Así nacieron las torturas en el ejército de los Estados Unidos

En su impresionante libro Guerras sucias, el periodista norteamericano Jeremy Scahill explica, entre otras muchas cosas, de dónde nace la iniciativa de la Administración estadounidense de comenzar a torturar a sus prisioneros

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Por: Pascual Serrano / Publicado en el Nº 274-275 de la edición impresa de Mundo Obrero julio-agosto 2014

Vale la pena conocerlo. Allá por 2002, con Donald Rumsfeld de secretario de Defensa, el ejército de Estados Unidos tenía una unidad especializada en preparar a los miembros de las fuerzas estadounidenses para que supieran resistir los intentos del enemigo para extraerles información si eran capturados. Todos los efectivos de los comandos pasaban por un programa de adiestramiento denominado SERE (Survival, Evasion, Resistence and Escape). Probablemente el oficial estadounidense mejor conocedor sobre prisioneros de guerras y supervivencia de rehenes sea Malcolm Nance, quien trabajó en el programa SERE entre 1997 y 2001. Ha sido consultor del Congreso de

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EEUU y analista de Fox News. Nance explica que el programa SERE se crea para familiarizar a los soldados norteamericanos con la gama completa de torturas que “una nación totalitaria y perversa, sin la más mínima consideración por los derechos humanos ni la Convención de Ginebra”, podía aplicarles si los capturaba. Nance y los instructores del SERE estudian los informes conseguidos a lo largo de la historia por diversos prisioneros de guerra estadounidenses y así diseccionan las tácticas de interrogatorio de los nazis, de diversas organizaciones terroristas, incluso documentos que se remontaban a la guerra de Secesión. El SERE, según Nance, “era depositario de todas las [tácticas de tortura] conocidas”, con el objetivo de preparar al personal militar estadounidense para hacer frente a las tácticas de unos enemigos sin ley.

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Fue entonces cuando Rumsfeld y su equipo tuvieron la idea de someter el SERE al proceso inverso. Es decir, en lugar de estudiar las torturas para preparar a sus soldados en defenderse de ellas, adiestrarlos para aplicarlas. De modo que esas “tácticas medievales que habían estudiado y aprendido de los mayores torturadores de la historia compondrían su nuevo manual para interrogadores”. La Agencia responsable del programa SERE (Agencia Conjunta de Recuperación de Personal-JPRA) puso las lógicas objeciones a las intenciones de Rumsfeld, pero al final tuvieron que acatar las órdenes y, a principios de 2002, el psicólogo en jefe del SERE comenzó a elaborar un “plan de explotación” para que los interrogadores de la CIA y de la DIA (Agencia de Inteligencia de Defensa) recibieran instrucciones y psicólogos sobre tácticas de interrogatorio extremo. Una investigación del Comité del Senado sobre

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Fuerzas Armadas desveló que, ese mismo mes, la oficina de Rumsfeld solicitó documentos del JPRA, “incluidos extractos de los esquemas de los cursillos y las lecciones de los instructores del SERE, una lista de las presiones físicas y psicológicas usadas en la formación en resistencia del SERE, y un memorando de un psicólogo de ese mismo programa que evaluaba los efectos psicológicos a largo plazo”. El informe del Senado señalaba que el Departamento de Defensa quería aquellos documentos para someter los conocimientos del SERE sobre tácticas de tortura empleadas por enemigos de Estados Unidos a un proceso de “ingeniería inversa” para su uso en prisioneros detenidos por Estados Unidos.

Y así es como todas las atrocidades utilizadas por los grupos armados y gobiernos más aberrantes fueron perfectamente recogidas para ponerlas en práctica por el gobierno de Estados Unidos.

Fuente: Red en Defensa de la Humanidad

Sin vergüenza

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Por: David Brooks / La Jornada, abril de 2014

Durante las últimas semanas se ha ventilado aquí, poco a poco, el horror de la tortura, ese crimen de lesa humanidad según las leyes internacionales, condenado por la Organización de Naciones Unidas, por la retórica de cualquier gobierno que desea aparentar ser civilizado, y denunciado por toda organización de derechos humanos. Durante años la tortura fue practicada, legalizada y después encubierta por Washington.

Ahora que se está revelando que fue aún más extensa y brutal de lo que se había admitido, se ha vuelto un problema político, pero lo que más asombra es que no haya causado un escándalo nacional e internacional, y que los responsables sigan impunes. Los que autorizaron y encubrieron el crimen dan lecciones y critican a otros por violaciones de derechos humanos, sin considerar que carecen de autoridad moral para decir algo. Ni vergüenza les da.

De hecho, mientras se filtraban cada vez más detalles atroces sobre el uso de tortura por el gobierno estadounidense, el máximo responsable estaba tan poco preocupado que se dedicó a montar una exhibición de su obra artística. El ex presidente George W. Bush se ha dedicado a pintar retratos de mandatarios y figuras internacionales que conoció, y hace unos días su obra se estrenó en Dallas. Todos los medios nacionales cubrieron la exposición El arte del liderazgo: la diplomacia personal de un presidente, y casi nadie vinculó al artista con los actos ilegales y bárbaros que se cometieron durante su mandato.

Por ello, tal vez la crítica de arte más inusual en tiempos recientes fue la de Jason Farago en The Guardian: muchos artistas hacen cosas malas, y ofreciendo ejemplos de artistas famosos en la historia que asesinaron o eran perversos, o cometieron fraudes, señaló sarcásticamente: “entonces, sólo porque un pintor tiene –por ejemplo– la sangre de 136 mil 12 iraquíes muertos en las manos, eso no comprueba, por sí solo, que carezca de talento”. Continúa con una evaluación a fondo de las pinturas y declara que son vacías y nada revelan. Farago concluye: “uno se imagina que la excitación sobre las pinturas de Bush forma parte de un hambre nacional por la expiación del crimen imperdonable de su presidencia, como si transformar a Bush en un jubilado dulce ante su caballete borrara su guerra ilegal, su política económica obscena, la destrucción ambiental… el ahogamiento de Nueva Orleáns”.

Entre su legado está la tortura, que ahora sale a la luz cada vez mayor detalle. No hay suficiente pintura en el mundo para encubrirla.

Una investigación de cuatro años realizada por el Comité de Inteligencia del Senado sobre el empleo de técnicas de interrogación severas por la CIA en la guerra contra el terror, declarada a partir del 11 de septiembre de 2001, concluyó a finales de 2012 con un informe de 6 mil 300 cuartillas, el cual ha sido clasificado. El 3 de abril el comité aprobó desclasificar el resumen ejecutivo de 480 páginas, el cual envió a la Casa Blanca para que fuera preparado para su difusión pública (y donde se decidirá qué partes salen a la luz).

Detalles de ese resumen ejecutivo fueron obtenidos recientemente por algunos medios. Entre las conclusiones del informe se asienta que la CIA empleó técnicas de interrogación no aprobadas por el Departamento de Justicia, impidió supervisión efectiva del Congreso, se obtuvo muy poca inteligencia valiosa y la CIA manipuló a la opinión pública, a los medios y a legisladores sobre la efectividad de sus técnicas, entre ellas el waterboarding (ahogamiento simulado), posiciones de estrés, privación de sueño hasta por 11 días, confinamiento en cajas y azotar a sospechosos contra paredes. Las técnicas eran más brutales y mucho peores de lo que la agencia informó a los políticos, y fueron aplicadas a un número mucho mayor de personas de lo que había dicho la CIA. La lista completa de conclusiones obtenida por McClatchy.

Algunos aspectos de esta información ya se conocían desde hace años, incluso durante la presidencia de Bush. Y aunque hubo un amplio coro de condena, no pasó nada. Cuando llegó Barack Obama a la Casa Blanca declaró que anularía prácticas y políticas que eran legal y moralmente inaceptables, como el uso de algunas técnicas severas de interrogación. Pero subrayó que su gobierno se enfocaría en el futuro y no miraría hacia atrás, o sea, que no haría ningún esfuerzo para que sus antecesores fueran obligados a rendir cuentas, no habría nada parecido a una comisión de la verdad. Esa promesa sí la ha cumplido.Pero la tortura se realizó en nombre del pueblo, y su encubrimiento también es un delito, ya que supuestamente en una democracia los servidores públicos tienen que rendir cuentas al pueblo. No hay duda de que estos son crímenes. No hay duda de que hay crímenes que crecieron de los crímenes. Aquí hay una prueba severa al estado de derecho… en Estados Unidos, comentó en Esquire Charles Pierce sobre las divulgaciones.

Durante unos siete años se ha negado e ignorado, incluso se ha justificado, el uso de técnicas (tortura) contra miles de detenidos en varias partes del mundo. Como país, necesitamos saber qué ocurrió. Necesitamos confesar. Necesitamos ser específicos. Necesitamos abrir el libro, escribió Eric Fair en un artículo reciente en el Washington Post. El ex militar y contratista especializado en interrogatorios en Irak, arrepentido de su papel, ha denunciado estas políticas en los últimos años. Pero sus superiores, hasta ahora, siguen instruyendo al resto del mundo sobre los valores democráticos y el respeto a los derechos humanos. Al parecer, aún no sienten vergüenza.

Fuente: La Jornada