido pronunciadas por “notables” personajes desde el ámbito político o mediático, que son reproducidos en la vida cotidiana y se materializan en la violencia física y simbólica de todos los días contra mujeres humildes, indígenas y pobres en general, aunque muchas de ellas sean realizadas por pobres.

En dos ámbitos se destila cultura traqueta al más puro estilo de Pablo Escobar o Carlos Castaño: en la política y en el periodismo. En la política, ya no se necesita hoja de vida en que consten las realizaciones de un candidato en la esfera pública, sino que se exhibe un prontuario criminal sin pudor alguno, que incita a los electores a votar por los mafiosos de turno, como sucede entre la Camorra italiana.

Esto se confirma con la lista para el senado del Centro Democrático, cuyos nombres no tienen nada que envidiarle a cualquier catálogo de delincuentes y sicarios, empezando por el nombre que la encabeza. Algo similar sucede con el Procurador General de la Nación, quien muestra entre su palmarés la quema de libros con sus propias manos. Y lo peor del asunto estriba en que esos individuos, que además son terriblemente ignorantes, son respaldados por buena parte de la sociedad, para la cual esos crímenes no son reprochables sino un distintivo digno de ser imitado.

En el periodismo se ha impuesto el sicario de escritorio, que con impunidad condena a quienes no se pliegan a la lógica dominante —a muchos de los cuales sentencian a una muerte segura—, al tiempo que celebra las realizaciones de los traquetos de cuello blanco en el Estado o en cualquier actividad económica (como acontece con las multinacionales como Pacific Rubiales, La Drumond, Chiquita Brands, Nestlé… que cuentan con una cohorte interminable de plumíferos a su servicio) y aplaude y exalta cualquier estupidez, mentira o acción delictiva que realice alguno de los encumbrados personajes de la politiquería.

Al cabo del tiempo se entiende que se haya hecho hegemónica la cultura traqueta, algo así como la expresión superestructural del capitalismo gangsteril a la colombiana, el que no repara en utilizar todos los instrumentos (violentos, jurídicos, económicos) para mantener sus niveles de acumulación, que dependen de su postración ante el capital imperialista. Como esos procesos de acumulación de capital mafioso son en esencia violentos y recurren en forma permanente al despojo y a la expropiación (como se muestra con lo acontecido en la educación, la salud, la seguridad social, la tierra, el agua, los parques naturales), no resulta sorprendente que de allí se desprendiera, tarde o temprano, una cultura simétrica de tinte mafioso, en la cual se conjugan los antivalores propios del neoliberalismo económico y del neoconservadurismo político e ideológico con las pautas culturales de la delincuencia y del lumpen. Y, lo que es significativo, la cultura traqueta fue asumida por las clases dominantes de este país que abandonaron cualquier proyecto de la cultura burguesa que antes les proporcionaba una distinción cultural y un refinamiento estético —recuérdese no más aquello de que Colombia era un país de poetas, de escritores y de hombres ilustrados en el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX y que Bogotá era la “Atenas Sudamericana”—, y hoy en los encumbrados peldaños del poder económico (capital financiero, por ejemplo) predomina una vulgar lógica traqueta, que destella odio y violencia hacia los pobres.

Pero, a pesar de la represión, la censura, la persecución, en Colombia no sólo hay cultura traqueta, pues en muchos lugares de nuestro territorio, distintas comunidades preservan sus propios valores y con dignidad practican la solidaridad, la ayuda mutua, el desprendimiento, con lo que ayudan a sentar los cimientos de otro tipo de cultura y de sociedad. En esa dirección, el terreno cultural se convierte en un espacio de lucha, porque la construcción de otra sociedad requiere disputarle la hegemonía a la cultura traqueta e impulsar una contra-hegemonía, que afiance otros valores y formas alternativas de ver el mundo, tal y como sucede en otros lugares de nuestra América en donde se enaltece la vida digna y el buen vivir, como proyectos culturales en los que se enfrenta a la mercantilización, el individualismo, el consumismo exacerbado y el culto a la muerte.

– Renán Vega Cantor es historiador. Profesor titular de la Universidad Pedagógica Nacional, de Bogotá, Colombia. Autor y compilador de los libros Marx y el siglo XXI (2 volúmenes), Editorial Pensamiento Crítico, Bogotá, 1998-1999; Gente muy Rebelde, (4 volúmenes), Editorial Pensamiento Crítico, Bogotá, 2002; Neoliberalismo: mito y realidad; El Caos Planetario, Ediciones Herramienta, 1999; entre otros. Premio Libertador, Venezuela, 2008. Su último libro publicado es Capitalismo y Despojo.