Hablando Constituyente del 01 de noviembre de 2018.

Programa Hablando Constituyente, del 01 de noviembre de 2018 por TVes, moderado por Roberto Messuti, con la participación de Carlos Sierra y Alberto Aranguibel.

 

@SoyAranguibel

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¿Cuál modelo es el que sirve?

Por: Alberto Aranguibel B.

Si algo es verdad hoy en el mundo es la inminente caída del modelo capitalista. Al menos en el formato hegemónico con el que se le conoce hoy en día.

Los avances hacia la búsqueda de modelos alternativos en el comercio internacional por parte de las más grandes potencias económicas del planeta, China, Rusia, Irán, Turquía, y hasta la misma comunidad europea que hoy comienza a revelarse contra el dominio del dólar en el sistema económico internacional, dan fe de esta innegable realidad hacia la cual se dirige el mundo.

Por eso los conflictos que en este momento se libran en el ámbito internacional están signados todos por el mismo y muy particular interés del imperio norteamericano, el mayor exponente del capitalismo en la historia, por imponer a como dé lugar un modelo económico al que ya nadie quiere asociarse, salvo el propio Estados Unidos.

De ahí que su vuelta a Latinoamérica no sea en plan de promoción de nuevas formas de intercambio comercial, sino a través de la amenaza armada.

No le quedó de otra; Mauricio Macri le ha hecho la peor propaganda al capitalismo, no solo en el continente sino en el mundo entero, demostrando de la manera más cruda e irrefutable el carácter salvaje de un modelo que no solo no ofrece solución alguna a los problemas de la gente, sino que los agudiza provocando hambre, miseria y desesperanza como solo el capitalismo es capaz de hacerlo.

En Argentina, el gobierno se viene abajo sin haber sido objeto de bloqueo financiero, ni de guerra especulativa alguna en su contra, ni de manipulación internacional de su moneda, ni ser víctima del contrabando de extracción o de acciones de acaparamiento de los productos de primera necesidad, ni mucho menos de agresiones por parte del imperio norteamericano. Se está cayendo él solito.

En Venezuela, con la más arbitraria y desalmada agresión del imperio para acabar con nuestra economía, con el sabotaje permanente del sector privado, el saqueo orquestado desde Colombia, la infamante campaña mediática nacional e internacional en su contra, el gobierno sigue protegiendo al pueblo y recuperando su economía.

Si el capitalismo se derrumba sin que nadie lo perturbe y al socialismo hay que destruirlo para impedir que funcione, ¿Cuál modelo es el que sirve?

@SoyAranguibel

Lecciones que salvan pueblos

Por: Alberto Aranguibel B.

Venezuela debe ser una escuela donde todos aprendamos muchas cosas
Hugo Chávez

Desde siempre, y hasta el último instante de su vida, el Comandante Chávez insistió en la necesidad del estudio y de la formación ideológica como instrumentos de liberación. No omitió jamás en ninguna de sus reflexiones orientadas a la construcción de la sociedad inclusiva, de justicia e igualdad que la revolución se propone, la importancia del saber pensar.

Alertaba cada vez que se comunicaba con el pueblo acerca del peligro que representaba la deformación burguesa del interés por lo material sin pensar en lo humano, en lo colectivo, en lo social. “No basta con la voluntad revolucionaria –decía- es la racionalidad revolucionaria la que se impone también.”

Para él la formación se concebía no como un medio para elevar la categoría intelectual del individuo, como se asume en el capitalismo, sino como una herramienta de transformación para hacer realidad el modelo humanista bolivariano, a partir del desarrollo de la conciencia popular. “La conciencia es el resultado del conocimiento. Por eso hay que estudiar, leer y analizar mucho.”

Su eterna preocupación por habituar a las venezolanas y los venezolanos a pensar con criterio y buen juicio, se tradujo en una enseñanza practicada por más de tres lustros de ejercicio pedagógico constante (casi ininterrumpido), con el cual el pueblo se formó en las ideas del socialismo, pero también en las formas de defenderlo y de preservarlo para asegurar y perpetuar la felicidad social que el modelo se propone alcanzar.

Por eso cuando en el mundo se preguntan por qué razón la revolución venezolana es tan difícil de derrocar, por qué los cuantiosos recursos invertidos por el imperio norteamericano en desestabilizar el país no son nunca suficientes para destruir la democracia venezolana, por qué a pesar del padecimiento que, en virtud de la inmisericorde guerra desatada contra él, el pueblo sigue apoyando masivamente a la revolución bolivariana, la respuesta siempre es la misma; por el alto grado de conciencia revolucionaria alcanzado por ese pueblo.

De ahí que el ataque más brutal de los poderes fácticos del gran capital contra el país, es el que procura el quiebre ético y moral de la población, a través de un proceso de enajenación que coloca el interés por lo material, por lo insustancial y lo efímero, en el centro de la aspiración del individuo, al que se lleva a despreciar toda noción de proyecto en colectivo y todo principio de lealtad a ideal alguno de nobleza, de independencia o de soberanía. Se trata de destruir uno de los más valiosos activos alcanzados por la revolución, como lo son las enseñanzas profundamente humanistas sembradas en el alma del pueblo por el comandante Chávez.

Pero son muchas y muy poderosas las amenazas que hoy se ciernen sobre ese pueblo. El olvido del horror del cual venimos, de las causas y formas de expresarse ese horror, es solo una de esas amenazas que, entre tantas, pueden colocar una vez más al país al borde del precipicio y hacer fracasar las extraordinarias perspectivas de recuperación económica que las medidas anunciadas y puestas en marcha por el presidente Maduro auguran.

Dejarse llevar en este momento por una irracional ansiedad y una expectativa sobredimensionada, así como por la desinformación y los rumores que la contrarrevolución difunde con el claro propósito desestabilizador en función de su proyecto entreguista y vendepatria, sería exactamente lo mismo que rendirse al enemigo en medio de la batalla sin disparar ni un tiro.

Olvidar cómo empezó la vorágine, cómo actuaron sus propiciadores, cómo engañaron al pueblo haciéndole creer que era Maduro el causante de las desgracias que padecía, sería sin lugar a dudas el detonante de una coyuntura de grandes dificultades que postergaría, quién sabe si para siempre, el bienestar y el progreso que el Programa de Recuperación, Crecimiento y Prosperidad Económica comprende.

Desde el primer día del gobierno de Nicolás Maduro, el pueblo vio cómo los especuladores fueron orquestándose en un alza intempestiva y sin justificación alguna de los precios de decenas de miles de productos a lo largo y ancho del país en forma simultánea, con el propósito de desbordar la capacidad fiscalizadora del Estado y hacer ver así al presidente como incapaz para gobernar. Por eso la respuesta del sector privado a las medidas de control impuestas en aquel momento por el gobierno a los especuladores (caso Daka), en vez de ajustarse al cumplimiento de las normas, no fue otra que la masificación de la especulación.

Hoy el pueblo sabe perfectamente que no es solo con multas o con cárcel como se frena una guerra económica de las dimensiones de la que se ha desatado contra nuestro país, porque a lo largo de todos estos años de revolución, y de gobierno de Nicolás Maduro, en particular, ha aprendido que el alza de precios en los productos de primera necesidad es apenas un componente de esa perversa vorágine depredadora. Que las tenazas de esa guerra se extienden mucho más allá de los locales comerciales y abarcan no solo el territorio nacional sino el ámbito internacional donde el imperio ejerce su control del sistema financiero, de subordinación de los gobiernos lacayos a sus designios, y pone en acción su amenazante poderío militar.

Se conoce la extraordinaria capacidad de mutación que el capitalismo aplica a sus distintas modalidades y formas de ataque al sistema económico para reducir su capacidad de respuesta a los embates que procuran su destrucción. Se sabe que el capitalismo pasa de la usura al acaparamiento. Luego al ocultamiento de la mercancía. Después a la manipulación de la producción y la distribución. La generación de todo tipo de mercado negro; de divisas, de productos para el contrabando, para el bachaqueo, de sustracción del cono monetario.

Es más que sabida su perversidad en el estrangulamiento de la economía mediante acciones ilegales, violatorias del derecho internacional humanitario, como los bloqueos o las sanciones arbitrariamente impuestas al país.

Y se sabe, muy fundamentalmente, que los medios de comunicación internacionales están al servicio de la infamia, la orquestación de campañas infundadas contra nuestro pueblo, para fabricar artificialmente una dictadura inexistente en la realidad y hacerle creer al mundo que Venezuela es un país forajido cuyo gobierno participativo y protagónico tendría que ser derrocado con la anuencia de la comunidad internacional para darle paso a una modalidad de democracia neoliberal impuesta desde la Casa Blanca.

Corresponde a la revolución librar una batalla en la que las lecciones aprendidas sirvan para avanzar hacia el logro efectivo de los objetivos que se propone el auspicioso programa de recuperación económica puesto en marcha y no para retrotraernos a escenarios que la realidad nos ha probado que son definitivamente inconducentes, e incluso inconvenientes.

No volver a caer nunca más en la trampa de las confrontaciones irracionales entre venezolanos, es una primera lección. El opositor de a pie, no el de su destartalada e inoperante dirigencia, ha comprendido ya que el formato de la violencia de unos contra otros no es el camino para labrar el porvenir al que aspira el país. Eso lo demostró con su masiva participación en los cuatro procesos electorales que han sido convocados este último año y con su persistente desatención a los llamados de la derecha a recrudecer la desestabilización.

Pero el chavismo tiene que comprender también que le toca hacer valer ahora más que nunca toda la sabiduría que en buena hora le legó el comandante Chávez cuando alertaba sobre las asechanzas que debían ser sorteadas en revolución.

Corresponde, pues, a los revolucionarios, al pueblo de Venezuela, entender que la solución al alto costo de la vida, al problema del desabastecimiento y a la falta de acceso a los productos de primera necesidad, de necesaria dignificación de la calidad de vida, de justicia y de igualdad social, no es ninguna otra que el socialismo.

Que no vinimos aquí a perfeccionar el capitalismo. Ni a procurar que el modelo económico, consumista e inhumano sea el que satisfaga la ancestral sed de inclusión y de justicia social que la humanidad ha reclamado desde hace siglos. “Socialista somos, socialismo hacemos, y socialismo haremos.” al decir de Chávez.

Y, lo más importante en este momento; Que en todo ello, la confianza y la lealtad que el pueblo le brinde a Nicolás Maduro, al liderazgo revolucionario y a su gobierno, es esencial y determinante. Confianza que se ha ganado con su capacidad de respuesta como estadista frente a la adversidad. Y lealtad que se merece como digno hijo de Chávez que no se le ha rendido ni se le rendirá jamás al enemigo.

Vacilar sería perdernos.

@SoyAranguibel

Un Congreso, siete líneas y un destino

Por: Alberto Aranguibel B.

El 12 de enero de 2008, fecha de la instalación del Congreso Fundacional del Partido Socialista Unido de Venezuela, la Revolución Bolivariana había transitado ya por los caminos más intrincados e inhóspitos en su propósito de sentar las bases para un verdadero modelo de justicia y de igualdad social en el país.

Bajo la denominación de MVR, el proceso se enfrentó hasta entonces a ataques brutales y despiadados como ningún gobierno fue atacado nunca antes en nuestra historia; guerra mediática de manipulaciones y falseamiento de la realidad, acusaciones destempladas contra el comandante Chávez ante el Tribunal Supremo de Justicia, golpe de Estado con el peor ensañamiento contra el pueblo, criminal paro petrolero con saldo de más de quince mil millones de dólares en pérdidas para la nación, intento de revocatorio del Primer Mandatario, acusaciones recurrentes de fraude electoral, todo cuanto pudo hacer la oposición para tratar de derrocar al gobierno y acabar con la revolución fue intentado a través del uso de los más cuantiosos recursos económicos, políticos y mediáticos que la derecha haya usado jamás contra nadie en el país.

Sin embargo, aquel gallardo y victorioso movimiento debía replantearse, tal como el Comandante entendía que se estaba replanteando la realidad social, política y económica de una Venezuela que definitivamente ya no sería jamás la del pasado de oprobio, exclusión y desigualdad. El curso que la lucha del pueblo por sus reivindicaciones más preciadas estaba señalando, apuntaba hacia un destino promisorio que ya no era tan utópico como en sus primeros días, sino que avanzaba sobre los restos de la derruida democracia representativa, con la fuerza de la emancipación que día a día se iba gestando entre la revolución y su pueblo.

Chávez comprendió, con su prodigiosa capacidad de visualización más allá del horizonte y de la historia, que la evolución de movimiento de cuadros a partido político popular de alcance nacional, era el paso indispensable para impulsar en forma vigorosa y sostenida el modelo socialista bolivariano que con el cual la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos ya estaban más que comprometidos.

De manera casi simultánea con su nacimiento, el Partido Socialista Unido de Venezuela emprendía entonces el inmenso reto de enfrentar un proceso electoral de importancia trascendental, como lo eran las elecciones regionales para Gobernadores que estaban en puerta, en medio de la titánica tarea de hacerle llegar al pueblo los atributos y características de la nueva organización y la nueva propuesta de corte abiertamente socialista, elevando a la vez la credibilidad en los candidatos que postulaba en todo el país, para asegurar así el triunfo que era tan indispensable para la sobrevivencia de la nueva propuesta partidista, y, por supuesto, para la evolución y perdurabilidad del proyecto revolucionario.

El eslogan desarrollado por la incipiente Comisión Nacional de Propaganda del PSUV en aquel momento, recogía en una sola frase la dimensión del compromiso que asumíamos; “¡Vamos con Todo!” (que años después la írrita dirigencia opositora quiso robar para su entente antichavista).

Hoy, a una década exacta de aquel histórico acontecimiento en la vida política venezolana, el PSUV se activa de nuevo para un Congreso Ideológico de importancia excepcional, en el cual la participación directa del pueblo es probablemente el aspecto más relevante y significativo.

Exactamente igual al convulso periodo de su génesis, la derecha continúa arremetiendo contra el pueblo, tal vez con peor saña y mayor inmisericordia, y con la fuerza que nunca antes tuvo, al disponer hoy de un respaldo del Departamento de Estado norteamericano completamente descarado y sin el más mínimo respeto por el derecho internacional, que orquesta abierta e impúdicamente la criminal agresión internacional de la que es víctima nuestro país.

Frente a esa brutal arremetida, el presidente Nicolás Maduro ha dado pasos sustantivos en la lucha por impedir los estragos de la guerra sobre las venezolanas y los venezolanos. Quienes le acusan de “no hacer nada” para contener la especulación desatada por los sectores más usureros de la economía, así como por los delincuentes que juegan, nacional e internacionalmente, a la destrucción de nuestro sistema económico para sacar provecho político del sufrimiento del pueblo, dejan de lado el inmenso esfuerzo de organización en medio de la guerra que significan acciones contundentes de protección social como los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, que aseguran hoy la cobertura a más de seis millones de hogares (unos veinte millones de venezolanas y venezolanos) con una cesta de alimentos que ningún gobierno del mundo sería capaz de distribuir en medio de ninguna guerra, así como el Carnet de la Patria, que viene a resolver uno de los más perversos mecanismos de destrucción de un sistema económico cualquiera, como lo son los llamados “bachaqueros”, a quienes el Carnet de la Patria les representa un obstáculo de inviolabilidad en las políticas de subsidios directos que el Gobierno Bolivariano entrega hoy a la población a lo largo y ancho del país. Sin dejar de mencionar el Petro, como fórmula de evasión de las ilegales y criminales sanciones que hoy limitan la capacidad de pagos del Estado.

Pero los esfuerzos del Presidente Maduro no se limitan al ámbito del gobierno, sino que se apoyan en la acción de actores políticos de envergadura como la Asamblea Nacional Constituyente, en la batalla por garantizar la estabilidad a lo interno y la confiabilidad de Venezuela ante el mundo.

Por eso en su reunión con los más importantes empresarios e inversionistas durante su reciente gira por Turquía y otros países, tomó como instrumento de soporte en su intensa agenda de intercambios comerciales e industriales, la recién promulgada Ley de Promoción y Protección de la Inversión Extranjera, que la ANC tuvo a bien aprobar para facilitar la labor de recuperación económica del país en la cual está empeñado el Jefe del Estado. De ahí las Ocho Líneas de Acción Estratégica lanzadas por él este mismo mes como tareas impostergables a cumplir en esta nueva y exigente etapa de la Revolución.

Un momento excepcional de la historia, en el cual convergen de nuevo retos políticos de particular relevancia, como los que comprende el IV Congreso del PSUV en su apuesta por la construcción del poder popular desde las bases y sin alcabalas políticas de ningún tipo (tal como lo manda la doctrina chavista), y retos económicos de singular importancia que el país espera con la mayor ansiedad que terminen de concretarse en el bienestar que solo la Revolución Bolivariana puede ofrecerle al pueblo.

Congreso y Líneas Estratégicas deben ser entendidas, entonces, como un solo frente de batalla en función de un mismo destino, irrenunciable e inequívoco, como lo es el socialismo venezolano que Chávez nos legó, junto al logro de la independencia y la soberanía que hoy nos toca defender a toda costa junto a su hijo Nicolás y a la dirigencia revolucionaria que ha dado todo de sí misma para salvaguardar ese preciado sueño del pueblo de Simón Bolívar.

Se reafirma así el curso de una Revolución que vino para hacer justicia social y para quedarse por los siglos de los siglos en el alma de las venezolanas y los venezolanos.

@SoyAranguibel

Revolución Bolivariana: ¿comenzar de nuevo o ir más allá?

Por: Alberto Aranguibel B.

En su discurso de salutación al país con motivo de su reelección como Presidente Constitucional de la República, el presidente Nicolás Maduro alerta sobre el carácter histórico del proceso iniciado hace ya 18 años por el comandante Hugo Chávez, convocando a una fase de revisión profunda que condujera a retomar los principios ideológicos de la Revolución Bolivariana, para acabar definitivamente con las distorsiones que han obstaculizado el avance de la misma.

“Estamos haciendo historia –dice- todo esto es historia nueva, porque en Venezuela hay una revolución democrática, profunda, pacífica, constitucional; hay una revolución en etapa constituyente, creando y canalizando las fuerzas de la Nación por la vía política, democrática, pacífica.”

Su llamado, sin embargo, pareciera chocar una vez más contra el mismo muro de incomprensión contra el cual ha chocado desde siempre el discurso progresista en el mundo, erigido por una sociedad profundamente reticente a una verdadera transformación a fondo del sistema democrático que la humanidad ha conocido desde hace más de quinientos años.

Desde que el comandante Chávez diera aquel audaz paso de convocar al liderazgo revolucionario a emprender hacia lo interno una etapa de revisión intensiva, que él mismo denominó de las 3 erres; revisión, rectificación y reimpulso, la revolución ha asumido que las deficiencias que anidan en las estructuras de sustentación institucional del gobierno revolucionario, son solo producto de vicios endémicos que corroen la integridad ética de la dirigencia y la hacen incapaz de comprender la verdadera dimensión del compromiso.

Por supuesto que hay que reconocer la enajenación en las convicciones de aquellos que ciertamente consideran lograda la emancipación del pueblo cuando los “emancipados” son apenas ellos mismos, apoltronados como están muchos en los ampulosos despachos que circunstancialmente se les han asignado para llevar adelante una labor de servicio que a la larga devienen nada más en más problemas.

Pero reducir el mal que padece la revolución solamente a la relajación moral de la dirigencia, pareciera estar todavía muy lejos de alcanzar el nivel de una diagnosis exhaustiva del problema, que sin lugar a dudas padece el proceso, y que sin lugar a dudas debe ser extirpado desde su misma raíz si de verdad se persigue la transformación de la sociedad y no una simple recuperación de la eficiencia en la gestión pública.

“Venezuela necesita un nuevo comienzo en revolución, con revolución y para hacer revolución” ha dicho el presidente y ese debe ser el punto de partida de la reflexión necesaria a la que está llamando. Los postulados, los retos y los objetivos revolucionarios, han sido perfectamente establecidos. El comandante Chávez los expuso de mil maneras a lo largo de tres lustros de intenso debate ideológico con el pueblo. Pero, ¿está clara la hoja de ruta para alcanzar ese utópico horizonte que nos hemos propuesto desde este punto de partida que significa el modelo democrático participativo y protagónico que la misma revolución propuso como base de la transformación por construirse?

Bajo ese modelo democrático, el presidente Nicolás Maduro se ha convertido, tanto en términos absolutos como en términos porcentuales, en el presidente más votado en la historia política venezolana, después del comandante Chávez, no solo una vez sino en dos ocasiones, colocándose en las dos oportunidades muy por encima del apoyo popular alcanzado por todos los presidentes de la cuarta república.

Sin embargo, el mandatario venezolano es asumido hoy por los voceros más emblemáticos de la democracia occidental como un dictador, brutal y sanguinario, y de esa forma es presentado por los grandes medios de comunicación al servicio de esa democracia que dice responder a la más elevada aspiración de justicia social concebida por la humanidad.

No solo el espurio presidente de los Estados Unidos arremete hoy contra el mandatario que mayor respaldo popular legítimo tiene en el continente, sino personajes que jamás han sido electos por nadie, como los representantes de la Unión Europea o el Secretario General de La OEA, sobre quienes ha recaído la bochornosa responsabilidad de responder a las necesidades genocidas del imperio norteamericano contra nuestro pueblo, en nombre de esa democracia que tanto reivindican.

¿Será acaso en verdad la Revolución Bolivariana la que está fallando, o será más bien que el origen del problema está en la génesis misma de lo que pretendemos reparar para intentar hacerlo funcionar bien?

En su enjundioso libro “Una Constitución para todos”, Marcelo Koenig describe con perfecta claridad el origen del problema que enfrenta hoy no solo la Revolución Bolivariana sino la humanidad entera.

Citando a Ernesto Sampay, dice: “La burguesía consiguió la adhesión activa del pueblo bajo para derrocar al despotismo que, con los procedimientos característicos de esta institución viciosa, defendía el régimen socio-político feudal en su trance crítico; pero en seguida, a fin de contener a ese aliado circunstancial que perseguía objetivos allende a los suyos, se vio forzada a tranzar con los elementos sobrevivientes del enemigo derrotado. Tal avenencia, iniciada con el Thermidor, se consolidó en el Congreso de Viena de 1815, cuando la burguesía, salvando sus libertades económicas, aceptó compartir el gobierno con las dinastías feudales de Europa.”

“En Europa –sigue diciendo Koenig- la situación de predominio absoluto de la burguesía se extendió engendrando sus propios antagonistas: los obreros. La irrupción de los trabajadores en la historia, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX, aprovechando las libertades democráticas que había instaurado la burguesía en beneficio de sí misma, fue cambiando la escena de la Constitución real en los países europeos. Pero la amenaza de la aparición de estas luchas –de ampliación de derechos de civiles a económicos en las clases oprimidas- fue lo que hizo que la burguesía se tornara cada vez más reaccionaria, llegando incluso en muchos países a apoyar regímenes autoritarios que iban en contra de las libertades que fueron sus banderas”.

La democracia contemporánea no es sino el residuo calamitoso de un modelo ambicioso concebido por las clases dominantes para ampliar su dominio económico sobre la sociedad, pero que jamás tuvo en sus genes la sed de justicia del pueblo. Solo así es posible comprender el abominable injerto entre monarquía y democracia que en pleno siglo XXI todavía subsiste con total vigor en el continente europeo.

En defensa de esa democracia que se le vendió siempre al mundo como el modelo que aseguraría de manera perfecta la armonización de intereses colectivos e individuales en la sociedad, se han cometido y se cometen las peores atrocidades en contra del ser humano para preservar los intereses económicos de sus opresores.

Para esa burguesía que ataca hoy a la Revolución Bolivariana el problema no es de ninguna manera si el modelo democrático es representativo o participativo y protagónico, y mucho menos si su funcionamiento se ajusta o no a los criterios de la eficiencia y la idoneidad en el ejercicio del gobierno, sino que la democracia debe estar siempre al servicio de los ricos y jamás en las manos del pueblo.

En Venezuela el pueblo lo tiene perfectamente claro y eso explica la persistencia inquebrantable en su respaldo a la revolución. El presidente Maduro lo sabe y en ese sentido ha orientado la estrategia. “No creo que ninguno de nosotros vaya adelante del pueblo. No, aquí va adelante ese pueblo hermoso (y no lo estoy sublimando o mitificando, no). Es una realidad venezolana porque es un pueblo, es el pueblo glorioso de los libertadores. Además, es el pueblo que captó, que recibió la siembra espiritual de nuestro comandante Chávez.”

Ciertamente, no quepa la menor duda, hay que retomar el proyecto original bolivariano y chavista para refundar el inédito proceso de inclusión y de bienestar social alcanzado por la revolución en su primera fase. “Hace falta una gran rectificación profunda, hace falta un reaprendizaje profundo, hace falta hacer las cosas de nuevo, mejor. Hay que hacer las cosas de nuevo y mejor, más allá de la consigna, más allá del aplauso.”, ha dicho el presidente.

Hagámoslo, pues. Pero empecemos por revisar si lo que vinimos a hacer fue a satisfacer las ancestrales aspiraciones de la burguesía en procura del perfeccionamiento de una vetusta democracia que jamás resolverá los problemas de la humanidad, o si por el contrario nuestro papel en la historia es abrirle posibilidades ciertas a una nueva forma de vida, en la que los retos surjan de una nueva concepción de lo que en su momento se denominó el “pacto social”.

Es a eso a lo que aspira el pueblo.

@SoyAranguibel

¿Existe en verdad una oposición política en Venezuela?

Por: Alberto Aranguibel B.

Más allá de la incongruencia que resulta el hecho de que un sector de la población venezolana que se dice opositora acuse de incompetente al gobierno del cual ella misma forma parte en ministerios, gobernaciones, alcaldías y demás organismos públicos del Estado, en los cuales tiene participación y responsabilidades en la mayoría de las políticas que cuestiona.

Más allá de la insensatez opositora que comprende reivindicar como símbolo de lucha contra una ficticia dictadura una Constitución negada furiosamente por más de tres lustros por esa oposición, y cuyos promotores (de la Constitución) son exactamente los mismos revolucionarios a quienes acusa de dictadores.

Más allá del demencial exabrupto que significa oponerse en forma frenética a una elección por la cual esa misma oposición recorrió el mundo entero implorando por “libertad” y “democracia”, y que la llevó a tomar las calles para incendiar vivos a seres humanos que supuestamente representaban al gobierno que, según el discurso opositor, impedía la realización de esa elección por la cual tanto luchaban.

Incluso más allá del desquiciado hecho de denunciar como fraudulenta una elección que todavía no se ha llevado a cabo, y a la cual acusa de ventajista por el vergonzoso percance opositor de no haber encontrado entre ellos mismos una figura de consenso que pudieran presentar, para terminar conformándose con un candidato de relleno con el cual hay más desacuerdos que afinidades, la oposición venezolana podría ser definida como cualquier clase de fenómeno sociocultural, pero jamás como un actor político.

La llamada oposición venezolana, además de insustancial, contradictoria e incoherente, como ha sido siempre, ha rehuido de manera sistemática toda posibilidad de identificación con corriente de pensamiento alguno que permita definir con claridad su ubicación en el espectro ideológico.

No existe en los anales de la teoría política el caso de ningún movimiento, organización o agrupación partidista, que asuma como doctrina una propuesta discursiva basada exclusivamente en la difamación y la acusación infundada contra el adversario político, como es el caso de la oposición venezolana. Ni siquiera en las circunstancias en las que la confrontación entre facciones adversas pasó de lo racional a lo violento, como sucedió, por ejemplo, en la guerra de independencia venezolana, donde, a pesar de la crudeza e imprevisibilidad cotidiana del combate, el desarrollo de las ideas del Libertador no cesó ni un instante en su admirable profusión y alcance como pensador y genio de la política.

Una muy particular excepción a la elemental norma de la coherencia y de la sustentabilidad ideológica que debe regir a todo movimiento político, podría ser el caso del insólito “Movimiento Anarquista Organizado”, que en alguna ocasión me topé en la ciudad de Valparaíso, en Chile, porque es perfectamente comprensible que sin una mínima disciplina incluso los anarquistas están condenados al más estrepitoso fracaso.

Aun así, en la incongruencia puede haber legitimidad. La diversidad de las ideas no tiene que ser entendida de ninguna manera como insustancialidad o inconsistencia. En el espacio de la pluralidad ha existido a lo largo de la historia la extensa panoplia de corrientes políticas que surgieron desde la ultra izquierda más recalcitrante hasta la ultra derecha más reaccionaria, pasando por todas las formas de centralismo político que se han conocido.

Pero la autodenominada “oposición venezolana”, revisada escrupulosamente bajo el tamiz de la teoría política, no encaja, ni con mucho, en ninguna de esas variaciones o corrientes ideológicas. Que la denominación de “oposición” sea la más cómoda en términos lingüísticos, es una cosa. Que lo sea en verdad, otra muy distinta.

Cuando se examina con detenimiento el discurso opositor a lo largo de los últimos dieciocho años, se encuentra sin la más mínima dificultad que la ley física que más expresa a la oposición es aquella que enuncia que dos ondas opuestas terminan por anularse mutuamente a medida que aumenta su desfase.

La oposición no ha hecho otra cosa que anularse una y otra vez en cada escenario del debate que ella misma ha planteado en algún momento. En 2001 se opuso furiosa a la extensión de la apertura del registro electoral, aduciendo razones insustanciales. Un año después (el mismo año en que eliminaba en el decreto dictatorial de Carmona todos los cargos de elección popular en nombre de la democracia) protestaba por el cierre de ese mismo registro acusando al gobierno de cercenarle el derecho de inscripción a los nuevos votantes. La octava estrella en el Pabellón Nacional fue otro motivo de aguerridas manifestaciones opositoras que se anularon con el beneplácito por su gorra de ocho estrellas. El repudio al captahuellas en un primer momento, quedó en el olvido a la hora de acusar al gobierno de querer eliminarlo. Hoy piden a gritos que el gobierno imponga los controles de precios a los que se opuso toda la vida y pega el grito en el cielo por una inflación que ellos mismos promovieron desde Miami.

Tal como lo advirtió siempre el comandante Chávez, ideológicamente hablando la oposición es completamente nula. Es “la nada”, según las palabras exactas del líder máximo de la Revolución.

Ahora, si no se comprende que el descalabro actual de la oposición, es sin lugar a dudas un momento de excepcional oportunidad para la Revolución en términos ya no simplemente electorales sino en razón del extraordinario triunfo que significa ver difuminada a una derecha canalla que no cejó ni un segundo en su empeño por intentar exterminar al chavismo, y cuyas profundas divisiones y conflictos internos no son sino el reflejo de la derrota abismal de un sector que se hizo aparecer a sí mismo como el poderoso contendor que estaría siempre a punto de lograr acabar con la revolución, entonces no estaríamos haciendo nada confrontándolo con tanta tenacidad si llegado el momento del verdadero avance no hacemos valer el triunfo como corresponde.

En este aspecto, la Revolución Bolivariana ha mostrado serías debilidades en términos de comunicación política.

Seguir hablando todavía hoy en todos los noticieros, los programas de opinión, en los discursos oficiales y en las declaraciones de los partidos revolucionarios, de una Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que no existe, es una demostración más que innegable de esa recurrencia en el comunicacional, que quizás no tenga tanta importancia desde el punto de vista meramente semántico, pero que sí la tiene en lo que se refiere a la posibilidad cierta de consolidar la paz de la que es partidaria la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos, porque de no ser así solo reforzamos la equivocada percepción que muestra a Venezuela en el mundo como un atolladero de conflictividad política irremediable, estancado, y sin esperanza alguna de superación ni siquiera en el mediano plazo.

No se trata de desconocer con triunfalismos insensatos (como hace la oposición con el chavismo) la innegable existencia de un sector del pueblo que es opositor y que, sin llegar ni de lejos a ser mayoría, existe y se expresa, tal como lo consagra y garantiza la revolucionaria Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Pero ese pueblo opositor, cualquiera sea su número, no es la MUD. La MUD fue en un momento de nuestra historia el tinglado electorero que un sector de oligarcas mercenarios encontró oportuno para tratar de hacerse del poder y adueñarse así de las riquezas y posibilidades de las venezolanas y los venezolanos e instaurar el neoliberalismo que sumiría al país en la más insondable miseria. Algo en lo que fracasó ya rotundamente.

Si queremos que se admitan universalmente el logro y la legitimidad que representan la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, la paz que con ella se conquista, los avances del gobierno frente al infame bloqueo desatado contra nuestra economía, y el promisorio bienestar que auguran el Petro y las demás acciones revolucionarias en pro de nuestro pueblo, para asegurar así que la reelección de Nicolás Maduro sea verdaderamente incontestable, entonces es imperioso dejar claro ante el mundo que Venezuela sigue avanzando en medio de las dificultades y los obstáculos pero con rectitud y constancia.

Nos corresponde en esta hora de gran impulso revolucionario demostrar que estamos avanzando efectivamente en la construcción de una esperanza cierta de progreso, no solo en términos electorales sino en la medida en que dejamos atrás el aciago escenario de confrontación irracional en el que nos quiso sumir en algún momento una derecha que ficticiamente le hizo creer al mundo que tenía el poder de arrodillar a nuestro pueblo.

@SoyAranguibel

El voto como herramienta de liberación

Por: Alberto Aranguibel B.

“Es fundamental, en esta etapa, recuperar, reagrupar, rearticular las fuerzas dispersas, desmovilizadas o confundidas por el adversario o por nuestros errores”.
Hugo Chávez / Líneas Estratégicas de Acción Política

En la controversial serie de televisión “House of cards”, basada en la novela del ultraderechista británico Michael Dobbs y producida por la empresa Netflix para su difusión vía web, la política norteamericana es el reducto de la bajeza humana en el cual convergen en total armonía la corrupción, la vileza y la más brutal depravación, como bases sustanciales de una democracia que se presenta ante el mundo como el modelo perfecto de sociedad.

Detrás de la grotesca caricatura que por razones de rating los productores colocan como la fachada superficial de la serie, pueden captarse sin embargo los códigos de una auténtica cultura norteamericana del poder como instrumento para la construcción y la perpetuación del sistema capitalista, que en nada se parece a la democracia o a la libertad que pregona el imperio por el mundo.

En la caricatura televisiva, las elecciones norteamericanas se deciden exclusivamente por el precio de cada político y, en consecuencia, por el poder de sus líderes para movilizar de una bancada parlamentaria a la otra los inmensos capitales que eso requiere.

En la vida real, dichas elecciones son el ritual escenográfico de una auténtica “democracia totalitaria”, que suprime el pensamiento progresista con el infamante etiquetaje del anticomunismo, que impide la participación directa del elector a través de un arcaico sistema electoral de segundo grado, que niega absolutamente la posibilidad de revisión de los resultados, y que no acepta la veeduría o acompañamiento de observadores internacionales de ninguna naturaleza, con lo cual las posibilidades de verificación cierta de la intencionalidad del elector queda definitivamente anulada.

En ninguno de los dos casos, la caricatura o la realidad, lo que piensen los electores es algo que interese a los sectores hegemónicos del gran capital. Para ellos es completamente indiferente que el presidente sea republicano  o demócrata. Mientras la política (y con ello el Estado) esté en manos de esos sectores dominantes, el voto del elector no tiene la menor importancia más allá de su presencia en las tomas para la televisión concebidas para el mercadeo político.

En la realidad venezolana, la elección fue en el pasado el torneo al que asistía religiosamente el elector cada cinco años para apostar por uno o por otro candidato o partido político, sin ninguna expectativa de transformación verdadera de la economía o de la sociedad, que no fuera más allá del simbólico cambio de funcionarios de gobierno para ver, como en las loterías, si por algún prodigio del destino se producía algún mínimo logro en bienestar para el pueblo. El país estaba sujeto a la estricta dependencia al imperio norteamericano que ordenaba el Pacto de Punto Fijo.

Por eso las campañas electorales jamás fueron en nuestro país escenarios para el debate de las ideas o para la presentación al pueblo de propuestas programáticas sustantivas, sino las ferias carnestolendas en las que el fugaz abrazo farandulero con el candidato en medio de la tumultuaria festividad quinquenal era lo importante.

Los políticos cuartorepublicanos, habituados a ese frívolo ritual de la campaña electoral de la francachela y la risotada demagógica, encontraron idóneo el modelo para hacerse del poder en la medida en que, por esa cultura del insustancial contacto con el pueblo en el que el modelo capitalista no corría ningún riesgo, el elector terminó siendo valorado como factor útil en todo proyecto político.

Pedir el voto” fue entonces el medio para alcanzar el ansiado botín del cargo público al que aspiraban los adecos y los copeyanos.

Pero, la apuesta revolucionaria por el voto no tiene en lo absoluto nada que ver con esa enajenada concepción de la política que privó en el pasado.

El logro de convertir a Venezuela en la referencia mundial en participación electoral, no es fruto de un impulsivo o arbitrario afán de poder por el poder en sí mismo, sino del empeño en la construcción de la masa crítica capaz de sostener ese poder a lo largo de la transformación social y económica que se propone la Revolución.

Transformar el Estado desde lo interno es la ardua tarea que nos hemos propuesto quienes asumimos el compromiso histórico de darle la batalla al capitalismo desde sus propias entrañas. Es decir, por la vía electoral y pacífica que sigue la Revolución Bolivariana. Sin el triunfo electoral no existe posibilidad alguna de materializar de ninguna manera las bondades del sistema político que el socialismo ofrece, ni mucho menos asegurar la cohesión y movilización de las fuerzas revolucionarias que el proceso exige. Por el contrario, en un eventual revés electoral de la Revolución, la enorme capacidad del capitalismo para la alienación y el sometimiento del pueblo a través de su aparato mediático se potenciaría exponencialmente con el control del Estado, acabando en el menor lapso posible con todo vestigio de chavismo sobre la tierra.

De ahí que el Comandante Chávez no dudara en ningún momento al colocar como el Primer Gran Objetivo del Plan de la Patria, el “Defender, expandir y consolidar el bien más preciado que hemos reconquistado después de 200 años; la Independencia Nacional.

Garantizar la continuidad y consolidación de la Revolución Bolivariana en el poder”, viene a ser en la visión del Comandante la obligación más impostergable para las venezolanas y los venezolanos, no porque el aseguramiento de la inclusión social y la calidad de vida no fuera importante, sino porque sin la una (sin la continuidad del proceso revolucionario) no se obtenía de ninguna manera la otra (la justicia social).

En medio de la guerra sin cuartel que el capitalismo ha desatado contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro, la elección ha sido la herramienta que ha permitido a la Revolución Bolivariana superar la más dura prueba a la que gobierno alguno haya sido sometido, como es la de haber alcanzado la paz, en medio de la feroz asonada terrorista de la derecha, sin disparar un tiro. Una estrategia que le ha valido ser hoy el líder revolucionario en el Continente que ha obtenido más triunfos sobre la derecha.

La posibilidad cierta de continuar en el camino de la transformación social y económica emprendida por el Comandante Chávez, está determinada en este momento por la posibilidad que la Revolución tenga de demostrar ante el mundo la solidez del respaldo popular del que goza.

El Comandante Fidel Castro se refirió en 2010 a esa importancia de las elecciones venezolanas (en aquel momento para la Asamblea Nacional) en estos términos: “Les digo simplemente lo que haría si fuera venezolano. Me enfrentaría a las lluvias y no permitiría que el imperio sacara de ellas provecho alguno; lucharía junto a vecinos y familiares para proteger a personas y bienes, pero no dejaría de ir a votar como un deber sagrado: a la hora que sea, antes de que llueva, cuando llueva, o después que llueva, mientras haya un colegio abierto. Estas elecciones tienen una importancia enorme y el imperio lo sabe: quiere restarle fuerza a la Revolución, limitar su capacidad de lucha, privarla de las dos terceras partes de la Asamblea Nacional para facilitar sus planes contrarrevolucionarios, incrementar su vil campaña mediática y continuar rodeando a Venezuela de bases militares, cercándola cada vez más con las letales armas del narcotráfico internacional y la violencia. Si existen errores, no renunciaría jamás a la oportunidad que la Revolución ofrece de rectificar y vencer obstáculos.”

En las elecciones de 2015 hubo muchos que no se enfrentaron a las lluvias ni cruzaron ríos crecidos y ganó la derecha, encendiendo la vorágine de la guerra que causó tanta muerte, tanto dolor y tanta desestabilización económica. La misma desestabilización que todavía hoy agobia a las venezolanas y los venezolanos con el astronómico incremento del costo de la vida.

En 2017, con motivo de la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, el pueblo cruzó ríos y montañas para no dejar de votar, y se alcanzó la paz que permitió emprender el complejo proceso de saneamiento de la economía en medio de las dificultades persistentes.

¿Quedará alguna duda de la importancia del voto en medio de esta crisis que la derecha nacional e internacional ha desatado contra nuestro pueblo?

No. No se trata de “Pedir el voto” al estilo de los adecos. Se trata de “Garantizar la continuidad y consolidación de la Revolución Bolivariana”, tal como lo manda el Comandante Chávez en el Plan de la Patria.

Y como lo dice Fidel desde su infinita estatura revolucionaria.

@SoyAranguibel

Aranguibel con Padilla. “El problema más grave en Venezuela es comunicacional”

En conversación con el periodista Iván Padilla Bravo en el programa Todos Adentro, Alberto Aranguibel reflexiona acerca de la importancia del medio de comunicación en la sociedad actual y el rol que desempeñan las redes sociales en esa nueva realidad mediática que atenta más que ningún otro factor contra la noción de democracia que ha conocido la humanidad hasta ahora.

Roberto Cobas Avivar desmonta propuesta neoliberal de Víctor Álvarez

Víctor Álvarez: ¡Yo también me sumo, contra la Revolución todo vale …!

Por: Roberto Cobas Avivar

“La economía es algo demasiado serio como para dejárselo sólo a los economistas”

Y cómo mejor darle al Gobierno revolucionario y al pueblo sino donde más le duele, en la economía. El papel, como sabemos todos, aguanta todo lo que se le escribe. Pero el pensamiento crítico revolucionario no aguanta todo lo que lee. Entonces, crucemos espadas por la Revolución Bolivariana.

No es el primer texto dónde el economista Víctor Álvarez intenta la contaminación liberal de la economía bolivariana. Adjetivo de “bolivariana” la economía no para definirle una doctrina que aún no tiene – a ello iré – sino para subrayar que es una economía en revolución, debatiéndose dentro del corrupto modo de producción capitalista “venezolano”, en medio de la brutal lucha de la muy reaccionaria clase burguesa y oligárquica criolla por el poder político del estado que, ahora con la Constituyente, se exacerba porque amenaza con escapársele definitivamente de las manos.

En esta lucha contra la Revolución Víctor Álvarez nos viene con el cuento económico de Noruega. Qué mejor ejemplo que el del “capitalismo escandinavo/nórdico” que, según los frustrados apolegetas anti marxianos de “izquierda”, es donde el postcapitalismo deveras se abre camino. Esa postverdad que nos viene a decir la mentira de que más allá del capitalismo lo que se adviene es un espacio socioeconómico y político desconocido. Sálvenos Dios de insinuar que el materialismo histórico marxiano nos identifica ese espacio como socialismo, es decir, la negación dialéctica del capitalismo.

Noruega le viene a Venezuela como anillo al dedo. ¿Qué hizo Noruega con el petróleo que no ha hecho Venezuela? – cuestiona con el título de su texto a Venezuela bolivariana el economista liberal Víctor Álvarez. Para su no solapado ataque al Gobierno revolucionario tira del cacareado Fondo Noruego de Petróleo. Señalo aquí de paso que la idea de este Fondo no ha sido blandida contra el Gobierno bolivariano sólo por Víctor Álvarez, lo hace también el economista auto considerado marxista Manuel Sutherland, asumiendo el pensamiento liberal de la economía política burguesa que receta como pananceum el llamado instrumentario económico anticíclico: ahorrar en el periodo de las »vacas gordas« para tener cuando llegue el periodo de las »vacas flacas«. Como los precios del petróleo responden a un comportamiento cíclico, según estos economistas, y como Venezuela depende del petróleo, la economía debería someterse a ese juego, cuya perversidad, asumen dichos economistas, no es de naturaleza política, sino puramente económica.

“El petróleo no es una herencia sino una deuda con las generaciones futuras” – nos ilustra Álvarez. Aquí la elemental miopía económica liberal traiciona a este intelectual otrora revolucionario. Sencillamente, no hay tal deuda con las generaciones futuras cuando la renta petrolera se invierte en programas de desarrollo social y económico. Sin esas inversiones esas generaciones estarían endeudas como lo han estado durante todos los gobiernos de la república burguesa. Pero no contento con tan aviesa afirmación, nuestro economista acto seguido ataca: “Desde que apareció el petróleo en Venezuela, la dirigencia política ha demostrado su incapacidad para asegurar un uso inteligente de la renta petrolera”.

Obsérvemos lo que nos dice este economista, nada menos que el uso de la renta petrolera en la inversión social no es un uso inteligente de la misma. “Qué dirigencia más poco inteligente esa dirigencia chavista. Desde Chávez hasta Maduro. Qué incapaces”. Estos economistas de laboratorio pierden la noción de tiempo y espacio. El espacio es Venezuela, sumida en un atraso social que condena a no menos del 80% de la población a la subsistencia en la exclusión socioeconómica, la pobreza y la miseria. En un estado de indigencia socio-material colindando con uno de los sometimientos culturales neocoloniales más aviesos que conocemos en América Latina. El tiempo es el que lleva la Revolución empujando la transformación de esa sociedad, apenas 18 años. Salvar la deuda social con el pueblo en ese espacio y ese tiempo es lo que define a la Revolución bolivariana como un proyecto humanista, un proyecto decididamente progresista.

El Fondo Petrolero Venezolano de la Revolución ha sido un fondo de activos sociales, no de pasivos económicos esperando por los ciclos que dicte la economía capitalista. En el tiempo de estos 18 años la transformación social del espacio venezolano rompe con todo el tinglado teórico-práctico de la economía burguesa a la que se sujetan como a una brocha gorda los mencionados economistas. ¿Cómo se le ve la costura gruesa al ataque contrarrevolucionario economicista?, pues cuando se constata que en la propia certidumbre del pensamiento económico burgués la educación y la salud, su decidida proyección cualitativa al conjunto de la sociedad, constituyen los pilares del desarrollo económico de un país. En un país de analfabetos, famélicos y enfermos no hay desarrollo integral económico que valga. Pero he aquí que el ejercicio económico humanista de la Dirección de la Revolución bolivariana es propio cuasi que de incapacitados mentales para estos supuestos economistas.

El economista anti liberal -sin llegar a ser marxista– Rafael Correa, ex presidente de Ecuador y líder de la Revolución Ciudadana que saca a su país del círculo vicioso de la economía capitalista, atacado con el mismo argumento del fondo petrolero noruego anti cíclico, no dejaba sobre sus pedestales las cabezas liberales que lo increpaban. Vamos a ver, el país está ante una necesidad alarmante de inversiones sociales, entonces decide guardar bajo el colchón un dinerito para cuando lleguen tiempos aún peores, calculando tener entonces con qué responder. Mientras tanto, teniendo esos fondos congelados, no se sabe, tendríamos que acudir a préstamos externos para avanzar las inversiones sociales y económicas que con urgencia necesitamos. De locos los economistas liberales burgueses.

Víctor Álvarez nos dice que no, que no hay que prestarse de nadie. “Los recursos del Fondo Noruego son invertidos en el exterior en bonos, valores, acciones, etc. y sus rendimientos son utilizados como recursos complementarios del Presupuesto Nacional”. De modo que los fondos ahorrados por la renta petrolera los invertimos en el casino financiero esperando que siempre, como afirma en el caso de Noruega, rindan buenos dividendos. Y Álvarez invita a Venezuela a hacerse dependiente de un casino, cuya astronómica acumulación de dinero responde sólo en un 10% a la economía material del mundo. Ese otro 90% es dinero ficticio, especulativo, que mantiene a la economía mundial en estado de implosión latente. Este detallito no llama la atención a los economistas que pretenden dictar cátedra de economía al Gobierno bolivariano.

Y entonces, se concluye alegremente que a los inteligentes noruegos la jugada les sale porque “se cumple a partir de unas reglas muy rigurosas y estrictas que evitan la inyección súbita de la renta petrolera en la circulación doméstica, evitando así el círculo vicioso de sobrevaluación-inflación que caracteriza a la economía venezolana”. Lqqd (lo que queríamos demostrar, en matemática).

Estimados economistas liberales, la economía venezolana no se caracteriza por el “círculo vicioso de sobrevaluación-inflación” que Uds. le achacan. La economía venezolana se caracteriza por la corrupción del modo de producción capitalista rentista que aún pervive. No tenemos un modo de producción socialista en Venezuela. Venezuela, la sociedad, está bajo el maltrato de la economía capitalista. Esa que, Ud. bien lo conoce Víctor Álvarez, es propietaria de las capacidades productivas que generan más del 70% del PIB. Anteriormente esos capitalistas eran los reyes del mercado porque el mercado no era social sino absolutamente privado. Hecho a la medida del poder de compra de la clase burguesa y cada vez menos de la llamada “clase media” que se venía empobreciendo al golpe del enriquecimiento de las clases altas, aristocracia y oligarquía. Pero cuando la Revolución empodera socialmente a las mayorías preteridas con un poder de compra ampliado, resulta que esa economía de mercado capitalista rentista, incapaz de producir como Marx indica, se va rapidito a la especulación anti económica como su Dios mercado manda. La presión inflacionaria que desata el acceso del pueblo a la renta no deviene oportunidad inversionista para los capitalistas venezolanos. Porque la economía capitalista venezolana ha sido y sigue siendo una economía compradora, según la caracterizara y definiera en términos de economía política ya hace mucho Marx. Venezuela ha cosechado el capitalismo comprador. Su burguesía apropiada del capital ha sido lo que sigue siendo: una burguesía compradora. Tuvieron y siguen teniendo el Minotauro petrolero a su favor. Lo que a todas luces dice que la revolución bolivariana aún no se radicaliza.

No es, por consiguiente, un problema de fondos petroleros. Venezuela, a diferencia de Noruega, invierte los ingresos de la renta petrolera en salud, alimentación, inversiones, vialidad y la creación de fondos para los venezolanos, como el Fondo Independencia 200, Fondo Simón Bolívar para la Reconstrucción Integral, el Asfalto y el de Empresas de Propiedad Social (EPS), además de las contribuciones al de Desarrollo Nacional (Fonden) y al Fondo Chino, por sólo indicar el espectro de los fondos venezolanos creados con el aporte de la renta petrolera, sin entrar en sus detalles. Lo que lastra la economía venezolana es un problema estructural. La renta petrolera no ha podido tener mejor uso que el que le está dando la Dirección de la Revolución, el Gobierno Bolivariano. Cuando llegaron las “vacas flacas” con la actual crisis de los precios del petróleo, inducida en esencia por los EEUU, el nivel de la inversión social en Venezuela no disminuyó. Recalquemos que se trata de inversión social y no gasto social, tal como asumen los economistas liberales. Es decir, es aquella inversión que está llamada a dar también los réditos económicos que necesita el país, recomponiendo el tejido social y desenvolviendo su capacidad educacional e intelectual de frente al desarrollo tecnológico de la economía.

Cuando la economista Pascualina Curcio demuestra en sus investigaciones y análisis el entramado de causas y efectos que desequilibran la economía venezolana los economistas liberales tipo Álvarez o Sutherland hacen oídos sordos. No se atreven al debate de mérito. Persisten en sus elucubraciones sobre los ciclos de la economía de mercado y las recetas fondomonetaristas para atemperar los desequilibrios. Hablan de hiperinflación creada por el Gobierno bolivariano, a pesar que la inflación desmedida ha sido una característica de la economía capitalista pre revolucionaria. Sencillamente hacen coro al falseamiento de la realidad económica de Venezuela que promueven los centros de poder financiero con el FMI a la cabeza.

En su artículo “Venezuela’s Inflation – Zero Hedge Repeats the Errors Printed Ad Nauseam in the Financial Press” [La inflación en Venezuela – Zero Hedge repite hasta el cansancio los errores de la prensa financiera], Steve H. Hanke, renombrado profesor en economía especializado en el estudio de los fenómenos de la inflación y la hiperinflación -un fervoroso apologista de la trasnochada economía neoclásica y militante enemigo del proceso bolivariano en tal grado que el libélulo anti económico DolarToday lo tiene como referente para sus especulaciones- demuestra que en Venezuela no existe hiperflación. La tasa anualizada en el 2016 se comportaba realmente algo por debajo del 100%, habiendo tenido un pico de algo más al 800% para agosto del 2015. Este profesor de economía no se inhibe en indicar que en Venezuela la alta tasa de inflación es inducida por la especulación, en lo que viene a coincidir con los análisis de Pascualina Curcio. “A la prensa financiera no se le debe creer el 95% de lo que dice”, remata este estudioso.

“Una entidad de referencia que sigo –expone Hanke– como el Cato Institute usa los tipos de cambio del mercado negro (léase “libre mercado”) y el principio de paridad de poder adquisitivo (PPP en inglés) que se traducen en un estimado de la tasa de inflación altamente preciso”. Fijémonos que aún este profesor acoge en la ecuación la variable del precio del libre mercado, es decir, una variable no-explicatoria como la conocemos en economía matemática, no independiente, sino consecuente, dependiente. Es una variable dependiente puesto que el precio negro, el del llamado “libre mercado”, es producto de la especulación inducida, no del movimiento real de la economía. Aún así el cálculo de la tasa de inflación del Instituto Cato da un resultado muy lejos de la supuesta hiperinflación con que los mercados financieros atacan a Venezuela. Venezuela, no olviden, tiene que ser pase lo que pase un país de alto riesgo para los inversionistas (léase: prestamistas especuladores) extranjeros. Ha de tomarse nota que la introducción del sistema DICOM incorpora un factor nuevo contra la especulación cambiara. De tal modo tendrá que variar la metodología de cálculo de la inflación venezolana del prestigiado Cato Institute, si es que quiere seguir siendo fuente de estimación “altamente precisa”.

“Contrario a lo que ha pasado en Venezuela, el Parlamento noruego legisló para utilizar el excedente del petróleo como estabilizador de la moneda nacional y lograr una baja inflación” -nos cuenta poco menos que fascinado Víctor Álvarez. Vaya, el excedente de petróleo en función de la política monetarista liberal en su lucha contra la inflación. Toda la doctrina liberal de los Bancos Centrales capitalistas que vienen hundiendo hasta las economías de los países más desarrollados industrialmente. ¿Porqué no actúa así el Gobierno revolucionario de Venezuela venezolano?. Pues porque que así lo determina la incapacidad del “gobierno de turno para (poder) gastar discrecionalmente la renta petrolera”, concluye avispado el economista.

Álvarez continúa cuesta abajo en la rodada ya de tufo neoliberal. “Para evitar un impacto negativo, está prohibido invertir en compañías que operen en Noruega” – elogia la política económica de dicho país. Vamos a traducirlo. Lo que se restringe es la inversión directa de capital (ID), es decir, la única que propicia el desarrollo tecnológico de las fuerzas productivas del país receptor, en nuestro caso, Venezuela. A cambio, encomia Álvarez la inteligencia noruega, “las inversiones deben ser realizadas en el exterior (…)”, vaya, en el casino financiero, ya que “solo los rendimientos de las mismas son los que pueden ser inyectados a la circulación interna para complementar el Presupuesto Nacional”. Toda una apología de nuestro economista a la inversión financiera especulativa. Con economistas amigos como estos, la economía venezolana no necesita economistas enemigos. A los economistas liberales venezolanos se les tienen que escapar los detalles, si de Venezuela se trata. El Presupuesto Nacional venezolano se nutre en esencia de la recaudación impositiva de la economía real interna (ca. 90% en 2017). Estos recaudos vienen superando con creces los planes de ingresos fiscales del Gobierno. Puede asegurarse que la renta del petróleo constituye un ingreso extra al Presupuesto Nacional. Es un rubro de exportación que viene a sustituir la incapacidad de la propiedad privada capitalista venezolana, dominante en la producción, para generar las exportaciones del país. De ahí el uso intensivo de la renta petrolera en los programas de desarrollo social y económico.

El grado de manipulación economicista y especulación política de Álvarez es ofensivo contra la inteligencia ajena. “Si el propósito del Fondo (petrolero noruego) es asegurar que la riqueza petrolera asegure la calidad de vida de los pensionados y de las generaciones futuras, las inversiones deben estar en armonía con el desarrollo sustentable, la protección del medio ambiente y la responsabilidad social”, se explaya el economista. Bueno, el hecho es que la economía social venezolana que apenas se edifica viene a asegurar con la Revolución la calidad de vida de los pensionados que por primera vez tienen acceso a una renta de jubilación universal, independiente de lo que mal les aseguraría la dependencia al mercado capitalista de trabajo. ¿Y en cuanto a las generaciones futuras? El economista liberal nos dice que la inversión social nada tiene que ver con eso.

Más aún, estos liberales aseguran que la inversión del estado en la economía solamente genera déficit en sus cuentas, y esto sabemos, para el pensamiento liberal es pecado capital. El pan de hoy es siempre hambre para mañana. Vale la pena una leída del análisis deconstructivista de esta falacia económica burguesa que hace el renombrado economista marxiano Michał Kalecki. Cuando hoy el Gobierno bolivariano invierte en el desarrollo de las infraestructuras con recursos de la renta petrolera y acudiendo a su capacidad de endeudamiento (capacidad demostrada por el estricto cumplimiento de dichos compromisos con la banca internacional, sin que ello afecte los planes de desarrollo socioeconómico), eso es solo gasto insolvente del estado, y no una inversión de futuro para la economía y el desarrollo social de las próximas generaciones. El “keynesismo bolivariano” no tendrá nunca rating para las calificadoras de riesgo y los fondos buitres. El estado revolucionario está llamado a perecer por fuerza de las falsas leyes de la economía de mercado capitalista. La economía venezolana habrá de seguir bajo la bota de la propiedad privada del capital y su instinto especulativo de ganancia.

El capitalismo no cree en lágrimas. No hay fondos que valgan, salvo los de inversiones especulativas promoviendo cuántas burbujas, ciclos y crisis se les antojen. La economía de la Noruega de Álvarez -nos dice un informe encargado a un grupo de expertos por el Consejo Nórdico de Ministros de Finanzas ya en 2015- “padece una suerte de enfermedad holandesa: un camarero cobra el doble de lo que ganaría en cualquier otro país de Europa, la productividad no avanza, el precio de la vivienda se ha disparado y el endeudamiento de las familias es altísimo. El propio gobernador del Banco Central noruego advirtió hace poco de los riesgos provocados por el desplome del crudo. Y con la vista puesta en el medio plazo recetó una devaluación salarial al tiempo que el Estado se ajusta el cinturón (recortes sociales neoliberales) con el fin de compensar el declive de los ingresos del petróleo”. El neoliberalismo, como en su retorno a América Latina, está ahí, sediento.

La economía venezolana está ante la imperiosa necesidad de un cambio revolucionario estructural. No es un cambio cualquiera. Es un cambio de paradigma político. Meterse de lleno en la senda de la revolución socialista. Hacia ese postcapitalismo que sabemos no puede ser otro que socialismo. El paradigma socialista no se consigue hirviendo los trapos capitalistas de la economía burguesa a ver si se desinfectan. El cambio significa la construcción de un nuevo modelo de economía, economía social, donde las leyes del mercado y la propiedad privada del capital dejan de funcionar bajo la lógica interna de reproducción del capital. A esas “leyes” se les suprimen las bases materiales para que mueran por asfixia irreparable.

La transición es de la economía soportada en la propiedad privada a la economía movida por la propiedad socializada. De la economía del capital a la economía del trabajo. De la economía del dinero a la economía de los recursos renovables. De la acumulación capitalista a la acumulación social de capital. Del crecimiento económico consumista al crecimiento equilibrado y sustentable ecológicamente. La transición es del capitalismo al socialismo, tal como puntualiza el líder de la Revolución Hugo Chávez; puesto que “la economía política tiene que abarcar la economía social” (les aclara Chávez al pueblo y a los economistas – discurso en Maracay 2009).

Ese es el horizonte en que debe proyectarse el pensamiento económico revolucionario creador, por el socialismo. No es la lucha por domar los ciclos del capitalismo, la lucha es por eliminar la economía burguesa, por cambiar el modo de producción e intercambio capitalista. De ahí la importancia de la Constituyente convocada por el Presidente. Nicolás Maduro. No puede ser otra que una Constituyente por el socialismo.

Roberto Cobas Avivar Roberto Cobas Avivar

Aranguibel en VTV: Problemas de Venezuela se resuelven con más socialismo

Noticiero Digital / 31 mayo de 2017.- El analista político Alberto Aranguibel insistió este miércoles que la única manera de resolver los problemas del país es “con más socialismo”. En ese sentido, resaltó la importancia de la Asamblea Nacional Constituyente.

Así lo dijo en el programa Encendidos, que transmite VTV.

“Si algo ha sucedido hoy en Venezuela desde hace ya algún tiempo, es que los problemas que se han acumulado, que está padeciendo el pueblo, que efectivamente está pasando por una coyuntura muy difícil, muy dolorosa (…) están determinados fundamentalmente por dos factores”, comentó.

Indicó que uno de los factores es el fallecimiento del expresidente Hugo Chávez. “Eso desató la furia de un sector del capital privado (…) Ellos creían que se había liberado la economía y se desató una ola especulativa espantosa que hizo que todo el sector incurriera en una práctica especulativa que empezó a generar distorsiones muy graves en la economía, y que a su vez fueron generando otras distorsiones sucesivas que se fueron acumulando”.

“Hubo gente que pensó en un momento determinado que la solución era a través del voto en la elección de la AN y ahí se cometió un error gravísimo que llevó al segundo problema (…) Mucha gente creyó que hacía falta un contrapeso al Gobierno desde el punto de vista político. La gran mayoría de la gente no votó por Ramos Allup para que fuera presidente ni votó por Julio Borges para que fuera presidente, votaron para que hubiera una AN que le hiciera contrapeso político al Gobierno, esa fue la visión”, enfatizó Aranguibel.

En su opinión, “lo que resuelve el problema de Venezuela es más socialismo, y la manera expedita, rápida, el camino rápido fue el que creó Chávez; el de la profundización de la democracia (…) y esa es la oportunidad que nos está trayendo el presidente Nicolás Maduro con el llamado a Asamblea Nacional Constituyente”.

Apuntó que el sector opositor “no es democrático” y afirmó que “no quiere elecciones (…) Ellos necesitan una mega elección para cantar un fraude, provocar un estallido social y una intervención extranjera en el país”.

Sentenció: “No debemos aspirar a perfeccionar el capitalismo, porque el capitalismo es el que trae padecimientos a la humanidad que no se han podido solventar sino que por el contrario generan más miseria para poder asegurar el crecimiento empresarial que ellos dicen que es el desarrollo eficiente de la economía”.

Fuente: Noticiero Digital

El viejo camuflaje de la derecha y el discurso de un presidente verdaderamente revolucionario

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 18 de enero de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La democracia deja de funcionar cuando la gente siente que el sistema está al servicio de los ricos, de los poderosos, o de algún interés específico” Barack Obama

En la modesta tumba de Carlos Marx en el cementerio de Highgate, en la ciudad de Londres, los huesos del creador del socialismo científico tal como lo conocemos hoy deben haber estallado entre una polvareda de células petrificadas y desvencijados ropajes sepulcrales, en el instante mismo en que la betancuriana voz del secretario general de Acción Democrática tronaba amenazadora en la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela, proclamando: “Yo no soy neoliberal… ¡Y tengo obra escrita!”.

Sin permitir ni un instante la necesaria recuperación del aliento de la concurrencia y del mundo entero que presenciaba estupefacto por radio y televisión el desafuero del veterano parlamentario luego del mensaje a la nación ofrecido por el primer mandatario, Nicolás Maduro Moros, Ramos Allup (completamente de polizón en la cadena nacional presidencial) remataba su pueril perorata de tartamuda y nerviosa pero divertida egolatría con el apotegma “¡Obra escrita que muchos académicos de izquierda consultan!”

Apenas cuatro días antes, el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica (y máximo exponente del neoliberalismo en el mundo) presentaba su saludo anual al congreso de esa nación, en el que exponía a cabalidad la que perfectamente pudiera denominarse la doctrina Obama de la impudicia y el caradurismo, apoyada en el mismo recurso al que apela el presidente de la Asamblea Nacional de usar un esquema discursivo de izquierda que le permita lograr algún nivel de credibilidad y resonancia entre la audiencia.

Atónita, la humanidad escuchó en boca del primer presidente negro del imperio norteamericano, la grotesca arrogancia de un emperador insolente y desalmado como nunca antes ha conocido la humanidad. A las desconcertantes preguntas de tono claramente socialistoides con las que iniciaba su discurso (“¿Cómo le damos a cada uno una posibilidad justa de tener oportunidades y seguridad en esta nueva economía?¿Cómo haremos para que la tecnología juegue a nuestro favor y no en nuestra contra, especialmente cuando se trata de resolver los desafíos más urgentes como el cambio climático?¿Cómo haremos para garantizar la seguridad de Estados Unidos y liderar el mundo sin convertirnos en la policía mundial? Y por último, ¿Cómo haremos para que nuestra política refleje nuestras mejores virtudes en vez de nuestros peores defectos?”) el mismo mandatario respondía sin ambages de ninguna naturaleza cosas como: “En la economía global, las empresas pueden radicarse en cualquier lugar y están sujetas a una competencia más dura. Como consecuencia, los trabajadores tienen menos influencia para conseguir aumentos de sueldo. Las compañías tienen menos lealtad hacia sus comunidades. Y los ingresos y la riqueza se concentran cada vez más en las capas más altas de la sociedad. Debemos procurar que los trabajadores sean accionistas de las empresas.”

En franco reconocimiento del fracaso del capitalismo, Obama no tiene escrúpulo alguno en afirmar que “A una familia trabajadora se le ha hecho más difícil salir de la pobreza, se le ha hecho más difícil a los jóvenes comenzar sus carreras y más duro para los trabajadores poder jubilarse cuando lo desean.” Exactamente igual a lo dicho por Hugo Chávez durante más de quince años y por lo cual fue proscrito por el imperio hasta conducirle al deceso.

Una tras otra, las consignas de inspiración eminentemente comunistas salpicaban a la incrédula audiencia que no comprendía cómo el más poderoso hombre del imperio más neoliberal de la historia se atrevía a retar al capitalismo con enunciados como “Tenemos que hacer que la universidad sea asequible para todos los estadounidenses. Porque ningún estudiante que trabaje duro debería estar endeudado.” ¿Qué habrá pasado en ese instante por la mente del expresidente de Chile, Sebastián Piñera, que a tanto estudiante reprimió por muchísimo menos que eso?

Con un cinismo sin precedentes en la historia, Obama invita a “sacar el dinero de la política”, pero no explica qué pasará entonces con el descomunal presupuesto armamentista del que él mismo se jacta (“Gastamos más en nuestras fuerzas militares que las siguientes ocho naciones juntas. Nuestras tropas son las mejores fuerzas de combate de la historia del mundo”) ni cómo va a hacer para sostener su política exterior injerencista sin el financiamiento cada vez más cuantioso que su Departamento de Estado hace en desestabilización de gobiernos y regímenes a lo largo y ancho del planeta a través de organismos como la NED y la USAID, por citar solo dos de los más importantes.

El farsante se desgañita en esa misma comparecencia ante el congreso con una delirante exaltación de la guerra y del uso dispendioso de ese presupuesto militar, incluso sin autorización de los senadores y representantes, porque en definitiva su naturaleza imperialista no puede ocultarse. “Estamos entrenando, armando y apoyando a las fuerzas que poco a poco están reclamando territorios en Irak y en Siria […] el pueblo estadounidense debería saber que con o sin la intervención del Congreso, ISIS aprenderá las mismas lecciones que los terroristas que vinieron antes que ellos. Si dudan del compromiso de Estados Unidos —o del mío— para vigilar que se haga justicia pregunten a Osama bin Laden.” El rey Felipe II solía decir que “En España nunca se pone el sol” para referirse a la extensión de su imperio, que en su mayor auge llegó a abarcar hasta los cinco continentes, expresando su poderío con dignidad y estatura pero sin la repulsiva soberbia y la insolente desfachatez del demagogo de la Casa Blanca.

A través del engaño y la usurpación es como la derecha ha pretendido captar el favor del pueblo. En ello la demagogia no es un simple recurso discursivo sino un vulgar camuflaje.

El presidente Maduro lo sabe y por eso lo advirtió en su mensaje al país esta semana, al atajar la previsible cantinela del diputado Ramos y el desatino de toda la bancada opositora que pretende hoy asaltar las conquistas revolucionarias con malabarismos legislativos de seducción mercadotécnica, cuando denunciaba la estrategia de recomposición del discurso de la reacción en Latinoamérica (a la que le reconoce con gallardía que ha tomado un nuevo aire), en los mismos términos en que lo hizo el Comandante Chávez, quien alertó en todo momento sobre la impostura de una oposición inmoral y sin escrúpulos que de manera calculada ofrecía el relanzamiento de las Misiones y el logro del bienestar social alcanzado en revolución como una promesa del modelo neoliberal hacia los pobres, en un claro intento de esconder tras el sofisma del lenguaje izquierdoso la perversión del capitalismo.

Llamar a la paz verdadera (que no la “pax romana”, como dice Ramos) no es concebible sin justicia social ni invocando a los ejércitos para acabar con naciones y civilizaciones enteras que no se arrodillen a los designios de los imperios.

Llamar a la paz es hacer lo que ha hecho el actual gobierno desde el primer día, convocando al país a una auténtica cruzada en pro de la concordia y la armonía entre los venezolanos, sin intervencionismos ni guerras mediáticas o corporativas de por medio que promuevan el odio o el estallido social, y sin falsos discursos populistas que reivindiquen politiqueramente como suyos los grandes logros revolucionarios de un pueblo al que han agredido y humillado con la mayor indolencia durante tanto tiempo.

Frente a la hipocresía y al oportunismo de la derecha, Maduro enrostra la verdad revolucionaria y persiste sin titubeos en la inflexibilidad del proyecto chavista. Con admirable coraje y sentido autocrítico asume el inmenso reto de las dificultades para dejar clara su persistencia en el proyecto chavista de justicia e igualdad más allá de cualquier circunstancia, enarbolando orgulloso el Plan de la Patria y el compromiso irreductible de su gobierno en función de los pobres.

El hijo de Chávez puede hacerlo con la frente en alto porque, tal como lo ha dicho, no usurpa el discurso de nadie. “Los revolucionarios nos caracterizamos por la objetividad, por la fuerza, el optimismo.”

Es la diferencia entre un modelo humanista, fundamentado en la verdad histórica de los pueblos, y la falsedad y la impostura oportunista de un neoliberalismo mentiroso, desvergonzado y sin pudor.

 

@SoyAranguibel

Como Ustedes Pueden ver del 13 12 2015

Roberto Hernández Montoya y Alberto Aranguibel analizan en el programa “Como Ustedes Pueden Ver”, que transmite Venezolana de Televisión, los resultados de las elecciones parlamentarias del 6-D, desde una óptica inusual y extraordinaria.

Aranguibel en CNN: “La revolución no la hace la Asamblea Nacional sino el pueblo”

El analista político venezolano Alberto Aranguibel en conversación con la periodista Alejandra Oraa en el programa Café CNN sobre el panorama electoral previo a la elección parlamentaria del 6 de Diciembre, sostiene que en Venezuela, además de una revolución de corte socialista, se está construyendo un avanzado modelo de democracia participativa y protagónica, en lo que la Asamblea Nacional, como todos los demás poderes del Estado, juega un papel importante. Tener un parlamento adverso a esa transformación -sostiene- significaría una degradación y un retroceso a todo lo avanzado hasta ahora en ese sentido.

El viejo truco de pretender asustar al pueblo

– Publicado en el Correo del Orinoco el 30 de noviembre de 2015 –
Por: Alberto Aranguibel B.

Quizá lo que los induce a error sea precisamente la sencillez del asuntoLa Carta Robada

Sostenía Edgar Allan Poe, el padre del género del terror en la literatura, que el miedo es solo el estado emocional que precede a todo aquello a lo que se le teme.

Las pesadillas son exactamente eso; situaciones angustiantes sin conclusión, es decir, que no llegan a resolverse nunca y que a medida que transcurren incrementan el desespero precisamente por el pavor a lo imprevisto que las mismas van generando a lo largo del sueño. En el cine una puerta puede llegar a ser mucho más espeluznante que un horrible ser del averno si se abre muy lentamente sin dejar ver durante un tiempo debidamente calculado lo que hay detrás de ella. Las particulares aprensiones del espectador (y quizás una música y unos efectos terroríficos de apoyo) se encargarán siempre de hacer escalofriante esa escena.

Según su tesis sobre lo que debe ser la literatura, todo ello debe transcurrir en el menor tiempo posible porque la historia que se narra no debe despreciar nunca el poder que la visión particular del lector ejerce sobre la misma a partir de su propia comprensión de la realidad. Por eso desdeñaba el género novelístico o de prosa en extenso, porque al obligar al lector a dividir la lectura en varias sesiones a través de los días, se perdía el clima creado con el texto. Al respecto sostenía: “En casi todas las composiciones, el punto de mayor importancia es la unidad de efecto o impresión […] Los sucesos del mundo exterior que intervienen en las pausas de la lectura, modifican, anulan o contrarrestan en mayor o menor grado las impresiones del libro.” Su ambición era mantener sometido al lector.

Un esquema de manipulación de las emociones constante en la mayoría de los relatos de terror de la literatura, el cine, la televisión, la radio. Y ahora también en las campañas políticas de la derecha en toda Latinoamérica y en general en el mundo entero.

Siglos de sumisión habituaron al pobre a aceptar como un designio divino la dominación y la explotación que la burguesía ejerció desde siempre sobre los humildes, a quienes esa condición de subordinación perpetua convirtió en “los desamparados”, los que no tenían derecho a nada. Mucho menos a la posibilidad de ser gobierno.

Fue esa burguesía perversa la que se encargó de promover a través del tiempo la ideología de la inevitable sumisión de los pobres, no solo a través de la explotación y la represión, sino también a través de miedo al derribamiento del sistema que se le inoculó a la gente. La esclavitud, el racismo, la exclusión social y el fascismo, son apenas algunas de las diferentes formas en que se ha expresado ese dogma. Los medios impresos y radioeléctricos (y ahora internet), han sido instrumentos para la instalación sistemática de esa falacia en el imaginario colectivo.

A falta de una propuesta viable y creíble, la derecha amalgama toda esa filosofía junto a la vana ilusión del confort en el capitalismo y la de la inexorable supremacía de los imperios y las reúne en un solo discurso. Apoyada en eso, usa como recurso aterrador que el socialismo estaría destinado a despojar al pobre del bienestar que precisamente le provee la concepción humanista de un modelo de sociedad participativa imposible de encontrar en el capitalismo.

El más grande logro del comandante Chávez con su irrupción en la escena política, fue sin lugar a dudas haber roto ese esquema perverso que colocó siempre al pobre como un desvalido sin esperanzas, al abrirle los ojos al mundo con su propuesta de justicia e igualdad social justo cuando se pensaba que hasta las más remotas posibilidades se extinguían para siempre con las caídas del bloque soviético y del muro de Berlín.

Con Chávez el pobre sintió por primera vez en mucho tiempo que la superación de esa humillante condición de subordinación era posible. Algo que la gente comprueba no solo en la persistencia del triunfo de la revolución en las elecciones, sino en las Misiones y Grandes Misiones puestas en marcha por el gobierno revolucionario para atender gratuitamente a todas y todos los venezolanos, en particular los de más escasos recursos, en los miles de obras y programas de inclusión social que significan los bajos precios de los productos de primera necesidad (de los cuales el capitalismo pretende despojar hoy al pueblo), en las cientos de miles de viviendas otorgadas sin costo alguno a ese sector ancestralmente deprimido, en los grandes beneficios para toda la población que significan la gasolina y los servicios públicos más baratos del mundo, en los millones de pensionados que ahora gozan del apoyo del Estado, los millones de jóvenes que accedieron al sistema educativo como nunca antes pudieron hacerlo, en las madres y niños que hoy cuentan con protección social y posibilidades de crecimiento nutricional sin precedentes, entre muchos otros grandes logros de un modelo que alcanzó Venezuela luego de siglos de sufrimientos y de luchas de esos a quienes el capitalismo les negó siempre todo derecho sembrándoles en la mente el miedo a la posibilidad del autogobierno.

Al no estar presente Chávez físicamente, ese miedo ancestral a la inmisericordia de la burguesía, ha puesto a buena parte de esa población que por primera vez es atendida de forma integral por el Estado, a sentir el temor de perder en cada una de las elecciones llevadas a cabo en el país desde su partida. Sin embargo, a pesar del terrible impacto que dejó en el alma nacional la muerte del comandante, en ninguna de esas elecciones el pueblo fue derrotado.

La que se avecina no es tampoco la elección más difícil para la revolución bolivariana. Al inicio del proceso de transformaciones emprendido por Chávez todo estaba por hacerse y la confianza en las posibilidades del gobierno bolivariano se basaban más en la esperanza que en la credibilidad, y sin embargo se ganaron elecciones más riesgosas y comprometidas que estas. Los innegables avances alcanzados en inclusión social por el gobierno revolucionario, primero con Chávez y ahora con Maduro, son hoy el más contundente argumento de credibilidad frente a las infamantes campañas contrarrevolucionarias de la derecha.

A través de todos los medios a su alcance la oposición ha querido sembrar en el imaginario colectivo la idea de que las colas ocasionadas por la voracidad y la delincuencia de un sector empresarial inmoral y sin remordimientos serían la causa de una hipotética y negada derrota del chavismo en la elección del 6 de diciembre. Una idea tan absurda como creer posible que alguien preferiría desechar un carro recién comprado con su más grande esfuerzo antes que cambiarle el caucho que eventualmente se le espiche.

Por eso el rumor que han pretendido instalar como matriz de voto castigo los sectores opositores no ha logrado quebrar la fibra de la lealtad y del amor al Comandante Eterno, a quien el pueblo le juró devoción y entrega aquel funesto 5 de marzo del 2013. La realidad de ese esfuerzo por construir bienestar para los pobres que la derecha quiere invisibilizar con una guerra en la que el capitalismo avaro y especulador ha quedado al descubierto, es inocultable. Por lo general la expresión que se escucha es de temor, pero no de deslealtad. Porque ciertamente hay una gran molestia por los embates de esta guerra, pero ese pueblo, el mismo pueblo chavista que ha sido mayoría en los últimos diecinueve procesos electorales, sabe perfectamente que la solución no es el retorno al neoliberalismo. Ese es el más poderoso legado de Chávez.

Si las predicciones fueran tan certeras como la realidad, no habría necesidad de elecciones. Las matrices engañosas, las hipótesis, los sondeos de opinión y los cálculos estadísticos, solo pueden proyectar escenarios eventuales que de ninguna manera sustituyen la realidad porque las elecciones se ganan con votos, no con intenciones. El triunfalismo de unos pocos para hacerlos creerse mayoría y la siembra de temores en el pueblo para intentar convencerlo de un hipotético fracaso, son recursos maquiavélicamente manejados por la derecha en su afán de reinstaurar por vía de facto el modelo neoliberal que no ha podido ni podrá reinstaurarse en Venezuela por la vía electoral.

La elección del próximo domingo servirá para demostrar de manera irrefutable que la revolución sigue creciendo en el alma del noble y valiente pueblo venezolano. Y quedará perfectamente claro que todos esos temores eran infundados.

 

@SoyAranguibel